Capítulo 8: El descubrimiento de Kreacher y sospechas

La chimenea estaba prendida y despedía fuego común, no azul. La casa estaba fría dado que la lluvia de anoche había hecho que bajara la temperatura. Harry se encontraba sentado en uno de los sillones que había comprado en una tienda de antigüedades, como muchas cosas más que estaban ahora repartidas por la casa. Llevaba puesto un pantalón de jean azul, camisa de manga larga azul, suéter gris con escota V y zapatillas negras. Leía el periódico mientras tomaba el té y comía bollos.

Ni el sirviente ni el amo podían despegarse de las costumbres inglesas. Harry había sido criado por una familia de clase media que respetaba las reglas, mientras que Kreacher había servido a una familia aristócrata que respetaba aún más las reglas y que exigía que los demás lo hicieran. Un gran motivo por el cual la casa parecía más británica que norteamericana, por dentro.

Aunque no todo era tipo inglés. Había cosas también tipo francés. La mesita ratona era de estilo francés y la vasija del servicio de té era de porcelana, parecida a la de los Dursley. No obstante, no todo era inglés (o de estilo inglés). En esa casa no se tomaba ninguna infusión con hebras. Estaba prohibido. Harry no lo permitía.

Harry estaba seguro de que tía Petunia se sentiría bien en esa casa. La mujer era la más británica de la familia Dursley y Evans. Tío Vernon no se sentiría decepcionado tampoco al ver que Harry sí había aprendido algo de ellos.

Ese día, Harry había salido a buscar fruta a sus árboles y a traer flores frescas para un par de floreros (Kreacher había querido floreros). Había entrado con cuatro canastas: dos con distintas frutas y dos pequeñas con variadas flores. Así que en la casa se sentía el aroma floral provenientes del florero del vestíbulo (rosas rojas) y del florero del rellano del primer piso; también desde la cocina llegaba el olor a pastel de manzana que Kreacher estaba horneando (todo idea de Harry, claro).

Desde donde estaba, Harry podía escuchar el tarareo de Kreacher. A parte de eso, la manipulación del periódico y el sonido de la porcelana que estaba usando Harry en esos momentos, no se escuchaba nada más.

Todo estaba tan tranquilo y agradable que Harry pensó que podría dormirse plácidamente. Sentía una paz que no venía sintiendo desde hacía tiempo. Dejó su tasa vacía en su platito y se acomodó en su sillón para dormir un rato.

Forks, al final, había sido una genial idea. En ese pueblo había conseguido lo que deseó por años. Tranquilidad, espacio y normalidad. Nadie lo perseguía por ser famoso, ni le preguntaba sobre sus hazañas, ni le pedían autógrafos, no le sacaban fotografías, ni nada le recordaba a Voldemort. Podía caminar sin que la prensa lo abordara por donde sea que fuera, tampoco tenía que esquivar chiquillas tontas que lo único que querían era figurar utilizando su fama.

Suspiró lenta y profundamente mientras sonreía y cerraba los ojos. Se durmió a los cinco minutos.

Unos gritos lo despertaron de golpe.

¡A la izquierda!

Era una voz femenina la que gritaba.

Se apareció en una de las habitaciones no habitadas y miró por la ventana, pero sin tocar la cortina.

Lo que vio, lo desorientó. Se tocó un costado de la cien con la palma de la mano para cerciorarse de tener puestos sus anteojos y cuando los sintió, entrecerró los ojos.

Veía borrones caramelo, negros, dorados, color miel y rojo fuego. Se esforzó más en ver y abrió grandes los ojos antes de llamar a su elfo.

¡Kreacher! –gritó sin levantar la voz, fue un grito susurrado, como cuando uno no quiere usar la voz.

El elfo acudió a su amo al segundo siguiente.

¿Qué sucede, amo Harry? –le preguntó en un murmullo.

Harry señaló con un dedo hacia el borrón rojo fuego que se movía como loco.

¿Ves eso? –le preguntó murmurando.

El elfo se concentró en mirar lo que su amo quería que viera y dio con el objeto.

Sí, amo. Borrones de distintos colores –respondió.

Ninguno de los dos quería levantar la voz, así que sólo murmuraban.

¿Qué crees que sea? –le preguntó Harry muy interesado en los borrones.

Antes de que el elfo respondiera (ya había abierto la boca), otro grito se escuchó:

¡Esta vez no escapará!

Era una voz masculina esta vez.

Parece una persecución –aventuró Harry. El elfo asintió con la cabeza demostrándole que estaba de acuerdo con él.

Dos minutos después, vieron que algo bastante grande chocaba contra algo que les pareció peludo y grande. Después le siguió una conmoción y unas figuras se dibujaron en la semioscuridad del crepúsculo. Parecían animales y personas.

Kreacher y Harry se escondieron, pero no sin dejar de ver. Aquellas figuras estaban a unos metros de su casa, unos cuantos, pero la precaución no parecía estar demás.

Trae orejas extensibles. Oiremos qué pasa, después de todo, están en nuestra propiedad –le dijo Harry a Kreacher. El elfo asintió y desapareció.

Y era cierto. Sí estaban en su propiedad. La casa no era sólo una casa, había un pedazo de bosque en el territorio. La parte que Harry había ocupado con sus plantas, sólo era un pequeño fragmento. Así que si esa gente intentaba meterse en su hogar, él estaba en su derecho de sacarlos de su propiedad.

Lo que escucharon fue una discusión. No tenía mucho sentido, pero sí captaron palabras. Harry se hizo el tonto, pero vio que las comisuras de los labios de Kreacher se elevaban lentamente hasta verse una casi imperceptible sonrisa de superioridad. Los ojos del elfo brillaban de una forma extraña y podía ver la astucia en sus ojos, pero no cualquier astucia.

Detectó la chispa de una certeza.

La criatura que parecía haber chocado contra una figura (que terminó siendo un hombre por lo que pudieron deducir de lo que veían) se movió hasta quedar iluminada por un poquito de sol poniente. Era un lobo inmenso y Harry estuvo seguro de no haber visto ninguno igual en su vida. Era un lobo grande como un caballo de color gris (o eso le pareció). Se empezó a convulsionar hasta resultar otra cosa bastante diferente aunque no muy improbable para él.

La figura se convirtió en un hombre de notable contextura física, moreno y cabreado. Se le notaba porque hacía gestos que le hicieron pensar en que quería golpear al hombre que chocó con él.

Harry se preguntó si sería un animago también, como su padre y su padrino. No sería algo imposible para él. Ya había visto a su padrino y a Colagusano transformarse en sus formas animagas: perro y rata respectivamente. Se le ocurrió que podría investigar eso. Si ese hombre era un mago, no haría demasiado daño que se conocieran, ¿no? Ambos pertenecerían al mismo mundo: el mágico. Si ese hombre le decía que sí era un mago, podría poner la excusa de que él (Harry) era el hijo de un animago y ahijado de otro. No tendría por qué decir que él también era un mago, podría mentir diciendo que era un squib.

Sí, eso haría. No le importaba falta un día al trabajo si con eso conseguía saber que había un animago en Forks. Además, podría encontrar investigar qué había pasado… qué eran esos borrones y por qué la pelea. Había estado en su propiedad, en la parte verde (no en la casa), y podría fingir que estaba preocupado (y no curioso) porque se metieran extraños en su pedazo de bosque.

No sería mala idea, ¿no?

A la mañana siguiente, Harry llamó al hospital para avisar que no iría a trabajar.

Kreacher y él habían decidido ponerse a trabajar (así lo llamaban ellos) en lo que habían visto. Kreacher había elaborado una poción que dejaría en cama a Harry por horas, lo suficiente como para que el médico que le enviaran para comprobar su malestar diera un veredicto que le favoreciera.

Fiebre y dolor de cabeza. Alta temperatura y un dolor de cabeza que rayaba en jaqueca.

Kreacher no había querido afectar mucho a su amo, pero sabía que necesitaban una buena excusa lo suficientemente creíble para que dejaran que su amo no fuera al hospital a ejercer de enfermero por varios días. Se suponía que los elfos debían cuidar, servir y proteger a sus amos… no provocarles enfermedades que los dejaran postrados en la cama por semanas. Por otro lado, había sido el mismo amo el que le pidió al sirviente que lo enfermara.

Harry estaba sentado en su sillón frente a la chimenea con una taza de té de miel, eucalipto y limón en las manos. Bajo la bata llevaba un pijama de invierno azul marino, en los pies tenía pantuflas forradas de polar por fuera y corderito sintético dentro, eran cerradas como zapatos sin cordones. Sus pies estaban agradablemente calentitos y sentía que el té humeante derramaba su calor dentro de su cuerpo. Por supuesto, se sentía mal y no paraba de creer que era o un mártir o masoquista.

Mira que provocarse a sí mismo (indirectamente, claro, porque el autor material del crimen era el pobre Kreacher) fiebre y dolor de cabeza para que lo dieran por enfermo y después salir a "jugar" sanito, vivito y coleando… Bueno, no era algo que haría una persona cuerda y madura, ¿no?

Escuchó una puerta cerrarse y un par de minutos después, oyó que tocaban el timbre. No tenía que ser muy inteligente para saber que la puerta cerrada significaba que Kreacher había ido a un auto o a alguien venir (los elfos tenían bastante mejor oído que los humanos), el elfo sabía que nadie debía saber de su existencia si Harry no se lo permitía. Y así era, nadie del pueblo debía saber nada, ni siquiera sospechar sobre eso.

Se levantó del sillón y fue con paso lento a abrir la puerta, mientras se ponía la mano izquierda contra un costado de la cabeza por el dolor. Sabía que estaba pálido porque sentía que tenía la cara fría por dentro (no sentía sangre ahí, lo que indicaba que no tenía ningún rubor por leve que fuese), así que seguro de que su aspecto era la de un muchacho genuinamente mal de salud.

Para su sorpresa, fue el doctor Carlisle Cullen quien fue a verlo a su casa.

En cuanto lo vio, el doctor mostró preocupación en su rostro y en su voz.

Buenos días, joven Potter –le saludó con una voz preocupada, pero gentil.

Buenos días, señor –le respondió Harry con una leve sonrisa.

Veo que no estás bien. ¿Puedo pasar? –le preguntó amistosamente.

Harry no supo cómo negarse y lo dejó pasar. El doctor observó el vestíbulo y sonrió.

Carlisle estaba seguro de que Esme se sentiría bien en esa casa. Estaba bien mantenida. Estaba limpia, ordenada, bien amueblada y caldeada. En el aire se sentía un delicioso aroma a miel y eucalipto. Buena elección. Era un aroma fresco y dulce que solía calmar los dolores de cabeza para hacerlos manejables, razón por la que supo que su enfermero había tenido el ánimo de atenderlo sin muchos reparos. Le gustó que hubieran muebles antiguos y no antiguos, también vio cosas francesas e inglesas. La casa no tenía aspecto de ser de un norteamericano y él sabía por qué. El dueño, simplemente, no lo era.

Harry Potter era británico. Había crecido a las afueras de Londres para ser más precisos, así que no se sorprendía del comportamiento que tenía. Es más, le agradaba. Carlisle también era inglés y ahora que había encontrado a un igual (en nacionalidad), no le costaba mucho sentirse entre amigos. Menos le costaba sabiendo que eran colegas. Doctor y enfermero, jefe y subordinado.

Qué hermosa casa tienes –le elogió el doctor.

Gracias, doctor Cullen. ¿Desea que le haga algo de beber? –le ofreció Harry.

No… gracias. Quería hablar contigo, ¿sabes? Hoy no había trabajo en el hospital para mí y me preguntaba si sería mucha molestia para ti que pasara un agradable rato aquí. ¿Es mucha molestia?

Harry se lo pensó y decidió que podría conversar un poco con el doctor.

No, está bien, señor. Sólo aguárdeme un momento aquí. Necesito tomar medicina para la cabeza. Mientras, tome asiento –le decía al tiempo que le indicaba un sillón frente a la chimenea.

El doctor asintió con una sonrisa y se sentó. Harry fue a la cocina y buscó una caja con remedios que él tenía para cuando no podía contar con Kreacher. Se sirvió un vaso de agua y tomó la pastilla. En realidad, no era un calmante… Era un caramelo que parecía pastilla. Una pequeña trampa en la que caería cualquier doctor. Dudley le había dicho que esas golosinas eran de sus favoritas. Se podían camuflar perfectamente con pastillas comunes y no eran detectadas. Se metió una en la boca y disfrutó de la sensación de tener un dulce que se disolvía en su boca al ser tocado por el agua potable que había sacado de una botella de agua mineral de la heladera.

Cuando regresó a la sala, el doctor tenía la mirada puesta en el fuego de la chimenea. Harry fue hacia su sillón y se sentó. El doctor puso su atención en él.

¿Te gusta vivir aquí, Harry? ¿Te gusta el pueblo? –le preguntó amablemente el doctor Cullen. Harry sonrió débilmente.

Sí… También me gusta vivir aquí… en el bosque. Me da una paz que vengo necesitando desde hace mucho –mucho, mucho tiempo… pero no se lo iba a decir.

Comparto el sentimiento contigo. Yo también vivo en el bosque. En la península Olimpic para ser más exactos. Nos hemos mudado aquí hace unos años, como dos años o quizá un poco más. A mi esposa Esme le gusta mucho el pueblo y a mí también, pero no puedo decir lo mismo de mis hijos… Les gusta este lugar, pero no tanto como a nosotros –decía con un brillito pícaro en los ojos dorados.

¿Ah… no? –no supo qué decir. Sonaba tonta la pregunta, pero fue lo único que se le ocurrió.

Sí… Verás, Harry… Ni Esme ni yo podemos tener hijos, así que adoptamos. Seguramente habrás oído que están juntos y no te mienten… Es así.

¿Qué? –preguntó Harry con los ojos como platos de la sorpresa.

Sí… lo que oíste –le dijo, soltó una risita y continuó- Es extraño, ¿verdad? Rosalie y Jasper son sobrinos de mi esposa, mientras que Edward, Alice y Emmett no. Rosalie es novia de Emmett y Alice de Jasper.

¿Y Edward?

Él es un caso diferente. Edward es un chico muy especial. Es el más antisociable de todos, el más reservado y probablemente algunos lo tachen de arrogante. Tiene problemas para adaptarse y aquí los tuvo más.

No sé por qué siento que no es así. A Edward y a Alice los vi más seguido por el pueblo que al resto –dijo Harry más para sí que para Carlisle.

Porque es así ahora… Y tú ya conoces a su principal razón –le dijo Carlisle con tono de cómplice.

¿Sí? –le preguntó Harry confundido.

Así es… Es Bella. Isabella Swan, la hija del jefe de policía Charlie Swan –le dijo con una sonrisa alegre, casi feliz.

Sí, la conocí. Fue ella la que me acompañó a…

… comprar la casa y recorrer un poco el pueblo. Sí, ella nos lo contó. Le causaste una buena impresión y también nos contó cómo fuiste con ella. Debo confesarte de que tu actitud hacia ella hizo que le agradaras a toda la familia… Sobretodo a Edward.

Harry se sonrojó a su pesar.

¿En serio? –preguntó débilmente. Se sentía tímido de pronto.

Sí –le contestó el doctor riéndose.

Bueno… gracias.

De nada… -dijo el doctor riéndose aún más. Miró su reloj y se levantó rápidamente-. Oh, antes de que me olvide… Harry, Esme quiere hacerte una visita… Le comenté que no te sentías bien y ella decidió ayudarte un poco, como vives solo aquí… ¿No te molestaría, verdad?

Resignado a perder su día de investigación, respondió:

No, está bien.

Muy bien… Entonces la llamaré para decirle que puede venir. No te molestes por nada.

Después de un par de minutos, Harry lo acompañó a la puerta, lo despidió y lo vio hasta desaparecer de su vista a través de las cortinas de la sala.

Kreacher salió de su escondite al segundo siguiente, le dio el antídoto y se le quedó mirando fijamente hasta que se le fue todo el malestar. No obstante, se le quedó mirando fijo por varios minutos, tanto que Harry no pudo más con la situación.

¿Quieres decirme qué pasa? No me gusta cómo me estás mirando, Kreacher, me preocupas –le soltó con el ceño frucido.

Kreacher está preocupado por el amo, señor. Muy preocupado. Kreacher sabe algo que el amo no hubiera querido encontrar. Kreacher descubrió algo, señor… ¿Recuerda el veneno que Kreacher y el amo Harry encontraron en aquel ciervo muerto, señor? –le decía en tono preocupado de veras.

Sí, lo recuerdo… Pero, ¿qué pasa con él, Kreacher? –preguntó Harry visiblemente preocupado.

Kreacher ya sabe qué es, señor. Kreacher descubrió algo que no le gusta mucho, señor.

Entonces dime qué es.

Amo Harry, Kreacher descubrió que se trata de veneno de vampiro.

¡¿Qué?! –gritó Harry impactado y con el corazón latiendo rápidamente.

Sí, amo, sí… Y Kreacher sospecha de los Cullen. Amo Harry, esa familia no puede ser humana, señor. Kreacher sabe. Kreacher cree que son ellos.

Harry se puso pálido hasta el punto de ponerse verde.

No lo podía creer. Salía de una y se metía en otra. Una más peligrosa que la otra… Y la peor era ésta porque su jefe sería uno de ellos.

¿Forks, un pueblo tranquilo? Sí, claro. Un pueblo con siete vampiros… ¡¿En dónde se había ido a meter?! Magos en Inglaterra y vampiros en Estados Unidos. ¿Qué demonios estaba pasando en este mundo? ¿Es que los problemas no le podían dejar tomarse vacaciones ni por un mes?

¡No, claro que no!

¿Y ahora qué? –preguntó gimiendo y dejándose caer en su sillón.

No se desanime, amo Harry. El amo de Kreacher pudo con Lord Voldemort antes y podrá con esto ahora. El amo Harry es fuerte… y Kreacher estará a su lado… Kreacher no lo abandonará nunca –le animaba el elfo.

¿Y entonces? –le preguntó Harry mirándolo a los ojos.

Actúe como el Gryffindor que es.