Capítulo I
"La sombra de la libertad"
Era una noche sombría, el viento soplaba incesantemente, y las fugases ráfagas parecían traer consigo el lastimero aullido de los lobos que merodeaban a lo lejos, velados por el frondoso y lúgubre bosque.
Las espesas y negruscas nubes avanzaban pasivas a través del cielo nocturno, sofocando en su errante marcha a la luna, que apenas lograba iluminar el sinuoso camino.
De pronto, el sombrío ambiente nocturno es abruptamente interrumpido por el persistente choque de los cascos de un caballo, el cual corría a toda velocidad por el polvoriento sendero.
Los tenues rayos de la luna permitían vislumbrar al impresionante alazán, tan negro como la noche misma, y cuya larga crin azabache parecía flotar alrededor del aguerrido jinete, vestido de negro, que lo montaba.
A unos cuantos metros, apareció en persecución una pequeña cuadrilla de soldados.
—¡Vamos! ¡Atrapadle! —gritó el que parecía estar al mando de aquellos hombres —¡Esta vez no le dejéis escapar! —ordenó azotando su caballo para aumentar el galope.
El jinete del corcel azache volteó ligeramente para observar a sus perseguidores, y asegurar la distancia que los separaban, espoleó su propio caballo el cual pareció volar sobre el camino, dejando una estela de polvo que cubrió a los soldados.
Al llegar a un cruce cambió de dirección, en un intento de despistar a los hombres que pretendían capturarlo.
Notó que a cierta distancia habían varios árboles de ramas bajas y frondosas. Disminuyó la velocidad y guió al corcel a orillas del camino, y antes de que los hombres lograran darle alcance, con una agilidad increíble, saltó del animal asiéndose de la rama más cercana, trepando por la misma con el fin de ocultar su presencia entre el denso follaje. Mientras que su caballo, como si entendiera a la perfección la estrategia, continuó galopando con la intensión de despistar a los captores.
El jinete observó atentamente como lo hombres pasaban a los pies del árbol, siguiendo el rastro de su caballo, tal y como lo había calculado.
Una vez que la situación fue más segura bajó con rapidez del árbol y se internó entre la espesa maleza que daba directo al bosque.
— ¡Imbéciles! —gritó el hombre con furia, golpeando violentamente con el dorso de su mano, la mejilla del soldado —¿Cómo pudieron dejarlo escapar?. ¡¿Saben cuándo dinero perdí hoy por culpa de ese bastardo?! —rugió tomándolo por las solapas para zamarrearlo repetidas veces.
— Mil disculpas, Señor —expresaba el soldado con dificultad —Mis hombres siguen rastreando el camino, le aseguro que lo encontraremos.
— ¡Y eso de qué sirve grandísimo idiota! Ese infeliz jamás deja rastro alguno —bramó soltándolo con violencia —¡En este momento lo único que importa es recapturar a los esclavos que ese maldito liberó!. ¡Si no los encuentran, personalmente me encargaré de matarte!
— Como usted ordene —exclamó el soldado haciendo una reverencia antes de salir a toda prisa de la habitación.
— Cálmate y bebe esto padre, antes que derrames bilis por todo el estudio —manifestó un hombre joven extendiendo una copa.
— Sabes que no estoy para bromas Kouga —gruñó el hombre dejándose caer en un sillón —. Ese malnacido me está arruinando poco a poco. Si no recupero esos esclavos, tendré que entregar una compensación más que jugosa, con tal de mantener algunas bocas cerradas —manifestó con voz grave acariciando el rizado cabello negro, atado en una larga coleta, para luego beber de un sorbo el contenido de la copa—No hemos logrado concretar las últimas tres operaciones por causa de ese maldito bandido.
— No te preocupes padre. Me encargaré de supervisar la próxima operación. Si ese infeliz intenta algo… lo mataré —aseguró el joven con una expresión de maligna satisfacción que brillaba en lo profundo de sus ojos azul verdoso.
— Pareces muy seguro hijo mío —refutó el hombre levantando su alto y fornido cuerpo del sillón —Sólo recuerda que ese maldito es muy astuto, ha logrado esquivar cada una de nuestras trampas.
— Descuida, sólo hay que idear un plan más astuto que él. Handorei o como se llame, no sobrevivirá la próxima vez —aseguró sonriendo confiado
— Muy bien, te dejaré a cargo. Espero que tú no me falles —manifestó el hombre con un leve acento de advertencia.
El grupo de personas, entre hombres, mujeres y algunos niños, sucios y andrajosos, subían rápidamente en la pequeña embarcación, anclada cerca de un improvisado muelle de roca. Sigilosos, temerosos en la absoluta oscuridad, cuidando de no ser descubiertos.
No muy lejos, una figura vestida de negro, sobre el corcel azabache, vigilaba la operación. Con actitud alerta, resguardando el camino por si era descubierta la aventurada maniobra.
— Ya están todos en el barco mi señor —anunció un anciano que se acercó presuroso hasta él.
— Muy bien, deben marcharse ahora —ordenó, con voz baja, la que se escuchaba distorsionada, producto de la máscara que cubría desde la nariz, hasta la parte inferior de su rostro. Una larga y ancha cinta de seda negra cruzaba a lo ancho de su frente, casi cubriendo sus ojos, y que mantenía atada en un firme nudo en la nuca. Su cabello permanecía oculto bajo una capucha que se ceñía a la cabeza. Bajó ágilmente del caballo para entregar un saco de terciopelo negro al anciano —Tome este dinero, asegúrese de que esas personas lleguen seguras y repártalo para que inicien una nueva vida —manifestó entregándole el objeto con las manos cubiertas por unos guantes de cuero negro.
— Muchas gracias mi señor —dijo el anciano visiblemente conmovido. Pero sin dejar de observar la inusual apariencia de su protector. Vestía un traje completamente negro, parecía hecho de fina seda. No era en lo absoluto un traje habitual entre los hombres de la época. Se asemejaba a una ancha túnica que llegaba poco más debajo de sus caderas, atado a la cintura un grueso cinturón de cuero, en donde colgaban diversos objetos de metal que el anciano lo logró reconocer. Pantalones levemente anchos ocultos bajo unas gruesas cuerdas de cuero que se enredaban desde las rodillas hasta los tobillos. Los zapatos no parecían ser de cuero. Las anchas mangas, también con ataduras en los antebrazos, no permitían evidenciar su complexión. Su pecho estaba protegido por una fina armadura y cuero. Era alto y delgado. Seguramente a ello se debía su increíble agilidad y flexibilidad.
— No hay nada que agradecer —indicó volviendo a montar el corcel, alejándose velozmente entre la penumbra.
Sólo alcanzó a escuchar el sonido de las cortinas al ser corridas con fuerza, antes que la intensa luz matinal le llegara de lleno sobre su hermoso rostro. Lloriqueando como una niña, agarró las colchas para cubrirse la cabeza intentando escapar de los impertinentes rayos solares.
— ¡Kagome ya es muy tarde! —amonestó una voz femenina, mientras le arrancaba la colcha para descubrirla.
— No es cierto, aún tengo sueño —gimoteó alargando la mano queriendo volver a cubrirse, pero la otra se lo impidió arrojando las mantas al suelo.
— No seas infantil. Mi padre ya está en el comedor y reclamó tu presencia —informó la joven sentándose en la cama, esperando que la otra terminara su rabieta.
— Pudiste haberle dicho que estaba enferma —declaró con fastidio, levantándose de mala gana para ir lavarse la cara.
— No soy capaz de inventar tales mentiras, y bien los sabes —manifestó horrorizada por la idea.
— Por supuesto que lo sé. Carezco de un camarada en complicidad por tu causa —alegó la joven mientras secaba su rostro.
— Sabes, hoy muy temprano, escuché una conversación de las mucamas —secreteó ignorando el anterior comentario de su prima —Decían que Handorei apareció ayer noche —agregó dando un gritito sobreexcitado.
— ¿Quién? —inquirió sin mucho interés, caminando al tocador para peinar sus largos rizos negros.
— ¡Por Dios, Kagome!. ¿Cómo que quién?. Handorei, el héroe liberador de esclavos —informó aplaudiendo emocionada.
— No seas ridícula. Te aseguro que ese es sólo un simple ladrón. Lo más probable es que robe esos esclavos y los venda para su propio beneficio —manifestó fastidiada girándose hacia la joven —No deberías prestar atención a esa clase de asuntos. Bien sabes que el tío Mioga te castigaría si se enterara que le tienes tanta admiración a ese bandolero.
— No seas aguafiestas —objetó haciendo un puchero —Además, mi padre no sería capaz de castigarme. Y sé que tú no me delatarías. Si hablara de esto con mi hermana Kikyo, ella seguramente se lo contaría todo a papá.
— Bien, entonces no saques ventaja de mi benevolencia, y no menciones de nuevo a ese bandido frente a mí —solicitó molesta colocando los brazos en jarra —Ahora te pido le avises a Sango que necesito me ayude a vestir.
Cubrió graciosamente un bostezo con su pequeña mano, antes de iniciar el descenso por la larga escalera de mármol. Ataviada con un lindo vestido blanco con flores rosa, un lazo del mismo tono se ajustaba a la perfección a su diminuta cintura. El escote apenas y lograba insinuar el voluptuoso contorno de sus cremosos senos. Los rizos de un intenso negro azulino, colgaban de la diminuta cabeza, enmarcando su bello rostro, destacado por unos enormes ojos color chocolate rodeado de largas pestañas negras. Sus delineados labios rosados, se torcieron con fastidio cuando el tul de su vestido se enredó con el tacón de sus zapatos blanco. Con ambas manos cogió el amplio ruedo, levantando el vestido más arriba de lo que permitía la etiqueta, miro a su alrededor para no ser descubierta y luego bajó en una rápida carrera por la escalera. Soltó el vestido, planchando las posibles arrugas y continuó su camino dignamente rumbo al comedor.
— Buenos días —saludó alegremente a los presentes.
— Falto muy poco para que llegaras a la hora de la cena —bromeó su tío sonriéndole condescendiente.
— Lo siento mucho —se disculpó haciendo una respetuosa reverencia, antes de sentarse a mano izquierda del hombre —No pasé una buena noche y estaba algo cansada —explicó con indiferencia
— Acaso estas enferma —inquirió el menudo hombre de pelo cano.
— Claro que no querido tío —contestó ofreciéndole una dulce sonrisa —¿Y dónde está Kikyo?
— Se fue hace un rato al pueblo —informó Rin que se encontraba sentada frente a ella —Dijo que tenía que encargar algunos vestidos a su modista.
— Señor Mioga, tiene un invitado —anunció el mayordomo.
— Dígale que iré enseguida —ordenó poniéndose de pie —Continúen ustedes yo tengo importantes asuntos que atender.
Kagome sólo lo siguió con la mirada, mientras daba un sorbo a su chocolate caliente.
— ¿Qué dices si vamos más tarde al pueblo? —preguntó Rin animada.
— Me parece bien —contestó la joven sin mucho entusiasmo.
Un par de horas más tarde, Kagome y Rin caminaban despreocupadas por la angosta vereda, los carruajes iban y venían a lo largo de la polvorienta calle de adoquines. Señoras ataviadas de lujosos trajes y extravagantes sombreros pasaban junto a ellas. Algunas tiraban de algún travieso niño, otras caminaban colgadas del brazo de algún arrogante y acaudalado señor. Kagome hizo una mueca al ver a un par de estruendosas jovencitas, poco más jóvenes que ellas, las cuales coqueteaban descaradamente con soldados que circulaban montados en sus magníficos caballos.
Rin por su parte, miraba extasiada el escaparate de la tienda para señoras, más exclusiva de la pequeña ciudad de Brunshire.
— ¡Me encanta ese vestido! —exclamó alegre —Entremos aquí Kagome.
— Esta bien —accedió su prima con una forzada sonrisa. Antes de ingresar a la tienda una pequeña niña harapienta tironeó sutilmente de la cinta de su vestido —¿Qué quieres? —preguntó sin ocultar su molestia. La pequeña extendió su pequeña y sucia mano —¡Qué fastidio!. Rin podrías quitármela de encima —pidió tirando de su vestido alejándose de la niña.
— ¡Kagome, no te hará nada malo, sólo esta pidiendo una moneda! —exclamó Rin buscando en la bolsa de género que colgaba de su muñeca, extrajo un par de monedas dándoselas a la niña —Toma pequeña —luego se giró hacia su prima —Deberías ser generosa con los más desamparados Kagome. Tu actitud en ocasiones es tan inhumana como la de Kikyo. No comprendo cómo se parecen tanto —la reprendió.
— No es eso —negó haciendo un gracioso ademán —Sabes que me desagrada cuando esa gente se me acerca, siempre huelen de un modo espantoso —exclamó cubriéndose la nariz con un pañuelo de encaje blanco.
— Es obvio que nada gano con discutir contigo —manifestó Rin pasando junto a ella para entrar a la tienda. Kagome se encogió de hombros, soltando un largo suspiro y entró tras ella.
Llevaban unos minutos recorriendo la tienda, cuando de pronto se escuchó una risa chillona, Kagome hizo una mueca, reconociendo de inmediato la portadora de tan poco refinado timbre de voz. Rin se asomó tras ella observando la dirección en la que viajaba la mirada de su prima, cuando descubrieron a lo lejos a Kikyo, quien reía encantada con las palabras del caballero que la acompañaba.
Kagome camino lentamente hacia ella, haciendo otra mueca de desagrado al ver que el caballero que causaba tan hilarante risa en su prima, no se trataba de otro más que Kouga Breindbill el hijo del Gobernador Naraku, quiso devolverse pero ya era muy tarde, ya que ambos notaron su presencia.
— Kagome, Rin. ¿Qué hacen aquí? —preguntó Kikyo sin ocultar su desagrado ante la intromisión.
— Lo que hace todo el mundo en una tienda Kikyo… comprar —respondió Kagome —Y como todos hemos logrado escuchar, tú pareces disfrutarlo más que nadie —agregó con ironía.
— Lady Kagome. Es un verdadero placer el tener la oportunidad de verla —saludó Kouga, quitándose su sombrero de copa gris, y haciendo una exagerada inclinación.
— Buenos días milord —saludó la joven con frialdad.
— Buenos días —añadió Rin uniéndose a ellos.
— Estaba a punto de invitarle un té a la señorita Kikyo, sería un honor que ambas pudieran acompañarnos —manifestó
— Será un placer aceptar su amable invitación milord —respondió Rin, recibiendo una mirada furiosa de Kagome.
Los cuatro se encontraban sentados en delicadas sillas metálicas de color blanco, bajo una enorme sombrilla, degustando de una deliciosa tasa de té, servida en una finísima vajilla de porcelana. Kagome cerró los ojos disfrutando de la suave brisa, olvidándose por algunos segundos de la terrible compañía.
— Veo que está disfrutando este momento milady —comentó Kouga sonriéndole seductoramente.
— El té es exquisito y el lugar es muy agradable, no veo porqué no estar a gusto —contestó con frialdad.
— ¿Qué compraste hoy Kikyo? —preguntó Rin a su hermana
— Un hermoso vestido de fiesta —contestó jovial —Kouga me contó que el Gobernador daría un gran baile dentro de dos semanas.
— Así es. Por supuesto ambas están cordialmente invitadas —señaló el joven, mirando la reacción de Kagome
— No olvides que yo recibí tu invitación en primer lugar, por lo tanto deberás escoltarme —musitó Kikyo haciendo un puchero, apegándose descaradamente al joven.
— Por supuesto —contestó Kouga forzando una sonrisa.
— Creo que es hora de irnos. Si obscurece el viaje de regreso puede resultar peligroso —anunció Kagome, poniéndose de pie —Muchas gracias por sus gentiles atenciones milord. Buenas tardes.
— Permítanme escoltarlas a su casa —propuso presuroso
— Se lo agradezco, pero no es necesario —respondió Kagome —Vamos Rin.
— Que Kagome haga lo que quiera, yo acepto encantada Kouga —manifestó Kikyo sonriéndole coqueta. La joven sólo giró sus ojos, por el desagrado que le provocaba ese sujeto, y aún más la actitud melindrosa de su prima.
Poco a poco la noche volvía a ser la protagonista, sumergiendo en su implacable obscuridad al pequeño condado de Brunshire.
El ambiente era propicio, más bien óptimo para que el sagaz jinete de negro, surcara nuevamente los solitarios caminos, montado en su magnífico semental negro, cuya cabeza cincelada y larga cola daban cuenta de su noble raza.
Con un sutil movimiento el jinete cambió el rumbo, internándose entre los finos troncos del lúgubre bosque. Avanzó varios metros, antes de detener su caballo, dio una mirada a su entorno y luego desmontó. Corrió ágilmente entre la maleza, hasta llegar un pequeño claro que daba directo al río. Se ocultó tras un tronco observando con cautela, al hombre que se encontraba de pie junto al río. Cuando estuvo seguro que no había otra presencia cerca de ellos, salió de su escondite, acercándose silenciosamente hasta el hombre que aguardaba.
El hombre de cabello plateado se giró con rapidez, en cuando sintió la presencia del jinete negro.
— Has mejorado notablemente. No logré percatarme de tu presencia sino hasta el último segundo —manifestó el hombre mayor complacido. El jinete no respondió, sólo inclinó la cabeza a modo de saludo —Imagino que ya te habrás enterado que el Gobernador ofrecerá un baile en algunos días.
— Lo sé —respondió escuetamente.
— Estoy seguro que ese baile es sólo una distracción… Debe tener algún motivo oculto —declaró el hombre mayor con gravedad —Es muy extraño que se ofrezca una fiesta de la nada. Sin embargo, también es una excelente oportunidad para indagar en los documentos que oculta en su mansión. Es posible que encuentres alguna valiosa pista. O quizás indicios de dónde se realizará el próxima acuerdo. Kouga estará a cargo, y al parecer está siendo mucho más cauteloso que Naraku.
— Déjelo en mis manos —expresó en voz baja —Esta vez, definitivamente lograré encontrar lo que busco.
— Confiemos en ello —dijo asintiendo —Mi hijo regresará en un mes, y será peligroso encontrarnos. Espera mis mensajes antes de actuar.
— Sí. Ahora debo volver —anunció
— Ten mucho cuidado —pidió el hombre tomándole el hombro con familiaridad.
— Lo tendré —contestó inclinando la cabeza —Sensei
El condado entero estaba revolucionado por la gran fiesta que ofrecía el Gobernador. Los carruajes llegaban uno tras otro, hasta las puertas de la magnífica mansión en donde se encontraba uno de los salones más impresionantes del condado. De los elegantes coches bajaban mujeres ataviadas con los finísimos trajes de sedas y encajes y ostentosas joyas, del brazo de los hombres más importantes y acaudalados de la región.
Kagome bajó del carruaje, ayudada por la gentil mano que le ofreció un paje que vestía un formal traje de terciopelo rojo. Rin fue la siguiente, mirando de reojo la mueca de desagrado de su prima. Estaba segura que ella no deseaba asistir a aquel baile, ya que seguramente sería acosada por el insistente hijo del Gobernador. Lo cual sería motivo para las rabietas de Kikyo, quien no soportaba que algún caballero tuviera interés en otra señorita que no fuera ella. Sobre todo si el caballero en cuestión era su propio objetivo.
Entraron al salón recibiendo de lleno el sonido de las risas de los comensales y de la orquesta. Docenas de parejas danzaban en la pista, al ritmo de los suaves acordes de un vals. Los amplios ruedos de los vestidos parecían flotar y las joyas centelleaban en titilantes colores, debido a los gigantescos candelabros que iluminaban en lo alto del elegante salón y a través de las paredes.
Kikyo finalmente consiguió que Kouga la invitara a bailar. Claro que sólo después de que el joven se diera por vencido, ante las constantes negativas de Kagome en acompañarlo a la pista de baile.
No había transcurrido poco más de una hora y ya se encontraba inquieta, ahogada por el ensordecedor bullicio del animado tumulto de asistentes, y agotada del persistente asedio de Kouga. Por lo que Kagome aprovecho la oportunidad de huir furtivamente hacia el exterior. Buscando un poco de paz, que llegó acompañada de la refrescante y revitalizante brisa nocturna.
Las plantas superiores de la mansión se encontraban en penumbras y cerradas a los invitados. Un sonido apagado se escuchó desde los ventanales de un oscuro cuarto. Luego de un pequeño forcejeo finalmente estos se abrieron. Una delgada figura vestida de negro, saltó ágilmente desde el exterior, cayendo con suavidad sobre la mullida alfombra.
Caminando en puntillas, cruzó la habitación hasta llegar a la puerta. La abrió con sumo cuidado, asomando la cabeza, para asegurarse que nadie se encontraba cerca. Recorrió los pasillos hasta llegar a las puertas de la biblioteca. Una vez adentro, se dirigió al escritorio, hurgando entre los papeles que allí se encontraban. No parecía haber nada importante entre aquellos documentos. Era lógico. Sus adversarios eran hombres demasiado astutos para cometer tal descuido.
Recorrió la habitación, revisando algunos libros de las estanterías, y también si había alguna caja fuerte tras los cuadros. Soltó una maldición por lo bajo. Justo en ese instante se percató del mueble adyacente a los estantes. Tenía las puertas con llave. Se agachó sacando una herramienta metálica, desde un diminuto morral de cuero que colgaba en su cinturón. En unos pocos segundos abrió la cerradura del mueble. El interior no parecía contener nada de gran importancia.
"¿Entonces, porqué se encuentra bajo llave?" —se preguntó mentalmente.
Volvió a revisar las gavetas, quitó un par de libros, notando que tras éstos había una pequeña manilla metálica. Giró de ella, sobresaltándose al escuchar el crujido de la estantería de libros. Volvió a cerrar la puerta del mueble y caminó hasta los libros.
La estantería resultó ser una puerta corredera. La abrió cuidadosamente, ingresando a un amplio cuarto secreto.
Dio una rápida mirada a su alrededor, notando que de las paredes colgaban diversos mapas de rutas alternativas y prácticamente intransitables. Al parecer eran aquellas que el Gobernador utilizó para trasladar a los esclavos, durante las operaciones que había conseguido desbaratar. Sin embargo, no parecía haber ningún mapa que señalara la ruta que utilizarían en el próximo traslado.
Se acercó a las repisas, con docenas de cuadernos que contenían valiosa información. Revisarlos todos le llevaría demasiado tiempo. Inspeccionó los que se encontraban más a su alcance. Hojeó el contenido. Parecían ser libros contables, también contenían diversas listas de personas, quizás de esclavos. También nombres de algunos extranjeros, quizás se trataba de compradores. Arrancó un par de hojas, mientras cogía otro libro.
De pronto escuchó el murmullo de voces, se acercó a la puerta corredera, cerrándola en el momento justo. Al parecer se trataba de dos hombres.
— No te preocupes —dijo uno de los hombres. "Naraku—pensó el intruso de negro" —Todo está arreglado.
— Él te pidió que lo hicieras ¿no es así? —inquirió la otra voz.
— Sí, y sabes que por mi bien no puedo oponerme a sus demandas —contestó Naraku reprimiendo la rabia —Gente de mi entera confianza está llevando a cabo el plan.
— Eso quiere decir… —murmuró otra voz.
— Quiere decir que nuestro muy respetable Sr. Taisho, debe estar viviendo sus últimos minutos —manifestó con satisfacción —O quizás ya los vivió —añadió soltando una desagradable carcajada.
Abrió los ojos descomunalmente al escuchar aquellas palabras, la impresión causó que soltara el libro que aún sostenía. Se maldijo por aquella torpeza. Levantándolo con premura, para dejarlo tirado junto al mueble.
— ¿Qué fue ese ruido? —inquirió uno de los hombres.
— No lo sé, déjame investigar —abrió las puertas del mueble, notando que estaba abierto, pero no parecía haber nada fuera de lugar, quitó los libros y giró de la manilla.
El hombre desenfundó su espada y caminó hasta el cuarto secreto. Dio un rápido vistazo, pero al parecer no había nadie. Notó el libro que estaba en el suelo, se acercó a recogerlo dando una mirada a todo el cuarto, y volvió a depositarlo en el estante.
— Un libro cayó del estante —explicó saliendo del cuarto secreto, juntando la puerta corrediza —Volvamos antes de que noten nuestra ausencia —sugirió
— Como digas —accedió el otro hombre abriendo la puerta.
Después que ambos abandonaran el estudio, una sombra se dejó caer desde el techo del cuarto secreto. Guardó los papeles que había arrancado anteriormente del libro, mientras corría hasta los ventanales, desapareciendo en la obscuridad.
El brusco e incesante golpeteo de la puerta, obligó al anciano a emprender un patético trote, producto de su avanzada edad. Tras abrir las enormes y pesadas puertas de madera, se quedó de piedra al encontrarse con aquel alto joven que tanto se parecía a su Señor.
— No puedo creerlo —balbuceó aún sorprendido.
— ¿Dónde está mi padre? —inquirió el joven, ignorando el comentario.
— A…arriba, en su despacho —farfulló el anciano confundido. El joven pasó velozmente junto a él, rumbo a la dirección señalada.
Subió los interminables escalones de dos en dos. Con paso rápido y firme avanzó a lo largo del pasillo hasta llegar al estudio de su padre. No se molestó en golpear la puerta y sin más la abrió, encontrándose con una escena desconcertante.
— ¿Quién sois vos? —preguntó con voz grave, arrugando el ceño, al ver una delgada figura vestida de negro en medio de la habitación. El individuo se giró rápidamente al verse descubierto —¿Dónde está mi… —la pregunta murió en sus labios al ver el cuerpo de su padre tirado junto al sillón que se encontraba frente a la chimenea —¡Tú!. ¡Hijo de perra! —exclamó horrorizado y furioso.
Desenvainó su espada, corriendo hacia el intruso, quien a su vez sacó una extraña espada que se encontraba en su espalda.
— Eso es… —murmuró el joven observando impresionado el arma. Antes de pronunciar otra palabra su embate fue diestramente bloqueado por su contrincante. Éste dio una ágil vuelta lanzándole una poderosa patada, que golpeó de lleno en su hombro. Se recuperó al instante, viendo al intruso, entornando los ojos —Tú —susurró con la voz cargada de desprecio —Aún no tienes idea —agregó amenazador.
Se irguió a todo lo que daba su impresionante altura. El hombre de negro intentó golpearlo de nuevo, pero esquivó el ataque, dio un ruedo por el suelo, y luego se levantó para llegar hasta la parte superior de la chimenea donde se encontraban varias espadas orientales. Tomó una de ellas para volver al ataque. Dio una serie de poderosos golpes, que nada tenían que ver con la esgrima. Su contrincante se veía claramente pasmado por su conocimiento de la lucha, pese a que mantenía su rostro casi cubierto.
Hizo un giro para golpearlo con su katana, pero el hombre de negro volvió a bloquearle. Sus espadas chocaron en varias ocasiones, hasta que en un descuido, su incógnito contrincante no logró prever el siguiente movimiento de su espada, aprovechando su error para propinarle un corte en su lado izquierdo, a la altura del estómago.
El hombre de negro retrocedió algunos pasos, cayendo sobre una rodilla, pero apoyándose en su katana, que había incrustado en el suelo. Con su mano izquierda palpó la herida, intentando contener la hemorragia.
— ¡¿Qué está ocurriendo?! —exclamó un hombre de ojos azules, que apareció repentinamente en la puerta del estudio.
Dio una fugaz mirada al cuerpo inerte de hombre, y aprovechando la distracción, envainó su espada, para después sacar una pequeña daga de su faja de cuero, arrojándola hacia el hombre con el cual luchaba. Con excelente precisión la clavó en el hombro derecho, haciéndolo soltar su arma. Sin perder tiempo, saltó dándole una patada a la ventana, tomando el lazo que colgaba junto a su espada, lo lanzó enganchándolo a un mástil que sobresalía de la ventana contigua. Saltó por la ventana sosteniéndose de la cuerda, bajando por ella hasta la seguridad del suelo. Luego corrió a mayor velocidad que le permitía su lesión, a través del prado hasta los matorrales que colindaban en los cercos del terreno.
Un repentino escalofrío recorrió su espalda. Se frotó los brazos, mientras levantaba su rollizo y encorvado cuerpo de la silla, para echar otro leño al fuego, que ardía con intensidad en el sucio fogón. Era primavera, pero no comprendía el frío que sentía aquella noche.
Cogió la vasija que se encontraba sobre el fuego y se sirvió una taza de té. Sorbió el ardiente contenido, sonriendo complacida del sabor. Se disponía a sentarse es su maltrecha silla, cuando un crujido fuera de la cabaña llamó su atención. Su corazón dio un vuelco cuando al crujido le siguió un fuerte golpe en la puerta. Se apresuró a abrir, cuando horrorizada vio que en el pórtico se hallaba desmayada una persona, que vestía de negro.
— ¡Oh Dio Mio! —exclamó aterrada, inclinándose para examinar la herida. Haciendo uso de la poca fuerza que podía darle su añoso cuerpo, se las arregló para llevar al herido hasta su camastro. Buscó paños limpios y luego se dispuso a quitarle las armas y la ropa. Escuchó un leve quejido cuando despegó la ropa de estaba adherida a la herida —¿Pero quién te hizo esto? —murmuró preocupada
— Ka…ede —susurró con debilidad.
— No te preocupes, te pondrás bien —aseguró terminando de quitarle la ropa, sin sorprenderse de la ajustada gasa que envolvía sus senos.
— Mi sensei… —musitó —está muerto…
La anciana, se quedó paralizada por unos segundos, mirando incrédula las lágrimas de profunda tristeza que derraba la malherida joven de ojos color chocolate…
