-Buenos días estrellitas. Naddod les dice "hola"- murmuraba de buenas Brutacio cuando amaneció
-¿Sabes que antes de que nos vayamos tenemos que catearlos?- se burló Heather al notar el buen humor de los gemelos
-Bien Brutos, contra la pared- les ordenó Patán comenzando a esculcar sus bolsillos sacando toda clase de objetos y metales
-Me siento hurtado-
-Hora de partir-
Después de un poco de tiempo volando, Astrid respiró profundo, Naddod estaba a nada de estar presente, el clima era aún peor, se acercaban más al círculo polar y tras la tormenta, respirar sin que se te helaran los pulmones era casi imposible.
-Estamos por llegar- anunció la ojiazul
-Astrid muévete a Colmillo, para que guardes más calor- le ordenó Hipo al ver el estado tan debilitado casi al borde de la hipotermia de Astrid
-¿Necesitas un asiento libre preciosa?- le invitó Patán mientras coquetamente palmeaba su silla de montar
-Primero me congelo- respondió con una mueca la ojiazul
-Y yo que pensé que la Isla Glaciar era fría- decía mientras los dientes le castañeaban a Brutacio
-Quiero entender, si Astrid es mitad berkiana y mitad de Naddod y prácticamente creció aquí, ¿Por qué tolera menos el frío que todos nosotros?- preguntó Patapez
-En un momento lo verás- murmuró Astrid dando un profundo respiro.
Cuando terminó de decirlo, una luz amarilla cegó a todos los viajeros, después de un momento, cuando pudieron adaptarse vieron que frente a ellos había una isla enorme rodeada por un halo de luz, casi divino, protegiendo al lugar.
Construcciones elegantes, lejanas de las hechas de madera que los clanes tenían, una vegetación envidiable y adornada con flores y árboles frutales que no conocían, el mar que rodeaba ese lugar era de un color turquesa y arenas blancas. Ni en sus pensamientos más locos, pudieron sopesar la belleza y perfección del lugar.
-Naddod- susurró el impactado Hipo, mientras sentía que su cuerpo comenzaba a recibir el calor que la luz emanaba.
-Los antiguos dicen que Naddod fue el favorito de Freya y ella los bendijo dándoles un pedazo del sol para que sobrevivieran a las temperaturas del límite del mundo- explicó Astrid
-No puedo creer que esto fue alguna vez un clan- dijo sorprendido Patapez
-Supongo que es la diferencia entre gastar tus recursos para la guerra o para tu progreso- respondió el castaño -¿Qué hay de los dragones?-
-No tengo idea, sé que Naddod los respetaba, y hasta cierto punto veneraba, pero poco contacto tuvieron con ellos, supongo que al no tener que lidiar con ellos no los conocen- contestó Astrid – supongo que tendremos que aterrizar para averiguarlo-
-Mejor dejémoslos en un lugar seguro y lo averiguamos antes- propuso Hipo a lo que Astrid negó
-Naddod es una fortaleza, ¿ves esa construcción?- le dijo señalando el muro que rodeaba toda la isla –es un lugar sagrado Hipo, no les gustan los intrusos y no quiero que nos vean como tal... solo síganme, y chicos, ¿recuerdan cuando Hipo les pidió compostura con los Defensores del Ala?-
-Uy como olvidarlo, comienzo a sentir que lo avergonzamos- le reclamó Brutacio
-Nooo ¿ustedes creen?-
-Bueno... dupliquen esa actitud aquí ¿sí?- les pidió
-Si Astrid- respondieron los gemelos resignados.
Astrid respiró profundo y ordenó que aterrizaran. Conforme comenzaban a descender, la gente que ya había visto a aquellas magnificas bestias sobrevolar el aire comenzaba a juntarse frente a la construcción más grande e imponente de la isla y los guardias se ponían en alerta, por otro lado, los jinetes contemplaban incluso la manera de vestir y comportarse de aquellas personas, ropa elegante y liviana que distaba mucho de sus armaduras y ropas de pelea.
Cuando aterrizaron un grupo de guardias los rodeó con espadas apuntándoles sin piedad.
-¿Aaaaastrid?- murmuraba una abrumada Heather mientras todos los dragones se ponían en posición de ataque. Astrid respiro profundo una vez más y caminó hacia el que llevaba la insignia de Jefe de la Guardia.
-Busco a Leah- le dijo con la frente en alto y tranquila.
-Su majestad no recibe visitas sin invitación- le dijo serio y sin bajar la guardia. Ella sonrió de lado y sacó su collar entregándoselo al hombre, se tomó un par de segundos identificar aquel dije y levantó su mirada hacia ella.
-Su nieta no necesita invitación- sus palabras sorprendieron a todos ahí, tanto jinetes como el pueblo en general, Hipo entrecerró los ojos confundido.
El guardia se dio un tiempo para mirarla hasta que cayó en cuenta -¿Astrid?- murmuró entrecerrando los ojos y llamando la atención de la chica –Oh por Thor- dijo perdiendo la postura de guarda para convertirse en una clase de viejo amigo –¡Soy Einar!- le explicó quitándose el casco.
-Einar- dijo ella sonriendo para justo después ser abrazada por el joven, fornido y bastante bien parecido guardia, Hipo solo miraba confundido –por Freya no te reconocí- confesó correspondiendo su abrazo
-Eras muy joven- le respondió sonriendo, miró al frente observando al grupo que en silencio le miraba –Así que ahora montas dragones-
-Los entreno- lo corrigió mirando hacia atrás fijando su mirada en Hipo que orgulloso le sonrió
–Siempre supe que te esperaba algo grande- ella le sonrió y caminó hacia atrás uniéndose al grupo –dispérsense- ordenó a los guardias y gente, que aun disimulaba curiosa sobre aquellos chicos.
-Ellos son los jinetes y lo creas o no, mis mejores amigos, Heather, Patapez, los hermanos Tilda y Tacio, Patán e Hipo... chicos él es Einar, es hijo de Siv la encargada de cuidarme- todos correspondieron con un gesto de cabeza en modo de saludo -¿Cómo esta ella?- preguntó volviéndose a él
-Más vieja y de peor humor... y ¿Finn?- le interrogó
-Muerto, como mis padres-
-Será duro para la reina saber que su hija ha muerto, nunca supimos nada más de ella- le informó Einar
-No tuve manera de avisarles- confesó agachando la cabeza, él puso su brazo sobre su hombro en modo de consuelo.
-¿Qué hay de los dragones?- intervino Hipo mientras discretamente se ponía en medio de Einar y su valkiria – no queremos causarles incomodidad con ellos-
-Las historias de los visitantes siempre fueron que son bestias sin control y destinadas a matar... pero mis ojos no han visto eso, al contrario veo magníficos seres comportándose y si Astrid confía en ellos, el pueblo no tendrá problemas en aceptarlos- le replicó esté si dejar de mirar a la ojiazul
-Confió con mi vida en ellos- le dijo segura Astrid
-Perfecto, ahora permítanme guiarlos adentro- les pidió caminando delante de ellos –aunque tendría que suplicarles que los dragones se limiten a las áreas abiertas- el grupo asintió, Hipo se giró a los dragones y con una sola seña del castaño estos se acomodaron afuera.
Conforme recorrían los enormes pasillos del castillo, pintados de un blanco puro, fielmente iluminados por los grandes ventanales y decorados exquisitamente por cuadros y lienzos perfectamente pintados que dejaban como nada las obras que Cubeta pintaba para adornar el Gran Salón de Berk, los chicos miraban un mundo muy distinto al que conocían, el Refugio de la Corona no era nada frente a ese lugar.
Mujeres y hombres con vestir refinado, vagaban mientras los veían caminar
-Bien, oficialmente entré al archipiélago alternativo- murmuraba Hipo sobrepasado por la belleza del lugar. Astrid sonrió con sus palabras, se colocó de puntillas besó su mejilla y se sujetó de su brazo.
-Esto es hermoso- decía Brutacio limpiándose discretamente una lágrima con el dedo.
-Esto es un universo lleno de posibilidades para destruir hermano- murmuraba Brutilda con las manos en su pecho encantada con el lugar.
-Me mudo de la Orilla, creo que no me iré nunca de aquí- decía Patán –Oh miren ahí va mi futura esposa- dijo al ver por la ventana a una joven –no no, mejor ella- repetía una y otra vez.
-Así que... ¿amigo aún?- susurró Hipo sin olvidarse de la presentación, Astrid levantó los hombros y se acercó a él sin dejar de caminar
-No propuesta... no título amigo- lo molestó la chica
-¿Enserio me vas a hacer pedirte que seas mi novia?- se quejó el chico
-Siempre podemos ser amigos con ciertos y exclusivos derechos-
-Ja ja ja- se rió sarcástico sin dejar de caminar
Momentos después, llegaron a una sala enorme adornada de la misma manera que los pasillos, solo, Einar abrió las dos enormes puertas de madera con detalles de oro y los invitó a pasar.
-Esperen aquí- les pidió antes de salir.
Astrid miró nerviosa a todos pero todos ellos simplemente se limitaban a mirar.
-Astrid pero ¿por qué no nos dijiste quien eras?- preguntó Patapez embelesado por el lugar aún.
-Supuse que nunca lo sabrían- confesó la chica –y ni siquiera me importó contarlo en primer lugar-
-Brutacio deja ahí- le murmuró Heather al chico que ya comenzaba a jugar con un pisa papeles
-Astrid- resonó la voz de una mujer un tanto anciana, vestida aún más elegante que cualquiera ahí, con un vestido enorme y azul marino y joyas que adornaban su cuello. Cuando llegó a ella, sin detenerse la envolvió con un abrazo que Astrid recibió.
-Leah- murmuró aún en el abrazo, ella no estaba acostumbrada a llamarla abuela.
La mujer sostuvo su rostro un segundo y se encargó de mirarla, tan diferente, tan cambiada, y tan hermosa como su madre.
Miró un poco más abajo y notó su extraña vestimenta -¿Pero que ha hecho la vida contigo?- le preguntó inquisitiva mientras recorría su mirada con la ropa de batalla que solía usar, Astrid solo puso sus ojos en blanco.
La mujer entonces puso atención en el resto de los chicos que nuevamente, solo podían observar curiosos a Astrid reencontrándose con su pasado.
-Necesito hablar contigo-
-Deben estar agotados por el viaje- se dirigió Leah a los chicos -les daré tiempo para que se aseen y descansen y en la hora de la cena hablaremos- instruyo ella. Pero Astrid no estaba conforme
-Estoy bien, necesito que hables conmigo ahora- le pidió mostrándole la lente. Su abuela entonces la miro fijamente con el ceño fruncido completamente confundida.
-No tengo idea de que sea esto- confesó
-¿Venimos hasta aquí por nada?- dijo Patán todos se giraron a verlo pidiéndole compostura llamando la atención de Leah.
-Ordenaré que los lleven a sus habitaciones- les avisó aun mirando al extraño grupo
-Le agradezco, pero no nos quedaremos, si nos permite solo dejaremos descansar un tiempo a los dragones- intervino un diplomático Hipo hasta que la mirada de la mujer se fijó en el
-¿Dragones has dicho?-
Después de llevarla a conocerlos, esta los convenció de que se quedaran al menos una noche para descansar, cosa que todos excepto Astrid aceptaron encantados. Parecía que los dragones no los incomodan ni un poco, contrario a eso, todos los miraban encantados y curiosos, y a los dragones si algo les gustaba... era la atención.
Se dispusieron a ir a cada una de las habitaciones asignadas, todos parecían emocionados y obsesionados con lo que veían, habitaciones enormes, más grandes que sus propias cabañas, camas y almohadones suaves cual nubes, hermosamente decorados e iluminados con los ventanales que podrían ser cubiertos con cortinas de terciopelo, vistas hermosas de una ciudad que jamás habrían imaginado que existiera.
Todos menos una melancólica chica que no encontraba placer en la ostentosa forma de vida de Naddod.
Se limitaba a mirar por la ventana de su antigua habitación, desde niña solía hacerlo, y tenía ese mismo pensamiento, no pertenecía ahí.
Una sonrisa de apoderó de ella cuando vio salir al castaño del palacio para revisar a los dragones, le encantaba ver a ese Hipo protector y juguetón, molestando a Chimuelo y escudándose en Tormenta, revisando a Colmillo y regañando a Eructo y Guacara.
Astrid mordió su labio, nunca perteneció a ese lugar... siempre le perteneció a él.
