Capítulo II

"Recuerdos"

El joven de ojos azules, corrió para auxiliar a su amigo. Miró con extrañeza la pequeña daga que tenía clavada en el hombro.

Mi padre —musitó algo debilitado, antes de sujetar la daga y tirarla con fuerza.

El joven recién pareció notar el cuerpo inerte del hombre mayor, se acercó hasta él, giró el cuerpo, que se encontraba boca abajo. Comprendiendo de inmediato que ya era demasiado tarde. Una profunda herida laceraba su pecho, directamente en su corazón. Cerró los ojos que aún permanecían abiertos, levantando la mirada hacia su amigo que se acercó hasta él.

Lo lamento, Inuyasha —susurró acongojado —Esta muerto…

La luz del amanecer comenzaba a filtrase por las rendijas de la vieja cabaña. Emitió un leve quejido, al sentir una dolorosa punzada al costado del vientre, cuando hizo un intento por levantarse.

Un paño húmedo cayó de su frente. Frunció el ceño producto de la confusión. No estaba segura de donde se encontraba, todo parecía girar a su alrededor.

Kagome, no te levantes, aún estas muy débil y la fiebre no ha bajado del todo —expresó una voz con firmeza. Fue empujada con gentileza por unas manos rugosas.

Debo regresar —contradijo haciendo un nuevo intento por erguirse —Se darán cuenta que no pasé la noche en casa.

Eso no importa ahora, ya inventaremos una excusa —manifestó la mujer, impidiéndole la acción —Ahora debemos bajar la fiebre y esperar que cierre bien tu herida. Toma bebe esta infusión —ordenó acercándole un jarro de humeante líquido —Esto ayudará a cicatrizar más rápido la herida.

El suave golpe en la puerta interrumpió la discusión. Kaede miró tranquila a la joven y le sonrió, luego caminó a la puerta, para ver de quien se trataba.

Un jovencito de unos catorce años esperaba impaciente.

Señora Kaede. La señorita Kagome… no regresó anoche… no sabemos dónde se encuentra…

Guarda silencio y entra muchacho —ordenó la anciana.

¡Kagome! —exclamó horrorizado el muchacho al ver que yacía herida sobre el camastro.

Te dije que guardaras silencio —regañó Kaede, dándole un coscorrón en la cabeza —Ella se encuentra bien. Estoy curando la herida, y la fiebre ya casi ha desaparecido. Dile a Sango que invente alguna excusa, para explicar la ausencia de Kagome. Que no se siente bien, y se quedará en cama, o lo que sea.

¿Pero y si la señorita Rin descubre el engaño de mi hermana? —preguntó asustado —Ella siempre entra al cuarto de Kagome.

Él tiene razón —intervino Kagome —Rin puede descubrirnos. O lo que es peor, Kikyo. Lo mejor es que regrese a casa. No te preocupes, guardaré reposo hasta sentirme mejor —añadió al ver la cara de reproche de la anciana.

Está bien, pero Kojaku se encargará de llevarte las hierbas medicinales para que Sango las prepare —dijo accediendo de mala gana.

Por supuesto. Déjelo en mis manos —aceptó el jovencito.

Ingresó a su cuarto por la entrada secreta que mantenía oculta tras un grueso tapiz, el cual colgaba junto al tocador.

Kojaku le ayudaba a caminar, sirviéndole de soporte. Sango, que esperaba en el cuarto, saltó de la silla al verlos entrar. Emitiendo una aterrada exclamación al notar que Kagome estaba herida.

La llevaron hasta la cama y entre los dos la acomodaron. Secaron el sudor de su frente, producto del enorme esfuerzo, y de la fiebre que aún le aquejaba.

Estuvo varios días en cama. Sango cuidó de ella, dándole las infusiones que enviaba Kaede. Cambiando sus vendajes y aplicando el ungüento sobre la herida, que era preparado por la misma anciana.

También su joven amiga le contaba todo lo que ocurría en el condado. Ella le relató que esa misma noche durante el baile, habían llevado la noticia del asesinato del Conde Inu Taisho, uno de los hombres más ricos y respetables de la región, quien era poseedor del castillo Leeuford, rodeado por extensas tierras ubicadas cerca de la frontera norte de Brunshire.

El conde Taisho era reconocido por su enorme generosidad y férrea oposición a la esclavitud, por lo mismo muchos creían que tenía una secreta conexión con Handorei, y los rescates para evitar la venta ilegal de esclavos. Sin embargo, todos ahora consideraban que aquella hipótesis parecía imposible y ridícula, dado que el asesino había resultado ser el propio Handorei.

Rin fue en varias ocasiones a verla a su cuarto. A veces le llevaba la comida, otras sólo a hacerle compañía. Al menos, el estado febril de Kagome, ayudaba a que la excusa de un fuerte resfriado fuera más creíble, y con ello lograr engañar tanto a Rin, como a los demás miembros de la familia.

No tenía idea de lo cómo las cosas se habían tornado tan nefastas. Luego de escuchar la conversación en la casa del Gobernador, se dirigió rápidamente al castillo del conde Taisho, pero llegó demasiado tarde. Su maestro yacía muerto en el estudio. Aún no lograba comprender el método que utilizaron, ya que no había un hombre más hábil en el manejo de las armas y la defensa que él. Tampoco encontró indicios de lucha, lo que era aún más ilógico.

Cuando se disponía a buscar rastros del culpable en el exterior, aquel hombre irrumpió en la habitación.

No cabía dudas, aquel hombre no era otro más que el hijo del conde Taisho, esos penetrantes ojos dorados eran la mejor prueba. Sin duda se trataba Inuyasha Taisho.

Tal vez fue una trampa —señaló Sango —Querían hacerte ver culpable y aprovecharon la llegada de su hijo.

No lo creo —negó Kagome pensativa —El enterarme que planeaban asesinar al conde Taisho fue una mera casualidad. Además su hijo no debía llegar hasta el mes entrante. Si adelantó su llegada, no había forma que calcularan que él me encontrara en ese preciso instante junto al cuerpo.

Supongo que en eso tienes razón —aceptó la joven —Lamento que no pudieras asistir a su sepelio.

Descuida. Lo único que me importa ahora… —murmuró con la voz cargara de ira —es asistir al entierro de sus asesinos.

Pese a las protestas de Sango, Kagome abandonó el reposo. Se vistió con un sencillo pero bonito vestido azul oscuro. Con un escote alargado hacia los hombros, mangas abultadas, y de amplio ruedo. Cubrió sus rizos color azabache, con un pequeño sombrero del mismo tono del vestido.

Le pidió a Kojaku que reuniera las flores más hermosas del jardín. Debía visitar la tumba de su querido maestro.

Caminaba lentamente por los silenciosos pasillos del viejo cementerio. Unos metros más atrás, la seguía Kojaku, quien cargaba el bello ramo de flores.

Kagome detuvo su marcha, para tomar un poco de aliento, dado que la herida aún le dolía bastante. Al levantar la mirada, vio que al fondo se elevaba el imponente mausoleo perteneciente a la familia Taisho.

Era enorme, de mármol blanco cuyos gruesos pilares se erguían majestuosos frente a la edificación. Las paredes laterales y superiores, tenían talladas elaboradas esculturas de ángeles.

Kojaku se adelantó y le ayudó a abrir las pesadas puertas del mausoleo.

Tragó saliva con dificultad, debido al nudo que tenía en la garganta, antes de entrar al recinto. Miró a su alrededor, sólo algunas flores secas adornaban la tumba del conde Taisho.

Se arrodilló a los pies de la tumba, depositando en un gran jarrón de porcelana su ramo de flores. Lentamente las lágrimas que había intentado contener, fueron deslizándose por su pálido rostro.

Perdóneme, Sensei —sollozó lastimeramente —No pude llegar a tiempo. No pude evitar su muerte... Perdón… perdón…

Poco a poco su mente fue inundada por imágenes que encarnaban sus más dolorosos recuerdos. La época más triste de toda su vida. El día del asesinato de sus padres… El día en el que conoció al poderoso conde Inu Taisho.

Era una niña de doce tiernos años. Viajaba junto a sus padres rumbo a Brunshire, lugar donde su familia planeaba establecerse, después que su padre, el Barón Endo Higurashi, luchara en el parlamento por varios años, con el fin de apoyar la creación de medidas legislativas que abolieran definitivamente la esclavitud.

Lord Higurashi, había heredado una vasta propiedad, por parte de una tía que no tuvo descendencia. Su nuevo hogar sería una mansión en las afueras de Brunshire, cercana al territorio que pertenecía a un distinguido Conde, que según le relató su madre fue un valiente y hábil general, que sirvió a la corona, recibiendo numerosas condecoraciones, títulos y riquezas.

No se percató del momento exacto, en que la situación se tornó caótica. Sólo recordaba vagas escenas, en las que veía el bello rostro de su madre desfigurado por el terror, mientras la abrazaba con fuerza, como si intentara protegerla de algo terrible. La seria expresión de su padre, bañado en sudor, le indicaba que algo muy grave sucedía. La confirmación de aquello fue cuando lo vio empuñar su arma, mientras asomaba la cabeza por la diminuta ventana del carruaje.

Temblaba cada vez que escuchaba los violentos azotes que daba el cochero a los caballos, que corrían a gran velocidad, bufando exhaustos por el irregular terreno. Repentinamente el coche pareció ir fuera de control. Casi de inmediato el suelo pareció girar en torno a ella, seguido de un ensordecedor ruido y un fuerte golpe. Su madre pretendía en vano evitar que se golpeara contra las paredes del carruaje, intentando recibir la mayor parte de los azotes. Todo pareció quedar en calma, pero sólo por un par de segundos, ya que vio a su padre patear con fuerza la puerta del carruaje, para ayudar a su madre y a ella a salir del vehículo volcado.

¡Huyan hacia el bosque! —lo escuchó gritar la orden con desesperación, antes de ser literalmente arrastrada por su madre.

Giraba la cabeza a cada paso intentando ver la figura de su padre. "¡Madre… Es Papá!" —había gritado desesperada al divisar a varios hombres que bajaban de sus caballos y atacan a su padre. Pero su madre sólo corría sin escucharla, levantando con dificultad el pesado vestido con una mano y jalando de ella con la otra.

Se habían alejado bastante, pero las voces de los hombres parecían escucharse cada vez más cerca. Su madre giró, ahogando un grito de horror y se detuvo en seco.

Corre rápido, mi amada Kagome —ordenó tomando la pequeña cabeza con ambas manos, depositando un beso en su frente —¡Corre y por nada del mundo te detengas!

Pero madre —gimoteó aferrándose al vestido de la mujer.

¡Vete ahora! —ordenó con voz firme, empujándola con rudeza —¡Vete!

Sollozando finalmente obedeció la orden, y corrió a la máxima rapidez que le permitían sus cortas extremidades. Sin embargo, a unos cuantos metros se encontró con una fosa que atravesaba a lo ancho del extenso terreno. Temerosa quiso regresar pero vio que los hombres ya se acercaban a su madre. Se ocultó tras el grueso tronco de un árbol observando lo que ocurría.

Debido a la distancia, no lograba escuchar, pero veía con claridad como su madre discutía fervorosamente con los hombres. Uno de ellos la golpeó con salvajismo, arrojándola al suelo por el fuerte impacto. Luego elevó el brazo, empuñando su filosa espada, la cual dejó caer sin piedad alguna sobre el cuerpo de la mujer, que emitió un alarido horrorizado, el cual fue silenciado al instante.

Ahogó un grito de espanto, llorando en silencio, mientras sus pequeñas manos se aferraban a la corteza del árbol, que se incrustaba en su delicada piel lastimándola.

El hombre se giró en dirección a donde se encontraba. El corazón le dio un vuelco y se ocultó tras el tronco. Comprendió que aquello no era suficientemente seguro, por lo que se agachó y comenzó a arrastrarse hasta la fosa. Al llegar a la orilla resbaló, cayendo dentro del fangoso interior de la cavidad, que por fortuna no resultó ser tan profunda. Avanzó de rodillas unos cuantos metros, pero las voces de los hombres la paralizaron. Pegó su pequeño cuerpo a la lodosa pared de la fosa, abrazándose a sus piernas.

El sonido de las ramas secas le advirtieron que los hombres encontraban cerca. De pronto vio una rata que caminaba hacia ella, abrió desmesuradamente los ojos, tapando de inmediato su boca con ambas manos, para acallar el grito de miedo que casi escapa de su garganta.

¡Maldita sea! ¿Hacia dónde escapó? —exclamó con enojo, una voz gruesa. El hombre estaba de pie casi sobre su cabeza.

Olvídala. Ya cumplimos con nuestra parte del trato —señaló otro hombre, que se escuchaba más lejos.

Tienes razón. Endo Higurashi y su esposa ya están muertos —sentenció con implacable frialdad.

Gimió de dolor, cuando cayó por enésima vez al suelo, ya no tenía fuerzas para continuar corriendo. Además, no tenía idea hacia donde tenía que dirigirse. Aún así, algo no le permitía darse por vencida. Secó las lágrimas de sus mejillas con sus manos sucias y volvió a ponerse de pie. Su vestido estaba lleno de barro y hecho jirones. Sus brazos lastimados, debido a que tuvo que pasar por entre la espinosa maleza.

Caminó por largos minutos, cuando escuchó el sonido de la corriente de un río. Al llenar a la orilla se encontró con un hombre sentado sobre una gran roca pescando apaciblemente. Tuvo miedo, quiso volver a huir, pero estaba exhausta, y volvió a caer al suelo sin energías para volver a levantarse.

El hombre se giró al escuchar el golpe. Sorprendido corrió hasta la pequeña, y acunándola en su regazo examinó el estado de la niña.

¡¿Pero qué te ha ocurrido pequeña?! —exclamó horrorizado

Papá… Mamá —musitó débilmente antes de perder el conocimiento.

En medio de aquella tragedia, fue como se produjo su encuentro con el conde Inu Taisho. El hombre cuidó de ella por varios meses, hasta recibir la noticia que la tutela de Kagome pararía a manos de un tío político. Se trataba del esposo de la hermana mayor de su madre, quien había muerto hacía varios años. Mioga Hurley y sus dos hijas, Rin y Kikyo, llegaron poco tiempo después a Brunshire.

En ese momento también conoció a Sango y su hermano Kojaku, que era un pequeño de dos años. Ella, a pesar de ser casi una niña, trabajaba como sirviente de su tío Mioga, quien se había hecho cargo de ellos, cuando perdieron a su padre unos meses antes.

Mioga Hurley, entonces se hizo cargo de las tierras y los negocios de difunto Endo Higurashi, hasta que Kagome contrajera matrimonio.

Durante el tiempo que el conde Taisho cuidó de ella. Kagome llegó a profesarle gran cariño. Como si se tratara de un segundo padre. Lo visitaba regularmente, y siempre a escondidas de su tío, quien a pesar de ser bondadoso, era bastante estricto con ella y sus hijas.

Inu Taisho, era un hombre solitario, viudo desde hacía quince años, y aún cuando le contó que tenía dos hijos, los tres vivían separados. Uno de ellos había entrado a la milicia, mientras que el otro se encontraba estudiando en el extranjero. Ella jamás los conoció, ya que siempre era el padre, quien se ausentaba largas temporadas para verlos. Sólo había escuchado muchas anécdotas acerca de ambos. Era evidente el amor que sentía por sus hijos, ya que hablaba mucho sobre ellos. Kagome a veces tenía la impresión de que casi los conocía en persona.

Durante un incidente, con un par de cuatreros que robaban sementales, Kagome pudo comprobar la increíble habilidad combativa que poseía el conde Taisho. Fue entonces cuando la asaltó la idea de aprender a luchar. Pasó meses suplicándole que le enseñara, pero el hombre siempre se negó con firmeza. Argumentando que era incorrecto para una delicada muchacha el aprender tales rudas destrezas, sólo apropiadas para el género masculino.

¿Entonces me será negada la posibilidad de defenderme por el hecho de ser una mujer? —preguntó con osadía, irguiendo con altivez su menudo cuerpo —¡¿Acaso intenta decirme que sólo deberé esperar a que el asesino hunda su espada en mi pecho, tal y como le ocurrió a mi madre?! —añadió con la ira y el odio fulgurando en sus ojos chocolate.

El conde Inu Taisho no pudo discutir contra aquel argumento. En los ojos de Kagome pudo ver con claridad la determinación, la valentía y la astucia. Comprendió que ella jamás se daría por vencida, no hasta hacerlo cambiar de opinión. Soltó un largo suspiro, rindiéndose por primera vez en toda su vida. Y había sido derrotado, ni más ni menos, que por aquella tozuda muchachita.

De ese modo dio inicio a un largo y arduo entrenamiento, pero en el más absoluto secreto.

Le transmitió todo su conocimiento de lucha en las artes marciales, una milenaria herencia de sus antepasados. Le enseño a utilizar su cuerpo como arma y conocer las debilidades del cuerpo de sus enemigos. A meditar y planificar estrategias pensando con inteligencia. A moverse con sigilo, a luchar con todo tipo de armas, tanto occidentales, como las más extrañas y desconocidas armas orientales.

El tiempo transcurrió rápidamente, algo más de seis años, en los cuales poco a poco y a los ojos de la comarca entera, se convirtió en una mujer hermosa, delicada, y en apariencia frívola y caprichosa, casi inalcanzable a juicio de muchos de los jóvenes casaderos. Sin embargo, esa bella joven, era sólo la falsa imagen de la verdadera Kagome, a la que sólo conocían su maestro; Sango, quien se convirtió en su mejor amiga y el hermano de ésta, el pequeño Kojaku. Además estaba Kaede, una anciana curandera, a la cual el conde Taisho la llevó en un par de ocasiones, para que curara las heridas que sufriera durante sus entrenamientos.

A pesar de la cercanía y del cariño que le profesaba a su prima Rin. Jamás compartió con ella aquellos secretos. Quizás para protegerla de alguna reprimenda, o para protegerse a sí misma, de su venenosa prima Kikyo.

Era el año de su cumpleaños número veinte, su sensei tuvo que ausentarse otra larga temporada, en donde aprovecharía de visitar a sus hijos.

Cierto día, Kagome deambulaba a caballo por el bosque, cuando a lo lejos divisó una destartalada choza de la cual entraban y salían un par de fornidos hombres, quienes cargaban pesados costalea que descargaban desde una carreta, para luego dejarlas al interior de la choza. Desmontó de su vieja yegua, dejando las riendas atadas a una rama y luego se dirigió hacia la cabaña, caminado sigilosamente. Se ocultó tras unos arbustos al escuchar la voz de uno de los hombres.

Esos son todos —informó un tercer hombre, que estaba sobre la carreta —Ahora larguémonos de aquí.

Pero deberíamos quedarnos a vigilar —propuso el otro.

¿Para qué imbécil? —regañó el segundo hombre que salía de la choza, y cerraba la puerta colocando un candado en la cerradura —¡Vámonos! Ellos vendrán a buscarlos durante la noche —informó mientras subía a la parte trasera del vehículo.

Una vez que la carroza con los tres hombres se alejó lo suficiente, Kagome salió de su escondite, corriendo hacia la cabaña. Comprobó que el grueso candado estaba firmemente puesto. Caminó rodeando la choza, buscando otra entrada o alguna ventana, pero éstas estaban cubiertas con madera. Se dispuso a mirar hacia el interior, a través de un pequeño agujero. Todo estaba muy oscuro, y el sol casi se ocultaba dificultando aún más sus intentos, pero consiguió ver un par de sacos, que estaban más cerca. No parecía haber nada anormal en ellos. "¿Entonces qué debían vigilar?", se preguntó extrañada. De pronto uno de los sacos pareció moverse, se alejó sobresaltada, pero regresó de inmediato a asegurarse de lo que había visto. Efectivamente el saco volvió a moverse, y lo mismo sucedió con el que estaba junto a él.

¿Pero qué es esto? —musitó aún incrédula "Son personas. ¿Acaso prisioneros?" se preguntó intentando comprender qué sucedía. "No, prisioneros no, sería absurdo tenerlos así. Podría tratarse de rehenes". —Debo ir por ayuda —decidió, alejándose del lugar.

Mientras cabalgaba a toda velocidad, comprendió que no tendría tiempo de ir hasta la ciudad. El sol ya se había ocultado, y según lo que le escuchó decir a esos hombres, alguien iría esa misma noche para llevarse a esas personas.

La casa más cercana era el castillo del conde Taisho, pero él no se encontraba en Brunshire. Y era peligroso dejar la situación en manos de los lacayos que trabajaban en la mansión. No tenía otra opción. Ella era la única que podía ayudarlos.

Miró de reojo su traje de montar. Cómo lo lograría, si aparecía vestida así, todos se darían cuenta de quien se trataba. Se convertiría en centro del escándalo y habladurías, y en el peor de los casos el entrenamiento que le dio el conde Taisho quedaría al descubierto. Él podría verse envuelto en graves problemas por su causa. No, eso no iba a permitirlo.

A su mente llegó una descabellada idea, pero era su única opción en aquel momento. Guió a la yegua rumbo al castillo Leeuford.

Ingresó furtivamente a la habitación en donde el conde guardaba una impresionante cantidad de armas. Aquel cuarto lo había visitado muchas veces, gran parte de las armas que había aprendido a utilizar se guardaban en ese lugar. Fue en dirección del estante, en donde se hallaba un inusual traje negro.

Una vez le preguntó al conde Taisho que tipo de vestimenta era, pero él simplemente sonrió volviendo a guardarlo en el cajón. —Es muy pronto para que lo sepas o lo entiendas —fue lo único que contestó.

Se puso la capucha y luego cubrió su frente con una larga cinta de seda, la cual amarró firmemente tras su cabeza. Como toque final, cubrió su rostro hasta la nariz. Vio complacida ante el espejo, que lo único visible eran sus ojos, pero la noche ayudaría para que nadie notara que se trataba de una mujer. Además la liviana y diminuta armadura que cubría su pecho, disimulaba estupendamente sus pequeños senos. Era un traje muy similar al blanco que utilizaba en su entrenamiento, pero este era perfecto para ocultarse en la noche, y le permitiría moverse con absoluta libertad.

Antes de salir, se detuvo frente a una espada corta, sin pensarlo demasiado la cogió, amarrando la vaina a su espalda.

No parecía haber movimiento fuera de la choza, aún así se acercó cuidadosamente. Verificó que el candado siguiera intacto y extrajo una pequeña herramienta que mantenía oculta entre los cordones que se enredaban en su antebrazo izquierdo. No le tomó más que algunos segundos para abrir la cerradura. Entró a la mugrienta cabaña, observando que había alrededor más de una docena de sacos. Se acercó al más cercano, desatando el nudo. Sus ojos se abrieron desmesuradamente al descubrir en el interior a un niño de piel oscura, que no debía tener más de diez años. Estaba amordazado y atado de pies y manos. El niño parecía aterrorizado con su presencia, y una vez liberado intentó escapar. Pero Kagome lo agarró con fuerza pegándolo a su cuerpo.

Tranquilo, no tengas miedo —le susurró al oído acariciándole el rostro para calmarlo.

El pequeño no pareció entender lo que decía, pero con su acción comprendió que no iba a lastimarlo.

Lo dejó a un lado y se dispuso a liberar al resto de las personas. Todos eran gente de color, se trataban de varios niños, un par de hombres jóvenes, además de otros hombres y mujeres de mediana edad.

Se disponía a desatar el último saco, cuando el sonido de un carruaje acercándose, le heló la sangre. Con una seña, le indicó a uno de los hombres para que concluyera la tarea, mientras ella corría a la puerta para ver a qué tan lejos estaba el carruaje. Perecía estar a unos doscientos metros, ya no había tiempo, tenían que salir de inmediato.

Por fortuna uno de ellos hablaba su idioma, por lo que le dio la instrucción de hacia dónde debían correr, y uno tras otro fueron saliendo en la dirección señalada.

Kagome no contaba con que tras el carruaje apareciera un hombre a caballo, quien se adelantó al vehículo, llegando justo cuando el último de los liberados huía hacia el bosque. El jinete escupió un improperio, bajando del caballo de un salto para enfrentar al individuo vestido de negro que se interponía en su camino.

¡Apresuraos imbéciles! ¡Los esclavos escapan! —gritó el hombre desenvainando su espada para arremeter contra el intruso, que ya estaba listo para el ataque —¡Tú, bastardo! ¡Te partiré en dos! —gritó el jinete, antes de embestir con furia.

La pelea no duró más de un minuto. Extrajo la katana en su espalda y bloqueó el ataque, antes de una segunda embestida giró con gran velocidad golpeando la mano del jinete, quien soltó la espada debido al impacto, volvió a girar dando una certera patada en el rostro del hombre, que cayó seminconsciente.

Otros dos hombres corrieron hacia ella, esquivó fácilmente el ataque del primero, dio un fabuloso salto utilizando el pecho del segundo para impulsarse, efectuó una voltereta hacia atrás y pateándolo en la barbilla. Volvió a atacar al anterior, esta vez girando en su eje a ras del suelo, provocando que el hombre perdiera el equilibrio y cayera al suelo, donde volvió a golpearlo con el codo en el inicio del estómago.

Antes que se recuperaran, corrió hasta la carreta, cortando las riendas con la filosa espada, golpeó las ancas de los dos caballos para ahuyentarlos, haciendo lo mismo con el caballo del otro jinete. Después se alejó por una ruta alterna, para ir al encuentro de los esclavos que había liberado.

Los ocultó en una vieja mina de carbón, que estaba abandonada desde hace años. Aún no tenía un plan para sacar a los esclavos de la región, sin que alguna patrulla de soldados, o los mismos hombres que los tenían cautivos los descubrieran. Por ahora sólo podía mantenerlos a salvo, por lo que regresó al castillo Leeuford, por sus ropas y conseguir algo de agua y alimentos.

Volvió a entrar cautelosamente en el cuarto de armas, caminó en puntillas hasta su vestido, que había dejado sobre una silla.

Espero escuchar una muy buena explicación acerca de todo esto —advirtió una seria voz a su espalda. Debido al sobresalto, dejó caer el vestido al suelo, volteándose para enfrentar a la voz que había reconocido de inmediato.

Sensei —musitó mirándolo sorprendida, para luego agachar la cabeza avergonzada.

El conde Taisho escuchó con atención el relato de los últimos acontecimientos. Furioso y asqueado con la situación, se propuso ayudar a la joven a planear la forma en que trasladarían a esas personas fuera de la región y ponerlas a salvo. Envió una nota a un antiguo camarada, quien era pieza clave para su plan.

Dos días después embarcaron a los esclavos en un pequeño barco, propiedad del amigo del conde, quien prometió ponerlos a salvo. Así concluyo la temeraria aventura de la joven, la primera, de las muchas que vendrían.

Después de todo lo que hizo por mí… y no fui capaz de ayudarle cuando me necesitó —lloró, elevando la mirada hacia la placa donde estaba escrito el nombre de su maestro —Pero le prometo… acabaré con ellos… Con Naraku y su hijo, y con el que se oculta tras él. Lo prometo… —susurró empuñando su mano con fuerza sobre las letras doradas.

¿Quiénes sois vosotros dos? —inquirió una voz masculina, desde la entrada del mausoleo. Kagome se tensó de inmediato al reconocer claramente aquella voz… "Inuyasha Taisho"…

"Estoy segura que se trata de Inuyasha Taisho", pensó inquieta. Se puso de pie lo más rápido que pudo. Secó el rastro de sus lágrimas y se giró con lentitud para enfrentarlo.

Buen día Milord —saludó displicente, haciendo una educada reverencia. Cuando él joven llegó hasta ella.

Buenos días Milady —respondió el joven mirándola con extrañeza —Lamento si os he asustado. Es sólo que me sorprendió ver a alguien visitando la tumba de mi padre a estas horas.

Lamento la irrupción. Pero no tuve la posibilidad de asistir al sepelio. Es por eso que vine en cuanto me fue posible —explicó tragando saliva, intentando evitar la penetrante mirada ambarina.

Muchas gracias —manifestó el joven inclinando la cabeza. Y aprovechando la oportunidad de ver más de cerca los ojos de la bella dama frente a él. Sonrió ligeramente al notar como ella esquivaba su mirada completamente ruborizada —Qué descortesía de mi parte. No me he presentado debidamente ante vos. Mi nombre es Inuyasha Taisho de la casa de Leeuford.

Es… es un placer. Mi nombre es Lady Kagome Higurashi —balbuceó con nerviosismo —Él es Kojaku, trabaja para mi familia.

Higurashi —murmuró frunciendo el ceño, como si intentara recordar algo —Vuestro nombre me resulta familiar.

Es posible que vuestro padre me haya mencionado en alguna ocasión —aclaró algo perturbada—Lo conocía desde pequeña.

Comprendo —asintió el joven—Aún así es un apellido poco frecuente ¿Sois inmigrante?.

Sí, de hecho mis antepasados lo fueron —respondió carraspeando—Ya debo marcharme milord —anunció haciendo una cortés reverencia, pasando junto a él dispuesta a irse.

Esperad un momento —pidió el joven tomándole la mano cubierta por un delicado guate de encaje, evitando que se alejara—¿Sería un atrevimiento de mi parte si la visito en vuestra casa uno de estos días?

¿¡Eh!? —exclamó perturbada por la inesperada pregunta

Bueno, ya que conocía muy bien a mi padre, me gustaría que me hablara más de la amistad que la unía a él —explicó mirándola con fijeza y una leve sonrisa.

Yo… bueno… no… desde luego que no… Es bienvenido. Ahora si me disculpa —añadió liberando su brazo, para alejarse rápidamente.

La observó con detenimiento hasta que desapareció tras la puerta. Luego su mirada se detuvo en el jarrón donde la joven había depositado las flores frescas. Esbozó una leve sonrisa. Mirando el nombre de su padre grabado en la placa de oro.

Me siento un poco celoso padre —murmuró acariciando la inscripción —Una joven y hermosa mujer llorando a los pies de tu sepulcro. ¿Por qué? ¿Qué tan importante eras para ella? ¿Y qué tan importante era ella para ti? —preguntó, cambiando a una seria expresión —Al parecer hay algo más que deberé averiguar.