Capítulo III

"Odio inevitable"

Cuando llegó a la mansión, lo primero que encontró fue a una furiosa Rin, que hizo un alboroto, reprendiéndola por haber salido cuando aún se encontraba convaleciente, de su supuesto resfriado. Kojaku la miraba aterrado, ya que era poco frecuente que Rin mostrara tal grado de enojo. Intentó tranquilizarla haciéndole notar que el joven la había acompañado en todo momento y que él había conducido el carruaje.

Ese a su corta edad, el muchacho había logrado convertirse en un verdadero experto en el manejo de choches. Dado que era su secreto apoyo. En muchas ocasiones, Kagome necesitaba llevar su traje y armas, por lo que Kojaku se hacía cargo de parte de su coartada.

Rin continuó regañando por más de una hora. Y cuando se cansó, simplemente le dio un beso en la mejilla.

No vuelvas a preocuparme así —le suplicó —Cuando enfermas me doy cuenta de lo solitaria que estoy. Kikyo sólo se preocupa de sí misma, de la última moda o de atrapar un hombre rico. Te extrañé Kagome.

Lo lamento. Procuraré no enfermar de nuevo —prometió sonriendo. Aunque en el fondo no estaba segura de poder cumplir esa promesa. No con aquella peligrosa doble vida que llevaba.

Después del almuerzo, y con el maravilloso día soleado, decidieron descansar en el jardín. Rin parloteaba de un tema y otro, sin que Kagome le prestara mayor atención, ya que se encontraba sumida en sus pensamientos, analizando lo ocurrido la noche en que murió su maestro.

Con lo poco que había escuchado ese día, era evidente que Naraku fue quien ordenó llevar a cabo el asesinato. Él habló de estar siguiendo las órdenes de otra persona, pero ¿quién era esa persona?.

Durante el tiempo que llevaba truncando el abominable negocio de la venta de esclavos de Naraku, jamás el nombre de otro responsable había sido divulgado. ¿Quién más podría estar implicado en ese asunto?, y ¿porqué era necesario mandar a matar al conde Taisho?. Él jamás participó directamente en la liberación de esclavos que ejecutaba Handorei. Y su conexión con él siempre fue un absoluto secreto. Salvo para algunos hombres de plena confianza. Era imposible que alguno de ellos lo traicionaran.

Pero tuvo que reconocer que los rumores acerca de la vinculación entre el Conde y Handorei, pudieron haber gatillado la trampa. Jamás imaginó que ese rumor fuera suficiente para que ellos optaran por asesinar al Conde. Había subestimado a sus oponentes, y las consecuencias habían resultado ser fatales.

Si tan sólo hubiera tenido tiempo de atrapar al asesino, lo habría hecho confesar los nombres de quienes le ordenaron la muerte de su querido maestro.

Tenía que investigar a Naraku, y averiguar cueste lo que cueste el nombre de ese cómplice secreto.

¡Kagome! ¡No estás escuchándome! —reclamó Rin

Lo lamento —se disculpó haciendo un esfuerzo por concentrarse en lo que decía su prima.

Tenías una expresión muy seria —comentó mirándola extrañada —¿En qué pensabas?. Dabas miedo Kagome.

Ah ¿sí? —inquirió la joven riendo divertida.

¿Pensabas quizás en algún joven e insistente admirador? —preguntó burlona. Riendo ante la mueca de desagrado de su prima.

Ni lo menciones —masculló fingiendo un teatral escalofrío.

Señorita Kagome. Un joven ha venido a visitarla —anunció una sirvienta, haciendo una reverencia.

¿U…un joven? —tartamudeó Kagome con el corazón latiendo aceleradamente —¿De quién se trata?

¡Lady Kagome! —llamó una voz masculina desde la puerta que daba al jardín. Rin soltó una risilla por lo bajo, ante lo cual Kagome le dirigió una mirada fulminante, como si la culpara de la insoportable visita tan sólo por haberlo mencionado —Perdón por entrar de este modo, es que estaba muy preocupado desde que me informaron acerca de vuestro delicado estado de salud.

No tenía que preocuparse milord. Como se dará cuenta ahora me encuentro perfectamente —informó con voz seca y por alguna razón, sintiéndose más desilusionada de lo habitual.

Así veo, y no sabe el gran alivio que siento —manifestó Kouga tomando la mano de la joven para besarla.

Buenas tardes señor Kouga —saludó Rin molesta por no ser tomada en cuenta.

Buenas tardes señorita Rin —saludó como recién dándose cuenta de su presencia, besando su mano.

¿Gusta una taza de té? —preguntó con amabilidad, ignorando la nueva mirada de Kagome, y su evidente expresión de desagrado.

Por supuesto —accedió el hombre sentándose junto a Kagome.

Llevaban un rato conversando, aunque más bien era Kouga quien monopolizaba la aburrida plática, mientras Kagome intentaba disimular los bostezos y Rin hacia un esfuerzo por escucharlo y no reír por la cara de tedio de su prima. En ese instante la sirvienta interrumpe para anunciar otra visita.

Señorita Kagome. Tiene otra visita. Lord Inuyasha Taisho —informó cuando tras ella apareció el joven.

El corazón de Kagome dio un vuelco al verlo de pie en el jardín de su casa, se levantó viéndolo pasmada. El reflejo del sol de la tarde dio de lleno en sus ojos, intensificando el hermoso brillo dorado. No podía negar que era muy guapo, a decir verdad demasiado. Tenía cabello negro y corto, mandíbula cuadrada que le daba un aspecto muy varonil, labios medianamente delgados curvados en una seductora sonrisa. Era alto, de hombros anchos y aspecto fornido. Se veía muy distinguido, vestido con una chaqueta de cola azul marino y pantalones grises ceñidos a sus musculosas piernas.

Caminó a paso firme hacia ellos, sin quitar los ojos de Kagome, quien de pronto tuvo la inquietante sensación de estar siendo asechada por un felino salvaje.

Buenas tardes Lady Kagome —saludó tomando la mano de la joven para besarla con excesiva lentitud.

Bu.. buenas tardes —saludó nerviosa, sintiendo un cosquilleo en el lugar donde él depositó sus labios.

Siento la interrupción. Puedo volver en otro momento —manifestó esperando la respuesta.

No, no interrumpe nada, por favor quédese —contestó la joven de inmediato, sorprendiéndose de sí misma. Ante la mirada extrañada de Rin y la irritada de Kouga.

¿No nos presentas? —preguntó Rin mirando con curiosidad al recién llegado.

Claro, lo siento. Lord Taisho es el hijo del Conde Taisho. Ella es mi prima, la señorita Rin Hurley —presentó viendo como el joven besaba ahora la mano de su prima —Y él es…

Señor Breindbill, que sorpresa encontrarlo por segunda ocasión el día de hoy —interrumpió Inuyasha saludando al hombre.

Lo mismo digo señor Taisho. Especialmente el encontrarnos aquí —comentó con un tono de molestia —No sabía que conocíais a Lady Kagome.

Como os dais cuenta, ya contaba con ese gran honor —señaló el joven desafiante.

Kagome notó con preocupación que los hombres daban la impresión que no se soportaban el uno al otro. Lo cual quedó claramente evidenciado por cómo se desarrollo la conversación durante la siguiente media hora.

Un debate que recorría una diversidad de temas. Hablaban de política; acerca de la guerra y la milicia; sobre la corona y la hambruna, hasta en sus aspectos más filosóficos. Kagome comprobó que Inuyasha era un hombre bastante culto, de ideas claras y firmes. Debía admitir que era algo fascinante escucharlo, tanto como observarlo. Sobre todo cuando, de una forma astuta y disimulada, ridiculizaba a Kouga. En varias ocasiones le costó trabajo contener la risa.

Lady Kagome, tiene un hogar impresionante —comentó volviendo toda su atención hacia la joven. Dejando que Rin soportara el monólogo de Kouga —¿Sería una impertinencia pedirle me mostrara su adorable casa? —preguntó dirigiéndole una intensa mirada.

Desde luego que no —contestó amable, un tanto extrañada por la repentina petición —Rin ¿puedes acompañar al señor Kouga?.

Si, por supuesto —respondió sonriendo, pero con una oculta expresión que le decía que no aguantaría mucho tiempo.

La impertinencia es acaparar la atención de la anfitriona —comentó Kouga conteniendo la rabia y los celos.

Puedo asegurarle que ella lo agradece. Por lo que pude notar le era muy difícil ocultar su lasitud —manifestó Inuyasha dándole énfasis a la última palabra. Cogió del brazo a la joven, alejándola del furibundo Kouga —Siento haberla puesto en evidencia.

Descuide, además no puedo negar la verdad. Aunque no me explico cómo se dio cuenta —comentó Kagome avergonzada.

Bien, porque para mí también era algo difícil de soportar. Salvo por el hecho de estar en su exquisita compañía —explicó sonriendo ante el sonrojo de la joven —Claro que fue únicamente una suposición. De verdad espero no haber arruinado el momento que pasaba en compañía del señor Breindbill —se disculpó estudiando la reacción de Kagome, quien levantó la cabeza para observarlo algo turbada. Buscando una explicación razonable para esas palabras.

En realidad… yo… —musitó

¡Kagome! —la llamó una voz chillona —Deberías haber ordenado a la servidumbre que me informara la llegada de visitantes —se quejaba Kikyo caminando con exagerada gracia hacia ellos —Muy buenas tardes soy Kikyo Hurley —se presentó extendiendo su mano hacia Inuyasha quien la besó caballeroso —He escuchado hablar de usted en el pueblo, Lord Taisho —añadió mirándolo con coquetería.

Me siento honrado —saludó el joven, sonriendo.

Por favor, acompáñeme a disfrutar de una taza de té —sugirió colgándose literalmente de su brazo, desplazando adrede a Kagome.

Sería un placer, pero Lady Kagome, me iba a enseñar su casa —explicó mirando hacia la joven en busca la confirmación a sus palabras.

Ella podrá mostrársela en su próxima visita. ¿Verdad querida? —preguntó observando retadora a la joven.

Por supuesto —accedió escuetamente —Si me disculpan, debo retirarme, aún estoy convaleciente de una fuerte gripe y me encuentro algo cansada. Espero disfrute su visita milord, lo dejo en agradable compañía —anunció con un dejo de ironía, haciendo una leve reverencia. Antes de escuchar una respuesta se giró, alejándose de la pareja. Sin embargo no alcanzó a dar unos cuantos pasos, cuando alguien tomó su brazo para detenerla.

Es cierto que vine a disfrutar de una agradable compañía… —murmuró inclinando levemente la cabeza —de la vuestra Lady Kagome —añadió viéndola con fijeza. Kagome no pudo articular palabra. Enmudeció tanto por sus palabras, como por la intensidad de aquellos maravillosos ojos ambarinos —Pero comprendo plenamente su delicado estado de salud —añadió al no recibir respuesta —Sin embargo, insistiré en prolongar el momento esa próxima vez. Y por supuesto sin invitados innecesarios —advirtió con una sensual sonrisa de medio lado.

Compensaré mi falta de hospitalidad de hoy, Milord —respondió. Tiró de su brazo para liberarlo y desapareció hacia el interior de la mansión.

Me aseguraré de eso, Milady —murmuró en voz baja el joven Taisho.

Cuando entró en su habitación. Se sobresaltó al encontrar a una joven fisgoneando hacia el jardín desde la ventana que daba al balcón.

Dime quién es él —exigió Sango, observando secretamente gracias al tupido cortinaje —¡Es un caballero muy guapo!.

Deberías estar avergonzada de tu falta de decoro —regañó Kagome caminando hacia ella.

No lo estoy —contestó descarada —Parecía muy interesado en ti. Y la bruja de Kikyo parece haber olvidado por completo al joven Kouga, ya que todas sus atenciones se dirigen hacia ese guapísimo hombre.

Ese hombre, Sango, es Inuyasha Taisho —comunicó soltando un acongojado suspiro.

¡No es posible! —exclamó alterada —Él es el hijo de…

Sí —asintió observando con gravedad su reflejo ante el espejo —Es el hijo del conde Taisho. El hombre que piensa asesiné a su padre. El hombre que me hirió aquella infortunada noche.

¡Dios Mio! —musitó la otra joven consternada.

Tengo que ser muy cuidadosa. No puedo dejar que descubra quien soy —manifestó decidida —Y para eso, debo mantenerme alejada de él.

El corcel azabache bufaba debido a la velocidad en que recorría el nocturno camino. Su larga crin golpeaba sutilmente el costado de su misterioso jinete, Handorei.

Se internó entre los matorrales y arboledas, que resultaban ser sus mejores aliados para ocultar por completo su presencia. Avanzó varios metros, hasta detenerse a cierta distancia de un claro, que daba hacia el improvisado muelle de piedra, en donde regularmente embarcaba a los esclavos que rescataba. Bajó de su caballo caminando tras una enorme roca que serviría para ocultarlo.

Espérame en silencio Umaki —ordenó al caballo, desordenando cariñosamente los flequillos rizados de su crin. Recibiendo un pequeño resoplido y un movimiento de cabeza en respuesta —Buen chico —añadió antes de alejarse rumbo al muelle.

A cierta distancia observó que mar adentro se encontraba anclado un conocido barco, y en la playa había un pequeño bote junto a unas rocas. Cerca de allí, una figura sentada en otra roca cercana al muelle. Miró a su alrededor antes de acercarse.

Señor Totosai —llamó al hombre de edad que le esperaba. Éste se levantó con cierta dificultad volviéndose hacia el recién llegado.

Saludos, Handorei —contestó el hombre con seriedad —He esperado ansiosamente por una explicación —demandó.

Que no es necesaria —contestó forzando un timbre de voz más grave —No fui yo.

La explicación que quiero es el porqué el asesino sigue suelto —aclaró el hombre —Jamás creería esa basura de que Handorei mató al viejo Taisho. ¿Fue Naraku, no es así? —inquirió luego de una pausa.

Él ordenó que lo mataran, pero descubrí que hay otra persona a la cual Naraku obedece. Y también es a ese maldito a quien deseo atrapar —explicó con la voz cargada de odio —No puedo desenmascarar a Naraku antes que descubra de quien se trata.

Tienes razón, hay que ser cuidadosos… Seguramente desaparecería si se siente amenazado —asintió Totosai resignado.

Hice una copia de un listado que logré encontrar en la casa de Naraku —indicó dándole un papel que extrajo de entre sus ropas —Necesito que averigüe quienes son, y qué relación directa o indirecta tienen con el Gobernador —solicitó.

Está bien, me haré cargo de esto —accedió el anciano guardando el documento —Me informaron de la llegada de Inuyasha. Pienso que sería muy ventajoso si intentaras aliarte con él. Es un joven de grandes habilidades y con excelentes contactos. Estoy seguro que juntos atraparían mucho más rápido al culpable.

Él cree que maté a su padre. Me encontró junto al cuerpo aquella noche y antes de poder dar explicaciones me enterró una espada en el vientre —manifestó con gravedad —¿Realmente piensa que querría aliase con el supuesto asesino de su padre?.

Inuyasha es un joven inteligente, tarde o temprano entenderá la situación. Pero eso sucederá sólo si le explicas cómo ocurrieron las cosas —aseguró el hombre.

Dudo que se tome un tiempo en escucharme. Y no me arriesgaré a fracasar por su culpa —aseguró Handorei —A él no le debo nada… Si se entromete en mis planes para castigar al asesino del conde Inu Taisho, no dudaré en quitarlo de mi camino —afirmó decididamente.

No muy lejos del lugar, dos hombres desmontaban de sus caballos. Ambos iban vestidos con largas capas negras con capuchas, que ocultaban su identidad a la perfección.

¿Estás seguro que es por aquí? —preguntó uno de ellos, antes de soltar una maldición al golpearse la pierna con una rama.

Cierra la boca —acalló el otro —Claro que estoy seguro. Aún recuerdo que el viejo Totosai solia atracar su barco por esta playa.

Allí esta —dijo señalando al mar.

Espera aquí —ordenó el hombre —Vigila los alrededores, y me avisas si alguien se acerca.

Como digas —accedió el joven entornando sus ojos irónicamente.

Creo que ya no estamos solos —advirtió Handorei al anciano —Vuelva de prisa a su barco, yo me haré cargo.

Como digas —asintió el hombre corriendo hasta el bote.

Handorei se dirigió hacia el lugar donde había divisado un par de figuras. Saltó ágilmente sobre una elevada roca, ocultando su presencia, para observar de cuántos intrusos se trataba. Logró ver sólo uno, que corría en dirección del bote, que ya comenzaba a sortear las olas intentando adentrarse en el mar sin volcarse.

Soltó una maldición por lo bajo, comprendiendo que si no lo detenía, era posible que lograra alcanzar el bote de Totosai. Se lanzó de lo alto de la roca en el momento que el hombre cruzaba. Cayó sin problemas frente a él, sacando su espada, apuntando a la garganta del intruso.

Abrió desmesuradamente los ojos al reconocerlo, haciendo un gran esfuerzo por evitar que escapara la exclamación de sorpresa.

¡Tú! —exclamó el hombre con sus ojos dorados fulgurantes de rabia. Con la mano enguantada dio un golpe sobre la hoja de la espada quitándola de su garganta, sacando a su vez su propia espada para atacar —¡Esta vez acabaré contigo, asesino bastardo! —gritó con furia propinando el primer embate.

Handorei lo bloqueó dando un salto hacia atrás, haciendo varios movimientos con su espada antes de contraatacar. Los continuos golpes de las espadas resonaban por sobre el suave murmullo de las olas. Las chispas, del violento choque del acero, resplandecían en medio de la obscuridad.

Inuyasha dio un giro antes de ensartar un fuerte golpe, aumentando el poder de su ataque. Handorei soltó su espada, perdiendo el equilibrio pero apoyó una mano sobre la arena elevando la pierna velozmente, golpeando la mano haciendo que el joven soltara también su espada.

No resultará esta vez —advirtió corriendo hacia el enmascarado. Para golpearlo con sus puños, pero cada golpe era evitado con maestría —¿Quién te enseñó a luchar así? —preguntó en un murmullo, casi para sí mismo.

Dio un giro intentando golpear al joven de ojos dorados con el codo, pero éste lo bloqueó, golpeando con fuerza en su hombro derecho. Cayó pesadamente sobre la arena, recuperándose con rapidez, corrió hacia él dando un impresionante salto lanzó una serie de patadas, que dieron de lleno sobre el estómago y el pecho de Inuyasha, quien cayó de espaldas. Handorei aprovechó la caída para escapar hacia las rocas, recogiendo de paso su espada.

¡Espera! —gritó Inuyasha poniéndose de pie, quejándose del dolor en su abdomen —¡Maldición! —gimió, aún así corrió tras el enmascarado.

De un salto subió sobre la roca, corriendo sobre ella, después brincado de una en otra. Giró la cabeza comprobando que Inuyasha le seguía muy de cerca. Enfundó su espada en la espalda antes de dar otro grandioso salto, para caer sobre la montura de Umaki, y salir galopando velozmente para alejarse de la playa.

Inuyasha soltó otra maldición, miró en dirección donde estaba oculto su camarada Miroku, para gritarle que trajera los caballos, sin embargo el joven de ojos azules, ya se acercaba montado en su caballo, trayendo consigo el del joven.

A pesar que Handorei se alejaba cada vez más, los dos hombres emprendieron la persecución, intentando encontrar el rastro, lo que era casi imposible debido a la oscuridad reinante.

El resto depende de ti —murmuró al corcel que emprendió carrera, en cuanto sintió el leve golpe en el anca.

Utilizando el mismo truco de la vez pasada, subió a la copa del árbol para ocultarse entre su follaje. En silencio, sentada sobre una rama, vio pasar a toda velocidad a los dos hombres. Se sujetó de una rama, dispuesta a bajar, pero el dolor en su hombro era demasiado intenso, por lo que decidió descansar un poco antes de marcharse.

Es obvio de dónde proviene esa gran habilidad —murmuró masajeando su hombro —Definitivamente debo mantenerme alejada de ese hombre —sentenció cerrando los ojos y apoyando la cabeza contra el tronco.

Buenos días milady —saludó el joven de ojos dorados.

"Esto debe ser una broma", pensó Kagome mirándolo con frustración, exhalando un suspiro.

Se despertó muy temprano aquella mañana, para evitar a Rin, y poder inventar la excusa de tener deseos de cabalgar. La falta de compañía, ayudaría al secreto objetivo de visitar la choza de la anciana Kaede, para pedirle un encargo especial.

Sin embargo, pese a que la cabaña de Kaede se encontraba bastante lejos, de los límites de su propiedad y la de Leeuford, no contaba con encontrar a Inuyasha en el trayecto, casi de madrugada, y después de decidir firmemente no acercarse a dicho caballero.

Buenos días milord —saludó seria, golpeando suavemente las ancas de la mansa yegua color café oscuro que montaba, con la intensión de continuar su camino evitando una conversación.

No imaginaba que le gustara cabalgar, y sobre todo tan temprano —comentó Inuyasha, dispuesto a continuar la plática. Acercando su propio caballo al de la joven, a pesar de que los separaba la valla que dividía ambas propiedades.

Hay muchas cosas que desconoce de mí, Lord Taisho —manifestó con cierta amargura.

Y no hay nada que desee más que conocerlas milady —aseguró el joven originando la incomodidad de Kagome, quien volteó la mirada avergonzada de sus directas palabras, y temerosa de que en realidad descubriera aquellos secretos —¿Siempre cabalga por este sector? —añadió, intentando aliviar la tensión que causó.

No siempre —respondió escuetamente. Pensando en alguna idea para deshacerse de la compañía. Pero viendo con horror que una parte de la cerca se encontraba en el suelo, lo que su compañero también percibió, aprovechando la oportunidad de cruzarla y cabalgar junto a ella.

Llegaron cerca de una densa arboleda, tras la cual se encontraba el río, Kagome observó con impotencia en dirección a la espesura del bosque, dado que la choza de Kaede se encontraba en esa dirección.

¿Qué le parece descansar un momento? —propuso Inuyasha, desmontando su caballo —Dejemos que los caballos beban un poco de agua —agregó caminando hacia ella para ayudarla a bajar.

Sí —musitó aceptando la ayuda, aunque bien sabía que no sería necesaria, si no tuviera que guardar las apariencias.

Se sostuvo de los anchos hombros, forzada a percibir su fuerte musculatura, a través de la chaqueta de terciopelo negra que vestía el joven.

Fue inevitable que sus ojos se encontraran, mientras la sostenía con firmeza de su estrecha cintura, y la bajaba hasta el suelo como si pesara menos que una pluma. Quedaron de pie largos segundos, mirándose el uno al otro, sin pronunciar palabra.

"Sus ojos dorados son hermosos. Cálidos como el sol. En la oscuridad no es posible apreciarlos claramente", pesaba la joven embelesada. Hasta que recordó bajo qué circunstancias sucedían esos encuentros nocturnos. Bajó la cabeza algo perturbada, rompiendo así el momentáneo hechizo.

Gracias —musitó alejándose del joven y caminando rumbo a la orilla del río.

Inuyasha caminó en silencio junto a ella, tirando de las riendas de ambos caballos, para acercarlos a beber agua. Luego se unió a Kagome, que se encontraba sentada sobre la hierba.

Hacía muchos años que no permanecía tanto tiempo en Brunshire —comentó el hombre, mirando a su alrededor.

¿Hace cuánto tiempo se marchó? —preguntó la joven, aparentando no saber.

Casi once años —respondió arrancando algunas hierbas distraídamente —Tenía poco más de dieciséis años cuando quise entrar en la milicia, aunque no todo fue lo que yo esperaba, aún así abrió las puertas a opciones más interesantes. Mi hermano mayor, por su parte, se había marchado un año antes a estudiar al extranjero. Después me establecí en Londres, donde mi padre me visitaba de vez en cuando, por lo que nunca tuve un gran interés de regresar.

Él era un hombre muy solitario —comentó sintiéndose irritada por la indiferencia de sus hijos.

Puede que él lo haya querido así —murmuró con amargura —¿Desde cuándo conocía mi padre? —preguntó con interés, dado que era algo que se había propuesto averiguar, desde que la conoció.

Desde el día que llegué a Brunshire, hace ocho años —contestó viendo hacia otro lado, visiblemente incómoda.

¿Y cómo lo conoció? —indagó el joven buscando su mirada.

Él me cuidó por un corto tiempo. Luego de que asesinaran a mis padres —respondió con voz dura. Arrepintiéndose de inmediato por contarle algo tan delicado.

¡¿Qué?! —exclamó impactado por la confesión —¿Cómo sucedió? —indagó preocupado.

No me agrada hablar de eso, milord —manifestó Kagome, poniéndose de pie, lo que fue imitado por el joven —Creo que se ha hecho tarde, es mejor regresar.

Lo siento —se disculpó con suavidad, tomándola del brazo para girarla con gentileza —Lamento haberme entrometido en recuerdos tan dolorosos para usted —dijo arrepentido, inclinando la cabeza, observándola con fijeza.

No tiene que disculparse. No es su culpa —aseguró Kagome con un ligero temblor de voz.

No pudo evitar que una lágrima resbalara lentamente por su mejilla. Hacía muchos años que no derramaba lágrimas por aquel suceso. No entendía por qué ante la presencia de este hombre se volvía más sensitiva y emocionalmente débil. Y no era algo que le agradara.

Inuyasha notó aquella lágrima, sintiéndose un imbécil por haber provocado tal situación. Con suma delicadeza secó el rastro húmedo, percibiendo la suavidad y tersura de su rostro.

"Es hermosa", pensó observando sus enormes ojos chocolate, enmarcados por largas pestañas tan negras, como su maravilloso cabello azabache. Bajó la mirada hasta sus delineados labios rosados. "¿Acaso serían tan dulces como se veían?.. Yo… deseo… saberlo", pensó.