Capítulo IV
"Trampa de oro"
Descartó de inmediato la descabellada idea que cruzó por su cabeza, a la vez que se reprendía a sí mismo, al considerar por un segundo tal atrevimiento en aquellas circunstancias. ¡Qué demonios le sucedía!.
Debo marcharme ahora milord —murmuró Kagome alejándose de aquel perturbador roce. El corazón le latía alocado, y su rostro aún hormigueaba producto de la caricia. Caminó hasta su caballo, que pastaba cerca del río. Cogió las riendas guiándolo lejos de la orilla.
Permítame acompañarla —expresó Inuyasha viéndola pasar junto a él, sin siquiera mirarlo.
No es necesario. Además no sería correcto. Si volviese a casa escoltada por usted, alguien podría malinterpretar la situación y conjeturar una idea equivocada —manifestó seria, subiendo a la yegua sin esperar la ayuda del joven —Adiós milord —se despidió dando un giro con su caballo para verlo brevemente, y antes de escuchar respuesta, emprendió el galope de regreso a su propiedad.
Después de permanecer algunos segundos preso de la sorpresa. Inuyasha se dirigió hasta su caballo, para regresar al castillo. Galopó a toda velocidad, como si eso le ayudara a deshacerse de la enorme frustración que lo embargaba.
Lady Kagome Higurashi, resultó ser la mujer más enigmática que conociera en toda su vida. Y no podía negar el hecho de haber conocido a muchas.
Por momentos parecía ser una frágil doncella, en otros una mujer fuerte y llena de voluntad. A veces, lograba percibir cierta calidez, pero al instante se estrellaba contra su muro de fría indiferencia.
Sí, realmente era un enigma, que parecía atraerlo como a un imán. Cada vez que miraba esos hermosos y misteriosos ojos chocolate, más deseaba descubrir sus secretos, y reemplazar esa aparente frialdad, por una incandescente llama de pasión.
Era ya imposible negarlo, esa mujer le gustaba, mucho más que alguna de las que conociera. Y estaba seguro que nunca volvería a encontrar otra como ella.
Entró al castillo Leeuford, como un energúmeno, dando grandes zancadas. Pasó junto al mayordomo haciendo apenas con un leve movimiento de cabeza, yendo hasta la biblioteca, entró dando un portazo tras de sí. De un tirón se quitó el pañuelo de seda que envolvía su cuello.
Miroku, quien se encontraba en la habitación leyendo un libro, sentado cómodamente en un sillón, lo miró sobresaltado, tanto por la abrupta llegada, como por el evidente malhumor de su amigo.
Al parecer una cabalgata matutina, no es el mejor remedio para eliminar el estrés —comentó irónicamente.
Esa mujer me confunde —murmuró mientras se servía un trago de brandy.
¿Mujer? —inquirió alzando una ceja, cerrando el libro. Aquello ameritaba concentrar toda la atención en su amigo —Creía que el tal Handorei era prioridad en tus pensamientos.
Lo es —aceptó bebiendo un sorbo, y sentándose frente a su amigo —Pero esa mujer se cruzó en mi camino, y desde el momento en que la vi, no he logrado apartarla de mi cabeza —admitió soltando un largo suspiro.
¡No puedo creerlo! —exclamó con sorpresa —¿Entonces es posible que en este remoto pueblo, haya una mujer capaz de captar tu atención de esa forma?. ¿Y más aún, distraerte de tus planes?. ¡Es increíble!.
¡Es patético! —exclamó enojado —¡Una completa falta de cordura y autocontrol!.
¿Y se puede saber quién es la dama? —inquirió verdaderamente interesado.
Lady Kagome Higurashi —contestó con voz grave, bebiendo otro sorbo, mientras evocaba la imagen de la joven.
Tras el almuerzo, Kagome argumentó que se sentía muy cansada, por lo que se retiró a su habitación para reposar.
Una vez allí, se escabulló por la puerta secreta de su cuarto. Con el fin de visitar la cabaña de Kaede. Lo que no logró concretar en la mañana por culpa de aquel perturbador caballero, de quien por enésima vez juró alejarse. Aunque ya no estaba tan segura si por temor a ser descubierta, o por las extrañas emociones que experimentaba cuando esos inquietantes ojos se posaban sobre ella.
Se dirigió a la choza por un camino alterno, en caso de que volviera a darse la casualidad de encontrar a Lord Taisho.
Cabalgó a gran velocidad, antes de que alguna de sus primas notara su ausencia, pese a las excusas de Sango, de evitar que entraran a la habitación, especialmente Rin.
Al tener la añosa cabaña frente a ella, se bajó de su yegua, amarrando la rienda a un delgado tronco. Luego caminó hasta la entrada, tocando suavemente a la puerta. Segundos después la anciana apareció frente a ella, mirándola con una mezcla de alivio y alegría.
¡Kagome!. ¡Bendito sea el Señor! —exclamó la anciana llena de emoción, tomándole ambas manos —Hace tantos días que no vienes. Estaba tan angustiada que tu herida aún no estuviera del todo curada.
No te preocupes querida Kaede —la tranquilizó abrazándola —Estoy bien.
Ya no debieras exponerte de esa forma —amonestó sentándose en su vieja silla mecedora —Mucho menos si el hijo menor de Inu Taisho, es quien te persigue.
Admito que nunca había luchado con un hombre tan hábil —murmuró sentándose en una silla cercana a la chimenea.
Por supuesto que lo es —asintió la anciana muy segura —Su padre lo entrenó bien. Tal y como lo hizo contigo.
Lo suponía —dijo pensativa.
Entonces si lo sabes… No debes volver a enfrentarte con él —advirtió la mujer con firmeza.
Lo lamento Kaede, pero creo que eso es inevitable —expresó con seriedad —No voy a dejar que Naraku y sus cómplices se salgan con la suya, mucho menos a dejar impune la muerte de mi maestro, tan sólo por evitar un enfrentamiento con Inuyasha Taisho.
Eres demasiado temeraria Kagome. Terminarás haciéndote más daño —manifestó, moviendo la cabeza de lado a lado abrumada.
Eso no sucederá. No, si tú me ayudas —señaló captando la atención de la mujer —Necesito que prepares algo muy especial para mí, querida Kaede… —dijo entornando los ojos y esbozando una misteriosa sonrisa.
Después de regresar de la casa de Kaede, esperó un par de horas para bajar al salón. Cuando descendía por las escaleras escuchó el alboroto que venía del lugar, se apresuró a llegar, encontrando a sus dos primas conversando animadamente con Kouga. Se maldijo a sí misma, por no haberse dado cuenta antes de la presencia del hombre y evitar así mostrarse ante él.
¿Cuándo llegó a Brunshire? —escuchó que preguntaba Kikyo, justo en el momento que entraba a la sala.
Hace sólo un par de días —contestó Kouga.
Buenas tardes —saludó Kagome ocultando su desagrado a la perfección.
Señorita Kagome, que placer verla. Por un momento creí que no tendría el honor —saludó el hombre, acercándose para besar su mano con euforia.
Escuché parte de lo que decían. ¿Quién ha llegado? —preguntó ignorando el galante saludo, y sentándose cerca de su prima Rin.
La Baronesa Kagura Neville —contestó Kouga —Regresó de Francia hace algunos meses, luego estuvo una temporada en Londres y volvió a nuestra ciudad hace algunos días.
Kouga nos dijo que la baronesa Neville, daría una gran recepción en un par de semanas —añadió Kikyo, con alegría, de seguro planeando alguna táctica para acaparar la atención de algún joven. Tal vez de Inuyasha, cosa que para su disgusto no le agradaba en lo absoluto. "Otra maldita fiesta", pensó Kagome con pesar. Realmente odiaba los bailes.
Después de haber viajado a lugares tan fantásticos, es extraño que decidiera regresar a un pueblo tan poco emocionante como este —comentó Rin.
Eso tiene su explicación señorita Rin —indicó Kouga —Supe de buena fuente, que sólo vino siguiendo al hombre que ama —informó estudiando con disimulo las reacciones de Kagome.
¿Y de quién se trata? —preguntó Kikyo interesada.
¿No se lo imaginan? —murmuró burlón —Se trata de nuestro distinguido Lord Inuyasha Taisho —reveló sonriendo perversamente, intentando cerciorarse si la noticia afectaba a Kagome.
¡¿Qué dices?! —exclamó Kikyo furiosa —¡¿Cómo podría haber algo entre ellos?!. Esa mujer es mucho mayor que él. ¡Me niego a creerlo!.
Es una mujer bella, encantadora y de mundo. No veo razón para que Taisho, no estuviera interesado en ella —comentó Kouga mirando a Kagome, quien permanecía impávida, indiferente a los comentarios, al menos era lo que quería aparentar.
Al día siguiente, motivadas por el próximo baile, Kikyo y Rin, obligaron a Kagome para que las acompañara a comprar un vestido para la ocasión.
A pesar de que su humor no era el más apto para ser una grata compañía, no logró inventar excusa para quedarse en casa. Pero al menos consiguió que Sango fuera con ellas. Así, tendría el consuelo de hablar con ella de cualquier cosa que no fuera el bendito baile.
Rin y Kikyo cruzaron la calle, y se adelantaron a la tienda, mientras Kagome caminaba más atrás con Sango.
No me sorprende que no parezcas muy interesada en ese baile —comentó Sango.
Tienes razón, no tengo el menor interés —dijo haciendo una mueca de desagrado.
¿Es por lo que escuché, respecto de la relación del señor Taisho y la baronesa? —inquirió con cuidado.
¡Por supuesto que no! —contestó airada —Tengo asuntos infinitamente más importantes en mente Sango. Tú lo sabes mejor que nadie —añadió en tono de reproche.
Lo sé, pero también creo que el señor Taisho no te es tan indiferente, Kagome —se atrevió a afirmar, recibiendo una furibunda mirada.
Mi único interés en Inuyasha Taisho, es mantenerlo alejado de mí, y con ello evitar que me mate. ¿Queda claro? —aclaró en tono de advertencia.
Como digas —asintió Sango sin convicción.
Al dar vuelta a la esquina, para horror de Kagome, se encontraron frente a frente, a Inuyasha Taisho, acompañado del joven de ojos azules y cabello negro, el cual tenía atado en una pequeña coleta.
"¿Es que mi suerte planea continuar burlándose de mí?", se preguntaba Kagome mentalmente, viendo como el joven se acercaba hacia ella, con aquella penetrante mirada y esa sensual sonrisa.
Muy buenos días, Lady Kagome —saludó.
Buenos días —contestó la joven con apatía.
Permítame presentarle a mi buen amigo Miroku Teamhair —anunció, extrañado de la frialdad de la joven.
Me alegra conocerla al fin, Lady Higurashi —saludó Miroku haciendo una cortés reverencia y luego dándole una interesada mirada a la joven de cabello castaño que la acompañaba —Y la señorita es… —dijo esperando que fuera presentada.
Ella es Sango Mitchell, trabaja en casa de mi tío, el señor Mioga Hurley. Además de ser una gran amiga —señaló Kagome.
Mucho gusto —saludó Inuyasha atento.
Que gran placer conocer a tan adorable jovencita —manifestó Miroku, besándole la mano galante a la nerviosa y sorprendida Sango.
Bu… bue... nos días —contestó la joven con voz temblorosa.
Sería un placer que nos acompañaran a almorzar —señaló Inuyasha mirando fijamente a Kagome.
Lo lamento milord, estamos muy ocupadas, de hecho estamos retrasadas. Si nos disculpan —manifestó la joven, haciendo una leve reverencia antes de pasar junto a los jóvenes. Inuyasha la detuvo tomándola del antebrazo.
Entonces a la hora del té —insistió, sin soltarla.
Lo lamento, debo atender asuntos durante esta tarde. Quizás para otra ocasión —se excusó Kagome tirando con suavidad de su brazo, para liberarlo del agarre, pero sin conseguirlo, dado que él incrementó sutilmente la fuerza evitando que huyera.
Tengo la impresión de que me evita intencionalmente —dijo el joven entornando los ojos, agachando un poco la cabeza para mirarla con fijeza.
Si tiene esa impresión milord. Entonces debería aceptar cortésmente mi negativa y no incomodarme con su insistencia —advirtió la joven, liberándose con decisión de la mano de Inuyasha, para continuar con su camino, dejándolo mudo de la sorpresa.
¡Qué carácter! —exclamó Miroku burlón —Ahora comprendo tu interés en ella.
¿A qué te refieres? —pregunto con desconfianza, esperando escuchar alguna frase llena de sarcasmo.
Bueno… Es una mujer realmente hermosa. Además, es evidente que no se siente intimidada frente a ti. Y lo más interesante, no ha caído rendida a tus pies, como las demás mujeres que has conocido —indicó, sobando pensativo su barbilla y asintiendo ante cada punto —A decir verdad, casi puedo asegurar que no le simpatizas en lo absoluto —añadió sonriendo divertido— Será un verdadero reto para ti.
Mejor guarda silencio, Miroku —advirtió Inuyasha en un malhumorado gruñido, caminando hacia el carruaje, dejándolo solo.
Sango Mitchell —murmuró repentinamente Miroku, con una expresión pensativa. Mientras viajaban en el coche de regreso al castillo Leeuford. Inuyasha lo observó con extrañeza.
¿Qué con ella? —indagó
No estoy seguro… pero creo haber escuchado ese nombre en alguna parte —contestó reflexivo —No importa. Tal vez sólo este confundiendo el apellido con el de algún conocido —dijo, pero no realmente convencido— O quizás se deba a la fuerte impresión. Es una chica muy bonita —añadió guiñándole un ojo a su amigo.
Para ti todas las mujeres lo son —gruñó el joven.
Kagome se encontraba en su cuarto, sentada frente al espejo del tocador de caoba. Jugaba distraída con uno de sus oscuros rizos, mientras su mente divagaba entre los sucesos que habían golpeado recientemente su vida. Intentaba encontrar pistas sobre la muerte de su maestro, y la relación con el listado que entregara a Totosai, junto con la posible identidad del socio que se ocultaba tras la sombra de Naraku y su hijo.
Sin embargo, todos sus análisis se esfumaban, siendo reemplazados por la imagen de aquellos turbadores ojos ambarinos.
Inuyasha Taisho, el hijo de su querido maestro. El hombre que la creía culpable de la muerte del conde. "Si aquello no hubiera ocurrido. ¿Cómo habría sido nuestro encuentro bajo otras circunstancias?", pensaba la joven entristecida. "No… no debo pensar en ese tipo de cosas. Sólo debo concentrarme en dar con el asesino de mí maestro y acabar con la maldad y opresión de los Breindbill. Inuyasha Taisho no tiene cabida, ni en mi planes, ni en mi mente, mucho menos en… mi corazón", sentenció golpeando con el puño sobre el mueble de madera, mirando decidida su imagen frente al espejo.
Volteó rápidamente al ver que la alguien entraba por la puerta secreta. Kojaku ingresó a la habitación, parecía algo agitado lo que puso alerta a la joven.
¿Qué ha ocurrido? —preguntó seria.
Kagome, vengo de la aldea Litshire. En el pueblo escuché comentarios, que tuvieron algunos problemas con soldados hace un par de días. Por lo que fui hasta allí para averiguar —comunicó el joven apresuradamente— Me enteré que los hombres de Naraku los amenazaron para que entregaran información de Handorei, porque alguien les advirtió que se ocultaba en la aldea. Como nadie pudo darles información, los castigó con un aumento desmedido en los impuestos. Y quien no pagaba era azotado en el centro de la aldea. Kagome, un anciano murió tras ser azotado —informó acongojado, frente a la creciente indignación de la joven.
Maldito —murmuró con furia contenida —¡Es un infeliz!. ¡Estoy segura que sólo fue una excusa para robar el dinero de esa pobre gente! —exclamó encolerizada —Si ese desgraciado cree que no haré nada frente a esta injusticia, se equivoca —aseguró.
Pero Kagome… También podría tratarse de una trampa para atraerte —señaló el joven.
Se trata de ambas Kojaku —afirmó la joven.
¿Qué harás? —preguntó el muchacho
Lo primero es devolver ese dinero a sus legítimos dueños, y de paso, darle una pequeña lección a ese maldito —contestó.
¿Pero sabes dónde pudo haber guardado ese dinero? —inquirió Kojaku.
Por supuesto —respondió con seguridad, saliendo a través de la puerta secreta y caminando rápidamente por el oscuro pasillo, rumbo al subterráneo donde utilizaba un diminuto cuarto para guardar su vestimenta y armas.
Dos figuras permanecían ocultas, en las cercanías de la mansión del Gobernador Naraku. Vigilaban atentamente los movimientos de los soldados que custodiaban las entradas, y de todas aquellas personas que entraban o salían del lugar.
¿En serio crees que realizará algún movimiento tan rápido? —susurró Miroku a su compañero.
No estoy seguro. Por eso estamos vigilando Miroku —contestó el joven, observando al soldado que salió de la mansión, dándole algunas indicaciones a los que se mantenían en la entrada principal.
Espero tengas razón. Esto es muy incómodo —reclamó el joven intentando acomodarse sobre el delgado tronco —Además tengo una rama incrustada en mi trasero —añadió.
Guarda silencio —amonestó Inuyasha en voz baja —No hay opciones para escoger Miroku. Este árbol es lo suficientemente alto y frondoso para permitirnos espiar sin ser descubiertos.
Dudo que espiando aquí, logremos averiguar el objetivo de Naraku, con el incidente en la aldea Litshire —comentó Miroku, intentando quebrar la rama que le hería su parte trasera.
Ssch —lo silenció Inuyasha al percatarse de algo.
Se desplazaba rápida y cautelosamente sobre la hierba que bordeaba las altas murallas de la residencia de Naraku. Al parecer, esa parte era la menos vigilada, por lo que decidió entrar por allí.
Saltó sobre la muralla. Tenía el ancho suficiente para permitirle correr sobre ella, y acercarse a un árbol, que daba justo hacia una de las ventanas de la casa. Brincó nuevamente, esta vez cayó sobre una rama. Trepó hasta llegar a la ventana, entrando a la mansión.
Conocía a la perfección su objetivo, por lo que se dirigió hacia la biblioteca. Al llegar a la puerta, notó que estaba bajo llave. Maldijo mentalmente, y sacó una pequeña herramienta de la bolsa de cuero que colgaba de su cinturón. Un par de movimientos y logó abrir la puerta. Fue directamente hacia el mueble, para tirar de la manilla que accionaba la puerta del cuarto secreto y una vez abierto se introdujo en él.
Sobre el escritorio había un cofre mediano, lo abrió encontrándose con una gran cantidad de monedas de plata.
"Es demasiado dinero. Mucho más del que pudo haberle quitado a esos aldeanos" pensó arrugando el ceño con extrañeza.
Aún así trasladó el dinero a una bolsa de género negra que traía consigo. Dejó la caja en el mismo lugar y salió del cuarto cerrando la puerta con cuidado.
Sabía que no podrías negarte a este tentador desafío, Handorei —dijo una voz grave a su espalda. Se giró viendo con sorpresa que se trataba de Kouga Breindbill.
Era una trampa después de todo —manifestó Handorei, enronqueciendo la voz.
Desde luego —asintió Kouga levantando la espada que traía en la mano, apuntando directamente al individuo vestido de negro —Me percaté que alguien había entrado en el cuarto secreto, llevándose consigo una información muy importante.
¿Importante? —cuestionó Handorei —Me complace confirmarlo.
De nada sirve ya. Puesto que deberías considerarte hombre muerto —advirtió atacando con su espada. Pero Handorei lo bloqueó fácilmente con la suya.
Casi de inmediato notó que a pesar de tener cierta habilidad, ésta era muy inferior a la de Inuyasha. Lo cual le hizo sonreír con satisfacción.
Luchó con él durante un par de minutos, para comprobar su acertada teoría. Kouga comenzaba a fatigarse, por lo que no quiso perder más el tiempo, propinándole una feroz patada en el vientre lo tiró al suelo dejándolo sin aire. Luego corrió fuera de la biblioteca, antes que el hombre recuperara el aliento y gritara por ayuda.
No avanzó mucho cuando escuchó el grito de Kouga llamando a los guardias, que parecían estar alerta, esperando ese llamado, ya que en pocos segundos se vio rodeada de cinco soldados.
¡Ríndete, Handorei! —ordenó Kouga, que estaba detrás de los hombres.
Jamás —expresó el enmascarado entornando los ojos, disponiéndose al ataque.
Se cruzó la cuerda de la bolsa de dinero, colgándosela en la espalda, para tener libertad de maniobrar. Justo antes de que los soldados se abalanzaran en su contra. Sacó nuevamente su espada bloqueando los ataques de los primeros dos. Giró sobre su pie pateando el rostro del tercero, después dio un gran salto para golpear con ambos pies a los dos que quedaban en pie. Se dirigió con rapidez hacia Kouga, esquivando su espada, para darle una fuerte patada en sus partes nobles, seguido de un golpe en el rostro. El hombre gritó cayendo arrodillado al suelo cubriéndose su ensangrentada nariz con una mano y su entrepierna con la otra.
"Siempre quise hacer eso", pensaba Kagome sonriendo con deleite, mientras marchaba hacia los ventanales.
Esta vez no contaba con la ayuda del mismo árbol. El más cercano se encontraba a unos cinco metros. "Supongo que es suficiente", pensó accionando un dispositivo en su muñeca derecha, donde portaba un pequeño objeto rectangular. De inmediato éste adquirió la forma de una diminuta ballesta.
¡Atrápenlo, Imbéciles! —gritaba Kouga, conteniendo la hemorragia con su pañoleta y cojeando a duras penas.
Giró la cabeza con rapidez para cerciorarse que los soldados no alcanzaran a detenerle, al tiempo que ajustaba la delgada flecha, la cual tenía atada una delgada cuerda en la parte trasera. Apuntó directamente al grueso tronco del árbol, y accionó el arma.
La flecha salió proyectada a una increíble velocidad, llevando consigo la cuerda, para finalmente incrustarse con éxito en el tronco. Ató el otro extremo en el mástil de una bandera perteneciente a la familia Breindbill, que colgaba fuera de los ventanales.
Tres soldados se encontraban a un par de metros, por lo que antes que intentaran atacarle, les lanzó unos dardos, tan finos como agujas, los que se clavaron en las extremidades inferiores de los hombres, causándoles una inmovilidad casi instantánea, para luego caer desmayados al suelo.
En seguida, con la ayuda de un pequeño mango de hierro, se deslizó ágilmente por la cuerda, hasta que logró dejarse caer sin problemas sobre el suelo.
¡Guardias! ¡Guardias! —gritaba un colérico Kouga desde lo alto de la ventana.
Handorei le hizo un burlón gesto de despedida, antes de escabullirse tras unos matorrales que daban directo a la muralla, la cual volvió a saltar para alejarse de la mansión.
Emitió un leve silbido, y a los pocos segundos, Umaki apareció relinchando tras unos arbustos. Lo montó cabalgando a toda velocidad por el pedregoso sendero.
¡¿Qué rayos fue todo eso?! —exclamó Miroku.
¡Vamos, debemos seguirlo! —ordenó Inuyasha, descendiendo del árbol, en donde presenciaron todo lo sucedido como furtivos testigos.
¿Seguirlo?. Pero jamás hemos logrado alcanzarlo —replicó siguiéndolo de todos modos.
¡Date prisa! O esos sujetos nos descubrirán —gruñó Inuyasha montando su caballo que se encontraba cerca.
¿Por qué crees que no salieron tras él? —inquirió Miroku, luego que se encontraban lejos de la mansión, siguiendo en la dirección que tomó Handorei.
Quizás anticipó su huída y dejó alguna trampa en las caballerizas —dedujo el joven sin perder de vista el camino.
Desmontó a Umaki, a cierta distancia de la entrada de la aldea, lo suficientemente segura para nadie notara su presencia.
Acostumbrado a las mudas órdenes de su jinete, el caballo permaneció quieto, a la espera de su regreso.
Se escabulló entre las sombras de las destartaladas chozas, rumbo a la pequeña capilla, que se encontraba al final de la polvorienta calle.
Golpeó varias veces las gruesas puertas de la maltrecha capilla, hasta que éstas se abrieron tras el agudo rechinar de las oxidadas vigas de hierro.
Un sacerdote, casi tan viejo como su iglesia, apareció en la entrada, vistiendo una larga sotana color marrón. Salió rascándose su larga barba grisácea, e intentando mantener abiertos sus soñolientos ojos grisáceos.
¡Oh Dios Misericordioso! —exclamó el anciano sacerdote, despertando de golpe al ver frente a él al individuo vestido de negro —Ha… Ha… Han…dorei —tartamudeó aferrando el rosario de madera contra su pecho —¿Qué os convoca a la casa de nuestro Señor? —preguntó un poco más calmado.
No se alarme Padre —pidió en un bajo murmullo —Sólo he venido a traerle esto —señaló ofreciéndole la bolsa negra que contenía las monedas de plata.
¿Pero qué es? —preguntó el anciano recibiendo confundido el bulto.
Confío en que usted se lo devuelva a los aldeanos que sufrieron el cruel asedio del gobernador —manifestó Handorei —Pronto vendrá alguien, que se pondrá en contacto con usted. Le indicará el modo de advertirme si sufren nuevas injusticias. Buenas noches Padre —se despidió haciendo una leve reverencia.
Muchas gracias, hijo mío —musitó el sacerdote conmovido, antes de que Handorei desapareciera entre las sombras.
¿Estás seguro que éste es el camino que siguió? —inquirió Miroku con desconfianza.
Casi seguro —contestó distraído.
Eso no es de mucha ayuda ¿sabes? —gruño el joven de ojos azules —Además, ¿Cuál sería el motivo de venir a la aldea Litshire?.
Es lo que quiero averiguar —indicó, deteniendo su caballo y desmontando. Tiró de la rienda mientras caminaba hacia la entrada del pequeño poblado.
Daba la impresión de ser un pueblo fantasma. Era de noche, pero aún así no se divisaba a nadie en las calles. Las cabañas permanecían en absoluto silencio y oscuridad, ni siquiera era perceptible el pálido titilar de alguna vela.
Llegaron hasta el final de la calle, cuando un ruido proveniente de la capilla, llamó su atención, por lo que caminó a toda prisa hacia el lugar, seguido muy de cerca por Miroku. Notó que las puertas de la iglesia permanecían entreabiertas, lo cual le extrañó debido a la hora. Le entregó las riendas de su caballo a su amigo y corrió hasta las puertas, entrando intempestivamente. Al interior, se encontró con el sacerdote que estaba arrodillado frente a una imagen de Jesús orando con fervor, mientras sostenía un diminuto saco de tela.
Padre. Dígame qué ha sucedido —exigió con ansiedad —¿Acaso alguien ha vuelto a atacarlos?.
Oh, no hijo. Sólo necesitaba agradecer al Señor, por la bondad que aún existe en el mundo —contestó el anciano, levantándose con dificultad, pero ayudado por el joven, quien le tendió una mano para sostenerlo.
¿A qué se refiere? —inquirió entornando los ojos.
Handorei, estuvo aquí. Vino a entregarme el dinero que el gobernador exigió tan injustamente a los pobres aldeanos —respondió moviendo la cabeza lado a lado con profundo pesar —Me pidió que se los devolviera. Qué buen muchacho. Dios lo bendiga —añadió persignándose, sin percatarse de la mirada incrédula de Inuyasha.
Salió de la iglesia, haciéndose tantas preguntas, que su cabeza era un torbellino de confusión. Cómo era posible que el maldito que asesinó a su padre hiciera tal acción, y en beneficio de un grupo de humildes aldeanos… No tenía ningún sentido… "¿Qué demonios significa todo esto? —se preguntaba.
Inuyasha… ¿qué ocurrió? —preguntó Miroku acercándose a su amigo.
Esto se vuelve cada vez más confuso, Miroku —respondió.
Mientras, sobre el tejado de una choza cercana, una silenciosa figura los observaba.
"Inuyasha… resultaste ser mucho más astuto de lo que imaginé… Lograste descifrar mis intensiones con demasiada facilidad…" —pensaba Handorei, entornando sus bellos ojos chocolate.
