Capítulo VII

"Trampas"

Vio como una mano hizo a un lado el delgado velo que cubría el ventanal, para ingresar a su cuarto.

Avanzó resuelta hacia el intruso, pero se detuvo en seco al distinguir de quien se trataba.

Pero… No es… posible… có co mo… q… que —balbuceaba aturdida, sin lograr hilvanar una frase. La impresión hizo que dejara caer el abrecartas al suelo.

Por favor, no te alarmes —susurró la voz profunda de Inuyasha— Necesitaba hablar contigo cuanto antes, y no tuve otra opción —explicó.

¿¡Ninguna más que ingresar furtivamente en mi cuarto… a estas horas!? —consiguió preguntar dando un paso atrás.

Soy consciente de cuan osado y peligroso, es lo que estoy haciendo… También sé que he roto todas las reglas con mi atrevimiento… —explicó acercándose lentamente a ella —Pero te juro que esperar un minuto más para hablarte, acabaría con la poca cordura que me queda —aseveró deteniéndose a sólo un paso de la joven. Alzó ambas manos, posándolas en los hombros desnudos. Al sentirla temblar, una punzada de culpabilidad se clavó en su pecho—Te suplico que no temas.

N…no —musitó. Jamás admitiría en voz alta, que su agitación no tenía relación con el miedo, sino con la turbadora sensación de sentir las manos del joven sobre su piel. Se alejó de ese inquietante contacto— ¡Ma…márchese o llamaré a los sirvientes! —amenazó caminando resuelta hasta la puerta.

¡Aguarda! —exclamó alcanzándola. Justo en ese momento se escuchó un suave toque en la puerta. Antes que la joven diera permiso de entrar, le cubrió la boca con su mano — Shh —susurró mirándola suplicante, notando el enorme desconcierto de la joven.

Kagome… ¿Aún estás despierta? —susurró Rin desde el pasillo. Ambos se miraron asustados. Si descubría a Inuyasha, todo sería un desastre— ¿Kagome? —volvió a llamar. La joven hizo a un lado la mano que la silenciaba. Y señaló las gruesas cortinas de brocado, que aún permanecían recogidas.

Sí… Espera un segundo —pidió asegurándose que el joven se ocultara tras la tela. Antes de abrir levemente la puerta— ¿Qué ocurre? —preguntó aparentando calma.

Creí escuchar voces. Y pensé que Sango estaba contigo —dijo intentando asomarse.

No… Estoy sola —señaló abriendo un poco la puerta para que lo comprobara— Ocurre que accidentalmente rasgué mi vestido mientras me lo quitaba, por lo que me reñía en voz alta. Sólo fue eso… —mintió sonriendo— Estaba a punto de acostarme.

Está bien. Buenas noches —se despidió.

Buenas noches. Que descanses —contestó la joven volviendo a cerrar la puerta. Esta vez con seguro, por las dudas.

Suspiró aliviada, pero de inmediato se giró furiosa, para enfrentar al temerario intruso. Sin embargo, él ya caminaba decidido hacia ella dando grandes zancadas. Contuvo el aliento, aprensiva de sus intensiones.

¡Ahora le exijo que se vaya, milord! —susurró furiosa, pero cuidando no alzar la voz.

No me iré. Hasta que me escuches. Una vez te advertí que no está en la sangre Taisho el renunciar —le recordó a medida que se acercaba a ella.

Retrocedió amedrentada por la resuelta mirada con que la acechaban esos centellantes orbes dorados. Su espalda chocó con la helada madera de la puerta. Trató de asir la manija, pero no conseguía dar con ella. Y antes de lograrlo su mano fue apresada por la de Inuyasha.

Ese amplio y fornido pecho, casi aplastaba su menuda figura. Estaba inmovilizada.

Lo correcto hubiera sido gritar por ayuda, sin embargo una peligrosa sensación de anhelo ardió en todo su cuerpo.

Comprendió que no sentía miedo de Inuyasha. No… En verdad el miedo era hacia sí misma.

Hacia esos sentimientos desconocidos que se volvían cada vez más incontrolables, al ser exteriorizados por el encanto de ese seductor hombre.

V...voy a… gri… gritar —amenazó con voz trémula por la falta de aliento. Él sólo esbozó una sensual sonrisa.

No podrás —advirtió en un gruñido, antes de inclinar la cabeza y capturar sus labios.

Desde que entró por aquella ventana había deseado besarla. ¡Por Dios!. Esa cándida jovencita no tenía la menor idea del letal efecto que ocasionaba, en su escaso autocontrol, con aquella sugerente apariencia. Lucía tan hermosa… demasiado tentadora.

No se había detenido a pensar en lo que hallaría, cuando decidió infiltrarse en su recámara.

Luego de dejar la mansión en la tarde, ante su negativa de recibirlo, deambuló alrededor de la propiedad, esperando toparse con ella. Cuando de pronto la divisó en el balcón. Y aquella aventurada idea golpeó su cabeza.

Se ocultó hasta que anocheció. Y cuando se extinguió la titilante luz del cuarto de la muchacha, resolvió escalar por el viejo roble. Las gruesas ramas, daban directo hasta el balcón, por lo que no fue ningún problema trepar hasta allí.

Al entrar y encontrarse frente a ella… Fue aniquilador.

Ese semitransparente camisón blanco, que no lograba ocultar lo suficiente esos voluptuosos senos, para su sagaz mirada. Su largo y negro cabello suelto. Y esa fiera mirada, decidida al enfrentarlo con un simple abrecartas.

Jamás había conocido a una mujer que despertara tanto su deseo, como ella conseguía hacerlo. Sus labios ansiaban besarla. Degustar cada centímetro de ese curvilíneo cuerpo. Y sus manos tocar… acariciar esa tersa piel…

Por un segundo se arrepintió de su osadía. Creyó percibir temor en la joven. Sin embargo, cuando lo ayudó a ocultarse y engañó a su prima. Supo con certeza que ella, por más furiosa que estuviera. No lo rechazaría. O al menos, él no le daría oportunidad para que lo rechazara.

Finalmente, no pudo seguir controlándose y cedió al impulso de tenerla entre sus brazos.

No logró reaccionar para evitarlo. De pronto, sólo fue consciente del recio pecho que literalmente comprimía sus senos. Y de los húmedos labios, que la besaban con una pasión fiera. Muy distinto de aquel tierno primer beso.

Era rudo, demandante. Le exigía doblegarse ante el deseo.

Ella no era una mujer fácil de dominar. Desde niña había sido adiestrada en la lucha. A pesar de ello, descubrió lo débil que era cuando ese hombre la envolvía en sus brazos.

Intentó empujarlo con la mano empuñada, que aún tenía libre, pero se dio cuenta que él era demasiado poderoso… Aunque tal vez se debía a la creciente sed por sus besos, que poco a poco le iban consumiendo sus ganas de luchar…

Pronto su mano ya no batallaba, más bien se aferraba a la solapa de la chaqueta aterciopelada del joven. Atrayéndolo, intentado sentirlo más cerca. Como si aquello fuera posible. Estaba aplastada entre la sólida madera y el calor del cuerpo varonil, pero ella quería más… No tenía claro qué… pero necesitaba mucho más.

Como si leyera sus pensamientos, los fuertes brazos de Inuyasha rodearon su pequeña cintura. Por lo que ella se deleitó al envolver el cuello varonil con los suyos.

Abrió los ojos con sorpresa, al sentir la lengua de joven acariciar sus labios.

¿Qué era esto?. ¿Era correcto?... ¿Así debía ser un beso?...

Su cuerpo respondió a esas interrogantes. Cuando los inexpertos labios se abrieron recibiéndolo, invitándolo a devorarla. Tembló al sentir que su boca era invadida por la lengua varonil, rindiéndose completamente a sus exigencias.

Un sonido que jamás había escuchado afloró entre los labios que se devoraban. ¿Había nacido de él? ¿O acaso de ella?. No estaba segura, pero se escuchaba deliciosamente sensual.

Repentinamente él se detuvo. Sin dejar de abrazarla. Se alejó de su boca, para luego acariciar la mejilla femenina con los labios, hasta llegar a su oído.

Kagome… —susurró con voz profunda y jadeante— Perdóname —suplicó. La chica parpadeó desorientada— Lo sé todo —manifestó dolido — Sé que estas siendo obligada a comprometerte con ese maldito —agregó, alejándola un poco para verla a los ojos.

¿Co... cómo? —consiguió preguntar en un débil murmullo.

Alguien estuchó la discusión que tuvieron en la fiesta —explicó— Pero eso ahora no importa. Sólo necesito que perdones, por todas las estupideces que dije esta mañana. Actué como un completo miserable —admitió avergonzado.

Sí. Así fue —asintió con una mirada recriminadora.

Sé que no es excusa. Pero no conseguía controlar la rabia y los celos. No podía creer que tú fueras a casarte con ese miserable —declaró conteniendo la furia— La sola idea me enfurece.

Es un acuerdo entre mi tío y ese hombre —indicó abatida— Y a pesar de mi negativa, ellos continúan llevando a cabo esos planes.

No lo voy a consentir —anunció con la determinación brillando es sus ojos dorados— Sobre mi cadáver permitiré que ese maldito te tenga. ¡Tú eres mía! —declaró posesivo.

Yo no le pertenezco a nadie —contradijo altiva, pero con el corazón acelerado por sus dominantes palabras.

Te equivocas. Fuiste mía desde el mismo instante en que me enamoré de ti —sentenció volviendo a reclamar sus labios.

Por supuesto que era suya. Sin dudar, mataría al que se atreviera o tan sólo pensara querer arrebatársela.

Era suya… Porque ya no podía ser de otra forma. Ya no podría vivir sin esa mujer.

La estrujó contra sí, mientras la devoraba con la boca. Percibía con claridad el calor de su cuerpo. Sólo aquella delgada tela lo separaba de la suavidad de su piel. Tan solo debía hacerla a un lado para sentirla completamente.

¡Dios! Cuanto de deseaba fundirse en ella. El creciente deseo de hacerle el amor, lo esta enloqueciendo. Estaba próximo a perder completamente el control.

La alzó en brazos, caminando hacia la cama. Ella no se opuso a esa acción, más bien se abrazó a su cuello, devolviendo cada beso con la misma intensidad.

La depositó con gentileza sobre el lecho. Y apelando a toda la fuerza de voluntad que le quedaba. Se separó de ella.

Kagome lo observó confundida.

Creo que es mejor que me vaya —anunció sentándose en la borde de la cama. Atrapando uno de los negros rizos que caía sobre su hombro, disfrutando de su sedosidad. Ella lo observó en silencio.

Aún no… —logró pedir. Incorporándose, quedando sentada a escasos centímetros de él. Estaba sonrojada por su audacia. Pero ya todo daba igual... Después de la forma desinhibida en la que correspondió a sus besos.

Amada mía… No sabes lo que me pides —murmuró ronco, acariciando con dulzura la ruborizada mejilla. Dándole un fugaz beso en los labios— Deseo tanto quedarme aquí contigo, y besarte… acariciarte. Sin embargo, por tu bien debo controlarme. Es demasiado pronto para ti… mi inocente Kagome —aseguró inclinándose para esta vez besar su cuello. La sintió temblar, al tiempo que contenía la respiración. Sonrió satisfecho, repitiendo la acción— Hay tanto que quiero enseñarte… Tantas emociones y sensaciones que ansío despertar en ti…

Inuyasha… —musitó su nombre en un débil gemido. El joven se tensó de pronto.

Ah… Kagome… —jadeó enardecido, al escucharla pronunciar su nombre por primera vez, y de una forma tan sugerente— Vas a volverme loco —gruño antes de volver a besarla profunda y apasionadamente. La empujó con gentileza, hacia la cama, sin abandonar los labios femeninos, que respondían ansiosos. Empuñó las manos sosteniéndose a los costados de los hombros de la chica. Si la tocaba sería el fin. Volvió a apartarse, en un esfuerzo casi titánico— Pronto mi hermosa Kagome, muy pronto… —advirtió en un gemido torturado. Poniéndose de pie— Te esperaré en la mañana junto al río. Aún tenemos mucho de qué hablar, Amor mío.

Ahí estaré —respondió. Viendo cómo se alejaba rumbo a la ventana. Se levantó y corrió hasta él y lo abrazó desde atrás— Inuyasha… Prométeme… que no dudarás de mí en el futuro… Júrame… que pase lo que pase… creerás en mí —suplicó apoyando cerrando los ojos y apoyando la frente en la ancha espalda varonil. Él se giró viéndola con extrañeza y le acarició la sonrojada mejilla.

Te lo juro, Amor mío. Jamás volveré a dudar de ti —prometió besándola en la frente— Hasta mañana —se despidió, saliendo hacia el balcón.

Mañana… mañana te diré toda la verdad —juró en voz baja, observando entre la cortina, como bajaba ágilmente por las ramas del árbol.

El sol de la mañana se filtraba por su ventana. Era un día hermoso y cálido.

Kagome abrochó el último botón de la chaqueta de terciopelo de su traje de montar. Observó su apariencia en el espejo, ordenando uno de sus rebeldes rizos. Asintió, sonriendo satisfecha de la imagen.

Sus mejillas estaban arreboladas y el corazón le latía inquieto, emocionado. En tan sólo unos instantes, se reuniría con Inuyasha.

El llamado a su puerta le regresó a la tierra.

Buenos días, Kagome —saludó Rin.

Buenos días —saludó sonriente.

Pareces haberte levantando de muy buen humor —comentó su prima burlona.

¿Te parece? —preguntó disimulando su alegría.

¡Kagome! —la llamó Sango, entrando intempestivamente en la habitación.

Sango, ¿qué ocurre? —inquirió preocupada de la mirada aterrorizada de su amiga.

Kagome… Es Kojaku… mi hermano fue capturado anoche, por el hijo del gobernador —informó sollozando.

¡¿Qué dices?! —exclamó consternada por la noticia.

¡Oh. Dios mío! —expresó Rin llevando sus manos a la boca, horrorizada.

¿Cómo ocurrió? —inquirió Kagome.

Ayer fue a la aldea Litshire, para ver al sacerdote —relató la joven afligida— Él, se encontraba repartiendo unas monedas de oro a varias personas. Kouga y sus hombres llevaron a cabo una redada. Detuvieron a todos, incluido Kojaku. Los acusan de ser cómplices de Handorei.

¿Dónde los tienen? —preguntó entre dientes, apretando los puños con furia.

Los mantienen atados a un cepo, en el centro de la plaza de Litshire.

Ve y dile a los lacayos que preparen el carruaje —ordenó volviendo a quitarse la chaqueta— Debo cambiarme. Iré a Litshire de inmediato —agregó.

El cochero azotaba continuamente los caballos, que recorrían el camino a toda la velocidad que le permitían sus fuerzas. Kagome iba sentada junto a Sango. Rin se encontraba frente a ellas. Había insistido en acompañarlas, y no quiso malgastar tiempo en intentar que desistiera.

La aldea se encontraba a varios kilómetros de Brunshire. Sólo esperaba llegar a tiempo. Antes que Kouga, quisiera interrogar a Kojaku. Conocía bien la maldad de ese hombre. Por lo que sentía temor que lastimara gravemente al muchacho, con tal de sonsacarle información.

Intentaría por todos los medios posibles, apelar por la libertad de Kojaku.

A la luz del día era imposible que Handorei se ocupara de la situación. Esperaba que, presentándose como Lady Kagome Higurashi, fuera suficiente. Aunque no estaba del todo segura. Y eso le preocupaba de sobremanera.

A medida que se acercaban al lugar, iba observando muy concentrada el entorno. No debía perder ningún detalle.

Al transitar por la polvorienta vía principal de la pequeña aldea, pudo distinguir a varios guardias apostados en la calle cerca de la plaza. Cada uno a cierta distancia del otro. Eran diez, tal vez quince. ¿Podrían haber algunos más, ocultos en los alrededores?, se preguntaba intranquila.

El carruaje se detuvo cerca de la plaza. Kagome, y las demás descendieron y caminaron hacia los prisioneros que se veían no muy lejos de allí. Sin embargo, antes de acercarse, tres hombres les obstaculizaron el paso.

No pueden pasar —advirtió uno de ellos.

Por favor… Mi hermano se encuentra ahí… —sollozó Sango. Intentando adelantarse pero fue empujada con poca civilidad por uno de los hombres.

Sango. Déjame manejar esto —manifestó Kagome— Ambas permanezcan en silencio —advirtió, incluyendo a Rin. Las dos asintieron en silencio.— ¿Quién está a cargo? —indagó Kagome a uno de los guardias— ¿Se encuentra aquí, Kouga Breindbill?. Si es así, ¡dígale que quiero hablar con él, en este instante! —exigió con firmeza. El hombre le hizo un gesto a otro, quien se dio la vuelta alejándose. Luego de un par de minutos regresó acompañado de Kouga.

Muy buenos días, señoritas. ¿Puedo preguntar qué hacen en un lugar cómo este? —saludó con una cordialidad que contrastaba con su maléfica mirada.

¡Demando una explicación, milord! —solicitó Kagome viéndolo muy seria— He sido informada que mantiene apresado a uno de mis empleados.

No me diga… —dijo con ligero sarcasmo.

¡Le exijo que lo libere de inmediato! —demandó controlando a duras penas la ira.

Lamento no poder acceder a su petición, milady —contestó el hombre, impávido. — Ese muchacho se encontraba en junto al sacerdote, repartiéndose el botín que les dejó el forajido apodado Handorei. No hay dudas que todos ellos son sus cómplices.

¡Eso es imposible! —exclamó indignada— Kajaku vino a este lugar sólo cumpliendo mis órdenes —reveló más calmada— Le mandé que viniera a consultar al encargado de la iglesia, acerca de las mayores necesidades de los aldeanos. Dado que tengo intensiones de entregar un donativo a sus habitantes. Eso es todo.

Es muy generoso de su parte. Y digno de usted, milady. Pero como se habrá dado cuenta, este pueblo ya cuenta con su propio benefactor. Que claro… resulta ser un delincuente. —explicó con un toque mordaz.

Que no es el caso de Kojaku. Por una mala coincidencia, se encontraba presente en el momento equivocado, eso es todo —alegó.

La investigación aún no concluye, Lady Higurashi. El muchacho aún no ha sido interrogado. Por lo que me pregunto si es conveniente liberarlo —murmuró haciendo un falso ademán, como si en verdad estuviera reflexionando la situación. Lo que la enfureció aún más.

No es conveniencia, sino justicia —manifestó la joven.

Estoy muy tentado a ser más flexible en esta delicada situación. Tan sólo por tratarse de mi bella prometida —expresó Kouga, con una desagradable sonrisa. Kagome abrió los ojos desconcertada, pero comprendiendo de inmediato las bajas intensiones del hombre.

Ahora lo entiendo… —masculló entrecerrando los ojos irritada— No podía esperar otra cosa de alguien como usted —agregó con repugnancia— Sin embargo, no voy a caer en su juego inmoral.

Esto está lejos de ser un juego, milady —advirtió amenazador— Podría liberar al muchacho... Sólo… si mi prometida es quien me lo pide —desafió abiertamente.

Soy Lady Kagome Higurashi —anunció orgullosa— Su prometida… Jamás… Antes preferiría casarme con un cerdo —agregó viéndolo con repulsión. Kouga apretó los labios furioso por esas palabras.

¡Mantengan a todos los prisioneros en su lugar! —ordenó Kouga con rudeza— Y no permitan que nadie se acerque a ellos. Más tarde los interrogaré en persona. —agregó dejándole claro a la joven que no tendría contemplaciones con el muchacho.

No se saldrá con la suya. Hablaré de esto como mi tío. Esta infamia no quedara impune —amenazó Kagome enfurecida, sin esperar respuesta. Se giró y caminó hacia el carruaje. Rin y Sango la siguieron en silencio, pero consternadas por la discusión.

Kagome, yo me quedaré —informó Sango con tal determinación, que Kagome no quiso discutir.

Está bien, pero ten mucho cuidado y no hagas nada arriesgado —indicó la chica, dándole un abrazo— Volveré pronto. Con o sin ayuda —le aseguró hablándole al oído.

Regresaron a la mansión. Kagome preguntó por su tío, y corrió hacia el estudio. El hombre mayor, se encontraba sentado ante su escritorio, revisando algunos documentos.

La observó imperturbable y con cierta frialdad. Al ver ingresar, también a su hija Rin, su expresión cambió a una interrogante.

Tío, debe hacer algo —pidió Kagome con voz firme— Kojaku se encuentra cautivo, por un error.

Padre, debe hacer algo para ayudarlo —agregó Rin.

¿De qué están hablando? —inquirió el hombre sin comprender, por lo que Kagome le explicó la situación.

Kouga Breindbill, se niega a dejarlo ir, aún sabiendo su inocencia. Incluso tuvo el atrevimiento de amenazarme. Canjeando la libertad de Kojaku, por acceder al compromiso —informó Kagome con indignación.

Kouga sólo está perturbado por tu obstinada negativa, Kagome —declaró el hombre extrañamente calmado— No deberías culparlo.

¿¡Qué dice!? —exclamó la joven.

Te advertí sobre las graves consecuencias, que podría acarrear tu insensatez. Esto es una pequeña prueba de ello —le recordó entrecerrando los ojos— Kouga, te dio una grandiosa oportunidad. Posiblemente la última. Sería prudente, que decidieras a aceptarla —agregó implacable.

¡Padre! ¡No puede hablar en serio! —exclamó Rin con incredulidad. Ante el silencio de Kagome, que sólo observaba a su tío con fría hostilidad.

Libertad por libertad… no puede considerarse una oportunidad. Es sólo un vil chantaje. Tan despreciable como ese hombre —declaró entre dientes, arrastrando las palabras— Me doy cuenta que ambos tienen mucho en común. Pierdo mí tiempo intentando sembrar conciencia en una mente infértil —agregó para luego salir del estudio, seguida por Sango.

¡Insolente! ¡Kagome, vuelve aquí! —escuchó que gritaba el hombre.

Kagome. ¿Qué haremos ahora? —preguntó Rin, sin aliento, cuando logró alcanzarla al pie de la escalera.

No te preocupes. Aún tengo un par de ideas en mente —la tranquilizó— Rin. Tengo que salir nuevamente. Por favor, si alguien pregunta por mí, inventa alguna excusa. Procura que nadie entre a mi cuarto, para que no descubran mi ausencia —pidió tomándola por los hombros. Con tal seriedad que Rin sólo asintió atemorizada.

Ten cuidado —pidió en su susurro casi inaudible, cuando su prima subía la escalera.

Kagome entró a su habitación y caminó directamente hacia el tapiz que ocultaba la puerta que daba hacia el pasillo secreto. Bajó por la angosta escalera. En la planta baja, otro largo pasillo terminaba en un cuarto, donde mantenía oculta sus armas y su vestimenta.

Preparó los dardos con los cuales adormecería a los guardias. Su espada, y muchas delgadas cuchillas que rodaban su cinturón.

Luego se quitó su vestido. Lo dejó en una silla y se dirigió donde se encontraba colgado su traje negro. Lo observó pensativa. ¿Acaso sería la última vez que lo usaría?, se preguntaba.

Era una trampa. De eso no tenía duda alguna. Esta noche, Kouga, se encontraría aguardando a que Handorei se presente en la aldea para liberar a sus prisioneros.

Aún así no tenía otra opción, mucho menos contaba con tiempo.

Buscar otro tipo de ayuda sólo pondría en mayor peligro a los rehenes. Estaba segura que ese hombre, los lastimaría gravemente, con tal de sonsacarles cualquier información. Incluso, lo creía capaz de obligarlos, mediante la tortura, a que confesaran cualquier crimen, con tal de justificar sus perversas acciones.

Cogió decidida el traje negro y comenzó a vestirse.

Ató el último lazo que ajustaba el pantalón a su pantorrilla. Ajustó el pequeño bolso de cuero negro, que contenía los dardos, en su cinturón. Y por último colgó la espada en su espalda. Pronto anochecería, y no podía llegar tarde a su cita con Kouga Breindbill.

Cogió la silla de montar, y se escabulló por la puerta trasera del cuarto, que daba hacia unas espesas enredaderas en el jardín trasero. Que estaba bastante lejos de los salones principales. Corrió hacia los pastizales de la ladera. Con su mano enguantada, chifló muy fuerte. Segundos después apareció frente a ella Umaki.

El negro alazán pateo el suelo, como a modo de saludo. Kagome lo ensilló rápidamente.

Esta noche tendremos un peligroso trabajo, querido Umaki. Kojaku está esperando por nosotros —susurró acariciando la larga y crespa crin. El caballo relinchó, asintiendo. La joven sonrió y luego lo montó.

Ya era de noche cuando llegó a las afueras de la aldea. Se había desviado bastante del camino principal. Por lo que seguramente nadie podría detectar su llegada.

Los árboles, matorrales y las rocas la protegían, ayudando a que se aproximaba sin ser vista por guardias, que de seguro resguardaban las entradas a la aldea.

Cuando detectó una pequeña choza más adelante, desmontó su caballo, y le dio una suave palmada en el anca. El animal pareció entender la orden, por lo que trotó, ocultándose entre los densos matorrales.

Continuó avanzando. Aún estaba un poco lejos, pero lograba distinguir vagamente las tenues luces de las antorchas, que utilizaban para iluminar la angosta calle, la cual daba hacia un costado de la plaza.

No parecía haber ningún guardia en los alrededores. Seguramente el deseo de Kouga era capturar a Handorei en la plaza, y hacer un espectáculo de ello.

Avanzó con cautela por entre los arbustos. Por fortuna la noche era lo suficientemente clara para desplazarse. Aunque eso la obligaba a estar más alerta, para no ser vista.

A lo lejos logró ver uno de los hombres de Kouga. Se ocultó tras el tronco de un gran árbol, asomándose con sigilo, para determinar el camino más seguro.

Un ligero sonido a su espalda la alarmó. Iba a girarse, pero antes de hacer un movimiento, una daga apareció a escasos centímetros de su cuello, amenazando con cortarlo.

No te muevas —susurró cerca de su oído, una peligrosa voz gutural. El corazón de Kagome dio un vuelco. La giró con rudeza para luego empujarla contra el tronco del árbol, sin apartarle la daga del cuello.

Los ojos de la joven se abrieron desmesuradamente. "¡No es posible!", exclamó su voz interior.

Sabía que vendrías esta noche… Después de todo resultaste ser muy predecible —agregó el hombre con media una sonrisa de complacencia, y con la inmensidad del odio brillando inequívocamente en sus pupilas.