Capítulo 15: El león misterioso
Era ya casi la noche en Forks cuando Carlisle decidió que Harry podía volver a casa porque había muy poco trabajo ya para ese día. El joven Potter salió del despacho de su jefe y se encaminó hacia el lugar donde dejó su mochila con sus cosas.
Se estaba poniendo la camiseta cuando vio una sombra en una pared. Frunció el ceño al ver que se trataba de la sombra de una cornamenta ramificada. La sombra permaneció allí lo que le parecieron unos cinco minutos en los que fingió estar tranquilo mientras acababa de cambiarse, pero estando ya alerta y con la vista fija en la sombra.
Era imposible que un animal con cuernos entrara al hospital. Podía esperarse de un gato, perro o un pájaro… algo que era normal… Pero no de un animal con cuernos porque se estaría tratando de un alce o un ciervo y esos animales preferían los bosques de Forks, esos animales no se acercaban a las personas y mucho menos a un sitio frecuentado por muchas personas porque su instintivo les dictaba alejarse de ellas para preservar sus vidas.
Aquí estaba pasando algo, de eso estaba seguro y nada ni nadie le quitaría esa idea de la cabeza.
De pronto, una idea improbable y bastante inquietante apareció en su cabeza.
¿Y si era un animago?
De ser así, debía tratarse de uno estúpido e imprudente porque Harry no era alguien que se pudiera subestimar.
Él era Harry Potter. El héroe del mundo mágico (le guste o no)… pero también era más que eso.
Él era un valiente y atrevido Gryffindor.
Tenía potencial de auror.
Era un investigador.
Un guerrero.
El ahijado de un animago y el hijo de otro.
Estaba relacionado con tres mereodadores de formas diferentes. Era el ahijado de uno (Canuto), el hijo de otro (Cornamenta) y el compadre de otro (Lunático).
Y lo mejor de todo… El ahijado de Sirius Black y el hijo de James Potter.
Un movimiento lo sacó de sus pensamientos.
En un fugaz movimiento, sacó su varita y se apuntó a sí mismo. Se concentró y se lanzó un hechizo que Hermione y él habían creado meses atrás.
Se llamaba "Inexistus totalium". El conjuro hacía que la persona fuera invisible del todo. Borraba señales visibles y sonoras, es decir, no sólo no se veía a la persona, sino que tampoco no se oía ni su respiración ni su pulso, como tampoco se sentía olores. La intención de su invención era imposibilitar a las criaturas tenebrosas percibir a la gente y los licántropos entraban en la categoría de criaturas tenebrosas.
Era un hechizo realmente especial y por unas muy buenas razones.
La guerra había dejado secuelas psicológicas en Harry y una de ellas era la necesidad de armas secretas para defenderse de posibles de ataques futuros. Por eso, empezó a idear hechizos y pociones en una libreta protegida con hechizos que había sacado de libros de la biblioteca de Hogwarts.
Una de las nuevas costumbres que había adquirido después de la guerra fue la de hacer visitas nocturnas a la Sección Prohibida bajo la capa de su padre mientras todos dormían. Y así logró aprender muchas cosas que le eran útiles.
Una de las muchas cosas que había aprendido en esa sección fue una especie de criaturas tenebrosas con la que aún no se topaba en sus enfrentamientos.
Vampiros.
Sí… era cierto que se había encontrado con uno en su sexto año en Hogwarts, pero lo cierto era que sólo había sido muy de pasada. Lo vio y se asintieron a modo de saludo, pero nada más. Eso había sido todo y, en realidad, no era nada. Esa era TODA su experiencia con esas criaturas.
Y su curiosidad no se lo había permitido. Razón por la que leyó todo lo que pudo sobre vampiros.
En fin, cuando le contó a Hermione una de sus ideas para hechizos, la chica se interesó tanto que decidió que podrían intentar algo y así fue. Se necesitó mucho esfuerzo, poder, práctica y discreción, pero el hechizó fue creado y resultó exitoso.
No obstante, su existencia se mantuvo en alta confidencialidad.
Sólo Harry, Ron y Hermione sabían de su existencia porque sólo ellos comprendían la magnitud de las cosas. Sólo ellos tres habían luchado contra las auténticas fuerzas oscuras y sobrevivieron con graves secuelas. Sus enfrentamientos con lo oscuro los habían tocado en el alma como a nadie y de eso sabían que no se podrían recuperar. Ninguno de los tres había deseado involucrar a Ginny porque ella ya había tenido suficiente.
Sólo el Trío de Oro sabía de la existencia de los hechizos y las pociones. Aquellas eran cosas que no podían confiar a nadie más.
Ya del todo invisible, Harry se mantuvo alerta.
Lenta y cautelosamente, un ciervo entró en el cuarto donde Harry ya se había cambiado. Era un ciervo marrón, delgado, con la cabeza un poquito gacha y (algo que sorprendió a Harry) con mirada triste, medio opaca. Los ojos del animal eran avellana y lo observaban todo. Su hocico olisqueaba haciendo que la cabeza bajara y subiera.
Era como si estuviese buscando algo.
Paralizado y un poco sorprendido, Harry vio cómo el ciervo se acercó a su casillero y lo olfateó con esperanza… Pero otra cosa que más le sorprendió fue ver que el ciervo sacaba con la boca un pañuelo bordado que debió haberse salido de uno de los bolsillos de su chaqueta.
Era un pañuelo con borde dorado que llevaba su nombre bordado con rojo. Harry tenía una caja entera de ellos en su casa, así que no lamentaría su pérdida. A la señora Weasley le encantaba tejerle pulóveres y bordarle pañuelos, así que no le faltaba ninguna de esas cosas. Lo que lo puso nervioso fue que esos pañuelos siempre llevaban su aroma impregnados, algo que no podía evitar nunca. Dudley le había regalado un frasco de colonia para su cumpleaños 18 y a Harry le gustaba.
Y, por supuesto, ese pañuelo no llevaba un aroma al que un ciervo pudiera estar acostumbrado. La colonia tenía alcohol y no debería parecerle agradable al animal… Y así parecía ser por lo que Harry podía ver. Eso no podía ser normal.
Primero: se metía en un hospital muy frecuentado por peligrosos humanos. Segundo: le tomaba gusto a un pañuelo impregnado de colonia cuyo uno de los principales componentes era alcohol. ¿Qué demonios pasaba con él?
Abrió los ojos como platos al ver que el ciervo llevaba en la boca su pañuelo, agachaba la cabeza y caminaba con un andar que le hacía pensar que se estaba lamentando por algo.
Cerró los ojos y sacudió la cabeza creyendo que su imaginación le estaba jugando una mala pasada. Supo que no fue así cuando, al abrir los ojos, vio al ciervo llevarse su pañuelo con colonia.
Ok… Eso fue extraño, muy extraño…
Aunque pensándolo bien… Muchas cosas por aquí empezaban a parecerle extrañas.
Algo estaba pasando en este lugar y él sólo rogaba a los cielos de que no se tratara de otro mago tenebroso con deseos de dominar el mundo. Ya bastante había tenido con Voldemort.
Mientras Harry se dirigía a su auto para volver a casa, un ciervo trotaba hacia el bosque con un pañuelo en la boca.
Estaba ya oscureciendo, por lo que no lo veía nadie. El bosque ya estaba oscurecido, pero no le resultó difícil encontrar su escondite. Era una cueva húmeda y cubierta por vegetación en su exterior, razón por la que nadie podría detectarla.
Un lugar seguro para él.
Una vez que se echó en el suelo, un nudo se le hizo en el estómago al contemplar el pañuelo que tendió en el suelo a unos centímetros de su hocico para poder sentir su aroma.
Ese pañuelo era su primer tesoro.
Era un pañuelo de él. Estaba seguro de que era él y agradecía al cielo de tener la oportunidad de poder haberlo conseguido. Era una prueba física de su existencia y de su cercanía.
Haciendo a un lado eso, se concentró y volvió a su forma humana.
Ya no se veía como lo hacía casi veinte años atrás. Ya no era tan cuidadoso en su aspecto ni se preocupaba tanto en verse tan bien. Seguía teniendo la misma porte aristócrata que venía en su linaje, pero ya no se veía como un orgulloso aristócrata inglés… Ya no era así.
Los años lo habían cambiado por dentro y por fuera.
Ahora era menos refinado, menos cuidadoso. Ahora era más… salvaje… Pero no libre. Eso ya no. Él ya no era aquel hombre que fue a los veinte años ni podía hacer lo que hacía. Por eso, se apartó de todo y de todos.
Él había tenido una vida, un hogar, una familia y amigos… Había tenido una vida. Ahora ya no. No tenía nada de eso. No tenía ni siquiera alegría. Ya no le ponía tantas ganas a la vida.
Lo suyo era una existencia solitaria y deprimente.
Una noche fue suficiente para destruir su mundo. Una sola noche bastó para arruinar lo que le faltaba de vida.
Uno de sus grandes amigos resultó un maldito mortífago traidor y un cobarde.
Su esposa fue asesinada.
Él mismo fue casi asesinado.
Y su hijo…
Soltó un sollozo.
Su hijo fue llevado a una casa con una familia que lo odiaría por ser lo que era él, su madre y él mismo, y también por quien era su madre.
Él sólo seguía con vida por ese hechizo… y sólo sabía que su hijito nunca había muerto porque tanto su alma como su instinto de padre se lo decían.
Pero ¿de qué servía todo eso si no podía tener a su bebé a su lado? ¿Para qué iba a quedarse si no podía ni cuidarse a sí mismo?
Y así fue cómo renunció a su hijo para dejar que lo entregaran a esa gente.
Él no podía tener a su cervatillo, pero su cuñada podía cuidarlo.
Renunció a sus derechos para que su hijo viviera. Sólo así podía hacer algo: entregarlo a otra persona para que lo alimentaran y lo mantuvieran vivo.
Y ahora podía ver que había resultado.
Su hijo se había convertido en un hombre y tenía una vida. Le dolía realmente mucho el que él no formara parte de la vida de su hijo, le dolía horrores no haber presenciado sus etapas de crecimiento… pero le reconfortaba mucho ver que su pequeño había superado aquella noche terrible.
De pronto, unas chispas de algo cálido sintió en su pecho… más exactamente en su corazón.
Eso era… ¿esperanza?
Se acercó el pañuelo a la nariz y lo olió, procurándose llevarse el perfume a sus pulmones. Cerró los ojos y se imaginó a un joven de unos… ¿diecinueve años? (si sus cálculos no le fallaban, su bebé ya debía tener esa edad) idéntico a él (pero con ojos verdes) vestido con jean, zapatillas, camisa y suéter (no podía evitar vestirlo así en su imaginación por alguna extraña razón) sentado bajo un árbol a su lado. Se imaginó que estaban charlando alegremente, sentados bajo un árbol que los refugiaba de la muy molesta llovizna.
Esta vez, lo curioso era que esa imagen le parecía más real y nítida que las anteriores.
Vio que el pañuelo tenía algo escrito en rojo y lo leyó.
Harry Potter
Fue suficiente.
Sin poder contenerse más, se largó a llorar con fuerza y mucho dolor. El pecho le dolía mucho y el estómago también. Su cuerpo empezó a convulsionarse por el fuerte llanto.
La represa se había roto… después de casi veinte años.
Llevaba casi veinte años aguantando y aguantando, pero ya no podía contener más todo ese dolor que amenazaba con quebrarlo. Se había prometido ser fuerte, pero debió haber sabido mejor que no podría aguantar eternamente. Podía superar la muerte de su esposa, pero nunca el haberse separado de su hijo para salvarlo de la miseria que le habría esperado a su lado. Sólo por su hijo había hecho lo que hizo y soportado el sufrimiento que implicaba esa decisión. Siempre supo que renunciar a su paternidad le dolería y se había resignado, pero tenía sus límites.
Se dejó caer al suelo y decidió que ya podía liberar todo ese llanto que llevaba aguantando todos esos años.
Y así acabó la noche, hecho una bola en el duro suelo de piedra de la húmeda cueva y llorando desconsoladamente hasta quedarse profundamente dormido.
Solo y con una mano aferrando el pañuelo.
Afuera, la llovizna se convirtió en una fuerte lluvia.
Harry manejaba su auto con tranquilidad camino a su casa en el bosque. Llovía mucho, pero él se sentía aliviado y agradecido porque su casa no se pudiera inundar. Una de las cosas que había que tener muy en cuenta si uno quería vivir en un pueblo tan lluvioso como Forks. Los limpiaparabrisas de su auto se movían lo suficientemente rápido como para que su visión no se nublara ni se dificultara por culpa del caudal de agua. El interior de su auto estaba cálida gracias a la calefacción y el aromatizador desprendía un delicioso perfume de limón. Los faros daban luz corta.
Todo iba bien y él estaba contento.
Había decidido que no se inquietaría con el asunto del ciervo y que lo hablaría con Kreacher en casa. No podía permitirse distracciones si quería llegar sano y salvo a su casa. Las calles estaban resbaladizas y él no quería accidentes. No, mejor pensar en eso después, al calor de la chimenea.
Se introducía en uno de los senderos del bosque cuando una corazonada.
En el bosque sólo había tres senderos. Uno llevaba directamente al río, otro iba a la casa de los Cullen y el otro llevaba a su casa. El tercer sendero (el suyo) no se notaba casi nada. Su casa llevaba mucho tiempo deshabitada, por lo que ese sendero estaba descuidado y Harry lo prefería así. No era un sendero ni recto ni medio curvo… no, era un sendero que daba varias curvas. Era un sendero rebuscado y no sería difícil de transitar si Harry lo cuidara mejor, pero resultaba que Harry no quería que lo molestaran, así que no se esforzaba en cuidarlo más de lo estrictamente necesario. Él no quería visitantes en su casa que pudieran curiosear en sus cosas.
Harry debía seguir respetando el secreto mágico. Tenía una identidad y una forma de vida que proteger.
El sendero de los Cullen y el suyo estaba separado por vegetación y por el sendero del río. Lo cierto era que Harry no estaba seguro de cuál de los tres era el más largo de los caminos. La casa de los Cullen estaba rodeada de bosque, pero la de Harry no tanto… él vivía más cerca del río.
Ya se introducía a la bifurcación entre el sendero del río y el suyo, cuando apagó las luces de su auto, dejándose llevar por su corazonada. A consecuencia, su conducción se hizo más lenta y cuidadosa. Apagó la música y agudizó los sentidos.
Se dejó llevar por lo que Kingsley le había etiquetado "instinto de auror".
Fue entonces que encontró lo que buscaba.
Eran susurros, lamentos y el ruido que sólo podían ser movimientos bruscos.
Paró el auto y bajó la ventanilla mientras buscaba con los oídos y la vista… hasta que encontró el origen de aquello.
Forzó un poquito la vista para poder ver un poco mejor y se enojó cuando vio de qué se trataba. El Gryffindor que llevaba dentro levantó la cabeza y sacudió la melena, amenazante y enojado.
Era el estúpido de Mike Newton. Y no sólo eso…
El muggle había arrinconado a Bella Swan contra un árbol y la trataba con brusquedad. Se estaba propasando con su amiga.
Sin poder contenerse más, sacó la varita de uno de los bolsillos de su chaqueta y le lanzó a Newton un maleficio no verbal.
Impedimenta
El cuerpo del chico cayó sobre Bella, pero Harry salió del auto corriendo con una manta en mano y sin importarle la lluvia.
Bella temblaba y en sus pupilas Harry pudo ver miedo y perplejidad. La chica estaba en shock. Ella no se dio cuenta de que Harry la cubría con la manta y la llevaba al asiento trasero del auto. Tampoco se dio cuenta de que el auto se puso en movimiento, encaminándose a una casa en la que estuvo una única vez.
Cuando llegó a su casa, Harry mandó una señal de luz a Kreacher, avisando que no estaba solo. Por eso, cuando entró con la chica, el elfo ya se había escondido llevándose consigo evidencias de la elaboración de una poción revitalizante que Harry le había pedido.
Harry tomó a Bella de la cintura y se apoyó su peso para llevarla hasta el sofá frente a la chimenea. Luego corrió a buscar ropa femenina para cambiarle la ropa mojada para que no se enfermara.
Cuando regresó a la sala, agradeció el hecho de que la joven Swan se hubiese desmayado. Así que procedió a cambiarle de ropa y a llevarla a una de las habitaciones de huéspedes. La acostó y la abrigó bien bajo las sábanas.
Invocó una jarra y la llenó de agua fresca. Dejó la jarra y un vaso en una mesita de luz junto a la cama y bajó a la cocina a preparar algo de cenar.
A la mañana siguiente, Harry fue a ver a su huésped. Ya se había duchado, puesto ropa cómoda y llamado al doctor Cullen para avisar que no podría ir a trabajar ese día por descompostura. Había tenido la intuición de que Bella lo necesitaría durante el día y había tomado las medidas necesarias para complacerla.
En un principio había planeado ponerse ropa cómoda, pero cambió de opinión al recordar que tenía visitas. Se puso un jean negro, una polera negra y zapatillas.
En sus manos llevaba una mesita de cama con el desayuno para Bella. No había decorado el desayuno porque le pareció una estupidez, aún más si su destinataria había sufrido un intento de abuso la noche anterior. Eso sí, le había hecho a la chica un buen desayuno nutritivo no habiendo ella cenado. Seguramente, la joven Swan se despertaría desorientada y hambrienta.
Cuando llegó a la habitación, vio que Bella seguía dormida y que las cortinas seguían cerradas. Dejó el desayuno en una mesita, abrió las cortinas y fue a despertar a Bella procurando ser delicado.
Le sacudió el hombro con suavidad, mientras le susurraba al oído.
- Despierta, Bella. Ya es de mañana.
Bella movió los párpados, así que Harry insistió.
- Vamos, Bella, ya es hora de levantarse –le susurró un poquito más fuerte y decidió canturrearle algo que debería despertarla más- Te traje el desayuno a la cama…
Harry sonrió satisfecho al ver que surtía efecto. Observó interesado y expectante cómo las emociones pasaban por el rostro de Bella desde que abría los párpados hasta que comprendía que la voz que la despertaba no era ni de su padre ni de su novio… Algo que Harry sabía, aunque no con certeza absoluta.
Por lo que el doctor Cullen le daba a entender, Bella solía quedarse a dormir en la casa de su novio. Por eso, Harry dedujo que el que la despertaba era Edward. No tenía que ser un genio para saberlo, él hacía lo mismo con Ginny cuando se quedaba dormida en su casa o en la de los Weasley. Harry era de la creencia de que un novio debía cuidar bien a su novia en todos los aspectos posibles. No era un pesado, pero sí muy atento… algo que sabía que a Ginny le gustaba. Harry creía que Edward pensaba como él.
Cuando Bella puso sus ojos en él, Harry vio que empezaba a hacer las conexiones para recordar lo del ataque frustrado. Quizá la chica no estaba tan mal como había pensado… porque no parecía muy desorientada. Parecía que sí recordaba llegar a su casa en el bosque.
- Buenos días –la saludó Harry con una pequeña sonrisa.
- Harry –respondió ella… Y a Harry no se le pasó desapercibido el alivio tanto en su cara como en la forma en que dijo su nombre. Eso fue un inmenso alivio.
Puso el desayuno sobre su regazo a la espera de que Bella se acomodara. La joven miró el desayuno y sonrió una pequeña sonrisa que llegó a sus ojos oscuros. Harry esperó hasta que ella se sentó en la cama y entonces le puso la mesita sobre las piernas.
- Todo tuyo. No cenaste nada anoche, así que te preparé algo abundante y nutritivo para compensar y que empieces bien el día –se encogió de hombros-. Supuse que despertarías hambrienta.
- Gracias.
- De nada –dijo tranquilamente y frunció el ceño al ocurrírsele una idea que no sabía cómo tomaría Bella, así que se arriesgó a preguntarle-. ¿Quieres que llame a tu padre y a Edward? Si quieres, puedo hablar con ellos por ti. Sabré manejarlos –se ofreció. Se le había ocurrido que Bella quizá no supiera manejar la situación, pero él sí se creía capaz de poder con ello.
Al ver que la chica tenía la mirada fija en su taza de café, agregó:
- Al menos, déjame llamarlos para decirles que estás en mi casa conmigo. Edward sabrá y podrá venir. Vivo más cerca de él que de Charlie.
Bella lo vio con los ojos bien abiertos y la boca entreabierta… De la sorpresa. Se recompuso en unos segundos y asintió con cara agradecida.
- Por favor –dijo débilmente.
Harry sonrió animado y se levantó de su asiento en la cama.
- Tú desayuna, yo llamo.
Y salió de la habitación… dejando a una aliviada Bella.
Bella vio salir a Harry de la habitación y se puso a desayunar… Pensativa.
No sabía qué pensar de Harry. Era una persona extraña en verdad.
Tenía la sensación de que la mantenía a distancia de su vida. Era como si no quisiera dejarla entrar en su vida más que de una manera superficial. Se interesaba en ella, pero no le permitía llegar a donde ella quería llegar. Sentía que Harry ponía una cierta distancia entre él y el mundo. Por lo que sabía, ella y Carlisle eran los únicos que habían entrado en la casa de Harry Potter. El joven británico parecía más misterioso que los vampiros Cullen.
¿Qué ocultaba?
¿A qué le temía?
¿Por qué mantenerse distante de los demás?
Edward había sido torpe ocultando su secreto de ella y ella lo agradecía porque de no haber sido así, no sería feliz con el vampiro que amaba. Además… Bella sabía que ella era la compañera de Edward. No haber sabido el secreto de Edward, implicaba el no haber empezado la relación a la que estaban predestinados. Eso había significado un vampiro solitario e inestable por un lado y una humana insegura que no parecía encajar en ningún lado con nadie por el otro.
Se estremeció ante la idea.
Sacudió la cabeza y volvió a focalizar su mente en Harry.
Harry no le cerraba.
Era más misterioso que los Cullen y eso que se notaba desde lejos que era humano. No era tan pálido como los Cullen, ni caminaba con su gracia, tampoco tenía fiel tan fría, no era tan veloz ni tan fuerte. No podía negar el que fuese muy guapo, de piel pálida, maduro, elegante, hábil y rápido. Lo de hábil y rápido podía atribuirse a la actividad deportiva; elegante al que fuese de familia rica (se notaba que tenía mucho dinero y era inglés, así que bien podría tener sangre aristócrata en las venas); su piel pálida podría ser hereditaria y al hecho de que Londres (él venía de allí) y Forks sean sitios lluviosos; lo de guapo era común y también podría ser hereditario; lo de madurez también podía ser algo heredado.
Se le ocurrió otra característica que Harry compartía con Edward. Ambos parecían de la misma vieja escuela: recatados, algo aburridos (Edward más que Harry), con cierta afición los libros (Edward más que Harry), caballerosos, reservados, conservadores, aficionados tanto a las tradiciones como a las antigüedades (había muebles antiguos en su cuarto y la vajilla que utilizaba en ese momento era una pequeña parte de una antigüedad de porcelana), ambos tenían mejores modales que los demás chicos de Forks y La Push.
Harry y Edward se parecían… Y ella estaba segura de que podrían ser amigos.
Sonrió.
Si siguiente misión sería hacer que Harry y Edward se hicieran amigos.
- ¡Edward! –llamó Alice a su hermano, apenas levantando la voz.
El vampiro bajó desde su habitación con cara triste. Era un día con sol y eso significaba no poder ir con Bella a la escuela y estar con ella durante esas horas.
- ¿Qué? –preguntó desganado.
Alice sonrió divertida.
- Recibirás una llamada telefónica en unos cinco minutos –le avisó.
Edward frunció el ceño en su confusión.
- ¿Bella? –preguntó esperanzado.
- No. Harry –le respondió con voz misteriosa y una ceja arqueada.
Eso causó que varios vampiros se reunieran en la sala, donde Alice estaba sentada en el sofá con la cabeza de Jasper en su regazo.
- ¿Qué? ¿Él? –preguntó Emmett. Más confundido que Edward.
- ¿Por qué habría de llamar… sobre todo a Edward? –preguntó una molesta Rosalie.
- Eso no lo sé. Tomó la decisión hace unos segundos –respondió la vampireza vidente.
- Aguarda un segundo –empezó Jasper, incorporándose para ver a su pareja bien-. ¿Me estás diciendo que viste una decisión casi instantánea?
- Sí.
- Así que sí puedes ver decisiones instantáneas. Últimamente no podías –el vampiro se quedó pensativo en eso.
- Me pregunto para qué Harry querría llamar a Edward. Hoy avisó al hospital que no podría ir a causa de una descompostura –dijo Carlisle. Se veía dudoso.
- ¿Tú crees que esté tramando algo? –preguntó Edward con el ceño fruncido.
- De ser así, no creo que sea dañino. Hasta ahora, él no ha hecho nada malo… Se ha limitado a tener una vida tranquila y rutinaria, ¿no? –preguntó Esme.
- Sí, así es… Pero la pregunta es, ¿qué quiere hablar con Edward? –dijo Carlisle.
- Y si…
El sonido del teléfono interrumpió a Alice.
Edward lo atendió al segundo timbre.
- ¿Hola? –fingió indiferencia.
- ¿Edward? –preguntó la voz cautelosa y clara (Carlisle frunció el ceño confundido).
- Sí, soy Edward.
- Hola, soy Harry Potter –dijo el joven, más seguro.
- Dime, ¿para qué me buscabas?
- Te llamaba para avisarte que Bella está en mi casa. Está conmigo –sonaba tranquilo y amable.
Los vampiros prestaron mucha atención a eso. Es que ellos habían creído que Bella estaba con Jacob Black. Su futuro desaparecía cuando estaba con los lobos y el mejor amigo de la chica era uno de esos lobos. El que el futuro de la compañera de Edward desapareciera y luego se enteraran de que no estaba con los lobos inestables, casi parecía una mala señal.
Edward no lo dejó pasar con absoluta tranquilidad. Empezaba a alterarse para mal.
- ¿Cómo que mi novia está contigo… en tu casa? ¿Cómo acabó allí? –dijo con enojo.
- Mira, no debería decirte esto por teléfono, pero no puedo dejar a Bella sola y tampoco creo que no sería buena idea que te presenciaras en mi casa. Sinceramente, no creo que ella esté preparada para una escena –Harry ya no sonaba tranquilo, sino molesto y decidido.
Ese chico no está enfermo, pensó Carlisle. Fue una excusa, mintió… ¿por Bella?
- ¿De qué hablas? –preguntó Edward, ya muy ansioso y enojado.
- Bella anoche sufrió un intento de abuso –directo a la yugular.
Jasper puso su mano en el hombro de Edward y le transmitió oleadas de calma para ayudarle a mantener la compostura.
- ¿Qué? –gritó Edward, muy enojado y algo temeroso. Rosalie se envaró con cara aterradora-. ¿Quién fue?
- Mike Newton. Lo descubrí cuando regresaba a mi casa anoche.
Rosalie no pudo evitar esbozar una sonrisa de alivio y agradecimiento al saber que el joven Potter había salvado a Bella de un abuso sexual. Ese chico estaba, de ahora en adelante, en su lista de bien recibidos.
Edward estaba de acuerdo con ella.
El cobrizo respiró profundo para calmarse. Debía hacerlo. Por Bella.
- ¿Está Bella bien? –preguntó más calmado.
- Sí, Cullen. Desmayé al chico y me traje a Bella a casa. Ahora está desayunando.
Varios suspiros de alivio se soltaron en la sala de los Cullen.
- Ya llamé a Charlie, pero no le revelé la identidad de su atacante. No creí prudente que lo supiera. Confío en no haberme equivocado en decírtelo a ti. Espero no haberme equivocado en que sabrás actuar con prudencia y astucia. Ese chico merece un castigo, pero si pierdes los estribos será perjudicial tanto para ti como para tu novia.
Jasper se incorporó del todo y realmente interesado tanto como curioso por el control de ese humano misterioso sobre semejante situación. ¿Cómo podía actuar de forma tan acertada si se suponía que era un humano normal? Eso era más propio de alguien que se ha enfrentado a cosas de la misma magnitud o peor.
Edward no tuvo cabeza para prestarle atención a ese pensamiento.
Qué lástima.
Mientras todo esto pasaba, un elfo se encontraba en un sótano sumergido en libros, rollos de pergamino, aparatos, frasquitos y cajitas.
Se trataba de Kreacher.
Mientras su amo ayudaba a una muggle arriba, el elfo se pasaba horas encerrado en el sótano evaluando muestras, consultando en libros y pergaminos.
Por un lado, examinaba una muestra del veneno que le había extraído al ciervo hacía un tiempo. Por otro lado, examinaba unos pelos castaños que había encontrado entre las cosas de su amo.
Desde luego, el amo Harry no sabía nada.
El amo Harry ignoraba que su elfo analizaba veneno.
El amo Harry ignoraba que su elfo había revisado su ropa centímetro a centímetro mientras dormía, en busca de alguna que otra cosas sospechosa.
El amo Harry ignoraba que su elfo había encontrado pelo marrón en sus pertenencias.
El amo Harry ignoraba que la magia de su elfo se había agitado un poco al entrar en contacto con ese pelo.
El amo Harry ignoraba que dentro de poco su elfo le iba a pedir autorización para usar sus poderes élficos.
¿La razón?
La magia de Kreacher estaba ligada al amo Harry, respondía a él más a nadie… pero ahora algo parecía haber cambiado, aunque apenas. La magia de Kreacher había encontrado un mínimo reconocimiento en el pelo marrón… y el amo Harry tenía cabello negro.
Ese pelo marrón no podía ser de su amo, pero parecía tener alguna relación con él.
¿Por qué?
Mientras todo esto ocurría, una figura observaba la casa del joven Potter.
Sin dudas, se trataba de un hombre vestido con un conjunto de ropa deportiva verde. Su chaqueta no tenía el cierre subido del todo, por lo que se podía ver que llevaba una camiseta azul debajo. En los pies llevaba zapatillas sencillas de lona color negro con cordones blancas. La piel de sus manos era blanca, al igual que la de aquellas partes de su cuerpo que no estaban cubiertas. El escote en V de la camiseta azul no hacía más que resaltar su palidez.
Su pecho delataba la agitación que le provocaba el nerviosismo.
Estaba tan cerca, pero también tan lejos. Esos pocos metros que lo separaban de la casa, para él eran kilómetros.
Se moría de ganas de entrar, buscarle y darle ese abrazo de oso que no podía darle cuando era un bebé por su fragilidad… Y ahora que él podría resistirlo, él no podía dárselo. Se moría de impotencia por no poder darle lo que siempre había querido y podido darle. Las cosas cambiaron mucho, al igual que ellos. No había que ser un genio para darse cuenta. Su bebé era un hombre y él ya no era ese padre adinerado capaz de cumplirle todos sus caprichos, ese padre que siempre había deseado ser.
Habían sido una familia: él, su esposa y su pequeño. Ahora ya no había eso: él era viudo y el pequeño era un hombre. ¿Cómo iba a poder entrar sin más?
¿Su Harry lo aceptaría en su vida? ¿Podrían ser una familia ellos dos, como padre e hijo?
James Potter se encontraba mirando al cielo que volvía a nublarse y a desprender gotas gruesas de lluvia. Miraba al cielo para pedirle fuerzas para resistir y no derrumbarse de nuevo.
Su instinto de padre le decía que algo estaba por venir.
