Capítulo VIII

"Tregua"

Kagome tragó en seco, sin emitir ningún sonido, salvo en de su acelerada respiración y el agudo latir de su corazón, que golpeaba con fuerza en sus oídos.

A contraluz pudo ver claramente doradas pupilas, que la observaban con una odiosidad que le comprimía el alma.

Tu inexplicable sentido de la justicia, te ha traído directamente a mis manos— susurró Inuyasha con satisfacción, entrecerrando los ojos.

¿Cómo? —musitó, haciendo un esfuerzo por encubrir su trémula voz.

Luego de perseguirte este tiempo, ha resultado muy fácil deducir tus movimientos —respondió recordando lo que sucedió en la mañana.

Apenas había logrado conciliar el sueño. Durante toda la noche su mente fue alimentada por excitantes fantasías, donde la bella Kagome, era la protagonista.

El deseo insatisfecho le quemaba por dentro. Sin embargo, también guardaba una agonizante y dulce emoción de lo que vendría, una vez que hiciera suya a esa mujer.

Al amanecer, saltó de la cama, arreglándose, para luego marchar rumbo a la cita con la joven.

La esperó por un par de horas. Inquieto, molesto, asustado… No comprendía qué habría sucedido con ella.

Le preocupó el hecho de que quizás alguien lo vio salir de su cuarto en la noche, y lo peor, que la información llegara a oídos de su tío.

O quizás ella se habría arrepentido… No, eso era imposible. No después de la forma que respondió a sus besos. De cómo la sintió vibrar entre sus brazos.

Regresó al castillo Leeuford, en donde lo esperaba una desagradable noticia.

Había traído a algunos de sus hombres de mayor confianza, a los que había encomendado la tarea de entremezclarse entre los habitantes del condado, para surtirle de toda la información posible, tanto del gobernador y su hijo, o hasta del mismo Handorei.

Miroku, quien estaba al mando de los hombres, lo puso al tanto que uno de ellos, el cual estaba a cargo de la vigilancia de la aldea Litshire, llegó con la noticia, que durante la noche Kouga Breindbill había capturado a varios aldeanos, incluido el sacerdote que recibió el botín de las manos de Handorei.

Envió a Miroku a investigar lo que estaba ocurriendo, mientras él instruía a los demás para que, con suma precaución, examinaran el terreno circundante a la aldea y regresaran con los detalles.

Miroku volvió con noticias poco alentadoras. Eran cinco prisioneros, tres aldeanos mayores, el sacerdote y, para su mayor preocupación, el hermano menor de la dama de compañía de Kagome, quien fue la que relató a su amigo sobre los serios acontecimientos.

Supo que la joven había viajado a la aldea, en un intento de liberar al muchacho, pero el infeliz de Kouga además de no haber accedido, se atrevió a chantajearla con el compromiso. La furia hizo presa de él. Con qué ganas habría roto el cuello de ese maldito en ese instante.

Después de hacer un esfuerzo sobrehumano para calmarse. Analizó con mayor frialdad la situación.

No cabía duda que todo ese ardid era con el único fin de atrapar a Handorei. Kouga, y por supuesto él mismo, sabían que ese sujeto se arriesgaría en el afán por liberar a los prisioneros.

El análisis del terreno, que le entregaran sus hombres, le sirvió para conjeturar el plan seguramente utilizaría Handorei. Y había dado directo en el clavo.

No tienes idea de cuanto deseaba atraparte para acabar contigo —murmuró con la voz cargada de rencor. Pero contrario a sus palabras, y para incredulidad del enmascarado, bajó el arma, liberándolo del agarre— Sin embargo, tanto tú como yo, queremos rescatar a esos inocentes y darle una lección al maldito de Breindbill. Sólo por esta noche… haré una tregua contigo, pero después, morirás en mis manos —anunció. Enfundando la daga en su cinturón, junto a la vaina de sostenía su espada.

Kagome, sólo asintió. No se atrevía a pronunciar palabra alguna. Le aterraba que él reconociera su voz, a pesar de su esfuerzo por hacerla irreconocible, engrosándola.

Por primera vez analizó su apariencia. Se veía muy similar a ella, en aquel traje negro, aunque su porte y musculatura era bastante diferente a suyo. Era un hombre demasiado atractivo. Parecía expeler una irrefutable sensualidad en cada acción, por más mínima e irrelevante que fuera.

Se sacudió esos pensamientos, ese no era ni el lugar ni el momento.

Un repentino movimiento de Inuyasha la puso alerta. Al parecer vio algo a lo lejos, por lo que se ocultó tras el árbol, acercándose peligrosamente a ella.

Por un instante, dejó de respirar. Esperaba que él no consiguiera notar el alocado latir de su corazón.

Él se asomó con precaución. Al parecer el peligro había pasado. Lo vio inclinarse hacia ella. No lograba ver su rostro. Sólo escuchaba sus palabras, en un suave murmullo cerca de su oído. Le explicó el plan que debían seguir para facilitar la liberación de los rehenes. No puso objeciones, ya que era similar a la idea que ella había preconcebido.

Separaron sus caminos. Inuyasha se marchó primero, ya que debía rodear la aldea, para ingresar por el lado contrario.

La joven permaneció oculta, esperando un tiempo prudente para retomar el acercamiento por la calle lateral.

Recorrió la distancia con sigilo. La oscuridad, como siempre, era su fiel aliada.

Se detuvo a un par de metros, al toparse con el primer guardia, que custodiaba la entrada de la angosta avenida.

Le lanzó con certera puntería, un fino dardo, que se incrustó en el cuello del hombre. Éste sólo consiguió emitir un sordo gemido, antes de caer inconsciente.

Arrastró el cuerpo adormecido hacia el costado de una destartalada choza, en donde las sombras se harían cargo de ocultarlo a la vista de algún guardia que transitara cerca del lugar.

Continuó el recorrido. Se sobresaltó cuando colisionó de frente con dos guardias, que salían de un callejón, que de seguro era parte de su ronda.

Con una sorprendente rapidez, antes que lograran alertar al resto, lanzó un dardo a cada uno. Ambos hombres cayeron pesadamente al suelo.

Cada vez se acercaba más a la polvorienta calle principal. Calculó que hasta el lugar donde permanecía atado Kojaku y los demás, habría unos veinte o treinta metros.

Al otro costado de la calle, no vislumbró ningún guardia. Inuyasha debió encargarse de ellos.

Corrió velozmente hacia el lugar. Las antorchas apostadas a cada lado de la calle eran un gran problema. No pasaría mucho tiempo, antes que cualquiera se percatara de su presencia.

Se ocultó tras una fuente de piedra. Se asomó con cautela, tras la estructura de concreto. Logó distinguir a cuatro guardias, que permanecían custodiando a los prisioneros. Dos a cada lado. Había antorchas por todos lados. Todo el entorno estaba perfectamente iluminado, sería imposible acercarse más sin ser descubierta.

Miró hacia el frente. No logró percibir la figura de Inuyasha. Sin embargo, estaba segura que se encontraba ahí.

Tampoco él podría acercarse sin que los guardias lo notaran.

Muy bien… No gozaba de mayores opciones. Y sin dudas, confiaba en la capacidad de Inuyasha.

Recorrió la distancia a toda velocidad. Los dos guardias que estaban de su lado la vieron. Uno de ellos, logró dar un grito de alarma, antes que fuera silenciado por el dardo.

Los del otro lado corrieron hacia ella, pero Inuyasha apareció por detrás, los golpeó con tal fuerza y destreza que cayeron inertes a tierra.

¡Libéralos! —ordenó Inuyasha, poniéndose a la ofensiva, cuando varios hombres corrían hacia ellos. Él se encargaría de luchar, mientras Handorei soltaba a los rehenes.

Kagome notó que el joven cubrió la mitad de su rostro con un pañuelo negro. Sonrió aliviada. Al menos, se despreocuparía del temor que lograran averiguar su identidad.

Saltó sobre la tarima donde se encontraban los prisioneros, amordazados y arrodillados e inmovilizados por el cepo.

Desenfundó su espada. Golpeando con fuerza el seguro del armazón, rompiéndolo de inmediato.

Ayudó a salir al sacerdote, quien se encontraba más próximo a ella.

Gracias a Dios, usted ha venido a protegernos —oró el cura, poniéndose de pie con dificultad.

Le dio una fugaz mirada a Kojaku. Parecía estar a salvo. Sin embargo, se movía inquieto. Meneaba la cabeza con desesperación. Sus gritos eran ahogados por el grueso tejido que cubría su boca.

Asestó otro golpe al seguro, en donde se encontraban los demás aldeanos. El sacerdote se encargó de ayudarles. Mientras ella se disponía a liberar al muchacho.

El jovencito se levantó con dificultad. Quitándose la mordaza de su boca.

Handorei, ¡Es una trama!. ¡Tienes que huir de aquí! —gritó el joven, trastornado por el miedo. La empujaba con fuerza, para instarla a escapar. Pero quedó paralizado ante el pavor de escuchar una dantesca risa.

Ya es muy tarde muchacho —anunció Kouga. Apareciendo por detrás, con otro de sus hombres— Este es tu fin… Handorei —amenazó burlesco, con una sonrisa confiada.

Kouga, levantó su mano derecha. Pretendiendo dar algún tipo de orden. El enmascarado centró su atención en el hombre que lo acompañaba. No daba indicios de pretender lanzarse para atacarle.

Kojaku miraba desesperado en todas direcciones.

Handorei se puso en guardia. Aún sin tener claro de dónde vendría el ataque.

Lentamente la mano de Kouga fue descendiendo. Mientras ampliaba esa perversa sonrisa.

¡No! —gritó el muchacho. Escudándola con su cuerpo.

Vio en la dirección del muchacho. En un segundo, un estridente sonido se escuchó, por sobre el choque de espadas, proveniente de la lucha de Inuyasha. Junto con una fugaz luz, que destelló a un par de metros a su costado.

Antes que su cuerpo pudiera reaccionar, abrió los ojos horroriza, viendo como Kojaku se desplomaba frente a ella, con el pecho ensangrentado.

Kojaku —logró musitar, casi para si misma. El sacerdote se acercó a ellos, para auxiliar al muchacho.

Más allá vio el guardia que bajaba el fusil, con el cual disparó al muchacho. Intentaba volver al cargarlo. Se lanzó contra él antes que consiguiera su objetivo.

Fustigó el arma con su espada, provocando que el hombre la soltara. Ésta voló, cayendo un poco más lejos. Aprovechó la oportunidad golpeando al guardia en repetidas ocasiones. Sin llegar a herirlo con su espada.

Luchaba contra él, pero también contra sí misma. Su voluntad divagaba entre su convicción de no matar, y el deseo de acabar con la vida de aquel que lastimó a su querido amigo.

Dio una poderosa patada hacia el rostro del hombre, el cual cayó al suelo, sin moverse.

Se giró en dirección a Kouga. Lo miró llena de ira. Apretó la empuñadura de su espada, mientras su odio reaparecía con mayor fuerza.

"¡No te perdonaré!" gritaba su mente agitada y herida.

¡Qué esperan imbéciles! ¡Mátenlo! —ordenó el hombre retrocediendo para que sus hombres marcharan al frente. Anticipando el ataque del enmascarado.

Kagome se llevó una mano a la boca y emitió un potente silbido. Antes de abalanzarse contra los hombres que se armaron contra ella.

Por su parte, Inuyasha consiguió dejar fuera de combate a su último oponente. Y corrió para apoyar al enmascarado. Que luchaba contra dos guardias. Derrotó fácilmente a uno, y luego fue a verificar el estado de Kojaku.

Maldijo internamente. Mientras evaluaba la herida.

El único motivo por el que pactó esa ridícula tregua, con el sujeto al que odiaba, fue para rescatar a ese muchacho. Y no ver sufrir a Kagome.

Seguía con vida. Pero no estaba seguro si lograría resistir a esa herida. Volvió a maldecir.

Notó que el caballo de Handorei avanzaba hacia ellos. Mientras su amo pretendía atacar a Kouga.

No hay tiempo. Debes llevarte al muchacho —ordenó llegando cerca del enmascarado— Yo cubriré el escape. Tú únicamente sigue el plan.

Gracias —susurró. Él tenía razón. Debía sacar a Kojaku de ese lugar y llevarlo con la anciana Kaede. Sólo ella podría salvarlo.

No me lo agradezcas. Te recuerdo que en nuestro próximo encuentro te mataré —advirtió Inuyasha con aspereza.

Umaki se detuvo a su lado. El sacerdote le ayudó a subir al herido. Ella montó tras él y emprendió una frenética carrera hacia las afueras de la aldea.

Escuchaba los gritos coléricos de Kouga, ordenándoles al par de hombres que aún permanecían en pie, que persiguieran al bandido.

Oró internamente, por la seguridad de Inuyasha. Y para que escapara a salvo.

Se desvió del camino principal. Tras un montículo de enormes rocas, se encontró con un jinete montado en un alazán. Vestía de negro al igual que Handorei. Se bajó la pañoleta que ocultaba su rostro.

¿¡Qué ocurrió!? —exclamó Miroku preocupado, cuando notó que el muchacho se encontraba inconsciente y bañado en sangre.

Fue un disparo de fusil —respondió el enmascarado.

¡Por Dios!. Dejé a la señorita Sango en el castillo. Luego iré a ponerla al tanto —indicó.

Dígale que lo llevaré con Kaede —pidió Handorei.

Muy bien. Yo seguiré por el camino principal, y atraeré a los guardias que les estén persiguiendo. Usted continúe por el bosque, hasta el camino del río —señaló la desviación a su espalda.

Gracias —dijo asintiendo. Y emprendió la huída por el lugar señalado.

Recorrió el bosque a toda velocidad. Umaki bufaba con fuerza, producto del agotamiento. Pero ello no lo hacía disminuir su rapidez.

Kagome susurraba palabras de aliento, al joven que no había recobrado el conocimiento. Se detuvo un par de veces, tan sólo para verificar la tela que intentaba contener la hemorragia.

¡Kaede! ¡Kaede! —gritó al llegar fuera de la cabaña de la mujer, que salió tan presurosa como le permitían sus añosas y desgastadas extremidades.

¡Oh, Dio mío! —exclamó con horror.

¡Ayúdame! —pidió Kagome, desmontando, mientras la anciana, sostenía al muchacho.

Entre las dos consiguieron entrarlo a la choza. Dejándolo sobre el catre. Kagome se quitó la máscara que cubría su rostro, y luego cogió una la tela limpia, para reemplazar la que cubría la herida, la cual estaba empapada en sangre.

Kaede, fue en busca de sus rudimentarios equipos y medicinas.

Debes salvarlo —suplicó sollozante, cuando la mujer regresó con sus elementos.

¿Qué clase de herida es esta? —preguntó, observando dudosa la lesión.

Un fusil —respondió la joven, conteniendo la respiración, al ver que la anciana le dirigió una mirada acongojada.

Jamás he curado una herida así. No estoy segura de cómo puedo ayudarle —murmuró Kaede angustiada.

Los cascos de caballos llamaron su atención. Se miraron aterrorizadas.

Kagome volvió a cubrirse el rostro. Desenvainando su espada, caminó hasta la puerta.

"¿Habrán logrado seguirme hasta aquí?" se preguntaba angustiada.

La puerta se abrió de improviso. Y una alta figura ingresó en la choza. Handorei blandió su espada, la cual quedó a centímetros del cuello del intruso.

Ahogó una exclamación al encontrarse cara a cara con Sesshomaru, el hermano mayor de Inuyasha. ¿Pero qué hacía en este lugar?, pensaba.

Tras él Sango entró intempestivamente.

Sólo he venido a ayudar —indicó Sesshomaru sereno, observando fijamente al enmascarado.

Handorei. Él no ha venido a lastimarnos. El joven Miroku envió a alguien para informarnos lo que había ocurrido. Lord Sesshomaru, puede ayudar a Kojaku —aseguró Sango. Pero al ver hacia donde se encontraba su hermano, dio un grito horrorizado, corriendo hasta el catre donde yacía.

Así es. Soy médico —informó, pasando a su lado, caminando hacia el herido.

Kagome bajó su espada, regresándola a su vaina. Recordó vagamente que el Conde le mencionó en alguna ocasión que Sesshomaru estudiaba medicina. A ella le pareció un poco absurdo, dado que él, como primogénito, sería quien heredaría el título de Conde. Pero ahora daba gracias al cielo porque tuviera los conocimientos, y sobre todo dispuesto a utilizarlos en Kojaku.

Debía tranquilizarse. Quizás Sesshomaru ahora era el único que podría ayudarlo.

El hombre abrió el maletín que traía consigo. Dio una serie de órdenes a Kaede y se dispuso a atender al muchacho.

¡Oh, Dios mío!... Kojaku… ¡Resiste! —lloraba la joven junto a su hermano. Kagome se giró para verla, con el corazón encogido por el dolor— Mi amado hermano… ¿Cómo pudieron hacerte esto? —sollozaba.

Aquella pregunta hizo eco en la mente de Kagome. Retrocedió como si hubiera sido golpeada en el rostro. Salió de la cabaña sintiéndose asfixiada. Corrió en dirección al río, que se encontraba cerca de la cabaña.

Cayó arrodillada a escasa distancia del caudal, respirando agitadamente. Se quitó con brusquedad la capucha que ocultaba su rostro, seguido de los guantes. En ese instante se percató que la sangre los había traspasado llegando a manchar su piel.

Vio sus manos ensangrentadas. Y éstas comenzaron a temblar incontrolablemente.

Primero la sangre de su maestro… Ahora la de Kojaku…

Es mi culpa… Todo esto es mi culpa… ¡Mi maldita culpa! —sollozó golpeando frustrada, la tierra con ambos puños.

Avanzó hasta llegar al agua. Con la vista nublada por las lágrimas, lavó sus manos, frotándoselas con rabia. Consumida por el dolor y la culpabilidad.

Rato después se quedó inmóvil, arrodillada junto al río.

Inuyasha siempre estuvo en lo correcto. El único culpable de la muerte del Conde Taisho es Handorei… —murmuraba abstraída del mundo— Yo lo arrastré a esto… Nadie más que yo es la causante de su muerte. Siempre lo supe… siempre… siempre… Y es por eso que tenía tanto miedo de enfrentar a Inuyasha, para decirle la verdad… —se puso de pie lentamente. Con la determinación brillando es sus ojos chocolate— No permitiré que vuelva a ocurrir lo mismo.

En la mansión, las hermanas Hurley discutían fuera de la habitación de Kagome.

Kikyo, te repito que Kagome se encuentra indispuesta. Me parece que tu insistencia es absurda —indicó Rin, interponiéndose para que su hermana no entrara en el cuarto.

Nuestro padre desea hablar con ella. Déjame entrar Rin —ordenó Kikyo altanera— ¿O debo suponer que intentas ocultar algo? —preguntó entrecerrando los ojos de forma inquisidora.

No… no oculto… nada… —respondió temerosa, tragando en seco. Kagome había desaparecido desde la tarde del día anterior. A pesar que le había pedido que nadie entrara en su habitación y descubriera su ausencia, ya no encontraba excusas que inventar. Toda la noche la pasó en vela, atenta a la hora en que regresara, pero eso jamás ocurrió.— Además, ¿no crees que es demasiado temprano?. Kagome aún debe estar dormida.

¡No digas tonterías!. Kagome siempre se ha levantado antes que nosotras. Además es casi medio día. —refutó Kikyo, haciéndola a un lado con brusquedad, intentando alcanzar la manija de la puerta. Pero esta se abrió antes que lograra.

¿Se puede saber por qué discuten fuera de mi habitación? —preguntó Kagome enojada, vistiendo su camisola y bata.

¡Vaya!. Hasta que al fin te despiertas —murmuró Kikyo despectiva— Mi padre desea hablar contigo —informó molesta, luego se marchó.

Kagome, ¿cuándo llegaste? ¿Dime qué ocurrió? —preguntó Rin nerviosa.

Llegué hace un rato. Kojaku se encuentra bien. Finalmente no fue necesario intervenir. Me enteré que ese Handorei, le ayudó, y también a esas otras personas —explicó.

Gracias a Dios —oró Rin aliviada.

Sí… —murmuró Kagome melancólica.

El muchacho aún se debatía entre la vida y la muerte. Sesshomaru logró extraer esa diminuta bola metálica de su pecho. Por fortuna se encontraba mucho más cercana a su hombro que a su corazón. Aún así, había perdido mucha sangre y tenía una fiebre peligrosamente alta.

Sango se quedó en la cabaña para cuidar de él.

Se cambió de ropa y bajo al estudio para hablar con su tío.

Kagome. Dime dónde está Sango —ordenó su tío escuetamente. Sin siquiera saludarla.

La envié a un recado, temprano en la mañana —explicó con calma.

¿Qué recado? —preguntó suspicaz.

No me he sentido bien estos días. Así que la envié a comprar algunos medicamentos —contestó inmutable.

Anoche su hermano fue liberado por el bandido Handorei —declaró el hombre sin rodeos— Kouga supone que ella podría estar también involucrada.

¡Ella no tiene nada que ver con ese… bandido! —exclamó perdiendo un poco el control— Y te aseguro que Kojaku tampoco —agregó intentando calmarse.

¿No?. Entonces cómo explicas que ese sujeto ayudara al muchacho —inquirió su tío.

Supongo que él no fue al único que recibió ayuda. ¿O me equivoco?

No se equivoca, milady —aseguró una voz tras ella— Todos los prisioneros fueron liberados por Handorei —informó Kouga— Sin embargo, ese muchacho fue el que advirtió a ese bandolero de la trampa que teníamos planeada para capturarlo —agregó, acercándose a la joven— Es por ello que me veo en la necesidad de interrogar a la hermana.

Como ya expliqué a mi tío. Ella se encuentra realizando un mandado —indicó la joven— Y de todos modos, creo inútil preguntarle. Le aseguro milord, que ella no tiene conocimiento de esta situación.

Eso lo sabremos, después de interrogarla —advirtió Kouga.

Dejando ese tema de lado, por un momento. —interrumpió el hombre mayor— Creo que es una estupenda oportunidad de fijar la fecha para la fiesta de compromiso.

Excelente idea, mi estimado señor Hurley —accedió Kouga complacido, mirando a Kagome, quien permanecía estática observando el suelo— ¿Qué opina Lady Kagome? —preguntó sonriente. La joven levantó la vista con lentitud. Apretó los puños, inspirando el suficiente aire para no desfallecer.

Creo que lo mejor, es dejar la decisión a ustedes —declaró Kagome con sorprendente tranquilidad.

Querida, ¿eso quiere decir que cesarás esa irracional actitud de rebeldía? —inquirió Mioga, evidentemente complacido.

No se trataba de rebeldía, Tío. Es sólo que necesitaba tiempo. Pero me doy cuenta que ambos persistirán en su idea, lo que no me deja mayor opción —aclaró con un leve toque de desazón.

El único tiempo que ambos necesitamos, es sólo el preciso para estar juntos el resto de nuestras vidas. Mi bella Kagome —declaró Kouga tomándole una mano, para depositar un beso en ella. La joven le permitió la acción, reprimiendo el urgente deseo de vomitar.

Dejó que los hombres discutieran fechas y detalles de su vida. A ella no le interesaba participar. Luego de un rato, de no soportar más tiempo la presencia de Kouga, se excusó aduciendo que aún no se encontraba bien de salud.

Una hora más tarde, Sango ingresó por la puerta del servicio. Se veía demacrada y triste.

¡Sango!. ¿Pero muchacha dónde has estado? —exclamó la regordeta cocinera— El señor ha preguntado varias veces por ti. Ve a verlo de inmediato —ordenó, empujándola hacia la puerta. Pero en ese instante Mioga, seguido de Kouga ingresaron en el cuarto.

¡Hasta que apareces! —reprendió Mioga enojado— ¿Dónde has estado? —preguntó con voz dura.

Fui a comprar medicina para la señorita Kagome —explicó, enseñándoles un paquete donde traía el encargo, el cual Kouga le arrebató con brusquedad, para investigar el contenido.

¿Has visto a tu hermano? —inquirió Kouga

¿Mi hermano?. No, no lo he visto —negó la joven temerosa.

Me parece que sabes algo… —aseveró el joven entrecerrando los ojos.

Muy poco… cuando volvía de comprar la medicina, alguien me contó que anoche mi hermano fue rescatado…

¿¡Rescatado!? —exclamó Kouga sardónico— Te equivocas. Tu hermano es un cómplice de Handorei, y por supuesto éste le ayudó a escapar. Y ahora tú me dirás dónde se ocultan —exigió amenazador.

Yo… yo no lo sé —contestó la joven inquieta.

Estoy seguro de que sí lo sabes —contradijo el hombre.

Le juro que no lo sé —mintió agachando la cabeza— Y si lo supiera iría a verlo de inmediato… me… me dijeron que… estaba herido… —agregó sollozando.

¡Ya basta! —interrumpió Kagome entrando furiosa en la cocina— Milord, le exijo que deje de hostigar a Sango. Ella me ha acompañado desde hace muchos años. La conozco muy bien y sé que ella dice la verdad. ¿No piensa en lo preocupada que está por su hermano?. También yo lo estoy, le recuerdo que fui en persona a intentar abogar por él. ¿O acaso a su juicio eso me hace también una sospechosa? —preguntó desafiante.

Milady por supuesto que no —se apresuró en asegurar Kouga.

No lo parece —refutó mirándolo indignada. Luego se llevó una mano a la cabeza, mientras perdía el equilibrio.

¡Lady Kagome! —exclamó Kouga sosteniéndola.

¡Kagome! ¿Qué te ocurre? —preguntó su tío, ayudándole al joven a sostenerla.

Les he dicho que no me siento bien. Tengo una fuerte jaqueca. Sango ¿Has traído la medicina que encargue? —preguntó con debilidad.

Sí señorita —contestó la joven indicándole el paquete que estaba casi desecho sobre la mesa.

Es mejor que vuelva a mi habitación. Lamento no acompañarlos a comer. Por favor ayúdame a llegar hasta allá —le solicitó a Sango, se apoyó en la joven— Kouga le pido que desista de este absurdo interrogatorio. Y dedique su valioso tiempo a capturar a los verdaderos malhechores —pidió Kagome intentando disimular el doble sentido. Apoyó débilmente su mano en el brazo del joven.

Por supuesto. Por favor perdone el haberla incomodado —suplicó el joven, acongojado— Deseo que se recupere prontamente.

Muchas gracias —asintió la joven regalándole una tenue sonrisa, antes de salir de la cocina ayudada por Sango.

De vuelta, en la seguridad que brindaba su habitación, Kagome dio por finalizada su actuación.

Después de todo, debemos estar agradecidas de que sea un completo imbécil —comentó Kagome, sentándose— ¿Te encuentras bien, Sango? —preguntó inquieta.

Sí. Aunque jamás había cabalgado con tal velocidad —murmuró aún temblorosa. Recordando como Kagome había llegado apremiada a la cabaña para llevarla de regreso. — ¿Qué haremos ahora? —preguntó preocupada, luego de un largo silencio. Sentándose frente a Kagome.

Perdóname Sango —suplicó la joven con voz trémula. Arrodillándose frente a su amiga. Apoyando la cabeza sobre sus rodillas. — Por mi culpa Kojaku…

No tienes que disculparte —aseguró, acariciando con gentileza el cabello azabache. — Tu única intensión era librar a mi hermano de la crueldad de Kouga. Sólo que ese hombre ha resultado peor de lo que esperábamos.

Jamás debí inmiscuirlos es todo esto —replicó poniéndose de pie con frustración— Comenzando por mi maestro. Inuyasha tiene razón y siempre la tuvo, el culpable de la muerte de su padre no es otro más que Handorei. No es otra más que… Kagome Higurashi…

No, no pienses de esa forma —suplicó Sango caminando hacia su amiga, quien rehuyó la intensión de abrazarla.

¡Esa es la única verdad! —exclamó girándose hacia Sango— Ya no permitiré que hayan más víctimas… Esta es mi lucha, es la búsqueda de venganza. ¡Sólo mía!.

Sabes que eso no es cierto, Kojaku y yo siempre…

¡Suficiente! —interrumpió alzando la voz— Ya fue suficiente. De ahora en más tú y Kojaku estarán fuera de todo esto. Acabo de consentir el compromiso con Kouga —anunció ante la incrédula mirada de su amiga— Esa será la forma más segura y rápida de averiguar lo que quiero. Muy pronto tendré libre acceso a la mansión de los Breindbill.

Pero Kagome, no puedes hacerlo… ¿Qué pasará con Lord Taisho…

Inuyasha Taisho no forma parte de esto… —volvió a interrumpir— Él simplemente se alejará en cuanto se entere… que soy la prometida de Kouga Breindbill. —agregó con una mirada inexorable y llena de frialdad.