Capítulo IX
"Revelación"
Creo que cometes un terrible error Kagome —musitó Sango observando con preocupación la temible actitud de su amiga.
Agradezco tu preocupación Sango, pero sobre este tema, te ruego no interfieras. —pidió con dureza— Ahora lo que debemos resolver es acerca de la seguridad de Kojaku. Él no puede regresar a la mansión, Kouga lo detendrá en cuanto averigüe su paradero y te aseguro que hará todo por sacarle información —aseguró sentándose preocupada en la silla de su tocador.
Pero, ¿dónde podrá ocultarse? —inquirió Sango angustiada.
Aún no estoy segura. Debo sacarlo de la ciudad. No puedo permitir que Kouga vuelva a utilizarlo y mucho menos lastimarlo —manifestó pensativa— Quizás sea buena idea que se marche un tiempo con Totosai. Al menos hasta que consiga que el Gobernador y su hijo paguen por sus crímenes.
Supongo que tienes razón. Le llevará tiempo recuperarse de su herida y es mejor que permanezca lejos y a salvo —consintió Sango llena de tristeza, sin notar la mirada de culpabilidad de Kagome.
Es mejor que no vayas a la casa de Kaede, al menos por algunos días —solicitó la joven.
Pero…
Es lo más seguro para Kojaku —explicó caminando hacia la ventana del balcón— Estoy segura que Kouga dejará a algún hombre de confianza vigilando cada movimiento en la mansión. Estoy segura que no ha descartado sus sospechas sobre ti. Si alguien llega a seguirte pondrías en peligro tanto a tu hermano como a Kaede.
No se me habría ocurrido.
Kouga es un estúpido, pero es lo suficientemente cauto o desconfiado como para hacer algo así. —manifestó con desagrado— De todos modos investigaré durante la noche si estoy en lo correcto. Sólo después de que me cerciore podrás ir a visitarlo. —advirtió, sabiendo cuan duro sería para su amiga la espera.
Está bien. Haré lo que digas. —accedió Sango aún más triste.
Durante la tarde se escabulló recorriendo las diversas habitaciones del segundo piso, observando furtivamente desde las ventanas, con el fin de lograr divisar algún guardia de Kouga. Rodeó toda la mansión, pero aparentemente no había nadie vigilando. Sin embargo, estaba convencida que Kouga no había creído una sola de sus palabras, y seguramente enviaría a alguien a vigilar los movimientos de Sango, o de cualquiera en la mansión.
Comenzaba a oscurecer, no tenía más opción que cambiar su vestimenta y salir a recorrer los alrededores durante la noche. Además, necesitaba ir a ver cómo se encontraba Kojaku. Debía mantener informada a su amiga, ya que le había pedido no visitar a su hermano.
Recorrió los alrededores con sigilo, favorecida por la oscura noche de luna nueva. Era extraño escudriñar en su propia casa. Aún así necesario. Jamás Kouga había estado tan cerca de descubrir el paradero de Handorei. Y eso era algo que no podía permitir, no antes de acabar con ellos.
Se detuvo en seco. No muy lejos una sombra se ocultaba tras unos matorrales que se encontraban cerca de las caballerizas. Sin hacer el menor ruido, volvió sobre sus pasos, alejándose del lugar.
Su sospecha era acertada. Ahora con mayor razón debían ser cautelosas. Al menor descuido, descubrirían el paradero del joven y todos estarían perdidos.
Debía sacarlo cuanto antes de la cabaña de la anciana Kaede, o ella también se vería implicada. Corrió hacia la llanura donde pastaba Umaki. El alazán percibió su cercanía, porque corría a su encuentro. Lo montó de un salto y cabalgó hacia la casa de la mujer. Recorrió la distancia zigzagueando, deteniéndose en varias ocasiones, para asegurarse que nadie la seguía. Cuando todo parecía seguro, apuró el paso hacia el lugar. Detuvo a Umaki a una distancia prudente.
No parecía haber nada anormal cerca de la cabaña de la anciana. Desmontó recorriendo la distancia a pie.
Kaede —llamó al tiempo que entraba en la casucha. Ahogó un gemido al ver que la anciana no se encontraba sola. Una hermética mirada dorada se posó sobre ella. Su corazón dio un vuelco, pero rápidamente tomó el control de sí misma. Se trataba de Sesshomaru, quien aún se encontraba cuidando del muchacho. El hombre sólo entornó los ojos observando al enmascarado con fijeza. —¿Cómo se encuentra? —preguntó a Kaede quien caminaba hacia ella.
El está mucho mejor —respondió la mujer, sin embargo su mirada y actitud no eran para nada tranquilizadoras. —No es prudente que venga aquí. Debe marcharse de inmediato —advirtió casi arrastrando al enmascarado hacia la salida.
¿Qué suce…
La pregunta murió en sus labios, al percatarse que alguien se encontraba fuera de la cabaña, obstruyendo la salida. En silencio, el hombre desenfundó su espada, la cual brilló tenuemente, debido al pálido hilo de luz que otorgaba incipiente luna.
Ha llegado el momento de saldar la deuda con tu vida —anunció Inuyasha con voz gutural, cargada de odio.
¡Por Dios Inuyasha!. Te suplico que te detengas. ¡Estás cometiendo un terrible error! —suplicó Kaede, acercándose al joven e interponiéndose entre él y Handorei.
No se meta en esto anciana Kaede —advirtió el hombre con actitud peligrosa. Intentando quitarla de en medio.
¡No! ¡No te lo permitiré! —exclamó la anciana luchando torpemente contra el fuerte joven. —¡Huye Handorei! ¡Márchate ahora! —pidió la anciana sujetándose fuertemente de los brazos de Inuyasha.
Handorei permaneció inmóvil por unos instantes, debido al impacto. Los gritos de la anciana la regresaron a la realidad. No deseaba luchar aún con Inuyasha, más bien jamás, pero mucho menos en aquel lugar. Aprovechó los segundos que le otorgó Kaede y corrió hacia donde estaba Umaki. De un salto lo montó, emprendiendo una loca huída hacia el bosque.
Inuyasha forcejeó unos segundos más con la mujer hasta que logró liberarse de su agarre.
Nada impedirá que esta vez mate a ese infeliz —advirtió Inuyasha antes de correr a su propio caballo, saliendo tras el enmascarado.
Cabalgaba a toda velocidad que le permitía el espeso bosque. Casi no tenía visibilidad, por lo que prácticamente confiaba en el juicio de su caballo para continuar su huída.
Corre más rápido Umaki. Él no debe alcanzarnos —suplicaba inclinando su cuerpo hacia la cabeza del animal.
El sinuoso camino poco a poco comenzó a ir en ascenso. Umaki parecía cada vez más agotado, resoplaba continuamente y su hocico blanqueaba de espuma. Comprendió que no podía continuar.
Detuvo al caballo y desmontó rápidamente.
Aquí nos separamos. Tú debes ir por allá —ordenó, dándole una palpada en el anca, instándolo a correr por un camino lateral.
Ella continuó subiendo la colina. Tropezó un par de veces con las gruesas raíces de los árboles. Pero no disminuyó su carrera. A medida que subía el bosque iba desapareciendo. Al menos eso ayudaba a ver mejor el camino, aunque no tenía muy claro en dónde se encontraba.
Maldición —exclamó en voz baja, al notar que ya no había camino que seguir.
Frente a ella había un risco. La altura era considerable como para optar por lanzarse al río. Más allá había una pared de rocas. Escalarlas podría ser muy peligroso, aún más de noche.
Era improbable que Inuyasha consiguiera seguirla hasta allí. Quizás lo más razonable era esperar a que amaneciera, aunque faltaban muchas horas para que sucediera. Luego descendería hacia el bosque utilizando un recorrido distinto. Además Inuyasha probablemente seguía el rastro de Umaki. Era imposible que siguiera las huellas de ella, no tenía cómo distinguirlas en la oscuridad del bosque.
Intentó tranquilizarse, respiró hondo dispuesta a tomar asiento en una roca junto al risco.
Dudo que tengas tiempo para descansar —advirtió una voz que emergía del bosque.
Se giró presurosamente viéndolo horrorizada. No comprendía cómo había logrado seguirla hasta allí.
¿Sorprendido? —inquirió en tono burlón, pero sin ningún atisbo de buen humor— Tu caballo es el señuelo, mientras tú te ocultas o huyes por otro camino. Te advertí que para mí eras muy fácil de predecir. —concluyó con voz cargada de furia mientras desenfundaba su espada— Aquí nadie podrá interferir. Sólo somos tú y yo. Y muy pronto sólo seré yo.
En morir aquí advirtió Handorei eliminación do espada.
Inuyasha corrió hacia el enmascarado, propinándole un poderoso golpe con su espada. El agudo sonido del choque de espadas retumbó con violencia, provocando que varios pájaros huyeran de las cercanías. Handorei retrocedió un par de pasos producto del fuerte impacto, quedando a escasos metros de la orilla del acantilado. Tragó en seco, comprendiendo que esta vez no podría evitar el enfrentamiento con Inuyasha. No podía seguir escapando, debía decirle la verdad, o uno de los dos saldría herido.
Sin embargo, antes de intentar siguiera emitir una sílaba, el joven arremetió nuevamente contra el enmascarado. Volviendo a propinarle una serie de fuertes golpes. Estaba agotada, esa pelea no duraría mucho tiempo antes que Inuyasha acabara con ella. Gimió de dolor cuando el hombre hirió su brazo izquierdo con el letal filo de su espada, desgarrando la tela que cubría la delgada extremidad. Por fortuna sólo fue un simple roce.
Yo no lo hice —logró articular entre cada estocada que recibía y propinaba.
¿Intentas salvarte porque sabes que estás a punto de morir? —inquirió el joven con rabia. Persiguiendo tras el enmascarado que lo esquivó y corrió hacia la pared de roca.
Handorei se dirigió hacia una roca, saltó hacia ella impulsándose para luego girarse en el aire, elevando su espada, devolviendo un poderoso golpe a Inuyasha, quien recibió con dificultad la potente estocada tambaleándose levemente, pero luego tropezó con una roca con lo que el enmascarado aprovechó su pérdida de equilibrio para volver a golpearlo con la espada, seguida de una fuerte patada que dio justo en su pecho, haciéndolo caer.
Yo jamás habría lastimado a… mi maestro —expresó Handorei apuntando con el filo de su espada a la garganta de Inuyasha.
¿Tu… maestro? —logró articular el joven conmocionado— ¿De qué demonios hablas maldito?. ¡Te encontré justo ahí, junto a su cadáver! —exclamó furioso.
Débiles rastros de la luz de luna iluminaban la cima del risco, Kagome notó el odio que destilaban los hermosos ojos ambarinos, lo que la hizo sentir una punzada de dolor y angustia.
Es verdad, pero no fui yo quien acabó con su vida —declaró Handorei— Y sin embargo, fue mi culpa no haber llegado a tiempo para salvarlo.
¿Qui…quién eres? —preguntó Inuyasha casi para sí mismo, entornando los ojos viendo al enmascarado con fijeza.
Handorei llevo la otra mano hacia la máscara que ocultaba su rostro, esta tembló levemente ante la duda, aún así con lentitud, comenzó a quitársela. Viendo la desorbitada mirada que le dirigía Inuyasha.
Ka ... Ka ... balbucear GOME-Logro incrédulo.
Yo soy Handorei-Afirmo estafa rigidez.
No es posible —murmuró negando con la cabeza— No, tú no puedes ser… Kagome… Tú… cómo… por qué… —mascullaba lleno de confusión.
Inuyasha —susurró bajando al fin su espada, para luego enfundarla en su espalda.
Yo… yo…—continuaba murmurando el joven sin lograr recuperarse del impacto. Miró la mano que sostenía su espada, soltándola como si ésta le quemara la piel—…estuve a punto… —se detuvo levantando la mirada hacia el lugar donde la hirió la primera vez que se vieron, luego se dirigió hacia el corte en su brazo— ¿Cómo pudiste permitir que llegara a esto? —inquirió con una mezcla de rabia y pesar— ¿Porqué no me lo dijiste antes? ¡¿Por qué?!.
Kagome sintió que se le encogía el corazón, iba a intentar explicarle, pero un sonido a lo lejos captó su atención. Un aullido.
Lobos —dijo Inuyasha poniéndose de pie. Pero su afirmación quedó descartada al instante, cuando volvió a escucharse un aullido, seguido de ladridos, que parecían estarse acercando hacia ellos— Son sabuesos… —rectificó mirándola preocupado.
Deben estar persiguiendo tu rastro —aseguró Kagome mirando a su alrededor, intentando idear una forma de escapar. La muralla de roca, el acantilado o el bosque, recordó que no había salida posible, más que enfrentar a los soldados que venían de la espesa arboleda, y que seguro venían guiados por los sabuesos.
No puede ser. Nadie venia tras de mí —aseguró imitando a Kagome, observando el entorno.
Estoy acostumbrada a ocultar mi rastro y aroma. Dudo que hayas tenido tiempo para siquiera preocuparte por algo así —contradijo la joven— Sin embargo, no es a ti a quien persiguen —aseguró caminando hacia la orilla de abismo, calculando mentalmente la altura— Debemos saltar.
¡¿Estás loca?! —exclamo el joven abriendo desmesuradamente los ojos— Estás herida, y no se puede distinguir nada ahí abajo. —aseguró asomándose junto a ella— ¿Quieres romperte la cabeza contra una roca?. Es mejor que los enfrentemos, entre los dos los derrotaremos fácilmente.
No estamos seguros de cuántos guardias son, además traen perros consigo. Estoy agotada, y no resistiría luchar ni contra un hombre— aseguró con preocupación.
Inuyasha soltó una maldición por lo bajo. Comprendiendo que ella tenía razón. El muro de piedra sería imposible escalarlo antes que fueran descubiertos, a pesar que aún era de noche, y Kagome no lo conseguiría producto de la herida en su brazo. El ladrido de los sabuesos se escuchaba cada vez más cerca, contaban con unos pocos minutos.
No hay tiempo Inuyasha —dijo la joven antes de tomar distancia y correr hacia el acantilado, lanzándose al caudal del río.
Inuyasha corrió velozmente y recogió su espada, e imitando la acción de la joven se lanzó al río.
Por fortuna el denso caudal amortiguó la estrepitosa caída, pero la corriente era muy fuerte. Le costaba un enorme esfuerzo intentar nadar hacia la orilla, y mantener la cabeza fuera del agua. Además buscaba la figura de Kagome, no conseguía distinguir si ya había nadado hacia la orilla.
Fue arrastrado un largo tramo, cuando a un par de metros vio una oscura silueta que se sujetaba con evidente dificultad a una roca. Hizo acopio de toda su energía para nadar hacia ella, sujetándola con fuerza, justo en el instante en que se resbalaba.
Yo ... yasha llegué agotada.
Tranquila. Sostente de mi cuello —ordenó sujetándola fuertemente de la cintura, e intentando alcanzar otra roca para impulsarse y nadar hacia la orilla.
Luego de un gran esfuerzo, consiguió salir de la corriente, llegando hasta la orilla del río. Cayó de espaldas sobre la húmeda hierba, con Kagome sobre él, quien aún se abrazaba con fuerza a su cuello.
¿Estás bien? —preguntó jadeante. Al no recibir respuesta su corazón se paralizó. Se incorporó para sentarse. La alejó un poco para comprobar que estuviera bien. No percibía alguna herida o golpe en su cabeza, al parecer sólo estaba desmayada a causa del agotamiento. Soltó con alivio, el aire que mantenía retenido— Si fuera un maldito gato, habrías acabado con cinco de mis vidas, sólo en una noche —regañó a la desmayada joven.
Abrió lentamente los ojos, un lejano sonido la obligaba a regresar al mundo real. Intentó incorporarse pero un ardor en su brazo la detuvo. Notó el improvisado vendaje, hecho con un pañuelo de seda.
Estaba acostada en un viejo catre. Dio una mirada a su alrededor, la tenue luminosidad no le permitían distinguir mayor detalle, pero logró notar que parecía ser una vieja y desaseada cabaña, más bien abandonada. Una mesa polvorienta junto a tres sillas, un mueble cercano a la puerta, y la cama parecían ser todo el mobiliario existente.
Vio que Inuyasha quebraba algunas ramas secas para avivar el fuego que ardía en una diminuta salamandra de piedra.
Vestía sólo una delgada camisa de seda blanca, la cual se adhería a la fuerte musculatura de su espalda, debido a la humedad. Pensamientos impropios para una dama inundaron su mente. El rosto le ardía producto del intenso sonrojo de sus mejillas. Se regañó así misma. En ese momento el hombre se giró y caminó hacia ella.
Estas despierta —afirmó inclinándose hacia la cama— ¿Cómo te sientes? —inquirió preocupado, revisando el brazo vendado.
Estoy bien —respondió un poco turbada— ¿Dónde estamos?.
No estoy seguro, pareciera ser una cabaña utilizada por cazadores. Parece abandonada desde hace bastante tiempo. Fue muy afortunado encontrarla. No está muy lejos del río —informó— No te muevas, es mejor que descanses un poco más— indicó tomándola por los hombros, cuando Kagome intentó incorporarse.
Ya me siento mejor —aseguró la joven apartándolo con algo de torpeza para levantarse del catre. Se agarró el brazo herido al sentir una leve punzada. No estaba tan mal como pensaba. Caminó hacia ventana que estaba cubierta por un saco roído y sucio. Aún reinaba la oscuridad, pero estaba segura que amanecería pronto. Maldijo internamente, debía volver a la mansión antes que saliera el sol. Sería muy peligroso deambular así vestida, sin la oscuridad como aliada. Además, si se percataban de su ausencia, todo se trasformaría en un caos— Debemos regresar cuanto antes —dijo girándose al escucharlo emitir una amarga carcajada, lo observó interrogante.
A quien intento proteger. Al intrépido Handorei, libertador de esclavos. —murmuró irónico viéndola lleno de amargura— ¿Tienes una vaga idea de cuán ridículo me siento? —preguntó herido— ¿Por qué diablos no me lo dijiste?. ¿Por cuánto tiempo más pensabas burlarte de mí? —la cuestionó cada vez más molesto.
¿Eso es lo que crees? ¿Qué sólo jugaba contigo? —preguntó a su vez enojada— Te equivocas, tengo mayores preocupaciones que ir por ahí burlándome del mundo.
Entonces porqué esperaste todo este tiempo para decírmelo —inquirió acercándose a ella— ¿Te das cuenta que estuve a punto de matarte?. ¡Y no sólo una, sino en dos ocasiones!.
Lo siento, no encontré el momento adecuado para confesarte quien soy— se disculpo bajando la mirada. No tenía el valor de enfrentar la furia y el dolor que se reflejaba en su mirada.
¡¿No encontraste el momento adecuado?!. ¡¿Acaso lo que ha pasado entre nosotros no significa nada para ti?! —bufó tomándola por los hombros, obligándola a verlo a la cara.
¡La primera vez que nos vimos por poco me matas!. Y cada vez que me cruzaba frete a ti sólo querías acabar conmigo. No estaba segura que permitieras seguir con vida, ya sea como Handorei o como Kagome Higurashi. ¿Dime en qué momento pudimos aclarar las cosas? —cuestionó liberándose de su agarre, caminó poniendo cierta distancia entre los dos— ¿Hubieras aceptado ir a tomar el té con Handorei para charlar? —preguntó irónica.
No inventes excusas. Si realmente hubieras querido decirme la verdad, lo habrías hecho— respondió con seriedad— Y lo que quiero saber es por qué no lo hiciste. A menos que sí seas culpable— agregó recibiendo una furiosa mirada por parte de la joven.
¿Aún crees que yo maté al Conde Taisho? —preguntó colérica y profundamente herida por su desconfianza.
Primero cuéntame qué ocurrió, luego te diré lo que creo —respondió enigmático, sentándose en una polvorienta silla, esperando a que la joven hablara.
La chica tomó asiento en una silla cercana. Respiró hondamente, antes de iniciar su relato. Le contó las circunstancias en las que conoció al Conde. El arduo entrenamiento al cual se sometió. La forma en que llegó a convertirse en el libertador de esclavos, al cual los mismos esclavos apodaron Handorei. El desinteresado y férreo apoyo que el Conde le brindó a su causa. Y como la corrupción del Gobernador y su hijo, la llevaron a continuar ayudando a los más débiles. Lo cual había traído como consecuencia una trampa contra el Conde, en la cual perdió la vida.
Intenté llegar a tiempo, pero fue demasiado tarde. Él estaba muerto. —finalizó ahogando un leve sollozo— Me encontraba investigando la habitación, cuando apareciste y me atacaste. El resto… ya lo sabes.
Entonces, Kouga Breindbill y su padre, son los culpables de la muerte de mi padre. — murmuró conteniendo la ira— ¡Malditos infelices! —rugió levantándose de la silla y caminando por el pequeño cuarto, peinándose el cabello con la mano. — De haberlo sabido, habría acabado con ellos hace mucho. Hasta ahora sólo he perdido mi tiempo y dejado de lado mis propios planes, en lugar de concentrarme en destruir a los verdaderos culpables.
No interfieras en esto Inuyasha —advirtió la joven levantándose de la silla caminando hacia él.
¿Qué dices? —preguntó deteniéndose para observarla incrédulo.
Los Breindbill, son quizás la única pista que puede llevarme hasta el asesino de mis padres. Estoy muy cerca de acceder a la información que poseen, por lo que no necesito que tú lo eches todo a perder —indicó entornando los ojos peligrosamente.
¿Crees que le permitirá seguir arriesgando así?. Pregunte al acercándose-ella en los avances.
Tú no eres nadie para permitirlo, ni mucho menos prohibirlo —refutó enojada.
¡Maldita sea, Kagome! —furioso volvió a tomarla de los hombros sacudiéndola ligeramente— Mi padre, aún con su grandiosa habilidad, perdió la vida en ello. Esto es muy peligroso. No dejaré que alguien te lastime. Yo voy a protegerte.
No necesito que lo hagas —negó intentando soltarse, pero esta vez él no se lo permitió— Déjame ir —ordenó.
No —contestó lacónico.
¡Suéltame! —repitió mirándolo furiosa.
Cuando pienso que estuve a punto de perderte… Que pudiste morir por mi propia mano… Irónicamente me dan ganas de matarte por ocultarlo… —murmuró con voz grave, y aún enojado. La miró por largos segundos, mientras su expresión se suavizaba. — No soportaría que alguien te hiciera daño Kagome. Siento que enloquecería… —susurró desesperado. Inclinó la cabeza lentamente, hasta llegar a sus labios.
La negación de Kagome fue acallada en el instante que los labios del joven presionaron los suyos. Su cuerpo entero quería dejarse llevar por los sentimientos que despertaba Inuyasha en ella, pero su mente en un pequeño atisbo de lucidez logró impedir que cayera en el letargo del deseo. Puso ambas manos sobre el pecho masculino en un intento de alejarlo, giró la cabeza para huir de sus besos.
Déjame ir —volvió a exigir, retrocediendo, pero él se resistía a soltarla— Inuyasha por favor… —suplicó y guardó silencio al chocar contra la pared. Ahora estaba atrapada.
No lo hare —respondió el joven con determinación. Sus manos soltaron los hombros femeninos, para enmarcar el delicado rostro— Nunca —susurró antes de volver a besarla.
Queridas amigas, le dejo un nuevo capítulo, y les adelanto que el próximo se viene muuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuy romántico jejejeje.
saludos y gracias por sus lindos comentarios...
