Capítulo X
"Amor y traición"
Kagome intentó alejarlo nuevamente, pero supo que sería imposible, su propio cuerpo se negaba a responder, cautivada por aquella mirada anhelante. Los ojos dorados brillaban con intensidad, y en lo profundo casi podía ver el crepitar de las llamas del deseo. Por qué seguir luchando… por qué no aceptar de una vez que ella también lo deseaba, deseaba sentir sus besos, sus caricias, sentirse amada por él… por completo y sin reservas. Sólo por un instante… actuar con absoluto egoísmo y albergar este dulce y maravilloso recuerdo del único hombre que amaría, un recuerdo que debía acompañarla y entregarle la fortaleza para el resto de su vida, ya no importaba cuan corta podría ser ésta.
Es por eso que el ahora debía cobrar su real importancia. El ahora… junto al hombre que se había adueñado de su indomable y temerario corazón.
Inuyasha aprovechó su débil resistencia, mientras la tenía inmovilizada con ayuda de la pared y su cuerpo. Casi podía sentir el calor de la chica entre la húmeda tela de sus ropas. Las pequeñas manos que aún seguían en su pecho, parecían carecer de fuerzas para alejarlo. Acarició su pálido rostro con los pulgares, mirándola con adoración. Volvió a reclamar esos dulces y temblorosos labios, al principio con suavidad y ternura. El corazón le saltó de júbilo cuando escuchó un leve jadeo emerger de los labios femeninos, para luego sentir las manos de Kagome subir con lentitud hasta enredarse tras su cuello, entregada a él sin reservas. Ahondó el beso, estaba hambriento de ella.
Una de sus manos descendió acariciando el contorno del cuerpo femenino. Volvió a escuchar un sensual gemido de los labios de Kagome, que lo encendió por dentro. Friccionó su duro cuerpo contra el de la joven, cada vez era más palpable la necesidad que tenía de poseerla. Su mano llegó hasta la cadera femenina, no pudo evitar el impulso de tomarla y acercarla hacia la suya, rozarse contra ella. Ya no le importaba mandar al demonio los absurdos convencionalismos, después de todo estaba demostrado que ella era una mujer alejada de los cánones de una sociedad hipócrita. Era maravillosamente única… y a pesar de la furia inicial, su valentía y espíritu hicieron que volviera a enamorarse de ella. La cordura lo había abandonado y sólo podía pensar en que tenía que hacerle el amor en ese mismo instante.
Kagome abrió los ojos con sorpresa al sentir la rudeza con la que Inuyasha la estrujaba contra su cuerpo. Notó que algo le presionaba la parte baja del estómago. El intenso rubor cubrió sus mejillas y su cuerpo se tensó por un momento. Sintió vergüenza, pero a la vez una increíble oleada de deseo, y una imperiosa necesidad de pertenecerle por completo.
Repentinamente él puso fin al beso, alejándose unos centímetros de ella, aunque sin soltarla. Kagome abrió los ojos sintiéndose extrañada por el súbito abandono. Lo observó interrogante, ya que por la falta de aliento no lograba articular una palabra.
Lo lamento mi amor —murmuró el hombre con voz ronca— Te deseo tanto, que apenas consigo dominarme —se excusó.
Le acarició tiernamente la sonrojada mejilla, para luego dejar caer la mano, sintiendo una enorme frustración, pero procurando no demostrarlo. Cuando la sintió tensarse entre sus brazos, comprendió que estaba siendo egoísta y que iba demasiado aprisa para ella. Después de todo y a pesar de su identidad oculta, continuaba siendo una doncella pura e inocente.
Esa jovencita lograba hacerle perder el dominio de sí mismo cuando la besaba. Algo que ni con las más experimentadas damas, con las que había tenido amores, habían logrado jamás.
No tienes que disculparte. Ambos sentimos lo mismo —dijo de pronto, sorprendiéndolo.
Me hace feliz escucharlo —susurró.
Olvidemos todo Inuyasha, aunque sea sólo por un instante. No pensemos en el pasado, en el futuro, o en lo que sea que esté ocurriendo allá afuera. Quiero abrazar el ahora… contigo —susurró acercándose a él, elevándose para rosar sus labios con los de joven.
Por Dios… no sabes lo que estas pidiendo —masculló con dificultad, cerrando los ojos ante el suave contacto.
Mi corazón lo sabe y eso es suficiente para mí —dijo, abrazando la cintura de Inuyasha, acercándose más a él.
También el mío, desde que te vi por primera vez lo supe… —dijo rosando suavemente con sus dedos el labio inferior de la joven— eres la única destinada para mí... Te amo y te deseo con locura… pero no puedo actuar como un miserable sin escrúpulos… no es correcto seducirte, aunque muera por hacerte mía.
No quiero pensar en lo que es o no correcto a juicio de los demás —aseguró con una tenue sonrisa— Nuestros sentimientos son lo más importante.
¿Estás segura? —preguntó con cautela —Esta vez no podré detenerme Kagome —advirtió tomándola por los hombros intentando un último esfuerzo por mantener la cordura.
Yo no quiero que te detengas —dijo viéndolo con sus brillantes ojos marrones.
Se abrazó a él, apoyando la mejilla contra el pecho masculino. Pudo percibir el acelerado latir de su corazón. Lo supo entonces… Él estaba tan perdido como ella en aquel amor… Él no se detendría… simplemente porque su corazón palpitaba al unísono con el suyo. Ambos gritaban ansiando pertenecerse el uno al otro, por convertir aquel amor en algo palpable y real.
No tenía la menor idea de lo que sucedería mañana, mucho menos en un futuro más lejano, no con el peligroso tipo de vida que llevaba. Sólo el ahora era importante… junto a él…
Sonrió cuando lo escuchó emitir un profundo suspiro. Y ahogó un jadeo al ser casi devorada por los labios de Inuyasha.
Hundió los dedos entre los sedosos cabellos azabache y con la otra mano la estrujó contra su cuerpo. Sintió una punzada de miedo, miedo de lastimarla, por increíble que le pareciera, ahora que conocía el secreto que le ocultó todo este tiempo. Pero a pesar de todo, la sentía tan pequeña y delicada atrapada entre sus brazos. Tendría que hacer un esfuerzo sobrehumano para controlarse, el deseo era tan desbordante, sin embargo debía ser cuidadoso y gentil. Quería que ella disfrutara plenamente del amor que compartirían por primera vez.
Bajó las manos buscando quitarle esa molesta ropa, quería sentir el calor y la suavidad de su piel bajos sus manos. Sólo bastó quitar un par de telas para llegar hasta ella, gruño al toparse con algo parecido a un corsé cuyo fin era ocultar la voluptuosidad de sus pechos.
¿Por qué demonios Handorei usa un corsé? —se quejó jadeante mientras la besaba en el cuello. Sonriendo al escucharla reír nerviosa.
Te recuerdo que Handorei es una mujer, y esto sirve para disimular mi… bueno… mis… —balbuceaba temblorosa y sonrojada. Lo miró molesta cuando lo escuchó reír burlón.
Comprendo. Y me alegro, ya que estaría en serios problemas si Handorei no fuera una mujer —señaló mientras desataba el corsé, liberando al fin los senos de la joven. Instintivamente Kagome quiso cubrirse pero él se lo impidió— Una hermosa y maravillosa mujer —susurró acallando el leve quejido de protesta.
Hermosa, absolutamente perfecta, no había ninguna duda. Quería besar cada centímetro de esa piel nívea, pensó jadeando ante el sólo pensamiento. Con suavidad, su mano viajó a lo largo del delgado brazo que aún intentaba cubrir ese extraordinario cuerpo. Lo guió para que se aferrara a su propio cuerpo, necesitaba sentirla. Ella pareció captar de inmediato su pretensión ya que se abrazó a él, acariciando con timidez la espalda masculina.
A través de la delgada tela de su camisa, podía sentir la fornida musculatura bajo sus dedos. Era firme, fuerte y duro. Quería seguir tocándolo, sentir la tersura de su piel.
Inuyasha tomo con gentileza uno de los turgentes senos, acariciándolo, presionándolo. La escuchó emitir un gemido, al tiempo que echaba la cabeza hacia atrás, y lo miraba con una mezcla de sorpresa y excitación. Con rapidez le quito la parte baja de su traje. Dejándola completamente expuesta ante sus ojos.
Las llamas del deseo brillaron con mayor brío en su mirada dorada. Y le gustó como la miraba, la hacía sentir una mujer hermosa. Era tan intenso que le cortaba la respiración, era como sentir sus enormes manos acariciando todo su cuerpo.
Aquello le dio valor para desabotonar su camisa. También quería verlo desnudo ante ella. Vio el brillo de aprobación en sus ojos. Las manos le temblaban, aún así logró quitarle la prenda.
Contuvo la respiración. Tuvo razón, era maravilloso. Su fuerte y delineada musculatura, su piel tersa y morena contrastaba con la palidez de la suya. Brillaba a causa de la humedad de su cuerpo. Alargó las manos tocando su firme pecho, el oscuro vello le produjo un ligero cosquilleo en los dedos. Lo que la hizo preguntarse cómo sería la sensación si rozara sus senos, aquel efímero pensamiento aceleró aún más su alocado corazón. Fue bajando siguiendo la fina línea de su vello por el plano y duro abdomen, hasta que vio que desaparecía bajo su pantalón. Allí se detuvo, y comprendió el significado que la prenda estuviera abultada ocultando algo lo suficientemente notable como para hacerla estremecer. Y una vez más e se preguntó, cómo se sentiría tocarlo. Estuvo tentada en que sus manos siguieran descendiendo, pero se detuvo al instante que su conciencia la reprendió por su atrevimiento.
No te contengas —dijo Inuyasha con voz ronca. Como si pudiera leer con total claridad sus intenciones— Has todo lo que desees conmigo —añadió fascinado de como su adorable sonrojo contrastaba con su sensualidad.
No debería ser tan atrevida —susurró avergonzada. No tenía sentido que negara lo que él ya sabía.
Pero lo eres. Y eso es otra parte de ti que me ha hecho amarte más allá de lo imaginable —dijo tomando las manos de la joven instándola a continuar.
Ella se dejó guiar. Ahogó un jadeo, maravillada al sentir la dureza de su miembro. Lo acarició de arriba hacia abajo. Fue atrapada por la codicia, ya nada era suficiente para ella. Quería verlo, sentirlo sin aquella tela de por medio. Subió la cabeza para buscar la aprobación de Inuyasha, pero vio que tenía los ojos cerrados, la mandíbula tensa, y el ceño fruncido, además respiraba forzosamente. Él disfrutaba de la fricción a la cual lo estaba sometiendo, pero tuvo la impresión que también parecía estar sufriendo por ello. Tragó con dificultad y se aventuró a desabotonar el pantalón. Lo escuchó inspirar una bocanada de aire y luego retener el aliento. Con algo de dificultad logró llegar a su objetivo. Abrió los ojos sorprendida y fascinada. Volvió a acariciarlo. Era intimidante, pero a la vez perfecto.
No pudo continuar su audaz exploración. Lo escuchó soltar una maldición por lo bajo. La tomó por los hombros, para luego besarla con un ansia febril.
¡Ah! Jovencita descarada… Vas a volverme loco —exclamó entre besos— Ven conmigo —dijo antes de tomarla en brazos para llevarla hacia el lecho.
La depositó con suavidad, regocijándose al verla tendida. Con el negro cabello expandido, sonrojada, expectante, deseosa de él. Se inclinó hacia ella besándola, para bajar poco a poco por su cuello, volvió a subir hasta el lóbulo de su oreja el cual lamió eróticamente. Se separó un poco para admirar lo hermosa que era. Se quitó su pantalón y se tendió sobre ella, procurando no aplastarla.
Ella dio un leve jadeo cuando la enorme mano cubrió un cremoso seno. El pezón se endureció de inmediato bajo su palma. Bajó la cabeza queriendo deleitarse con su dulzura. Kagome soltó otro gemido cuando el jugueteó con su lengua, lo besó, lo succionó. Luego hizo lo mismo con el otro. Respiraba con dificultad y se removía inquieta bajo su cuerpo. Sabía mucho mejor que ella misma lo que necesitaba, pero aún no estaba dispuesto a proporcionárselo, aún era muy pronto.
Bajó dejando una estela de besos por su plano vientre, lo recorrió con sus labios y lengua, hasta que notó la pequeña cicatriz en el costado izquierdo. Su corazón se encogió y tragó en seco.
Lo lamento —se disculpó con la voz enronquecida, depositando un beso sobre el delgado surco rosado.
No te culpes —musitó Kagome acariciando el cabello del joven —Bésame… Inuyasha —pidió jadeante.
Él obedeció de inmediato besándola con frenesí, absorbiendo hasta la última gota de aliento. Mientras su mano continuaba torturando sus pechos, mientras la otra fue bajando por su vientre, hasta llegar a su sedosa mata de rizos oscuros entre sus piernas.
Kagome dio un respingo y emitió una exclamación ahogada, luego quedó paralizada al anticipar sus intensiones.
Inu…yasha —jadeó con una voz tan ajena que la sorprendió.
Tranquila cariño —susurró con voz ronca, mirándola con sus ojos dorados como si intentara hipnotizarla— Nunca te haría daño. Sólo déjate llevar —le susurró con una sensualidad que le aceleró el corazón.
Pe… pero —balbuceó sofocada.
Confía en mí —pidió lamiendo desde el oído hasta su clavícula.
Ella obedeció permitiendo la intrusión. Abrió la boca aspirando una bocanada de aire al sentir que la parte más íntima de su anatomía era invadida por los dedos de Inuyasha. No sabía qué hacer con sus manos, primero se aferró con fuerza a la colcha, pero aquello no aplacaba las intensas sensaciones que los dedos del joven provocaban en la parte más secreta de su cuerpo.
Soltó la colcha y hundió los dedos en el negro cabello de Inuyasha, mientras él continuaba atormentando sus hinchados senos.
Estás tan lista para mí —gruñó el joven volviendo a besarla, mientras se posicionaba entre sus piernas. Con un ligero movimiento de su cadera rozó la humedad de la joven con su hinchado miembro. Sonrió al sentirla temblar y soltar un agudo gemido.
¡Oh Dios!. Por favor… por favor… Inuyasha —gemía desesperada ante la intensidad de lo que sentía. Instintivamente movía sus caderas anticipando la unión, pero sin lograr que Inuyasha accediera aún a complacerla.
Con calma mi amor, la primera vez puede ser incómoda —advirtió jadeante besando el cuello femenino. Hizo una mueca de dolor, su propio cuerpo anhelaba también liberarse, pero debía ser cuidadoso. Volvió a rozarse contra ella, sintiéndola retorcerse cada vez más desesperada,
Inuyasha… —jadeó la joven.
Lo sé —susurró junto a su oído depositando ligeros besos por su cuello hasta llegar a su mejilla— Yo también te necesito.
Lentamente comenzó a adentrarse en el cálido interior, apretando los dientes para dominar su propio placer, y pendiente de cada reacción de la joven. La sintió tensarse levemente, cuando se encontró con la barrera de su pureza, adueñándose de ella en una rápida embestida. Exhaló un suspiro, y se detuvo apoyándose en su antebrazo para observarla, aguardando que se acostumbrara a él. Temía haber sido demasiado brusco pese a su esfuerzo, pero la verdad es que no había forma de evitarlo, y apenas podía ya mantener el control. Su miembro palpitaba dolorosamente, reclamando desahogarse en el caliente y húmedo interior de su amada Kagome.
Contuvo la respiración cuando Inuyasha comenzó a invadir su cuerpo, una extraña pero maravillosa sensación. De pronto sintió un agudo dolor, el cual la devolvió tenuemente a la realidad. Abrió los ojos desorientada, encontrándose con esas hermosas pupilas ambarinas, que la miraban embelesado, con una dulzura increíble, pero con un atisbo de preocupación, y algo de tensión en su mandíbula.
¿Estás bien? —preguntó con voz tensa y muy ronca— ¿Te lastimé? —indagó inmóvil. Parecía como si se esforzara por no mover ni un músculo. Ella negó con la cabeza.
Estás unido a mi —jadeó fascinada— Es maravilloso —susurró acariciándole el rostro, notando que tenía la frente estaba perlada por sudor, lo cual la conmovió, ya que entendió el esfuerzo que hacía por ella, haciéndola sentir aún más amada.
Es el paraíso, mi amor —susurró observándola con devoción —Pero esto apenas inicia —advirtió luego con una sonrisa llena de sensualidad.
Se retiró con suma lentitud de ella, pendiente de sus reacciones. Lo peor había pasado, y ahora sólo quería llenarla de placer, escucharla gemir y hasta gritar de placer.
Kagome gimió en protesta, al sentirse abandonada por él, pero cerró los ojos con fuerza cuando él volvió a invadirla con la misma lentitud.
¡Dios!… eres tan hermosa. Tan perfecta… me he convertido en esclavo de tu amor —susurró con la tensión casi palpable en la voz.
Eres tú quien ha esclavizado mi corazón—susurró enredando los dedos en el cabello del joven, acercándolo hacia ella para besarlo. El se hundió profundamente en ella. Kagome se separó intentando llenar sus pulmones de aire, pero no servía de nada, él le quitaba el aliento— Nuestro corazones ahora son uno…
Para siempre… Kagome —gimió con un gruñido.
Cada vez era más fácil adentrarse en ella, por lo que empujó con más fuerza. Acarició las piernas de la joven, guiándola para que las envolviera alrededor de su cadera. Necesitaba poseerla más profundamente. Ella poco a poco logró acompasarse al ritmo de sus fuertes embestidas, las alzaba a su encuentro gimiendo perdida en el placer que él le estaba dando. Sus pequeñas manos revoloteaban desde su cabello, pasando por su pecho, para luego aferrarse a su espalda. Sus ojos tenían un brillo mágico, la frente perlada por el sudor, y de su boca salían excitantes gemidos, aquello fue suficiente para que hacer que se esfumara todo vestigio de control que aún pudiera conservar, haciendo que se perdiera en aquella vorágine de dulce placer.
Dime si te gusta —pidió jadeante, haciendo un movimiento circular con su cadera para luego entrar profundamente en ella, lo que provocó que la chica emitiera un fuerte gemido.
Inuyasha —sollozó.
Dímelo —la instó, atormentándola al disminuir la intensidad de su ritmo. Ella abrió los ojos Kagome— Dilo —volvió a pedir besándola en la mejilla.
Sí… me gusta —admitió casi sin aire— Por favor… por favor no… no te detengas —suplicó elevando las caderas.
No me detendré amor mío… no hasta que grites mi nombre en el éxtasis —prometió.
Comenzó a embestirla a un ritmo feroz, con un erotismo devastador y brutal que la hizo perderse en un túnel de luz, al llegar al final de ese túnel fue envuelta por una luz cálida y brillante, su cuerpo pareció estallar en miles de pedazos llenándola de sensaciones que su cuerpo no podía describir, y tan intensas que la obligaron a gritar el nombre de su amado, mientras su cuerpo se arqueaba hacia él.
Al sentir como el interior de Kagome ceñía con fuerza su miembro, lo hicieron convulsionarse y alcanzar el éxtasis, haciendo que emitiera un fuerte gruñido y se derramara en su ardiente interior, al tiempo que le decía palabras casi incompresibles pero llenas de amor, para luego desplomarse en su hombro, intentando recobrar el aliento.
Se giró para tumbarse junto a ella. La observó un momento, sonrió al verla lánguida y satisfecha. Le besó la frente, enjugó con sus labios las lágrimas que corrían por sus sonrojadas mejillas.
Te amo… —susurró dándole otro beso, y después la abrazó, acunándola junto a su pecho.
Kagome abrió los ojos, su cuerpo aún parecía carecer de huesos, pero le dolía como si tuviera quebrado más de alguno. Giró la cabeza viendo que Inuyasha estaba profundamente dormido.
Esbozó una sonrisa y con suma delicadeza acarició la mejilla masculina. Le dio un beso, tan breve que no pasó a ser una tenue caricia. De inmediato su sonrisa desapareció, apretó los labios, haciendo una mueca llena de dolor. ¿Volverían a disfrutar de aquel oasis de amor?. Desde lo más profundo de su alma quería que así fuera. Pero era tiempo de volver a enfrentar lo que sucedía fuera de las paredes de aquella cabaña.
Estaba segura que Inuyasha desaprobaría sus planes. Incluso ella misma no estaba segura que fuera el camino correcto, sin embargo ya había tomado una decisión y las decisiones que había tomado durante en la vida, no iban ligadas a la búsqueda de su propia felicidad. Y no era posible que aquello cambiara sólo por haberse entregado a Inuyasha.
De hecho las decisiones que tenía por delante herirían una vez más su ya compungida alma. Sólo lamentaba arrastrarlo a él hacia el dolor de su errática existencia.
Se levantó con cuidado y comenzó a vestirse, muy pronto aclararía y aquello los pondría en peligro, por lo que tenían que regresar cuanto antes.
¿Kagome? —la llamó el joven con voz lánguida, incorporándose del incómodo catre.
Debemos volver, ya casi amanece —indicó sin girarse a mirarlo. Inuyasha arrugó el ceño, extrañado por su fría respuesta. Se levantó caminando hacia la chica, la tomó del brazo, forzándola a que lo mirara a la cara.
¿Qué ocurre? ¿Estás bien? —inquirió entornando los ojos.
Estoy bien —respondió con voz templada —Pero corremos peligro si nos desplazamos a plena luz.
Lo sé —asintió soltándola, no muy convencido de su actitud. Aún así se vistió con rapidez.
Salieron de la cabaña una vez que se aseguraron de que nadie anduviera cerca. Recorrieron un largo trecho en completo silencio. De vez en cuando Kagome emitía un silbido. Estaba segura que Umaki no se encontraba muy lejos. Y no se había equivocado, ya que unos minutos más tarde el caballo apareció resoplando, golpeando la tierra con su pata delantera.
Buen chico —susurró acariciándole el hocico, antes de montarlo.
Tienes un excelente caballo —comentó el joven montando tras ella —¿Tú lo adiestraste?.
No. Fue el Conde Taisho, al menos al comienzo —respondió rememorando con nostalgia lo divertido que había sido— Él me enseñó cómo educarlo.
Debo admitir que estoy un poco celoso de mi padre —murmuró Inuyasha muy cerca de su oído, abrazándola con mayor firmeza, provocando un estremecimiento en la joven.
No digas eso. Él ha sido la persona que más he respetado en mi vida —señaló intentando controlar su voz— Le tenía mucho cariño.
Lo sé. Y aunque envidio todo el tiempo que estuvo a tu lado, debo agradecerle el que te haya protegido y ayudado —admitió con sinceridad.
Los tenues rayos del amanecer, comenzaban a abrirse paso a su alrededor, cuando llegaron junto al cercado que dividía ambas propiedades. No muy lejos el caballo de Inuyasha pastaba despreocupado. Afortunadamente había recordado el camino de regreso.
El joven bajó del caballo y tomó la mano de la joven que sostenía con demasiada firmeza la correa de Umaki.
Encontrémonos esta noche junto al río —pidió mientras le daba una acaricia sensual a la tensa mano.
No puedo ausentarme nuevamente, Rin comienza a sospechar —contestó nerviosa —Te haré llegar un mensaje cuando pueda salir sin causar sospecha.
Está bien —aceptó no muy convencido.
Debo irme —dijo la joven y sin esperar respuesta se alejó cabalgando con rapidez.
Ingresó a la mansión, a través de la puerta secreta. Se cambió de ropa, adentrándose en el pasillo para volver a su habitación. Entró y luego acomodó el tapiz que ocultaba la entrada al girarse ahogó una exclamación, maldiciendo internamente por no haber sido más cuidadosa, como era la mayor parte del tiempo, al revisar primero su recámara antes de entrar.
Por fin logro comprender cómo desapareces y apareces de la nada —murmuró Rin observándola con una mezcla de enojo y sorpresa— ¿Dónde has estado Kagome? ¿Co… cómo es que entraste por ahí? ¿Qué lugar se oculta ahí atrás? —interrogó, intentando acercarse para satisfacer su curiosidad, pero Kagome le bloqueó el paso.
Rin, no estoy preparada para contarte lo que ocurre, y te aseguro que tú tampoco estas lista para escucharlo —señaló con frialdad, recuperando rápidamente la compostura.
Ocultas muchos secretos Kagome, lo sé. Pero preferiría saberlo todo de tu boca, a estar imaginándome las respuestas a mis preguntas —aseguró muy seria.
Confía en mí. Sólo puedo decirte eso por ahora —pidió caminando hasta la cama para sentarse— Ahora dime lo que ocurre. El que estés en mi cuarto, a esta hora, es porque seguramente ha ocurrido algo serio.
Durante la noche, algunos soldados vigilaban en los límites de nuestra propiedad. Creo que buscaban a… Handorei. Golpearon a los dueños de algunas cabañas de los alrededores —narró. Con sus últimas palabras a Kagome se le heló la sangre— Al parecer creen que alguien de por aquí cerca lo encubre. Sango salió tarde para ver qué ocurría. .
¡¿Qué?! —exclamó la joven inquieta. De seguro salió a comprobar que no descubrieran a Kojaku. Pero si alguien la había seguido, pensaba alarmada— ¿Y qué paso? —logró preguntar.
Dijo que varios lugareños resultaron heridos, y sus cabañas destruidas o quemadas. Creo que también la cabaña de la anciana Kaede…
¡Kaede! —exclamó sobresaltada poniéndose de pie de un salto— ¿Qué le ocurrió? ¿Le hicieron daño? —preguntó cada vez más desesperada. No se atrevió a preguntar por el muchacho.
No estoy segura. Sango volvió a salir, pero aún no regresa —contestó preocupada.
Maldición —masculló frustrada— Tal vez debería volver a salir y asegurarme.
Creo que es mejor que esperemos por noticias. Si vuelves a desaparecer puede ser muy peligroso. No estoy segura, pero creo que Kikyo está sospechando algo. Ha insistido mucho para entrar a tu cuarto —explicó tomándola de un brazo, dispuesta a retenerla.
Tienes razón. Esperaré a que llegue con noticias —asintió sin estar convencida del todo.
Había pasado poco más de una hora, en la cual Kagome recorrió mil veces por toda la habitación. Cuando al fin Sango entró en el cuarto, venia agitada y nerviosa. Fue a su encuentro y la abrazó para calmarla. Rin se mantuvo a cierta distancia frotándose las manos con zozobra.
¿Qué ocurrió? —preguntó Kagome— ¿Cómo están?.
Están a salvo —dijo Sango— El joven Miroku, llegó poco antes para advertirles. Él y Lord Sesshomaru Taisho se llevaron a Kojaku y a la señora Kaede. Me dijo que ahora están ocultos y bajo la protección de los Taisho en el Castillo Leeuford.
Gracias a Dios —suspiró Kagome aliviada— Aunque aún es pronto para estar tranquilos. Todo se complicaría si alguien le informa a Kouga que están ocultos en el castillo.
Es verdad —asintió Sango.
Kagome se alejó de ella para ir hasta su escritorio. Sacó una hoja y comenzó a escribir con rapidez. Al terminar dobló la carta y la metió en un sobre escribiendo algo en el dorso.
Volvió hacia Sango extendiéndole la carta.
Debes entregarla de inmediato —le pidió. Sango la tomo leyendo el nombre del destinatario. Abrió la boca con sorpresa, mirando sobresaltada a Kagome.
Pero… —logró murmurar.
No digas nada y sólo llévala —le pidió Kagome con un ligero tono suplicante— Luego puedes ir al castillo Leeuford para ver a Kojaku y Kaede.
Está bien —asintió aún no muy convencida.
Te acompañaré al castillo —dijo Rin— Quiero ver cómo esta Kojaku. Es imperdonable que me hayan ocultado que sabían dónde se encontraba. Está herido. Yo también siento un enorme afecto por él y he estado muy preocupada.
Lo lamento —dijo Kagome mirando apenada a su prima. Luego se volvió hacia su amiga— Ve ahora Sango. Debes entregar esa carta lo antes posible —le pidió, endureciendo su rostro con una máscara de frialdad.
El día siguiente pareció transcurrir como una borrosa pesadilla. Todo estaba ocurriendo a un ritmo vertiginoso, y en realidad lo agradecía. Contra más rápido se concretara todo, menos riesgos habían de titubear y dar cabida al arrepentimiento.
Se vistió como una autómata. Un lindo y cándido vestido de un suave color lavanda. Logró reprimir una risa histérica al verlo extendido sobre la cama.
Rin le arreglaba el cabello, observándola en silencio a través del espejo. Aunque por su expresión, tenía muy claro lo que pensaba.
Bajó la escalera con una serena frialdad. La casa estaba iluminada y adornada de un extremo a otro. La música cesó y los invitados que antes conversaban, reían, bebían, la observaban absortos. Cuando le faltaba bajar los últimos tres peldaños, Rin que iba tras ella, la miró de reojo y se adelantó situándose junto a Kikyo, que la observaba con una mueca que no logró definir.
¡Oh!. Aquí está mi querida sobrina —exclamó el hombre en voz alta, llamando la atención de los invitados, que ya estaban en silencio cuando el término de la música anunció su llegada. El hombre fue a su encuentro, y la tomó del brazo para acercarla a los invitados. Y al joven que la observaba con satisfacción y un brillo de lujuria en sus ojos— Me alegra que estén todos nuestros amigos aquí presentes, celebrando y acompañándonos en este feliz acontecimiento. Permítanme ofrecer el primer brindis… —dijo contento, dejando un vaso de champang en las manos de la joven. Alzó su propia copa hacia los invitados— Por el feliz compromiso y futuro matrimonio de mi sobrina Kagome y el joven Kouga Breindbill.
Kagome sintió nauseas, pero aún así se obligó a esbozar una sonrisa. Alzó la copa que recordó estaba en sus manos. Sus ojos contemplaron todo el salón, docenas de rostros que no lograba reconocer. Las señoras le sonreían con asentimiento; las más jóvenes con envidia; los señores con lascivia, de seguro pensando en el futuro deleite de Kouga; los más jóvenes quizás deseando haber estado en su lugar.
De pronto, al final del salón, se cruzó con la gélida mirada de Lord Inuyasha Taisho, y no hacía falta jurar que tras ella se ocultaba una furia aterradora.
Haciendo uso de todo su autocontrol, le sostuvo la mirada y permaneció impávida. Llevó lentamente la copa hasta sus labios, mirándolo impasible, mientras bebía un sorbo del burbujeante líquido.
Por nuestro futuro, juntos, mi encantadora prometida —exclamó Kouga con una sonrisa triunfal, chocando la copa contra la suya. Ella lo miró y se obligó a gesticular una mueca parecida a una sonrisa. Y todos los invitados aplaudieron a la pareja.
Aunque se negaba, Kagome volvió a buscar los ojos de Inuyasha, pero no lo consiguió, él ya no se encontraba allí. Se le formó un nudo en la garganta. Oprimió con innecesaria fuerza su copa y bebió otro sorbo procurando calmarse y reprimir el deseo de correr tras él.
Estaba segura que en este momento él debía estar despreciándola, maldiciendo el día que se cruzó en su camino, y lo peor es que no podía culparlo. Ella merecía su odio.
Antepuso sus objetivos a los sentimientos de Inuyasha y a los propios. Pero no había nada que pudiera hacer al respecto, de hecho no haría nada… no iba a dar marcha atrás, no podía hacerlo.
Continuará….
Mis más sinceras disculpas por este imperdonable retraso.
Pero acá va al fin la continuación, aunque lenta, ya que el tiempo ha afectado las ideas XD.
Para quienes no lo han notado, estoy publicando otra historia breve, que está siendo subida a modo de disculpa por el retraso de ésta.
Espero que igual les guste.
Muchas gracias a quienes hayan tenido la paciencia y la esperanza para esperarme. Deseo que les agrade mucho este capítulo.
Y también quiero ver sus comentarios.
Un abrazo,
