Capítulo 19: Una noche en Seattle

Harry se levantó seis horas después de la llamada del doctor Cullen, desayunó en la cocina y se dirigió a Seattle. Se había levantado descansado, pero no relajado.

Si bien no tuvo sueños, tampoco olvidó todo lo que había leído en los libros. Había leído el de vampiros, el de licantropía y un poco el de leyendas. No leyó por completo los dos primeros, pero sí había leído lo que consideraba muy importante.

Por eso, empezó el día con cierta seriedad que le recordaba a aquellos tiempos en los que se encontraba en guerra con Voldemort. La guerra le había quitado su familia y lo había marcado de por vida, por no hablar de que no había tenido una infancia normal y alegre. Harry era consciente que iba a ser un soldado toda su vida y que nunca iba a poder cambiar su forma de ser, podía bajar la guardia, pero no descansar por tiempo indefinido.

Como diría Alastor Moody: ALERTA PERMANENTE.

Seguramente, Kreacher había sentido el cambio en su amo. El amor Harry había estado tranquilo y confiado por semanas, y ahora estaba serio y desconfiado… de regreso a su comportamiento de antes. Kreacher lo palpaba.

La guerra estaba regresando al amo Harry, gradualmente.

Ese día, Harry había decidido pasarlo fuera de su casa. Aprovecharía para hacer compras, cambiar la rutina de sus comidas y… moverse al estilo "Trío de oro".

Harry era consciente que, cualquier cosa que estuviera pasando, debía investigarla él solo. Ron y Hermione estaban demasiado lejos como para poder contar con ellos y Ginny no sabía cómo hacían ellos las cosas. Sí, había luchado en tres combates (Departamento de Misterios, Hogwarts y Hogwarts), pero nunca investigó como él, Ron y Hermione… Nadie sabía cómo se movían ellos, sólo ellos tres. Y como ni Ron ni Hermione estaban con él… entonces haría las cosas él solo. Harry se enfrentaría a esto solo y no pensaba permitirse debilidad. Esta vez, lo que enfrentaría era de otra naturaleza, otro mundo.

Atrás quedaron los magos y la magia negra, ahora se trataba de criaturas mitológicas… algunas parcialmente humanas y otras no humanas. Tenía que hacer de lado los magos tenebrosos para enfrentarse a seres con fuerza y velocidad sobrehumanas. Por suerte, contaba con la herencia de su padrino, que estaba demostrando ser de mucha utilidad. Los Black eran la única familia de magos tenebrosos a la que tenía acceso y con eso debería bastarle.

Decidido a actuar solo y como el Gryffindor que era, condujo hacia Seattle.

Ya en Seattle, estacionó el auto y fue a hacer el recorrido. Se cortó el pelo, pasó por el supermercado, almorzó en un restaurante, se compró ropa, fue a merendar a una cafetería y fue a caminar ya habiendo descargado todo en el auto. No encontró nada fuera de lugar y eso le extrañó mucho porque se suponía que la ciudad se había vuelto muy insegura. ¿Es que no decían que había un asesino serial suelto en esa ciudad que estaba visitando?

De pronto, su sistema de alarmas interno entró en funcionamiento. No se había dado cuenta de que ya había oscurecido. Tuvo una corazonada rápida y decidió que había llegado el momento de lanzarse el hechizo Inexistus totalium, de forma no verbal. Se pegó al umbral de una puerta cerrada que estaba en penumbras y esperó hasta estar seguro de que podía caminar sin que se tropezaran con él. Podía ser invisible e inraestrable, pero no había dejado de ser sólido, blando y cálido. Debía andarse con mucho cuidado porque tampoco podía emitir ningún sonido que pudiera delatarlo. Por esa razón, se lanzó un hechizo silenciador a sí mismo.

Al ver que la calle por donde caminaba seguía desierta, siguió caminando, pero agudizó los sentidos y todo lo que tenía para detectar cosas. Miraba hacia los costados, atrás y adelante… siempre a la espera de algo. No podía hacer más hasta que tuviera las pociones del libro listas e incorporadas a su sistema. Tenía que conseguir los ingredientes lo antes posible, cuando regresara a casa hablaría con Kreacher.

Fue entonces que escuchó un ruido y enseguida se precipitó a un rincón oscuro donde sería imposible que le detectaran. Se quedó muy quieto y alerta.

Diez segundos después, un muchacho apareció a su izquierda, a muchos pasos de él… Por suerte.

Harry lo observó bien y emitió lo que podría haber sido un jadeo.

Era un vampiro.

Aún recordaba muy bien lo que había leído en el libro de vampiros. Sus características físicas para ser más exactos.

Piel muy blanca y belleza extraordinaria (antinatural).

Era rubio, de ojos rojos (estaba parado bajo un farol que daba buena luz), labios rojos carnosos, alto y delgado. Llevaba puesto un jean azul, una camisa gris oscuro y una chaqueta de cuero negra con el cierre bajo. Parecía sólo un par de años mayor que él.

Recorría la calle con la mirada como buscando algo.

Una mujer apareció a su lado a los tres segundos. Ella era una pelirroja mayor que el muchacho. También era dueña de una gran belleza, tenía ojos rojos, labios levemente rosados y de aire felino.

Harry los reconoció a ambos.

Eran los que prácticamente lo abordaron en una tienda del centro de Seattle.

¡Por Dios! Había estado tan cerca de esos vampiros y se había salvado por su espíritu guerrero. ¡Casi se alimentan de él!

- ¿Estás segura de que caminaba por aquí? –preguntó el muchacho.

- Sí, era él. Reconocí su olor en el centro comercial –respondió ella segura, también recorriendo todo con la mirada.

Me buscan a mí, pensó Harry con alarma.

- ¿Seguimos buscando? –preguntó él.

- Nos quedaremos aquí. Quizá nos hemos adelantado. Es un humano y los humanos no andan rápido.

Entendiendo que tenía poco tiempo, Harry salió de ahí lo más rápido que pudo y sin hacer ruido.

Corrió y corrió hasta llegar a un espacio abierto. Era una especie de callejón, pero no tan angosto como los otros. Escuchó pasos y fue a esconderse a un rincón oscuro, entre una pared y un contenedor de basura (de los grandes) cerrado.

Unos segundos después, otra vampireza apareció. Esta vez, se veía como una chica menor que él. Si sus cálculos no fallaban, tendría unos dieciséis años.

Tenía cabello corto, rubio y rizado; sus labios también eran rojos y carnosos; era menuda y de baja estatura; sus ojos también eran rojos. Tenía puesto un pantalón de jean azul, zapatillas blancas y una remera rosa.

Si Harry no hubiese visto y leído todo lo anterior, la habría tomado por una adolescente humana normal. Pero no. Ella era otra vampireza y Harry lo sabía.

Eso significaba que… ¿había más? ¡Por Godric Gryffindor bendito! ¡No era más que una adolescente! Esa chica debía tener dos años menos que Harry mismo. Esto era horrible. Esa pareja estaba transformando vampiros a personas entre la adolescencia y la mayoría de edad.

Esto estaba muy mal.

Un vampiro más apareció en el callejón. Esta vez, era un chico… y debía tener la edad de Harry.

Tenía pelo negro corto y flequillo. Tenía puesto un pantalón de jean azul, una camisa celeste con cuadros y zapatillas rojas.

Harry, en ningún momento, pasó por alto el que vistieran bien. Eso era señal de que antes tenían hogar, familia y quizá hasta dinero. No eran ni mendigos ni vagabundos, no eran indigentes. Pertenecían a la buena clase media, como su primo Dudley.

Harry sintió que la sangre abandonaba su rostro al pensar en su primo.

Dudley era sólo un mes mayor que él, tenía unos padres amorosos, una tía (Marge) que también lo quería, "amigos" (Harry no estaba seguro de si esos chicos de verdad eran buenos amigos de su primo, pero eso no quitaba el hecho de que lo seguían), un hogar y una vida sin necesidades. Dudley lo tenía todo… y también la misma edad que ese vampiro joven.

Esos vampiros, además, se alimentaban de sangre… humana. Los ojos rojos podían deberse a la ponzoña o a la sangre humana ingerida. Harry estaba seguro de que, en el caso de los cuatro vampiros que ya había visto, era por la sangre humana que habían bebido.

Esas criaturas eran inmortales.

A Harry le dolía pensar que a esos chicos les habían arrebatado sus vidas para lanzarlos a esa existencia terrible. Ser inmortales antes de experimentar cosas dulces de la humanidad (cosas que él ya había experimentado), ser criatura inhumanas inmortales que beberán sangre humana durante toda su eternidad. Se convertirían en monstruos inmortales, asesinarían personas para alimentarse.

Fue entonces cuando una nueva vampireza apareció allí.

Era una chica de la misma edad de la rubia. Su cabello era largo, ondulado y pelirrojo; también era menuda y tenía la misma estatura. Llevaba puesto un pantalón de jean negro, blusa floreada y botas marrones. Otra adolescente de clase media, despojada de su hogar y de su familia… despojada de su vida.

¿Es que no había escrúpulos por aquí?

Esta vez, ella venía "acompañada". Traía sujeto a un hombre físicamente mayor que ella, inconsciente y sangrando por la cabeza. La luz de los faroles lo iluminaba todo y le permitía ver a Harry lo que sucedía.

- Comparte, nosotros no pudimos traer humanos para nosotros –dijo el chico de malas maneras. Su voz era aterciopelada.

- ¡No! Éste es mío. Largo –exclamó la pelirroja. Su voz era como campanillas de viento.

- No seas mezquina –dijo la rubia con voz cantarina, algo molesta.

- Vamos –exigió el chico, amenazante.

La rubia y el chico se acercaron la pelirroja y lo que siguió hizo estremecer a Harry del espanto.

Los tres se pusieron a pelear entre sí.

Procurando no ver y protegiéndose, Harry corrió hacia el hombre inconsciente. Le puso la mano en donde latía el pulso en el cuello y se dio cuenta de que era demasiado débil. No iba a sobrevivir, de esto estaba seguro. Harry no podría salvarlo. Sacarlo de allí llamaría demasiado la atención, los tres vampiros presentes se darían cuenta… o el que quedara vivo, y sabrían que algo había pasado.

Un fuerte crujido le hizo volverse hacia los vampiros y se horrorizó ante lo que vio.

La pelirroja estaba despedazando a la rubia y al otro. Tenía una mano sobre la garganta de la rubia y la otra sobre la cabeza del vampiro macho.

Los estaba asesinando a los dos ella sola.

La pelirroja mataría a esos vampiros y se alimentaría del humano moribundo.

Harry decidió que tenía suficiente de ellos y se fue sin desaparecerse. Corrió todo lo que pudo hasta llegar a una calle también desierta. Se dejó caer contra una pared y cerró los ojos a la par que iba normalizando su respiración.

Sabía que esta noche no sería tranquila ni libre de peligros, así que no entró en shock ni nada parecido. Él ya estaba acostumbrado a correr tales peligros, por lo que no sintió en ningún momento miedo. Había sentido dolor emocional y espanto, pero nada más. Sinceramente, él no tenía miedo a los vampiros. Sabía cómo protegerse y asesinarlos. Su protección estaba funcionando de maravilla y ahora debía probar con su "arma" secreta, ahora le tocaba matar un vampiro o, por lo menos, intentarlo. Suponía que la mejor forma era buscar humanos vulnerables que pudieran ser presas para vampiros. Si encontraba uno, un vampiro se acercaría y entonces él entraría en acción.

Se levantó y fue a buscar humanos vulnerables. Ya se sentía más tranquilo, decidido y con la energía guerrera que tenía antes, en la época de Voldemort.

Esos vampiros no lo asustarían ni serían su muerte. Como el Gryffindor que era, no lo iba a permitir.

Por Godric Gryffindor, Harry Potter no sería una víctima más.

Mientras Harry empezaba su búsqueda de humanos vulnerables, James salía de la casa abandonada que había convertido en su refugio.

Era pequeña y se notaba que llevaba años deshabitada. Estaba amueblada, pero sus muebles estaban cubiertos por una buena capa de polvo. La puerta había estado cerrada con llave, pero él pudo forzar la cerradura con una navaja que encontró tirada en la calle. Afortunadamente, encontró todo lo que necesitaba para darse una ducha, cambiarse la ropa y lavar la que llevaba puesta cuando llegó a Seattle bajo su apariencia humana.

James creía que el anterior dueño de la casa era un hombre de su mismo físico y su misma estatura. Extrañamente, encontró mucho dinero escondido en toda la casa, lo que le hizo creer que el anterior dueño de la casa debió estar metido en algo raro… en algo grave e importante. James supuso que estaba metido en el negocio de la droga y no creía estar equivocado porque se impresionó con el número que le dieron sus cálculos.

Más de medio millón de dólares.

Si ese tipo no estaba en prisión, estaba muerto.

Por eso, James no sintió culpa cuando se adueñó del dinero. Él necesitaba el dinero para tener una apariencia decente.

Durante la mañana, había ido de compras al centro comercial. Se compró ropa y zapatos, visitó el supermercado, se cortó el pelo y volvió a su nuevo refugio a almorzar. No sabía cocinar, así que llevó comida hecha. Sí sabía calentar cosas (como leche), pero no cocinar… así que no pensaba envenenarse a sí mismo por accidente.

Esa noche estaba ya estrenando su ropa nueva… lo que le hacía sentir un poco mejor. Se sentía un poco más humano y civilizado.

Tenía puesto un pantalón de jean negro, una camiseta verde, zapatillas negras, un jersey azul marino y una gorra negra.

Caminaba con la cabeza inclinada hacia abajo y las manos dentro de los bolsillos del jean. Caminaba a buen paso, pero en estado de alerta.

Había comprado un periódico en el que decían que había un asesino serial suelto y que atacaba todas las noches. Por eso, llevaba en un bolsillo una navaja con capuchón. No tenía varita ni pistola, pero un cuchillo debía servirle.

Llegó a un negocio donde vendían hamburguesas y otros tipos de comida rápida. Entró y salió media hora después con una bolsita en una mano y una botellita en la otra. Así, fue a la plaza más cercana a cenar. Terminó de cenar y volvió a hacer su paseo nocturno.

Harry llevaba rato buscando y buscando, pero nada.

¿Es que no había humanos que regresaran del trabajo a esas horas? Él salía del hospital cuando ya estaba oscuro. Para su disgusto, era necesario que hubiese algún humano andando por ahí, tenía que haber una presa para vampiros sedientos de sangre. No podía actuar sin una carnada y la única clase de carnada que se le ocurría era otro humano. Él no podía ser porque se suponía que era el que mataba, si se dejaba ir por ahí, algún vampiro lo podría tomar por sorpresa y entonces su lectura no serviría de nada porque lo habrían matado.

Para su suerte (o desgracia, dependiendo de la forma en la que se le considere teniendo en cuenta la situación), encontró a alguien.

No sabía si sentirse aliviado o preocupado.

Decidió seguirlo.

Cuando se acercó más a la persona, pudo verlo mejor y así tener una forma de encontrarlo en caso de perderlo de vista.

Era un hombre más alto y fornido que él. Tenía puesto un pantalón de jean negro, una camiseta verde, zapatillas negras, un jersey azul marino y una gorra negra.

No veía que llevara nada, así que sí, lo consideraba lo suficientemente vulnerable como para convertirse en presa de un vampiro. Harry sí llevaba un arma consigo: su varita. Un hechizo de incendio bastaría para prenderle fuego a un vampiro.

Le hizo de guardaespaldas invisible hasta que llegaron a una calle en la que sólo había casas y menos movimiento. La falta de movimiento estaba preocupando a Harry. Se suponía que a esa hora había autos circulando por la calle.

Bueno, si el desconocido llegaba a su casa sano y salvo, entonces no habría más necesidad de preocuparse por él cuando llegara a su hogar. Una víctima menos, una vida asegurada.

Llegaron a una calle angosta menos iluminada que las demás.

Y la suerte ya no fue tan buena con el desconocido.

- Estas no son horas de vagabundear por la calle –dijo una voz fría y con un deje agresivo. Era una voz masculina que Harry aún no había oído.

Tanto el humano que perseguía Harry y Harry se volvieron hacia donde venía la voz. Parecía venir de un rincón oscuro.

Una figura surgió de las sombras.

Era un hombre alto y muy musculoso. Tenía una capa oscura puesta.

- ¿No deberías estar en tu casa?

Harry alcanzó a ver la blancura de su piel y supo que se trataba de otro vampiro masculino. Rezó al cielo porque no fuera un mortífago transformado porque entonces sí estaban perdidos los dos. Un mortífago vampirizado era algo que Harry no creía poder combatir.

El humano debía tener instinto de supervivencia porque se largó a correr. Harry fue tras él, pero no sin fijarse cada tanto si alguien los seguía. Más concretamente, el vampiro con capa. El sujeto humano corrió hasta llegar a un callejón sin salida y Harry entendió que en momentos aparecería otro vampiro para atacarlo, sólo esperaba que fuese un vampiro adolescente que decidiera aprovechar la oportunidad. El hombre se alteró visiblemente, sintiéndose (obviamente) perdido y acorralado. Harry quería calmarlo de alguna manera, pero sabía que no podría hacerlo sin delatarse a sí mismo.

- Por favor, no mortífagos –gimió el hombre.

Harry se congeló.

¿Mortífagos?

¿Es que este tipo era mago?

Se le acabó el tiempo para divagar a los dos minutos.

Una sombra hizo presencia en el callejón y a espaldas de Harry.

Harry se volvió y vio que se trataba de una vampireza esta vez.

Era pequeña, rubia y de cara angelical como una muñeca. Sus ojos eran rojos, al igual que sus labios. Llevaba puesto un vestido negro largo hasta las rodillas y a Harry le pareció que no tenía mangas, ella también tenía una capa oscura puesta.

Esta vez, Harry estaba seguro de que no era una mortífaga vampirizada. Ella era toda una vampireza.

- ¿Vagando por las calles de noche, humano? ¿No se supone que deberías tener un instinto de supervivencia como los demás? –preguntó ella con una voz dulce, pero fría y con una pizca de desprecio.

- ¿Qué…? –empezó a hablar por primera vez en la noche el hombre.

Harry sintió un estremecimiento en el estómago.

Esa voz se parecía a la suya, sólo que más adulta.

¿Por qué?

- Creo que eso es algo para ti, pero bueno para mí –dijo la vampireza con un poco de alegría en su voz engañosamente dulce.

Eso fue suficiente para que Harry volviera a concentrase en la situación y entendiera que la rubia planeaba alimentarse del hombre que venía persiguiendo.

De pronto, algo dentro de él le gritó que actuara ya. Le gritó que, por lo más sagrado, no debía permitir que esa vampireza le pusiera un dedo encima a ese hombre. Su corazón se agitó como llevaba semanas sin hacerlo. Harry no entendía qué le estaba pasando, por qué su interior se alteraba tanto ante la idea de que ese desconocido sufriera algún daño.

Sin previo aviso ni ninguna clase de señal, el hombre se derrumbó sobre el suelo y empezó a retorcerse entre gemidos.

Harry vio que la vampireza rubia lo miraba sonriendo alegremente.

Fue ahí cuando Harry comprendió que ella tenía un don… un don para torturar. Debía ser para torturar porque Harry no lo veía como para otra cosa, no por cómo estaba sufriendo ese hombre.

Nuevamente, apareció en su interior aquello que protestaba y gritaba porque el hombre no sufriera ni el más mínimo daño. Su corazón pareció ser estrujado ante la visión de ese hombre sufriendo y su instinto de protección se disparó hacia el hombre. Harry no entendía lo que estaba pasando. Él nunca había sufrido por ver a alguien sufrir como lo estaba haciendo, ni tampoco se había sentido tan protector. Era como si necesitara hacer algo urgente para cortar el sufrimiento de ese hombre que estaba retorciéndose en el suelo. El león de su interior rugió y empezó a tomar su postura de ataque. Su espíritu Gryffindor pedía a gritos dar un rugido y saltar sobre la vampireza rubia que estaba torturando al hombre.

Harry no pudo más y liberó al león que llevaba dentro para que diera su salto.

Levantó su varita y lanzó un hechizo de incendio a la vampireza. El hechizo le goleó de lleno en el pecho y la encendió como una antorcha. Las llamas la cubrieron a lamidas en diez segundos.

Una vez que las llamas cubrieron a la vampireza, Harry fue hacia el hombre, lo sujetó con fuerza de un brazo y desapareció con él.

Sus cálculos no debieron fallarle porque aterrizaron junto a su auto. Con esfuerzo, Harry logró meter al hombre en el asiento trasero de su auto y disparó de regreso a Forks sin disminuir la velocidad en ningún momento. Mientras conducía más de una conclusión vino a su mente.

Harry asesinó a su primer vampiro.

Harry descubrió que los causantes de los ataques en Seattle eran vampiros.

Se fascinó la vez que se horrorizó de lo que había descubierto. Él había descubierto el por qué de las desapariciones en Seattle. Lo había hecho todo él solo. Aunque eso no era lo mejor, porque lo mejor era que nadie sabría que fue Harry Potter, enfermero de Forks, el que hizo todo eso. El que había matado a la vampireza había sido un asesino invisible, el anonimato lo protegía. Nadie jamás sabría que el asesino de esa vampireza había sido él.

Con ese pensamiento tranquilizador y alegre, Harry disminuyó un poco la velocidad y se dirigió a su casa en el medio del bosque.

Entre su alivio, la velocidad y la alegría… Harry olvidó que tenía una carga humana en el asiento trasero del auto que estaba conduciendo. Una carga que estaba inconsciente.

Alec, Demetri y Felix Vulturi se encontraban en el callejón donde Harry había estado antes de desaparecer. Demetri estaba horrorizado por lo que veía, Felix parecía sentir emociones contradictorias por la expresión extraña que tenía en el rostro, y Alec se veía horrorizado y muy angustiado.

Los tres estaban ante un fuego que devoraba un bulto.

Alec cayó de rodillas y extendió una mano, pero Demetri lo paró.

- Ya no puedes hacer nada, Alec. Jane ya está muerta.

Alec, entonces, se derrumbó. Con convulsiones, se largó a llorar sin lágrimas y desconsoladamente, tapándose la cara con las manos.

- ¿Se puede saber quién la mató, puedes encontrar a su asesino? –preguntó Felix sin mostrar emociones de ninguna forma.

- No a las dos preguntas.

Mientras esos tres Vulturis lamentaban la muerte de Jane, Harry Potter, su asesino llegaba a su casa.

Metió su auto en su cochera y hechizó a su pasajero para que no pesara y así poder entrarlo a la casa. Se pasó un brazo por sus hombros, le pasó un brazo por la cintura y lo llevó a la sala cargando con su peso muerto. Lo acostó en el sofá y prendió la chimenea, luego de eso decidió ver a quién se había traído.

Con cautela y despacio, le quitó la gorra y movió su rostro hasta ponerlo en un ángulo donde pudiera verlo mejor. Cuando pudo verlo mejor…

Sintió que la sangre abandonaba su rostro y retrocedió hasta caer sentado en el sofá de enfrente. Las piernas le temblaban, al igual que las manos. Su pulso se disparó, cerró los ojos y cuando lo volvió a abrir, se dio cuenta de que no era ningún delirio suyo.

Ahora entendía por qué se sentía como se sentía y por qué su voz era tan parecida a la suya… aunque más adulta.

El hombre que estaba desmayado en su sofá y al que había perseguido tanto era alguien que se suponía que estaba muerto desde hacía diecisiete años.

James Potter… Su padre estaba vivo… y frente a él.