Capítulo 22: Inesperado

Mientras Carlisle, Edward y Bella estaban en Inglaterra moviéndose activamente para desentrañar los secretos de Harry Potter, éste no sólo no se quedaba atrás en Estados Unidos, sino que tampoco estaba solo.

Harry y James Potter volvían de la ciudad de Seattle. El único sonido que se escuchaba dentro del auto era la música que salía del estéreo, pero no era música clásica para nada. Cada cinco minutos Harry le lanzaba miradas burlonas a su padre. El hombre tenía treinta y ocho años, ¿y escuchaba eso?

Harry había decidido que su padre necesitaba ropa nueva y actual, por lo que se lo llevó de compras a Seattle para tener más variedad de negocios. Lo había arrastrado (sí, arrastrado) por negocios de ropa, zapatos, perfumería (James quería comprar perfume) y a un local donde vendían celulares (un celular para cada uno). Eso sí, su padre tampoco resultó ser un santo: lo arrastró a una disquería. Cuando su padre empezó a tomar los cds que quería, Harry lo miraba perplejo al ver lo que escogía: Muse, AC/DC y Michael Jackson. Cuándo le preguntó qué se suponía que estaba llevando, su padre le respondió con una sola frase y el ceño fruncido.

Estoy llevando arte musical, estos son mucho mejores que los que escuchas tú, hijo. Betthoven, Mozart y esos tipos no les llegan a los talones a estos genios de la música.

Harry no podía creer lo que sus oídos escuchaban ni tampoco lo que sus ojos veían. ¿Es que su padre estaba loco? Pero cambió de opinión cuando recordó que su padre era Cornamenta y que lo sería siempre.

Para coronar la salida, su padre decidió que quería que le cumpliera otro capricho.

James también quería un auto moderno.

Así como el hijo se enamoró de un Audi, el padre se enamoró de un Ford.

Harry le reservó el Ford ecosport azul de sus sueños a su padre. Se prometió pedirle a Kreacher entregarle una carta al duende director de Gringotts para cambiar dinero mágico por muggle y enviárselo. Cuando le preguntó a su padre si sabía conducir, él le dijo que sí, que el padre de Lily le enseñó. Lo único que necesitaba su padre era sacar el registro y un auto para usar. Harry podía ayudarlo con las dos cosas: el auto ya estaba apartado y sabía dónde podía obtenerse lo otro. Tanto James como Harry estaban de acuerdo en que los autos irían a donde ellos fueran, es decir, se los llevarían a Inglaterra cuando regresaran a su país.

Volviendo al presente, ninguno de los dos Potter hablaba porque cada uno estaba ensimismado en sus pensamientos. Sólo que los de James seguían un hilo distinto a los de Harry.

Harry le había contado todo lo que había descubierto sobre los vampiros y James le había dado importancia.

Después del ataque que sufrió, era imposible que lo que su hijo le había confiado le sea indiferente o irrelevante. Ahora estaban los dos metidos en ese misterio. Harry había matado y él había estado muy cerca de alimentar con su propia sangre a esa vampireza asesinada por su hijo. James era consciente que sólo seguía con vida gracias a su hijo y que éste había tenido que matar. También era consciente de que su hijo había tenido que investigar algo anteriormente.

No podían pasar nada por alto ninguno de los dos porque, de alguna forma, estaban involucrados.

Cuando Harry le había contado todo, James se inquietó.

Los recuerdos venían a su cabeza todos de golpe y no podía controlarlo. Recordaba su vida con sus padres, lo que su padre solía contarle y lo que él había deseado para Harry antes de que Dumbledore les ordenara esconderse. Era como si una parte de él hubiese enterrado todos esos recuerdos por alguna razón que él no lograba comprender.

Pero ahora recordaba todo aquello.

Y se daba cuenta de algo.

Harry no sabía prácticamente nada de su legado Potter. Algo que era tanto un derecho como una obligación.

Harry no sabía de William.

James frunció el ceño.

William debía conocer a su descendiente más joven pronto. Harry tenía que portar el anillo Potter lo antes posible. James no quería ser de nuevo el patriarca Potter, quería ser un orgulloso padre y abuelo. Él ya no quería ser un líder. James quería seguir los pasos de William: participar sin encabezar. James sería uno de esos abuelos que consentía a sus nietos, un padre observaba a su hijo con orgullo y uno de esos suegro que trataba a su nuera como a una hija.

Era momento de hacer un paso a un costado. Su hijo ya estaba listo para convertirse en el patriarca Potter.

En la casa Cullen de Forks, la situación no estaba tan controlada como las demás.

Carlisle, Edward y Bella tenían un objetivo y ya casi terminaban en Inglaterra; Harry y James volvían a casa con una conversación pendiente. Tanto el trío como el dúo tenían un objetivo claro en mente, ambas eran situaciones controladas.

En la casa de los Cullen, la situación era otra. Se habían enterado de algo y no sabían qué hacer.

-No puede ser –dijo Esme perpleja y algo asustada.

-Resulta que así es, Esme –dijo Alice con cansancio y preocupada.

-Deben de estar muy alterados –dijo Jasper disgustado-. Menos mal que Bella no está aquí. Aro podría enviar a alguien a averiguar qué ha pasado en Seattle y, de paso, a ver si transformamos a Bella.

Rosalie frunció el ceño con el rostro severo.

-Bueno, yo me alegro que haya ocurrido. Si supiera quién mató a Jane, le enviaría flores –dijo con seguridad.

-Rose –la regañó Esme.

-¿Qué? –le soltó ella- ¡Esa Vulturis se merece lo que le pasó! La muy bruja disfrutaba con la tortura y el asesinato. Tú también escuchaste lo que Alice nos contó después de que volvieron de Volterra. Por Dios, Esme. ¡Janes torturó a Edward! ¿Y tú lamentas su muerte? Pues yo me alegro –dijo Rosalie furiosa.

El siguiente silencio de Esme fue más de lo que pudo soportar. Así que abrió una ventana y se largó a correr.

Emmett se encaminaba a la venta para seguirla, pero Jasper lo sujetó de un brazo.

-No. Ella tiene razón y tampoco lograrás nada. Está demasiado furiosa –dijo el vampiro rubio dirigiéndole una mirada a Esme, dejándole claro que estaba de acuerdo con Rosalie.

Esme suspiró y se tapó la cara con las manos.

-¿Y entonces qué? –preguntó un molesto Emmett.

-Tenemos que averiguar quién la mató. Puede que necesite nuestra ayuda o nuestra protección –sugirió Alice. Ella también estaba de acuerdo con Rosalie, pero también le preocupaba el asesino de Jane.

Los Vulturis no se quedarían quietos ni tampoco verían con indiferencia este asesinato. Querrían investigar, dar con el asesino y hacer algo.

-¿Qué? –exclamó Harry a algunos kilómetros de distancia de la casa de los Cullen.

Padre e hijo estaban sentados en la sala, conversando.

La chimenea estaba prendida, por lo que el ambiente era cálido. El florero tenía rosas frescas que Kreacher había recogido mientras llovía para que el aroma fuera más fuerte y acertó. En la mesita tenían un plato con galletas caseras, una tetera, una azucarera, una jarra con leche y tazas con platitos.

Era de tarde, así que les tocaba el té británico. Y esta vez, había sido iniciativa de James hablar durante la hora del té.

La exclamación de Harry se debía a la revelación de la existencia y condición de William Potter.

Harry no podía creer estar emparentado con un vampiro antiguo que se alimentaba de sangre de animales. James le había contado la tradición Potter de convivir con el vampiro y ocultarlo por protección. No es que tuviese prejuicios contra ser descendiente de un vampiro raro (¿no se supone que los vampiros se alimentaban de sangre humana?), su problema era que ese ancestro suyo recién descubierto era parte de la misma especie a la que pertenecía la vampireza que mató en Seattle para salvar la vida de un humano inocente que resultó ser su padre. ¿Qué se suponía que tenía hacer con eso? ¡Mató a una vampireza, por Godric Gryffindor! Si la cosa seguía así, iba a darle algo.

- Pero William Potter no es el único vampiro vegetariano anciano británico, Harry –dijo James seriamente.

Harry vio en los ojos avellana de su padre que estaba preocupado. Algo estaba inquietando a su padre y Harry sólo podía suponer que se asociaba con él, su único hijo. Tenía la sensación de que su padre sabía algo que podría levantar sus defensas, algo grande y que podría ser muy importante para él.

- ¿Sabes más nombres? –preguntó Harry temeroso, mirando a su padre.

Fue en ese momento en que un entendimiento entre padre e hijo surgió. Cuando el verde esmeralda se encontró con la avellana, padre e hijo se comunicaron sin necesidad de palabras.

- Sí, y tú estás involucrado –dijo su padre después de un silencio que duró segundos-. Estuviste involucrado desde el momento en que empezaste a trabajar de enfermero, Harry. Mi mayor preocupación en estos momentos es que pueda pasarte algo estando tan cerca de uno de ellos –dijo James con seriedad en la voz y preocupación notable en los ojos.

De pronto, la mente de Harry se convirtió en un torbellino que fue tomando forma hasta dar como resultado algo que inquietó mucho a Harry.

Puso su tasa con su platito en la mesita y se levantó para caminar hacia la chimenea y volverse hacia su padre. Ese movimiento que Harry hizo, era uno que hacía desde que iba a Hogwarts. Por alguna razón, el fuego solía tener un efecto calmante y reconfortante en él.

James no pasó por alto la actitud de su hijo ni tampoco ignoró la búsqueda de refugio que su hijo estaba buscando en la chimenea.

- William conoce a muchos vampiros, hijo. Nuestro antepasado conoce vampiros antiguos europeos. Algunos se alimentan de sangre humana y alguno que otro de sangre animal, pero la mayoría de los vampiros se alimentan de sangre humana. Los vampiros que William conoce más son italianos y británicos. Inglaterra dio tres vampiros antiguos, dos de ellos vegetarianos y uno de ellos es William. Italia es el hogar de muchos vampiros que se alimentan de sangre humana. William nos contó a Sirius y a mí sobre los italianos cuando éramos jóvenes, yo aún no era novio de Lily –James pronunció el nombre con una mueca-. Por alguna razón, William no quería que esta información saliera de nosotros tres. Tu padrino seguramente no te contó nada de esto porque no era necesario. Y yo creo que fue lo mejor porque Voldemort podría haberte leído la mente y ahora la historia sería otra.

Los vampiros italianos son vampiros con los que no debes toparte. Tratan a los humanos como ganado, como algo insignificante. No son buenos. Son la aristocracia de los vampiros, su realeza. Son algo así como nuestro ministerio de magia…

Y así James se embarcó en su historia de un grupo de vampiros italianos apellidados Vulturis. Harry lo escuchaba todo con atención.

William, al parecer, deseaba proteger a sus descendientes de los vampiros que se alimentaban de sangre humana. Todos sus descendientes sabían sobre los Vulturis, las características de los vampiros y cómo matarlos. Igualmente, todos los hombres Potter parecía tener con qué matar a los vampiros, es decir, tenían facilidad para conseguir fuego y manejarlo para asesinar vampiros. Era instintivo el saber cómo exterminar vampiros. Harry se sorprendía de esta cualidad de su linaje paterno.

James había matado a un vampiro a los dieciséis años sin proponérselo. Sirius y él se habían internado en un bosque en busca de aventuras, pero la cosa no fue bien. Un vampiro apareció e intentó alimentarse de Sirius, pero James le lanzó un hechizo de fuego por instinto y lo mató. Eso hizo que William les contara a los dos adolescentes todo lo que sabía sobre vampiros.

Ahora, Harry mató a su primera vampireza. Y sí, la primera porque tenía la corazonada de que iba a matar más vampiros.

James le contó sobre la guardia Vulturis y juntos, padre e hijo hicieron un descubrimiento importante para ambos.

Harry Potter había asesinado a Jane Vulturis. Un humano había logrado matar a un miembro de la guardia de la realeza de los vampiros.

Si jugaban bien sus cartas, ese secreto no saldría de ellos dos. Harry y James protegerían sus recuerdos y listo. Si se andaban con cuidado, nadie ni nada sabría quién mató a esa vampireza Vulturis. Afortunadamente, Harry sabía cómo proteger su mente.

Oclumancia.

Sólo había un problema que solucionar para borrar rastros: aprender a aplicarla. Una vez que padre e hijo lograran utilizarla, no habría forma de saber la identidad del asesino de la vampireza Vulturis. Quedaría en completo secreto.

La magia era maravillosa.

Un enorme bulto gris se movía muy rápidamente por agua y por tierra. Era un bulto de color gris sin forma definida, podía tratarse de cualquier cosa. Este objeto indefinido, en estos momentos, se encontraba nadando en el mar Mediterráneo.

En ningún momento disminuyó la velocidad estremecedora con la que se movía. Si alguien lo viera desde arriba, notaría que la figura se movía de derecha a izquierda, lo que podía indicar que se dirigía a América como continente o a Portugal como país. No paró en ningún momento. Fue a la parte del océano Atlántico que separaba a América del Norte de Europa. Entró a Inglaterra y no se detuvo hasta que llegó a un pueblito.

Fue entonces cuando el borrón se convirtió en Félix Vulturis.

Félix Vulturis había arribado al pueblo Valle de Godric y se encaminó hacia la casa de Sanguini.

Este Vulturis estaba solo, asustado, alerta e iba con prisa.

En el aire, descubrió algo que lo inquietó tanto como le interesó.

El aroma de Edward Cullen y su humana, Bella. También había otro rastro con el de ellos, pero no le prestó mucha atención porque no lo conocía.

¿Qué hacía esa pareja ahí?

Suerte que sólo se trataba de él y no de otro Vulturis.

Félix estaba en Valle de Godric porque tenía algo en mente, algo realmente importante que podría interesar a los Cullen.

La muerte de Jane había cambiado las cosas para él. Estaba secretamente muy agradecido a quien la haya exterminado. Le había tenido miedo desde que se había unido a los Vulturis, Jane era la razón por la que había seguido con los Vulturis… Bueno, no. Chelsea también. Jane le daba miedo y Chelsea lo ataba a los demás.

No obstante, ahora la situación había cambiado para él.

La muerte de Jane había golpeado duro a los Vulturis, tanto que hizo temblar a unos cuantos.

Cayo estaba furioso; Alec, entre furioso y angustiado; Aro, muy dolido; Demetri estaba desconcertado y perplejo como muchos… Pero la más importante para Félix era Chelsea: su don se había debilitado y descontrolado. Chelsea se debilitó por la pena y perdió el control sobre su don.

Esto último había provocado una fuga. Los Vulturis sufrieron pérdidas por deserción.

Félix desertó en cuanto pudo y Marco le siguió dos días después. También huyeron otros más, pero Félix se preocupaba más por sí mismo y por Marco.

Félix no sabía a dónde había ido Marco ni qué podría hacer el vampiro. Él, Félix, sí sabía (más o menos) qué hacer y a dónde ir. Sabía que los que dejó atrás loa buscarían a él y a los demás desertores. Por eso, Félix tenía algo parecido a un plan.

Pedir ayuda a aquellos vampiros que podían ser letales para un Vulturis, vampiros capaces de matar a un Vulturis.

Sabía que era muy peligroso y que lo podían matar, pero estaba dispuesto a correr el riesgo si conseguía liberarse. Si lograba deshacerse de los Vulturis, poner su vida en peligro valía la pena.

Por suerte, Félix sabía dónde buscar vampiros hostiles. Y sí, eso era una gran suerte porque la mayoría de los vampiros respetaba y temían a los Vulturis. Eran muy, muy pocos los vampiros dispuestos a enfrentarlos.

Gracias a Dios, existían vampiros como William Potter.

Sin embargo, Félix no recurría a Potter porque ese vampiro ya había matado a un Vulturis. Era por eso que se dirigía a Sanguini. Si Sanguini lo ayudaba, Félix podría hablar con el vampiro inglés aristócrata antes de que lo atacara mortalmente.

William Potter era un vampiro vegetariano, pero no era como Carlisle Cullen.

Carlisle Cullen odiaba la violencia, era un activista de la paz. Carlisle también era el cabecilla del aquelarre vampírico que más se parecía a una familia. Cullen era amable, diplomático, respetuoso y muy paciente. Por su parte, William Potter era un guerrero, arisco, amargado, enérgico y no aceptaba cualquier cosa. Una prueba de ello era la dieta Vulturis: Carlisle la respetaba con resignación y William la condenaba. Carlisle trataba a los Vulturis con diplomacia, respeto y amabilidad, mientras que William los odiaba y era capaz de matarlos.

Félix era muy consciente de que se preparaba para enfrentar un campo de minas.

Por eso estaba en el Valle de Godric, para pedir ayuda para enfrentar al vampiro William Potter.

Félix no iba a negar que estaba asustado, muy asustado. Y no era para menos. Acababa de escaparse de la realeza de los vampiros, vampiros muy peligrosos, y ahora se dirigía para pedirle ayuda a un vampiro que odiaba a los Vulturis, tanto que era muy capaz de matar a uno de ellos. Podría ir con Carlisle, pero tenía claro que Carlisle nunca podría ayudarlo. Carlisle era pacífico y estaba en la mira de los tres hermanos Vulturis. William era otra historia. Félix era consciente de que ya no podía volver con los Vulturis porque lo asesinarían, por lo que sólo tenía una opción para sobrevivir: pedir ayuda a William Potter.

Félix ya no quería la vida que había tenido en las filas Vulturis. Unirse a ellos hacía su vida más fácil, pero no le servía en realidad. Sí, mataba y se alimentaba… pero ¿dónde había quedado su humanidad? ¿Realmente eran los seres superiores que creían? Ahora él ya había encontrado la respuesta a la segunda pregunta.

No, podían ser destruidos.

Otra pregunta.

¿Los Vulturis eran familia de verdad o esa era otra mentira?

Otra respuesta.

Nunca había sido una familia de verdad porque Aro tenía a una vampira detrás de todo eso. Chelsea había creado y manipulado vínculos, pero esos lazos no eran auténticos.

¿Conclusión?

Con los Vulturis no había tenido más que una existencia fácil y una "familia" artificial.

Para su suerte, él aún tenía la posibilidad de tener una familia o una vida. Félix todavía estaba a tiempo de redimirse.

Félix no iba a desaprovechar la oportunidad que se le estaba presentando.

Volviendo al presente, Félix reconoció el aroma de Edward Cullen en la puerta de la casa de Sanguini.

Frunció el ceño al notar otra cosa.

El aroma de Bella no lo acompañaba. Ese perfume humano se había desviado unos pocos metros atrás.

La curiosidad pudo con él y siguió el rastro. El rastro de esa humana aún era claro y fácil de seguir. Pudo seguirlo sin problemas. No tardó mucho en llegar a un lugar que le sorprendió.

Un cementerio.

¿Qué hacía la novia de Edward Cullen en un cementerio y sola?

El rastro de la chica lo llevó hasta donde estaba enterrado un matrimonio.

Félix se sorprendió al leer el apellido, tan conocido para él y tan extraño en ese lugar.

Potter

A juzgar por las fechas, bien podría tratarse de descendientes del vampiro William Potter. Ese vampiro era un antiguo y también era misterioso. Si se lo pensaba bien, era posible que ese vampiro inglés en particular tuviese familia. Por lo poco que sabía de él, William había sido convertido siendo padre de un niño. Aro siempre decía que William nunca había querido tomar compañera. Marco decía que su compañera era una Vulturis y no cualquier Vulturis. La vampireza destinada a William era una vampireza muy conocida y muy peligrosa. Marco le había contado que William sabía qué vampireza era, pero que se negaba a relacionarse con ella. Y ahora que Félix lo pensaba, él habría hecho lo mismo que William.

¿Qué vampiro querría ser pareja de Jane?

Aro se había puesto muy contento cuando supo que William Potter y Jane Vulturis estaban destinados a estar juntos. Un matrimonio entre ellos habría sido muy beneficioso para los Vulturis.

¿El problema? ¿Por qué nunca se juntaron esos dos vampiros?

William se negaba a relacionarse con los Vulturis. Y no sólo eso, prefería que Jane Vulturis no existiera por el simple hecho de disfrutar del sufrimiento ajeno.

Sólo un pequeño grupo de Vulturis sabían por qué Aro había enviado a alguien de la guardia a visitar a William Potter. Y Félix formaba parte de ese grupo.

Aro había intentado por mucho tiempo forzar a William a formar pareja con Jane. El resultado de su plan había sido malo. William acabó asesinando al guardia y, desde ese entonces, se había encerrado en su propiedad y se negaba a recibir a nadie. Además de eso, el odio que sentía por los Vulturis creció. Con su estúpido plan, Aro se ganó a un enemigo poderoso.

El don de William Potter era la telekinesis: podía mover cosas con la mente.

No era de extrañar que Aro lo quisiera dentro, como tampoco era de extrañar la violenta negativa de William. Aro quería su poder y que se uniera a Jane, William se negaba rotundamente.

A todo esto, Félix se preguntaba qué pensaría Carlisle Cullen si supiera lo que él sabía. Sinceramente, Félix no creía que ese otro vampiro se pusiera del lado de Aro. Félix no conocía a Carlisle, pero se había hecho una idea de cómo era su forma de ser y se atrevía a creer que ese vampiro apoyaría a William. Carlisle no apoyaba la fuerza y la violencia, apoyaba la libertad… algo que William defendía. Además, también estaba el asunto de la dieta. Carlisle era vegetariano, William era vegetariano, los Vulturis no lo eran.

No, el sueño de Aro nunca se iba a cumplir.

Félix sacudió la cabeza y frunció el ceño, preguntándose qué hacía esa chica humana en ese cementerio. La chica era estadounidense y el cementerio estaba en Inglaterra. Edward Cullen también era norteamericano y no parecía relacionarse con ese sitio. Ni Edward ni Bella tenían razones para estar ahí. Se preguntó si se habrían enterado de la existencia de William Potter, la tumba matrimonial llevaba su apellido. Y si se enteraron, ¿cómo lo habrían hecho? Félix no se consideraba a sí mismo muy inteligente, pero sentía que algo había detrás de la visita. El rastro de Edward había quedado en la casa de Sanguini, pero la chica nunca había llegado allí. ¿Qué estarían haciendo esos dos en ese lugar?

Fue entonces que Félix cambió de planes.

No iría a ver a Sanguini ni a William Potter, se iría a Forks a investigar qué estaba pasando. Pedía al cielo que Alice Cullen no viera su futuro porque no quería que nadie supiera sus nuevas intenciones.

En lugar de regresar a la casa de Sanguini, deshizo su camino y se dirigió a Estados Unidos.

Su instinto de supervivencia no había sido olvidado, pero la curiosidad era más fuerte. No iría en representación Vulturis, sino que se presentaría como un curioso con buenas intenciones.

De repente, se le ocurrió una idea.

¿Y si se hacía vegetariano él también?

Bastaron unas horas para que la habitación de huéspedes que James ocupaba se convirtiera en su habitación oficial. Harry había querido pasarlo a una más grande, pero su padre se había negado alegando sentirse cómodo y a gusto. No obstante, James sí deseaba algo y su hijo no dudó en consentirlo.

James estaba acostumbrado a vivir en una casa grande, pero Harry no. Él entendía que su hijo estaba acostumbrado a vivir como un muggle de clase media, pero la situación tenía que cambiar. Harry era uno de los herederos de la aristocracia mágica y, como tal, debía vivir de cierta manera. Para fortuna de Harry, James tampoco podía negarle caprichos a su único hijo. James sabía que Harry nunca podría dejar de lado la vida que había llevado con los Dursley, pero también sabía que había maneras para enseñarle a Harry a vivir como el aristócrata que era. La combinación no sería mala. Harry sería un aristócrata modesto y prudente. James creía que hasta podía mejorar la reputación del linaje Potter.

Por eso, decidió agregarle un piso a la casa, en lugar de agrandarla con magia… como muchos magos preferirían.

Con mucha discreción y estrategia, fueron agregando el piso nuevo. James lo había destinado para hacer un par de habitaciones porque tenía la esperanza de que su hijo invitara a sus amigos a pasar unos días y así poder tener el gusto de conocerlos.

James realmente deseaba conocer a Ron, Hermione y Neville. Con todo lo que Harry le había contado, empezó a sentir un gran cariño y agradecimiento por los dos primeros. También quería ser amigo de los padres de Ron. Por otro lado, sentía mucha curiosidad y preocupación hacia el hijo de Frank y Alice Longbottom.

Ese chico había estado a punto de sufrir el destino de su Harry. James sentía que el joven debería estar agradecido por no haber tenido una vida tan dura como Harry. Su hijo nunca se recuperaría y tendría que vivir con ello toda su vida, sus cicatrices estaban tanto en su cuerpo como en su interior. Harry sería un guerrero toda su vida, aunque ahora llevara la vida de un enfermero muggle. James veía que la guerra había marcado a fuego a Harry. Su pobre hijo era desconfiado, reservado y sólo en su casa bajaba la guardia. La muerte lo perseguía desde que estaba en el vientre de Lily, cuando se hizo esa maldita profecía, hasta el día de hoy, cuando seguía preocupado por la situación de Seattle.

¿Es que su cervatillo no iba a descansar nunca? ¡No tenía ni veinte años, por Gryffindor bendito!

Una lágrima se escapó de su ojo y rodó por su mejilla, pero James se la sacó con el dorso de una mano.

Realmente, odiaba y le dolía ver lo que el destino le había hecho a su bebé.

Maldita sea Lily por haberlo abandonado así. Ella podría haberlo buscado, encontrado y traérselo a Estados Unidos para darle a Harry una vida sin guerra ni muerte. James la odiaba aún más por eso. James sabía que el odio era algo grande y que no debería maldecir a la que fue (¿o era aún?) su esposa y madre (sólo biológicamente, según Harry) de su único hijo… Pero no podía evitarlo. Veía el daño siempre que veía a Harry. James sacrificó su felicidad, paternidad y libertad por su hijo, y Lily lo dejó ahí, simplemente. James nunca había dejado de pensar y sufrir por su hijo, Harry también había sido su fuerza y lo que lo mantuvo vivo… mientras que Lily lo abandonó y lo olvidó.

Harry le había contado que esa mujer lo estaba buscando y James se alegraba de que su hijo también tuviera un orgullo lo suficientemente fuerte que lo alejara de Lily en todo momento. Por su parte, James no pensaba reconciliarse con esa mujer, sí se enfrentaría a ella en algún momento y, seguramente, en varias ocasiones. Él no se cortaría ni un pelo a la hora de cantarle sus verdades. Ella se lo había buscado: nadie abandonaba a su cervatillo sin enfrentarse a su ira.

Lily había emprendido un camino de ida.

Otra persona en la que pensaba, era Petunia.

James también quería ver a la tía de su hijo. Harry le había dicho que mantenía el contacto con los Dursley por teléfono y que sólo ellos sabían su ubicación exacta. Y por lo que Harry también le dijo, seguían viviendo en el mismo lugar.

¿Tendría algo de malo hacerle una visita a la que seguía considerando cuñada? James dudaba que Harry le negara ese placer. Después de todo, las cosas entre su tía y su padre estaban bien.

En esos momentos, James estaba sentado en el porche trasero de la casa, mirando sin ver los árboles, con una taza de té en las manos. Los sillones que Harry tenía ahí fuera eran cómodos y amplios, el esqueleto era de madera y tenían mullidos almohadones blancos. Antes, James no lo había visto, pero ahora entendía que su hijo protegía con magia la casa para que nadie se sintiera tentado a entrometerse en sus asuntos.

Sin duda, Harry le había cerrado su vida a la gente del pueblo. Él también entendía que lo hiciera. Harry no quería que nadie se metiera en su vida sin su permiso y descubriera sus secretos. Como buen Potter, su hijo no podía vivir sin su magia. La magia seguía fuerte en su vida, pero Harry era tan discreto que era imposible darse cuenta sin que él diera señales. Harry ocultaba muy bien lo que quería ocultar.

Ahora, James era uno de esos secretos que Harry protegía tal celosa y discretamente. Harry fingía seguir siendo un huérfano y James se lo agradecía: él tampoco quería que lo molestaran.

Padre e hijo sabían que sus secretos estaban a salvo con tía Petunia, por lo que sabían que nada sería revelado sin que ellos quisieran. Los Dursley se negaba a compartir la ubicación de Harry con quienes no sean de fiar. Ginny había sido la única que había recibido la información, pero era porque Harry había hecho oficial su relación con ella. Además, los Dursley conocían a los Weasley desde hacía años. Sólo esa chica sabía de su sobrino. Nadie más.

Por eso, James sabía que no pasaría nada si se descubría ante Petunia. También, contaba con el favor de Harry. Bastaba una carta o una llamada de Harry para que estuviera completamente a salvo.

-¿Estás bien, papá? –dijo la suave y grave voz de su hijo.

Se volvió hacia donde venía la voz y vio a Harry parado, con un vaso de jugo de naranja en una mano, un plato con galletas en la otra y mirada preocupada en sus ojos verde esmeralda.

Ese día, los dos estaban vestidos de forma algo similar. Harry tenía puesta una camiseta negra, pantalones de jean negro y mocasines beige en los pies. James vestía una camisa de cuadros azul, pantalones de vestir beige y zapatos negros.

Cada vez que James veía a su hijo más se daba cuenta de que el estilo estadounidense se pegaba a la forma de ser de su hijo y eso lo alegraba por extraño que parezca. Harry parecía más juvenil y más relajado, más de su edad. Forks le estaba haciendo bien y James agradecía a quien se le ocurrió enviar a su hijo a ese pueblo. Harry le había contado su vida y, aunque no había formado parte de ella, sabía que había sido turbulenta y de interés mundial. Todo el mundo en Europa había estado atento a Harry Potter, a lo que dijera y a lo que hiciera… todo en su hijo era visto, sabido y juzgado por los magos del mundo. La prensa nunca lo había descuidado y lo habían vigilado desde que había quedado "huérfano". Por todo esto, James sabía que Forks era lo que su hijo necesitaba. Normalidad, tranquilidad y anonimato. Para la gente de Forks, Harry sólo era un número más. En Forks, Harry no era más que un muggle tranquilo y normal. Él sólo tenía que ser él mismo y nadie le diría nada porque, simplemente, no importaba.

Nada de presiones.

- Sí, hijo, estoy bien –le respondió con una sonrisa.

Harry le devolvió la sonrisa y se sentó a su lado a contemplar el paisaje mientras merendaban.

James decidió decirle a Harry lo que tenía pensado hacer.

- Quiero hacerle una visita a tu tía, Harry.

Fue directo, sin rodeos. Él sabía que a su hijo le gustaban las cosas así: sin vueltas.

Harry lo miró algo sorprendido, pero se recuperó rápido. Arqueó una ceja… y esa fue la única señal de su sorpresa. Luego, la sorpresa desapareció de su joven rostro para ser reemplazada por la confusión en primeras y, en segundas, por la comprensión.

- Nunca estuviste en malos términos con ella –dijo tranquilamente. No era una pregunta, era una afirmación.

- Exacto. Nosotros dos nunca estuvimos enemistados –dicho eso, procedió a explicarle-. Tu tía estaba enemistada con su hermana, Lily, no con su cuñado, yo. Yo conocía la relación entre Snape y Lily desde antes de ser seleccionado a Gryffindor. Confieso que realmente me sorprendía que un Slytherin como Snape fuera amigo de una bruja hija de muggles como Lily. Petunia sufrió esa amistad porque significó la separación entre ella y su hermanita. Yo, en Hogwarts, veía a la chica que amaba caminar con mi enemigo. Mis amigos merodeadores lo sabían y estaban igualmente desconcertados como yo de esa amistad –soltó una risita irónica-. ¿Qué digo? ¡Todo Hogwarts se desconcertaba ante eso!

Cuando Petunia y yo nos vimos, vi en ella el daño hecho y la entendí. No creo equivocarme al suponer que yo era el único que la entendía. Ingenuamente, Lily le creyó a Snape cuando éste le dijo que Petunia estaba celosa porque no era bruja y porque nunca iría a Hogwarts… como ella. Lily no se daba cuenta que, cuanto más se acercaba a Snape, más se alejaba de tu hermana. Petunia la empezó a odiar por no ver lo que le estaba haciendo, la empezó a odiar por no ver el daño que le hacía a ella y a su relación entre hermanas. Petunia los comenzó a odiar a ambos: Snape y Lily. Petunia cambió y Lily seguía sin darse cuenta de la verdad.

Cuando tu tía y yo nos conocimos, siendo yo ya el novio de Lily, me las arreglé para verme a escondidas con ella. Le conté todo: lo que sentía y pensaba de Snape. De cómo veía las cosas. Le conté mi hostil y bélica relación con Snape. Cuanto más hablábamos, más ella ablandaba su actitud conmigo hasta que nos hicimos buenos amigos. Y entonces lo comprendí: ella necesitaba que alguien viera que no era la mala de la película y que tenía sus muy buenas razones para ser como era.

Una vez que Lily y yo nos casamos, empecé a ser amigo por correspondencia con la que sería tu tía. Ella siempre supo lo que pasaba con su hermana, pero el daño estaba hecho: su relación se había roto de mala manera. Petunia supo del embarazo de su hermana y también la mantuve al pendiente de ti desde tu nacimiento. A espaldas de Lily, yo te sacaba fotos y se las enviaba en las cartas. Petunia siempre quiso saber de ti porque eras su único sobrino, ella podía odiar a la madre, pero no al padre. También, ella me decía en sus cartas que no le agradaba la idea de que hubieras heredado los ojos de tu madre porque le recordarías a ella cada vez que te viera los ojos. No vería los ojos de su querido sobrino, sino los de la hermana que la cambió por Severus Snape. Era el único defecto que ella te encontraba.

James le contaba este pedazo de historia a su hijo sin saber cuán profundo calaba en él. James no se daba cuenta, pero había hecho que su hijo diera con la verdadera razón de los maltratos y la indiferencia que su tía le daba. Lo maltrataba por culpa de Lily y Snape, y lo trataba con indiferencia (en las otras ocasiones en las que no lo trataba mal) porque Harry era idéntico a la única persona que le había dado lo que necesitaba (comprensión y amistad). Seguramente, la mujer debía sentirse culpable por tratar mal al único hijo de James Potter. Después de todo, la mitad de la sangre que corría por las venas de Harry, era sangre de James.

Ahora que Harry le pensaba un poco mejor, le debía a su padre más que su vida.

James bebió un poco de su té mientras que Harry comía una galleta. El primero empezaba a despegar los labios para volver a hablar cuando algo lo cortó.

Padre e hijo se pusieron de pie al mismo tiempo cuando vieron de qué se trataba.

Un borrón claro venía de la izquierda de Harry hasta detenerse en seco a unos cuantos metros frente a ellos. El borrón se convirtió en otra cosa.

Rosalie Hale clavó los dientes en la garganta de un alce.

Padre e hijo se congelaron donde estaban, observándola. La vieron matar al animal y luego limpiarse la boca con el dorso de una mano. Los dos Potter se dieron cuenta de lo que era aquello que se limpiaba.

Sangre.

Rosalie Hale, una de los hijos adoptivos del doctor Carlisle Cullen, era una vampireza.

Harry no había querido aceptarlo, pero ahora no quedaban dudas. Sin saberlo y sin querer, Rosalie había delatado a toda su familia ante Harry Potter. Ahora, Harry no sólo sabía que los jóvenes de La Push (Jacob Black incluido) eran cambia formas, sino que también descubrió con toda certeza que los Cullen eran vampiros.

- Te lo dije, hijo –le dijo su padre con seriedad y en susurros.

- Lo sé, papá. Un gran aquelarre de vampiros vive en Forks y Bella Swan es la novia de uno de ellos. Ya no me quedan dudas.