Capítulo XV

"Infiernos velados"

Kagome se encontraba apoyada en el marco del ventanal de su habitación. Observando pensativa el limitado paisaje que le permitía advertir el frondoso roble que se erguía junto al balcón de su cuarto.

Exhaló un profundo y nostálgico suspiro Desde siempre supo que aquella cruel verdad la alejaría irremediablemente de Inuyasha. Por lo mismo intentó evitarla, borrarla de su mente, pero en el fondo sabía que sólo era cuestión de tiempo. Un tiempo efímero, en el que se había permitido, de manera egoísta, disfrutar de la verdadera felicidad. Desconocida hasta ese momento. Y arrastró a esa peligrosa y sublime odisea al único hombre que había logrado traspasar su dura coraza, hasta insertarse en lo más hondo de su alma y corazón, tan sólo para terminar lastimándolo de la peor manera.

"Felicidad… Es algo que no te mereces Kagome", pensó con amargura.

Sí, esa era verdad. La felicidad no estaba hecha para alguien como ella… Y el problema es que había cometido un imperdonable error al olvidarlo. Permitiéndose fantasear con la idea de que era correcto el luchar por ser feliz.

No… una vez decidió luchar por venganza, y en el camino ayudar a quien la necesitara, como una forma de purgar, en parte, la crueldad de sus pecados.

No podía implicar a más personas en sus deseos de venganza. Todos aquellos que se involucraban con ella, se veían afectados de una u otra manera, sin que consiguiera protegerlos.

Al menos eso fue lo que comprendió, al darse cuenta que Inuyasha ahora corría un serio peligro por haber tenido bajo su protección a Kojaku, mientras un espía se encontraba en su propio castillo. Y no sólo él, Miroku y su hermano Sesshomaru, también podrían verse envueltos en una acusación de complicidad con Handorei. Porque de seguro Kouga, se encargaría de sacarle provecho a esa oportunidad.

Tenía que protegerlo como fuera, aún si tenía que sacrificar sus sentimientos. Y mezclar la verdad con la mentira, para alejarlo de su sombría existencia, por supuesto que valía la pena. No importaba el odio que ahora le profesara… con tal que permaneciera lejos de ella, a salvo y lejano a las inmundicias que la rodeaban.

Jamás consideró al conde Taisho una herramienta. Nada más alejado de la verdad. Fue como un segundo padre para ella y lo quiso profundamente por eso. Si bien, la venganza fue la base para aprender de él… Cinceló en su cerebro todas y cada una de sus sabias palabras. En especial, aquellas que le dirigió el día que culminó con sus enseñanzas.

"Chi, Jin Yu, significa: Sabiduría, benevolencia y coraje —recitó el conde Taisho con una mirada imponente y llena de nobleza, que la hizo enmudecer—. Recuerda siempre Kagome, que el conocimiento no es poder, es solo potencial. Aplicar ese conocimiento es poder. ¡Entender por qué y cuándo aplicar ese conocimiento es sabiduría!".

Sólo restaba enviar a Sango lejos junto a su hermano, también la necesitaba a salvo. Prefería mil veces estar sola, sin importar que su alma entera se hiciera añicos, que ver a alguno de ellos sufrir una vez más por su causa.

Ahora debía contar únicamente consigo misma, para llevar a cabo las dos misiones que se había propuesto. "El primero: lograr que los Breindbill paguen por sus crímenes, incluida la muerte de mi maestro, y con ello el segundo objetivo: obligarlos a confesar quien era ese hombre y dónde encontrarlo y vengar así la muerte de mi familia.", pensaba, volviendo a leer el contenido del papel que tenía en su mano:

H.

Arribo de cargamento día 30 del mes entrante. Al anochecer. Puerto Stone.

Saludos.

T.

Aquella breve, pero importante nota, había sido recibida el día anterior. Como siempre había llegado a nombre de Kojaku. De manos de un mensajero especialmente enviado. Y cuando el anciano mayordomo recién consiguió recordar que debía entregársela a Sango, ésta supo de inmediato que se trataba de un mensaje de Totosai, por lo que se la llevó con urgencia a Kagome.

Otra mentira se sumaba a su larga lista, aunque en esta ocasión fuera involuntaria, ya que cuando habló con Inuyasha aún no la había recibido, por lo que fue verdad cuando mencionó su preocupación por la demora de Totosai. Tampoco sabía el día y el lugar, hasta ahora.

Quedaban poco más de cuatro semanas para el día señalado. Al parecer la llegada de ese cargamento sucedería dentro de lo estipulado. Confiaba que tendría el tiempo suficiente para organizar todo lo necesario.

¿Es la información que esperabas? —preguntó Sango, llegando tras ella, irrumpiendo en su meditación.

Sí.

¿Entonces el señor Totosai consiguió averiguar sobre la llegada de ese barco? —preguntó.

Sí.

¿Y bien? —insistió impaciente, al sólo recibir monosílabos en respuesta.

Es mejor que sólo yo conozca esa información—respondió, alejándose de la ventana, para ir hasta la chimenea de su cuarto, donde arrojó el papel, observando cómo se consumía entre las llamas.

¡¿Desconfías de mí?! —inquirió atónita.

En cierto modo… sí —admitió, girándose para encontrarse con la mirada horrorizada de su amiga—. Sé que nunca me traicionarías. Pero desconfío de tus buenas intenciones y de tu cariño por mí. Si piensas que es por mi bien, estoy segura que revelarías esta información.

Creo que tienes razón —asintió bajando la cabeza apenada—. Si es para ayudarte y más aún para salvarte, lo haría sin dudar, pero jamás se lo diría a alguien que busque lastimarte.

Lo sé —afirmó con una tenue sonrisa.

Kagome… cuando regresaste esta mañana, luego de encontrarte con el joven Inuyasha, te pregunté si todo estaba bien —dijo cautelosa—. ¿Estás segura, de que todo está bien? —inquirió entornando sus ojos marrones, al notar la tristeza en la mirada de su amiga.

No, Sango. Nada está bien —reveló—. Pero te suplico que no me preguntes los detalles. Me siento incapaz de hablar acerca de eso ahora mismo —regresando a la ventana, terminando así con la conversación.

Era pasada la medianoche cuando Miroku desmontaba su agotado caballo, en las caballerizas del castillo Leeuford. De inmediato se dirigió a paso rápido a la biblioteca, donde seguramente se encontraría Inuyasha esperando con inquietud las noticias respecto del viaje de Kojaku y Kagura.

Entró en la habitación, pero sólo se encontraba Sesshomaru, enfrascado en la lectura de un libro de medicina.

¿Hubo algún problema? —preguntó él, con su acostumbrado carácter impasible.

No. Todo resultó muy bien. A esta hora deben estar en la posada y pasado mañana, cerca del mediodía, arribando a destino —informó con evidente cansancio—. ¿Dónde está Inuyasha? Creí que estaría deambulando histérico por todo el cuarto, y me recibiría ladrándome preguntas.

No estoy seguro de lo que sucedió. Pero ha permanecido todo el día bebiendo, encerrado en su recámara —informó, con genuina preocupación, por su hermano.

¿Bebiendo? —inquirió Miroku extrañado—. ¿Habrá sucedido algo con Kagome?

Opino que sí. Su actitud cambió luego de encontrarse con ella esta mañana —señaló.

¡Diablos! —exclamó Miroku pasando una mano por su desordenado cabello—. Y yo pensé que todo iba de maravillas.

Los días habían transcurrido con gran rapidez, pese al nefasto estado anímico que le afectaba, después de su último encuentro con Inuyasha.

La vaga noticia que recibió del castillo, fue lo que Sango le contó respecto de su hermano, quien ya se encontraba en el destino convenido, sin que hubiera ocurrido algún percance en el trayecto.

Prácticamente no había salido de la mansión, más que para recoger el vestido que usaría el día siguiente, en el baile que ofrecía su prometido en honor al compromiso.

Tuvo que verse en la obligación de soportar sus desagradables visitas. En las pocas ocasiones que se encontraron a solas, comenzaba a hostigarla con sucias insinuaciones. Su paciencia estaba más allá de su límite, tanto, que le hacía temer que en cualquier momento le rompería la cara a golpes. Por lo que recurría siempre a la compañía de Rin o Sango, con el fin de evitar un desastre.

Sesshomaru y Miroku se encontraban a mitad del desayuno, cuando Inuyasha por fin hizo acto de presencia. Se veía ojeroso y con una apariencia desgarbada. Aunque era de suponer, ya que estuvo dos días encerrado en su cuarto, casi sin probar bocado, y sólo ordenando que le subieran una botella de licor tras otra.

Ambos habían hecho el intento de entrar al cuarto para averiguar si se encontraba bien y saber qué le ocurría, pero él ni siquiera les abría la puerta, sólo les vociferaba que lo dejaran en paz y que no se metieran en sus asuntos.

Se dejó caer en el asiento de la cabecera de mesa, bebiendo de un trago el vaso de agua que estaba servido frente a él.

Los otros dos se miraron en silencio, con una expresión interrogante, preguntándose mentalmente el uno al otro, quién se atrevería primero a abrir la boca y articular la primera pregunta.

¿Por qué demonios no te sientas en tu lugar, Sesshomaru? —preguntó con un gruñido, rompiendo el tenso silencio.

No tengo pensado en ocupar ese asiento, y lo sabes —respondió su hermano impasible— Mi estadía es sólo temporal. Me iré luego que se resuelva el asesinato de nuestro padre y el culpable pague por ello.

Es mejor que cambies tus planes y te hagas a la idea, porque debes hacerlo, es tu responsabilidad. Por si no lo recuerdas, eres el mayor, por lo tanto te corresponde el título, el castillo y administrar estas tierras —advirtió distraído, bebiendo un sorbo del café que le acaban de servir.

Soy el mayor, es cierto, pero conoces mejor que nadie las razones que me hacen pensar que tú eres el adecuado para esa tarea —contradijo con seriedad.

¡Feh!. Te equivocas. Después de acabar con el asesino de mi padre… ¡Me largaré de este maldito lugar! —informó lleno de resentimiento.

Inuyasha… ¿Ha ocurrido algo? —se atrevió a preguntar Miroku, con la mayor sutileza.

Nada que te importe —respondió cortante—. En un par de días, tú y yo saldremos de viaje. Recuerda que hay asuntos importantes que resolver —anunció, cambiado el tema. Sintió una fuerte punzada en la cabeza, por lo que soltó una maldición, y bebió otro sorbo de su café.

¿Pero qué sucederá con Jaquen? Aún no logramos encontrarlo —advirtió Miroku preocupado.

Tenemos a varios hombres buscándolo ¿No?. Que estemos aquí o en otra ciudad, no hará ninguna diferencia —señaló—. Además, Sesshomaru puede encargarse de los reportes. Y de dar las órdenes que sean necesarias.

Por supuesto —asintió el aludido.

Pero si Jaquen logra evadir la vigilancia y reunirse con Kouga, es indudable que venga a buscarte a ti o a uno de nosotros para interrogarnos, o derechamente arrestarnos a los tres. Y voto por lo último —señaló Miroku preocupado.

Es verdad —asintió despreocupado—. Estoy pensado en algo para confundir a ese imbécil. Al menos por algún tiempo. No es un gran plan, pero es mejor que nada. Más tarde te haré saber los detalles.

¿Y… qué harás mañana? —inquirió cauteloso, el joven de ojos azules.

¿Sobre qué? —gruñó, mordisqueando un panecillo.

La recepción en casa de los Breindbill —aclaró, evitando, por sentido común, mencionar la palabra compromiso. Lo vio apretar los labios con molestia.

Iremos a felicitar a los novios, por supuesto —respondió con una mirada y sonrisa temibles.

Cerca de las ocho, el carruaje se detuvo en la entrada de la mansión Breindbill. Bajó del vehículo, después de su prima Rin, con la ayuda de la mano enguantada de uno de los pajes encargados de recibir a los comensales.

Dio una cuidadosa mirada a su entorno. Al parecer Kouga y su padre se habían esmerado mucho más de lo habitual, en la seguridad de la mansión. Tenían soldados repartidos por todo lugar. ¿Acaso esperaban que estallara una guerra? ¿O creían que Handorei actuaría aquella noche aprovechando el concurrido evento?. Bueno, aquello sí sucedería, aunque no de la forma que ellos imaginaban.

De inmediato pensó en Inuyasha. Hubiera sido imposible para él protegerla desde fuera de los muros de la residencia, ya que intentar entrar furtivamente, significaba lo mismo que el suicidio.

Su tío, que iba acompañado de una animada Kikyo, les dio una mirada severa para instarlas a entrar en la casa, dado que ella era la invitada de honor, o más bien la futura anfitriona de aquel funesto lugar.

El salón estaba iluminado por dos hermosas lámparas de araña, cuyas decenas de cristales titilaban en lo alto. En las paredes se exhibían diversos tapices exquisitamente elaborados. Un par de espejos de grandes dimensiones, uno en cada pared, daban la sensación de estar en un salón mucho más amplio y abarrotado, y al fondo, notó tres mesas llenas de bebidas y comida.

Uno tras otro, fueron llegando los invitados a la celebración. Estaba hastiada incluso antes de que el magno evento alcanzara su máximo esplendor.

Le resultó más difícil de lo esperado deshacerse de la compañía de Kouga. Recibió el vaso de ponche que le ofreció Sango, bebiéndolo casi de golpe.

Será muy difícil que tengas tiempo suficiente para escabullirte. Ese hombre no te dejará en paz —murmuró la joven preocupada. Kagome la miró con seriedad, maldiciendo por enésima en su cabeza, por no haber sido capaz de obligar a Sango a no intervenir y que se quedara en casa. Pero le resultó imposible. No concebía que esa muchacha fuera incluso más obstinada que ella.

Es verdad. Apenas y he conseguido deshacerme de él, y presiento que por muy poco tiempo —masculló la joven.

Buenas noches, señoritas —saludó una voz jovial, cerca de ellas.

Buenas… noches, joven Miroku —saludó Sango sonrojada. Kagome lo miró boquiabierta, ya que jamás imaginó encontrarlo allí.

Pero… cómo… por qué —balbuceaba atónita.

También los Taisho recibieron una amable invitación —informó el joven de ojos azules—. Y, bueno, aquí nos tienen.

¿Han venido? —musitó Kagome con un hilo de voz.

Así es. Sesshomaru y también… Inuyasha —respondió, viéndola palidecer. Le dio una mirada a Sango, que parecía también preocupada por su reacción.

¡¿Qué demonios hace él aquí?!, pensó Kagome furiosa, pero con el corazón latiendo desbocado ante la emoción de volver a verlo, a pesar de las circunstancias.

Kagome, ¡Mira quienes asistieron también al baile! —exclamó Rin con alegría.

Se giró a verla, notando que se le acercaba con una sonrisa radiante, colgada del brazo de Sesshomaru. Su corazón dio un vuelco, y se quedó de piedra, cuando vio que tras la pareja, caminaba hacia ellos Inuyasha, quien la observaba inexpresivo, salvo por su gélida mirada.

Buenas noches, Lady Kagome —saludó el mayor de los hermanos con seria cortesía.

Buenas noches —murmuró algo cohibida.

Volvió a fijar sus ojos en Inuyasha, comprendiendo que él no profesaba ningún interés por saludarla. Y tampoco ella quiso emitir palabra alguna. Sólo se quedaron viendo el uno al otro, como si todo lo que los rodeaba hubiera desaparecido de pronto, pero en esta ocasión no había miradas dulces, ni anhelos, sino más bien un frío desdén.

Los demás se veían unos a otros, sin que ninguno lograra comprender hasta el momento, el motivo que ocasionó esa repentina hostilidad. Pero ninguno dudaba que se trataba de algo grave. Considerando la intensidad de los sentimientos que se profesaban.

¡Muy buenas noches, señores Taisho! —saludó Kouga, llegando hasta el grupo. Kagome tragó en seco, esquivando la despectiva mirada de Inuyasha—. Me complace que vinieran a la celebración de mi compromiso con Kagome —manifestó, haciendo notar la familiaridad con que la trataba.

Le agradecemos la invitación —contestó Sesshomaru con una leve inclinación.

Fue imposible que pasara inadvertido para Kagome, los agudos y oscuros sentimientos que se ocultaban tras la impasible expresión del mayor de los Taisho. Dándose cuenta que ese hombre de modales perfectos y talante reservado, poseía casi el mismo temperamento ardiente que su hermano menor.

No me lo habría perdido por nada —añadió Inuyasha, con una sonrisa mordaz.

Me alegra saberlo. Espero que no se marchen muy pronto. Les garantizo que esta noche tiene interesantes sorpresas —manifestó Kouga con burlona satisfacción.

Lo miró de soslayo, entornando ligeramente sus ojos chocolate. Por algún motivo sus palabras le causaron un intenso malestar y un escalofrío a lo largo de su espalda. ¿Qué significa este repentino mal presentimiento?, se preguntó angustiada.

Espero que no me decepcione —lo retó el ambarino.

Le aseguro que no —contestó Kouga con una sonrisa perversa—. ¿Vamos cariño?. Hay un asunto importante que debemos tratar en privado —dijo el hombre sujetándola del brazo con una fuerza desmedida, y obligándola a caminar junto a él—. No vuelvas a acercarte a ese infeliz —advirtió arrastrando las palabra con odio, una vez que se encontraron lejos del grupo—. Tú eres mía. ¿lo entiendes? Mía— agregó con una mirada enferma.

Kagome sólo esbozó una sonrisa burlona, deshaciéndose de su agarre, y acercándose a saludar a las damas que se encontraban conversando a unos pasos, con el objetivo que Kouga la dejara en paz. Sabía que no formaría un escándalo cerca de otras personas, por más furioso que estuviera con ella.

Después de un breve intercambio de palabras, giró su cabeza con disimulo, para cerciorarse que su prometido ya no se encontraba cerca de ella. Luego vio a su tío y por último a Naraku, que estaban conversando en un grupo alejado de la pista de baile.

Transitó a través del amplio salón con calmada elegancia, saludando a las personas con las que se topaba, hasta una de las esquinas de la habitación. Comenzó a ingresar en el amplio pasillo, ya que al final de éste, se encontraría con las escaleras posteriores, que eran usadas sólo por los sirvientes, y por la que también tendría acceso a la planta alta, donde se ubicaba la biblioteca privada.

Antes de subir, giró la cabeza para asegurarse que nadie la seguía, y después las subió con rapidez. Llegó hasta la puerta de la habitación, sin embargo estaba cerrado con llave.

"Bien, nadie dijo que sería fácil", pensó, inclinándose para buscar algo entre los pliegues de su enagua. Sacó un pedazo de metal que parecía una llave, con la cual logró abrir el cerrojo en unos pocos segundos. Volvió a dar una mirada a lo largo del pasillo, e ingresó en la biblioteca. Corrió hacia el estante y con suavidad forzó la cerradura. Hurgó en el interior en busca de la manilla que abriría la entrada al cuarto contiguo. Deslizó el mueble que servía de puerta, e ingresó en la reducida cámara.

No debía desperdiciar ni un solo segundo. Comenzó a escudriñar en los estantes. Se topó con un libro que parecía ser de contabilidad. Notó registros con cifras exorbitantes. Los demás que hojeó, tenían información similar al primero. Fue hasta un pequeño y sencillo escritorio. Cogió uno de los cuadernillos que estaban sobre el mueble, entre varios papeles, era similar a los que revisó, salvo que éste contenía más detalles. Lo que más le llamó la atención fue la información de una serie de intercambios de mercancías, que eran altamente valoradas, sobre todo si se trataba de un mercado ilegal. Las transacciones estaban asociadas a varios nombres. Se trataba de algo que podría valer la pena averiguar. Alzó sus faldas e introdujo el cuaderno en una fina bolsa de tela que colgaba bajo su enagua, y volvió a acomodar su vestido.

Pretendía hojear otros documentos, cuando notó que su vestido se quedó enganchado a un listón de metal que tenía un mapa que cubría prácticamente toda la pared tras ella.

Soltó una maldición, no tenía mucho tiempo para desperdiciarlo de esa forma, se regañó, desenganchando la tela. Levantó el mapa para facilitar la tarea, cuando algo llamó su atención. Arrugó el ceño, entornando sus ojos chocolate. Lo apartó un poco más, notando que era el marco de una puerta. Decidió introducirse bajo el mapa y se encontró con una oxidada manija. La giró con sumo cuidado, abriendo la puerta e ingresando al interior.

Parecía ser la entrada de un sótano, pero se encontraba en un segundo piso ¿Cómo diablos era posible?. Estaba en penumbra, solamente iluminado por una débil antorcha, sujeta a un candelabro de hierro que estaba adherido a la húmeda y mohosa pared de granito. Comenzó a bajar la empinada escalera de piedra. En la mitad del trayecto la escalera se enangostaba aún más. Algo le quitaba espacio. ¿Era la forma de la chimenea?. ¡Por supuesto!. El pasadizo estaba construido dentro de la estructura de piedra que servía de conducto de humo de la enorme chimenea que había en el estudio principal. Transitaba por el primer piso, continuó bajando unos cuantos escalones más, cuando logró al fin llegar al último peldaño que daba hacia otra puerta. La abrió y se asomó con cautela al interior.

El lugar también estaba pobremente iluminado, con unas cuantas antorchas, similares a las que vio en la escalera. Hizo un esfuerzo por agudizar su visión, que ya se había adaptado a la falta de luz. Tragó en seco y decidió entrar. Un nauseabundo hedor golpeo su nariz ingresando hasta sus pulmones, provocándole nauseas. Se cubrió con una mano intentando atenuar aquella peste. Tuvo una desagradable sensación, como si la gélida humedad rozara la piel expuesta de sus brazos, deslizándose hacia la nuca, para luego descender a lo largo de su columna. Recorrió el interior con la mirada, y lo que vislumbraron sus ojos, la dejó paralizada por la impresión.

Por fortuna, la mano que aún cubría su boca, consiguió sofocar el grito de horror, que emergió por su garganta.

Eran varias mujeres de piel oscura, tres en realidad, las que se encontraban encadenadas de pies y manos contra la muralla de piedra. Mostraban visibles marcas de haber sido brutalmente golpeadas. A cualquiera le resultaría imposible describir sus facciones, debido a los rostros hinchados y cubiertos de sangre. Sus cuerpos excesivamente delgados, hasta el punto de verse esqueléticos, estaban apenas cubiertos por los sucios y destrozados harapos.

Otras dos estaban arrodilladas, completamente desnudas, sujetas por el cuello y las manos en un cepo. Tenían heridas lacerantes en sus espaldas, producto de haber sido salvajemente fustigadas con un látigo. Sus pieles aún en carne viva, con la sangre coagulada en torno de cada llaga.

Vio a otra atada de pies y manos, a cada esquina de un inmundo catre. Tenía la mirada perdida, ni siquiera pudo determinar si aún continuaba con vida. La piel expuesta, también mostraba claras evidencias de tortura. Sus ojos se nublaron a causa de las lágrimas, al comprender que había sido bestialmente ultrajada.

Malditos hijos de perra —murmuró apretando los puños con una fuerza descomunal, y la voz cargada de un infinito odio.

Dio media vuelta, para alejarse o vomitaría en cualquier momento. Sentía angustia y una dolorosa impotencia, al no poder ayudarlas en ese mismo instante. Alzó la vista y vio en el fondo de lugar unos barrotes, por lo que dedujo que se trataba de un calabozo.

Se dio valor para acercarse, aunque sentía recelo de la siguiente barbarie que se vería obligada presenciar. Sin embargo, antes de aproximarse se encontró con un amplio recodo, no, se equivocaba, era más bien una pequeña habitación, donde se hallaban apilados una gran cantidad de baúles. Se acercó y abrió uno de ellos, viendo atónita, que estaba repleto de monedas de oro. Abrió un segundo cofre, que contenía joyas y piedras preciosas de todo tipo. Dio otra mirada calculando boquiabierta, que si todos ellos tenían el mismo contenido, de seguro la fortuna que guardaban en su interior sería portentosa. Se acercó a un tercer baúl, algo más grande, y en su interior se almacenaban fusiles. Otro de igual tamaño junto a ese, tenía el mismo contenido. Eran unos veinte de ese tamaño, si todos contenían armas, se trataba de un considerable arsenal. "¿Para qué necesitan tantas armas?", se preguntó arrugando el ceño.

Sacudió la cabeza, volviendo su atención al calabozo y se acercó a los barrotes. Creyó percibir un movimiento en el interior. Parecía tratarse de un hombre. No lograba distinguirlo con precisión, ya que estaba acurrucado contra la pared. Él debió notar su presencia, ya que súbitamente alzó la cabeza, sobresaltándola, aunque su impresión se agudizó a niveles descomunales al descubrir de quien se trataba… ¡Jaquen!.

Superado el impacto inicial, se abrió paso la angustia. ¡Kouga había logrado encontrarse primero con ese hombre! Ya estaba al tanto que Inuyasha era quien ocultaba a Kojaku, y por consiguiente, dedujo que también él ayudó a Handorei. ¿Por qué lo mantenía encerrado en un sótano, en lugar de utilizarlo contra Inuyasha? ¿Qué era lo que planeaba? Con Jaquen lograría sin problemas probar su complicidad con Handorei. ¿Entonces qué estaba esperando?

De pronto las palabras de Kouga golpearon con violencia en su mente, dándoles ahora un claro significado "Espero que no se marchen muy pronto. Les garantizo que esta noche tiene interesantes sorpresas".

"Piensa hacerlo esta noche… frente a todos", concluyó, temblando de miedo.

Después recordó la absurda cantidad de soldados que vio a su llegada.

"Maldito. ¡No te lo permitiré!", pensó resuelta.

¿Usted?, pero… ¿qué hace en este lugar? —preguntó el hombre con voz temblorosa.

Agarró el candado enganchado a una gruesa y corroída cadena, que envolvía los barrotes, para impedir que el prisionero huyera. Le fue difícil abrir el candado, ya que estaba igualmente oxidado. Luego de un par de minutos lo consiguió, y quitó la cadena, ya despejado el acceso, ingresó en la celda.

¿Pero qué es lo que hace? —inquirió el hombre asustado.

Silencio —ordenó con voz dura—. Usted vendrá conmigo.

¿Está loca? Si la descubren…

Lo harán si no se apresura. Vamos —ordenó, cogiéndolo del brazo para obligarlo a ponerse de pie.

No; debo hacer lo que dicen —protestó el anciano—, o ellos me matarán —agregó con una mirada aterrorizada.

¡Cállese! Lo matarán si lo dejo aquí —advirtió, obligándolo a salir—. Los escuché hablar sobre eso. Piensan deshacerse de usted al amanecer —mintió para que el hombre cooperara. Volvió a jalarlo, y esta vez el hombre no opuso resistencia.

Corrió hacia la puerta de salida, seguida de cerca por el anciano. Se asomó con cautela, y luego subió la escalera de piedra. Tampoco vislumbró peligro al descorrer el mapa. Salieron del sótano, y Kagome cerró el acceso oculto, e inmediatamente caminó a la puerta de la biblioteca. Se aseguró que nadie rondara por el pasillo y le hizo una seña al anciano para que la siguiera. Volvió a cerrar con llave. Al menos aquello le daría un mínimo de tiempo, antes que descubrieran que el anciano ya no se encontraba en el calabozo, aguardando para intervenir en el dramático acto organizado por aquellos malditos.

Marchaban rápidamente por el corredor, mientras su cerebro intentaba idear como diablos haría para sacarlo de aquel lugar abarrotado de personas, y con docenas de guardias rodeando la mansión. Concluyendo que la improvisación, como en incontables ocasiones, era el único recurso con el que contaba.

Cuando terminaron de bajar la escalera. Kagome tomó el camino contrario al salón de baile. Por fortuna, desde ese ángulo no podrían ser vistos por algún invitado. Pero sí por algún empleado, ya que esa área era utilizada únicamente por la servidumbre.

Estuvo a punto de soltar una de las tantas maldiciones que había escuchado de Inuyasha, cuando vio que una doncella caminaba hacia ellos.

Agache la cabeza —ordenó al anciano en un murmullo para que sólo él la escuchara.

Milady, en qué puedo ayudarla —ofreció la doncella solícita y extrañada de verla en aquel sector.

Este criado ha tenido un accidente en las caballerizas —explicó. Aprovechando el aspecto desaseado del anciano—. ¿Podría ayudarme a conseguirle algo de ropa limpia? No puedo permitir que deambule con ese aspecto, teniendo tantos invitados importantes —agregó con una mirada de desagrado ante la suciedad.

Por supuesto. Yo puedo acompañarlo —se ofreció.

Lo haré yo. No tengo inconveniente. No debes descuidar tus obligaciones —ordenó severa, no permitiendo replicas.

Sí. El cuarto está en la segunda puerta a la izquierda, es la habitación del planchado, seguro ropaje de los empleados de la casa —informó. Haciendo una reverencia antes de continuar su camino.

Una vez conseguido que Jaquen vistiera algo más adecuado y limpio para no llamar la atención. Lo envió a la cocina. Con instrucciones de esperar a su doncella, y que si alguien cuestionaba su presencia, debía decir que era el cochero de la señora Darley. Sólo esperaba que ninguno de los sirvientes supiera que no existía una tal señora Darley, o más importante aún, que nadie lo reconociera.

Corrió hacia el salón. Inspirando y exhalando el aire, intentando tranquilizarse, antes de ingresar. Buscó por todos lados a Sango. En esta ocasión, agradeciendo al cielo la tozudez de su amiga, al desobedecerla para acompañarla a la fiesta. "¿Dónde está?", pensaba angustiada.

De pronto se topó con la aguda mirada de Inuyasha. Lo vio entornar los ojos, como si estuviera leyéndole la mente. Después hizo un sutil gesto con los ojos, señalando hacia su izquierda. Kagome miró en esa dirección y comprendió que le indicaba la salida a la terraza. Hizo un imperceptible asentimiento con la cabeza, que él captó de inmediato.

Se dirigía hacia allá, cuando fue interceptada. Gimió de dolor cuando alguien le incrustó los dedos el brazo.

¿Dónde demonios te habías metido? —interrogó Kouga con una mirada furiosa.

¡Suélteme! Me lastima —exigió molesta.

Aún no entiendes que ni siquiera he comenzado a lastimarte, mi dulce Kagome —advirtió con una dulce sonrisa, que traslucía su perversidad. La joven sintió una profunda aversión al saber cuánta razón tenía, recordando la barbarie que acababa de descubrir—. Ahora dime dónde has estado.

Sólo fui al tocador. No me siento bien. ¿Satisfecho? —contestó—. Además necesito encontrar a Sango. Quiero que me preparen algún té, o me desmayaré en cualquier momento —agregó haciendo un ademán de fingido desfallecimiento. Él la miro con fijeza y jaló de ella hasta llegar junto a una silla, donde la sentó sin mucha sutileza.

Quédate aquí. Yo iré personalmente a ordenar el té —señaló. Dando un par de zancadas en dirección a la cocina. Kagome palideció debido al pánico. Jaquen se encontraba precisamente en ese lugar.

¡Espere! —lo alcanzó, y lo detuvo tomándolo del brazo, para impedir que se marchara.

Te dije que te…

No me siento bien —lo interrumpió, respirando agitada—. Yo creo que me… —no logró terminar la oración cuando cayó desmayada frente a él. Kouga consiguió sujetarla antes que se golpeara contra el suelo.

¡Kagome! —exclamó.

Se escucharon exclamaciones de consternación, de las personas a su alrededor que presenciaron la dramática escena sobrecogidos. Se produjo una gran conmoción que se extendió por todo el salón de baile. Kouga la levantó en brazos, caminando hasta el cuarto adyacente al salón. Mientras varias señoras ahogaban chillidos de preocupación por la joven prometida.

La recostó sobre un enorme sillón. Observando la palidez de su rostro. Sango entró corriendo al cuarto.

Traigo unas sales —indicó arrodillándose junto al sillón, para acercar un pequeño frasco a la nariz de la joven. Kagome comenzó a reaccionar y abrió poco a poco los ojos—. ¿Cómo te sientes? —preguntó Sango preocupada.

Muy mareada —respondió la joven con debilidad.

Voy a llamar al médico —dijo el hombre, saliendo de la habitación. Cuando cerró la puerta tras de sí. Kagome se incorporó.

Pero qué… —balbuceó Sango parpadeando confundida.

Sango. Ve rápido a la cocina. Ahí está Jaquen. Las preguntas para después —advirtió con rapidez, cuando la vio abrir la boca—. Simula que no lo conoces, y dile que su ama, la señora Darley, desea retirarse y ordena que su cochero se prepare. Luego lo ocultas en el carruaje. Debes procurar que no parezca sospechoso. Tenemos que sacarlo de esta casa a como dé lugar —concluyó tajante.

Iré de inmediato —asintió la joven.

Por favor. Ten mucho cuidado —suplicó preocupada.

Descuida, lo tendré —la tranquilizó la muchacha. En ese instante escucharon la puerta y Kagome volvió a recostarse en el sillón, fingiendo decaimiento.

El médico esta fuera de la ciudad —informó Kouga, al regresar al cuarto, pero justo tras él apareció otro hombre.

Yo soy médico —anunció Sesshomaru.

Nadie le pidió que interviniera —refutó Kouga con rencor.

Creo que mi salud debiera ser prioridad, en lugar que sus berrinches, señor Breindbill —intervino Kagome—. Necesito un médico. El que sea —añadió, llevando su mano a la frente.

Está bien —aceptó a regañadientes.

Déjenos a solas, por favor —pidió el hombre con calma.

¡De ninguna manera! —se negó Kouga.

Yo me quedaré con ella. Usted puede salir —intervino Rin, que entraba en el cuarto. Kouga apretó la mandíbula, dirigiéndole una mirada hostil al otro hombre, y aunque reacio, finalmente salió.

¿Qué ha sucedido? —preguntó el joven Taisho, observándola con fijeza. Ella lo miró sorprendida—. Para mí resulta obvio que esto es una farsa —explicó interpretando su reacción.

Sí —musitó la joven—. Por favor milord, invente alguna enfermedad que sirva como una excusa creíble. Debo salir de esta casa de inmediato.

Lo haré —asintió.

Rin, por favor, ayúdame a llegar al carruaje. Sango fue a prepararlo todo —pidió.

Omitió revelar lo ocurrido con Jaquen. Por lo pronto, contra menos personas supieran mejor, ya pensaría que hacer después. Siempre y cuando, ella y Sango consiguieran sacarlo de ese lugar, sin ser descubiertos.