Capítulo XVI

" Objetivos truncados"

Tras la detallada e irrefutable explicación de Sesshomaru, respecto de su delicado estado de salud, Kouga y su tío, finalmente consintieron que regresara a mansión. Aunque fuera extraño que una fiesta se celebrara sin la invitada de honor, poco le importaba.

Con la ayuda de Rin, que insistió en acompañarla a casa, pudo ingresar a su carruaje sin contratiempos. Sango se encontró en el interior y le ayudó a subir, bloqueando a propósito la entrada para que nadie lograra ver en el interior. Justo antes de cerrar la puerta, Kagome alcanzó a divisar a Inuyasha. Estaba de pie, no muy lejos de ahí, observando con mucha atención el extraño suceso.

El carruaje por fin comenzó a moverse, sin embargo, su corazón dio un vuelco, cuando Rin lanzó un leve grito de espanto, al distinguir a su costado el bulto que se falló en el suelo y que se ocultaba bajo la capa de Sango.

Silencio —ordenó Kagome en un susurro.

¿Quién es? —Preguntó asustada.

Sólo alguien a quien estamos ayudando. Te contaré todo más tarde —contestó—. ¿Alguien hizo preguntas? —Indagó en voz baja dirigiéndose a Sango.

No. Logré que subiera al carruaje, antes que llegara el cochero —informó.

El resto del viaje transcurrió en un tenso silencio. Continuaba intranquila, aunque la salida de la residencia Breindbill, pareció resultar milagrosamente exitosa, no podía evitar mirar constantemente por la ventanilla del carruaje, por si alguien venía tras ellos. Después de recorrer el largo trayecto de regreso, en minutos que le parecieron interminable, el coche se detuvo frente al portón de ingreso al sendero que llevaba a la mansión. Justo en ese momento recordó al guardia de Kouga, que a pesar de su ausencia, permaneció vigilando en la mansión. Su mente intentaba vertiginosamente pensar en algún nuevo plan.

¿Podría detenerse un momento? —Pidió, asomándose por la ventanilla, para que el cochero la escuchara. El carro se detuvo un par de segundos después. Sango la miró sin comprender.

¿Sucede algo señorita? —Preguntó el cochero.

Nada grave. El movimiento del coche me ha causado un malestar terrible - explicado desde la ventanilla—. Aguarde un instante para poder recuperarme, antes de continuar.

Como diga —obedeció el hombre.

Pensándolo bien, creo que me hará bien caminar y tomar un poco de aire fresco —manifestó con una sonrisa bajando del carruaje y alejándose un par de metros—. Estamos a un paso de la mansión. Sango me ayuda. Usted lleve a Rin hasta la entrada y luego puede ir a comer algo, antes de regresar por mi tío y mi prima Kikyo.

Pero el coche…

A nadie le molestará que quede cerca de la entrada por un momento, sobre todo a esta hora —interrumpió caminando otra pequeña distancia para distraer al cochero mientras Sango bajaba a Jaquen por el otro lado del coche— ¿No es así, Rin? —Preguntó buscando el apoyo de su prima.

Por supuesto —asintió sin comprender del todo—. Te esperaré en la casa y ordenaré que te prepara un té de hierbas mientras llegas —ofreció con una mirada traviesa, al parecer disfrutando de aquella breve aventura.

Muchas gracias con una sonrisa divertida—. Puede adelantarse —ordenó cuando Sango llegó junto a ella.

Como ordene, mi Lady —asintió el hombre, y luego de una leve inclinación de cabeza, se encaminó a la mansión.

¿Por qué bajamos antes? —Preguntó Sango.

Recordé que el guardia de Kouga se quedó en la entrada —explicó Kagome, después de ver que el cochero estaba lejos, se dirigió hacia Jaquen, que se vio agachado, oculto tras a un arbusto—. Venga —ordenó.

Aprovechando la oscuridad reinante, lo guio rápidamente hacia el sector de las caballerizas. Abrió la puerta de una de las bodegas donde guardaban las monturas y otros utensilios y se introdujeron en el lugar.

Permanezca oculto en este lugar. Yo vendré más tarde —ordenó, el anciano asintió en silencio. Y ella salió del cuarto. Sin embargo, su instinto le decía que no se confiara. Subió la amplia falda de su vestido y se quitó el bolso que estaba amarrado a su cintura. Sacó algo pequeño y regresó al cuarto—. Jaquen, debe tener mucho cuidado. Hay un hombre que trabaja para Kouga vigilando la mansión. Olvidé advertírselo —informó acercándose.

Comprendo, gracias señorita —asintió el hombre temeroso.

De nada. Sólo me preocupa su seguridad y está trabajando con una mano sobre su hombro. El anciano se tomó el cuello al sentir que algo lo picaba. Un minuto después cayó al suelo—. No voy a permitir que escape maldito anciano. No, si Inuyasha corre peligro por tu culpa. Además, tienes muchas preguntas que responder —murmuró observando al hombre inconsciente.

¿Qué hiciste? —Preguntó su amiga al verla salir.

Obsequiarle una noche de sueño apacible - respondió encogiéndose de hombros—. Aunque no lo merezca —añadió molesta.

Caminaba pensativa por el corredor rumbo a su recámara. Había sido una noche horrorosa en varios sentidos. No tuvo el tiempo suficiente para buscar otros documentos que sirvieran como prueba contra sus enemigos. Cuando encontró a Jaquen, no lo pensó dos veces, anteponiendo la seguridad de Inuyasha, tirando a la basura aquella valiosa oportunidad que tanto le había costado crear. Y aún le quedaba decidir lo que haría con ese individuo. Tenía que ocultarlo en otro sitio, y era imperativo hacerlo antes del amanecer. Entró en su habitación, y ahogó un grito de espanto, retrocediendo un paso al ver que alguien se encontró con pie en el lugar, iluminado por una tenue lámpara. El hombre se giró tranquilamente, cruzado de brazos, como si supiera que no ingresaría otra persona salvo ella. Entró y cerró la puerta, para enfrentarlo.

¡Casi se me paraliza el corazón! ¡¿Qué diablos haces aquí ?! —Inquirió furiosa, con la adrenalina aun recorriendo sus venas.

No pude aguantar la curiosidad —respondió con irónica voz grave—. ¿Qué fue todo ese espectáculo? —Inquirió entornando sus ojos dorados—. ¿Qué fue lo que descubriste?

No tenías que venir a esta hora a mi cuarto para preguntarlo —reclamó molesta.

Dudo que a tu prometido le cause gracia que llegue a visitarte a la hora del té —señaló con sarcasmo. Kagome apretó los labios y lo miró molesta, dirigiéndose hacia el taburete. Estaba agotada y prefirió tomar asiento para sobrellevar el interrogatorio.

Creí que tú y yo no teníamos ya nada que discutir —estableció, observando que él apretaba la mandíbula contrariado.

Y en realidad eso pensaba. Se suponía que después de contarle la verdad, él no querría ni volver a tenerla cerca. Entonces recordó cuando sus miradas se cruzaron en la fiesta. Y cayó en cuenta de su desatino. Verlo en ese momento le había dado seguridad y valor, y sin meditarlo estuvo a punto de involucrarlo en una situación peligrosa. Sin embargo, ahora estaba en su cuarto y corriendo el riesgo que ella deseaba evitarle por voluntad propia. Toda la situación la hizo maldecir su momento de debilidad.

Tienes mucha razón —asintió, sentándose en la cama frente a ella—. Pero hay asuntos importantes que tenemos en común, y que aún no han sido resueltos. Cuando eso suceda, ya no habrá nada más que tú y yo debamos discutir en el futuro —sentenció con aspereza.

Conociendo la extraña capacidad que poseía Inuyasha para leer su mente; enfrentó la fría mirada ambarina, haciendo un esfuerzo colosal por permanecer impasible, luego de escuchar sus duras palabras, y que el profundo daño que le ocasionaron pasara inadvertido. Rogaba al cielo para conseguirlo.

¿Y bien? ¿Qué ocurrió? —inquirió el joven, luego de un breve silencio.

Descubrí… mucho más de lo que esperaba —reveló, exhalando un profundo suspiro de resignación.

Comenzó a relatar los acontecimientos de la noche, de lo que se ocultaba en aquel infernal sótano. Detallando sobre la enorme fortuna y el arsenal que los Breindbill ocultaban en el lugar, junto a la depravación cometida contra esas pobres e indefensas mujeres. Viendo como el horror desfiguraba el rostro de Inuyasha, conforme avanzaba y describía la situación.

No pudo prever lo duro que sería revivir aquel espantoso momento, hasta que sintió como otra lágrima volvía a descender por su mejilla. Bajó la cabeza, para ocultar su dolida expresión.

Fue horrible —confesó, secando rápidamente su mejilla con el dorso de su mano.

De pronto vio que Inuyasha se levantaba de la cama, acercándose a ella. Aunque se detuvo a una corta pero prudente distancia.

Ya no pienses en eso —masculló suavizando el tono severo de su voz.

¿Cómo no hacerlo? —inquirió abatida—. No pude ayudarlas… tuve que dejarlas… en ese infierno —se lamentó con impotencia.

Tranquilízate… Era imposible que pudieras ayudarlas sin ponerte en peligro —susurró, alargando un brazo con intención de tocarla, pero se detuvo antes de hacerlo—. Sólo queda acabar con esos malditos y hacer justicia, para subsanar en algo lo que padecieron —añadió apretando los puños con furia contenida.

Tienes razón —asintió la joven, mirándolo a los ojos.

Él le sostuvo la mirada desde su imponente altura, pero al bajar la vista, por unos segundos quedó absorto en los labios entreabiertos de la joven. Sin embargo, recuperó enseguida la compostura y comenzó a deambular pensativo por la habitación.

Debo reconocer que tus descubrimientos resultaron muy interesantes —murmuró de pronto, retomando la conversación.

Yo… no fue lo único que descubrí esta noche —reconoció, fingiendo no darle importancia a aquel perturbador momento. Él se giró para verla en silencio, esperando que continuara—. Encontré a Jaquen —reveló ante la mirada desorbitada del joven

¡¿Qué dados ?! —Exclamó, con la mirada desorbitada.

Estaba encerrado en un calabozo en ese mismo lugar —informó.

Ese infeliz de Kouga. Entonces siempre supo que yo ayudé a Kojaku —masculló el joven con rabia—. Eso quiere decir que planeaba tenderme una trampa y acusarme públicamente durante la velada. ¡Feh !. Por supuesto, tener a ese anciano convenientemente cerca. Ahora comprendo su amenaza —agregó, apretando los puños.

Pensé lo mismo… —admitió cabizbaja.

Entonces se te ocurrió una escena y causar alboroto, distrayendo a tu prometido montar para que no tuviera oportunidad de utilizar a ese viejo —asentó esbozando una irónica sonrisa.

No exactamente —señaló titubeante.

¿No? ¿Entonces por qué? —Preguntó arrugando el ceño.

Fingí ese desmayo, para que Kouga no se acercara a la cocina —explicó—. Porque allí deje a Jaquen, después de sacarlo del sótano - se mordió el labio inferior anticipando su reacción.

¡¿Qué estás diciendo ?! —Bramó, olvidando que alguien podría escucharlo, sobre todo considerando que él no debería estar ahí—. ¡¿Por qué demonios cometiste semejante estupidez ?! ¡Se suponía que evitarías correr riesgos!

¿Podrías bajar la voz? —Recriminó, mientras se acercaba, tomándole con firmeza del brazo en un intento por calmarlo. El hombre emitió un rabioso bufido en respuesta, soltándose con rudeza del agarre y comenzando un nuevo paseo por toda la habitación, peinándose el cabello con los dedos, a causa de la frustración.

Maldita sea —masculló, sin que aminorara mucho su enfado.

Te aseguro que fui lo más cuidadosa que pude bajo esas circunstancias —se defendió—. Sólo que no esperaba encontrar a ese hombre ahí… Peligroso o no tenía que llevarlo conmigo. Aunque él tenía miedo de escapar. Dijo que debía obedecerlos o ellos lo matarían —apuntó.

¿Por qué amenazar a su propio espía? —Inquirió con extrañeza—. Quizás por haber fracasado en la captura del muchacho —reflexionaba en voz alta, luego movió la cabeza en negación—. No… descartando ese error, es un testigo demasiado valioso para ellos. Tal vez desde un principio haya tenido que actuar bajo amenaza. Es extraño que de todos modos aceptara escapar.

Al principio se negó, y le mentí para convencerlo —señaló viendo la mirada interrogante del joven—. Le dije que había escuchado una conversación de Kouga, donde planeaban matarlo. Luego buscamos ropa limpia para que no llamara la atención, y lo dejé en la cocina, mientras ideaba la forma de sacarlo. Fue cuando te vi y creí que… podrías ayudarme —murmuró.

Por qué otro motivo supones que iría a esa maldita casa —afirmó, ante la sorpresa de la joven—. Di mi palabra —añadió con rapidez, dejando claro que sólo lo hacía por honor—, y mi principal interés es obtener cualquier prueba para acabar con ellos.

Kouga se cruzó en mi camino, iba a descubrirlo, y tuve que fingir un desmayo. Aproveché ese momento para pedirle a Sango que lo ocultara en el coche. Y ya no hubo tiempo de contártelo —explicó.

¿Dónde está ahora? —Preguntó al cabo de un rato ya más controlado.

Lo dejé en una bodega, junto de las caballerizas —contestó—. Está dormido, le apliqué un sedante para evitar que escapara —añadió con rapidez, al notar inquietud en la mirada ambarina.

Bien pensado —murmuró.

¿Y qué haremos con todo lo que ocultan en ese lugar? Creo que eso podría considerarse una prueba en contra de ellos —manifestó ansiosa.

Es muy posible, Kagome —asintió, con una expresión y voz no denotaban optimismo—. Pero sólo serviría si Jaquen se encontrara también en ese sótano —señaló—. Sin embargo, al sacarlo de ahí, los has puesto sobre aviso. Y te aseguro mañana al amanecer, todo rastro de lo que encontraste allí… se habrá esfumado —informó con cierto pesar.

Tienes razón… Pero tenía que hacerlo. Como sea, Kouga, iba a utilizarlo en tu contra —musitó bajando la cabeza, sintiendo una profunda impotencia.

Eso es lo menos importante —señaló.

¡¿Cómo dices algo así ?! —Estalló viéndolo exasperada—. No había tiempo que perder temiendo los efectos colaterales. Jamás permitiría que ese hombre te… se saliera con la suya —rectificó avergonzada, desviando la mirada hacia otra dirección, no deseaba ver la burla o el desdén en sus ojos.

También deseo fastidiar cada uno de sus planos —indicó con reserva—. Pero siempre evitando correr riesgos absurdos —añadió aun molesto—. Si de algún modo Kouga averigua que estás involucrada en la fuga de ese viejo… —se detuvo soltando una nueva maldición.

Después habrá tiempo para preocupaciones. Si llegara a preguntar, puedo inventar cualquier excusa oferta decidida—. Lo más importante ahora mismo es lo que haremos con Jaquen —añadió inquieta.

Bien. Iré por él. Debemos ocultarlo en otro sitio —anunció, caminando hacia el balcón.

Espera —lo detuvo, él se giró para verla—. Por favor, deja de entrar y salir de mi habitación por ese lugar —demandó—. Sólo lograrás que te descubran o que te rompas la cabeza.

No es momento para pensar en eso, Kagome —señaló, pretendiendo reanudar su marcha.

¡Uf! —bufó enojada—. Sólo ven conmigo ¿Quieres? —ordenó. Caminando hacia el tapiz que ocultaba el pasaje que conducía al cuarto secreto.

¿Qué diablos es esto? —inquirió sorprendido al entrar por el angosto pasillo.

Lo descubrí por casualidad cuando era niña. Creo que deseaban construir una entrada independiente. Pero por algún motivo la obra no fue terminada —explicaba mientras bajaban las escaleras—. Durante un viaje que realizó mi tío y mis primas. Le pedí que me permitiera quedarme. Entonces hablé con el conde Taisho, y me brindo su ayuda para habilitar este camino. Contrató gente de su confianza. Aunque igual se les dijo que se utilizaría como una conexión directa al cuarto de mi dama de compañía —continuó, mientras entraba a la habitación que contenía sus armas y vestimenta.

Increíble —murmuró mirando a su alrededor—. Definitivamente jamás dejarás de darme sorpresas —agregó con una irónica mueca. Lo miró sorprendida por esas palabras y la alusión al futuro en ellas. Reprendiéndose mentalmente, ya que era obvio que lo había dicho sólo como una simple expresión, recapacitó contrariada.

Le pidió que la esperara un momento afuera, para quitarse aquel aparatoso vestido y cambiarlo por su cómodo traje negro. Se vistió con rapidez y salió por la puerta cubierta por enredaderas, donde él la esperaba a la salida del jardín trasero.

Recorrieron con cautela el trayecto hasta las caballerizas. Cuando entraron al cuarto de monturas, vio que el anciano continuaba dormido en el mismo lugar donde lo había dejado.

¿Pero qué demonios le hiciste? —Inquirió preocupado, al ver que el hombre no despertaba, pese a que lo zarandeó sin mucha delicadeza—. Parece más muerto que dormido.

Puede que no tenga mucha tolerancia al somnífero de mandrágora que prepara Kaede —juzgó la joven mordiéndose el labio inferior, sintiendo un fugaz remordimiento por el viejo.

Esa vieja bruja, debería dejar de experimentar con su extraño huerto —advirtió severo—. Tendré que cargarlo. Ayúdame —ordenó, agachándose hasta apoyarse en una rodilla para que la joven lo reclinara sobre su espalda.

¿Dónde lo ocultarás?

Debo llevarlo al castillo.

¿Pero no crees que es peligroso? Es el primer lugar que a Kouga se le ocurriría registrar —discutió nerviosa.

Por ahora, es más seguro que mantenerlo aquí. Además, habiendo perdido al testigo que utilizaría en mi contra, dudo que ese infeliz cobarde se atreva a presentarse en Leeuford sólo por sus sospechas —refutó el joven levantándose, para salir del lugar—. Mi caballo está cerca de tu entrada oculta.

Caminaron en silencio hasta llegar al caballo que se encuentran amarrado a un árbol, no muy alejado de la casa. Inuyasha subió al anciano recostándolo boca abajo sobre el animal.

Avanza hacia el sendero, de allá abajo. Yo iré por Umaki y te alcanzaré de inmediato —indicó la joven y salió corriendo.

Al cabo de unos minutos llegó junto al joven, montando su corcel. Inuyasha la carrera tras un par de segundos, y se subió de un salto al caballo, sentándose ella.

Kagome retuvo el aliento al sentirlo tan cerca de su espalda. No había meditado en las consecuencias de encontrarse en aquella inquietante situación. Le fastidió que él no pareciera afectado ello. Si no más bien estaba concentrado en sostener las riendas de su propio caballo, sobre el cual roncaba Jaquen, guiándolo para que caminara cerca de ellos.

Hizo una mueca de enfado y espoleo suavemente los costados de Umaki, para que iniciara la lenta marcha. Su corazón dio un vuelco, cuando sintió el musculoso brazo rodearle la cintura, y dejar la mano apoyada en su vientre. Juraría que podía percibir el cálido aliento chocar contra la parte alta de su cabeza, lo cual le hizo retener el aliento. ¿Era su imaginación o la oprimía más de lo necesario contra él? , pensaba turbada. No sabía cómo lograrría llegar al castillo sin que él notara el acelerado latido de su corazón.

Olvidaste respirar, Kagome —informó cerca de su oído, en un suave susurro que chocó contra oído, provocando que se le erizaran los cabellos de la nuca y un temblor recorriera su cuerpo. Y recién en ese instante se percató que había retenido la respiración. ¡Maldito hombre! ¿Acaso pretendía desquitarse humillándola ?.

No tienes que estar tan cerca ¿o sí ?. Además no vamos a galope, por lo que no necesitas sujetarte con tanta fuerza —increpó queriendo escucharse segura, pero el ligero temblor de su voz la traicionó. Y volvió a maldecir en su mente.

Te equivocas. No me estoy sujetando con mucha fuerza y no estoy tan cerca —contradijo con voz serena. Ahogó un jadeo, cuando en ese instante el brazo la estrechó con más firmeza, y la mano se sumió levemente en su vientre. Ahora la espalda la tenía completamente adherida al torso de Inuyasha. Tarde comprendió que él tenía razón—. Esto, es sujetarme con fuerza —aclaró en su oído.

Kagome estrujó las riendas del caballo. Mordiéndose la lengua. Se negaba a discutir con él, y dar pie para que continuara ridiculizándola. Aunque si era sincera consigo misma, la verdadera razón se debe, a no querer delatar los devastadores efectos que provocaba en ella el tenerlo tan cerca. Se removió con sutileza en la silla, con la finalidad de alejarse aunque sea un poco, pero comprendió que ese movimiento fue un gran error. Aquello la hacía plenamente consciente del cuerpo varonil pegado detrás de ella. Volvió a intentarlo pero era inútil.

Deja de hacer eso —la regañó Inuyasha, en un tono que se escuchó demasiado ronco a sus sensitivos oídos. Eso significaba que a él también le afectaba su cercanía.

¿De qué hablas? —Indagó. Realizando otra vez el sugerente movimiento contra él. Queriendo garantizar.

¡Maldición! —Masculló entre dientes.

Inuyasha soltó la rienda de su caballo, el cual permaneció quieto. Luego bajó de un salto de Umaki, soltando otra maldición. Ella iba a preguntar qué hacía, pero sólo pudo articular una exclamación de sorpresa cuando la tomó por la cintura, obligándola a desmontar. Abrió los ojos desconcertada, sin lograr entender el propósito.

¡Maldita seas Kagome! —Bufó con una mezcla de rabia y amargura, tomándola por los hombros, para ubicarla frente a él—. ¡Maldita seas! —Sacudiéndola levemente, para después hundir su mano en la nuca femenina, atrayéndola sin delicadeza hacia él, y besar sus labios frenesí.

Kagome seguía intentando comprender lo que ocurrió, cuando sentiste la dura fricción en sus labios. Y su cuerpo siendo estrujado literalmente, contra el de Inuyasha. El deseaba castigarla, ostentarle su resentimiento y frustración humillándola, lo sabía, lograba advertirlo en la rudeza de abrazo, en el fuego hiriente de sus labios… Pese a ello, en ese instante no le importaba, sólo quería sentirlo, una vez más… una última vez. Elevó sus brazos abrazándolo, y enredando sus dedos entre el cabello del hombre que la devoraba. Sus lenguas se enredaban en una danza desenfrenada, llena de una pasión febril y sin reservas.

Sin embargo, el efímero ensueño, fue interrumpido de la misma forma abrupta en que había iniciado. Inuyasha se alejó unos centímetros, mostrándose imperturbable, y viéndola con una gélida calma. Forzándola a pensar que en realidad sólo se trató de un mero espejismo, ya que una siniestra máscara de displicencia cubrió el rostro masculino, apuñalando sin piedad su resquebrajado orgullo, mofándose al refregarle en la cara su patética debilidad.

Esa era su venganza, no importaba si por un segundo él había sucumbido al deseo que aún existía entre los dos, aquello ya no significaba nada.

Los sentimientos de amor puro e incondicional se esfumado, y lo deseara, nunca volverían a ser como antes, ya que nada podría borrar el pasado. No había motivo para conservar absurdas esperanzas.

Será mejor continuar. No hay tiempo para tonterías —murmuró con voz áspera, sin mirarla.

Sí —susurró la joven. Él volvió a sujetar la rienda de su caballo, mientras ella subía a Umaki. Subió tras ella reanudando la marcha.

Tenía muy claro que su furia y desprecio estaban motivados por razones plenamente justificadas. A pesar de eso, nunca imaginó que él actuara con una crueldad tan macabra, desquitándose de ella martirizando sus sentimientos de esa forma tan cruel. Si vengarse, ella estaba dispuesta a enfrentarlo con la espada, su cuerpo poseía la suficiente fortaleza para ello, pero no así su corazón. Gracias a él, acababa de descubrir que el desprecio dolía mil veces más que la herida de una estocada.

Continuaron el resto del camino en absoluto silencio. Inuyasha procuró alejarse el máximo posible, situándose en la grupa de caballo, y afirmándose del borren trasero de la silla de montar. Evitando así el menor contacto entre los dos.

Detuvo el caballo cerca de la entrada posterior, cercana a una de las torres, el cual llegaba directo a las bodegas de almacenaje de alimentos y herramientas.

Dos hombres que vigilaban los alrededores, se acercaron a ellos de inmediato. Inuyasha le entregó a uno de ellos la rienda del animal que transportaba a Jaquen, y luego saltó del caballo. Les ordenó que encerraran al viejo en un lugar seguro y que dos hombres vigilaran permanentemente la entrada.

Te informaré cuando decida interrogarlo —indicó, a la joven que no había desmontado—. Si quieres estar presente…

No hace falta —interrumpió seria—. Tú puedes hacerte cargo de todo.

Entonces, te haré saber lo que confiese —indicó con la misma seriedad.

Está bien ... El joven Miroku puede trasmitírselo a Sango. Ella me lo contará después —señaló sin mirarlo, tirando con suavidad la rienda para girar a Umaki— Adiós Inuyasha —agregó sin esperar respuesta, espoleó su caballo para emprender la marcha a todo galope.

¡Eres un estúpido! —Bramó Naraku, rojo de furia, abofeteando con extrema violencia la mejilla de su hijo—. ¡¿Puede tu inútil cerebro entender las consecuencias?!

No imaginé que alguien se atreviera a llevárselo durante la fiesta —se excusó intentando permanecer estoico, frente al ataque de furia de su padre.

¡Ah !. No lo imaginaste —se burló mordaz—. ¡Tenías a todo un maldito pelotón allí afuera! ¡¿Por qué demonios no dejaste vigilancia en la biblioteca, imbécil ?! —Gritó frenético, viéndolo con desprecio, luego se giró caminando hacia el escritorio, pero se detuvo—. ¿Realmente creías que podrías hundir al hijo de Taisho, tan sólo utilizando a ese infeliz anciano? —Inquirió con una peligrosa calma, volteándose para mirarlo nuevamente.

Todos tenían que saber que ese bastardo, mantenía oculto a ese maldito mocoso ofrecer apretando los dientes—. Y que también dirigía a los hombres que ayudaron a Handorei a liberarlo aquella noche. Es obvio que Taisho debe conocer su verdadera identidad —aseguró, apretando los puños ante la rabia.

Es posible, pero como eres un imbécil perdiste la oportunidad de confirmarlo —señaló Naraku hostil—. Y sé perfectamente que tu fallido artilugio fue a causa de Kagome. ¡Por tus ridículos celos! Te preocupa que la gente haya murmurado del interés que Taisho le profesa a tu prometida. O mejor dicho, el interés de tu prometida por Inuyasha Taisho. ¡Y tú lo arriesgas todo por una insignificante mujer! —Reprochó con una mueca de asco.

¡Sé que ese maldito continúa atreviéndose a rondar a mí mujer ! No puedes pretender que me quede tranquilo. ¡Nadie se burla de mí! —Agregó con rencor—. Utilizando al viejo mataría dos pájaros de un tiro. Además, Handorei se quedaría sin otro Taisho como aliado.

Pero no resultó como querías; ¿No es así? —Manifestó irónico.

El que entró en el sótano era muy hábil. Las cerraduras estaban intactas —mencionó Kouga, apretando los labios—. Quizás fue ese bandolero malnacido, o hasta el mismo Taisho.

¡Me importa poco quién haya sido! ¡Sólo encuéntralo y mátalo! —Gritó Naraku perdiendo nuevamente el control—. Lo único que me interesa es que traigas a ese maldito viejo de regreso y recuperes los documentos que se llevó —ordenó apuntándolo con el dedo.

Ya envié hombres a buscarlo, padre —informó Kouga, bajando la cabeza sin atreverse a mirarlo a los ojos.

Y más te vale que lo encuentren —advirtió Naraku, entornando sus oscuros ojos dándoles un aire maligno—. Los hijos de Taisho no son lo más importante ahora. Con vigilar sus movimientos y evitar que metan sus narices en nuestros asuntos es suficiente —señaló caminando hacia el ventanal— Tu prioridad es Jaquen. Sabes que puede ser nuestra carta de triunfo. Pero en otras manos se convierte en alguien muy peligroso para nosotros. Si lo utilizamos correctamente, incluso lograremos quitar de nuestro camino a ese hombre. Estoy muy cerca de tener todo el poder en mis manos. Y no voy a desperdiciar la oportunidad a causa de tu estupidez —añadió, observando con ojos llenos de codicia, la gran extensión de sus tierras, que comenzaban a ser iluminadas por el pálido sol de la mañana.

Faltaba muy poco para el amanecer cuando Kagome, al fin vistiendo un delgado camisón, se dejó caer rendida, sobre la cama de su alcoba. Intentando sacudirse todos los acontecimientos perturbadores de la agitada noche. En especial aquel beso agridulce compartido con Inuyasha.

Se giró de lado, adoptando una posición fetal. El hormigueo en sus labios no desaparecía. Y su piel aún parecía guardar el calor de sus brazos. ¿De forma podría vivir toda una vida, si debería hacerlo sin él?

Nunca antes le había preocupado pensar en el futuro. Todas sus proyecciones estuvieron siempre relacionadas con el pasado y sin mayores expectativas con el futuro. Pero después de haberlo conocido, comenzó irremediablemente a forjar ilusiones y anhelos. Que al final, e irónicamente, ella mima acabó destruyendo.

Lloró amargamente por largo rato, hasta que el agotamiento acumulado, la liberó de su tormento, al permitirle conciliar el sueño.

Despertó cerca del mediodía, al escuchar el suave toque de la puerta. Sango entró en la recámara, trayendo consigo una bandeja con comida. Su estómago gruño recordándole que no había probado bocado desde el día anterior, por lo que le agradeció sinceramente el gesto.

Mientras comía, vio la cara de preocupación de su amiga. Al indagar la causa, ella le preguntó por Jaquen, ya que al ir a las caballerizas y no encontrarlo, supuso que algo había sucedido relacionado con su repentina ausencia durante la noche. Kagome la tranquilizó contándole dónde estaba y cómo había sido trasladado. Sin dar pie a que indagara más allá. Necesitaba olvidar lo ocurrido, y no hablar del tema, para no salir más lastimada, le pareció una buena forma de intentarlo.

Decidió permanecer el resto del día acostada en su habitación. Era necesario, tanto para recuperar energías, como para justificar la repentina enfermedad que le había aquejado durante la fiesta.

Reposaba la comida, sentada en su cama con la espalda reclinada en el respaldo. Resopló descontenta, ya que no estaba acostumbrada a soportar tal aburrimiento, sin tener algo que hacer. Sin mencionar, que su mente utilizaba esa inactividad en su contra, al hacer recordar una y otra vez, cosas en las que no quería pensar, lo cual comenzaba a exasperarla.

El toque en su puerta la distrajo de su creciente frustración. Supuso que era Sango, pero en cambio fue una compungida Rin, quien entró a su recámara.

¡Kagome! —Exclamó estremecida, sentándose en la cama y abalanzándose contra ella, rompiendo en llanto— ¡Kagome! —Sollozó.

¿Pero qué tienes, Rin? ¿Qué ha sucedido? —Preguntó la joven alarmada, mientras la rodeaba con sus brazos, acariciando con ternura sus risos castaños, intentando serenarla. Le dio una mirada interrogante a Sango, apareció unos segundos después. Ésta se encogió de hombros dándole un sentido que no tenía idea de lo que había ocurrido.

Mi padre… Me ha prohibido volver a acercarme a Lord Sesshomaru —lloriqueó con la cabeza hundida en su pecho.

¿Pero por qué lo ha hecho? —Inquirió la joven.

No lo sé —respondió sacudiendo la cabeza. Luego la levantó mirándola con los ojos lacrimosos y enrojecidos—. Anoche, justo antes de tu desmayo, fue sumamente grosero con Lord Sesshomaru. Al parecer le enfadó que compartiera mucho tiempo con él. Le dijo que no deseaba que yo fuera motivo de habladurías, ya que estaba en conversaciones para concertar mi compromiso. En ese instante perdiste el conocimiento, él fue a verte y yo lo seguí —le contó, ante la mirada horrorizada e indignada de Kagome—. Sabía que mi padre estaría furioso por desobedecerlo y hoy por la mañana me reprendió, y me amenazó con encerrarme en mi cuarto, si volvía a intercambiar alguna palabra con él, y que sólo saldría el día que fuera camino a la iglesia.

Tranquila, mi querida Rin —susurró, acariciando con ternura la húmeda mejilla de la muchacha—. ¿Qué dijo Sesshomaru cuando le advirtió del compromiso? —Preguntó, viendo que el rostro de su prima se contraía de dolor.

Nada —contestó—. Él sólo se disculpó por haberlo ofendido con su falta de discreción, y que procuraría no importunarme nuevamente —agregó con voz estrangulada.

Rin ¿Estás enamorada de él, no es así? —Se atrevió a preguntar, observando atenta su reacción.

Sí —susurró. Empapando nuevamente su rostro con lágrimas—. Pero creo que él no siente lo mismo —añadió dolida.

No pienses en eso. Y no llores —pidió—. Te prometo que pensaré en algo.

¿Qué podrías hacer? —Sollozó, limpiando su nariz con el pañuelo—. Mi padre también te ha obligado a contraer matrimonio con ese bárbaro.

Por lo mismo no permitiré que a ti te suceda lo mismo —indicó con una determinación que silenció el gimoteo de Rin.

El día siguiente, haciendo caso omiso de su auto advertencia de mantenerse alejada de Leeuford, ordenó que le prepararan un carruaje. Creía necesario hablar con Lord Sesshomaru, y conocer su opinión. Si su prima no era correspondida, contra antes lo averiguaran sería mejor.

La amenaza de su tío podría convertirse en una situación muy crítica en el futuro de Rin. Ahora que había mostrado su verdadero rostro, resultaba obvio que Mioga Hurley no poseía el menor interés en ver feliz ni a su propia hija. Y algo le decía que planificaba ese compromiso como un negocio, con algún hombre que le ayudaría a incrementar sus inversiones. Por supuesto, que el aspecto, la edad u honorabilidad del sujeto en cuestión, para él sería algo completamente intrascendente. Hizo una mueca de asco, al pensar en desagradable hombre de facciones rugosas, un cuerpo regordete, y ojos velados por el vicio.

¡Imposible!. Estaba dispuesta a lo que sea, pero jamás permitiría que su querida prima, sufriera el resto de su vida a causa de un matrimonio por conveniencia.

Iba rumbo al carruaje, seguido por Sango, pero se detuvo en seco, cuando vio que se acercaba un caballo, cuyo jinete no era otro más que su prometido, cuya agria expresión no le anunciaba que su visita fuera por simple cortesía.

¿Adónde vas? —Preguntó el hombre con voz dura, luego de bajar de su caballo y caminar hacia ella con una mirada amenazante— ¿No se suponía que estabas seriamente enferma?.

Maldijo internamente, observando con rencor al hombre que se detuvo frente a ella. ¿Por qué diablos se encontraron en su casa justo en ese momento? ¿Acaso no debería estar ocupado en buscar a Jaquen? No existía ninguna posibilidad, que él no estaba enterado que ese viejo ya no se encontró en esa celda. ¿Entonces qué era lo que pretendía? Se preguntaba la joven inquieta.

Como puede ver, luego de un día de descanso, ya me siento mucho mejor —respondió desdeñosa—. Necesitaba ir al pueblo para hacer unas compras personales. Espero que le sea suficiente explicación —añadió intentando continuar con su trayecto, pero el hombre lo impidió sujetándola del brazo.

No sabes cuánto me alegro de esta recuperación milagrosa , querida oferta mordaz—. Lo que me parece perfecto, porque me brindas la oportunidad de hacerte una importante pregunta - agregó con una peligrosa calma—. Quiero que me digas, quién fue el hombre al cual ayuda durante la fiesta —inquirió entornando los ojos.

Continuará ...