Capítulo XVII

" Lazos de odio "

Kagome tragó en seco, haciendo acopio de todo su arrojo para mantenerse completamente serena, ante la penetrante e inquisidora mirada a la cual estaba being someida. Lo miró directamente a los ojos, alzando la cabeza con altivez.

- No comprendo de qué habla. Yo no ayudé a ningún hombre —negó con calma.

- ¡No mientas! —Exclamó, zarandeándola con rudeza—. Una sirvienta me dijo que se encontró contigo cerca de la cocina y que ibas en compañía de un hombre viejo y desaseado. Así que, por tu bien, es mejor que hables con la verdad. Tú colaboraste para que Jaquen lograra escapar. ¡Dime quién te lo pidió! —Gritó furioso.

Kagome se esforzó por mantener la actitud más estoica que le fuera posible. Barajó la posibilidad que la sirvienta hablara de lo que pasó, luego de ser interrogada por Kouga y, en consecuencia, éste llegara a reclamarle. Por lo tanto no podía cometer un error y delatarse.

- ¡Suélteme! —Demandó, zafándose del agarre—. Le repito que yo no ayudé a ese hombre en nada. Tan sólo le ordené que arreglara su inmunda apariencia —aclaró esbozando una leve mueca de asco—. En primer lugar, sólo me encontré a ese hombre cerca de la cocina, mientras buscaba a Sango. Al reprocharle por su aspecto, se justificó diciendo que había tenido un accidente en las caballerizas, así que le exigí que se aseara para no dar mala impresión a los invitados —señaló con molestia— En segundo lugar, no le pregunté su nombre, por lo que no sé quién demonios es Jaquen, mucho menos el por qué debería ayudar a escapar, como usted me acusa —añadió exhibiendo una actitud ofendida—. Y por último, si se trataba de un delincuente ¿qué hacía en su casa durante la fiesta, en lugar de estar encerrado en una cárcel? -.

- Eso a ti no te importa —advirtió con agresividad—. Y sabes muy bien que Jaquen era un sirviente de los Taisho, es imposible que no lo hayas visto, en una de tus tantas visitas a ese lugar —señaló con rencor.

- Se equivoca. Si trabajaba en el castillo del Conde Taisho no lo sé ni me importa. No tengo costumbre de entablar amistad con los sirvientes —comentó con desdén, observando la mirada desconfiada del hombre—. Si ya terminó con su absurdo interrogatorio, continuaré mis asuntos —indicó y con un sutil ademán de desprecio se encaminó al carruaje. Sin embargo, Kouga nuevamente la retuvo.

- Permíteme tomar el papel de escolta en esta ocasión. Las acompañaré al pueblo. También debo resolver un asunto importante —dictaminó sonriendo siniestro. Sin esperar respuesta, se giró dirigiéndose a su caballo, lo montó y esperó que los jóvenes entraran al coche para escoltarlas.

Sin tener otra alternativa, ambas mujeres tuvieron que someterse a ser custodiadas por aquel insufrible hombre. Kagome deambuló entre diversas tiendas, realizando compras absurdas, bajo la inquisitiva mirada de Kouga.

- Espera un momento —la detuvo el hombre al llegar a una calle transitada—. Hay un lugar al que debes acompañarme —indicó con una expresión enigmática. Kagome lo funciono con recelo. Pero antes de poder negarse el hombre comenzó a caminar arrastrándola consigo—. Tú espéranos aquí —ordenó al notar que Sango los seguía en silencio. La joven no tuvo más opción que obedecer, a pesar de la mirada descompuesta que alcanzó a observar en su amiga.

La joven fue obligada a entrar en una tienda. Un escalofrío de profundo resentimiento recorrió su cuerpo, cuando identificó el lugar. Se trataba de una joyería, la más cara de la ciudad. Fue guiada hasta el aparador donde eran exhibidos una gran cantidad de sortijas, con deslumbrantes piedras preciosas de todos los tamaños y colores.

- Es hora que escojas tu sortija de compromiso —anunció con una sonrisa triunfante—. Elige el que desees, no importa que sea el más costoso de esta tienda.

- Elijo… cederle el honor, señor —manifestó la joven impasible—. No poseo ningún interés en el tamaño, el color, ni mucho menos el costo de esos anillos. Cualquiera de ellos… será la degradante encarnación de un grillete —agregó asqueada.

- No continúes provocándome —amenazó cogiéndola con fuerza del brazo, alejándose un poco del vendedor que los observaba atónito—. Ten mucho cuidado, Kagome, puedo haberte concedido el beneficio de la duda, pero no te permitiré que me humilles en público —advirtió con furia contenida. Volvió a acercarse con ella al mostrador y le ordenó al temeroso vendedor que sacara la sortija que le señalaba. Se lo arrebató y tomó la mano de la joven, deslizándolo sin ceremonia ni sutileza en el dedo—. Con esto quedará demostrado a ti y todos… que me perteneces.

- ¿Se encuentra bien, señorita? —Preguntó Sango, extremando la forma de dirigirse a ella. Se preocupó al notar la palidez de la joven.

- Sí, sólo tengo un poco de náuseas —contestó con voz baja, intentando tranquilizarla, a pesar de que ella no lograba serenarse del todo.

- Quizás debería descansar un momento y beber algo fresco —propuso la joven—. ¿No cree usted señor Breindbill que está algo pálida? —Se atrevió a preguntar directamente al hombre—. En la próxima cuadra hay un lugar adecuado —propuso un poco nerviosa.

- No creo… -. Kagome intentaba negarse, pero fue interrumpida por él.

- Me parece una excelente idea —intervino Kouga—. Vamos querida, es mejor que descansemos un momento. Aún estás convaleciente —manifestó sin disimular la ironía.

La verdad es que la joven no tenía energías para discutir. No pudo ser más acertado comparar ese añillo de compromiso con un grillete, ya que le pesaba y lastimaba su piel, como si en realidad lo fuera. Casi no podía controlar el deseo de quitárselo y arrojárselo a la cara. Pronto… muy pronto podría hacerlo, sólo debería tener un poco más de paciencia.

Tras pensarlo un momento, agradeció la repentina propuesta de Sango. Una bebida fresca, quizás ayudara a menguar su irritación.

Sin embargo, se equivocó. Al parecer iba a ser necesario algo un poco más fuerte que un simple refresco. Fue lo que pensó, al ver en una de las mesas del restaurante a su prima Kikyo, mucho más alegre y coqueta de lo habitual. Y no había que ser un genio para deducir el motivo. Estaba en compañía de Inuyasha Taisho, aunque Miroku también compartía con ellos la mesa. Vio que también estaba la dama de compañía de su prima, en una mesa cercana.

Para su horror, Kouga también se percató de inmediato que estaban allí, y en lugar de marcharse a otro sitio caminó directamente hacia ellos.

- Pero que interesante sorpresa —expresó Kouga a modo de saludo—. Señorita Kikyo, que gusto. Veo que se encuentra en agradable compañía —comentó mordaz.

- ¡Kouga, Buenos días! —Saludó alegre—. Por supuesto, la compañía más agradable que pudiera desear —manifestó mirando a Inuyasha, coqueteándole abiertamente, para después ver a la joven—. Veo que también disfrutas de un paseo con tu prometida. ¿Qué tal prima? No te vi esta mañana en el desayuno. Aunque no es de extrañar, es común que desaparezcas —añadió malintencionada—. Descansando en su cuarto, claro está. Ayer no te sentías del todo bien.

- Buenos días —saludaron los varones que acompañaban a Kikyo. Kagome articuló algo parecido a un saludo. Buscó a Sango en busca de apoyo, pero vio con horror que prudentemente se había dirigido a la mesa de la asistente de su prima.

- Pero por favor, por qué no nos acompañan. Tomen asiento y cuéntenme ¿A qué se debe este repentino paseo por la ciudad? —Inquirió Kikyo. Rompiendo el tenso silencio que se produjo. Kouga aceptó y sentó a Kagome entre él y su prima, lo más lejos que pudo de Inuyasha.

- Teníamos algo muy importante que hacer —respondió Kouga. Tomándole la mano, para depositar un dilatado beso, procurando exhibir la enorme sortija que brillaba en la delicada mano de la joven, quien no hizo intento en ocultar su desagrado. La odiaba, era vulgarmente ostentosa. Un enorme diamante brillaba en el centro de lo que parecía ser una corona de oro, cuyo contorno era adornado por diminutos zafiros—. ¿No es así, querida? —Inquirió dirigiéndole una apasionada mirada—. Se lo hubiera obsequiado antes, pero deseaba que fuera mi prometida, la que escogiera su anillo de compromiso —informó sonriente. Brindándole una mirada triunfal a Inuyasha, quien se mantenía en silencio observando con rigidez la escena.

- ¡Es una sortija impresionante! —Exclamó Kikyo con una sonrisa forzada que denotaba su envidia—. Tienes mucha suerte Kagome. Tu prometido no repara en gastos con tal de complacerte. A simple vista se nota que es una joya muy costosa. No deberías ser tan ambiciosa, queridita . Debiste elegir algo más apropiado para ti. Quiero decir algo… menos ostentoso, más simple —agregó destilando veneno.

- Se equivoca, Kikyo. Mi prometida se merece lo mejor y estoy encantado de dárselo —contradijo.

- Estas muy callada querida —comentó Kikyo.

- Tal parece que la señorita Higurashi ha enmudecido por tanta demostración de amor y magnificencia que le confiere su prometido —comentó de pronto Inuyasha. Dirigiéndole una sonrisa burlona, que contrastaba con su mirada de hielo. Antes que alguien pudiera responder a su provocación fueron interrumpidos por un joven mesero.

- Milord Taisho, le pido disculpas por la intromisión, pero un señor que trabaja para usted, dice que debe entregarle un mensaje —manifestó cortésmente el muchacho.

- Dígale que estoy ocupado, que lo veré más tarde en el castillo —ordenó sin darle importancia.

- Disculpe usted milord. Debo añadir que el asunto era de suma urgencia. Eso fue lo que manifestó —insistió el joven con preocupación. Inuyasha intercambió una significativa mirada con Miroku.

- Está bien —accedió poniéndose de pie, seguido de su amigo—. ¿Dónde se encuentra?

- Me tomé la libertad de pedirle que esperara en la sala de estar, junto a la oficina del administrador. Imaginé que preferiría hablar con él en privado —contestó solícito.

- Se lo agradezco. Recompensaré bien su sagacidad y eficiencia —anunció complacido—. Le ruego me disculpe, señorita Kikyo, claro usted también Sr. Breindbill y su prometida… Pero debo atender este asunto importante —indicó serio y se retiró tras el mesero que le indicaba el camino.

- Hasta luego —agregó Miroku, encaminándose tras su amigo.

- Recordé que también hay algo importante que debo hacer —anunció de pronto Kouga, poniéndose de pie—. Ordenen lo que gusten. Regresaré en unos momentos —añadió y desapareció del salón.

No pudo evitar la enorme inquietud que la asaltó. ¿De qué podría tratarse ese asunto tan importante, que debían informar a Inuyasha con tal premura? ¿Se trataría de Kojaku? ¿Alguien pudo encontrarlo? No, imposible. La Baronesa aseguró que nadie descubriría su paradero. Jaquen. ¿Y si regresaste a escapar del castillo ?.

También estaba Kouga, y su repentina salida. Quizás se trató de una excusa para ir tras Inuyasha. ¿Se atrevería a espiar la conversación? Por supuesto ...

Se puso de pie de improviso.

- ¿Qué haces? —Preguntó Kikyo extrañada.

- Debo ...

- Kagome —la llamó a Sango llegando junto a ella, con una copa—. Me tomé la libertad de pedirte un agua de cebada incluido dejando la copa en la mesa.

- Pero…

- Toma asiento y bébelo con calma. Aún te ves algo indispuesta —insistió, tomándole los hombros instándola con gentileza a que volviera a sentarse. Kagome la miró frunciendo el ceño y vio que ella sacudía la cabeza de manera casi imperceptible, leyendo en su expresión un claro " Confía en mí ".

- Sí. Muchas gracias —musitó volviendo a sentarse algo turbada, pero confiando en era lo correcto, dada la sonrisa complacida de Sango.

Kouga no tuvo inconvenientes para alcanzarlos, mientras subían a la planta alta del local, logrando ver la habitación en la cual ingresaron. Esperó impaciente que el mesero se desapareciera del lugar, dejándole la posibilidad de acercarse lo suficiente para escuchar la conversación que se desarrollaba en el interior de la oficina. Se ocultó cuando el muchacho pasó cerca. Una vez asegurado que no hubiera nadie en la estancia, avanzó hasta que dar junto a la puerta. No iba a desperdiciar la oportunidad.

- ¡No puedo concebir semejante estupidez! —Gritó un hombre furioso. Kouga se sobresaltó, pero no retrocedió, esa era la voz de Taisho—. ¡Si van a interrumpirme por algo importante que sea para confirmar que encontraron ese maldito mocoso !.

- Lo siento milord. Aún no logramos encontrarlo —se disculpó el hombre con voz temblorosa.

- Eso es evidente —apuntó con sarcasmo—. No concibo que los hombres que supuestamente estaban bien entrenados… ¡resultaran ser una tropa de incompetentes!

- Cálmate, Inuyasha —pidió Miroku con actitud conciliadora.

- ¡No me pidas que me calme! —Rugió el otro aún más furioso—. Breindbill asegura que ese muchacho sabe cómo encontrar a ese enmascarado, y yo tuve la fortuna de encontrarlo malherido, incluso curé a ese infeliz, e intenté ganarme su confianza para que me hablara de ese sujeto. ¿Y todo para qué? ... ¡Para que un maldito viejo consiguiera llevárselo, bajo las narices de estos ineptos! —Gritó colérico.

- Te insisto… Yo dudo que Jaquen actuara solo —opinó Miroku—. Pienso que el mismo Handorei es quien los está ocultando. No veo otra explicación para que no hayamos logrado dar con ninguno de los dos.

- ¡Entonces encuentren a ese asesino hijo de perra! —Vociferó.

- ¡Por Dios !. Lo que pides no tiene ningún sentido. Si pudiéramos encontrar a Handorei, el muchacho no hubiera sido necesario en primer lugar —manifestó abrumado—. Durante todo este tiempo ni el Gobernador, con todo el destacamento de soltados que tiene la ciudad, ha logrado capturar un ese delincuente. Nosotros no tenemos pistas, ni hombres suficientes.

- ¡Al demonio! —Bufó— No necesito que hagas una lista de nuestras debilidades, Miroku, sino que contrates a sujetos más capaces. Quiero tener a ese maldito asesino en mis manos… Nadie más que yo tiene el derecho de acabar con Handorei o como se llame. ¡Ese bastardo mató a mi padre! Y te juro que mi espada será la única que le atraviese el corazón —sentenció con gravedad—. Y tú, es mejor que te largues, o me encargaré de matarte a ti primero.

- Sí… mi… milord —tartamudeó el hombre, inclinando la cabeza, y caminando hacia la puerta.

- Regresemos al castillo Miroku. Necesito un trago y este no es el lugar apropiado para obtenerlo ofertar el joven, antes de salir de la habitación.

- Como digas —asintió su amigo caminando tras él.

Durante el camino de regreso, a solas en el carruaje, Sango la puso al tanto de la misteriosa situación. Todo comenzó a fraguarse mientras Kouga la obligó a entrar en la joyería. Un subordinado de Inuyasha se acercó a ella pidiéndole que hiciera lo posible para convencer a Kouga que visitara el restaurante cercano. Y que no importaba lo que sucediera o escuchara, no debería intervenir y también tenía que evitar, por todos los medios, que Kagome lo hiciera.

Ninguna de las dos comprendía con exactitud lo que tramaban Inuyasha y Miroku. Pero todo indicaba que había dado resultado. Fue muy interesante observar el semblante de Kouga, cuando regresó a la mesa. Se le veía bastante ofuscado y pensativo. Prácticamente no intervino en la conversación, que monopolizaba Kikyo. Y tras un rápido almuerzo, decidió escoltarlas de regreso a la mansión.

Las dejó en la entrada de la residencia, y dando una parca despedida se marchó con premura. Sin imaginar que había sido objeto de un engaño dos veces en un mismo día.

Subió las escaleras, con actitud derrotada. Por fortuna no cometió la imprudencia de decirle a Rin que tenía pensado hablar con Sesshomaru. Luego de haber fracasado en su objetivo, al no poder intentarlo siquiera; hubiera sido demasiado triste observar la desilusión en el rostro de su querida prima.

Ingresó a su recámara, y cerró la puerta apoyando la espalda contra ella. Exhaló un largo suspiro. Levantó la mano izquierda observando con rabia la sortija de compromiso que brillaba en su dedo anular. Se la quitó como si le quemara, arrojándola sin cuidado sobre el tocador. Y luego fue a recostarse sobre la cama. Su mente comenzó a divagar entre lo ocurrido en el restaurante y el extraño comportamiento de Kouga. ¿Sería algo relacionado con Jaquen ?. Quizás Inuyasha ya lo había interrogado y actuó en base a ello.

Tenía muchos deseos de saber lo que consiguió averiguar de ese hombre, pero luego de lo ocurrido la noche pasada, se desvanecía el ánimo de intentar siquiera preguntar.

Verlo acompañado de Kikyo, fue un duro golpe. Sin importar el motivo, le causaba un profundo malestar. Sobre todo por la forma descarada en que ella le coqueteaba. Le repugnaba la mirada deseosa que le dirigía. Como si le ofreciera mil placeres, si él aceptaba rendirse a sus encantos. Lo peor, es que no parecía sentirse incómodo frente a esa descarada actitud.

Su mente estaba siendo torturada por las dudas y preguntas sin respuesta. ¿Inuyasha terminaría aceptando esa vulgar invitación? ¿Querría resistirse ante una mujer tan dispuesta? Kikyo era una mujer que muchos consideraban una verdadera beldad. Y también, estaba el hecho que iniciar una relación con ella sería una excelente forma de lastimarla, ya que ahora él la despreciaba.

- Olvídalo, Kagome. Tienes que olvidarlo —se reprendió en voz alta. Sin lograr inyectarle mucha convicción en sus palabras.

En el castillo Leeuford, Inuyasha y Miroku, se encontraban en el estudio. Cómodamente sentados cerca de la chimenea, bebiendo una copa de brandy.

- ¿Crees que Kouga se lo creyó? —Preguntó Miroku a su amigo.

- No tiene importancia si lo cree o no. Por ahora, con lograr confundirlo nos basta. Al menos por un breve tiempo —contestó. En ese momento su hermano entró en la habitación, con una expresión de evidente enfado.

- ¿Puedo saber por qué tienes a ese hombre encerrado en una mazmorra? —Inquirió con severidad.

- Tenía que prevenirlo por si el Gobernador o el mismo Kouga había hecho un movimiento durante nuestra ausencia —se defendió Miroku, debido a la mirada de reproche que le dirigió Inuyasha.

- No es necesario que intervengas en esto Sesshomaru —advirtió el joven, sirviéndose otro trago.

- Te recuerdo que no soy ajeno a la —situación contradijo el hombre con frialdad—. ¿Por qué aún no lo has interrogado?

- Tú, eres el médico. En cambio yo, soy experto en otro tipo de materias —manifestó siniestro—. Te aseguro que la ansiedad de haberado en aquel lugar, sin saber quién lo capturó y con qué objetivo, le soltará la lengua más rápido cuando me tenga frente a él. Y eso evitará que te veas obligado a curar herida de gravedad —añadió mordaz. Su hermano sólo incrementó las arrugas en el ceño y apretó los labios con disgusto.

Bajaba la escalera, todavía algo somnolienta. El cansancio la había vencido y durmió el resto de la tarde. Cuando despertó, se dio cuenta que pronto oscurecería. Se dio un baño, relajando un poco la tensión de sus músculos. Y se vistió para bajar a cenar. Durante el almuerzo apenas y picoteó el alimento y hacía varios días que comía algo más contundente.

- Buenas noches. Me alegra que bajaras a cenar —manifestó Sango con una sonrisa—. Debes cuidar más tu salud.

- Lo sé, lo sé —afirmó con una mueca infantil, llegando junto a su amiga.

- Buenas noches milady —saludó el mayordomo con una leve inclinación, pasando rápido junto a las muchachas.

- ¿Sucede algo? —Preguntó Kagome, al verlo un poco agitado.

- No lo creo milady. Ha llegado un visitante que busca a su tío. Lo dejé acomodado en el estudio del Señor —contestó el anciano mayordomo.

- ¿De quién se trata?

- Dudo que lo conozca. Se apellida Reinyan o era Runyon —respondió el hombre dubitativo, rascando su cabeza con nerviosismo—. Le pido me disculpe. Debo ir a anunciarlo.

- Descuide, puede continuar con sus labores —indicó la muchacha con una sonrisa comprensiva. Cuando el anciano se retiró en dirección al comedor. Kagome le dirigió una significativa mirada a Sango.

- Entraré antes que mi tío. Si alguien se acerca después, intenta entretenerlo y si no puedes… Pues… estornudas… toses… Bueno lo que sea pero muy fuerte, así sabré que debo ocultarme —le pidió guiñándole un ojo, y corrió hacia el estudio.

Había una pequeña antesala, la cual tenía dos puertas, una daba al estudio de su tío Mioga y la otra, a la biblioteca. Se asomó con cuidado, en caso que el hombre se encontrara en la antesala, pero notó que estaba en la oficina de su tío. Entró deprisa, y sin hacer ruido fue hacia la biblioteca. Ya en su interior, dejó la puerta ligeramente entreabierta, lo suficiente para ver cuando Mioga ingresara a su despacho.

Pasaron un par de minutos y el hombre entró. Cuando fue seguro salir, se desplazó con gran agilidad en dirección a la habitación donde se encontró su tío con el visitante.

-… y absurdo. ¿No pensó que era más seguro enviar un mensaje? —Inquirió Mioga irritado—. ¡Espero que nadie más te haya visto presentarte en mi casa! —Advirtió.

- Nadie me vio, no se altere —respondió el hombre con ironía—. Un mensaje escrito puede ser interceptado. Creo que es mejor trasmitirlo en persona.

- ¡¿Y qué demonios quiere ?! —Preguntó rabioso.

- Bueno, él está en la ciudad. También desconfía de los mensajes escritos, y prefirió venir —respondió jocoso.

- ¡¿What?! ¿Está en la ciudad? —Exclamó Mioga alterado.

- Bueno, no exactamente en la ciudad. Lo esperará en la vieja casona del acceso Norte —aclaró el hombre.

- Está bien —accedió de mala gana—. Dile que llegaré pasada la medianoche.

- De acuerdo.

- Sólo espero que sea algo verdaderamente importante —advirtió.

- Él no vendría a esta ciudad, si no lo fuera. Se lo aseguro —indicó el desconocido.

- Bien, ahora lárgate y procura que nadie te vea —indicó Mioga.

- No tiene que repetirlo, se ...

Kagome, se alejó de la puerta y corrió de regreso a la biblioteca, antes que los hombres salieran del despacho. Cerró la puerta que daba a la biblioteca con sumo cuidado. Esperó unos minutos en el interior, asegurándose que ya no había nadie cerca. La puerta del estudio estaba cerrada. Salió de la sala de estar y vio que Sango estaba no muy lejos, le hizo señal indicándole que era seguro. Corrió hacia ella y en el lugar de ir al comedor, subió con rapidez a la planta alta, rumbo a su recámara, seguido por su amiga.

- ¿Qué ocurrió? —Preguntó Sango, ansiosa cuando estaban seguras en la habitación.

- Mi tío se reunirá con alguien esta noche —contestó, caminando pensativa por el cuarto—. ¿Lograste ver a ese hombre? —Preguntó de pronto.

- Sólo por un segundo. Tuve que ocultarme antes que el Señor Mioga me viera —explicó—. No vestía como un aristócrata. Tampoco como un campesino. Más bien se veía… como los hombres que trabajan para el señor Inuyasha o el joven Miroku. Aunque más desgarbado.

- Bien. Debo ir a prepararme —anunció— Tengo el presentimiento que esto es importante —aseveró—. Mi tío se reunirá con una persona después de la medianoche. ¿No concuerdas que es muy extraño ?. Además, pese a ser sólo un mensajero, le preocupaba mucho que alguien hubiera visto al hombre que estuvo aquí, y todavía más, al que ver esta noche.

- ¿Qué piensas? ¿Crees que tu tío se reunirá con gente peligrosa? —Inquirió preocupada.

- Es posible… —contestó parca, luego de un largo silencio.

Faltaba poco más de tres horas para la medianoche, sin embargo, para ella el tiempo era limitado, debería cambiarse de ropa y buscar a Umaki. Además, estaba obligada a rodear los extensos terrenos de la mansión, para llegar a la ruta por la que seguramente transitaría su tío. No debe ser vista, tanto por el hombre de Kouga, como por su tío o algún guardia que le acompañara con el fin de cuidar de su seguridad.

Ajustaba la katana a su espalda, cuando se percató del libro que estaba sobre el menudo escritorio del cuarto que le servía de guarida. Recordó que lo dejó en aquel lugar cuando se cambió su atuendo, la noche en que Inuyasha se llevó a Jaquen. Se reprendió internamente por el imperdonable descuido. ¿Cómo diablos pudo olvidarlo ?, se preguntaba molesta. Resultaba innegable que ha sucedido varias cosas en el transcurso de ese corto tiempo, pero no era excusa, se trataba de un objeto que podría resultar importante. Quiso cogerlo, deteniéndose en el acto. Ahora, tenía un asunto más urgente que atender. Y salió en busca de su caballo.

Se verán de pie, oculta tras una perfecta cortina natural, hecha de un denso matorral de hierbas, arbustos y espinos. Intentaba agudizar su oído al máximo, para detectar cuando el carruaje se acercara. Era la única vía que podía utilizar su tío, para dirigirse a la parte Norte del pueblo, sin que fuera necesario atravesar la ciudad, y él definitivamente, no deseaba llamar la atención.

El tener una confirmación, cada vez más fehaciente de la participación de su tío Mioga en negocios ilícitos lastimaba su corazón. El hombre que la acogió durante tantos años, ocultaba algo muy turbio, bajo una apariencia educada y respetable frente a ella, sus hijas y demás gente del pueblo. No obstante, quería albergar una mínima esperanza de estar equivocada.

Sus pensamientos fueron interrumpidos por el inconfundible sonido de los cascos de caballos. Se tensó, alerta del carruaje que se acercaba. Entornó los ojos con extrañeza, cuando logró distinguirlo, dada la oscuridad reinante. Se trabaja de un pequeño coche tirado por un caballo, sabía perfectamente que su tío jamás lo utilizaba, siempre prefería el más ostentoso.

Se ocultó cuando pasaba justo frente a ella, a una corta distancia de donde se encuentra. Luego corrió a buscar su caballo. Lo montó y comenzó a seguir el carruaje a una distancia prudente, sin utilizar el camino principal. Sabía que su tío iría muy prevenido, y por ningún motivo debería percatarse que estaba siendo seguido.

Le llamó la atención que el coche prosiguiera su recorrido, después de llegar al lugar que se definía como el acceso norte. Continuó avanzando por unos minutos, hasta que se desvió hacia un pasaje angosto. Luego de transitar un largo trecho, se detuvo ante una alta muralla de piedra cubierta de maleza. La reja se abrió casi de inmediato dejando ingresar el coche.

Handorei desmontó a Umaki y continuó el resto del trayecto a pie. Dio un pequeño salto para alcanzar la parte alta de la muralla. Se asomó para confirmar que no hubiera guardias apostados los alrededores. Vio cuando Mioga descendía del carruaje y era recibido por alguien. Calculó que la distancia entre la muralla y la casa no era muy grande, y el descuidado estado del jardín, lleno de maleza y arbustos sin forma, le ayudaría a pasar inadvertida. Se impulsó en una roca sobresaliente y saltó hacia el interior. Corrió con agilidad hasta llegar a una ventana, de un cuarto que se vieron a oscuras. Se apresuró a burlar la aldaba y saltó ingresando la habitación. Maldijo mentalmente cuando la podrida madera, crujió bajo su peso, permaneció inmóvil, pero advirtió que nadie estaba cerca para haberlo notado. Entrecerró la ventana y avanzó con sumo cuidado. Escuchó voces a lo lejos y se dirigió al lugar de donde provenían, se acercó lo suficiente hasta escuchar con mayor claridad lo que hablaban.

-… fue lo que dijo —indicaba una ronca voz varonil -. Y no hay lugar para errores.

- Eso ya lo sé —gruño Mioga.

- Es bueno que lo sepa. Esta transacción, es la más importante que se ha logrado establecer. Él no perdonará un fracaso y yo tampoco —advirtió amenazante—. He viajado durante años, con el objetivo de establecer contacto con los mejores proveedores. Y claro, también tuve que quitar del medio a fuertes competidores y nuestros demás gente que obstaculizarían objetivos —comentó mordaz.

- Hasta ahora los tratos se han cerrado con éxito. Esta vez no será diferente —aseguró Mioga.

- Para que así sea, todo deberá estar preparado. El barco arribará, al atardecer, y permanecerá no muy lejos del puerto. Naraku y sus hombres, se encargarán de mantener despejado los alrededores del lugar. Y una vez que anochezca comenzará el desembarque con un barco más pequeño para facilitar el intercambio —explicó el desconocido.

- Por mi parte, he ordenado que el traslado se realice la noche previa —señaló el hombre mayor—. También obtuve el control de una bodega, que se encuentra en las cercanías del puerto. Ha sido remodelada para no llamar la atención de ojos curiosos.

- Excelente —asintió complacido—. Sólo resta encargarnos de un último obstáculo. Así es… me refiero a ese sujeto enmascarado —manifestó ante la mirada del viejo—. ¿Cómo es que le llaman? ¡Ah! ... ya recuerdo ... Handorei oferta con una risa burlona.

- ¿Tú te encargarás de él? —Inquirió receloso. Luego se escuchó una desagradable carcajada.

- Por supuesto —afirmó divertido—. Aunque no en este momento. Tengo que atender otros asuntos y me marcho en la mañana pero regresaré en algunos días, y llevaré a cabo el trabajo —informó—. Dado que hasta ahora, ni usted, ni el Gobernador han conseguido eliminarlo, me veo en la obligación de intervenir —notificó.

- Ese infeliz ha resultado ser muy astuto —murmuró Mioga entre dientes.

- ¿Debo tomar ese comentario como señal de suspicacia acerca de mis habilidades? —Preguntó irónico—. Usted menos que nadie debiera albergar dudas.

Handorei, que se mantenía escuchando tras un grueso pilar, cerca de la estancia, sent un incómodo escalofrío al escuchar cómo su tío y un desconocido, que daba la impresión de ser muy peligroso, planeaban su muerte.

- No tengo duda de tu destreza —manifestó Mioga—. Lograste deshacerte de nuestro enemigo más temible.

- No fue tan difícil —comentó fatuo—. Aunque me fastidia haber recibido ayuda. Pero tenía que eliminarlo sin perder tiempo. Sabía que el imbécil de su hijo, llegaría en cualquier momento.

Kagome por un segundo olvidó que Handorei tenía prohibido mostrar debilidad o verso perturbado por las circunstancias. Mantener la mente fría y concentrada era clave para tomar decisiones correctas y proteger su vida.

No obstante, su serenidad se vio trastornada al escuchar esas palabras. Confirmar que el hombre que se encontró en la habitación contigua, era el asesino de su querido maestro, desarticularon sus inquebrantables reglas. Se giró, apoyando la espalda contra el pilar, intentando controlar y aplacar sus emociones.

- Bueno, no se puede negar la enorme habilidad que poseía Taisho. De haberlo tenido como aliado, habría reforzado nuestros objetivos de una manera formidable —admitió Mioga—. Fue una grandiosa coincidencia que su hijo llegara en el momento más oportuno, para encontrarse con Handorei junto al cadáver de su padre. Aunque, él tampoco consiguió matar a ese infeliz.

- Y eso sólo aumenta la diversión de cazar a ese Handorei —declaró el desconocido.

- Te recomiendo que tomes precauciones extras. Una trampa te facilitará las cosas —opinó el viejo.

- No me agrada ser subestimado —advirtió el hombre con gravedad.

- Ya te dije que confío en tu habilidad —aclaró Mioga molesto—. Pero sueles cometer errores… No deberías olvidarlo.

- ¡Esa vez hice exactamente lo que me ordenaron! —Contradijo con furia apenas contenida—. Le dejé el camino limpio. ¿No? No venga a quejarse ahora.

- No del todo —contradijo—. No acabaste con la niña —señaló, causando un vuelco en el corazón de la persona que los escuchaba en las sombras.

- Bueno, la chiquilla escapó mientras nos hacíamos cargo del padre y de la madre. No teníamos tiempo y cuando dimos con ella, Taisho la había encontrado primero —se defendió—. Además, usted mismo pudo encargarse de ella después, no hubiera sido problema, pero decidió convertirse en su tutor.

- Lo hice, porque eso me permitiría tener un control total de los bienes, sin causar sospechas —explicó el viejo—. El problema surgió cuando Taisho se inmiscuyó. Ese maldito… desde un principio tuve la impresión que algo sospechaba. Siempre mantuvo un ojo puesto en la muchachita, y para colmo ella se lo pasaba metida en su castillo. Al menos me la quitó de encima todos estos años.

- Y ahora debe traducirse en una codiciada joven casadera —comentó el hombre—. Me provoca curiosidad ver cuánto ha crecido, y qué tan hermosa se volvió aquella escurridiza chiquilla.

- Al menos me ha servido para mantener bajo control al hijo de Naraku —señaló Mioga—. El muy idiota, siempre ha estado interesado en ella, y está dispuesto a tenerla a cualquier precio, aceptando todas mis condiciones. Incluyendo una considerable reducción de la dote.

- Algunos hombres enamorados se utilizan en verdaderos imbéciles… y gracias a eso un astuto hombre de negocios puede sacar un gran provecho —expresó burlón, ocasionando una carcajada en su interlocutor.

No fue capaz de seguir escuchando aquella monstruosa conversación, sintió que desfallecería en cualquier instante. Tuvo que cubrir su boca para no formular el grito de horror que brotó de su garganta, al escuchar esas declaraciones de horror. Su frente estaba cubierta de sudor, temblaba de pies a cabeza y la capucha que cubría casi todo su rostro estaba ahogándola a causa de la agitada respiración. Retrocedió unos pasos sin lograr superar aún la fuerte conmoción.

Chocó contra la pared y vio a su costado, a sólo un par de centímetros, una mesa de arrimo. Estuvo a punto de colisionar con el mueble y delatar su presencia. Intentó tranquilizarse y concentrarse pero era casi imposible.

Se alejó y regresó a la ventana por la que había ingresado. Saltó al exterior de la deteriorada casona y corrió hacia la muralla de piedra, con un nuevo impulso y gracias a la velocidad brincó con presteza, cayendo al otro lado. Se sentó, apoyando la espalda en la muralla, respirando con dificultad. No supo cuánto tiempo había transcurrido, regresó a la realidad al escuchar movimiento desde la casona. Brincó para asomarse y ver aquello que necesita corroborar.

Mioga fue el primero en salir, desde un costado de la residencia apareció el hombre que lo logró al llegar. Arrugó el ceño a la espera, cuando desde el interior, tras su tío emergió él. Abrió los ojos desmesuradamente al reconocerlo de inmediato. No era necesaria la luz de día o una distancia más corta, para distinguir sus facciones, las dos características eran suficientes… Una cicatriz en forma de cruz en su frente, y su cabello negro, recogido con una larga trenza que caía por su espalda.

Cuanto hubiera deseado gritar en ese instante. Correr hacia él y hundir su espada en el pecho de ese maldito asesino. Pero no podía hacerlo. Su cuerpo no reaccionaba y temblaba horrorosamente. No era estúpida, sabía que en aquel lamentable estado, sólo conseguiría una muerte rápida. Y por nada del mundo partiría de este mundo, sin antes haber acabado con él y con todos aquellos que arruinaron su vida y la de muchos otros.

Se retiró del lugar y corrió hacia su caballo, que se encontró esperando en el bosque, lo montó de un salto y galopó a toda velocidad. Tenía que alejarse o sucumbiría ante el deseo de atacarlo, tanto a ese bastardo, como al miserable de su tío.

Cabalgó sin una idea clara de dónde se dirigía, sólo quería escapar del dolor de sus recuerdos, del odio y de la traición. Umaki aminoró la velocidad, y recién entonces se dio cuenta que frente a ella estaba el río. El lugar donde solía reunirse con Inuyasha.

Bajó del caballo, y se quitó la capucha, caminando abatida hasta la orilla el caudal. Cayó de rodillas, abrazándose a sí misma, emitiendo un desgarrador grito, seguido de otro… otro… y otro. Rompiendo abruptamente la silenciosa paz nocturna. El llanto lastimero, al igual que un animal herido, convulsionaba su delgado cuerpo, y el torrente de lágrimas bañaron su pálido rostro, durante mucho tiempo, como si no hubiera ya nada en este mundo, capaz de detenerlas.

Continuará…