* Disclaimer: Los personajes de Dororo (2019) pertenecen a Osamu Tezuka, Tezuka Productions y Studio Mappa, yo los utilizo solo para realizar este fanfic.

Capítulo 5

Consejos

Hyakkimaru mintió. Habían pasado ya dos días y él todavía no regresaba a casa. Dororo tenía ya un buen rato observando fijamente a la ventana hacia el exterior sin ser capaz de despegar la vista, esperaba de un momento a otro distinguir la figura de su esposo a lo lejos regresando a su lado.

Tensó todo su cuerpo y apretó fuertemente los labios en un intento desesperado para no volver a llorar. Sintió una profunda opresión en el pecho, así como dolores punzantes en su corazón. Intentó por todos los medios hacer esos malos recuerdos a un lado, sus recuerdos de los años que estuvo alejada de Hyakkimaru cuando se fue al ser una niña de once años.

Esos malos recuerdos rompían su alma, por eso no le gustaba que aparecieran en su mente, era imposible no compararlo a como se encontraba en ese momento. Agitando su cabeza sin dejar de ver al exterior decidió esforzarse por hacer esos pesimistas pensamientos a un lado y pensar mejor en cosas positivas.

Estaba segura de que su esposo estaba bien, no tenía ninguna duda de las increíbles capacidades de supervivencia de Hyakkimaru, que no hubiera regresado porque le había pasado algo malo era imposible.

También lo conocía a la perfección. Sabía que de cuando en cuando él necesitaba momentos de quietud a solas. Fue por esto que cuando dejó su casa tras su discusión no fue tras él. Estaba convencida que un tiempo a solas era lo que ambos necesitaban para aclarar sus ideas y dejar pasar el coraje. Aun así… ¿dos días? Era demasiado tiempo ¿por qué aún no regresaba?

— "Tranquilo bebé, todo estará bien. —Pensó reprimiendo nuevamente esas malas ideas, bajó sus manos dejándolas apoyadas en su vientre—. Tu padre volverá de un momento a otro, él no puede abandonarnos, nunca se atrevería a hacerlo".

— Apuesto a que Hyakkimaru se encuentra ahora huyendo con una mujer mucho más joven y hermosa que tú.

Escuchó de pronto una voz burlona a sus espaldas. Dororo apretó la mandíbula y volvió la vista sintiendo su sangre hervir. Observó a Reiko la cual estaba sentada en la mesa de la habitación central tomando tranquilamente la humeante taza de té negro que Dororo le había ofrecido cuando llegó de visita en la mañana.

— Si solo viniste a criticarme será mejor que te vayas, Reiko.

Reprochó la futura madre acercándose ella, fulminándola con una mirada mezcla de enojo y dolor. Reiko levantó una ceja examinando su preocupado rostro, chistó en voz baja para después dejar escapar un leve suspiro. Dororo en verdad estaba más afectada de lo que parecía en un principio.

— Lo siento, debí darme cuenta que ahora no es el mejor momento para bromear. —Se disculpó la hermosa bailarina para volverse y dirigirle una pequeña sonrisa apenada—. Cuando la Sra. Shibame me contó acerca de tu embarazo decidí venir a visitarte para felicitarlos, pero no esperaba que te lanzaras llorando a mí mientras me gritabas desesperadamente: ¡Hyakkimaru se fue! Yo también estoy tan nerviosa que quise aligerar un poco el ambiente…

Dororo se sentó a su lado, se sirvió otra taza de té y bebió un pequeño sorbo lentamente. Bajó la vista hasta su abultada barriga para después responder con voz débil:

— Supongo tienes razón… ¿Por qué querría Hyakkimaru estar con su caprichosa esposa embarazada pudiendo estar con una mujer delgada y más hermosa que yo?

— No digas esas locuras—la reprimió Reiko frunciendo sus delgadas cejas disconforme—. No creas mis tontas bromas, él nunca haría algo como eso.

Dororo no fue capaz de responder nada ante esto, mantenía su vista baja y sus manos fuertemente apretadas en puño sujetando las telas de su kimono con frustración. Reiko observó en silencio por unos segundos el enorme esfuerzo que hacía por no llorar.

— Dororo… sabes que yo no me ando con rodeos ¿verdad? —Al escuchar esto la mencionada le dirigió una mirada insegura. Reiko continuó con una voz fuerte y autoritaria—: Imagino que todo el proceso del embarazo es difícil, pero si he de ser sincera… Creo que no fuiste muy justa con tu esposo. Tus reclamos estuvieron fuera de lugar.

— ¿Eso crees? —Respondió Dororo entrecerrando sus ojos. Los cambios de humor atacaron de nuevo haciéndola pasar de la tristeza a la furia en cuestión de segundos— Te recuerdo que Hyakkimaru no es el que está cargando con una nueva vida en su vientre.

— Pero si tiene que cargar con una esposa caprichosa y sus repentinos cambios de humor.

La atacó Reiko de regreso con una voz fría sin importarle si esto iba a herirla. Aunque fuera difícil de asimilar, sabía que Reiko era la única que se atrevía a decirle sus verdades y errores sin titubear.

Después de que Natsumi se había casado con Tahomaru y se había mudado con él empezó a frecuentar y hablar más con Reiko. Por supuesto nunca iba a poder ocupar el mismo lugar en su corazón que Natsumi, pero para ese entonces podía asegurar que la apreciaba también como una gran amiga.

A veces aún discutían pues ambas tenían un carácter muy fuerte, a pesar de esto Dororo apreciaba que Reiko siempre fuera tan sincera y dura con ella, en ocasiones en verdad lo necesitaba. Cuando estaba sumida en la desesperación por la desaparición de su esposo como una intervención divina Reiko apareció en su puerta, y cuando menos cuenta se dio le había contado todo lo que había pasado con Hyakkimaru.

Dororo sabía que lo que Reiko había dicho no era más que la verdad, a pesar de esto su orgullo no le permitió admitirlo. Dio otro gran sorbo a su té y dejó la taza con un fuerte golpe en la mesa. Volteó el rostro con gesto ofendido, a lo cual Reiko torció su boca en una mueca de desacuerdo. Se dedicó a juntar toda la paciencia que le fue posible antes de continuar aconsejándola:

— Dororo… ¿sabías que muchas mujeres de la aldea consideran a Hyakkimaru como el esposo ideal?

— ¿Esposo ideal? —Repitió ésta abriendo sus ojos con sorpresa.

— Si… Todas nos damos cuenta de lo mucho que te ama, se preocupa por ti y te consiente. —Su voz bajó a un tono confidencial—¿Cuántas mujeres en la aldea pueden asegurar que sus esposos las ayudan tanto en las labores domésticas como lo hace Hyakkimaru? Casi ninguna puede hacerlo, es por eso que muchas desearían tener un esposo como él.

— Nunca había pensado en esto. —Admitió Dororo sintiendo la culpa extenderse en su estómago como un desagradable ácido.

— Todos en la aldea nos dimos cuenta los días pasados de lo cansado que se veía. Y cuando le sugeríamos que se tomara un descanso siempre decía lo mismo: "no puedo, debo ayudar a Dororo". En serio eres tan caprichosa y necia a veces—la regañó Reiko mientras dejaba escapar una profunda y desesperada exhalación —, tienes un excelente esposo, pero aun así haces a un lado sus malestares por solo preocuparte de tu dolor.

Reiko contuvo la respiración cuando Dororo se dejó quebrar frente a ella. Se tapó el rostro con sus manos y comenzó a llorar amargamente. No se escuchaba como un llanto de dolor, más bien le pareció un lloriqueo desesperado y molesto ¿estaba llorando de coraje? Las palabras que soltó la futura madre se lo confirmaron:

— Reiko, soy una persona horrible ¿cómo pude ser tan egoísta y cruel con Hyakkimaru? No puedo culparlo por irse y no volver ¿Quién querría regresar al lado de una tan mala esposa como yo?

— Tranquila, estoy segura que todo estará bien. —Trató de calmarla dejando apoyada una mano en su espalda para acariciarla un poco—. Como te lo dije antes, es más que obvio lo mucho que Hyakkimaru te ama, por eso estoy segura que él volverá. Entiendo lo complicado que debe ser todo este proceso del embarazo para ti, sin embargo, también debes ser consciente que esto de igual manera afecta al padre de tu futuro hijo.

— Ahora lo sé, ahora puedo entenderlo. —Le dio la razón Dororo tallando fuertemente sus lágrimas con su manga— ¡Iré a buscarlo para pedirle disculpas!

— ¡Oye, tampoco se trata de que seas imprudente y hagas locuras! —Exclamó Reiko preocupada tomándola fuertemente de sus hombros para evitar que se levantara.

— Pero no puedo perder más tiempo, yo…

— ¿Crees que con esa barriga llegaras muy lejos?

La regañó su amiga con desaprobación, a lo cual Dororo se quedó inmóvil sin poder dejar su angustia atrás. Dejó escapar un sonoro suspiro en un intento por calmarse.

— Tienes razón… Si lo hago solo empeoraré todo. Hyakkimaru se decepcionará más de mí si ve como me arriesgué al salir a buscarlo. Pero entonces ¿qué puedo hacer?

— No te olvides de nosotros. —Continuó Reiko mostrándole una amable sonrisa—. Todos en la aldea siempre estaremos más que dispuestos a ayudarlos ¿Qué te parece esto? Si Hyakkimaru no regresa el día de hoy, organizaremos un grupo de búsqueda para ir mañana a buscarlo en cuanto amanezca. Hasta entonces sigue esperándolo pacientemente aquí ¿de acuerdo?

— S-sí, eso me parece muy bien. —Confirmó Dororo haciendo un esfuerzo inútil por ocultar la preocupación en su voz—. Reiko… en verdad, muchas gracias por tu ayuda.

— A veces seré cruel, y sé muy bien que nos desesperamos mutuamente muchas veces. Aun así, somos amigas, sabes que siempre te ayudaré.

En un gesto que la tomó por sorpresa Reiko le dio un pequeño y cariñoso abrazo, acción que Dororo correspondió sinceramente. Le agradeció de nuevo para después decirle con una voz pícara:

— Apuesto a que aprovecharás para pedirle ayuda a Jiheita en caso de ser necesario ¿verdad?

— No sé a qué te refieres.

Reiko fingió indiferencia y se apresuró a hacerse la desentendida para volver a tomar té. A pesar de esto no pasó desapercibido para Dororo como la hermosa chica tensó su cuerpo y un leve sonrojo asomó en sus mejillas.

Tras muchas horas de desespero la futura madre por fin pudo sonreír con algo de alegría al confirmar los sentimientos de Reiko por Jiheita. Desde hacía un tiempo que había visto muy unidos a sus dos amigos, incluso se había extendido un agradable rumor por la aldea que Jiheita iba a pedir la mano de Reiko en matrimonio de un momento a otro.


Hyakkimaru deambuló sin rumbo fijo por dos días enteros. El enojo que su testaruda esposa le había hecho pasar había desaparecido después de esa fatídica noche que decidió pasar dormido a la intemperie para tranquilizarse y aclarar sus ideas, aun así, se sintió incapaz de volver con ella.

Sabía que dejarla sola por tanto tiempo, siendo lo más seguro ocasionarle una preocupación inmensa era un terrible error, por desgracia se sentía tan decepcionado y avergonzado de sí mismo que era incapaz de verla a la cara.

Apenas se decidía a volver sobre sus pasos cuando los hermosos ojos chocolate inundados de lágrimas de su esposa embrujaban su mente, ocasionando a la culpa arremolinarse como miles de cuchillos atravesando dolorosamente su corazón.

— "Se lo prometí, que sería un excelente padre, y apenas las cosas se complican hui de ella. —Reflexionó con pesar mientras iba llegando a una bulliciosa aldea—Le dije todas esas cosas tan crueles ¿Cómo seré capaz siquiera de verla a la cara? No merezco estar su lado, no me merezco llamarme su esposo y mucho menos ser el padre de ese bebé que se forma en su vientre".

Aun sintiendo como si estuviera muriendo en vida mientras recordaba esas doloras palabras levantó la vista observando con atención esa escandalosa aldea a donde había llegado ¿En dónde estaba? ¿Qué tan lejos lo habían llevado sus pies en su intento desesperado de huida por la culpa que sentía?

Por alguna extraña razón esa aldea que nunca antes había visto en su vida de cierta forma le parecía conocida, era como si ya hubiera estado antes ahí. Permaneció inmóvil mirando fijamente la entrada de la aldea cuando una aguda y fuerte voz se escuchó a sus espaldas:

— Hyaku-sama… ¿en verdad eres tú? Eres tú ¿verdad? ¡Estoy segura!

Se volvió al escuchar que al parecer lo llamaban. Esa aguda voz… Estaba convencido de que ya la había escuchado antes, por desgracia por más que hacía memoria no podía recordar a quien le pertenecía.

Acercándose a él con pasos presurosos estaba una joven mujer con un hombre y tres niños. Llegó frente a él mostrándole una enorme sonrisa, le siguió hablando con una voz muy alegre, al tiempo que tomaba sus manos y las agitaba de arriba hacia abajo:

— ¡No puedo creerlo! ¡Es un gusto volver a verte!

— Ah… ¿quién eres?

Preguntó Hyakkimaru entrecerrando sus ojos desconfiadamente, la joven mujer de cabello azul oscuro retrocedió unos pasos y lo observó boquiabierta con decepción. El hombre llegó a su lado junto con los niños, este por su parte lo examinó con ojos fríos para después reclamar:

— Sigue siendo un sinvergüenza como en ese entonces… ¿en serio olvidaste a la mujer con la que estabas a punto de casarte?

— Tranquilo Taiki, no es necesario que seamos groseros con él. —Dijo la joven mujer mientras le daba algunas palmaditas en su hombro al que al parecer era su esposo—. Ya pasaron muchos años desde entonces, no es de extrañar que no nos recuerde. —Tras decir eso la mujer recuperó su actitud animada y volvió a hablarle a Hyakkimaru—: Soy yo… ¡Okowa, la hija del herrero Munetsuna!

Hyakkimaru se llevó una mano a la barbilla para hacer memoria de nuevo, tras varios segundos los recuerdos comenzaron a llegar a él tan claros como el agua que fluía por un río. Abrió un poco sus ojos para responder con voz plana:

— "Las katanas vendrán aquí…" Te recuerdo, eres la hija de ese herrero que arregló mis katanas.

— ¡Si, exacto! Me siento muy feliz de que no te hayas olvidado de mí. —Continuó con una inmensa alegría. Calló por unos segundos mirando a su alrededor pareciendo buscar algo—. Oh, qué raro… ¿ya no viajas junto a Dororo-chan? ¿A final de cuentas separaron sus caminos? Se veían tan unidos en ese entonces…

El tono de voz de Okowa fue bajando cada vez más conforme terminaba de decir eso, no pudo evitar hacerlo pues apreció como el semblante de Hyakkimaru ensombreció, lo percibía muy triste. Se mantuvo callada por un momento hasta que después pareció darse cuenta de algo y le dijo volviendo a un tono agudo y fuerte:

— ¡Ya lo sé! Hyaku-sama, vamos a esa casa de té que está en la entrada de nuestra aldea a charlar un rato, yo invito.


— ¿En serio no hay problema por estar aquí?

Preguntó Hyakkimaru un tanto consternado observando como Taiki, el esposo de Okowa jugaba con sus dos hijos mientras lo miraba a lo lejos con recelo. No entendía que pasaba, pero algo le decía que no le simpatizaba en absoluto. Okowa, quien mecía en brazos a su hijo más chico, un lindo y cachetón niño de aproximadamente poco más de un año, le respondió con tranquilidad tras reír un momento:

— Taiki está celoso, pero no le prestes atención. Mientras yo te recuerdo a ti y a Dororo-chan con aprecio por lo mucho que nos ayudaron en la aldea con el Amanojaku, mi bobo esposo solo recuerda que estuve a punto de casarme contigo. Pero todo fue un malentendido, no tiene mucho caso darle más vueltas al asunto.

— En ese entonces no comprendía bien el mundo que me rodeaba, ni siquiera sabía lo que era una boda. —Confesó Hyakkimaru bajando la vista con timidez—. Lamento ese malentendido.

— Como dije, eso quedó en el pasado, así que no te preocupes más por eso. —Repitió Okowa esbozando una dulce sonrisa—. Ahora soy muy feliz al lado de Taiki. Tuvimos tres hijos, esos traviesos gemelos con los que juega y a este pequeño retoño que nació el invierno pasado.

Okowa bajó la vista para apreciar con un inmenso cariño al pequeño en sus brazos, le dio un dulce beso en su rosada frente. Hyakkimaru contempló esta tierna escena en silencio, mostrando una leve sonrisa sin darse cuenta.

— Entonces dime, Hyaku-sama… Es decir, Hyaku-san—continuó Okowa dirigiéndole una mirada interesada—¿qué pasó con Dororo-chan?

Hyakkimaru le contó todo lo que había pasado desde que separaron caminos. Era extraño que fuera tan sincero con ella en todos los aspectos, pero tras lo que había pasado con el Amanojaku y lo amable que Okowa había sido con ellos en ese entonces algo le decía que podía contarle toda la verdad y esta no lo recriminaría ni lo trataría mal.

Se dio cuenta que no estaba equivocado cuando al terminar su relato Okowa ignoró todos los hechos de los territorios de Daigo y el trato con los demonios para exclamar con una voz potente llevándose las manos a la cara debido al asombro:

— ¡Entonces a final de cuentas terminaste casándote con Dororo-chan!

Increíble, pero para ella lo más impresionante fue que le haya entregado toda su vida a Dororo y no que hubiera recuperado su cuerpo condenando los territorios de su cruel y ambicioso padre en el proceso. Se dio cuenta en ese momento de la peculiar persona que era Okowa. Aun sorprendido por este hecho Hyakkimaru asintió lentamente con la cabeza en silencio.

— Ahora entiendo porque Dororo-chan parecía estar tan celosa de nuestra boda en ese entonces. —Opinó Okowa con tono divertido.

— ¿Celosa? —Preguntó Hyakkimaru ladeando su cabeza con confusión.

— Solo pensaba en voz alta, no me prestes atención. —Continuó tras reír un poco en voz baja. Sin disminuir un centímetro su animosa sonrisa agregó—: Ustedes se veían tan felices uno al lado del otro cuando nos conocimos, me da mucho gusto que al final hayan unido sus vidas. Entonces… ¿Dónde está tu querida esposa ahora?

Escuchar eso hizo que Hyakkimaru sintiera como si una mano invisible estrujara su corazón por dentro, el dolor y la culpa lo invadieron de nuevo. Bajó la vista y apretó sus labios sin ser capaz de responder. Por primera vez desde que estaban hablando la sonrisa de la mujer se desvaneció para darle paso a un semblante lleno de preocupación.

— ¿Todo está bien? —Preguntó nerviosa—No me digas que algo malo le pasó a Dororo-chan…

— Ella está bien, pero yo… la lastimé, le dije palabras muy crueles. No merezco seguir a su lado.

— ¿Te importaría contarme un poco más?

Lo invitó Okowa con amabilidad mientras le servía un poco más de té. Hyakkimaru no estaba muy convencido al principio, a pesar de esto tras unos segundos se sorprendió al escucharse a sí mismo contándole todo a Okowa con lujo de detalles.

¿Por qué lo hacía? ¿Por qué le contaba todos sus problemas a esa alegre mujer que solo había visto una vez en el viaje que hizo junto con Dororo para recuperar su cuerpo? Sabía que él era un hombre de pocas palabras, alguien reservado al cual le costaba expresar abiertamente sus sentimientos, pero algo en Okowa le generaba una enorme paz y tranquilidad.

Ella le daba confianza, la suficiente como para incluso ser sincero con sus más profundos sentimientos y preocupaciones ¿era acaso a eso lo que se le llamaba una amiga? Tal vez así era, a pesar del poco tiempo que convivieron con ella y de los años sin verse ese sentimiento no había cambiado, al parecer Okowa siempre fue su amiga y la de Dororo.

Cuando terminó su relato Okowa levantó sus labios y entrecerró sus ojos en un gesto pensativo. Le dio un pequeño mordisco al dango que tenía en su plato para finalmente darle su opinión al abrumado esposo con una voz llena de serenidad:

— Fue una triste discusión, pero era algo inevitable ¿no lo crees, Hyaku-san? No es algo grave.

— ¿No es grave? —Repitió Hyakkimaru enarcando sus cejas incrédulo—Claro que lo es, le dije a Dororo que nunca debimos casarnos ¿Cómo puedes decir que no es algo grave?

— ¿Realmente es así como te sientes?

— Claro que no… Casarme con Dororo y esperar nuestro primer hijo es lo mejor que pudo pasarme en la vida.

— Tú sabes que es así, por eso que no debes angustiarte tanto por esto, Hyaku-san. Es imposible evitar las discusiones en un matrimonio, pero mientras seas consciente de tus errores no hay nada de malo con eso. Míranos a mí y a Taiki. —Okowa hizo una pequeña pausa para saludar con la mano a sus gemelos y a su esposo. Al ver esto Taiki le mostró una cariñosa sonrisa, él y sus gemelos le regresaron el saludo con alegría—¿Lo ves? Taiki dejó sus tontos celos, ese pequeño malentendido de hace rato quedó atrás pues él ya se dio cuenta que tú y yo solo somos amigos. Taiki ya reconoció su error y quedó en el pasado.

— ¿Taiki y tú también tienen malentendidos?

— ¡Por supuesto! —Afirmó Okowa agitando su mano de lado a lado—No podemos estar siempre de acuerdo con nuestra pareja, eso es algo imposible. Si te contara todos los desacuerdos y malentendidos que hemos tenido desde que nos casamos te reirías de mí… Um no, bueno… Hyaku-san, tú no te ríes, pero seguro te sorprenderías mucho.

Okowa soltó una sonora carcajada de su propia acertada deducción, Hyakkimaru simplemente la observó en silencio siendo capaz de relajar su semblante por primera vez desde que había huído de casa. Okowa continuó hablando con una voz suave:

— Y tú Hyaku-san, debes relajarte más y no ser tan duro contigo mismo ¿de acuerdo? Estoy segura que Dororo-chan no espera que seas el esposo perfecto, está bien que te esfuerces por ello, pero no te exijas tanto tampoco.

«Si necesitas un tiempo a solas, si necesitas relajarte, si necesitas hablar entonces hazlo, no hay nada de malo con eso. Eres un ser humano y como tal tienes tus límites. En un matrimonio siempre debemos apoyarnos mutuamente, pero si tú tratas de hacer todo por tu cuenta las cosas terminarán mal.

Estoy segura de que Dororo-chan es consciente de que no se casó con ningún hombre perfecto. Después de todo ella te eligió, esperó y permaneció a tu lado sin importar lo difíciles que fueron las cosas ¿no es cierto? No temas Hyaku-san, ella te ama y sabrá perdonarte, te apuesto un delicioso dango a que cuando vuelva a verte ni siquiera va a recriminarte las cosas que le dijiste. Ahora vamos, no está bien que la sigas preocupando. Debes volver con ella cuanto antes y arreglar este malentendido».

— Tienes razón… Gracias Okowa, ahora todo me queda mucho más claro.

Tras oír los sabios consejos de Okowa pudo sentirse mucho más tranquilo. Sus pensamientos comenzaron a desenmarañarse poco a poco tras darse cuenta gracias a su plática que era normal enojarse, lo importante era saber reconocer los errores y disculparse por eso.

Hyakkimaru hizo una ligera inclinación de cabeza a forma de agradecimiento y le regaló una apenas perceptible sincera sonrisa, Okowa le regresó el gesto por su parte con una sonrisa enorme de oreja a oreja.

El joven de cabello azabache se estaba despidiendo de ella cuando vio que su esposo se acercó mucho más tranquilo que antes junto con sus gemelos. Los risueños niños se divertían jugando con algunas figuras de madera.

— Esos juguetes…—Murmuró Hyakkimaru observándolos con atención.

— A ellos les gustan mucho. —Le dijo Taiki hablándole por primera vez amablemente desde que lo conocía—. En especial los que tienen forma de animales, son sus favoritos.

Hyakkimaru continuó con su vista concentrada en los juguetes por unos cuantos segundos más cuando una idea llegó a su cabeza. Okowa y Taiki miraron asombrados como el semblante serio del callado antiguo ronin cambiaba a uno decidido cuando este les dijo con seriedad:

— Debo hacer algo antes de volver con Dororo, y para eso necesito su apoyo. Por favor, véndanme unos cuantos pedazos de madera y ayúdenme con sus conocimientos de herrería.

Continuará