* Disclaimer: Los personajes de Dororo (2019) pertenecen a Osamu Tezuka, Tezuka Productions y Studio Mappa, yo los utilizo solo para realizar este fanfic.
Capítulo 8
Bienvenida
Noveno mes
— ¡Mamá, mira! Es el Dr. Hyakkimaru.
— Sanosuke ¿qué te he dicho antes? —Reprendió la madre del niño con severidad— Es de mala educación señalar a los demás…—Tras decir esto la mujer se volvió al respetable médico y se disculpó inclinando un poco la cabeza—: Disculpe eso, por favor. Espero que usted y la Sra. Dororo se encuentren bien.
Hyakkimaru detuvo su apresurado caminar para hablar un poco con la mujer y su niño, los cuales eran habitantes de una aldea vecina. La plática en torno al estado de su esposa y su embarazo se extendió por algunos minutos hasta que se despidieron de él.
— ¡Hasta luego, Hyakkimaru sensei! ¡Cuide mucho a su esposa y a su bebé!
El risueño niño levantó su pequeño brazo de madera y lo agitó de un lado a otro para despedirse, gesto que el médico imitó con una pequeña sonrisa.
Recordaba muy bien a esos pacientes. Una noche llegaron de urgencia a su clínica. Madre e hijo habían sido atacados por unos bandidos y uno de esos desalmados cortó el brazo del pequeño cuando este intentó defender a su madre. La valiente mujer se las arregló a duras penas para lograr escapar a tiempo con su querido hijo y llegar a tiempo a la clínica.
El pequeño estuvo a punto de morir, afortunadamente Hyakkimaru se las arregló para salvarle la vida con una complicada operación que duró horas. Fue sin duda una de las operaciones más complicadas que tuvo que realizar, pero no dudaba que ese enorme sacrificio de horas sin dormir valió la pena si pudo salvar su vida.
Esa noche con esos pacientes pudo comprender mucho mejor el amor de padres a hijos, un amor incondicional y sumamente puro que se entregaba por completo sin esperar nada a cambio.
Ahora sabía que era esa responsabilidad la que recaería en él una vez su bebé naciera, y no dudaba que amaría a su hijo de una manera incondicional, tal cual lo hacían esa madre y su valiente niño que fueron a su clínica esa tormentosa noche.
Cuando Dororo entró en el último mes de embarazo se sintió como si hubiera despertado de un maravilloso sueño y la realidad lo hubiera golpeado de lleno en su pecho. Aunque luchaba por no sentirse de esa manera, conforme los días avanzaban el miedo y la preocupación se apoderaban cada vez más de él.
Ver a esos pacientes le recordó que de un momento a otro una enorme responsabilidad iba a caer sobre él, tendría la enorme obligación de cuidar esa pequeña e indefensa vida cuando llegara al mundo. Por supuesto la emoción prevalecía en él; aun así, no podía evitar a la ansiedad apoderarse de su corazón cuando se preguntaba internamente si sería un buen padre, si realmente podría cumplir con esa importante tarea.
Esos fueron pensamientos que decidió callar para sí mismo, su pequeña ya estaba suficientemente nerviosa con todo el asunto del parto como para agregarle más preocupaciones si sabía que él también estaba intranquilo, y ese era justamente otro asunto que lo tenía mucho más que nervioso: el parto.
Mientras Hyakkimaru llegaba al templo de la aldea intentó hacer esos espantosos recuerdos a un lado, sin embargo, por más que lo intentó no pudo hacerlo. Cuando estaba recibiendo sus estudios médicos por parte de los doctores que vivían en la aldea de Tahomaru estuvo presente en varios partos, y uno de ellos quedó grabado finamente en su memoria pues lamentablemente tanto madre como bebé perdieron la vida en él por ciertas complicaciones.
Cuando fue consiente que su hijo podía nacer en cualquier momento, ese tormentoso recuerdo lo comenzó a perseguir en sueños. Una fatídica noche incluso tuvo una vivida pesadilla en donde su amada esposa y esperado hijo perdían la vida durante el parto, tal cual como lo vio años atrás. Ese temor se instaló en su corazón y se negaba a irse de ahí por más que lo intentaba.
Si hubiera podido, le hubiera gustado poder contarle a Tahomaru acerca de sus temores, estaba seguro de que su hermano menor podría decirle palabras más que adecuadas para animarlo. Sin embargo, no le pareció prudente ir a su aldea para hablar con él pues no deseaba separarse de Dororo, habiendo entrado en el último mes de embarazo su bebé podía nacer en cualquier momento. Por supuesto no deseaba estar fuera en tan especial momento, era algo que no podía hacer ni correr tal riesgo, fue por esta razón que sin tener con quien más hablar sobre esto, decidió dirigirse al templo a orar.
Hyakkimaru no era una persona creyente. Después de las cosas tan terribles que había experimentado en su pasado se había formado la idea de que un ser humano debía vivir su vida a base de esfuerzo propio, y no dependiendo de divinidades ni mucho menos por supuesto de demonios. Si él había tomado esa decisión era más que nada para tener un momento de quietud a solas, y de esa manera poder charlar con sus seres queridos que ya no estaban.
Se arrodilló lentamente enfrente de una estatua de tamaño mediano de la Diosa de la Misericordia, la cual Dororo había decidido colocarla en el templo a modo tanto de agradecimiento como recordatorio de los sucesos del pasado que tantas enseñanzas les dejaron a ambos. Prendió con cuidado unos inciensos a sus pies, juntó sus manos y comenzó a orar.
— "Mamá, espero puedas escucharme. —Comenzó a hablarle a su padre adoptivo en su mente, cerrando fuertemente sus ojos al tiempo que una pequeña sonrisa llena de cariño se formaba en sus labios—. A pesar de los dieciséis años que me criaste y cuidaste de mí, me arrepiento tanto de que dejaras este mundo sin poder saber siquiera tu nombre.
«Esa vez que me reencontré contigo para pedirte que me dieras una nueva prótesis, y que tú me diste esos sabios consejos era tan inexperto del mundo y estaba tan cegado por mi egoísmo que no pude decirte lo mucho que te amaba y agradecía todos tus cuidados.
No supe comunicarte estas palabras, debí insistirte en que me dijeras quien eras, que me contarás más sobre ti, por desgracia mis habilidades de habla eran muy escasas en ese entonces, aun ahora no es uno de mis fuertes.
A pesar de esto, mi percepción de ti no ha cambiado a lo largo de los años, fuiste, eres y siempre serás mi mamá. Cuando pienso en como fuiste capaz de cuidar de mí tu solo, aun cuando ni siquiera compartíamos ningún lazo de sangre, reflexiono que no debo sentir tanto temor.
Tú fuiste capaz de enfrentar esa enorme responsabilidad por ti mismo, yo que afortunadamente no estoy solo, debería darme cuenta que yo me encuentro en una situación mucho más sencilla. Sin embargo, no puedo evitarlo mamá, tengo un enorme temor de perder a mi esposa y a mi hijo.
No creo en seres divinos, y por supuesto mucho menos en seres malignos, decido ante todo creer en mí mismo, en todas las personas que velaron por mí y se quedaron atrás. Por esa razón, creí que venir a hablar contigo estaría bien, pensé que eso podría ayudarme a tranquilizarme un poco.
Mamá, dentro de poco seré padre, y no puedo más que aspirar a convertirme en uno tan excelente como lo fuiste tú para mí. Tomaré tu ejemplo para entregarme con cariño y dedicación a ese pequeño ser que verá el mundo dentro de poco, a esa nueva vida que es la más grande muestra del profundo amor que siento por mi esposa.
Me gustaría tanto estar a tu lado, poder hablar de tantas cosas contigo y pedir tu consejo, pero ya sé que eso es algo imposible… Por esa razón ¿podrías interceder por mí y mi familia? Sé qué al igual que a mi madre de sangre, ustedes dos lograron llegar al paraíso, o incluso tal vez reencarnaron en una mejor vida debido a sus grandes sacrificios. Es por esto que quiero que cuides de nosotros, que tú y mi verdadera madre cuiden de mi amada Dororo y de nuestro bebé, que todo salga bien durante el parto, que nuestro hijo nazca sano y sin ninguna dificultad. Por favor, cuídenos con su inmenso amor durante el parto".»
Hyakkimaru juntó con aun más fuerza sus manos e incluso unas tímidas lágrimas de frustración se atrevieron a surcar por sus mejillas. Ahora que estaba solo se dejó romper por algunos segundos, recordando los consejos que tanto Dororo como Biwamaru le daban siempre: está bien dejar salir tus sentimientos y no reprimirlos.
Su tímido y bajo llanto duró por algunos minutos, un llanto de dolor no solo por el temor al parto, si no por todas esas personas tan valiosas para él que por ya nunca podría volver a ver ni escuchar, personas que por desgracia pudo convivir con ellas por tan poco tiempo, sin embargo, eran sumamente importantes en su corazón. La única testigo de ese momento tan íntimo y especial fue la inerte y solemne estatua de la Diosa de la misericordia.
Esa noche, las plegarias de Hyakkimaru fueron atendidas. La pesadilla del espantoso parto donde perdía a su familia desapareció para ser sustituida por un sueño en donde la figura de Jukai, su padre adoptivo, apareció frente a él.
No pudo ver su figura de una manera clara, la apreciaba tan solo como esa mancha blanca que tantas veces vio cuando aún no recuperaba su vista, a pesar de esto, él estaba más que seguro que se trataba de su segunda mamá.
Corría, pero lo hacía de una manera tan lenta que por desgracia nunca pudo alcanzarlo. Tal como había pasado en la vida real siempre estuvo cerca, pero a la vez muy lejos de él.
— ¡Mamá! ¡Por favor, déjame abrazarte!
Le gritaba y su voz se oía tan distante y encerrada, como si estuviera hablando dentro de un pozo lleno de agua. Era imposible, a pesar de que corría con todas sus fuerzas no lograba alcanzarlo. Aun sí, extrañamente la figura de Jukai permanecía inmóvil, y aunque no podía llegar hacia él, no se alejaba de su lugar.
— Hyakkimaru, estoy tan orgulloso de ti. —Escuchó esa tan amable y bondadosa voz en su mente de nuevo, exactamente igual a como la recordaba de su niñez—. No tienes nada de qué preocuparte, estoy contigo. Aunque no físicamente, no tengas ninguna duda de que siempre estaré a tu lado. Todo estará bien, así que no temas más, Hyakkimaru.
Apenas terminó de escuchar esas palabras abrió sus ojos de golpe y se encontró a si mismo recostado en el futón de su habitación. Al sentir como un agradable calor inundaba su cuerpo, bajó la vista y se encontró con que Dororo, a pesar de que ya era más que complicado que encontrara una posición cómoda para dormir, se las había arreglado para acercarse a él y abrazarlo en sus sueños.
— "Dororo".
Susurró en su mente, agradeciendo infinitamente que siempre se las arreglara para estar a su lado cuando más la necesitaba. Se acercó más a ella y también la abrazó. Recordó el sueño que acababa de tener, no le quedó ninguna duda de que su padre adoptivo había atendido a su llamado, y había aparecido en sus sueños para darle la tranquilidad que su corazón tan desesperadamente necesitaba.
Esa noche, todos sus temores e inseguridades desaparecieron por completo.
Su pequeña Kaede nació el primer día de otoño. Ese día, Hyakkimaru había salido desde muy temprano a pescar al río que se encontraba apenas a unos minutos de salir de su aldea. Por los alrededores de ese hermoso lugar los árboles de arce ya se habían pintado de un hermoso y brillante rojo, tales como los de un hermoso atardecer, los cuales siempre disfrutaba de ver junto a Dororo.
Mientras guardaba el último pez en la canasta, al ver ese hermoso paisaje pintado de un profundo rojo a su alrededor, no pudo evitar que un preciado recuerdo llegara su mente. El recuerdo de cuando su pequeña le habló acerca de lo hermoso que era el mundo en el que vivían. Su recuerdo permanecía tan nítido en su memoria, tal cual como si eso hubiera pasado apenas el día anterior.
"¿Sabes, Aniki? —Comenzó a escuchar ese recuerdo en su cabeza, como si estuviera en ese preciso día—Hay cuatro estaciones: Primavera, verano, otoño e invierno. Justo ahora es otoño. En otoño las montañas se vuelven de color rojo brillante, pero no rojo como el color de los demonios. Te hace sentir bien solo observándolo. Es eso a lo que llamas ´hermoso´".
Por supuesto el color rojo y el otoño se volvieron en dos de sus cosas favoritas del hermoso mundo que los rodeaba desde ese entonces. A pesar de eso, sabía que nunca habría algo más hermoso para él que su amada Dororo, y dentro de muy poco su hijo.
Estaba a unos cuantos pasos de llegar a la entrada de la aldea cuando fue sorprendido por un muy angustiado Jiheita, el cual se dirigía corriendo rápidamente hacia él.
— ¡Hyakkimaru, ven ponto! —Le gritó a lo lejos.
— ¿Qué sucede? —Preguntó expectante, sintiendo a su corazón latiendo a gran velocidad al percatarse del nerviosismo en su voz.
— Es Dororo… ¡ya entró en labor de parto!
Experimentó una sensación de pesadez extenderse por todo su cuerpo apenas escuchó esas palabras. Sabía que debía apurarse en moverse, sin embargo, en verdad era como si su cuerpo fuera de piedra y no podía hacerlo. El momento finalmente había llegado, y ahora que debía enfrentar esa difícil prueba se sentía incapaz de hacerlo.
A pesar de esto, las palabras que escuchó de Jukai en sueños volvieron a resonar en su mente: "todo estará bien, así que no temas más". Así era, no podía temer, en ese momento más que nunca en que Dororo tanto lo necesitaba no podía acobardarse, debía mantener la esperanza que todo estaría bien, sería valiente por ella y su bebé.
Dio una profunda inhalación para tranquilizarse y comenzó a correr rumbo a su casa, dejando incluso olvidada la canasta con los peces en el suelo, en ese momento no le importaba nada más que estar al lado de su esposa lo más pronto posible.
— No te preocupes, la partera ya está con ella. —Le explicó Jiheita mientras corría a su lado—. Aun así, ella te necesita.
— Si, gracias por avisarme.
Desde que Dororo había entrado en el último mes de embarazo, la partera que conocieron en la aldea de Tahomaru se instaló en la posada para estar presente en el nacimiento de su niño. La dueña de la posada fue más que generosa, y por ella misma decidió dejar que se hospedara con ellos sin cobrar ni una sola moneda.
De igual manera la partera, cuyo nombre era Aki, decidió asistir el parto de la joven madre sin ningún costo. Esto fue en agradecimiento a Tahomaru por haberla recibido en su aldea tras quedar desprotegida cuando unos samuráis destruyeron su hogar en una de las tantas guerras injustas que seguían por los territorios.
Cuando llegó a su casa, Yahiko se encontraba en el patio caminando en círculos con una expresión más allá de la angustia. Apenas vio llegar a los dos hombres soltó un sonoro suspiro de alivio y de inmediato le habló a Hyakkimaru:
— ¡Hyakkimaru, menos mal estás aquí! No te preocupes, la Sra. Aki ya preparó todo en tu clínica, ahora mismo Dororo y ella están ahí —Se volvió unos pasos hacia atrás y le habló a la partera a través de la puerta que era la entrada a la clínica—¡Sra. Aki! ¡El padre ya está aquí!
— ¡Es bueno saberlo! —Se escuchó la segura voz de Aki a modo de respuesta. Al volver a hablar lo hizo dirigiéndose a Dororo en un tono muy calmado y maternal—: ¿Lo ves? Tu esposo ya está aquí, no tienes ya de nada de qué preocuparte.
Se escucharon unos bajos lamentos dolorosos e inmediatamente después, Dororo le habló a Hyakkimaru con unos fuertes e iracundos gritos:
— ¡Hyakkimaru idiota! ¡Todo esto es tu culpa!
Jiheita y Yahiko le dirigieron una sonrisa resignada, al tiempo que le mostraban una mirada que parecía querer decir: "en verdad me compadezco de ti". Hyakkimaru sabía que ese grito de odio solo era una reacción involuntaria de Dororo a causa del miedo y dolor que debería estar experimentando. Se armó de paciencia y valor al responderle a través de la puerta:
— Dororo, estoy aquí. Se muy fuerte ¿de acuerdo? No te preocupes, todo estará bien, sé que Dororo puede con esto ya que es una mujer valiente y determinada.
Segundos después su garganta se cerró al escuchar como esta pareció querer gritarle "te amo" pero no pudo completar esta frase pues solo le salió un grito inundado en dolor. Los minutos continuaron pasando, minutos en los cuales Hyakkimaru no podía conciliar la tranquilidad.
Los gritos entremezclados en dolor, desesperación y temor de Dororo solo aumentaban y perforaban sus oídos. Era una sensación espantosa, era como si lo estuvieran torturando en vida, no soportaba escucharla gritar de esa horrible manera ¿Cuánto más iba a durar esa tortura? ¿Cómo las mujeres eran capaces de soportar ese terrible sufrimiento?
Pero lo sabía a la perfección, todo el dolor que sentía no era nada comparado a lo que su amada pequeña debía estar experimentado. Estaba seguro que daría todo lo que tenía por evitar que pasara por eso, para que milagrosamente el bebé apareciera en sus brazos sin tener que provocarle todo ese dolor.
Jiheita y Yahiko intentaban tranquilizarlo, pero era imposible. Los percibía igual de nerviosos que él. No podía siquiera sentarse un momento, siempre perdía la compostura cuando se trataba de esa hermosa mujer a quien él tanto amaba.
— ¡Puja, puja más fuerte! —Gritaba la partera con seguridad.
— ¡N-no puedo! —Respondió Dororo angustiada— ¡Ya no puedo con esto, siento que voy a morir!
Hyakkimaru contuvo la respiración apenas escuchó esa terrible sentencia. Sin importarle nada más se dio media vuelta y tomó la puerta para entrar a la clínica.
— ¡Hyakkimaru! —Lo llamó Jiheita con algo de vergüenza— ¡N-no puedes hacer eso! No es correcto que los hombres estemos presentes durante el parto…
— ¡No me importa! —Respondió con voz autoritaria—¡No dejaré a Dororo sola ahora que más me necesita!
Y así, sin importarle nada acerca de las costumbres, que fuera incorrecto o no, abrió la puerta de la clínica y entró con pasos apresurados para llegar a su lado.
— Hya… Hyakkimaru…—Lo llamó su esposa con voz agotada y todo su cuerpo bañado en sudor. Su respiración era errática y tenía sus ojos entrecerrados a causa del inmenso cansancio y dolor que sentía.
— Sr. Hyakkimaru, lo siento, pero usted no puede…
— Sra. Aki, no dejaré a mi esposa sola en esto. —La interrumpió el joven de cabello azabache con la voz más tranquila que le fue posible. Se arrodilló a su lado y de inmediato entrelazó sus manos con fuerza contra las suyas—. Dororo, estoy aquí ahora, no importa que pase, nunca te dejaré, estoy a tu lado.
— Hyakkimaru, no puedo… ¡Ya no puedo más! —Exclamó con su voz inundada en temor.
— Tú podrás hacerlo, no tengo ninguna duda de eso. —Contestó atropellando las palabras a causa del terrible dolor que experimentaba al seguir escuchando sus lamentos—. Solo piensa en tu valiente madre… Habla con ella y estoy seguro que te dará el valor para seguir.
Inevitablemente unas pequeñas lágrimas surcaron el rostro de Dororo mezclándose con su sudor ante la sola mención de su amada mamá. Segundos después su corazón dio un vuelco al apreciar como el temor de su esposa poco a poco quedaba atrás y una mirada llena de determinación se reflejaba en sus hermosos ojos chocolate.
La siguió sujetando con fuerza de sus manos, susurrándole palabras llenas de ánimo y amor, de cuando en cuando le daba pequeños besos en su cabeza en un intento desesperado para tranquilizarla. Aunque los lamentos de dolor no desaparecieron los percibía un poco menos desesperados.
— Solo un poco más, ya puedo ver la cabeza, solo falta un poco más.
La animó la partera mientras pasaba algunos trapos calientes por su vientre en un intento por mitigar el enorme dolor que la hermosa jovencita estaba experimentando. Segundos después, su cuerpo tembló involuntariamente de una manera agresiva, dio un doloroso grito mientras un desesperado y agudo llanto perforó sus oídos ¿era acaso el llanto de su bebé? No pudo pensar en nada más pues todo se volvió oscuro a su alrededor: perdió el conocimiento.
Cuando regresó a la realidad lo primero que escucharon sus oídos fue una baja y tranquila voz susurrando una dulce canción, así como unos leves balbuceos. No supo la razón, pero apenas percibió esos tenues sonidos un agradable calor se extendió por todo su pecho, su alma se tranquilizó al instante.
Le tomó unos cuantos segundos pues se sentía tan cansada, sus parpados le pesaban de una espantosa manera. Afortunadamente lo logró, abrió lentamente sus ojos y observó cuidadosamente de un lado a otro.
— ¡Dororo!
Escuchó una voz rebosante de alegría a su lado. Apenas estaba por voltear su rostro en dirección al sonido cuando se vio sorprendida por un fuerte y desesperado abrazo, mientras que su frente era atacada por un sinfín de cálidos besos. Conocía el tacto de esos labios perfectamente, era su esposo.
— Hyakkimaru…
Lo llamó con voz rasposa y débil mientras apoyaba fuertemente sus brazos en el futón para incorporarse. Su esposo no perdió tiempo y la ayudó a hacerlo.
— Tranquila, hazlo despacio…—Le suplicó con voz cuidadosa.
— ¿Q-qué pasó? —Preguntó desorientada mientras se sujetaba su cabeza con sus manos.
— Imagino que tu cuerpo no pudo con todo el dolor del parto y por eso te desmayaste. No te preocupes, esto pasa en muchos casos, por eso…
— ¡Es cierto, nuestro bebé! —Contuvo la respiración a causa del temor, comenzó a voltear de un lado a otro con desesperación—¿¡Donde está!? ¡Hyakkimaru! ¿¡Dónde está nuestro bebe!?
Incluso estaba dispuesta a hacer un esfuerzo sobre humano para levantarse a pesar de su enorme cansancio, afortunadamente su esposo se las arregló para abrazarla a modo de tranquilizarla e impedírselo. Le susurró dulcemente en su oído cuando la atrapó entre sus brazos:
— Tranquila, está bien. La Sra. Aki la está cuidando ahora mismo, decidimos que era lo mejor en lo que recobrabas el conocimiento.
— ¿L-la está cuidando? Eso quiere decir que…
— Si… Dororo, diste a luz a una hermosa niña. Te lo dije, que lo lograrías. Fuiste muy valiente, estoy orgulloso de ti.
Mientras sentía como las lágrimas de felicidad comenzaban a inundar sus ojos, Dororo le agradeció a su madre una y mil veces en su mente por interceder por ella y ayudarla a superar esa tan difícil prueba. Ninguno de los dos fue capaz de decir nada más pues escucharon los pasos de Aki acercarse a ellos mientras le susurraba llena de cariño al pequeño bulto envuelto en telas en sus brazos:
— Tu mami acaba de despertar. Vamos, estoy segura que están ansiosos por conocerte.
Hyakkimaru ayudó a Dororo a levantar sus brazos para recibir por fin a su tan esperado bebé. Con un inmenso cuidado, tomándola como si fuera una pieza de un fino cristal, la acunó entre sus brazos y la acercó a su pecho. Inevitablemente las lágrimas de dicha por fin escaparon de sus bellos ojos chocolate mientras observaba embelesada a su hija.
— Estas aquí, hermosa. —Le susurró con cariño Dororo, apreciando como su corazón se inundaba de un inmenso cariño—. Tu papi y yo esperamos tanto por ti.
Hyakkimaru se acercó más a su esposa mientras colocaba sus manos por debajo de sus brazos de manera que él también ayudaba a cargar a su recién nacida, dejó apoyada su barbilla en el hombro de su esposa para observarla con atención.
Se veía tan pequeña, redonda, dulce e indefensa. Ni Hyakkimaru ni Dororo se imaginaron que podrían amar tan inmensamente a su hija apenas la vieran por primera vez, sin embargo, así fue.
Ambos se dirigieron una fugaz mirada de amor y comprensión para después posarla de nuevo en ese pequeño ser indefenso, el cual ya sabían que amarían por siempre con toda su alma. La pequeña se revolvió lentamente en los brazos de su madre, y sin dejar de balbucear abrió sus ojos, esos bellos orbes casi rojizos que eran una clara combinación de los ojos color caramelo y chocolate de sus progenitores.
Dado que era el primer día de otoño, y el hermoso espectáculo rojizo de los arces que Hyakkimaru vio al salir a pescar horas antes del nacimiento de su nena, supo de inmediato el nombre que debían darle a su hija.
Acercó con sumo cuidado su mano al regordete rostro de su recién nacida. Dejó apoyadas apenas las puntas de sus dedos sobre este, y sintiendo todo el amor que tenía tanto por ella como su esposa inundar su corazón, le dijo en un murmullo cálido y apacible:
— Bienvenida, pequeña Kaede.
Continuará
