Primero que nada, porque no tuve la oportunidad, quiero agradecer a Pjean por su comentario y su apoyo. Soy muy fan de Jane Austen, así que está oportunidad de adaptar su obra con los personajes de RK me pone feliz. Pondré todo mi empeño en completar la historia y dedicarle tiempo y amor. Gracias y espero que sigas disfrutándola.
No sabían cuánto tiempo habían estado besándose, y no les interesaba saber, era como si en ese momento no importaran sus diferencias, el tiempo ni la posibilidad de ser sorprendidos; sólo importaban ellos y esa extraña atracción que había terminado de estallar. De repente, algo se activó en la mente de Kaoru, haciendo que recobrara la cordura y la memoria, ya que se suponía que odiaba a ese hombre. Puso las manos sobre el pecho del ingeniero y lo empujó violentamente hacia atrás. La joven se llevó una mano a la boca, no pudiendo creer lo que acababa de suceder.
-¡¿Qué fue eso?! – farfulló la chica.
Si no fuese porque su rostro estaba tan rojo como sus cabellos, nadie podría decir cómo se sentía Kenshin, ya que se mantenía impasible. Orgulloso hasta las últimas consecuencias, no iba a demostrar el efecto que había hecho en él ese beso, y menos confesar la causa. Eso sí, no se arrepentía ni un poco, y se moría por volver a degustar esos labios de jazmín.
-¡Eso fue un beso! – le contestó él - Tú te acercaste a mí y…
-¿Yo me acerqué? – siseó Kaoru furiosa - ¡Ahora la culpa es mía!
Viendo que se acercaba una más de la larga cadena de peleas sin fin entre ellos, Kenshin trató de suavizar la situación. Fue allí que Kaoru vio por un instante cómo sus demoníacos ojos dorados se suavizaban cuando la miraba, como si la bestia en el interior de ese hombre se debatiera entre dejar o no que esa mujer ante él se convirtiera en su ama y señora.
-Calma, calma…- susurró Kenshin pacíficamente, sin quitar la vista de sus labios - yo te humillé, pero en vez de pelear, hablemos…
Y no se volvió a aguantar. La volvió a tomar entre sus brazos y la besó de manera más profunda, lenta; quería disfrutarla lo más que pudiera, porque no sabía si se le volvería a presentar otra oportunidad.
Y por un segundo, por una décima de segundo, se vio a sí mismo siendo feliz. Todas las noches, desde el término de la guerra hacía diez años, tenía pesadillas acerca de su vida de asesino, las víctimas cuyas vidas tomó sin contemplación y las familias destruidas por su culpa. Más de una vez torturó y humilló a sus asignaciones antes de matarlas, en un intento de sentirse poderoso, superior a todos ellos, incluso a su padre, con quien había disputado violentamente en esa época. Fue después de matar a una niña muy parecida a su hermana que algo despertó en él; asco de sí mismo, miedo del monstruo que era y un terrible arrepentimiento hacia toda su obra como destajador. A partir de ese día, las pesadillas eran moneda corriente.
Con el inicio de la nueva era, se deshizo de sus katanas y decidió ayudar a las personas y a intentar expiarse poniéndose al servicio de la comunidad sin el uso de la espada, aunque tenía una sakabatto guardada como símbolo de su cambio y que nunca usó. De ahí su decisión de ser ingeniero; ayudaría a crear mejores condiciones de vida para todas las familias, sobre todo las que vivían en pueblo pobres y apartados. Construyendo viviendas, trabajando en planes de salubridad mediante sistemas de cloacas y drenaje del agua, todo lo que su profesión pudiera ofrecer. Pero no era feliz.
Sin embargo, de un día para otro las pesadillas dejaron de atormentarlo. Y fue a partir del día en que conoció a Kaoru Kamiya. Por eso no la podía dejar ir tan fácilmente. Tenía que saberlo todo sobre ella, porque a pesar de haberle mentido a Akira sí vio su encuentro como una señal de algo. Esa mujer había logrado con sus enojos y sus pucheros infantiles lo que otras mujeres no pudieron con su "perfección" y sus extravagancias.
Tenía que descubrirlo, y por eso no se pudo resistir a besarla. Y allí estaba, prendido a ella como una garrapata, y con ella respondiendo a su beso. Y eso lo confundió, porque la quería para él y al mismo tiempo tenía miedo de enamorarse y entregar lo poco que le quedaba de alma.
Al fin ella volvió a empujarlo, apenas lo había logrado, ya que estaba débil por la fuerza del abrazo del joven. Se lo quedó mirando a los ojos sin entender nada, y cuando él iba a aprovechar ese momento de confusión para volver a besarla, ella retrocedió.
-No, no, no… - gimió. Y huyó de él hacia la habitación que compartía con su hermana.
Kenshin se quedó solo, en medio del pasillo y en silencio. Eran demasiadas cosas que tenía que procesar por culpa de sus impulsos, aunque no se arrepentía. De repente, se echó a reír y a llorar al mismo tiempo. No sabía por qué, pero mediante la risa y el llanto podía dejar salir todo lo que sentía en ese momento. Nunca había reído ni llorado, siempre reprimiendo sus emociones. Nunca en su vida se había sentido tan vivo.
Agotado, se fue a su habitación, sin percatarse de que Kaede estaba escondida en un rincón oscuro, sonriendo ante la escena que acababa de presenciar.
-¿Un fantasma?
Misao y Tokio miraban con la boca abierta a la joven que les hizo tal confesión. De repente, Tokio, quien no creía semejante historia, se echó a reír descontroladamente.
-¿Acaso se está burlando de mí? – preguntó la joven molesta.
-No, no se está burlando, está tosiendo. – se apuró en decir Misao. Tokio entendió y trató de toser entre risas.
Algo desconfiada, la anfitriona fue a la cocina a buscar un vaso de agua para la afectada. Misao empezó a regañar a su hermana por su indiscreción.
-Misao-chan, un fantasma es muy difícil de creer…- murmuró Tokio, algo recuperada de la risa. Volvió a toser en cuanto vio a la dueña de casa con el vaso de agua - Disculpe, soy un poco sensible y me impresiono mucho. Desde pequeña tengo ataques de nervios. – se disculpó mientras tomaba el agua.
Aunque no se comió mucho el cuento de la tos y los nervios, la joven se dirigió a Misao y empezó su relato de los hechos.
-Siempre tuve curiosidad de conocer la mansión Shishio, y Soujiro-kun es un joven muy simpático y conversador, y terminé convenciéndolo de que me dejara visitarlo. – explicó, pero dudó al ver el rostro contrariado de Misao al mencionar al médico - No es que tuviéramos algo serio, él apenas había empezado a cortejarme…
-No se preocupe, eso no es de nuestra incumbencia. – dijo Misao secamente, recordando la fama de Don Juan del joven y reprochándose por haberse por un momento creído especial para él.
La chica prosiguió.
-Estaba allá y Soujiro-kun le pidió algo a su ama de llaves…
-¿Y fue ahí que el fantasma apareció? – preguntó Tokio con cautela, no quería ocasionar otro malentendido.
-¡No quiero ni acordarme! – gimió la joven.
-¿Pero cómo era el fantasma? – le preguntó Misao - ¿De quién?
-Era una mujer, no sé quién era…
-¿Pero cómo sabe que era un fantasma? – insistió Tokio.
-¿Acaso no me cree? - inquirió la otra lanzándole una mirada furiosa. Luego se dirigió a Misao - Y Soujiro-kun…un hombre que vive en una casa llena de fantasmas y lleva a las jóvenes a mostrárselos, no merece la compañía de ninguna mujer.
Kaede estaba feliz con lo que había visto. Dos segundos después de que Kenshin se fuera a su habitación, la vieja sirvienta salió de su escondite y prácticamente se echó a correr hacia el cuarto de Shura. Entró sin tocar y la encontró vestida con un camisón muy sugerente y poniéndose perfume; Kaede sonrió, desde que se instaló a vivir en la nueva mansión Kiyosato, la mujer se preparaba mejor de noche en caso de cruzarse con Kenshin en algún momento y poder seducirlo. Si supiera que otra se le adelantó.
En cuanto la vio, Shura la regañó por entrar sin tocar, pero Kaede se apresuró en poner en marcha su plan.
-Tengo una información que le interesará a la señora, claro, con una paguita de por medio…
Shura se levantó de un salto para reclamar la osadía de Kaede.
-¡Eso es abuso! – exclamó.
-Abuso no, Madame: negociación. – contestó Kaede tranquilamente - Y fue usted misma quien me contó que estuvo casada con un hombre quien al morir, no sólo le dejó una pequeña fortuna, sino también un hijastro al que dejó en algún internado de por ahí…
-¡Cierra la boca! – siseó Shura con rabia - ¡No tienes límites! Pero en cuanto a la negociación que dices, me interesa. Si la información es buena, pero MUY buena, te perdono de tus abusos y te doy un extra del sueldo que te paga Ikumatsu.
Kaede entrecerró los ojos. Ya consiguió lo que quería. Ahora tocaba ver el espectáculo que se montaría en esa casa próximamente y disfrutarlo de primera mano.
-¡Vi a una de esas dos esqueléticas y lambisconas besando al señor! – le dijo, para ver qué conclusiones sacaba Shura.
Pero la señora de la casa interina puso cara de fastidio.
-Debe tratarse de Tomoe y Akira. – dijo con aburrimiento - No es la gran noticia. Aunque no me guste, era algo que tarde o temprano iba a suceder. Tu información no es nada. Ya veré cómo resolver eso.
Kaede ensanchó su sonrisa. El impacto sería mayor.
-Pero no fue a esa joven a quien vi, y no fue Akira-san el señor. – le dijo, saboreando las palabras - ¡Kaoru-san se estaba besando con Himura-san! Creo que esa información vale mucho.
Apenas escuchó la noticia, Shura se desmayó, y Kaede se quedó con las ganas de verla rabiar.
Al día siguiente, Aoshi esperaba a Kogoro Katsura cerca de los arrozales, algo alejados del castillo y en estricto secreto. Había recibido una nota del hijo del Barón la tarde anterior cuya urgencia por encontrarse con él le resultó extraña. Pero allí estaba, y poco después llegó Kogoro, con ojeras y una expresión nada feliz; era obvio que no había pegado el ojo en la noche. Aoshi se preocupó.
-Kogoro-san, ¿cómo estás? - lo saludó - Me sorprende tu llamada, y aquí estoy. ¿Le sucedió algo al Barón?
Kogoro prefirió ir al grano con todo el asunto.
-¿Vamos a perderlo todo, Aoshi-san? – preguntó bruscamente - Te lo preguntó porque eres quien se encarga de los negocios de la familia.
Aoshi frunció el ceño. Efectivamente, era abogado y encargado de las posesiones del Barón de Hagi así como de otros grandes señores que depositaban su confianza en él. Ya hacía un tiempo las cuestiones económicas no iban bien para los Katsura, aunque Aoshi hizo todo lo posible para solucionar todo desde las sombras con consentimiento de Barón. Pero no estaba seguro de pasarle esa información a su hijo.
-De los negocios del Barón. – fue lo único que dijo. Se preguntaba cómo se había enterado su amigo de esa confidencia.
-Los negocios del Barón son de la familia. – insistió Kogoro - ¿Vamos a perderlo todo?
Aoshi vio el rostro preocupado y acongojado del hombre y se apiadó a la vez que pensó en Megumi. Lo menos que quería era que ella se preocupara y sufriera por los malestares de su padre; ya bastante tenía con que próximamente enfrentaría la muerte de su abuelo. Decidió contarle de la situación, al fin y al cabo era su derecho.
-La situación es muy grave, Kogoro-san. – le dijo.
-¿Por qué no me dijiste nada? – le reprochó Kogoro.
-Tu padre no me dejó, me hizo jurar que no te diría nada.
Kogoro suspiró y a continuación le comentó sobre la visita de Shura Myoujin y de Akira Kiyosato con sus propuestas. Aoshi fruncía el ceño cada vez más a medida que escuchaba y acompañó a Kogoro al castillo para hablar de una vez por todas con el Barón.
-¿Cómo fue que esa Shura-san se enteró de nuestros negocios? – bramó el viejo en cuanto llegaron y le comentaron lo sucedido.
-Hay personas en el mundo de los negocios que saben todo sobre todos. – fue lo que atinó Aoshi en decir.
-¡Yo soy el Barón de Hagi! – seguía protestando el anciano - ¡De los mejores arrozales de la región! ¡Si esa mujer lo sabe es porque alguien abrió la boca!
-Barón, puedo garantizarle que de mi boca no salió ni media palabra. – prometió Aoshi.
Siguió un silencio incómodo hasta que fue roto por Kogoro para enfrentarse a su padre.
-¿Por qué nunca me contaste? – le cuestionó.
-¡Tú nunca te interesaste por nuestros negocios! – chilló el Barón a la defensiva - ¡Siempre te interesaste por la política y por pelear por una nueva era que no resultó tan perfecta como se suponía que me lo habías prometido!
-¡No cambies de tema! – rugió su hijo - ¡Tú nunca me dejaste manejar los negocios familiares!
-¿Ahora te vienes a hacer la víctima? – inquirió Gensai Katsura - ¡Tú que gastaste parte de mi fortuna para costear a los Ishin Shishi!
-¡Eso es absurdo!
-No quiero decir que no seas un buen hijo. – dijo el viejo, usando un tono más conciliador - Una criatura maravillosa, y por eso tal vez nunca te pude dejar manejar antes los negocios.
-No voy a discutir esto. – le dijo Kogoro - ¿Pero acaso no crees que todos debemos saber los asuntos que conciernen a la familia? Incluso Megumi-chan.
La cara del Barón se horrorizó ante la mención de su adorada nieta en esos asuntos.
-No…Megumi-chan no puede saber. – gimió - Prefiero morir a perder la admiración que ella siente por mí. ¡Se trata de mi honra! ¡La honra del Barón de Hagi! - exclamó con lágrimas en los ojos - Te lo repito: prefiero morir antes de que ella sepa de mi fracaso. ¡Megumi-chan no puede saber nada!
-¿Qué no puedo saber? – preguntó Megumi al irrumpir en la sala - Escuché gritos y pensé que había sucedido algo grave.
Al Barón casi le dio un ataque. Era hora de pensar en cualquier excusa para que su nieta se fuera de allí y no se enterara nunca de la situación familiar.
-Es impresión tuya… - empezó.
-¡Impresión nada, Ojii-sama! – exclamó Megumi enojada - ¿Qué está sucediendo que no puedo saber?
-Descubrí una cosa que tu señor abuelo no nos quiso contar. – le dijo su padre, dispuesto a contarle la verdad a su hija. Luego se dirigió al Barón que lo miraba suplicante - ¡Megumi-chan tiene derecho a saber! Para que no hagas con ella lo que hiciste conmigo. Megumi-chan, tu abuelo…
-¡Voy a morir! ¡Tengo poco tiempo de vida! – gritó el anciano, que prefería que Megumi supiera el otro secreto. La joven se echó a llorar descontroladamente y se arrojó a los brazos de su querido abuelo; él le acariciaba la cabeza - Megumi-chan…no te quedarás sola. Tu padre cuidará de ti, como yo cuidé de él, y como tú cuidaste de nosotros cuando tu madre murió. Y vas a ser muy feliz.
Kogoro y Aoshi se miraron y con eso decidieron posponer la discusión para más adelante.
Por otro lado, Sanosuke se había presentado a primera hora en la oficina de Shogo Amakusa.
-¿Qué haces aquí, muchacho? – le preguntó su ex empleador.
-El señor me dijo que pasara por la paga que me corresponde. – respondió Sanosuke.
Inmediatamente, Amakusa se rió de Sanosuke en la cara. El joven apretó los puños, conteniéndose para no abalanzarse sobre él.
-Eso fue ayer. – dijo Shogo luego de recuperarse - Debiste haber aprovechado porque hoy ya no quiero pagarte nada.
Sanosuke no pudo contenerse más. Se fue encima del hombre y lo tomó del cuello de la camisa. Pero llegaron algunos empleados para apuntarle con armas de fuego. El joven no tuvo más remedio que soltar a Shogo.
-No puede…no puede hacer eso conmigo. – murmuró de rabia para luego explotar - ¡Tengo mis derechos!
-Te estoy dando el derecho de que te largues de aquí antes de que te haga algo. – dijo el otro arreglándose la camisa y mirándolo con desprecio - Y te digo una cosa, no vas a recibir ni un yen por lo que hiciste, mocoso insolente.
-¡KUSO! – bramó el muchacho saliendo del lugar, pateando y golpeando todo a su paso.
Temprano en la mañana, Misao, Tokio y Chizuru habían salido al pueblo a hacer unas compras. Regresaron a casa entusiasmadas y cuchicheando entre las tres, ya que habían divisado a un joven nuevo en el almacén local que las había saludado al percatarse de que las jóvenes lo estaban admirando a lo lejos. Tenía el pelo blanco, era alto y muy apuesto; pero eso era lo único que podían decir, ya que no se acercaron a hablarle y prefirieron no recolectar información como si fueran unas chismosas. Más tarde regresarían al pueblo para indagar mejor.
Su madre las recibió con una alegría y una agitación que les hizo pensar que se había sacado la lotería. Y cuando entraron vieron que no estaban muy lejos de ese pensamiento.
-¡Visitas para Misao-chan y Tokio-chan! – exclamó Sakura, feliz.
Frente a ellas estaban el Coronel Hajime Saito con un ramo de flores y Soujiro Shishio.
-¡Qué sorpresa! – exclamó Misao, sin saber bien cómo reaccionar.
-Más sorpresa para mí… - murmuró Tokio, en el mismo estado que su hermana.
Sakura y Chizuru se retiraron para darles privacidad a las parejas. Mejor dicho, para espiar.
Luego de tranquilizarse por lo de su abuelo y para despejar su mente, Megumi decidió ir a buscar a Kaoru y Tomoe de casa de Akira Kiyosato, después de recibir una nota de Kaoru donde le pedía por favor dejarlas con el carruaje hasta su casa para que su hermana no se esforzara. También aprovecharía para hacer una visita de cortesía a los nuevos vecinos.
-Megumi-san, de un momento a otro Tomoe-san y Kaoru-san estarán listas. – le dijo Akira, recibiéndola y llevándola a la sala junto con Kenshin y Shura. Con disgusto, Shura observó la expresión distraída de Kenshin. Durante el desayuno no le había quitado la mirada de encima a esa campesina, quien estaba con las mejillas arreboladas y evitaba mirarlo. Como eso confirmaba la información de Kaede, se enfureció aún más.
-Puedo esperar. – contestó Megumi - Y también aprovecho para hacerles una visita de bienvenida ahora que están instalados. Su casa es muy bonita.
-Megumi-san, su castillo también es muy bello.
-Su padre y su abuelo fueron muy receptivos. – agregó Shura con una ironía que la joven no percibió.
-Muy gentiles. – se apuró en decir Akira, quien sí había entendido las palabras de Shura - La verdad es que todas las personas de la región son gentiles. ¿No es así, Kenshin?
La voz de Akira interrumpió los pensamientos de Kenshin ante la mirada perspicaz de Shura.
-¿Eh? Sin duda… - balbuceó él.
-¿Cómo será que puedo retribuir tal gentileza? – preguntó Akira.
-¡Con un baile occidental! – exclamó Megumi casi de inmediato.
-¡Qué buena idea! – concordó Akira con entusiasmo - ¡Me encantan las fiestas!
Ambos intercambiaban ideas con entusiasmo, mientras Shura se enfurecía cada vez más y Kenshin seguía perdido en sus propios recuerdos de la noche anterior y pensando en cómo hacer para hablar con Kaoru, hasta que ambas hermanas Kamiya bajaron las escaleras listas para partir. El entusiasmo de Kiyosato se volvió angustia ante la partida de Tomoe, Shura se puso feliz de verlas irse y Kenshin miraba fijamente a Kaoru detrás de su pelirrojo flequillo, mientras ella no lo miraba ni le dirigía la palabra. Kaede, por su parte, se encontraba en un rincón, disfrutando del primer acto del espectáculo que empezaba a gestarse.
Al salir, Megumi y Tomoe se adelantaron mientras Kaoru se quedó atrás debido a que, con un pequeño ventarrón, su cinta azul se había zafado de su cabello y volaba en dirección contraria. Kaoru fue detrás de la cinta para agarrarla, pero una mano masculina se hizo con ella.
Lo último que quería ver Kaoru en ese momento era a Kenshin Himura frente a ella y con su cinta azul en la mano. Él aprovechó que estaban solos en el jardín.
-Kaoru-dono, la partida de ustedes… - empezó a decir Kenshin admirando su belleza, más resplandeciente con su cabellera suelta.
-No tiene nada que ver con lo que sucedió anoche. – lo interrumpió Kaoru, tratando de tomar su cinta. Kenshin apartó la mano para que no se la quitara.
-¿Y qué sucedió anoche? – preguntó él como si nada, observando esos labios que lo tentaban nuevamente.
Kaoru frunció el ceño. ¿A qué estaba jugando ese hombre?
-No sé. – le contestó, intentando nuevamente hacerse con su cinta, él no la dejó - ¿Tú no lo sabes?
-No… - murmuró él, mirándola esta vez a los ojos.
-Lo que sé es que somos muy diferentes.
-Muy diferentes…
-Y que peleamos por cualquier motivo.
-Peleamos mucho…
-Pero aun así…
-¿Aun así qué? – preguntó Kenshin sujetándola de un brazo y acercándola a él.
-Lo de anoche… - susurró Kaoru, mirándolo fijamente.
-Anoche…
Kenshin ya se estaba inclinando para besarla nuevamente cuando un grito de Megumi los devolvió a la realidad y les hizo recuperar la compostura.
-¡Kaoru-chan, vamos! – Y con una última mirada, Kaoru se fue corriendo hacia las otras dos jóvenes, dejando a Kenshin entre confundido y esperanzado, con el corazón en una mano y la cinta azul de la chica en la otra.
-Disculpe que haya venido así a su casa, ya que apenas nos conocemos. – le dijo Hajime Saito a Tokio en el zashiki (sala de visitas) de la casa, mientras tomaban el té.
-El Coronel es muy gentil al traerme flores. – dijo Tokio con propiedad.
-Fue sólo un gesto de educación. – replicó Saito - Vine aquí para aclarar un malentendido, sobre una conversación que usted tuvo con Megumi-san sobre mí.
-¿Y cuál fue el malentendido? – se apresuró a preguntar la chica casi interrumpiéndolo - Disculpe si soy muy directa pero, ¿entonces el señor no está enamorado de mí?
Saito se debatía entre decir que estaba locamente enamorado de ella o salir a fumar.
-Enamorado, extremadamente enamorado no estoy. – dijo simplemente.
Para su desgracia, Tokio sonrió ampliamente y festejó el hecho, mientras Sakura y Chizuru escuchaban contrariadas tras el shoji.
-¡Qué alivio! – exclamó ella con júbilo, pero volvió a tinte serio de la charla - ¡Disculpe mi grosería!
-Tiene razón, sería muy precipitado, pues no nos conocemos. – la justificó Saito.
-¡Eso mismo es lo que creo!
Pero el Coronel estaba dispuesto a jugarse su última carta para hacerse poco a poco con el corazón de la joven. Y si no resultaba, no la molestaría nunca más.
-Por eso quisiera saber si puedo venir de vez en cuando a hacer alguna visita. – preguntó serio, pero con las manos sudándole. Sakura rogó a los dioses de todas las religiones del mundo para que Tokio dijera que sí.
-Claro, Coronel. – aceptó Tokio algo confundida, pero estaba tan feliz que no quería negarle nada - Será un honor recibirlo.
Pero Sakura y Chizuru se estaban perdiendo de la conversación más reveladora, que se estaba dando en la casa del árbol entre Misao y Soujiro.
-Misao-san, disculpa por haber venido sin avisarte. – dijo un sonrojado Soujiro - No quería armar alboroto en tu casa, sobre todo con tu madre.
-No te preocupes, no creaste ninguna expectativa especial. – contestó Misao con amabilidad.
Fue allí que el joven médico vio su oportunidad de oro.
-Misao… ¿y si yo quisiese crear expectativas? – le planteó de sopetón.
Misao presentía que la situación iba a llegar lejos.
-¿Qué quieres decir con eso? – preguntó.
-¿Puedo cortejarte? – preguntó directamente Soujiro. Si bien era un conquistador, no sabía cómo declararse, básicamente porque nunca hubo alguna mujer que le provocara tantos nervios y lo desestabilizara de ese modo - Desde que te vi en el baile, tan linda, dulce y algo asustada.
-¿Asustada?
-Sí, te asustabas de mí, y vi que no era el momento. – y sin previo aviso, se abalanzó encima de ella y la besó tiernamente - Y era eso lo que quería hacer, besarte. – dijo, mientras le daba besos cortos.
Misao aceptó el cortejo, pero le pidió que al principio lo llevaran en secreto. Su madre era capaz de encargar el ajuar si lo comentaba ahora; prefería ir tranquilamente con él, ya que le gustaba pero todavía no sabía si eso era amor, y quería asegurarse de que el joven no quería sólo divertirse con ella. Además, todavía el asunto de la casa le generaba dudas y desconfianza.
-¡Desastre! – gritó Shura al entrar a su habitación - ¡Ese baile es un verdadero desastre!
-Disculpe, Madame, ¿pero qué puede cambiar con un baile? – le preguntó Kaede - Las cosas ya no marchan bien para usted: su Barón no está queriendo vender las tierras, su Ken-san enredado con la campesina, y su Akira-kun cada vez más enamorado de la paliducha de la hermana.
Shura la fulminó con la mirada.
-¡Eres tan burra que no te das cuenta que si algo no va bien para mí, para ti será peor! – exclamó furiosa.
-Ofendiéndome no va a cambiar la situación. – le contestó la otra muy tranquila - Explíqueme por qué el baile de Akira-san está llamado a ser un desastre.
Shura se sentó al fin y empezó a dar sus razones casi llorando.
-Los bailes despiertan sentimientos de compasión, sentimientos artísticos, y el peor de todos, como en mi caso, los sentimientos ligados al romance y la pasión. – explicaba - Y si ese baile llega a suceder, voy a tener graves problemas. El menor de ellos va a ser Akira-kun pidiendo cortejar a Tomoe. ¡Y el mayor de todos va a ser ver a Ken-san más lejos de mí!
Un rato después, Akira la llamó a la sala para comunicarle un plan que quería llevar a cabo en el baile, y como Shura estaba en ese momento en representación de su madre, quiso que lo supiera ella primero. Pasados unos minutos, Shura pegó el grito al cielo.
-¿Cómo? ¡No puedes estar hablando en serio!
-Estoy hablando muy en serio. – dijo un decidido Akira Kiyosato - ¡Voy a pedirle a Tomoe Kamiya su permiso para cortejarla durante el baile! ¡Está decidido!
-¡No puedes! – bramó Shura. Todos sus problemas estaban empezando a materializarse, y estaba desesperada.
-¿No puedo? – se extrañó Akira.
-¡Esa joven sólo quiere tu dinero! – le soltó la mujer.
-¿De dónde sacó eso?
-¿Acaso no escuchaste a su madre? – prosiguió Shura - ¡Son cazafortunas! ¡De baúles llenos de oro como el tuyo!
-Tomoe-san no es su madre. – replicó Akira, empezando a enojarse.
-Fue criada por ella, tiene los mismos valores.
-¿Por qué entonces no se podría interesar por quién soy? – preguntó Akira, más para sí mismo.
-No quise decir eso, Akira-kun. – dijo Shura con un tono más suave y maternal - Es que eres un hombre muy atractivo. Aparte tu madre querrá para ti a una joven a tu altura, educada en los mejores colegios, que pueda hacerse cargo de tu casa, tus hijos…
Pero Akira ya estaba furioso, y antes de irse, por primera vez en su vida le gritó:
-¡Ya tengo edad suficiente para tomar mis propias decisiones!
Al llegar a casa de los Kamiya, Megumi se despidió de Tomoe y Kaoru para seguir su camino a la suya propia. Las chicas miraron su pequeño hogar con mucho cariño, lo habían extrañado mucho. La familia salió a recibirlas con alegría, menos Sakura, su madre.
-¡¿Se puede saber qué están haciendo aquí?! – las regañó sin siquiera saludarlas.
-¡Pensé que estarías feliz de vernos! – le contestó Kaoru, entre burlona y confusa.
-Mamá, no podíamos quedarnos allí para siempre. – dijo Tomoe delicadamente.
-¡No me digas que ya se te propuso, hija mía! – empezó a saltar su madre.
-Sakura, nuestras hijas no son ganado para ir al matadero y después volver aquí. – intervino Koshijiro, preocupado por ese estado tan exacerbado de su esposa.
-No se me propuso nadie, mamá. – contestó Tomoe secamente y sin mirarla, y entró a la casa.
-¿Qué le pasa a tu hermana?
-¿Quieres saber? – respondió Kaoru con fastidio - Pasa que estás tratándola como si fuese mercadería. ¡Pasa que creaste una expectativa que ella no tiene la intención de cumplir!
Sakura hizo como si no la escuchara y procedió a contarle las últimas noticias.
-Pues mientras tú estabas en la mansión Kiyosato haciendo nada, tus hermanas casi se comprometieron. – contaba con entusiasmo - Misao-chan está siendo cortejada por Soujiro Shishio, y Tokio-chan por el Coronel Hajime Saito.
-¡Eso no es verdad, Kaoru-chan! – negó Tokio desesperada - El Coronel vino aquí para pedirme venir de visita para conocernos más, por así decirlo.
-¡Y Soujiro-kun la misma cosa! – se atajó Misao - No me está cortejando, mamá. Y deja de estar diciendo que a Kaoru-chan la corteja Himura-san. – agregó.
Kaoru se sonrojó como un tomate y en su cabeza volvieron los recuerdos de la noche anterior y de lo que casi sucedió esa mañana temprano.
-¿Himura-san? – farfulló airada - ¿Por qué me estaría cortejando? ¡Justamente ese hombre!
A la mañana siguiente, Kenshin se había levantado muy temprano; quería dar una vuelta por ahí hasta la hora de ir a obra. Después de un rato caminando, apreciando por primera vez la belleza a su alrededor, como si nunca hubiese visto la casa o nunca se hubiese percatado de lo bella que podría ser una simple roca, llegó a las caballerizas. Se sentó bajo la galería, y mientras veía el rocío sobre el césped como si fuera una alfombra con brillo propio, se quedó dormido y empezó a soñar:
Estaba solo, era un bello y tranquilo amanecer en el castillo propiedad de su familia en el distrito de Kahoku, en la Provincia de Kaga, donde su padre fue un gran señor feudal del clan Maeda en el pasado y donde en ese momento era un respetado Marqués.
Desvió la vista de su castillo y contempló los jardines, los bosques, las plantaciones a lo lejos. Todo tenía un brillo especial que nunca en toda su vida pudo apreciar.
Él estaba descalzo, y vestido ligeramente, de pantalón y camisa desabotonada en la parte de arriba. No le importó, se sentía libre.
De repente, a lo lejos, divisó una figura femenina llegando a él. No podía verla bien porque provenía de donde estaba saliendo el sol.
Hasta que la tuvo frente a frente, era Kaoru Kamiya. Ella reía, descalza también, con un vestido blanco ligero con volados, parecía un hada. Su piel parecía tener brillo propio, y Kenshin tuvo la impresión de ver estrellas brillando en su cabello azabache, suelto.
Ella lo tomó en brazos y empezó a bailar un vals con él, pese a que Kenshin no sabía bailar. Mientras se movían al son de viento y el canto de los pájaros, el vals se convirtió en abrazo mientras riendo ella le decía al oído dulcemente: No me importa tu pasado.
Luego lo miró a los ojos y sonrió; esos bellos ojos azules y esos labios de jazmín sonriéndole, le hacían sentir que ya no había nada más que temer, él estaba seguro si ella le sonreía para siempre.
Y como para él ya era costumbre no resistirse a ella, la besó dulcemente, disfrutando y memorizando esa boca y esos besos. Ella reía mientras lo besaba y él, feliz, la levantó y dio vueltas en el aire.
Por primera vez sonreía sinceramente. Por primera vez, era feliz. Por primera vez, tenía a alguien que sonriera para él, para curarlo y cuidarlo. Y él la protegería y amaría hasta que pudiera morir anciano y en paz.
Ella lo miró a los ojos y empezó a llamarlo por su nombre. Kenshin. Qué bien sonaba su nombre saliendo de sus labios. Kenshin. Hasta Battousai sonaría bonito si lo decía ella. Kenshin…
-¡KENSHIN!
De repente, el rostro de Kaoru se convirtió en el rostro de Akira, y Kenshin se incorporó de un salto del susto, golpeando a su amigo con su cabeza en el proceso. El pobre ingeniero pensó que se moriría, pero no quería morir viendo la cara de su amigo, por más que lo apreciara.
Akira, mientras tanto, se sobaba el mentón del golpe con la cabeza de Kenshin. Le dijo que lo había buscado por toda la casa para hablarle de las ideas para el baile y de algo muy importante del cual necesitaba su consejo. Y lo terminó encontrando dormido en las caballerizas con una cara de idiota que el joven Kiyosato lamentó no saber dibujar para plasmarla en papel. Pero ya pasado el susto y el dolor de ambos, decidieron caminar entre los arces para tener su mentada charla.
-Amigo, nunca vi a Shura-san meterse en mi vida como lo hizo ayer. – concluyó, luego de contarle con lujo de detalles su amor por Tomoe, las ideas para la fiesta y cómo haría para pedirle que aceptara su cortejo. Así de entusiasmado, ansioso y enamorado estaba su amigo.
-Tú eres muy tranquilo, cualquier otra persona estaría indignada. – dijo Kenshin, pensando que Shura era una metiche.
-Tengo que ponerle límites. – dijo Akira - Y cortejaré a Tomoe Kamiya, si ella quiere, claro.
-¿Y por qué no querría?
-Es que a veces la veo muy cercana e interesada en mí, pero otras veces es muy reservada. – explicó su amigo - No puedo saber qué es lo que está pensando.
-¿Y a ti que te hace tener la certeza de estar enamorado de Tomoe-dono? – le preguntó Kenshin, mirándolo de reojo.
-No sé, ¿tú nunca te enamoraste? – le preguntó Akira. Eso Kenshin no se lo esperaba.
-¿Yo? – balbuceó.
-Sí, ¿qué se siente?
-Yo…no sé…- recordó su sueño y pensó en Kaoru - Te quedas pensando en ella todo el tiempo…- pensó en el beso que se dieron - Queriendo estar a su lado cada segundo… - y pensó en ese aroma a jazmín que anulaba todos sus sentidos - Y te quedas todo el día oliendo su perfume, escuchando su voz…
Akira lo miraba como si se hubiera vuelto loco, y para rematar no entendía nada del repentino romanticismo de su pelirrojo amigo.
-Kenshin…yo te pregunté si alguna vez te enamoraste de alguien, pero no necesitas hablarme de todas las mujeres que pasaron por tu vida.
El cabello y el rostro de Kenshin se volvieron uno solo.
-Eh…bueno, vamos a lo que importa. – le dijo rápidamente - Si realmente quieres pedir la mano de Tomoe-dono en casamiento, te recomiendo que primero tengan una conversación franca entre ustedes, reconociendo los sentimientos entre ambos. ¿O acaso quieres llevarte un fiasco en público?
Así, se pasaron un rato hablando hasta que Akira tuvo que salir a ocuparse de unos asuntos y Kenshin, antes de ir a la obra, se dirigió a la mansión. Tenía que hablar con Shura.
Kaoru estaba aún más confundida que Kenshin. No podía negar que sentía una extraña atracción por él y por eso terminó sometiéndose a su beso. Pero también era la clase de hombre con el que nunca en su sano juicio tendría algo. Y a eso agregarle sus legendarias peleas.
Se vistió con su ropa de entrenamiento, ya que tenía que ir a entrenar cerca de la montaña, pero primero tenía que hacer una visita. Iría a ver a la única persona en toda Hagi que conocía de esas cuestiones. Megumi Katsura.
-Quiero saber… - empezó Kaoru, una vez en el cuarto de Megumi con ella prestándole atención ante la urgencia que dijo que tenía que tratar - ¿Cómo es que una persona sabe cuándo está enamorada?
Megumi puso cara de no entender.
-¿Tú? – preguntó sin poder creerlo - ¿Realmente quieres saberlo?
Kaoru se sentía cada vez más incómoda.
-Sí… ¿Acaso no eres la casamentera oficial de Hagi? Así que ayúdame en esa cuestión. – le pidió.
-¿Y tú vienes aquí a mi hogar casualmente sin decirme de quién estás enamorada? – inquirió su amiga con alegría - ¡Ahora me cuentas todo! ¿Quién es el hombre que logró conquistar el corazón de la mujer indomable de Hagi?
-¡No! ¡No es por mí! – exclamó Kaoru agitando las manos - ¡Es por Tomoe-chan! Tomoe-chan no sabe si Akira-san la está cortejando o no. – mintió - Y como ella es muy reservada, vine a hacerte la pregunta por ella.
-¿Tomoe-chan? – preguntó Megumi - ¿Akira-san le hizo algún pedido formal?
-No.
-Entonces no está siendo cortejada.
-¿Y si ellos ya se besaron? – preguntó Kaoru con un hilo de voz y roja de la vergüenza.
Megumi abrió los ojos y la boca ante la sorpresa, y de paso le salieron orejas de zorro.
-¿Ya se besaron? – se sorprendió - ¿Enferma y todo? Un beso así, sin pedido de cortejo de por medio no se puede considerar un noviazgo.
-Así que no es un noviazgo…
Pero a Megumi se le ocurrió una idea.
-¡A no ser que Akira-san esté esperando al baile para pedírselo!
-¿Entonces es probable que lo haga? – preguntó Kaoru con ansiedad.
-No es una probabilidad, es una certeza. ¡Y debe llevar el mejor vestido!
-Pero nuestra economía no es suficiente como para estar comprando vestidos, más si somos seis mujeres en la casa. – explicó Kaoru con pena - Apenas tenemos un vestido cada una, después tenemos unos pocos kimonos.
Entonces Megumi reparó en la vieja ropa de entrenamiento de su amiga. La hakama estaba gastada y tenía algunos remiendos y su viejo kimono de la parte de arriba estaba descolorido. Ya en la época de las clases de Maekawa iba en ese estado.
-¡Ya sé! ¡Este vestido será para ti! – exclamó Megumi, sacando de su armario un bonito vestido blanco que se había comprado recientemente - Después vemos qué hacer por Tomoe-chan; todas las miradas serán para ti el día del baile.
-¿Todas las miradas? ¡Si yo sólo quiero tener una sola! - se le escapó a Kaoru.
A Megumi se agrandaron cada vez más las orejas de zorro.
-¡Lo sabía! – chilló - ¡Fuiste tú quien dio el beso! ¿Quién es? ¡Finalmente apareció alguien para sacar de tu cabeza esas ideas de trabajar y conocer el mundo!
Y antes de que la encadenara para que le contase todo con lujo de detalles, Kaoru alegó que tenía entrenamiento y salió despavorida del castillo reprochándose el descuido. Subió de un salto sobre su caballo y se alejó a todo galope.
Quien no necesitaba encadenar a nadie para sacar información era Sanosuke con su amigo Soujiro, quien le estaba confiando su noviazgo con Misao Kamiya. La madre de Sanosuke, Naname-san, había sido cocinera durante muchos años en la mansión Shishio, por lo que Soujiro y su hermano crecieron con los Sagara, aunque su padre se encargó de que no pasaran mucho tiempo juntos. Sin embargo, la amistad de los muchachos siguió creciendo y Sanosuke era el único amigo de verdad que tenía Soujiro.
-¡Sí, pedí cortejar a Misao y ella aceptó! – canturreó un feliz Soujiro.
-¿Con beso y todo? – se interesó Sanosuke.
-Uno o dos besitos…Misao es diferente a las demás mujeres, habla de una manera divertida e inteligente. – decía Soujiro con ojos soñadores.
Sanosuke no pudo evitar reír.
-¿Adónde fue a parar Tenken no Soujiro, el doctor casanova de toda la región de Chugoku?
-Está sepultado. – explicó él - Ya estoy pensando en presentarla a mi padre; aunque él no es la persona más simpática y la casa…tiene algo, no sé qué, que asusta a todas las mujeres que llevé.
-Pero vamos a lo importante: ¿cuándo vas a llevar a la Comadreja a conocer al viejo Shishio?
-No lo sé, lo pienso y no sé si a Misao le gustará la idea. – dijo el joven dubitativo.
Tokio y Chizuru habían ido al pueblo a hacer unas compras y a averiguar quién era el nuevo joven que habían visto el día anterior. No tardaron mucho en encontrarlo saludándolas desde la mesa de un pequeño bar y Chizuru corrió hacia él sin dudarlo, sin hacer caso a los llamados de Tokio. Se presentaron y supieron que ese joven se llamaba Enishi Yukishiro, era poeta y estaba en Hagi vacacionando. Aparte de eso, nada más supieron de él. Pero era tan encantador con las dos, que parecía que lo conocieran de toda la vida.
-Ahora son mis primeras amiga aquí en Hagi. – declaró el joven.
-¡Deberías ser invitado en la fiesta de Akira Kiyosato para recitar tus poemas! – chilló Chizuru. Desde que se enteró por boca de Tomoe de la fiesta que iba a ofrecer el joven empresario, no podía pensar en otra cosa.
-Es una buena idea. – concordó Tokio tímidamente.
A continuación, Enishi se levantó de la mesa y empezó a recitar a ambas chicas:
Rojos capullos de ciruela –
¿dónde quedaron
los recuerdos del amor?
Qué hermosa la peonía,
la abeja
no quiere partir.
A una amapola
deja sus alas la mariposa
como recuerdo.
-Son haikus (tipo de poesía japonesa) de Matsuo Basho. – dijo Tokio.
-Está en lo correcto. – le contestó Enishi, besándole la mano, para consternación de Chizuru.
Kenshin tocó la puerta de la habitación de Shura y esta le abrió feliz, dejándolo pasar. Cómo quería que los dos estuvieran en esa misma habitación en otras condiciones, pero se conformaba con tenerlo cerca por el momento, mientras se apoyaba por la cabecera de la cama contoneando su figura, cosa que Kenshin ignoró, ya que venía a tratar un asunto grave con ella.
-Quisiera hablar con usted sobre Akira. – dijo mirándola con indiferencia - Él me dijo que tuvieron una discusión.
-Pero ya me disculpé… - empezó Shura, nerviosa.
-Creo que tiene razón, Shura-dono.
-¿Cree que tengo razón? – el corazón de la mujer saltaba de la alegría. Ése era un muy buen comienzo para sus planes.
-Creo que Akira no debe casarse con cualquier mujer. – explicó Kenshin con mirada fría - Él es un buen hombre, y merece una mujer sincera y honesta.
-Pues yo creo que esa Tomoe no es ni sincera ni honesta. – se animó a decir Shura.
-¿Y tiene pruebas de ello o son sólo suposiciones?
-Una mujer entiende de esas cosas, Himura-san. – le explicó ella - Esas jóvenes harían cualquier cosa con tal de casarse con un hombre rico.
-¿Todas? – se alarmó Kenshin.
-Todas. Esa Tomoe, la otra… ¿cómo era el nombre? – quiso probarlo ella.
-¿Kaoru-dono?
-No, estoy hablando de Chizuru. – dijo Shura, sabía que él se preocuparía por esa Kaoru - Pero de la otra que usted menciono, de esa creo que es la peor de todas.
Kenshin le dirigió disimuladamente una mirada asesina.
-Pues no creo que todas sean interesadas. – repuso él.
-Después no diga que no le avisé. – dijo ella inocentemente.
-Aun así necesitamos de algo más concreto: si hay más interés que amor en esa historia o si por lo menos Tomoe-dono ama de verdad a Akira.
-¿Puedo saber por qué de repente esa preocupación? – preguntó ella.
-Akira me comentó que nunca hubo una declaración de amor entre ambos, y tenemos que conseguir una prueba que nos asegure los sentimientos de Tomoe-dono antes de que Akira se le declare. – explicó Kenshin. Luego se disculpó y se dispuso a retirarse a la obra.
-¿Puedo ir con usted? – pidió Shura. Tenía que empezar a acercarse a él, por no hacerlo antes una campesina había logrado hasta besarlo. Le daba rabia de sólo pensarlo.
-¿Para la obra? – se extrañó Kenshin. Qué fastidio.
-Sí, no la conozco, y como Ikumatsu es su socia, creí que sería bueno visitar el lugar. – explicó Shura - Sólo por curiosidad, porque sé que está haciendo un trabajo perfecto. Y después, como el día es tan hermoso, podríamos dar un paseo.
Esa insinuación puso de mal humor a Kenshin, pero aceptó llevarla. Pero antes tenían que pasar por el pueblo a comprar unas cosas. Y a Hagi se dirigieron.
Enishi Yukishiro paseaba en compañía de Tokio y Chizuru Kamiya.
-¡Bueno señoritas! – exclamó él con entusiasmo - ¡Cuéntenme más sobre el baile!
-Será dado por un joven empresario del arroz, recién llegado a la región. – relató Chizuru, emocionada - Ya es toda una celebridad.
En ese momento, el carruaje de Kenshin pasaba por esa misma calle, y Kenshin divisó primero a las dos jóvenes Kamiya. Pero cuando vio a quien las acompañaba, por poco perdió el control de los caballos, haciendo que Shura se asustara y reparara en la expresión de horror y odio profundo de su Ken-san. El joven poeta también lo vio, con el mismo horror y odio, pero rápidamente los disimuló. Las dos jóvenes no se dieron cuenta de nada, entusiasmadas en la vidriera de una tienda de kimonos.
-Yukishiro – susurró Kenshin con voz estrangulada por la ira.
Kaoru había llegado al cerro dispuesta a entrenar duro ese día. Dejó a su caballo bajo un árbol cercano y se acercó al borde del cerro con su shinai para dar comienzo a su entrenamiento. La vista la relajaba y el viento la refrescaba, pero vio desde lo alto lo que parecía una obra, como de ferrocarril. No le dio importancia; mejor, así tendría en qué irse de allí llegado el momento. Se concentró y empezó con sus katas.
Kenshin había llegado de un humor de perros a la obra. Shura detrás de él no entendía nada y no sabía cómo acercarse a alguien en ese estado y que además en el pasado había sido un asesino despiadado. Aun así, el ingeniero, junto con su asistente, le mostró los avances de la obra ferroviaria. De repente, con sus ojos agudos, vio algo moviéndose en la cima de cerro. Le pidió los binoculares a su asistente y cuando vio a través de ellos, el mal humor se esfumó de él. Era Kaoru Kamiya, con ropa de entrenamiento, haciendo unos movimientos bastante elegantes y a la perfección. Pidió disculpas para retirarse y encargó a su asistente que atendiera debidamente a Shura.
Decepcionada, Shura acompañó al hombre para seguir recorriendo la obra.
Después de un rato de ejercitaciones y movimientos, Kaoru cayó rendida al suelo boca arriba bajo el árbol junto a su caballo. Estaba empezando a dormitar cuando sintió que alguien se tendía junto a ella del lado contrario y empezaba a tocar su nariz con la suya.
-Hola… - susurró Kenshin.
Tal fue el susto de la joven que se incorporó de golpe y su frente dio con la de Himura, haciendo que los dos se tomaran de la cabeza con dolor.
-¡Mou! – gimió ella.
-¡Oro! – se quejó él, era el segundo golpe en la cabeza del día - ¡Qué cabeza dura!
Kaoru se olvidó de su frente y se encaró con Kenshin.
-¿Qué estás haciendo aquí? – le preguntó, desconfiada.
-No quería asustarte. – se apresuró él - Quería hablar sobre nuestro beso. Es que…te vi así y… - trató de decir, señalando el pecho de la kendoka.
-¿Así como? – bajó la vista vio que el obi se le había aflojado y con eso parte del cuello del kimono, haciendo que se le viera notablemente el nacimiento de los senos. Roja como el cabello de su compañero, se lo acomodó rápidamente - Ahora sí estoy presentable. – dijo cuando terminó.
-Kaoru-dono, tú siempre estás presentable.
-¿Presentable? – dijo ella con ironía - No fue eso lo que el señor dijo en el baile.
Kenshin empezó a acercarse a ella.
-¿Qué baile? – le dijo con voz calma, algo raro en él - La verdad no recuerdo de qué baile me hablas. Sólo recuerdo lo que pasó después de ese día.
-Yo también… - murmuró Kaoru, pero antes de que Kenshin intentase algo le propuso pasear por el área, mientras su caballo seguía pastando tranquilamente, único testigo de la química entre los dos.
Sakura estaba dándole de comer a los puercos, cuando Chizuru llegó como loca a darle una noticia.
-¡Mamá! – chilló la chica - ¡Acaba de llegar Soujiro Shishio en un carruaje!
Su madre casi se cae encima de uno de los puercos tirado en el lodo.
-¿SOUJIRO SHISHIO? – bramó - ¡No te creo Chizuru-chan!
-¡Si no me crees, velo por ti misma!
Sakura salió del maloliente recinto con Chizuru siguiéndola a una distancia prudencial, y ambas fueron a espiar la entrada de la casa.
-Soujiro Shishio…. – murmuró para después descontrolarse - ¡Yo sabía que Misao-chan estaba siendo cortejada por él! – se fue corriendo a abrir la puerta principal de la casa y el pobre Soujiro fue atosigado por el olor a chiquero y las preguntas de Sakura Kamiya - ¿Puedo saber que está haciendo el joven en esta casa?
-Mamá… - dijo Misao, que acababa de salir afuera a ver quién venía, y tapándose la nariz.
-Es que vine a pedirle algo a Misao… - explicó el joven médico - ¿Misao te gustaría ir a mi casa mañana?
A Misao le corrió un escalofrío por la espalda.
-¿Yo? ¿En tu casa? ¿La mansión Shishio? – farfulló.
-Es que quiero presentarte a mi padre. – le dijo Soujiro con una sonrisa.
-¡Claro que ella quiere! – aceptó la madre.
Al fin Soujiro se había percatado de la incomodidad de su novia.
-Misao, no estás obligada. – le dijo - Entenderé si prefieres esperar.
-¡Usted espérela allá, que mañana ella irá linda para la mansión! – dijo su madre por ella.
-Mi mamá se vuelve loca conmigo, todo porque quiero salir al mundo. – explicaba Kaoru mientras caminaban por el borde del cerro.
-¿Cómo así? – se interesó Kenshin.
-El mundo es muy grande, y yo sólo conozco Hagi.
-¿Y qué lugares del mundo te gustaría conocer? – quiso saber él, tomaría nota de todo - ¿París, Londres?
-Quiero ir a mi lugar, sólo que no sé cuál es. – dijo Kaoru riendo.
Por primera vez, Kenshin sonrió.
-De alguna forma, todos buscamos ese lugar. – concordó con ella - ¡Escucha, pasamos más de cinco minutos sin pelear! ¿No es increíble?
Ese comentario hizo que Kaoru riera más y le mostrara esa sonrisa que a él lo tenía perdido.
-¡Es un récord! – rió ella, luego se dirigió a donde estaba su caballo - Creo que me tengo que ir, no puedo quedarme aquí para siempre.
-¿Puedo acompañarte hasta tu casa? – preguntó tímidamente Kenshin - O cerca de tu casa, si es que prefieres que no te vean conmigo.
-¿Y por qué preferiría eso? – se extrañó Kaoru.
-No sé, es que los dos somos…
-¿Qué? ¿Diferentes en todos los sentidos? – ofendida, la chica se dio media vuelta para irse. Pero Kenshin la tomó de la mano y la obligó a mirarlo a los ojos.
-No…no me preocupa eso…no ahora… - murmuró él, acercándose lentamente a su rostro, pero sorprendiéndolo, fue ella quien se lanzó a sus brazos y lo besó. Él feliz y riendo contra su boca, la abrazaba como si no quisiera dejarla ir nunca más.
Abajo, en la obra, Shura miraba la escena mediante los binoculares del asistente de su Ken-san. Estaba temblando de rabia y celos, y en sus ojos se veía un brillo peligroso, todo por culpa de esa mujer.
-Esa pobretona no tiene límites… - masculló, jurando que se encargaría de ella más temprano que tarde.
