Nuevamente estuvieron un largo rato besándose, con Kenshin cada vez más prendido y prendado de ella. Fue de un momento a otro, que Kaoru abrió los ojos como platos ante lo que había hecho. Antes podía culpar a Himura de ser él quien empezara el juego de los besos, pero esta vez ella lo había provocado y no sabía cómo tenía que proceder después de eso. ¿Cómo pudo haber perdido la compostura y ser ella quien se arrojara a los brazos de un hombre? ¡Esa no era Kaoru Kamiya! Enojada consigo misma, se apartó de Kenshin dando un salto para atrás.
-¡Basta! – farfulló con los labios hinchados - ¡Primero dices que somos diferentes! ¡Después me besas y haces que te bese! – a esa altura su nivel de confusión no tenía límites - ¡Y yo necesito una respuesta! ¿Quieres o no quieres cortejarme? – se tapó la boca con las manos al ser consciente de la pregunta que se le había escapado.
Él, contento y divertido, iba a contestarle, pero…
-¡Himura-san!
Ambos se dieron la vuelta para ver a Shura mirándolos con el rostro colorado por la ira y con una mirada de sospecha.
-Shura-dono… - murmuró Kenshin.
-¿Qué está sucediendo aquí? – inquirió ella - ¿Qué están haciendo?
-¡Nada! – saltó Kaoru - No estamos haciendo nada.
-¿Qué está haciendo usted aquí, Shura-dono? – preguntó Kenshin, molesto por la interrupción.
Shura le dirigió una mirada de odio a Kaoru y se volvió a Kenshin con expresión preocupada y amorosa.
-¡Vine detrás suyo, Himura-san! – exclamó afligida - Siempre me dijo que este cerro es muy peligroso, y estaba muy preocupada. – luego agregó observando a Kaoru - Pero por lo visto, usted se encontró con su nueva amiga.
-Fue coincidencia… - dijo Kenshin. En realidad, no sabía qué decir, puesto que fue él quien buscó a Kaoru.
-Sí, fue coincidencia… - apoyó Kaoru.
Momentos después, Kaoru se encontró a sí misma en el carruaje de Kenshin camino a casa, mientras ella llevaba las riendas del carruaje, él iba sobre el caballo de la chica. El joven Himura había insistido en alcanzarla hasta allí, y Shura los acompañaba; después de lo que había visto, se aseguraría de no dejarlos solos nunca más. Se prometió también empezar a conquistar al joven heredero, pero por el momento se contentaría con hacerle pasar mal a la campesina.
-Estoy con mucha curiosidad por saber cómo va a ir al baile, Kaoru-san. – le dijo con sorna mientras examinaba las ropas raídas de Kaoru - Primero va a uno vestida de hombre, y quién sabe si a éste va con ropa de entrenamiento.
-No está siendo delicada, Shura-dono. – advirtió Kenshin con un gruñido peligroso.
-Disculpe. – dijo Shura sin una pizca de arrepentimiento - Tal vez es la diferencia de crianza entre Kaoru-san y yo que hace que mis palabras no sean comprendidas correctamente.
Kaoru se había mantenido estoica aguantando las insinuaciones de Shura, pero ya era hora de contestarle.
-Creo que tanto mi crianza campesina como la crianza noble de Himura-san entienden lo que usted quiso decir. – le dijo con simpleza y con una sonrisa.
Al fin llegaron a la pequeña residencia de la familia Kamiya. Kenshin miró la casa con curiosidad. Era una de estilo gassho, algo poco usual en la zona ya que las nevadas eran raras. Evidentemente quien la construyó lo hizo guiado por el capricho. Era una casa alta con el techo a dos aguas, y aunque parecía tener varios pisos, sólo la planta baja era habitada por los dueños; el piso de arriba funcionaba como una gran azotea, o mejor dicho, un gran granero donde se guardaba parte de la producción. Abajo, siendo siete habitantes, se dividían las habitaciones lo mejor que podían. Sin contar que estaba rodeada por unos muy pequeños establos, chiqueros y gallineros.
Cuando Koshijiro Kamiya se había visto obligado a vender el dojo por su incapacidad de enseñar y por las deudas adquiridas, el gobierno le había hecho entrega de una compensación por sus años de servicio más una pequeña pensión de por vida para poder vivir (agregándole una medalla de honor por no haber matado a nadie en su vida como espadachín). Como no era suficiente para mantener un enorme dojo cuyo destino de su estilo era incierto, con gran pena, el señor Kamiya decidió ponerlo a la venta y buscar otro hogar. Así fue como se topó con esta peculiar vivienda que incluía unos pequeños acres de tierra para producir.
Kenshin se sonrió al ver la casa. Sólo una vivienda así podía ser habitada por su Kaoru. Ya se estaba imaginando yendo a tomar el té allí cuando la voz de Shura interrumpió sus ensoñaciones.
-Entonces es aquí donde viven las Kamiya. – se burló ella - Muy pintoresca.
Kaoru frunció el ceño a ver la mirada de desprecio de una y de diversión del otro hacia su casa.
-Sí, muy pintoresca. – dijo secamente, bajando del carruaje - Gracias por dejarme aquí.
-No fue nada. – dijo Kenshin amablemente - Nos vemos en el baile.
-¿En el baile? – preguntó Kaoru asustada mientras recordaba:
Flashback
-¿Entonces es probable que lo haga? – preguntó Kaoru con ansiedad.
-No es una probabilidad, es una certeza. – dijo Megumi.
Fin flashback
-Sí. ¿Está todo bien? – se preocupó Kenshin.
-¡Claro!
-Pero trate de ir vestida apropiadamente. – disparó Shura con malicia - Acabamos de llegar a la región y no queremos que una ciudadana ilustre haga un espectáculo en nuestra casa. Ya basta con la pobre de Tomoe-san, que nos hizo una visita y cayó enferma. La gente pensará que tenemos una maldición con las Kamiya.
-No se preocupe. – le contestó Kaoru - A diferencia de Tomoe, yo no me dejo vencer tan fácilmente. Tengo una especie de protección contra el mal de ojo.
Shura le hizo una mueca de desprecio en el momento en que Kenshin ponía en marcha el carruaje. Suspirando, Kaoru fue a dejar su caballo en el pequeño establo y se metió a su habitación por la ventana para evitar preguntas. Grande fue el susto y la sorpresa de ver que alguien la estaba esperando allí. Era Megumi, a quien no se la veía nada feliz.
-¡Ay, Megumi! – exclamó Kaoru - ¡Qué susto!
-¿Pensaste que ibas a escapar de mí al huir de mi casa de esa manera? – inquirió su amiga enojada.
-Perdóname, Megumi. – pidió Kaoru - No sé qué me dio, me puse nerviosa y sólo atiné a salir corriendo.
Y así, Megumi perdió el enojo pero no la memoria.
-Ahora me vas a contar todo, porque soy tu mejor amiga. – le dijo alegremente - Y me vas a decir de quién estás enamorada. Te conozco muy bien.
-Es verdad, no puedo ocultarte nada. – suspiró Kaoru, de Megumi no podía escapar - La verdad, estoy sintiendo algo que nunca sentí antes.
-¿Amor?
-Tal vez, no sé…
Megumi empezó a saltar de la alegría.
-¡Eso es maravilloso! – chilló - ¡Es el sentimiento más increíble, que la gente se pasa la vida buscando y a veces nunca logra encontrar!
De repente, los ojos de Kaoru se ensombrecieron, y ocultó su mirada bajo su flequillo.
-Tengo miedo, Megumi. – dijo.
-¿Miedo de qué?
-Miedo de renunciar a mis sueños.
-Si estás hablando de eso de conocer el mundo, ya puedes dejarlo de lado. – dijo Megumi, sin saber el daño que le hacían esas palabras a Kaoru.
-¡Megumi! – exclamó la chica enojada - ¡No me puedes pedir eso! Si no fuera por los sueños, la gente estaría viviendo en cárceles y no en casas. ¡No me pidas que renuncie a mis sueños!
Su amiga la miró con cariño y con… ¿lástima?
-Lo sé, pero es que tus sueños sólo te van a traer tristeza. – le dijo, cuidando esta vez de elegir las palabras correctas - El mundo allá afuera no está hecho para mujeres como nosotras. El mundo es de los hombres, hechos por ellos y para ellos. Si dices que has encontrado el amor, quédate con él, es lo mejor. Ése será tu mejor sueño.
-¡Qué horror de sueño! ¡Qué horrible!
-No lo creo. Yo prefiero vivir en mi mundo, con mis sueños…
Eso hizo que Kaoru se distrajera de sus problemas.
-¡Tus sueños! ¿Y cuáles son? ¿Se puede saber? – quiso saber.
-Veo que esta conversación no va a llegar a ningún lado. – respondió Megumi, haciéndose la tonta - Y peor aún, no me vas a contar quién es ese hombre tan increíble.
-Megumi, estoy confundida. – le explicó su amiga - Pero te prometo que en cuanto entienda un poco más lo que me está sucediendo te lo cuento todo.
La nieta del Barón de Hagi entendió que era hora de irse. Pero antes de eso, puso un paquete en los brazos de Kaoru.
-Y como soy muy buena amiga, te traje el vestido para que te lo pongas en el baile. – le dijo antes de irse.
El Palacio Juppongatana, ubicado en las afueras de Hagi, era una importante reliquia creada en el Período Heian, un hermoso edificio simétrico de una sola planta pero de proporciones enormes, que rodeaba a un gran patio con estanque que a su vez contenía islotes y puentes, rodeados de un paisaje con pequeñas montañas, árboles de todas las especies y rocas de todos los tamaños. Toda una colosal maravilla de edificio y paisaje. (Referencia tomada: el desaparecido Palacio Sanjo de mismo período).
El palacio fue nombrado en honor a diez grandes samuráis de ese período y la familia a la que pertenecía, compuesta de grandes señores feudales, había caído en desgracia durante el Bakumatsu, muriendo todos y dejando las propiedades al nuevo gobierno para subastarlas. Makoto Shishio, que en esos tiempos se destacaba como hitokiri del Ishin Shishi, con sus cuantiosos ahorros y la paga no menos cuantiosa que recibía por sus asesinatos, pujó por la propiedad hasta hacerse con ella (el Barón Gensai Katsura también la quiso para sí, así que no hace falta describir la rabieta que le duró un mes por perder la puja; todavía se lamentaba cuando pasaba por el lugar).
Y ahora Shishio se imponía como señor del Palacio Juppongatana, adquisición por la que estaba orgulloso. Cabe aclarar que absolutamente nada de ese palacio fue cambiado de lugar, el nuevo dueño prefirió dejarlo todo como lo habían dispuesto los grandes daimyo que supieron ser sus dueños. Y es que Shishio, a pesar de apoyar al nuevo gobierno, nunca estuvo de acuerdo con sus políticas de occidentalización y de modernización; es más, era el único de los hombres ricos de la región que prefería seguir vistiendo y manejándose con las tradicionales ropas y costumbres de la era Tokugawa a rajatabla. A regañadientes había dejado que sus hijos salieran al mundo y estudiaran especializaciones occidentales. Y según decían las malas lenguas, esa forma de vida tan arcaica había causado la enfermedad que finalmente se llevaría a Yumi-san, su esposa.
Pero los habitantes de Hagi y alrededores preferían dirigirse a la enorme construcción como la Mansión Shishio o la Mansión del Parque, cosa que a su propietario le indignaba sobremanera.
Propietario que se encontraba leyendo tranquilamente a la luz de las velas unos manuscritos, sentado en el hashigakushi no ma (una especie de estar que daba al impresionante patio) del recinto. En ese momento, Soujiro hizo su aparición poniéndose de rodillas frente a su padre e inclinándose. Necesitaba hablar con él.
-Otou-sama… - empezó el joven médico.
-¿Vas a traer a alguna de tus concubinas para la casa? – le interrumpió su padre secamente sin sacar la vista de donde estaba leyendo.
-No tengo concubinas, Otou-sama. Lo que sucede entre las jóvenes que a las que trato y yo es algo lleno de respeto. Pero en algo tiene razón, Otou-sama. Voy a traer a mi novia para conocer la casa.
Fue allí que Makoto Shishio miró a su hijo por encima de sus papeles.
-Según tengo entendido, la última que vino aquí se fue de sopetón. – dijo - Y sin ninguna razón.
-Yo tampoco entiendo lo que sucedió. – dijo Soujiro confuso.
-Y no es la primera. Tal vez se sienten intimidadas por la presencia de tu madre, Yumi. – dijo Shishio, mirando hacia un gran grabado de género Ukiyo-e que representaba a una mujer muy elegante y ataviada en finos kimonos.
-Pero ése es sólo un cuadro, Otou-sama. – repuso Soujiro tímidamente.
Makoto Shishio prefirió no seguir hablando de su difunta esposa y retomó el asunto que trajo a su hijo ante él.
-¿Y por qué me avisas que viene esa joven? – le preguntó.
-Porque quiero presentársela, la cosa es seria. – respondió su hijo.
-Espero que no sea una locura.
-Estoy seguro de mis sentimientos.
-Entonces estaré presente para conocerla. – concluyó Shishio con aire importante.
-Gracias, Otou-sama.
Ninguno de los dos percibió a una figura que los observaba desde las penumbras.
Mientras, a pocos kilómetros de allí, Megumi hacía sus cálculos amorosos en lo referido a las hermanas Kamiya:
-Misao-chan está siendo cortejada por Soujiro Shishio… Tomoe-chan y Akira-san es otra pareja de la cual estoy segura que confirmarán su amor en el baile… Y confío en la capacidad del Coronel Saito de sorprender a Tokio-chan… En cuanto a Yukishiro-san, no sé mucho de él, ya me lo presentará Chizuru-chan en el baile… Y con eso sólo resta Tanuki-chan y su pretendiente misterioso… ¿Quién será aquel que dejó a mi amiga en ese estado? ¡Aoshi-san! ¡Me he olvidado de mi amigo más querido! Creo que ya sé que haré con él… - todo eso anotando con pluma en un papel.
Al día siguiente se dirigió a primera hora al cuartel del regimiento para hablar con Saito con respecto a Aoshi.
-Buenos días, Coronel… - saludó desde la puerta - Quisiera hablar un momento con usted, es sobre el corazón de Aoshi-san. – sin esperar invitación del hombre, Megumi entró, se sentó y fue al grano - Estoy muy preocupada por él, un hombre maravilloso como Aoshi-san no debería estar soltero.
-Estoy de acuerdo. – concordó Saito, cigarrillo en mano - Hombres honrados como mi amigo no merecen estar solos.
-¿Usted sabe si él pretende llevar a alguien al baile de los Kiyosato?
-A nadie, Megumi-san. – le respondió el Coronel intencionalmente - Aoshi sólo tiene ojos para una sola mujer pero creo que ella no tiene ni idea.
A Megumi se le iluminó el rostro y la mente, y entendió todo mal.
-Ya no necesita decir más nada. – clamó - ¡Sé exactamente de quién está hablando! ¡Aoshi-san tendrá con quién ir al baile! Y usted debería ser más valiente e invitar a Tokio-san. – salió corriendo del cuartel dejando a Saito sonrojado por lo de Tokio pero creyendo que por fin Aoshi tendría oportunidad con la chica Katsura.
Entretanto, relojeando los preparativos para el baile, un Akira feliz le comentaba a un Kenshin distraído todos sus planes para ese día.
-¡Y aquí estará el palco donde voy a pedir en cortejo a mi amada! – exclamó, mostrándole a su amigo una tarima decorada que mandó montar para la ocasión.
-¿Todavía estás seguro de eso? – quiso saber un no muy convencido Kenshin - Me hubiera gustado que Tomoe-dono haya sido más clara en sus sentimientos por ti.
-Kenshin, sabes que este no es un de los enamoramientos cortos que he tenido. – respondió su amigo, haciendo un gesto con la mano como rechazando lo dicho por el ingeniero - Me conoces muy bien. Con Tomoe, mi corazón late de una manera que nunca me había pasado.
Kenshin se encogió de hombros, más animado con la alegría y la seguridad de Akira.
-Tu corazón es bueno, Akira. Pero creo que tienes razón en escucharlo. – agregó pensativo el pelirrojo - Tal vez sea hora de escuchar el mío propio.
Akira casi se cayó para atrás con lo que escuchó.
-¿Dónde se escondió mi amigo Kenshin Himura? – preguntó, fingiendo desesperación - ¿Quién es este romántico que borró a Battousai del mapa?
Kenshin gruñó ante las bromas de su amigo.
-Aunque debo decirte que no estoy de tan buen ánimo. – le dijo - Me he encontrado con un viejo conocido a quien no tengo tanta estima.
De repente, el rostro del joven Kiyosato se volvió sombrío, comprendiendo las palabras de Kenshin.
-No me digas que se trata de…
-Sí. De Enishi Yukishiro. – confirmó Kenshin con amargura y los puños apretados - Estaba de paseo con dos de las hermanas Kamiya. Esperaba no verlo nunca más, pero algo me dice que lo veré nuevamente.
En su habitación, Kaoru observaba el fino vestido de Megumi mientras recordaba las palabras de Kenshin. ¿Sus sueños o el amor?
Flashback
-Nos vemos en el baile.
-¿En el baile?
-Sí. ¿Está todo bien?
Fin flashback
Unos golpecitos en el shoji la devolvieron a la realidad.
-¡Adelante! – dijo. Era Misao.
-Kaoru-chan, quiero agradecerte por ir conmigo. – le dijo su hermana - Sabes de mi miedo por esa casa.
Kaoru se levantó de un salto y sonriendo, le tomó de la mano.
-Mira, vamos a ir las dos juntas a enfrentar esa mansión endemoniada. – le dijo.
En ese mismo momento, en la Mansión Shishio, una jovencita de cabello corto y castaño, pequeña y delgada, muy joven pero de rictus amargado, se encontraba frente al retrato de Yumi Komagata, esposa de Makoto Shishio. Era Uki Sagara, ama de llaves de la Mansión Shishio.
-No voy a dejar que ninguna mujer ocupe mi lugar en esta casa. – susurró la joven con odio.
Mientras en el pueblo Shura encargaba a los distintos almacenes todo lo necesario para el baile y la fiesta, y para su desgracia, se cruzó con Chizuru Kamiya.
-¡Shura-san! – chilló la chica - ¡Qué bueno encontrarla aquí!
Shura rodó los ojos.
-Una hermana Kamiya… - resopló - ¿Al final cuántas de ustedes hay? ¡Porque adonde sea que miro aparece una nueva!
-¡La señora es tan graciosa! – exclamó Chizuru alegremente, sin entender nada.
-Con permiso, porque estoy apurada. – se excusó Shura de mala gana.
Chizuru se hizo a un lado para que la mujer siguiera su camino.
-¡Claro que la señora tiene prisa! – cacareó la joven - ¡Si va a organizar el baile! ¡Va a ser lindo! ¡Enishi-kun va a recitar poesías para mí! ¡Tomoe-chan y Akira-san se van a reencontrar! ¡Hasta Kaoru-chan parece animada!
-¿Parece? – masculló Shura con odio hacia esa Kaoru - ¡Bien por ella! Chismosa… - luego se le ocurrió algo y murmuró - Gracias, Kami-sama… ¡Chizuru-san! No hay prisa que justifique los malos modales, ¿me acompaña a tomar el té?
Minutos después, ambas estaban en la casa de té de la ciudad.
-Ahora cuénteme todo. – pidió Shura con malicia - Así que Kaoru-san está animada con el baile, ¿ella siempre es así de animada? ¿Hace cualquier cosa para despertar la simpatía de los jóvenes guapos y ricos?
Chizuru reía, contenta de su suerte de no sólo ir con su Enishi-kun al baile, sino también de tomar el té con tan distinguida dama.
-Kaoru-chan nunca está detrás de ningún hombre. – le respondió entre risas.
-¿No?
-No, nunca quiere saber de romances. Dice que quiere otra cosa para su vida. Mamá se pone como loca, dice que ella está arruinando el trabajo divino que le fue encomendado.
Eso hizo que la atención de Shura se incrementara más, todos esos datos prometían.
-¿Y cuál es ese trabajo divino? – quiso saber.
-¡Casarnos a las cinco! – chilló Chizuru, emocionada.
-¿Y cuál es esa función cupido de ella?
-¡Mamá es una genia! – le explicó la chica con regocijo - Mandó a Tomoe-chan caminando bajo la lluvia para que se enfermara en casa de Akira-san. Y Tomoe-chan, enferma, se fue quedando y quedando en la casa…
Chizuru seguía hablando como una cotorra, sin saber que le estaba dando armas a Shura Myoujin, quien sonreía y se relamía ante cada cosa que se iba enterando.
La pequeña carreta de carga llevada por el único caballo de la familia se detuvo ante la Mansión Shishio. Kaoru y Misao miraban admiradas la fachada del antiguo palacio, palacio que invitaba a historias de distintos períodos, así como a misterios sin resolver. Curiosa con lo que habría dentro de ese lugar, Kaoru bajó y esperó a que su hermana bajase. Y se quedó esperando, porque Misao se había quedado paralizada del miedo.
-¡Misao-chan! – la llamó - Estamos atrasadas. – ella la miró y negó con la cabeza, muda de terror - No seas boba, no ocurrió ningún crimen en la Mansión Shishio. Y estoy aquí contigo. Además, vas a ver a tu novio, deberías estar animada.
-No puedo… tengo miedo. – murmuró Misao al fin, aterrorizada - Sé que es difícil entender eso, Kaoru-chan, pero tengo miedo.
-No, no es difícil. – la comprendió Kaoru - Yo también tengo miedo.
-¿También tienes miedo de la Mansión Shishio?
-No. Tengo miedo de hacer la elección equivocada y ser infeliz. – le explicó ella - Tengo miedo de creer en los cuentos de hadas y abandonar todos mis deseos.
-Entonces me entiendes, y estás de acuerdo conmigo.
-No. – negó Kaoru con voz enérgica - Todo el mundo siente miedo, y la clave es saber qué hacer con ese miedo. Y las hermanas Kamiya lo enfrentamos. ¡Ahora ven! – se dispuso a tomarla de la mano para que bajase de la carreta. Misao no se lo permitió.
-Ésa eres tú, Kaoru-chan; yo no estoy lista. Vámonos, por favor. – le pidió Misao, angustiada. Resignada, Kaoru volvió a subir a la vieja carreta y dieron la vuelta alejándose del lugar.
Desde una ventana, Uki las observaba con atención. Y se sonreía.
-Era más fácil de lo que pensé. – susurró complacida; luego se dirigió a la habitación donde esperaban los dueños de casa - Perdón, pero acabo de ver a Misao-sama alejándose del palacio.
-¿Cómo? – saltó Soujiro, corriendo hacia la puerta.
Cuando llegó a la entrada vio, con decepción, cómo las dos jóvenes se marchaban de su casa. Detrás de él, su padre le dijo con voz queda antes de volver adentro:
-Tu relación seria ni siquiera es capaz de traspasar la puerta del Palacio Juppongatana…
Al escuchar el sonido de un carruaje, Sakura Kamiya salió de su casa para ver quién había llegado. Se alegró de ver a su Chizuru-chan con un joven apuesto. Casualmente también estaba llegando Hajime Saito.
-¡Mamá! – chilló Chizuru - ¿Querías conocer a Enishi-kun? ¡Aquí lo tienes!
-Por Kami-sama, Koshijiro. – le dijo Sakura a su marido - Están lloviendo hombres en la vida de las Kamiya.
-¡Sakura-san! ¡Encantado! – saludó Enishi con una inclinación - ¡Es tan bella que parece una flor!
-¡Ay, no lo creo! – se emocionó ella - ¡Tenemos un poeta entre nosotros!
Ellos se habían olvidado de que Saito estaba con ellos. Pero Koshijiro Kamiya se acercó y le dijo al oído de pasada.
-Si mi consejo sirve de algo, Coronel, será mejor que se apure antes de que éste abra las alas y lo deje sin espacio. – luego se dirigió a hacer su trabajo.
-¡Enishi-kun será mi pareja en el baile! – anunció Chizuru con gran alegría. En ese momento, Tokio salía de la casa para unírseles; se encontraba muy contrariada al escuchar la noticia de su hermana menor.
Saito vio entonces su oportunidad.
-¡Exactamente por eso vine aquí! – se apresuró en decir - Tokio-san, ¿me haría el honor de ser mi acompañante mañana en el baile?
-¡Claro que Tokio-chan le hará el honor! – chilló Sakura.
Tokio lo miró como si fuera a meterse en la aventura más aburrida de su vida.
-Claro, Coronel. Para mí será el honor. – aceptó resignada.
Sayo Amakusa llegó a la casa de té donde Megumi la esperaba impaciente. Había recibido una nota de la joven nieta del Barón y sentía mucha curiosidad por la urgencia del encuentro.
-¡Qué bueno que recibió mi mensaje a tiempo! – se alegró Megumi al verla - Pensé que se había olvidado de mí.
-¡Después de ese baile tan lindo! ¡Imposible! – cumplimentó Sayo - Es que estaba preparando mis cosas para volver a Shimabara.
-Pues deshaga su viaje ahora mismo. – le sugirió Megumi dándose aires de importancia ante su plan maestro - ¡Tiene que quedarse para el próximo gran evento en Hagi! ¡El baile de los Kiyosato! Y creo que le va a gustar mucho lo que tengo que decirle.
A la mañana siguiente, temprano como de costumbre, Kenshin estaba desayunando tranquilamente en el comedor, cuando vio a un ansioso Akira llegar allí y sentarse, fresco como una lechuga y con ánimo jovial. Y no era para menos: era el día del baile.
-¡Buenos días! – saludó Himura - ¿Qué haces tan temprano?
Su amigo lo miró con una reluciente sonrisa.
-¿Cómo no levantarse temprano? – exclamó - ¡Cuando es el día más importante en la vida de uno! ¡Declarársele a la mujer amada!
-Estoy de acuerdo, creo que hoy será un día bastante especial. – suspiró Kenshin, más tranquilo que Akira pero por dentro más nervioso que él - Tal vez también haya un pedido de mi parte, pero de eso mejor hablamos después. - Se levantó para ir a la obra, dejando a su amigo con la palabra en la boca e intrigado ante sus palabras.
Kaede en ese momento entraba a la habitación de Shura, quien estaba feliz y convencida de su triunfo, y congratulándose a sí misma por ser tan ingeniosa.
-Buda, Kami y todos los dioses del mundo me mandaron una inspiración divina para resolver nuestros tres problemas. – le anunció a la sirvienta.
-¡Qué interesante, Milady! – le dijo Kaede mientras se despatarraba en una silla.
-¡Ponte de pie, mala criada y abusada! – Kaede se puso de pie de un salto - Primero los negocios. Manda esta carta para el castillo Hagi, pero que sea entregada a las manos de Kogoro Katsura. El desgraciado del Barón no puede saber.
-¿Y yo puedo saber, señora? – preguntó Kaede curiosa, mientras tomaba la carta que le tendía Shura.
-Estoy pidiendo disculpas por la forma en que me conduje aquel día. – explicó la otra - Estoy invitando a Kogoro-san al baile para que me pueda tratar más personalmente. Nada como una mujer dulce para empezar a manipularlo.
-¡Brillante, Madame! – se enorgulleció la criada - ¡Es un excelente comienzo! ¿Y en cuanto a Tomoe-san y Akira-san? Él está desayunando allá abajo, feliz junto a Himura-san, quien también está muy contento.
-En cuanto a eso pretendo matar dos pájaros de un solo tiro.
-¿Tomoe y Kaoru?
-Sí, exactamente. – afirmó Shura con un brillo de malicia en los ojos - Sé cómo hacer que Ken-san piense que esas dos son unas interesadas y malintencionadas.
-¿Y eso es verdad, Madame? – quiso saber Kaede - ¿Ellas son así?
Shura la miró entre burlona y escéptica.
-¿Y desde cuando nosotras trabajamos con la verdad, Kaede? – le dijo - Aprende que la verdad es sólo una mentira bien contada. En este caso, bien contada por mí y por la hermanita tonta de esas dos. ¡Ese baile promete!
Por la tarde, la casa de los Kamiya era un hervidero de nervios y expectativa. Como eran pobres, las chicas tuvieron que coser nuevos apliques a sus vestidos de siempre para generar un poco de novedad e ir reciclando varios accesorios del baile anterior.
Kaoru se encontraba peinando la larga cabellera de Tomoe mientras ambas reían de la emoción.
-Y para variar, vas a ser la más linda de todas. – le dijo Kaoru mientras el peina pasaba por la fina cascada negra de su hermana mayor. Pero Tomoe no estaba muy convencida.
-Desde que volvimos a casa, Akira-san no me buscó más. – dijo con pena - ¿Será que se olvidó de mí? ¿Y que todas sus atenciones fueron producto de la gentileza?
-¡Si eso fue gentileza no logro imaginar cómo sería si estuviese enamorado!
-Y si soy tan bonita como ustedes dicen, ¿por qué nadie se casó conmigo? – preguntó Tomoe con tristeza.
Kaoru tenía la respuesta a eso, y una nueva pregunta.
-Porque nunca quisiste de verdad. ¿Quisiste? – le cuestionó dulcemente - Pero ahora la pregunta es: ¿Quieres? ¿Quieres o no quieres casarte con Akira Kiyosato?
-No todo el mundo es decidido con sus sentimientos como tú, Kaoru-chan. – dijo su hermana - Quisiera ser más como tú.
Kaoru detuvo su labor con el peine y dijo pensativa:
-A veces no soy esa Kaoru que describes.
Una vez más, Sakura Kamiya se encontraba en la gloria, como en el baile anterior. La única diferencia era que en esta ocasión, cuatro de sus hijas ya tenían pretendientes, todo un sueño. Faltaba Kaoru, pero ya pensaría en eso.
-¡Linda! – a Chizuru - ¡Linda! – a Misao - ¡Linda! – a Tokio - ¡Y tú también estás lindo! – a su marido - ¿Dónde están Tomoe-chan y Kaoru-chan? – Tomoe y Kaoru aparecieron ante el llamado de su madre; Tomoe con el vestido de Megumi. Kaoru decidió que se veía mejor en ella - ¡Qué linda estás, Tomoe-chan! ¡A este paso, Akira-san secuestra a algún monje de un templo cercano para casarlos! – estaba satisfecha - ¡Qué lindas mis hijas! ¡Y todas con pretendientes! – luego se dirigió a Kaoru, quien llevaba un simple pero bonito vestido azul - Es un alivio verte con vestido de mujer, Kaoru-chan.
-Mamá, sabes que no voy a repetir ropa en varios eventos, por lo menos los que son seguidos.
Escucharon que alguien llamaba a la puerta y Tomoe se agitó al asomarse para ver quién era.
-¡Es Akira-san! – exclamó.
Los Kamiya a pleno salieron en tropel para encontrarse con Akira Kiyosato, de pie junto a un lujoso carruaje, con la intención de llevar a Tomoe al baile. Pero no estaba muy contento.
-Quería dar una sorpresa, pero por lo visto no fui el único que tuvo esa idea. – dijo contrariado, cosa que se le pasó al ver a su Tomoe vestida como un ángel.
Detrás de él, había una tropilla de carruajes con sus respectivos propietarios a la busca de las hermanas. Inmediatamente después de Akira, estaba Enishi Yukishiro esperando a Chizuru. Hajime Saito por Tokio y un enojado Soujiro Shishio por Misao.
Sakura Kamiya pensaba que al fin podría morir en paz.
-¡Ay, Koshijiro! – chilló mientras sus hijas subían a los carruajes con sus respectivos acompañantes - ¡Nunca he visto una visión más magnífica como esta en toda esta vida de sacrificios!
Se fueron, dejando al matrimonio Kamiya y a Kaoru atrás, quienes iban a tomar un carruaje de alquiler. En ese momento apareció Megumi en el suyo propio.
-¡Vine a buscar a la última de las Kamiya para ir al baile! – exclamó vigorosamente - Kaoru Kamiya, ¿me daría el placer de su compañía?
-¡Será un honor, amiga mía! – respondió Kaoru con una reverencia, entre risas.
Megumi bajó del coche para ir a abrazarla, mientras sus padres se dirigían a su carruaje.
-Por lo que veo escogiste no usar el vestido. – observó Megumi mirándola con atención.
-La única elección que hice fue ser yo misma, independientemente de lo que suceda. – explicó Kaoru - Y lo que está sucediendo es que estoy enamorada.
-¿Y puedo saber de quién? – era ahora o nunca para Megumi.
-De Kenshin Himura.
-¡Himura-san! – gritó atónita, luego se tapó la boca con ambas manos para disimular su emoción - ¡Este baile promete demasiado!
-Y espero que prometa cosas buenas, porque lo que vi en las parejas de mis hermanas fue pura confusión… - contó Kaoru con una mueca de disgusto - Tomoe-chan y Akira-san parecen realmente enamorados. Misao-chan y Soujiro-kun parece que están peleados. Y Tokio-chan no gusta del Coronel del mismo modo que él gusta de ella. Y Chizuru-chan no necesita de ninguna receta, ella es siempre confusión…
-Faltan tú y Himura-san. – dijo Megumi con orejas de zorro - ¡Estoy convencida de que va a pedir cortejarte en el baile!
-Es probable lo que piensas. – suspiró su amiga, contenta - Creo que sí.
-¡Chicas dejen sus asuntos para después y vamos! – azuzó Sakura desde su carruaje.
-¿Y entonces? ¿El baile va a ir tal y como Akira-kun lo planeó? – preguntó Shura en la sala principal, donde sólo estaban ella y Kenshin.
-Sí, va a ir como él quiere. – afirmó él.
-Qué bueno, estoy feliz por él. – mintió la mujer - Ver a Akira-kun feliz es todo lo que quiero en mi vida. Lo que pasa es que tengo mucho recelo de aquello que hablamos sobre Tomoe-san. Pero como usted dijo, no tenemos pruebas.
-Pero igualmente un cortejo no es casamiento.
-¡Akira-kun debió hablarlo con su madre! – protestó Shura.
-Ésa fue una decisión de Akira y tenemos que respetarlo. – repuso el ingeniero - Además, es un asunto entre madre e hijo.
Shura lo miró con amor y de una manera tan sugerente que a Kenshin no le gustó.
-Ay, Himura-san. – suspiró ella - A veces pienso que ustedes los hombres son presas tan fáciles para esas mujeres entrenadas para la seducción. ¡Parecen niños! Usted no, claro. – dijo acercándose a él sensualmente - Me imagino que un hombre tan inteligente como usted, bien criado, miembro de la alta nobleza japonesa y habiendo visto el mundo nunca se enredaría con una campesina sin instrucción.
La incomodidad de Kenshin pasó a ser ira contenida; sabía muy bien de quién estaba hablando Shura.
-Justamente por conocer el mundo, creo que no debemos generalizar como usted está haciendo. – le dijo con frialdad - Y muchas de esas campesinas, como usted dice, son maravillosas e instruidas inclusive.
-Como las que andan con ropas andrajosas de entrenamiento.
-Shura-dono, creí que ya habíamos cerrado ese asunto. – gruñó Kenshin cuyos ojos dorados brillaban de manera peligrosa.
-Disculpe, usted es una persona muy buena y yo ya desconfío de todo el mundo. – se excusó ella acercándose aún más a él - Después de la muerte de mi bien amado esposo, pasé a desconfiar de la humanidad. Pero ver a un hombre como usted y su compostura, hace que vuelva a recuperar la fe en el ser humano. – dicho esto, le estampó un beso en la mejilla, cosa que descolocó al pelirrojo, quien se apartó bruscamente de ella.
-Su historia de vida es realmente muy dura. – dijo secamente - Gracias por las palabras. – y salió casi huyendo del lugar, sin querer pasar ni un minuto más al lado de esa molesta mujer.
Shura, en cambio, se sonreía satisfecha.
-Akira-kun no va a cortejar a nadie y tú vas a ser mío, Kenshin Himura, futuro Marqués de Kahoku. – dijo para sí, entrecerrando los ojos - Quieras o no.
Los invitados empezaron a llegar al gran baile de Akira Kiyosato. La mansión, reciente joya estilo occidental de la Era Meiji, estaba ornamentada con flores de todos los colores, telas finísimas haciendo juego y exquisiteces varias, todo obra de Shura. A la par, se preparaban en las cocinas para atender a los comensales, una tropilla de mozos, entre los que se encontraba Sanosuke Sagara, no muy contento con su nuevo trabajo temporal.
La gente estaba más impresionada con este baile occidental que con el de Megumi, solamente porque el castillo Katsura era de arquitectura tradicional japonesa, mientras que por el hecho de que la mansión Kiyosato era de estilo inglés, hacía que el aura occidental fuera más obvio. Los invitados pensaban al cruzar los portones que ya no estaban en Japón. (Referencia tomada para la Mansión Kiyosato de Hagi: la Mansión Ijinkan).
Kenshin se sonrió cuando vio llegar a una bellísima Kaoru Kamiya junto con la nieta del Barón Gensai. Se dirigió a saludarlas, y Megumi, sin tardanza alguna, se excusó diciendo que había visto a una conocida a lo lejos y desapareció, dejando a los otros dos solos en el hall.
-Megumi-dono está hoy más animada de lo normal. – observó Kenshin levantando una ceja.
-Ella tiene grandes expectativas de que el romance florecerá en este baile. – dijo Kaoru riéndose de su amiga - En cambio, yo tengo expectativas un poco más realistas.
Kenshin tenía unas ganas terribles de abalanzarse sobre ella y besarla, pero se aguantó viendo la llegada de más invitados. Gruñó para sí.
-Entonces necesitamos resolver eso. – se contentó con decirle - La última vez que estuvimos juntos me hiciste una pregunta, y es hora de responderla. Kaoru-dono, yo…
-¡Atención! – bramó Akira Kiyosato, el apuesto anfitrión - ¡Atención todos! Primero quiero darles la bienvenida a mis invitados, y retribuir a su cálido recibimiento aquí en la ciudad de Hagi con un baile. ¡Así que damos por comenzado el baile de los Kiyosato!
Se escucharon aplausos y ovaciones para el joven empresario, ya muy querido por los habitantes del pueblo.
-¿Qué tal si vamos a un lugar más tranquilo, para conversar? – propuso Kenshin, haciéndose oír por sobre el barullo.
Kaoru aceptó, y como todavía había luz del atardecer, decidieron ir a dar un paseo alrededor de las caballerizas.
A lo lejos, Shura y Kaede los observaban.
-Mírala, Kaede. – le dijo Shura a su criada, dividida entre los celos y el triunfo - Cree que va a dar un golpe maestro en Ken-san. Pero aquí la única que dará el golpe soy yo. Ken-san quiere una prueba de que Tomoe-san es una interesada, y la tendrá. ¡Este baile será sólo diversión! – cabeceó hacia la dirección donde estaba Chizuru - Y mantenla vigilada, para que la podamos utilizar en el momento exacto.
En el salón, comenzaba la tercera pieza del baile. Hasta ahora venía siendo una seguidilla de valses vieneses. Soujiro, muy serio, bailaba con una Misao a punto de llorar por la indiferencia de su novio. No podía culparlo; lo había dejado plantado delante de su mismísimo padre. Aceptaría cualquier reproche, pero no aguantaba su silencio.
-¿Sólo vamos a bailar o podemos conversar? – preguntó Soujiro bruscamente después de un rato, aliviando a Misao pero al mismo tiempo preparándola para el regaño.
-Perdóname por no entrar. – fue lo único que pudo decir ella.
Soujiro suspiró y la miró con amor. Qué rápido se le había pasado el enojo, y es que la naturaleza de Soujiro Shishio consistía en la paciencia y la tranquilidad. La gente a veces se preguntaba cómo un chico tan bueno podía ser hijo de semejante hombre como Makoto Shishio.
-Perdóname tú por no haberte buscado. – le dijo - Pero no entiendo tu silencio cuando se trata de la casa.
-Sabes que tengo una imaginación muy fértil… - tartamudeó Misao.
-¿Y qué fue lo que imaginaste?
-La fama de tu residencia es mala. – le explicó apenada - Siento decirte esto, pero tu padre no ayuda. Él no conversa con nadie en Hagi, no se integra a la sociedad. Y para ser mi primer pretendiente…
-¿Yo soy tu primer pretendiente? – interrumpió su novio, emocionado y con los ojos abiertos de par en par - ¿Entonces cómo no perdonarte? – se abrazaron pero ante las miradas de los demás rápidamente se separaron y siguieron bailando, ya contentos y animados.
Quien no estaba ni muy contento ni muy animado era Aoshi Shinomori. Saito le había ido con el chisme de que Megumi se traía algo entre manos para el baile, y según su amigo, era que ella misma sería su pareja durante toda la velada. Aoshi se conmovió un poco ante la idea de su amada Megumi siendo su pareja, pero al mismo tiempo sentía una creciente desconfianza, esas cosas no eran del estilo de la joven. Saito se acercó a fumar junto a él mientras contemplaba a Tokio hablando animadamente con unas amigas.
-No entiendo tu cara, amigo. – le dijo - Hoy hace un buen día y estamos muy bien acompañados.
-Sinceramente, no creo en esa historia de que Megumi será mi pareja hoy.
-Ella me dijo que no te quiere ver solo y que conoce tus sentimientos. – le dijo Saito.
-Es que eso es lo extraño, yo nunca le dije nada y ella nunca correspondió. – explicó Shinomori - Sólo es amistad.
-O eres tú quien no lo está percibiendo.
Pasando al lado de ellos, Shura guiaba a Kogoro Katsura hasta el escritorio de Akira para hablar con él en privado.
-Gracias por haber aceptado mi invitación. – le dijo mientras cerraba la puerta de la biblioteca.
-La verdad que su mensaje pidiendo disculpas me pareció muy gentil y convincente. – contestó Kogoro - Me pareció una buena oportunidad para limar asperezas.
-Pero yo veo otra buena oportunidad, ¿usted no?
El hombre captó en seguida lo que quiso decir Shura.
-Mi padre no quiere ni oír hablar de eso. – gruñó.
-Su padre. – enfatizó Shura - Pero con quien estoy hablando es con usted. Y me imagino que por eso aceptó mis disculpas. Y espero que a partir de ahora me vea como a una amiga y no como enemiga. – luego agregó - Y lo felicito por su hija; Megumi-san es una joven muy sofisticada.
-Mi hija ha sido criada con lo mejor.
Ése era el arma que necesitaba Shura para sus planes con las propiedades de los Katsura.
-Y veo que ella lo ama y admira mucho a usted, su padre. – empezó a decirle en tono meloso - Imagínese, cómo se va a sentir cuando descubra que lo perdieron todo, pobrecita. Es por eso que estoy aquí, para ayudarlo. Si usted acepta mi propuesta, Megumi-san no tendrá que pasar por la humillación de tener que vender todos sus vestidos y kimonos finos.
Kogoro Katsura quedó aterrado ante la visión de Megumi vendiendo sus pertenencias y peor aún, trabajando para vivir.
-Usted sabe que las cosas no dependen sólo de mí. – repuso al fin - Es mi padre, el Barón, quien controla las finanzas de la familia.
-Y usted como hijo tiene el derecho de hacer que el Barón tome la decisión correcta. – le insistió Shura, viendo que había dado con el punto débil del ex Ishin Shishi - Por el futuro de la familia Katsura.
La aludida Megumi paseaba por el salón del brazo de Tokio y de Tomoe; era hora de dar su veredicto a sus parejas.
-Como casamentera casi oficial de Hagi, quiero aprovechar este baile para analizar la situación sentimental de cada una de las hermanas Kamiya. – dijo con suficiencia.
-Akira-san es naturalmente muy atento, pero… - empezó Tomoe sonrojada.
-¡Pareces boba! – le interrumpió Megumi, harta de la modestia de su amiga - Se le nota a leguas su preferencia por ti. – se volvió a la otra joven - ¿Y tú, Tokio-chan? Por lo que veo tu amistad con el Coronel Saito está creciendo cada día.
-Pues usaste la palabra correcta, Megumi-chan. – le contestó Tokio - AMISTAD, y nada más. El Coronel es muy gentil, sólo eso.
-Me pone triste saber que es sólo una amistad. – se lamentó Megumi - El Coronel es una persona muy respetada por todos y se merece una mujer como tú.
-Pero no sé si YO merezco un hombre como él.
-¿Por qué dices eso, hermana? – le preguntó Tomoe.
Tokio se armó de paciencia y con un suspiro se dispuso a decir lo que pensaba del respetabilísimo Lobo de Mibu. En ese momento, Saito pasaba por detrás de ellas, y al escuchar su nombre, se ocultó cerca de las jóvenes para escuchar la conversación.
-Sé que para ustedes es difícil de entender pero el Coronel Saito es el tipo de hombre del que todos hablan bien pero por el que la gente menos se preocupa. – explicó - Con el que a todos les encanta encontrarse, pero que después se olvidan de conversar con él.
-No hables así, Tokio-chan… - se escandalizó su hermana mayor.
-¿Acaso fui demasiado cruel?
-Injusta tal vez. – le dijo Megumi.
-Aunque jamás le diría eso a él, es la verdad. – prosiguió Tokio - Yo quiero un hombre que abrace el mundo, no que tenga miedo de él. Me da la impresión de que el Coronel es un hombre demasiado serio como para llevar una vida de aventuras.
Megumi quería hacerla entrar en razón, pero en ese preciso momento tenía que encargarse de su mejor amigo.
-Es hora de darle la sorpresa a Aoshi-san, con permiso. –dijo y se dirigió a donde estaba él.
Saito encendió un cigarrillo y se quedó un rato fumando en el rincón, pensativo, mientras con una mano rechazaba la bandeja de bocadillos que le ofrecía el aún fastidiado Sanosuke.
-Y mi padre creó entonces el estilo Kamiya Kasshin, la espada que protege la vida – explicaba Kaoru – Nuestra premisa es protegernos a nosotros mismos sin dañar a nadie y también proteger al enemigo. Todos se reían de él, pero pudo lograr ser el ejemplo viviente de un espadachín que no necesita matar por un ideal. – terminó, henchida de orgullo hacia su padre.
Kenshin escuchaba fascinado las proezas del padre de Kaoru. Su admiración hacia él crecía cada vez más, así como su envidia hacia la manera de vivir y decidir de Koshijiro Kamiya. En parte se sentía mal pues él mismo había sido el mayor asesino de la historia de Japón, creyendo que tomar vidas era necesario en pos de la nueva era. Ni él mismo sabía el número de sus víctimas, entre asignaciones, testigos y gente corriente a la que mataba por placer. Sintió vergüenza ante el señor Kamiya, que con su simpleza y su constancia pudo lograr más que él mismo. Porque mientras Battousai había logrado la paz en Japón, Koshijiro Kamiya había logrado la paz consigo mismo y la amistad y el cariño desinteresados de la gente y su familia. Era un hombre bueno al que no se le podía reprochar absolutamente nada.
-Como no tenía un heredero varón a quien transmitir el estilo (los únicos parientes lejanos hombres que tenía se burlaban de su utopía), y viendo que yo sí quería aprenderlo, decidió entrenarme de pequeña. Se supone que ya debería ser maestro al dominar el estilo, pero como soy mujer y ningún dojo quiere tomarme como ayudante y así validar mi título de maestro, pues aquí estoy. Y a eso agrégale que ya no tenemos dojo. – prosiguió con tristeza – Mi hermana Tokio había empezado a entrenar a la par conmigo cuando éramos niñas, pero mi madre logró convencerla de que esas cosas no eran para señoritas y terminó dejando. Una lástima, era una buena kendoka y realmente lo disfrutaba.
-Quien ama el kendo terminará volviendo a él – le dijo Kenshin.
-¿Tú manejas algún estilo? – le preguntó Kaoru – Escuché que eres de una familia de espadachines, pero sólo eso.
Kenshin suspiró aliviado. No quería que Kaoru supiera que él era el asesino Battousai. No todavía.
-Sí. Fue un estilo creado hace cientos de años y transmitido de padre a hijo – explicó sin muchas ganas – Es una técnica de gran velocidad que te permite arreglártelas fácilmente con varios oponentes al mismo tiempo. Pero últimamente se terminaba pasando de una generación a otra por tradición, ya no se la usa. – mintió, obviamente omitiendo de que se trataba del Hiten Mitsurugi Ryu, la técnica asesina.
Kaoru lo miraba boquiabierta. Jamás pensó que existiera una técnica que permitiera enfrentar a varias personas al mismo tiempo. Quería preguntarle más, pero Kenshin, percibiendo su interés, la llevó a las caballerizas a admirar a los equinos de Akira. Le señaló el caballo que él solía montar.
-Bonito, pero yo prefiero mi caballo. – dijo Kaoru acariciando al animal.
-Claro, si hasta hablas con él. – se burló Kenshin, más animado - Me pregunto qué diría ahora: "Creo que deberían aprovechar que están solos y darse un beso". – dijo impostando la voz.
-¿Y crees que diría eso?
-Sí, lo creo. – respondió él acercándose cada vez más a ella - Y que me gustas mucho.
-Pero no estoy muy segura de que él piense que me gustas tanto como para darte un beso. – repuso Kaoru, poniéndosela difícil.
-Pues deberíamos ir a tu casa y preguntarle qué siente la dueña al recibir varios besos de Kenshin Himura. – dijo él, tomándola por la cintura y besándola suavemente.
Kaoru rompió el beso y lo miró con atención.
-De lo que estoy segura que mi caballo querría saber es la respuesta que Himura-san iba a darme a la pregunta que le hice. – le dijo.
Kenshin rió, feliz. Era hora de su propuesta y nada ni nadie lo iba a arruinar.
-En ese caso debería hacerte otra pregunta. – dijo en tono solemne - Kaoru Kamiya, ¿aceptarías que te corteje?
Kaoru se quedó estática por un momento. Si bien lo esperaba, igualmente le había tomado por sorpresa. Estaba dividida entre el amor de un hombre, de ese hombre y la realización de sus sueños. Pero pensándolo bien, no veía que él llegara a ser dominante en ese sentido y que no le permitiera ser independiente y lograr sus objetivos. Ella le había dejado en claro la clase de mujer que era y el joven tuvo tiempo para echarse para atrás, pero allí estaba, pidiéndole que fuese su novia. Y dejó que su corazón hablase.
-Sí. – aceptó emocionada, haciendo feliz a Kenshin, quien la levantó y empezó a dar vueltas como un loco - Creo que deberías saber que soy una mujer un poco extraña, que tengo ambiciones que algunas personas consideran inadecuadas. – agregó, algo mareada por las vueltas.
-Y que tú consideras la búsqueda de tu lugar en el mundo. – le dijo él, dándole besos cortos.
-Sí, pero no quiero hablar de eso ahora.
-Ya tendremos tiempo entonces. – concordó el pelirrojo - Quiero saberlo todo sobre Kaoru Kamiya.
Estaban a punto de besarse nuevamente, cuando la voz chillona de Chizuru los sacó del momento.
-¡Kaoru-chan! – llamó Chizuru - ¡Mamá te está buscando por todos lados!
Venía acompañada de Enishi. Kaoru sintió que el ingeniero se tensaba a su lado.
-Enishi… - masculló Kenshin con ojos asesinos. Kaoru se asustó al verlo así.
-Battousai… - murmuró Enishi Yukishiro, desafiante.
-¿Ustedes se conocen? – preguntó Kaoru, que no podía más de la curiosidad. Además, Enishi lo había llamado Battousai. Le pareció que había escuchado ese nombre antes, pero no sabía de dónde. ¿Pero por qué lo llamó así?
-¿Enishi-kun y Himura-san se conocen? – Chizuru repitió la pregunta de su hermana.
-Con permiso, señoritas. – dijo Kenshin bastante descompuesto y con el rostro desfigurado de la ira. Se inclinó rápidamente y se fue. Kaoru lo veía alejarse sin entender nada.
-Les pido perdón por haber causado esta situación. – se inclinó Enishi ante Kaoru, apenado por la escena.
-No es culpa tuya; lo será de ese Himura-san. – protestó Chizuru, haciendo pucheros.
-¿No es mucha falta de educación preguntar qué fue lo que sucedió aquí? – preguntó Kaoru, cada vez más confundida.
-Sería poca mi delicadeza al hablar de su amigo.
-Ése Himura-san no es amigo nuestro. – siguió quejándose Chizuru - Es más, no entiendo cómo Akira Kiyosato, tan amable y simpático, sea amigo suyo.
-Yukishiro-san, ¿qué tiene que decir del carácter de Himura-san? – quiso saber Kaoru, ignorando a su hermana.
Enishi tomó una bocanada de aire y se dispuso a contar algo de su situación con Kenshin Himura.
-Nos conocimos cuando éramos más jóvenes y no nos separamos en los mejores términos. – dijo - A pesar de toda la educación que recibió, Kenshin no ha querido cultivar o respetar sentimientos nobles para con sus amigos. Y particularmente si uno interfiere en sus intereses personales.
Eso provocó que Chizuru se enfureciera con ese tal Himura-san y empezara a exclamar todo tipo de improperios en su contra. Escandalizada, Kaoru le lanzó una mirada de advertencia que la hizo callar.
-Entiendo su incomodidad. – dijo haciendo una inclinación ante Enishi - Gracias por la sinceridad. – y se alejó del lugar.
-¡Aoshi-san! – llamó Megumi. Él quedó embobado viéndola con su vestido blanco con volados.
-¡Megumi! – exclamó ruborizado - ¡Estás muy linda!
-Gracias, pero no estoy aquí para hablar de mi belleza. – dijo ella coquetamente - Sino para hablar de ti.
-¿De mí?
-Sí, creo que a lo largo de los años nuestra amistad fue creciendo. – le dijo con cariño. Aoshi se estremeció - Siempre a mi lado, creo que desarrollamos una intimidad muy particular, ¿no lo crees?
-Sí, creo que sí. – concordó él, pensando que al fin se le daría la oportunidad de sincerarse con ella - Y me pone feliz que pienses eso.
-Y es por eso que me tomé la libertad de hacerte una sorpresa. Es que eres una persona tan especial para mí…
-Megumi, yo siento lo mismo, y no me creo que esto esté sucediendo de verdad. – dijo él, emocionado y tomándole las manos.
-¡Llegó la hora de presentarte a tu pareja! – anunció ella feliz, y librándose del agarre de Aoshi, se hizo a un lado para dar paso a Sayo Amakusa, quien estaba ansiosa por verlo.
A Aoshi casi le dio algo. No podía ser, el mismo escenario que el baile que ella ofreció en su casa.
-¿Sayo? – balbuceó - ¿Sayo Amakusa?
-¿Cómo está, Shinomori-san? – saludó ella delicadamente - Ya estaba lista para ir de viaje cuando Megumi-san me llamó diciendo que a usted le gustaría esta sorpresa.
En ese momento el amor de Aoshi se transformó en furia hacia Megumi.
-¿Yo? Claro…claro que sí… - alcanzó a farfullar.
-Los dejo a solas, aprovechen el baile. – dijo Megumi, alejándose del lugar.
Después de un rato cumplimentando a Sayo Amakusa con conversaciones triviales y alguna que otra pieza de baile, Aoshi localizó con la mirada a Saito, y se disculpó para poder ir a hablar con él. Saito lo había visto y lo esperaba con una expresión decepcionada y fumando como un loco.
-¿Qué hace Sayo-san contigo? – le preguntó a su amigo - ¿No tenías que estar con Megumi-san?
-La sorpresa de Megumi no tenía nada que ver con ella. – le explicó Aoshi con amargura - Llamó a Sayo-san para ser mi pareja en el baile.
-Eso quiere decir que entendí todo mal. Perdón, amigo mío. – se lamentó Saito - Yo pensé que hoy serían un gran día para los dos, pero fue el día de la derrota. Escuché una conversación entre Tokio-san y Megumi-san (¡está metida en todo!), y ella pasa de mí. Me considera una persona poco interesante y sin pasión por la vida.
-El problema es que eres cerrado y las personas terminan confundiéndose con eso.
Y a Saito se le prendió la lamparita y en el proceso otro cigarrillo.
-¡Ahí está! – exclamó esperanzado - ¡Necesito contarle a Tokio-san sobre Arashi y las carreras! ¡No, necesito mostrarle!
-Creo que a ninguna joven le gustaría saber que su pretendiente arriesga su vida semanalmente. – le advirtió Aoshi.
Saito rechazó esa idea de su amigo.
-Tokio-san no es de esas jóvenes. ¡Ella tiene sangre corriéndole por las venas! ¡Hoy mismo le cuento sobre las carreras!
Desde su mansión en Tokio, Ikumatsu Kiyosato salió vestida completamente de negro, con velo y guantes del mismo color, y llevando un gran ramo de rosas rojas. Subió a su elegante carruaje con expresión grave e indicó al chofer que fueran al cementerio. Una vez allí, la mujer se dirigió al panteón de la familia Kiyosato, donde descansaba Jubee Kiyosato, su difunto esposo y padre de Akira. El cuidador del lugar la recibió con ceremonia.
-Es bueno verla, Kiyosato-san. – le dijo - Todos los meses el mismo día.
-Como viuda nunca olvidé a mi finado marido. – dijo ella, con voz apagada y el rostro cubierto por el velo negro.
-La dejo para que tenga más privacidad. – dijo el hombre y se alejó.
Ikumatsu lo miró alejándose por un rato, y luego, tranquilamente sacó una tijera de su bolso y empezó a cortar las rosas de sus tallos, mientras tarareaba una canción. Terminada su tarea, sacó de los jarrones las plantas marchitas y las renovó poniendo los tallos sin los pimpollos. Se levantó el velo y miró la tumba de su marido con odio, a la vez que las lágrimas empezaban a correr por su rostro.
-Listo. Sus espinas están renovadas, Kiyosato-sama. – dijo con voz queda para luego quebrarse y exclamar - ¡Canalla! Nunca tuve el coraje de hablar en voz alta. ¡Siempre tuve todo aquí atravesado en mi garganta pero hoy vas a escuchar! ¡Ahora no tienes cómo huir, desgraciado! ¡Maldito! ¡Espero que estés ardiendo en el infierno! – empezó a reír como una histérica - ¡Lo único que lamento es que no estés aquí para ver mi éxito! ¡Es lo mínimo que te mereces! – se tranquilizó al cabo de un rato y recogió sus cosas - Vendré el mes que viene, monstruo.
Y se dirigió a la salida donde la esperaba su carruaje; no se secó las lágrimas, para que todo el mundo la viera en su papel de viuda digna.
Tomoe buscaba a Kaoru por toda la mansión. Su madre la estaba buscando desde hacía un rato y la joven no aparecía. De repente, le pareció escuchar un murmullo proveniente de la biblioteca, y sin pensar, fue a averiguar qué pasaba. Entornó un poco la puerta para no sorprender a nadie y lo que vio la dejó confundida. Akira estaba parado frente a un gran espejo, nervioso, con un gran ramo de flores de ciruelo blanco en la mano y una cajita en la otra. Se quedó quieta, escuchando atenta lo que ensayaba el muchacho. Y se quedó de piedra cuando pudo oírlo con claridad.
-Tomoe, espero no estar precipitándome, querida. – le decía Akira al espejo - Pero desde la primera vez que te vi y fui contemplado con tanta belleza, dulzura y gentileza, no consigo estar ni un minuto más lejos de ti. – con un dedo abrió la cajita, donde había un reluciente anillo y se lo ofreció a su reflejo - Por eso te voy a hacer la pregunta más importante de mi vida: ¿aceptarías que te corteje para luego casarte conmigo? – así de rápido quería hacer las cosas él, estando profundamente enamorado.
