Primero que nada, agradecer a Guest, Pjean y Taishou por sus comentarios. Que les guste la historia y la aprecien realmente me motiva para seguir con ella. En serio, gracias.


Mientras Kaoru y Kenshin se miraban el uno al otro, Enishi recuperó la conciencia y empezó a gemir de dolor, exagerando el ataque de Kenshin. El pelirrojo desvió su mirada hacia él, llena de desprecio.

-¡Te conozco! – le gritó - ¡Y sé que no te levantarás de allí para defenderte, canalla!

Tokio había ido al pueblo muy temprano para hacer unas compras para la casa, y al pasar por ahí y ver que había dos hombres peleando (más bien, uno golpeando al otro), se detuvo. Vio con extrañeza que Kaoru estaba entre ellos, gritándoles que se detuvieran. Se extrañó aún más de ver a Kenshin Himura pareciendo un demonio atacando a su víctima, y terminó por aterrarse al ver que esa víctima era Enishi Yukishiro. Se abrió paso hacia ellos.

-¡El mismo arrogante de siempre! – gemía Enishi, desparramando por todos lados la sangre de su rostro. Exageró aún más su dolor al ver a Tokio inclinarse para atenderlo.

-¡Nunca más abras la boca para hablar de mi hermana! – bramó Himura con odio dorado en sus ojos - ¿Me escuchaste?

Kaoru, quien también se había acercado a ver el estado del joven poeta, se volvió y enfrentó a Kenshin, con miedo en su voz.

-¡Debí haber confiado en mis primeras impresiones sobre ti! – exclamó ella.

Al ingeniero le dolió el reproche. Pero le dolió aún más el tono miedoso con que se expresó, como si él en un arranque de locura fuera a matarlos a todos. Ya no era el monstruo que supo ser en el pasado. Pero a pesar del dolor, apretó la quijada y controlándose, le respondió en tono calmo:

-Discúlpame, Kaoru-dono, pero éste es un asunto entre él y yo. – se dio la vuelta para irse - Con permiso.

Mientras Tokio ayudaba a Enishi a subir a su habitación para atender sus heridas, Kaoru observaba al pelirrojo subir su carruaje e irse, con sentimientos encontrados.


Luego de desayunar con Sayo Amakusa, Megumi resolvió ir a hacerle una visita a Aoshi. Primero para intercambiar impresiones sobre el baile y los acontecimientos derivados, y segundo, porque toda esa posibilidad de que su amigo estuviese interesado por otra mujer le quitaba la tranquilidad. No sabía muy bien por qué le molestaba. Si porque ella al ser la casamentera del pueblo no era capaz de manejar esa información de alguien cercano; si porque justamente al ser su mejor amigo no confió en ella desde un principio; o si era otra cosa. Pero lo iba a descubrir.

Al bajar de su carruaje con su hermoso kimono púrpura con flores de sakura, Aoshi salió a recibirla con cara de pocos amigos. Ella ni se inmutó, él siempre actuaba de ese modo.

-¡Ay, Aoshi-san…! – iba a comenzar con su perorata.

-Megumi, ¿por qué quieres unirme a otra mujer? – le interrumpió él directamente y con un tono de voz helado.

Megumi frunció el ceño, sorprendida.

-¿Qué pregunta es esa, Aoshi-san? – le dijo - Quiero verte con otra mujer para verte feliz. Nadie es completamente feliz estando solo.

-¿Y tú? – preguntó él - También estás sola…

La confusión de Megumi crecía cada vez más.

-Ehhh… ¿Será que podemos conversar adentro? – sugirió incómoda - No está bien visto hablar en la puerta.

-Sí…claro… - respondió Aoshi, recobrando los modos.

Rato después, en la bella sala estilo francés de la mansión de Aoshi y con finas tazas de té de por medio, retomaron su atropellada conversación.

-Ya entendí tu pregunta. – concluyó Megumi - ¿No te gusta Sayo-san?

-No es eso. – respondió Aoshi, taciturno - Sayo-san es una buena persona.

-¿Entonces es porque la invité al baile para ser tu pareja, sin tu consentimiento?

Aoshi la observó intensamente.

-¿Realmente crees que es ése el problema? – preguntó algo decepcionado.

-Si no eso, ¿qué más podría ser? ¿Una mujer? – Megumi llegaba al punto que más le interesaba - ¿Aoshi-san, estás interesado en alguien más?

Aoshi abrió los ojos de par en par, creyendo que Megumi al fin se daba cuenta de su amor por ella. Eso le daba esperanzas.

-Hasta que por fin te diste cuenta… - murmuró.

-¡Entonces Sayo-san estaba en lo cierto! – exclamó Megumi triunfante, golpeando con un puño la palma de su mano - ¿Cómo no me di cuenta antes?

-¿Sayo-san?

-Te explicaré: me reuní con Sayo-san para hablar del baile, y ella me dijo que tuvo la impresión de que tal vez tú tienes otro interés amoroso. – explicó la joven.

Y las breves esperanzas de Aoshi se desinflaron. Megumi no se había dado cuenta de nada. Fue otra persona.

-¿Entonces fue Sayo-san quien percibió eso? – preguntó desganado - ¿Y te dijo quién podría ser?

-Claro que no. – rió Megumi, que no captaba nada - Sino no estaría aquí preguntándote, así que responde: ¿por quién estás interesado?

-¿Si fuera por la propia Sayo-san no dirías nada? – quiso saber el joven abogado mirándola fijamente.

-¡Claro que no! – exclamó la chica alegremente - Sólo quiero verte feliz.

Y cualquier posibilidad futura de que Megumi llegara a sentir algo más que afecto fraternal hacia él, fueron barridos de un escobazo. Aoshi sintió su corazón hacerse pedazos, aunque no dejó que eso se reflejara ni un poco en su rostro, que seguía impávido ante una alegre Megumi. Suspirando por dentro y lastimado, decidió mentir para que el asunto quedara en el olvido y la joven dejara de curiosear.

-¡Es eso! ¡Me gusta Sayo-san! – exclamó, no muy seguro de ser convincente, ya que nunca le había mentido a ella - Es que en el baile no sabía cómo comportarme estando cerca de ella…

-¡Qué bueno! – exclamó ella radiante.

-¿De verdad, Megumi? – preguntó él cada vez más destrozado.

-¡Estoy muy feliz por ti! – la chica saltaba de felicidad, sin sospechar el daño que eso hacía en el joven - ¡Cuéntame todo!

Y aún revolcándose internamente en su dolor, Aoshi tuvo la sangre fría para tomar una decisión determinante sobre la hora y que con suerte, pondría fin a su agonía.

-No puedo, Megumi. – contestó con voz extrañamente ronca - Tengo un viaje de negocios en Kioto en puerta y ya me estoy preparando. Y no estoy seguro de volver. – en realidad, tenía programado el viaje desde antes; la única diferencia era que hasta ese momento sí pensaba volver a Hagi.

Megumi dejó de festejar para mirarlo con horror.

-¡¿Por qué?! – se alteró.

-No tengo nada ni nadie que me retenga aquí aparte de los negocios. – respondió él con su acostumbrada frialdad.

Megumi no podía creer lo que escuchaba. ¿Nada que lo retuviera? ¿Qué había de su amistad? Sintió que el mundo se le venía abajo. Primero la situación de Tomoe y Akira; luego la de Kaoru y Kenshin, con el agravante de la conversación que ella escuchó entre él y sus amigos; y ahora Aoshi la dejaba a la deriva.

Megumi nunca fue de tener muchos amigos, debido a su posición de nieta del Barón de la región, cosa que no le permitía hacer amistades con todo el mundo en Hagi. A excepción de las Kamiya, que aunque pobres, era hijas de un samurái descendiente de una familia de abolengo, y era muy respetado por su padre y su abuelo. A los gemelos Shishio, los otros niños ricos de la zona, su padre apenas les dejaba ir a sus cumpleaños y los mantenía enclaustrados en su palacio (y el hecho de ser hombres no ayudaba mucho para Megumi, ya que no tendría tantas confidencias con ellos). Y ahora con Sayo Amakusa parecía florecer una amistad, aunque la joven se la pasaba más en Shimabara debido a su frágil salud.

Pero Aoshi… ¡Se conocían de niños! La madre de Megumi era la mejor amiga de la madre del muchacho, sin contar que el padre de Aoshi también fue el abogado encargado de administrar las tierras del Barón hasta su muerte. Por lo tanto, estuvieron juntos desde que nacieron. Y aunque la profesión del joven le obligaba a ir y venir constantemente de un lugar a otro, Hagi siempre había sido su lugar de pertenencia. Siempre volvía allí, a ella. Y ahora se iba… y no sabía por qué, porque ese cuento de que nada lo retenía no se lo comía.

Sospechaba que tenía algo que ver con todo el embrollo con Sayo Amakusa, pero necesitaba reflexionar sobre eso. Además, se sentía despreciada como amiga. Con ojos brillantes de enojo y tristeza, Megumi miró a Aoshi.

-No entiendo la razón de tu cambio repentino de actitud, amigo mío. – dijo con voz quebrada pero digna - Pero quiero que sepas que me decepcionas. – se levantó del sofá y tomó sus cosas - Hasta luego. – y salió corriendo de allí.

Aoshi observaba desde la ventana a la joven alejarse en su carruaje.

-La razón es muy simple, Megumi. – murmuró el joven - Te amo…


Shura observaba a Ikumatsu Kiyosato bajar la imponente escalera de la mansión para reunirse con ella en la sala. Llevaba un vestido victoriano negro con mangas largas, símbolo de su perpetua viudez. Y aun así lucía hermosa. Los ojos de Shura, quien llevaba un vestido del mismo estilo pero más sencillo y colorido, destellaron con odio y envidia.

-¿Cómo está nuestro Akira-kun? – preguntó, fingiendo interés.

-De la misma manera en que lo dejaste: destruido. – respondió Ikumatsu con frialdad - Pero no hay mucho que hacer, sólo darle tiempo al tiempo. De lo que quiero hablar es de nuestro otro asunto: si el Barón aceptó un encuentro.

Ambas se sentaron sobre los mullidos sofás de la sala. Shura tomó aire para explicarle la situación.

-El Barón demostró ser hostil, Ikumatsu. – dijo - Por eso pensé que Kogoro Katsura, su hijo, puede ser una mejor estrategia.

-¿El mismo hijo que no sabía que su familia estaba al borde de la ruina? – se burló la empresaria. En Tokio no había perdido el tiempo y averiguó todo sobre las deudas de la familia Katsura y otras cosas más, como por ejemplo el hecho de que el hijo del Barón y actual presidente de la Asamblea de Gobernadores Prefecturales no tuviera ni idea de los movimientos económicos del padre.

En ese momento fueron interrumpidas por un portazo. Era Kenshin Himura, quien llegaba con un humor de los mil demonios y resoplando como si le fuera a dar algo. Era tal su furia que ambas mujeres lo miraron sobresaltadas.

-¡Himura-san! – se preocupó Shura - ¿Está usted bien?

-Lo estoy… - contestó él secamente mientras subía por las escaleras - Problemas personales, nada de qué preocuparse… - y desapareció de la vista.

-Salvo algunos, estoy cada vez más convencida de que estamos rodeadas de hombres débiles, que sólo dependen de nosotras. – comentó Ikumatsu después de que el pelirrojo saliera de su campo de visión. Desde luego ella no creía que fuera un hombre débil, sólo lo consideraba algo desatado al ceder ante ese humor tan especial que tenía. Luego miró a Shura - Y las mujeres aprovechamos eso, como aprovecharemos al Barón y a su hijo acomodado. – terminó con una sonrisa maliciosa.


-¿Y qué otra cosa dijo Yukishiro-san? – preguntó Megumi sin mucho interés, aún pensando en Aoshi.

Después de la trifulca entre Kenshin y Enishi esa mañana, y de ayudar a Tokio a cuidar del herido poeta, Kaoru decidió hacerle una visita a Megumi para exponerle el asunto. Se encontró con ella camino a su castillo, con la mirada perdida y diciendo que se encontraba bien ante sus preguntas. Una vez en el castillo Katsura, Kaoru le contó los hechos, omitiendo la parte de Battousai.

-Que cuando Kenshin descubrió el amor entre él y su hermana, hizo que su padre los despidieran a él y a su padre. – siguió explicando Kaoru, pensativa - Además le prohibió a su hermana hablar con Enishi-san. En fin, no permitió que un joven sin fortuna cortejara a su hermana. ¿No te suena familiar? – agregó con enojo.

-Parece que Akira-san pensó lo mismo de nuestra querida Tomoe-chan. – reflexionó Megumi - Pero es diferente. Una mujer sin posición no es necesariamente un problema, ya un hombre…

-¡No, Megumi! No estoy de acuerdo contigo. – le interrumpió Kaoru de manera categórica - Pero la pregunta es: ¿será que jóvenes ricos como Kenshin y Akira-san se divierten manipulando los sentimientos de jovencitas vulnerables?

Su amiga la miró entrecerrando los ojos.

-¿Y tú te estás incluyendo en ese grupo? – preguntó.

-¡Claro que no! ¡Sé cuidarme sola! – exclamó Kaoru ruborizada - Estoy hablando de jovencitas como Tomoe-chan. Estoy hablando de Tomoe-chan, Akira-san, Kenshin y su hermana. La verdad, me es difícil de imaginar que el Kenshin que conocí hace unas semanas sea capaz de tanta crueldad.

-Si fue lo que dijo Yukishiro-san…

-¡Pero no conozco a Enishi-san! – insistió Kaoru - Me encantaría escuchar eso de alguien que no tenga por qué mentirme. ¿Pero quién?

Megumi la miró con nerviosismo, pues sabía que era la única persona que conocía la verdadera cara de Kenshin Himura y en cuya palabra Kaoru confiaría. Pero se le notaba tan enamorado al pelirrojo, y sobre todo ilusionada a su amiga, algo nunca antes visto fuera del kendo, que sabía que si abría la boca para contar lo que había descubierto, ese noviazgo de novela se iría a la borda. Pero Kaoru merecía saber…

-Tanuki-chan, yo… - empezó a decir, mientras recordaba la conversación.

Flashback

-Todo indica, amigo, que Tomoe-dono puede ser una interesada intentando dar un golpe. – le dijo Kenshin a su amigo - Lo lamento, Akira, pero no puedes casarte con ella.

Fin flashback

-Dime, Megumi. – la instó Kaoru.

Pero movida por un misterioso impulso, la nieta del Barón decidió no revelarle nada.

-Ehhh, quedé muy preocupada por Tomoe-chan, me gustaría hacerle una visita… - terminó diciendo, sintiéndose culpable.

Kaoru, Kenshin, Akira, Tomoe, Aoshi… qué mal día era para ella.


Para quien también era un mal día era para Aoshi, quien le expresaba a su buen amigo Saito la situación amorosa con Megumi. El Lobo de Mibu se sorprendió al ver al impasible abogado en un estado de alteración raro en él.

-¡Megumi me dijo que si yo amara a otra mujer estaría feliz por mí! – se descargó Aoshi entre ofendido y herido - ¡Y me dice "amigo", cosa que yo encuentro insultante!

-Lo siento mucho, Aoshi. – dijo Saito, largando una bocanada de humo - ¿Entonces te vas a Kioto?

-En Kioto está mi casa, Saito. – respondió Aoshi poco animado - Vengo aquí más por Megumi que por mis clientes.

-Pienso que tienes razón. – suspiró el coronel - ¡Basta de sufrir por un amor no correspondido!

-¿Eso quiere decir que también vas a desistir con Tokio-san? – preguntó el abogado con curiosidad.

-Antes de tomar cualquier decisión, necesito preparar mis ideas. – contestó Saito triunfante mientras se acomodaba los guantes.


-Creo que su rostro está mucho mejor. – diagnosticó Tokio al inspeccionar el rostro magullado de Enishi. Ambos estaban en la habitación del poeta.

-No sé cómo agradecerle la gentileza. – dijo un adolorido Yukishiro.

-No tiene nada que agradecer, ya vendrá Chizuru-chan a atenderlo mejor con sus bromas. – dijo Tokio como si nada.

-Chizuru… - suspiró Enishi poniéndose de pie - Aún no sé cómo resolver eso…

-¿Resolver qué? – se extrañó la joven.

-Que ella tiene sentimientos por mí.

-¿Y acaso usted no los tiene hacia ella?

-Es que ella es muy diferente de la clase de compañera que estoy buscando. – repuso Enishi con voz galante y acercándose a ella.

-¿Y qué es lo que Yukishiro-san espera de una compañera? – preguntó Tokio sonrojada como un tomate.

-Que sea alguien de espíritu indomable, y que entienda a fondo los sentimientos como el amor. – respondió el joven mirándola fijamente.

-Parece algo difícil de encontrar… - murmuró la chica. Para cambiar de tema, dirigió su vista hacia unos dibujos que el poeta tenía esparcidos por la pared - No sabía que conocía tantos artistas. – comentó.

Enishi sonrió ante el nerviosismo de la joven Kamiya.

-Sí, por mis andanzas por Tokio, Kioto, Nara…son todos grandes artistas y amigos míos. – le explicó - Esa pintura de allí es de un gran pintor, Tsunan Tsukioka. – a continuación, la miró con avidez.

-¿Por qué me mira así? – preguntó Tokio, entre nerviosa y esperanzada.

-Por sus ojos. – contestó él llegando junto a ella. La guió hasta quedar ambos frente a un espejo - Si usted mira bien y profundamente, va a ver lo que yo vi. – le dijo por detrás mientras ambos miraban sus reflejos y él la tomaba de los hombros.

-¡Tengo que irme! – chilló Tokio zafándose del agarre del poeta y corriendo de lugar. No daba más de los nervios.

Enishi sólo sonreía mientras se sobaba el rostro adolorido.


Saito preparaba a Arashi para correr la próxima carrera, esta vez en el Monte Tenguyama. Una vez a galope, ambos dejaron atrás a la mayoría de los participantes; Saito estaba orgulloso de su Arashi, cada vez estaba más fina al correr. Al cabo de un rato entraron a la última vuelta, con clara ventaja para ser vencedores. Pero no estaban solos en la disputa por el puesto. Shogo Amakusa, quien había vuelto de un viaje de negocios que lo había dejado fuera del baile de Akira Kiyosato, montaba su caballo peligrosamente cerca de ellos. Llegado un momento, estuvieron cabeza a cabeza mientras se acercaban a la meta, y Amakusa no tuvo mejor idea que acercarse aún más a sus contrincantes para darle una patada a Arashi en el vientre, desatando la furia de Saito, y de paso desconcentrándolo, ya que provocó la inestabilidad de la yegua y el coronel apenas pudo controlarla. Fue así que Shogo Amakusa ganó la carrera.

Después de bajar y cerciorarse de que Arashi estuviera bien, Saito fue donde estaba el organizador, quien controlaba los pormenores de la carrera, a hacer su descargo y acusación hacia Amakusa. El aludido también se acercó a ellos.

-¡Usted no puede dejar que esto se quede así! – gritó Saito al hombre - ¿Lo vio? ¡Intentó lastimar a mi yegua!

-¡Lo que vi fue un casi toque! – decretó el organizador.

Si las miradas mataran, el pobre hombre hubiera caído redondo ante la mirada de Hajime Saito.

-¡¿Casi toque?! – bramó el coronel.

-Es más Saito-san, me parece más culpa suya que de Amakusa-san.

-¡¿Culpa mía?! – gritaba Saito hiperventilando - ¡Eso es absurdo!

-Saito no quiere aceptar que perdió la carrera, cosa que lo lleva a ver cosas donde no las hay. – intervino Shogo Amakusa tranquilamente.

-¡La discusión terminó! – concluyó el hombre - Las apuestas para la próxima carrera ya están abiertas y ustedes dos las encabezan y necesitan serenarse. A trabajar. – añadió y se fue, dejando a los dos rivales mirándose con odio.

-¿Cómo te atreves a mentir de esa manera, canalla? – masculló Saito con desprecio.

-¿Mentí o dije mi verdad? – le cuestionó el otro - Estas cosas son para gente combativa y con coraje, no para coroneles disciplinados.

Saito entornó los ojos peligrosamente. El pacífico Coronel estaba dando paso al Capitán de la Tercera División del temido Shinsengumi.

-El que no hayas visto las cosas que vi en la guerra habla mucho de ti, ya que sólo las mentes y los corazones débiles hablan de carreras como ésta como si fueran más peligrosas que las guerras y los asesinatos de la Revolución. – le dijo.

Pero Amakusa no se inmutó.

-Aun así este es un deporte de riesgo, Saito. – le dijo con una sonrisa burlona - Y si tanto te parece poca cosa comparada con tu guerra, tal vez no deberías estar aquí. Puedes ir, como buen perro del gobierno, a batallar por ahí y a calmar los brotes de revuelta a lo largo del país, pero aquí, tú no me vas a derrumbar.

Dicho esto se fue, dejando a Saito resoplando de furia.


Después de serenarse por lo sucedido con Enishi Yukishiro, Kenshin se dirigió a la habitación de Akira y de un portazo se adentró para levantarlo de esa cama. Su misión de esclarecer las cosas con Akira y Tomoe no había terminado.

-¡Arriba, Akira! – exclamó con firmeza corriendo las cortinas, mientras Kiyosato se tapaba el rostro y se perdía entre los miles de edredones y almohadas que tenía alrededor - ¡Basta de lamentaciones y levántate! Fui a visitar a Tomoe-dono.

Fue allí que su amigo surgió de las profundidades de su cama, mirándolo con atención, ya totalmente despierto con la noticia.

-¿Cómo que fuiste a visitar a Tomoe? – preguntó.

-Pero antes de contarte lo que descubrí, debo hacerte una pregunta: ¿ensayaste el pedido de cortejo el día del baile? – quiso saber el pelirrojo.

Akira levantó las cejas y se encogió de hombros.

-Sí, no estaba seguro de mis palabras y lo ensayé en la biblioteca, frente al gran espejo. – explicó, mientras Kenshin golpeaba con un puño la otra mano - ¿Cómo es que sabes?

-Tomoe-dono es una joven muy reservada, pero la madre habla todo lo que ella no. – procedió el ingeniero a informarle - Tomoe-dono tuvo expectativas de casamiento contigo porque te vio ensayando. Y cuando vino aquí bajo la lluvia y enfermó, eso resultó ser un plan de la madre, ella nunca estuvo de acuerdo con eso.

Los ojos de Akira se abrieron de par en par y saltó de la cama.

-¡Lo sabía! – exclamó feliz - ¡Por eso ella quedó tan decepcionada cuando no le dije nada! Y nosotros que la llamamos interesada. – pasó de la felicidad a la angustia - ¡No me lo perdonará!

Una gran gota apareció en la cabeza de Kenshin al ver los repentinos cambios en el ánimo de su amigo.

-Quedó bastante afectada, pero si vas y le pides disculpas puede que te perdone. – lo tranquilizó - Y ahora que cumplí con mi deber, debo ir a trabajar un poco.

Salió de la habitación sonriendo, mientras Akira corría por toda su habitación para prepararse.


Alrededor del mediodía, Ikumatsu Kiyosato, en compañía de Shura, hizo su aparición en el castillo Katsura, para sorpresa y disgusto del Barón y su hijo, quienes en ese momento agradecieron que Megumi estuviera en casa de la familia Kamiya. No tuvieron más remedio que invitarlas a almorzar, y así de paso, demostrarles que el arroz producido en sus tierras era el mejor y fuera de venta.

-Una delicia su arroz. – sentenció la Reina del Arroz al terminar de comer y procediendo a tomar el té. Hacía mucho tiempo que no tomaba ninguna comida a la usanza japonesa tradicional.

-Cultivado, recolectado, vaporizado, pulido y cocinado aquí. – remarcó Kogoro Katsura mirándola con recelo.

-No tengo dudas. Los arrozales de Hagi son legendarios.

Desde el momento en que se vieron, ambos quedaron impresionados el uno con el otro. Kogoro Katsura, al ver a Ikumatsu Kiyosato, pensó que jamás en su vida había visto mujer más hermosa, con permiso de su difunta esposa. Sus cabellos de color castaño oscuro, recogidos en un elegante peinado alto, despejaba sus bellos y delicados rasgos, y su exquisita figura resaltaba con su ajustado vestido occidental, aunque el color negro que utilizaba como viuda, junto con la amargura de su semblante, apagaban algo esa belleza de leyenda de la mujer.

Ella, por su parte, admiró la elegancia y el buen porte del político. Hombre de buena planta, alto y vestido con traje masculino occidental, Kogoro Katsura parecía uno de esos héroes de los libros que leía a escondidas durante su juventud. Su rostro anguloso, una cabellera negra de un largo medio recogida en una cola de caballo alta, con un mechón cayendo sobre su frente y su mirada tranquila, daban cuenta del buen partido que aún era en sus cuarenta. Ella, que ostentaba más o menos su edad, nunca se había sentido impresionada por hombre alguno desde la muerte de su esposo, varios años mayor que ella e impuesto por sus padres. Pretendientes no le faltaron, pero ella los despreció a todos y se dedicó en cuerpo y alma a la crianza de su hijo Akira, a la vez que se ocupaba de los negocios de la familia, ya que se había negado en dejar todo en manos de un regente o un albacea.

Se miraron un momento y se ruborizaron, molestos por lo que generaban el uno en el otro. El Barón Gensai interrumpió sus pensamientos bruscamente.

-Vamos a dejar de lado estas amenidades inútiles y vamos directo al asunto. – dijo el viejo.

-Si ése es su deseo, Barón. – respondió ella, volviendo a su carcasa de acero.

-La señora vino aquí a hacer negocios y a comprar mis tierras y mi castillo. Ya le di mi respuesta a su adlátere que está sentada a su lado. – Shura abrió los mucho los ojos, ofendida - No vendo ni hago negocios con las centenarias propiedades de los Katsura. ¡Tendrá que pasar sobre mi cadáver!

-Pues usted no está muy lejos de ser uno. – le contestó Ikumatsu mordazmente.

-Señora, más respeto, por favor. – intervino Kogoro - Está hablando con un señor de edad avanzada.

-Kogoro-kun, no te pedí que me defiendas. – dijo su padre - Además, este asunto está finalizado, la señora puede largarse de aquí. ¡Váyase, que tengo poco tiempo de vida y no quiero gastar mis últimos minutos con una mujer tan desagradable como usted! – exclamó agitando las manos.

La mujer lo miró con desprecio.

-Como quiera, señor Barón. – dijo con fría amabilidad - Pero antes, creo que el señor debería ver esto. Son las deudas que el Barón tiene con distintos acreedores, quienes planean empeñar sus propiedades de no ser esas deudas saldadas. - agregó mostrándole unas actas.

-¡Eso no me hará cambiar de opinión! Mis deudas son altas, pero nada que una renegociación con mis acreedores no solucione…

-Creo que no fui clara. – interrumpió Ikumatsu con una sonrisa - No habrá renegociación posible. ¡Esa deuda ahora es mía!

-No puede ser… - balbuceó el viejo Barón.

-Señor Barón, ¿usted cree que me volví la Reina del Arroz por bordar edredones u oler flores como las demás damas? – le dijo ella con voz firme y antipática.

-¡Mocosa atrevida! – bramó el Barón Gensai - ¡Mucho antes de que usted fuera la Reina del Arroz, yo ya era un alto señor feud….! – no pudo continuar, ya que todo ese enojo y nervios lo terminaron por descompensar. Se tocaba el pecho, señal de un ataque y tomaba la mano de su asustado hijo – Kogoro-kun…veo una luz…Iemochi Tokugawa y el Emperador Komei me están esperando… - resopló, medio en serio, medio exagerando.

Los presentes, asustados, llamaron a la servidumbre para poder llevar al Barón a sus aposentos. Una preocupada Ikumatsu, cuya intención no era matar al Barón del disgusto, ordenó a Shura mandar a alguien en busca de un médico. Minutos más tarde, apareció Soujiro Shishio.

Mientras el viejo Barón era atendido en su habitación por el joven médico en compañía de su hijo, ambas mujeres permanecieron arrodilladas sobre unos cojines en la sala principal del castillo a la espera de noticias sobre la condición del anciano.

-Y eso que ayer estaba jugando cuando decía que íbamos a hacer con los Katsura una negociación mortal. – se burló Shura en voz baja.

-¡Shura! – siseó Ikumatsu, indignada - ¿Acaso crees que es hora para bromas? – vieron a los hombres bajar las tradicionales escaleras de madera - ¿Cómo está?

-Está reposando, y es lo que necesita hacer ahora. – sentenció Soujiro.

-Estoy feliz de saber que está bien. – dijo Ikumatsu de corazón.

-Creo que acabamos por hoy. – dijo Kogoro gravemente.

-Claro. – concordó ella y se disculpó - Siento mucho lo que sucedió. – por último añadió - Pero esta conversación será retomada, si no es con el Barón, será con usted. – y se dio la vuelta para irse, seguida de Shura.

Al llegar a su mansión, Ikumatsu se llevó una agradable sorpresa: Akira estaba levantado, bañado, peinado, perfumado y vestido para salir con un enorme ramo de flores de ciruelo blanco. Tenía tan buen humor que hacía olvidar la depresión en la cual estaba hundido; como si nunca hubiese sucedido.

-¡Así te quería ver, hijo mío! – le dijo ella feliz - ¡De pie y derecho!

-Sólo necesité un empujoncito de Kenshin. – dijo su hijo alegremente - Ahora me siento óptimo.

-¡Qué bien! – festejó su madre - Ahora que estás mejor, estás igualmente en condiciones de viajar. Mañana mismo partirás para nuestra mansión en Kioto. ¡Lo más rápido posible! – y subió las escaleras dejando a Akira con la boca abierta y dejando caer el ramo.


Kenshin había llegado a la obra ferroviaria y estaba dispuesto a agarrar el mazo y ayudar a sus empleados con el trabajo pesado. Cualquier cosa con tal de no pensar en nada de lo que había pasado, ya luego vería cómo enfrentar a Kaoru y qué decisiones tomar. Ahora lo único que quería era despejar su mente trabajando. Como era día de nuevas contrataciones de personal decidió dejárselo todo a su asistente y se alejó hacia la obra.

Sanosuke Sagara esperaba pacientemente en la fila de aspirantes a un puesto de operario en la gran obra ferroviaria que se estaba llevando a cabo en la región. Era alto y muy fuerte, por lo tanto estaba seguro de que aplicaría para el puesto. Y así fue. Bastó que el asistente del jefe le echara un vistazo para contratarlo automáticamente. Y Sanosuke no podía ser más feliz, por fin llevaría dinero seguro a casa.

A continuación, el joven tomó un mazo y se encaminó a las vías para comenzar su trabajo. Lo único que sabía era que el dueño de toda esa infraestructura se llamaba Hiko Himura; seguramente un viejo multimillonario. Procedió a martillar los anclajes con suma facilidad, lo que impresionó a sus compañeros de trabajo. Luego de un rato, vio a un joven pelirrojo haciendo lo mismo; era muy bajo y delgado, pero dueño de una fuerza impresionante. Sanosuke lo reconoció de inmediato: era uno de los ilustres invitados del baile de Akira Kiyosato, y quien ayudó a rescatar a Kaoru en el bosque. Supuso que era familiar del dueño, sino no se explicaba qué hacía ahí.

Kenshin lo observó, bastante impresionado con su labor, y sin reconocerlo, se acercó a felicitarlo y a presentarse.

-Buen trabajo. - le dijo amablemente - Kenshin Himura. – extendió la mano. Al decir su apellido confirmó a Sanosuke el hecho de que era hijo del mandamás.

-Sanosuke Sagara. – se la estrechó - Nos conocimos la noche del baile de Kiyosato, en el bosque.

Kenshin levantó las cejas.

-Disculpe, era de noche y estaba con la cabeza en las nubes. – se excusó - Pero no recuerdo haberlo visto en el baile.

-Es que no era invitado, era camarero.

-Disculpe…

-No hace falta. – dijo Sanosuke sin darle importancia al asunto - Sé cómo funcionan las cosas con toda esa historia de las clases sociales "supuestamente" abolidas.

Kenshin miró el suelo cabizbajo. Definitivamente, ésta no era la era por la cual había luchado, y testimonios como ése no hacían más que desencantarlo con el gobierno. Quiso cambiar de conversación ante la incomodidad.

-¿También trabaja aquí? – preguntó, aunque sabiendo que era nuevo, ya que conocía a todos sus empleados.

-Hace unos minutos cerré contrato con su asistente, y comencé a trabajar ahora mismo, porque quiero hacer las cosas en serio. – explicó el joven sonrojado - Es que estoy enamorado, y cuando uno se enamora, se pone serio.

-Su buen ánimo es algo bueno de ver. – dijo Kenshin con una sonrisa, deseando estar así en ese momento.

-Disculpe si soy muy confianzudo, Himura-san. – se disculpó Sano rascándose la cabeza - Pero es que estoy tan feliz y pleno que quiero gritarlo a los cuatro vientos. ¿Usted sintió lo mismo alguna vez?

Y la mirada de su interlocutor se ensombreció.

-Disculpe, es que justamente estoy aquí para no pensar en eso… - dijo secamente.

-Discúlpeme usted a mí…

-No importa, está todo bien. – sonrió el pelirrojo - ¡Mucho gusto en conocerlo, Sanosuke Sagara!

-¡Lo mismo digo! – le dijo Sano alegremente - Y espero de corazón que su situación se resuelva. El amor entre dos personas debe ser defendido hasta las últimas consecuencias.

Después de un rato, fue la hora de la salida del trabajo, y Sanosuke se dispuso a hacerle una visita a su Jo-chan.

Después de terminar el registro del día, Kenshin reflexionó con las palabras del joven empleado.

-Tiene razón. – dijo para sí - Hasta las últimas consecuencias. – tomó su chaqueta y se dispuso a hacerle una visita a su Kaoru-dono.


Kaoru estaba en su habitación pasando en limpio unos antiguos escritos sobre el kenjutsu, cuando Tomoe deslizó el shoji y la llamó.

-Kaoru-chan, tienes una visita. – le anunció - Es Sanosuke Sagara.

Sin saber qué podría querer el muchacho, Kaoru dejó lo que estaba haciendo y salió a atenderlo. Él estaba en la entrada, y le sonrió apenas la vio.

-Sano. – dijo ella.

-Jo-chan, pasaba por aquí y decidí…

Fue interrumpido por la llegada de un carruaje, de donde bajó Kenshin Himura. El pelirrojo se dirigió hacia ellos.

-Kaoru-dono… - empezó, pero paró en seco cuando vio a Sanosuke.

-¿Kenshin? – se extrañó ella, con cierto temor. Todavía no se olvidaba de lo que le había dicho Enishi.

Pero él sólo miraba a Sano.

-Sanosuke, ¿qué está haciendo aquí? – preguntó, desconfiando de la respuesta.

-¿Y usted? – preguntó a su vez el joven, desconfiando lo mismo.

Kaoru no entendía nada, pero al ver cómo los dos hombres se tiraban rayos con la mirada le hizo darse cuenta de que la situación podría pasar a mayores. Y no tenía ganas de presenciar otra pelea.

-Ya que soy la dueña de casa, voy a ser la que pregunta: ¿qué hacen ustedes dos aquí? – preguntó con voz alta y firme. Ambos la miraron.

-Quería conversar cont… - quisieron responder al mismo tiempo.

Kenshin miró ceñudo a Sanosuke.

-Creo que será mejor conversar en otro momento. – le dijo a Kaoru.

-Creo que el que está de más soy yo. – dijo Sano, devolviéndole la mirada - Adiós. – se dio media vuelta y se alejó molesto.

Kaoru esperó a que el joven se alejara un poco más para enfrentar al pelirrojo.

-¿Tenemos que hablar? – le preguntó, tratando de no parecer asustada.

-Sí, creo que debemos…

Pero el ingeniero no pudo continuar, porque Sanosuke volvió como un rayo hacia ellos para encararlo.

-¿Acaso Jo-chan era el tema que usted no quería pensar allá en la ferrovía? – le preguntó desafiante, apretando los puños.

-¿Acaso Kaoru-dono era la razón de su buen ánimo? – lo desafió Kenshin a su vez, lanzando destellos dorados con los ojos.

Kaoru seguía sin entender nada y observó a uno y otro, contrariada.

-¿Ustedes dos estaban hablando de mí? -preguntó ofendida.

-No estábamos hablando de ti exactamente…

-No sabíamos que nuestro asunto eras tú…

-Entonces estaban hablando de mí a mis espaldas. – concluyó ella cada vez más molesta.

-¡No! – exclamaron los dos al mismo tiempo.

-¡Pero si lo acaban de decir! – gritó la kendoka con los pelos de punta - ¡Mou! ¡Buen día a los dos! – y cerró el portón de madera de un portazo.

-¡Oro! ¡Kaoru-dono! – se angustió Kenshin, luego le dirigió una mirada asesina a Sano - ¿Será que me puede explicar lo que está sucediendo aquí?

-Yo no sabía que ella…

Pero el portón se volvió a abrir dando paso a la cabeza de una furibunda Kaoru.

-¡Hablaron a costa mía y ahora lo vuelven a hacer en mi casa! – rugió - ¡Váyanse los dos! – otro portazo.

Los dos hombres tenían una gota enorme en sus cabezas.


Todavía sonrojada por lo acontecido, Tokio se dirigía camino a su casa por un sendero a la vera del bosque. Su kimono naranja claro combinaba perfectamente con su sombrilla de color amarillo pastel, lo cual hacía que verla entre el follaje del entrante otoño sea toda una visión maravillosa. Así la veía Enishi, quien corría para alcanzarla, con su rostro todavía hinchado.

-¡Tokio-san! – la llamó. Ella se dio la vuelta, sorprendida - No consigo dejar de pensar en ti. – se le declaró, tomándola de los hombros.

-Yo tampoco… - murmuró Tokio. A continuación, ambos jóvenes se besaron con pasión.

-Tu boca más dulce que lo que mi imaginación pudo concebir. – dijo Enishi suavemente al romper el beso.

-Pero Chizuru-chan… - se preocupó ella, con el rubor a flor de piel. Y es que había sido su primer beso.

-Yo no quiero a tu hermana. – le dijo Enishi, suplicante - Siento simpatía por ella, cariño tal vez, pero no es a ella a quien quiero. – y empezó a besarle las manos - Es a ti, y yo sé que tú también me quieres.

-Entonces… - resolvió Tokio, aún cohibida - Chizuru-chan no puede saber nada, por lo menos por ahora…

Enishi sonrió y la abrazó.

-¿Un secreto, entonces? Puede ser divertido y emocionante. – dijo - Toda una aventura.

Se volvieron a besar en medio de los tonos dorados que se empezaban a vislumbrar en el ambiente. Más allá, sobre unos cerros cercanos y montado sobre Arashi, Hajime Saito presenciaba la escena con el rostro pálido de angustia y celos.


Ya de noche, y mirando por la ventana de su habitación, Tomoe vislumbró la brillante cabellera roja de Kenshin Himura en la entrada al bosque, cerca de la puerta de la casa. No se había movido con su carruaje de allí desde que Kaoru los echó a él y a Sanosuke de la casa.

La susodicha se encontraba leyendo sobre el futón "El libro de los cinco anillos", de Musashi Miyamoto.

-Kaoru-chan, creo que uno de tus pretendientes no se rinde en querer hablar contigo. – le dijo su hermana.

-Ellos no son mis pretendientes. – dijo Kaoru sin quitar la vista de su libro.

-Que yo sepa, cuando un hombre te trae flores, te invita a pasear o quiere hablar contigo sin importar nada, a ese hombre se le llama pretendiente. – repuso una divertida Tomoe.

Kaoru cerró su libro bufando.

-Más tarde te explico lo que pasa, Tomoe-chan. – le prometió - Ahora mi cabeza es un torbellino. Pero voy a ver qué quiere ese pretendiente antes de que mamá lo vea y se vuelva loca.

Kenshin ya cabeceaba de sueño cuando un casi imperceptible ruido de una puerta abriéndose lo despertó por completo. Era Kaoru, quien llevaba una yukata de invierno encima de la de dormir, haciendo que el ingeniero se ruborizara. Se la veía con mala cara, y ya a medio camino empezó a reclamarle.

-¡Si quieres hablar conmigo, primero quiero que me expliques de qué hablaste con Akira-san antes de que destratara a mi hermana en ese baile! – le exigió molesta, mientras se acercaba adonde estaba él - ¡Habla! ¡Shura-san había dicho que era un problema de logística de la fiesta! ¿Era de eso que hablaste con Akira-san antes de que él cancelara el pedido de cortejo a mi hermana?

-No.

-¡Lo sabía!

-No fue sobre eso que le hablé.

-¿Entonces?

El pelirrojo había llegado a la casa de los Kamiya decido a confesar tanto su culpa por la actitud de Akira como el hecho de que era Battousai, y dispuesto a luchar por Kaoru en caso de que esta no quisiese saber más nada de él. Pero después de que lo echó junto con Sanosuke y pasarse la tarde haciendo guardia y reflexionando, volvió a entrar en pánico. No quería perderla por nada del mundo, y si tenía que hacerla vivir en una mentira para estar con ella, pues que así sea.

-Entiende, Kaoru-dono. – le pidió con calma - Si Ikumatsu-dono se enteraba de esa pedida de mano sin que las dos se conociesen, no lo habría perdonado. – en parte era verdad, pero no era la razón de la ruptura - La confianza entre madre e hijo se quebraría de alguna forma y yo…yo le sugerí a Akira que cancele ese pedido para más tarde, cuando las cosas estuviesen más claras.

-¿Entonces por qué él llamó a mi hermana interesada? – preguntó Kaoru con desconfianza.

-Creo que es mejor que se lo preguntes a él. Lo único que puedo decir es que Akira es un hombre muy honesto. – explicó adornando y omitiendo detalles - Alguien se engañó en esta historia y todo se agravó cuando Tomoe-dono demostró sus expectativas de casamiento. Espero que todo esto no provoque que rompamos nuestro noviazgo. – añadió con cierto temor.

-No terminamos. – sentenció ella sin mirarlo a los ojos - Casi. Pero aún tengo mucho en qué pensar.

Kenshin no podía más de la felicidad.

-Las cosas se me complicaron enormemente. – suspiró con alivio - Primero Enishi, ahora este muchacho, Sanosuke…

-¿Sano? – se extrañó Kaoru - ¿Qué tiene que ver él?

-Él vino aquí a verte.

-¿Y eso qué? ¡No vamos a comenzar a pelear ahora!

-Tienes razón. – no iba a negarle nada - Pero sólo te pido una cosa, que no le creas nada al cretino de Enishi Yukishiro.

-¡Pero si ni sabes qué me dijo!

-¡Pero sé que es mentira! – dijo el pelirrojo con impaciencia - Y sé que también esperas mi versión de los hechos pero eso atañe a mi hermana y es algo de lo que por ahora no quiero hablar. – la miró suplicante - Necesito que aceptes eso.

-Lo intentaré. – dijo Kaoru resignada – Kenshin… él me dijo algo. – a Kenshin se le erizaron los pelos de la nuca – Me dijo que tú eres Hitokiri Battousai, el asesino del Bakumatsu…

Y Kenshin, sintiéndose un verdadero miserable, echó su mente a volar.

-Kaoru-dono, ¿sabes lo que realmente significaba que uno fuera un hitokiri en esa época?

-Significaba que uno era un asesino desde las sombras. – respondió Kaoru.

-Y eso quiere decir…

-Que no son conocidos ni vistos por nadie.

-¿Y por qué Hitokiri Battousai era famoso?

-Por no ser conocido ni visto por nadie.

-¿Y cómo puede ser que alguien como Enishi Yukishiro, que en ese tiempo era un niño, lo haya visto sin sufrir las consecuencias?

Kaoru no supo qué responder.

-Y perdóname, ¿pero cómo es que yo, siendo un adolescente de origen noble con un padre luchando abiertamente por los imperialistas, tendría la necesidad de ser un hitokiri?

Kaoru seguía en silencio.

-Kaoru-dono, no soy Hitokiri Battousai. – le mintió – Nunca maté a nadie, y además dicen que ese hombre despareció y se convirtió en vagabundo. Tal vez haya muerto. – agregó – Es obvio que Enishi, debido a los sucedido con mi hermana, guarda un fuerte resentimiento hacia mí, lo cual hace que intente manchar mi nombre ante todos. Confía en mí, soy tu novio.

Kaoru asintió avergonzada.

-Perdóname. – dijo ella con la cabeza gacha – Lamento haber pensado mal de ti. Realmente no creo que hayas sido ese hombre tan cruel. – Kenshin sintió que algo se quebraba dentro de él – Prometo no desconfiar más de ti y darte tiempo hasta que estés preparado para contarme más sobre tu familia. – y agregó - Tengo que volver a mi casa, antes de que noten que no estoy.

Dio media vuelta para irse, pero la mano de Kenshin tomó la suya para detenerla.

-¿Kaoru-dono, te irás sin darme un besito de buenas noches? – le preguntó inocentemente.

Kaoru, todavía avergonzada, le dio un rápido beso en la mejilla antes de echarse a correr hacia su casa, dejando a Kenshin corroído por la culpa y sintiendo que en ese beso algo se enfrió entre ellos.


Momentos después, entró a la mansión Kiyosato arrastrando los pies, y decidió ir a ver a Akira. Sin duda las noticias de la reconciliación de la pareja lo harían sentirse mejor por el momento.

Lo encontró en su habitación, pensativo y con el ceño fruncido.

-¿Fuiste a ver a Tomoe-dono? – preguntó el ingeniero confundido, pensando que Tomoe no lo había perdonado.

-Quise, pero mi madre arruinó todo. – explicó el joven - Dice que tengo que regresar a Kioto y que como debe quedarse a tratar el asunto del Barón, yo tengo que encargarme de los negocios de Kioto. – y agregó de mal humor - Los de Tokio ya están en orden, así que no necesito ir allí, que es más lejos.

-Y tú crees que la razón de todo esto es Tomoe-dono.

-O sino Shura-san. – insinuó Akira molesto.

-Era mejor no haberle hecho una propuesta a esa joven sin que tu madre lo supiera…

-¿Ahora te pones del lado de mi madre? – saltó su amigo.

-No, pero entiendo su punto de vista. – se explicó Kenshin - Y tal vez ibas a cometer un error, resolviendo tus cosas sin que ella se enterase.

-¿Pero crees que ella aprobaría a Tomoe?

-Creo que puedes aprovechar tu estadía en Kioto para reflexionar sobre eso. – le recomendó el pelirrojo - Pero antes de viajar, debes ir a pedirle disculpas a Tomoe-dono.

-De eso no hay dudas. Mañana a primera hora voy a casa de los Kamiya.

Kenshin se sentía más avergonzado y desgraciado ante lo que quería pedirle, pero tenía que hacerlo.

-Una última cosa: quiero pedirte que por favor no menciones el contenido de nuestra conversación en el baile. – le pidió - Porque ya no creemos en la culpabilidad de Tomoe-dono. Si tienes que decir algo, dile que fue por causa de tu madre.

-Tienes razón. – concordó su amigo con una gran sonrisa - Gracias por ser mi amigo. No sé qué haría sin ti, Kenshin.

Y Kenshin volvió a su habitación, sintiéndose cada vez peor por mentir y hacer que los demás mintieran por él. Todo con tal de estar con Kaoru.


Llegó la mañana, y con ella, el día de la partida de Aoshi hacia Kioto.

Megumi había pasado la noche en vela, muerta de preocupación por la salud de su abuelo y cuidándolo, y también preocupada por Aoshi y ella misma. Mientras tomaba un desayuno rápido tomó una decisión. Lo sucedido con su abuelo le demostraba que no todo el mundo era eterno, y que debía estar preparada para el día en que su adorado viejito se fuera. Se le humedecían los ojos de sólo pensarlo.

Pero así como la muerte de un ser querido era inevitable, había cosas que ella sí podía evitar, como la partida de Aoshi. Así que después de dar instrucciones a los empleados con respecto al cuidado del Barón, se subió a su carruaje y azuzó a los caballos hasta la mansión de campo de los Shinomori.

En ese momento, el joven abogado salía de su residencia seguido de sus criados quienes subían su equipaje al carruaje. Ya estaban saliendo de los jardines de la mansión cuando el carruaje de Megumi les cortó el camino.

-¡Paren ese carruaje ahora mismo! – gritó la chica. Aoshi sacó la cabeza de la ventana del carruaje sin creer lo que veía.

-¡Megumi! – se sorprendió mientras bajaba - ¿Qué haces aquí?

-¡No me puedes abandonar de esa manera, Aoshi-san! – exclamó ella acercándose a él.

-Pero te dije que no hay nada que me retenga aquí. – dijo el hombre con frialdad.

-¿Y nuestra amistad? – preguntó una angustiada Megumi.

-¿Nuestra amistad? Me importa y mucho pero necesito un tiempo en Kioto.

-¿Nada de lo que te diga te convencerá para quedarte?

-¿Tienes algo que quieras decirme? – preguntó Aoshi, suavizando la mirada y vislumbrando un rayo de esperanza.

-¡Tengo! – declaró ella - Aoshi-san, desde que éramos niños te has convertido en un amigo muy valioso para mí. ¡¿Y cómo me voy a quedar aquí en Hagi sola, sin mi amigo?!

-Megumi… - empezó el abogado. Era evidente su decepción.

-¿Qué pasa, Aoshi-san?

-Sabes que puedes ir a Kioto cuando quieras. – le dijo él secamente.

-No puedo dejar a papá y al abuelo solos…

Aoshi la miró con una mirada que Megumi nunca había visto en él, una mirada llena de amor.

-Megumi, necesitarás ser fuerte. – le dijo para a continuación besarle la frente y subir a su carruaje para perderse hacia Kioto, tal vez para siempre.


Más tarde, Kaoru fue a visitar a Megumi para contarle las últimas noticias de su reconciliación con Kenshin y el malentendido entre Akira y Tomoe. Encontró a su amiga llorando sentada en un banco en su inmenso jardín.

-¡Megumi! – la llamó.

-¡Tanuki-chan! – exclamó su amiga, secándose las lágrimas - ¡Qué sorpresa!

-¿Estás llorando? – se alarmó Kaoru.

Megumi se volvió a quebrar. Pensaba en su abuelo, y en Aoshi…

-Es mi abuelo…ayer se descompuso…y papá me dijo que ya no tiene mucho tiempo de vida…por su edad… - sollozaba mientras Kaoru la abrazaba - Pero no quiero hablar más de eso. – dijo después de descargarse con su amiga - ¡Por favor, dime que has venido a dar noticias buenas!

-Bueno, parece que es tu día de suerte. – le dijo Kaoru con cariño - Finalmente, mi vida amorosa está en orden.

-¿Himura-san te buscó?

-Sí, me busco y se aclaró todo.

-¿Entonces te contó sobre su conversación con Akira-san el día del baile? –quiso saber Megumi, sorprendida por la buena aceptación de Kaoru ante la canallada de Himura al decirle a su amigo que Tomoe era una interesada.

-Sí, me lo contó. – explicó Kaoru alegremente - Dijo que temía la reacción de la madre de Akira-san, y que por eso le pidió a su amigo que esperase el momento adecuado.

Megumi frunció el ceño. ¡Así que el muy patán le había mentido! ¡Con razón Kaoru parecía poco preocupada por eso, si el pelirrojo había cambiado la versión de los hechos! Aunque en el fondo entendía y sospechaba esa actitud como una manera de conservar a Kaoru para sí, Megumi no pudo compartir que Kenshin Himura fuera tan posesivo hasta ese punto. ¿Acaso nadie en su vida lo quiso como para aferrarse con mentiras y manipulaciones a la primera persona que le ofrecía amor?

-¿Así que te contó eso? – preguntó con voz estrangulada de la rabia.

-Sí, y tiene mucho sentido. – dijo Kaoru sin percibir el enojo de su amiga - Fue honesto y eso es lo que más aprecio en una persona: la honestidad.

Eso no hizo más que incrementar la furia de Megumi. En cuanto su amiga se fuera, se alistaría y haría una visita importante y decisiva.


Sanosuke caminaba rumbo a su trabajo con un humor de los mil demonios. Y no era para menos.

-¡Kuso! – se lamentaba solo - ¡Cuando por fin me enamoro de la mujer más increíble del mundo, me entero de que mi jefe también gusta de ella!

Y escuchó la voz de Kaoru llamándolo.

-¡Sano! – se acercó a él con su caballo. Luego de la visita a Megumi, con quien tenía que hablar era también con él. Quería aclarar las cosas.

-Ay, Sano…ehh… - no sabía por dónde empezar.

-Jo-chan, por favor… - le pidió Sanosuke.

-Es que estoy buscando las palabras…

Y el muchacho prefirió hacérsela fácil.

-¿Te gusta él? – le preguntó.

-Sí, me gusta. – contestó ella, sonrojada.

-Y tú a él… así que todo está resuelto…

Ella lo miró con tristeza. Odiaba lastimar a las personas, aunque no fuera intencional.

-Me gustaría que las cosas fueran tan fáciles como lo dices. – dijo Kaoru - Pero quiero dejarte en claro, de que estoy muy feliz de haber retomado nuestra amistad después de tanto tiempo. Y realmente me gustaría que continúe así.

-¿Amistad? – dijo Sanosuke decepcionado - Amistad…

-¡Entenderé si no quieres saber nada de eso! – se apresuró a decir ella - No te culparé si me alejas de ti.

-¿Jo-chan, si no existiera Himura-san, hubiera tenido oportunidad contigo?

-No lo vería imposible.

-Entonces no puedo ser tu amigo. – repuso Sano - Disculpa, pero no puedo fingir amistad cuando en realidad estoy enamorado de mi amiga. – pero suavizó su expresión - Pero quiero que sepas que si me necesitas puedes llamarme. ¿De acuerdo? – le extendió la mano.

-De acuerdo. – dijo Kaoru mientras se la estrechaba.


Kenshin no había dormido. Tenía unas ojeras terribles y un sentimiento de culpa que superaba cualquier malestar del cuerpo que pudo haber tenido en toda su vida. Trató de concentrarse en los papeles de su escritorio, pues estaba en la obra.

Sabía que esas dos mentiras llevarían a una secuencia sin fin de otras mentiras, así que mientras se preguntaba cómo sortearía todo eso, Megumi hizo su aparición.

-¡Megumi-dono! – se sorprendió Kenshin, parpadeando varias veces, pues era raro ver a la nieta del Barón haciéndole una visita.

Cuando pudo enfocar bien la vista, pudo ver la expresión de ira en la joven. Indudablemente eso era mala señal. Ella ingresó a la carpa que hacía de oficina improvisada y ni siquiera lo saludó.

-¡Himura-san, usted tiene que contarle la verdad a Kaoru! – le exigió enojada.

Kenshin se aterró ante esa exigencia.

-¿De qué está hablando? – farfulló, despertándose del todo.

-Yo sé, Himura-san, que usted le pidió a Akira-san que desistiera de su declaración a Tomoe por considerarla una interesada. – le explicó Megumi - ¡Y si usted no le cuenta la verdad, lo haré yo!

-¿Eso quiere decir que usted escuchó nuestra conversación? – preguntó Kenshin alarmado.

-Escuché. Y escuché de su boca que Akira-san no podía casarse con Tomoe Kamiya por ser una cazafortunas. Usted me disculpa, pero ella es una de las mejores personas que conocí.

Kenshin suspiró resignado y sintiéndose acorralado, decidió contarle todo a Megumi. Tal vez así se sacaría un poco el peso que tenía encima.

-Sucedió que tuve una conversación con Chizuru Kamiya, y ella dio a entender que su madre, Sakura-dono, prepara los casamientos para sus hijas únicamente pensando en las fortunas de los posibles pretendientes, y que Tomoe-dono sabía eso. – explicó el pelirrojo poniéndose de pie y paseando nervioso por la habitación - Pero después me di cuenta de que estaba equivocado. Y creo que Tomoe-dono realmente está enamorada de Akira.

-¿Y entonces por qué no se lo dijo a Kaoru? – quiso saber Megumi - Himura-san, usted me pareció un hombre muy honrado, pero veo que quiere vivir su amor con mi amiga basándose en una mentira, y eso no lo puedo permitir. – concluyó muy dolida - Le doy hasta mañana para que le confiese toda la verdad. Con permiso. – y se retiró.

Kenshin cubrió su rostro con sus manos y se puso en cuclillas, lamentando que su suerte se complicara aún más.


Akira llegó con su carruaje a casa de los Kamiya, temeroso ante el recibimiento que pudiera recibir. Primero ayudó a bajar a una vieja mendiga que recogió en el camino; su buen corazón no permitiría que caminase sola por páramos alejados del pueblo. La mujer le agradeció y desapareció de la vista.

En ese momento apareció Sakura Kamiya para darle una no muy cálida bienvenida.

-¡Akira Kiyosato! – graznó indignada - ¡Hasta que por fin da la cara!

Tomoe salió detrás de ella para impedir una escena.

-Mamá… - empezó.

Su madre resopló, pero entendió que la pareja debía hablar (obviamente se escondería por ahí a escuchar todo).

-Los dejaré solos, que deben de tener mucho de qué hablar. – dijo antes de irse.

Los jóvenes se sentaron en el banco del pequeño jardín. Akira ni esperó a que su amada dijera algo y le tomó las manos.

-Tomoe…te pido que me perdones. – le rogó angustiado - Tenía planeado una sorpresa para ti en el baile, sólo que me di cuenta de que no había hablado con mi madre al respecto. Y sabes que no puedo hacer las cosas a espaldas de ella, es mi única familia.

-Lo sé, Akira. Y lo entiendo. – contestó Tomoe sonrojada - Pero no entendí lo que me dijiste cuando estábamos bailando, eso de que todo era un plan y que era una interesada.

Akira tragó saliva. No había planeado una excusa para eso.

-No recuerdo lo que dije… - decidió decirle por el momento. Luego, presa de la desesperación, se arrodilló ante ella - ¡Por favor, te ruego que me perdones! ¡Sé que me comporté como un desgraciado! ¡No he dormido desde ese día! Por favor, perdóname y dame una oportunidad.

Tomoe se arrodilló también, y estando los dos a la misma altura, le acarició la mejilla con dulzura.

-Yo te perdono. – dijo ella con una mirada llena de amor - ¡Claro que te perdono!

Akira, lleno de júbilo, empezó a besar sus manos. Nunca en su vida había sido tan feliz.

-¿Aceptas ir a cenar mañana? – le pidió - Para que tú y mi madre se conozcan. Estoy seguro que en cuanto te trate, le gustarás.

-¡Yo voy! – respondió ella, feliz.

Se quedaron largo rato abrazados. Sin saber dos cosas. La primera, que Sakura Kamiya saltaba sola de la felicidad escondida detrás del cobertizo. Y la segunda, que la vieja mendiga era Kaede, quien mandada por Shura, había seguido a Akira y escuchado escondida en unos arbustos toda la conversación de amor.


Kaoru estaba teniendo un día ajetreado, y lo que seguía era que acompañaría a Misao a almorzar en la Mansión Shishio. Llegaron ante las grandes puertas del amplio palacio y la joven sintió que su hermana se tensaba a su lado.

-Tranquilízate, estoy contigo. – le dijo tomándola de la mano.

Las puertas se abrieron y una joven bella de expresión seria salió a recibirlas.

-¡Uki-chan! – se alegró Misao - Ha pasado mucho tiempo.

-Sí, Misao-sama. – dijo la joven secamente.

-¿Misao-sama? No me digas así, nos conocemos desde niñas.

-Antes éramos amigas, ahora soy criada en este palacio. – dijo y las guió hasta el hashigakushi no ma (la sala de estar que daba al patio) - Shishio-sama y Soujiro-sama estarán en un momento.

Y las jóvenes se quedaron solas en el amplio pero apagado lugar. El palacio era muy lindo por fuera, pero viendo su interior, aunque imponente, daba la impresión de que los habitantes aún vivían en el 1500. Por lo menos se distrajeron contemplando el hermoso jardín.

-¡Es ella! – siseó Misao de repente sobresaltando a Kaoru. Esta desvió de mala gana su mirada del jardín.

-¿Quién? – preguntó.

-¡La asesinada! – farfulló Misao señalando el retrato de quien debía ser Yumi Shishio.

-¡Misao-chan, para con eso! – la regaño su hermana.

-¿Quién de ustedes dos es Misao Kamiya? – preguntó una imponente voz que hizo que ambas jóvenes dieran un brinco.

Ante ellas había un hombre muy atractivo, de piel morena y algo curtida por los días de guerra, y de cabellera negra recogida en una larga y alta cola de caballo. Vestía ropas tradicionales japonesas, reforzando la sensación de que el tiempo en esa mansión no había pasado de la era Tokugawa. Los ojos rojos del hombre las miraban con desdén y de manera inquisitiva.

-Ella es Misao. – respondió Kaoru, señalando a su hermana. Ambas se inclinaron ante el ex hitokiri.

-Y usted debe de ser su hermana. – observó él devolviéndoles el saludo.

-Sí, Kaoru Kamiya.

-¿Estaban admirando el cuadro de Yumi, mi difunta esposa? – quiso saber Makoto Shishio, ya que había visto a las dos chicas observando y comentando el enorme grabado.

-Muy imponente y elegante. – comentó Kaoru, algo intimidada.

-Sí, eso es innegable. – concordó Shishio. Luego se dirigió a Misao, quien se había quedado muda en su presencia - ¿Y usted es así de callada siempre?

En ese momento apareció Soujiro al rescate.

-¡Misao! – exclamó contento - ¡Qué bueno verte! ¡También a ti, Kaoru-san! – se inclinó ante las jóvenes - Por lo visto ya se presentaron.

-Justamente estábamos hablando de Yumi-san. – dijo Kaoru.

Instantes después, Uki apareció anunciando la hora del almuerzo. Pasaron al comedor y se sentaron en el tatami cada uno ante su hakozen (mesa-caja parecida a una bandeja). Las comidas fueron dispuestas según el tradicional principio ichiju-issai, sencillo y frugal. Este patrón consistía en una sopa y un plato extra. En este caso, sopa de miso y arroz.

Mientras comían en silencio, a lo lejos se escuchó el ruido de madera crujiendo. A Misao se le erizaron los vellos de los brazos.

-Estos palacios antiguos siempre crujen de viejos. – comentó Kaoru, más para romper el silencio que para otra cosa.

-Este palacio, jovencita, perteneció a generaciones de la gran familia del clan Ouchi, pasando después por el clan Mori, quienes no lo pudieron conservar. – explicó Makoto Shishio mirándola con desprecio - Data del período Heian. La casa de ustedes, ¿a cuántas generaciones de su familia pertenece?

Kaoru entendió el embate del hombre y no le iba a dar la satisfacción de callarse. Lo sentía por Misao, ya que era su futuro suegro y quería quedar bien con él, pero cuando se trataba del nombre de la familia Kamiya no podía controlarse.

-Mi padre la compró hace unos meses, después de perder nuestro dojo que infelizmente ahora es una especie de sede para ferias del pueblo. – explicó, intentando no pensar en eso. Siempre que pasaba por allí terminaba llorando al llegar a su casa - Y compró nuestra nueva casa con el dinero de su heroico trabajo como patriota.

-Es decir, su padre compró una casa desvencijada que incluía unas tierras infértiles. – dijo Shishio con antipatía - Todo gracias al poco dinero por sus servicios prestados. Tengo entendido que quedó discapacitado de su mano hábil después de la Rebelión de Satsuma, y que a raíz de eso perdieron el dojo.

-¿Podemos hablar de otro asunto? – intervino Soujiro, nervioso ante las chispas que lanzaban los ojos de Kaoru - No podemos vivir hablando del pasado.

-Es verdad. – concordó su padre, miró a Misao - Tengo entendido que usted es una joven dada a la lectura más que a las fiestas.

-Se pueden conciliar las dos cosas, Otou-sama. – dijo Soujiro, tomando la mano de Misao, quien seguía sin emitir sonido.

-Es verdad. – repitió Makoto Shishio.

La comida prosiguió en tenso silencio.


-Así que él cree que Ikumatsu morirá de amor con esa joven… - reflexionó Shura, después de que Kaede le informara de lo que vio en casa de los Kamiya.

-En cuanto conozca a la familia, Ikumatsu-sama enloquecerá. – dijo la vieja sirvienta sacándose los trapos harapientos. Algún día le haría pagar a Shura tantas humillaciones.

-Tienes razón, Kaede. – dijo la mujer, aún pensativa. Luego su rostro se iluminó - ¡Tengo la solución! ¡Sakura Kamiya!

-¿Sakura Kamiya? – preguntó Kaede sin comprender.


Terminada la visita a la Mansión Shishio y relajadas al fin después de la torturante presencia del dueño de casa, Kaoru y Misao volvieron a la suya. Casi llegando, se encontraron con el carruaje de Kenshin Himura, quien quería hablar con Kaoru. Se lo notaba muy nervioso y descompuesto, así que Kaoru le pidió a su hermana que siguiera camino.

Cuando se acercó notó que el joven pelirrojo tenía muy mala cara. No había dormido y su expresión era lamentable. Aun así, Kaoru quería presentarle nuevamente sus disculpas.

-Qué bueno que te encuentro, quería hablar contigo. – le dijo mientras se inclinaba - Estuve pensando mucho en lo de anoche y quería nuevamente disculparme y decirte que tenías razón en todo lo que me dijiste anoche. Te creo.

Eso sólo angustiaba más a Kenshin. No podía más; tenía que decírselo. Por lo menos tenía el consuelo de que el asunto de Battousai podía seguir en secreto. Ya después vería qué hacer con Enishi.

-Necesito pedirte una cosa, Kaoru-dono. – le dijo con voz ronca y suplicante - Necesito pedir tu perdón…porque te mentí…