Primero que nada, gracias Pjean y Guest por sus comentarios: aunque escandalosa, la cena de los Kiyosato fue muy necesaria para decidir a la madre de Akira en cuanto a la conveniencia de que se relacionaran con ellos. Como parte de la clase elitista y dirigente, Ikumatsu no querría involucrarse no sólo con gente pobre, sino también sin maneras. Aparte todo eso ayudado por el plan de Shura de meter a Enishi en el embrollo, sabiendo que es disputado por dos de esas hermanas, pero eso fue más cuestión de suerte para ella, ya que se enteró en ese mismo momento.
Vemos también a una Kaoru que a veces actúa antes de pensar, pero cuando piensa, lo hace bien. Es una persona que se pone en el lugar de los demás y está dispuesta a pedir perdón ante sus equivocaciones, así como de admitir sus errores. Es muy humana y no se la pasa sufriendo y lamentándose, tratando siempre de solucionarlo todo. Me encanta escribirla, ya que desde el primer momento no quise que fuera la típica damisela en apuros. Quería que fuera toda una heroína, capaz de tomar decisiones sin pedir permiso y pensando también en sí misma. Así como quiero ver a Kenshin siendo un inútil a la hora de querer protegerla XD, sólo por el simple hecho de que ella sí se puede proteger a sí misma, sin necesitarlo a todas horas.
Con respecto a Misao, su historia con Soujiro estará llena de misterio y romance, así como de las intervenciones de gente que no quiere ver esa felicidad. Y en cuanto a Akira, él es alguien que indudablemente vive en una nube y necesita despertar de su estado de niño mimado y protegido. Puedo adelantar que se verá una gran evolución en él a medida que avance la historia.
Me encantaría poder actualizarla más seguido, pero estoy muy metida también con La mujer huracán y la traducción de Rengoku (Con Entre el ser y no ser me tomo el tiempo sin problemas, no tiene mucho éxito pero no por eso lo voy a dejar de actualizar, me encanta mi Kaoru villana XD). Aparte tengo unas traducciones que voy a publicar más adelante cuando termine esas dos. Así que por favor les pido paciencia. Quién me manda a meterme en tantas cosas XD.
Saludos y espero que les guste este capítulo!
A pesar de los escombros, el polvo y el sonido de las explosiones que los rodeaban, Kenshin pudo divisar el carro minero que estaba sobre rieles. Todavía había esperanza, pues no se había cerrado del todo esa salida, pero necesitaban moverse rápido, un segundo de duda y estarían acabados.
-¡VAMOS AL CARRO! – rugió el pelirrojo.
Llegaron a duras penas y Kaoru se preocupó al ver el tamaño del vehículo.
-¿Cabremos todos? – preguntó angustiada.
-¡Váyanse ustedes, yo me quedo! – exclamó Sanosuke.
-¡NO! – se desesperó Kaoru - ¡NADIE SE QUEDARÁ AQUÍ! – Sanosuke miró a Kenshin y éste entendió: ambos levantaron a la chica y la pusieron dentro del carro, para después empujarlo hacia la salida. Ella tenía que salvarse - ¡ESPEREN! ¡DETÉNGANSE! ¡NOOOO!
Una explosión más fuerte que las anteriores los acabó por separar. La fuerza del impacto impulsó al carro a moverse a toda velocidad hacia afuera, mientras que por otro lado, terminó por sepultar a Kenshin y a Sanosuke dentro del túnel.
Fuera del lugar, los trabajadores escucharon las detonaciones en cadena y temerosos, recordaron que el patrón estaba dentro. En ese momento, un último estallido despidió con fuerza al carro sobre los rieles, que los hombres detuvieron. Encontraron dentro a Kaoru en un estado de histeria, quien de un salto salió y corrió hacia la montaña, gritando y llorando por los dos hombres que la salvaron.
-¡KENSHIN! ¡QUIERO AYUDAR! ¡SANO! – gritaba mientras trataba de sacar las piedras como una loca.
Una decidida Sakura Kamiya, seguida de una afligida Tomoe, salía de su casa con destino claro. Koshijiro salió del gallinero para ver qué se traían.
-Sólo por curiosidad. – les dijo - ¿Adónde van?
-Iremos a hacer una visita de agradecimiento a Ikumatsu Kiyosato. – anunció su mujer con solemnidad.
Su marido la miró como si viniera de otro planeta.
-¿Agradecimiento? – ironizó - ¿No querrás decir una visita de disculpa por la actitud de Tokio-chan y Chizuru-chan?
-¡Bueno, de disculpa y agradecimiento! – se corrigió ella poniendo los ojos en blanco - Una mujer con clase como ella comprenderá nuestra intención.
-Ikumatsu-san parece una persona muy triste. – observó Tomoe distraídamente - Tal vez porque quedó viuda muy joven. Pero parece ser una persona bondadosa como Akira-san.
-Claro, del mismo modo que tú te pareces a tu madre. – se burló su padre.
Sakura lo miró con animosidad.
-¡Vamos! – le dijo a su hija.
Cuando llegaron a la mansión, fueron recibidas por Shura, quien había cambiado su actitud amable a otra fría y despectiva.
-Ay, querida, después de lo sucedido anoche, Ikumatsu creyó que era mejor ir a Kioto para que Akira-kun se pudiera concentrar en los negocios de la familia. – le explicó sin ganas a Tomoe, disfrutando de verla con el rostro cada vez más desencajado ante la noticia.
-¡Qué barbaridad! – se lamentó Sakura - ¡Justo veníamos a disculparnos por la confusión!
-Pues siento mucho informarles de que perdieron su tiempo.
-Pero Shura-san… - insistió Sakura.
-Ahora me disculpan, pero tengo cosas que hacer. – y mirándolas con desprecio, les cerró la puerta en la cara.
Sakura se volvió a Tomoe. Ella trataba de aguantar las lágrimas, pero éstas, rebeldes, caían por sus mejillas sin cesar.
-Hija mía, lo siento tanto…
-Por favor, mamá, no quiero hablar más del asunto… - sollozaba la chica - Akira-san nunca llegó a proponerme nada, así que ya no importa… - y se fue corriendo.
-Tomoe-chan…
Era una mañana muy soleada, diferente de la noche, horario en que solía salir. Él había accedido a llevarla por nuevos rumbos hacia aventuras desconocidas, aventuras que vivirían juntos.
Un caballo negro, a todo galope, y su jinete: alto, fuerte, vestido todo de negro y enmascarado, dándole la seguridad de que aunque no supiese quién era, podía confiar en él; él la protegería de todos los peligros y juntos irían en busca de viajes legendarios.
El caballo iba a toda velocidad, pero ella no temía: se agarraba fuertemente de su cintura, sabía que no la dejaría caer. Estaba segura a su lado.
El Jinete Negro…
Y después una voz aguda. La de Misao.
-¡Tokio-chan! – le dijo - ¡Despierta, ya casi es hora del almuerzo!
Tokio abrió los ojos y se incorporó, algo molesta por haber tenido su sueño interrumpido. Pero con pena, recordó todo lo vivido la noche anterior. El Jinete Negro era una fantasía, pero lo que tenía sobre ella era una amarga realidad.
-Dormí muy tarde…es que…me quedé pensando en la confusión de anoche… - empezó a rezongar.
-¿Cómo te sientes? – le preguntó Misao.
-No muy bien. – dijo con tristeza - Debería haberle contado todo a Chizuru-chan, y no haber dejado que ella lo descubriera todo de esa manera. – luego se dirigió a Misao - Pero estoy feliz de que por lo menos a una de nosotras le vaya bien en el amor.
Su hermana no pudo evitar sonreír, pero luego su rostro se ensombreció.
-Pero esa mansión… - murmuró.
-¿No habías superado eso?
-Es que me encontré con Uki-chan y me dijo…
-Basta con esas cosas, Misao-chan. – le regañó Tokio - Prométeme que sólo escucharás a tu corazón y no a los demás.
Misao asintió, no muy segura.
Kenshin despertó con un dolor terrible de cabeza y con polvo por todos lados. No tenía ni idea de por cuánto tiempo estuvo desmayado, y mientras se incorporaba, tosía debido a todo el polvo que había tragado.
Aunque tenía el cuerpo entero entumecido, se percató de que no tenía heridas graves o huesos rotos. Tan sólo magulladuras y raspones; había tenido suerte.
Y en un microsegundo recordó todo y empezó a buscar con la mirada a Sanosuke, mientras se preguntaba si Kaoru había logrado salir sana y salva del túnel. Su preocupación llegaba a límites insospechados.
Se levantó y empezó a buscar a Sanosuke por los escombros, frenético.
-¡Sanosuke! – llamaba - ¡SANOSUKE!
De repente, vio un bulto moverse entre enormes cascotes. Era el muchacho Sagara, quien no paraba de toser a medida que recobraba el conocimiento. Lo vio hacer unas muecas de dolor, pues tenía una pierna lastimada por las filosas piedras.
Kenshin corrió hacia él y lo sentó.
-¡Sanosuke! ¡Reaccione, hábleme! ¡Está vivo! ¡Estará todo bien!
Afuera, ya se había dispuesto todo para el rescate. Los obreros se organizaron para la faena de sacar los escombros y Kaoru entre ellos, ayudaba en todo lo que podía.
-¡KENSHIN! – llamaba ella a medida que sacaba rocas.
-¡Señorita, difícilmente la escuchen! – le dijo preocupado el encargado - ¡Ya oyó al especialista! Tal vez ellos…
-¡NO DIGA ESO! ¡ESTÁN VIVOS! ¡KENSHIN!
-Señorita, creo que es mejor que descanse un poco. – insistió el hombre.
-No puedo parar. – dijo ella sin escucharlo - No podemos parar. – estaba totalmente sucia, cansada y en un estado de alteración tal que en cualquier momento colapsaba.
-Mandé un telegrama a Yamaguchi, pero la ayuda demorará en venir.
Ya que no tenía fuerzas para colaborar con la carga, Kaoru decidió buscar ayuda con el Coronel Hajime Saito.
-En ese caso iré al pueblo a procurarla. – dijo mientras buscaba a su caballo con la mirada - Entre más seamos, mejor.
Cuando lo vio, corrió hacia él y lo montó, galopando como alma que lleva el diablo hacia Hagi.
Tokio suspiró mientras terminaba de acomodarse el kimono y se arreglaba el cabello. Ya no podía hacer nada más que disculparse con Tomoe por la escena de anoche, y tampoco podía hacer más que esperar a que Chizuru la perdonara por lo sucedido con Enishi. Y conociéndola, no lo haría tan pronto.
También estaba decidida a terminar todo con Enishi; con dolor, elegiría el amor fraternal a la de un hombre, por más que lo amase.
Pero por otro lado, seguía pensando en el sueño que tuvo con el Jinete Negro. No lo había visto nunca y no podía ni imaginarse quién pudiera ser, pero se sonrojaba al pensar que tenían en Hagi a un héroe local dispuesto a mantener el orden y colaborar con el Coronel Saito y su regimiento por el bien de las personas.
Quería saber de él, y quién mejor que el Coronel para informarla y ayudarla.
Mientras salía de su habitación fue sorprendida por la voz chillona de su hermana menor.
-¡Ahí estás, ladrona de novios!
Tokio fue a enfrentar a Chizuru.
-¿Se puede saber por qué te pones así conmigo y no con él? – le preguntó enfadada.
-¡Porque seguro tú fuiste la que sedujo al pobrecito! – gimió Chizuru - ¡Él jamás me traicionaría!
-En primer lugar, Enishi nunca fue tuyo, son cosas que tú interpretaste mal. – repuso Tokio - Y en segundo lugar, ya no tengo más nada con él. ¡Así que quédatelo! – y se fue dejando a Chizuru con la palabra en la boca.
Al llegar a Hagi, se encontró con Saito en la calle; la chica se sonrió, pues no tenía que ir hasta el apartado cuartel. Lo llamó.
-¡Coronel! – verla sonriente y con ganas de hablar con él descolocó un poco al ex Shinsengumi, pero se recompuso rápido - ¿Ha sabido del Jinete Negro?
-¿Jinete Negro?
-Parece uno de esos personajes salidos de los libros de aventuras. – Tokio no pudo evitar poner ojos soñadores al hablarle de él.
Saito levantó una ceja.
-¿No cree que pueda ser una persona peligrosa? – le preguntó, curioso.
-Coronel, un poco de peligro le pone diversión a la vida. – replicó Tokio - Por eso quiero averiguar quién es.
Pero la conversación fue interrumpida por un caballo corriendo desesperadamente por las calles. Tokio reconoció al caballo y a su jinete.
Era Kaoru. Y se la veía en un estado lamentable.
-¡SOCORRO! – gritaba la joven - ¡HUBO UNA EXPLOSIÓN EN LA OBRA!
En ese momento, Megumi pasaba con su carruaje. A pesar de estar peleadas, no pudo evitar preocuparse y acercarse a su amiga.
-¡Kaoru!
-¿Cómo estás? – se angustió Tokio, mientras Saito bajaba a la chica del caballo - ¿Qué explosión?
-Hubo una explosión en el túnel…Kenshin y Sanosuke no pudieron salir a tiempo… - farfulló ella.
-¡Calma, tenemos que pensar en una estrategia! – exclamó el Coronel con autoridad y se dirigió a Kaoru - ¿Cuántos hombres hay en la obra?
-No sé exactamente, pero no son suficientes.
-¡Ahora mismo voy al cuartel a convocar a mis soldados! – respondió él dirigiéndose inmediatamente al lugar, mientras Kaoru y Megumi volvían a la obra en el carruaje de la joven Katsura. Tokio volvió a su casa a informar de lo ocurrido.
En la Mansión Shishio, Uki limpiaba con amor el retrato de Yumi cuando de repente Soujiro apareció detrás de ella, sorprendiéndola.
-Uki-san, quiero hablar contigo. – le dijo.
-Soujiro-sama. – la joven se inclinó. La confundía con ese buen humor, se suponía que lo que ella le había dicho sobre Misao lo preocuparía y haría desistir del noviazgo.
-Me quedé pensando en lo que me dijiste sobre Misao, que ella mezclaba fantasía con realidad cuando niña. – empezó el joven médico alegremente.
-Disculpe, Soujiro-sama, no quise alertarlo sobre cosas de niños.
-No me alertaste nada, es más, abriste mis ojos.
Quien abrió sus ojos en ese momento fue Uki, y bien abiertos, pues no podía creer que su plan había tenido éxito tan pronto.
-No entiendo. – dijo con voz seca. Y lo que escuchó a continuación la decepcionó sobremanera.
-Descubrí que esa combinación de fantasía y realidad puede ser fantástica. – explicó Soujiro - Yo, que siempre viví en un mundo científico, con mis libros de Medicina, puedo descubrir algo más estimulante y encantador en ese mundo en el que vive Misao. Y quería agradecerte.
-¡Qué bueno! – festejó Uki, sin expresión en el rostro y con un disgusto disimulado.
En realidad, Shura sí tenía un asunto importante que tratar al echar a las Kamiya de su ahora mansión, y ése era la visita al Barón Gensai Katsura, para negociar a su modo de una vez por todas y hacer al viejo flaquear con respecto a sus tierras.
Estaba que se relamía. Las Kamiya fuera de sus planes y ahora con libertad absoluta para negociar, gracias a la mujer esa sin corazón para la que trabajaba. Usaría todas sus armas contra ese anciano atascado en el tiempo.
Obviamente, no fue recibida con una calurosa bienvenida.
-Normalmente, me siento honrado con las visitas que recibo y lo hago saber, pero hay personas, como usted, que no son dignas de gentilezas. – le dijo el Barón mientras se arrodillaban en la sala del enorme castillo.
-Me encanta que sea tan directo. – observó Shura - Aunque me sigo preguntando si el patatús que tuvo fue verdadero o si fue fingido para poder expulsarnos de su castillo.
-¡Cómo se atreve a decir que fingí! – reaccionó él - ¡Yo, que soy un Barón!
-¿Por cuánto tiempo? – se burló la mujer - Y puede dejar de hacer teatro, porque ahora no tiene platea.
-Usted es una mujer sin escrúpulos. En mis tiempos…
-Ya no estamos en sus tiempos, así que deje de dar clases de Historia, Barón. – le espetó Shura - Y ahora escúcheme: la Reina del Arroz esta vez me dio plenos poderes para que podamos tratar nuestra negociación. – y agregó con malicia - Usted tiene muchas deudas, y la más grande es la que tiene con nosotros; deuda que no dudaremos en ejecutar.
-¿Y si va a ejecutar la deuda qué hace aquí? – inquirió el Barón.
-Cuando vi que el señor no estaba dispuesto a conversar, intente hacerlo con su hijo. – explicó Shura más que contenta con lo que tenía planeado - Pero al parecer es igual a usted. Y entonces me pregunto: ¿será que es con la delicada mariposa de su nieta con quien debo hablar?
Y tuvo el efecto que esperaba. El semblante agresivo del viejo Barón se transformó en uno de angustia y miedo.
-¿Megumi-chan? – preguntó él con una mano en su corazón.
-¡No finja un ataque ahora porque no llamaré a un médico!
-¡Y además asesina! – gritó el Barón - ¡Es un monstruo!
-Bueno, estoy viendo que con el señor no voy a lograr nada, así que hablaré con Megumi-san.
-¡No haga eso! – gimió el ex daimyo - ¡Ella no está al tanto de nuestros negocios!
-¡Entonces actúe como el gran hombre de negocios que supo ser en el pasado! – le amenazó Shura con cinismo - Tiene cinco días para aceptar nuestra propuesta, de no ser así, su querida Megumi-chan lo sabrá todo. Con permiso.
Se complació de ver al pobre hombre llorando mientras salía para la mansión Kiyosato con una sonrisa de triunfo.
Triunfo que no duró mucho, ya que fue recibida por una Kaede al borde de un ataque.
-¡Madame! ¡No sabe lo que ocurrió! ¡Madame! – gritaba la sirvienta desesperada.
-¡No quiero más griterío en esta casa ahora que mando aquí! – le advirtió Shura.
-Disculpe, pero es que vino un mensajero diciendo que hubo una explosión en la obra ferroviaria y…
-¿Y qué con eso? – se rió ella encogiéndose de hombros - ¿Quieres que llore por unos obreros?
-¡Usted no entiende! ¡Himura-san estaba dentro del túnel que explotó!
Shura cayó sobre una silla, sin poder creerlo.
-¡Ken-san! – ahogó un grito.
-¡Y nadie sabe si está vivo o muerto!
-¡Mi Ken-san! – se quejó y dio pataletas al aire como si fuera una niña mimada - ¡Justamente ahora que estaba lista para ponerle las manos encima!
-¡SOCORRO!
-¡ESTAMOS AQUÍ!
Llevaban gritando un buen rato, minutos, horas, no sabían, pero lo seguro era que nadie podía oírlos.
-Es mejor detenernos, podemos provocar un derrumbe. – propuso Sanosuke con un hilo de voz.
-Está bien, esperemos la ayuda. – concordó Kenshin, respirando pesadamente.
-¿Será que la explosión abrió algún otro pasaje?
-No lo sé, pues a fin de cuentas, pensamos en abrir un túnel mediante explosiones por etapas. – respondió el ingeniero.
Dicho esto, se dispusieron a recorrer el túnel hacia adentro, con la esperanza de poder encontrar algún vestigio de salida desde ese lado. Caminaron como les permitía la herida de Sanosuke, y después de un rato, escucharon un zumbido raro pero conocido.
El sonido de agua corriendo.
Se pusieron tan contentos que se abrazaron como si fueran los mejores amigos, de repente se separaron bruscamente, recordando su enemistad. Kaoru seguramente se hubiera reído de ellos.
Kaoru…
Aún estaban preocupados por ella. No sabían si había llegado a tiempo al exterior. Lo único que podían hacer respecto a eso era pensar que sí y tener esperanzas.
Volviendo a la posible salida encontrada, Kenshin propuso buscar dinamita restante entre los despojos y detonarlas con el fuego de la antorcha que tenía, la única que se resistió a todo el derrumbe. Eso podría hacer que se abriera otro pasaje directo a esa fuente de agua y de ahí encontrar la salida; porque si escuchaban el agua correr, quería decir que era signo de que fuera un arroyo saliendo al exterior.
Sanosuke consideró ese plan como absurdo y una locura que los levaría directo a la muerte.
-Es eso o no salir jamás de aquí. – repuso Kenshin.
El joven Sagara pareció pensarlo por un rato y después dijo, con una sonrisa en el rostro:
-Mejor morir luchando que rendirse.
Kenshin le devolvió la sonrisa.
-Tendremos nuestras diferencias, pero compartimos la misma filosofía. – le dijo.
Ambos hombres se pusieron a trabajar en el plan de auto rescate.
Anochecía y la familia Kamiya estaba muy preocupada con las noticias de la explosión del túnel y la desaparición de Kenshin y Sano. Koshijiro se lamentaba por no poder ir allí a ayudar y considerarse un inútil desde que la guerra de Satsuma le quitó la habilidad no sólo de espadachín, sino también de una persona cualquiera capaz de ejercer fuerza con las dos manos. Ni para ayudar con los escombros servía, sólo estorbaría; si hasta para las tareas agrícolas de todos los días necesitaba un empleado al lado para ayudarlo siempre.
Más tarde iría a buscar a Kaoru para traerla de vuelta a casa a descansar.
A pesar de la preocupación, Misao se dispuso a subir a su casa del árbol para leer un poco. Era la única manera de despejar su mente de los dilemas y distraerse hasta que llegaran con más noticias. Estaba tan concentrada en su lectura, que no se dio cuenta de que una sombra se cernía sobre ella desde la ventana.
-Hola, mi bella lectora. – era Soujiro.
-¡Qué susto, Sou-kun! – le reprendió Misao - ¿Qué haces a esta hora?
-Tengo que hablar contigo. – le respondió él con una brillante sonrisa.
Evidentemente no sabía de los acontecimientos de la obra ferroviaria, pero estaba tan contento y decidido a hablar, que Misao no vio por qué preocuparlo todavía.
-¿Qué sucede? – preguntó ansiosa.
Y sucedió algo que ni se imaginó: Soujiro se bajó de la ventana y se arrodilló ante ella con un anillo de esmeraldas. Ella se quedó sin habla mientras él la miraba fijamente con los ojos brillantes.
-Tú…Desde el primer momento en que te vi quedé prendado de tu aire aventurero y tu imaginación, así como de tu belleza e ingenio. – declaró el doctor con voz eufórica - Me hiciste descubrir cosas de las que no tenía ni idea, y a las que nunca dejé entrar a mi vida tan estructurada…Misao Kamiya…¿quieres casarte conmigo?
Misao seguía paralizada. Instantes después, lágrimas de felicidad se agolpaban en sus ojos, haciendo que la chica llorara a mares con una sonrisa en el rostro. Sin previo aviso se abalanzó sobre su novio.
-¡Soujiro, eres lo mejor que me pasó en la vida! – exclamó emocionada - ¡Claro que acepto casarme contigo!
Y ambos sellaron su compromiso con un beso, en la misma casa del árbol donde comenzó todo. Momentos después, pasada la emoción, Misao le contó sobre el accidente de la obra y Soujiro, aunque no quería dejar a su prometida, se dirigió allí a galope limpio. Era su deber como médico estar allí, ante posibles heridos.
Ya era muy entrada la noche y todos seguían trabajando incansablemente en la montaña siniestrada. Por suerte, la ayuda de Saito y sus soldados hacía que la tarea se diera con más rapidez y ánimos, organizando turnos y equipos de trabajo para un mejor desempeño. A pesar de eso, Kaoru no dejaba de ayudar, sudorosa y cansada, entre los hombres cargando piedras y acarreando carretillas. Megumi se acercó a ella escandalizada.
-¡Kaoru! ¡Los soldados vinieron para ayudar! – le dijo - ¿Qué haces tú, una dama, en medio de ellos?
-¡Megumi, no entiendes! – gimió su amiga, volviendo sollozar - ¡Todo esto es culpa mía! ¡Estaban peleando por mi culpa!
-¡No es culpa tuya! – le discutió Megumi - ¡Es que los hombres son brutos! – pero en ese momento, Kaoru se desmayó del cansancio y la impresión de todo el día - ¡KAORU! ¡SOCORRO!
Soujiro, quien se había quedado también a ayudar al no encontrarse con heridos, la tomó en brazos y la llevó a la carpa, donde le suministró un sedante y le hizo tomar mucha agua al despertar.
Al rato, Kaoru estaba más calmada y ya había dejado de temblar. Agradeció a Soujiro por la atención.
-Soujiro-kun, disculpa. Sabes cuánto quiero ayudar a rescatarlos…
-Todos somos testigo de su esfuerzo y valentía, Kaoru-san. – le respondió él con una sonrisa. Se inclinó y volvió a la zona de rescate, dejándola al cuidado de Megumi.
Kaoru miró a su amiga con vergüenza.
-Muchas gracias, Megumi. – le dijo sinceramente - Creo que pasé todos los límites, perdóname…
Pero Megumi la interrumpió, abrazándola.
-Ni lo digas amiga, eres una mujer muy especial. – le dijo con los ojos llorosos.
En ese instante, Shura entró como un tornado en la carpa, haciendo que dieran un salto de la sorpresa.
-¡Maldita! ¡Me dijeron que fuiste tú la causante de esta desgracia! – la acusó la mujer - ¡Por tu culpa Himura-san está en riesgo de vida y quizás hasta muerto!
Kaoru no tuvo tiempo de contestarle ya que una nueva explosión había hecho temblar todo el suelo, asustándolas. Había sonado lejana, pero lo suficientemente fuerte como para que vibrara todo alrededor.
Las tres mujeres salieron corriendo de la carpa para averiguar sobre lo acontecido.
-¿Qué sucedió? – le preguntó Megumi al especialista.
-¡En infierno en la tierra! – chilló Shura, y luego se volvió a Kaoru con odio - ¡Y tú! ¿Qué hiciste para provocar semejante desgracia?
-¡Creo que se está propasando, Shura-san! – le advirtió Megumi.
-Probablemente es una explosión atrasada, eso disminuye las posibilidades de que estén vivos. – explicaba a su vez el especialista, abatido.
A Kaoru se le ocurrió algo.
-¿Y si fue una explosión controlada? – expuso - ¡Puede que Kenshin y Sano la hayan provocado para hallar otra salida!
-¡Lo único que nos faltaba: una mujer creyendo saber más que los hombres! – se burló el secretario de Kenshin, quien estaba junto al especialista.
Kaoru frunció el ceño y lo miró desafiante.
-¡¿Y con qué tiene problema: con que soy mujer o con querer ayudar?! – le recriminó.
-Calma, Kaoru… - la tranquilizaba Megumi.
-¡Pero ya pensamos en todas las posibilidades! – explicaba Kaoru. Quería proponer dar un rodeo por la montaña en busca de otras salidas, cavernas, arroyos, lo que fuere - Si dividimos nuestras fuerzas…
-¡Basta, Kaoru-san! – interrumpió Shura con agresividad - ¿No ve que estos hombres están exhaustos? ¿Hasta dónde eres capaz de llegar con tu sangre fría? ¡Tú, que lo provocaste todo!
-¡No es verdad lo que dice! – le gritó Kaoru.
Hajime Saito vio que era tiempo de intervenir en esa pelea de mujeres. Sí que Battousai es un imán de damas de carácter, pensó.
-Calma, Kaoru-san. – le dijo a la joven - Ahora lo más importante es concentrar todas nuestras fuerzas aquí. – y agregó - Mañana llegarán refuerzos y le prometo que haremos lo que usted sugirió.
-Kaoru, vamos a la carpa. – le pidió Megumi antes de lanzarle una mirada reprobatoria a Shura. Nunca le había gustado y tenía la impresión de que siempre se traía algo entre manos.
Shura las miró con indiferencia. En el fondo, esta situación no le preocupaba más que por el hecho de perder todo lo que se había imaginado con Kenshin. Si lo encontraban vivo, se encargaría de sacarlo de ese pueblo; si lo hallaban muerto, pasaría página con todo el dolor de su corazón. Pero de que Kaoru no lo vería más corría a cuenta de ella.
En cuanto a Megumi, se sonrió. Si la princesita de Hagi supiera lo que le esperaba a su familia…
Se deleitó un rato con esos pensamientos mientras lloraba de preocupación por Kenshin, y después, cansada, se retiró a descansar a "su mansión".
Una vez en la carpa nuevamente, Kaoru empezó a dar vueltas alrededor, no podía calmarse. Megumi suspiró y la empujó para que se sentara junto a ella en la litera de Kenshin.
-Lo que necesitas es una distracción, y yo te la voy a dar. – empezó a contar Megumi con cierta cautela - Ayer descubrí una cosa: Aoshi-san está enamorado de mí.
En verdad, más que contárselo para distraerla, lo hacía porque desde su descubrimiento moría por decírselo. Era su mejor amiga después de todo.
Kaoru por un momento se olvidó de sus problemas.
-¿Aoshi-san? – se extrañó - ¿Y tú qué sientes por él? - le preguntó entrecerrando los ojos.
-Yo…yo…¡no sé! – farfulló Megumi, roja como un tomate.
-¿No sabes o tienes miedo de la verdad? – inquirió Kaoru - Megumi, si estás enamorada de él, búscalo; uno no sabe cuándo perderá a la persona amada, mírame a mí… - dijo acariciando la litera y volviendo a romper en llanto.
Megumi la abrazó, llorando también.
-Kaoru, Kenshin no está muerto… - la consoló.
Mientras, en el interior de la montaña que ahora hacía de cárcel para los jóvenes rivales, ellos, muy contentos con el éxito de su explosión (no habían salido con daños ya que lo planearon todo milimétricamente), se abrían paso al nuevo túnel siguiendo un pequeño rastro de agua, que indudablemente se dirigía a algún cauce cercano.
-No puedo creer de que hayamos tenido tanta suerte. – decía Kenshin.
-Si se le puede llamar suerte al hecho de que estemos en esta situación. – repuso Sanosuke, recordándole sobre su pelea de la mañana.
-Cuando salgamos de aquí terminamos de tratar ese asunto. – le dijo el pelirrojo seriamente - Pero usted se metió en algo que no le importaba.
-¡Pero fue usted quien no trató a Jo-chan como debería! – explotó Sanosuke.
-¿Cómo debería? – se extrañó Kenshin - No entiendo de qué habla.
-No tengo nada que explicarle. – le espetó el otro mientras apuraba el paso como podía, debido a la herida de su pierna.
Kenshin se detuvo en seco al notar algo diferente a medida que avanzaba. La alegría no le cabía en el cuerpo al descubrir de qué se trataba.
-El sol…- murmuró y luego gritó con júbilo - ¡Sanosuke, es la luz del sol!
El joven Sagara suspiró de alivio, olvidándose por un momento de sus pleitos y recobrando la esperanza.
-Debe de haber una salida cerca. – sugirió - Parece que por fin saldremos de aquí.
Pasaron unas horas caminando y descansando cada tanto, hasta que Sanosuke no pudo más con su pierna y se desplomó de cansancio y el dolor.
-Himura-san, mi pierna está cada vez peor y eso hace que lo hagamos todo lento. – mascullaba adolorido - Váyase, déjeme aquí y sálvese usted.
Si no fuera porque estaba muy mal herido, Kenshin le hubiera propinado un puñetazo.
-¡Cállese! – exclamó el ingeniero - ¡Llegamos hasta aquí juntos y saldremos juntos! – pasó uno de los brazos del joven sobre sus hombros y lo ayudó a seguir camino hacia la salida que se avecinaba ante ellos.
Y la encontraron. Por fin.
Había un lago subterráneo en cuyo rincón pudieron divisar luz, una luz que los llevaría de seguro al exterior. Después de descansar un rato y reponer fuerzas tomando suficiente agua dulce, se prepararon y se sumergieron hacia ese hoyo luminoso que los llevaría a la libertad.
Ya había amanecido cuando Megumi y Kaoru, después de un sueño corto e intranquilo, encontraron a Outa Sagara ayudando en el turno de la mañana. Fueron a buscarlo.
-¡Outa-kun! – lo llamó Kaoru - ¡Te necesitamos!
-¿Cuál es el plan? – preguntó el muchacho entre la preocupación y la expectativa. Conocía muy bien a Kaoru, y sabía que se vendría con un millón de ideas para ayudar en el rescate de su hermano y Himura-san.
-Tenemos que rodear la montaña en busca de una entrada para buscar a Kenshin y Sano. – explicó la kendoka - Recuerdo de niña que mi madre nos decía que no nos acercáramos por aquí, nos decía que había una caverna peligrosa en la que los niños desaparecían.
-También recuerdo esa historia. – le dijo Outa - Los mayores nos decían eso para que no nos alejáramos tanto del pueblo, pero puede que sea verdad. ¡Vamos!
Los tres fueron corriendo hacia el carruaje de Megumi para dar por iniciado el plan B de la búsqueda.
Pero luego de un infructuoso rastrillaje por los alrededores, y llamándolos a viva voz, no pudieron divisar nada. Por lo menos a simple vista, ya que había zonas muy empinadas que no permitían notar salidas. Pero no se movieron de allí y siguieron buscando, pues podían escuchar perfectamente el sonido del cauce de un río, pero parecía lejano.
-¡Tiene que haber una salida! – gimió Kaoru, cansada de gritar y de frustración.
De repente, los tres escucharon un grito que los dejó atónitos y los paralizó.
-¡SOCORRO!
Venía del río.
