Al escuchar el pedido desesperado de auxilio, los tres se dirigieron como rayos hasta su origen. Era una de las márgenes del río que salía de la montaña, caudaloso pero casi oculto a la vista. Fue casi una suerte que lo hubieran encontrado.

Vieron cómo Sanosuke era arrastrado por la corriente hasta un vado cerca de los tres jóvenes. Outa se tiró al agua para rescatar a su hermano.

-¡SANO! – gritaba.

Una vez en la orilla, fue abrazado por Kaoru y Outa mientras Megumi examinaba la herida de su pierna y le hacía un torniquete (tenía talentos que hasta a ella le sorprendían).

-¿DÓNDE ESTÁ KENSHIN? – gritó Kaoru desesperada. Su angustia no tenía fin.

Sanosuke la miró apenado, entre el dolor de su pierna y el dolor de su corazón.

-Quedó atascado entre unas piedras…- masculló - Lo siento…te juró que intenté ayudarlo…

En efecto, al entrar en el lago subterráneo y buscar la superficie de la libertad, Kenshin quedó atascado a medio camino por unas piedras y unas raíces que se enredaron en su pierna. Sanosuke intentó ayudarlo, pero necesitaba aire. Por eso al llegar fuera del agua pidió socorro, con la esperanza de que lo escucharan.

Pero no pudo volver a tiempo para ayudar a Himura. Y Kaoru palideció.

-¡NO! – gritó de manera desgarradora - ¡KENSHIN!

De repente, mientras lloraban, los cuatro vieron un cuerpo laxo llevado por la corriente hacia ellos.

Era Kenshin. Y estaba inconsciente.

-¡ES ÉL! – gritó Megumi, aliviada.

-¡KENSHIN! – rugió Kaoru, lanzándose al agua para buscarlo y arrastrarlo donde estaban los demás. Cuando lo pudieron acostar en el suelo, trataron de reanimarlo de todas las formas posibles, pero sin éxito. Kaoru sollozaba golpeando su pecho, pensando con terror que ya era demasiado tarde.

Sin previo aviso, Kenshin empezó a toser y a escupir agua. Cuando vio el rostro de su amada, creyó que estaba en el paraíso. Si estaba muerto, era la mejor manera de empezar la otra vida; si estaba vivo, era la mejor visión para revivir.

-Kaoru-dono… - murmuró débilmente con una sonrisa.

Kaoru seguía llorando, pero esta vez de alegría, mientras lo abrazaba y él se prendía de su cintura, también llorando.

Esperaron a que se recompusieran un poco para poder llevarlos lentamente hacia el carruaje. Kaoru ayudaba a Kenshin, mientras Megumi y Outa a Sanosuke, quien tenía la herida más fea en la pierna.

Sano observó a Megumi.

-¿Está bien? – le preguntó.

-¡Sí! – contestó ella cansada - Estoy muy aliviada de que estén vivos.

-Espero no estar arruinando su fino kimono.

-Eso no tiene importancia.

Ahí fue que la reconoció.

-¡Usted es la princesita de Hagi! – bramó contento por su descubrimiento - ¡Todo el mundo dice que tiene alma de zorra!

Megumi se puso roja, y apartó bruscamente el brazo del joven.

-¡Cómo se atreve! – exclamó ofendida, pero al ver la expresión de dolor del otro se retractó - Disculpe, sé que ha pasado por una mala experiencia, así que comprendo la grosería.

-Perdóneme, por favor. – masculló Sano ceñudo - Les agradezco que nos hayan rescatado.

Al cabo de unos minutos, llegaron hacia la zona de rescate en el túnel, donde los esperaban todos, incluso todo Hagi estaba allí. Los Kamiya, los Sagara, hasta Shura, quien estaba aliviada de ver vivo a su Ken-san pero nerviosa de que estuviera con Kaoru.

Kamo y Naname Sagara fueron corriendo a reencontrarse con sus hijos varones. Contrariado, Sanosuke se dio cuenta de que su hermana Uki no estaba con ellos.

Shura acaparó rápidamente el espacio de Kenshin.

-¡Himura-san! – gritó resoplando - ¡Qué susto me hizo pasar! ¿Está bien?

-Estoy bien, Shura-dono. – respondió Kenshin con una sonrisa, aunque aturdido por el grito - Un poco golpeado, pero creo que sobreviviré.

-¡Tiene que descansar! – ordenó ella - ¡Vámonos a la mansión! – y con una mirada de odio dirigida a Kaoru, se adelantó al carruaje.

Kenshin se volvió a Kaoru y la miró embelesado.

-¿No vas? – le dijo ella sonriendo - Necesitas descansar.

-Sí, pero verte sonreír ya me descansa el alma. – respondió el pelirrojo acariciándole la mejilla.


De regreso a su casa, La familia Kamiya se detuvo en un templo cercano para agradecer la feliz aparición con vida de ambos jóvenes. Sakura hizo uso de la palabra, haciendo reír a su marido.

-¡Ay, Kami-sama! – hablaba Sakura con el santuario - Gracias por rescatar al hijo de los Sagara y al tipo raro ése de Himura-san. – y agregó - Venimos a agradecer pero aprovecho para hacerte un pedido: ¡casa a mis hijas! – las chicas empezaron a reír - Por favor, cásalas, ¡son cinco! Necesito una ayuda divina.

-¡Mamá! – protestó Kaoru entre risas - ¿Después de lo sucedido vas a volver a ese asunto?

-¡Nunca dejé ese asunto! – exclamó su madre - Una madre nunca deja de preocuparse por el futuro de sus hijas, hasta de las ingratas como tú.

Misao se adelantó y miró a sus padres.

-Si quieres una respuesta divina, estás de suerte. – le dijo a su mamá.

-¿Qué pasó, Misao-chan? – apremió ella - ¡Habla, por Kami!

-¡Soujiro me pidió casamiento! – les anunció emocionada, haciendo que la familia entera gritara de alegría y la abrazaran hasta estrujarla. Todo eso después de calmar la tentativa de desmayo de Sakura, claro.

-¡Ay- Kami-sama, ahora te pido por las otras cuatro! – clamaba contenta en brazos de su marido.


Kenshin y Shura llegaron a la mansión, con el ingeniero súbitamente incómodo ante el hecho de quedarse solo con esa mujer; por lo que prefirió ir a tomar un baño rápido. Al terminar y después de bajar olfateó comida y su estómago gruñó. Shura apareció y se acercó a él risueña.

-Mandé a preparar algo para que coma, Himura-san. – le dijo.

-Gracias, Shura-dono… - pero no pudo terminar la frase, ya que cayó inconsciente sobre la alfombra.

-¡Himura-san! – se asustó Shura.

Por suerte, Soujiro Shishio llegaba en ese momento, luego de suturar la herida de Sanosuke y dejarlo en óptimas condiciones de recuperación. Ahora pasaría a revisar a Kenshin, pero se alarmó al saber lo sucedido.

Después de revisarlo y con un Kenshin ya despierto, el joven médico no tenía buenas noticias.

-Lamentablemente, los instrumentos con los que dispongo no pueden dar un diagnóstico certero. – se lamentó - Necesita análisis más específicos. Tengo miedo de que el golpe en la cabeza deje una consecuencia grave. Podría ir a la ciudad grande más cercana para hacerse atender en clínicas más especializadas.

-Himura-san, creo que debería ir a Kioto. – sugirió Shura, viendo en eso una excusa excelente para alejarlo de Kaoru.

-No es simple. – protestó Kenshin - Mi obra está aquí, y mis negocios también. Tengo que quedarme, Shura-dono. Le pediré a Soujiro-san que vaya conmigo a Yamaguchi si es necesario.

-Entre más rápido lo haga, mejor. – insistió Soujiro - Pero si tiene en Kioto un médico de confianza, sumado a que la Medicina allí está más avanzada, creo que Shura-san tiene razón.

-Himura-san, sé que no quiere dejar sus responsabilidades, cosa que todos admiramos en usted. – le dijo dulcemente - Parta inmediatamente para Kioto, es lo mejor.

Y convenció a Kenshin. En cuestión de minutos, ya tenía las maletas hechas y Shura había mandado un telegrama avisando a los Kiyosato. Ella estaba feliz de sacarlo de ese pueblucho, y él se encontraba triste por dejar el pueblo de sus amores.

Antes de subir a su carruaje que lo llevaría a la carrera a Hiroshima, se dirigió a Shura.

-Necesito que informe de esto a Kaoru-dono. – le pidió.

-¿A la joven Kamiya? – preguntó Shura inocentemente, pero por dentro hervía de celos.

-Exactamente. – afirmó él - Dígale que se ponga en contacto conmigo lo antes posible.

-Déjelo en mis manos. – prometió ella con malicia.


Esa misma tarde, Kaoru decidió ir a hacerle una visita a Kenshin. Quería saber cómo se encontraba luego de descansar un poco, y también deseaba terminar con esa conversación que no pudieron finalizar.

Pero al llegar fue recibida groseramente por Shura, quien salió al patio a reunirse con ella.

-¿Qué estás haciendo aquí? – inquirió furiosa, yendo a su encuentro - ¿Quieres terminar de matar a Himura-san?

Kaoru entrecerró los ojos y la enfrentó.

-¿Cuál es su problema conmigo? – le cuestionó - ¿Es algo específico o simplemente una cuestión de diferencia de clases?

-No tengo ningún problema contigo. – respondió Shura mirándola de pies a cabeza - Sólo pensé en la casi tragedia que sucedió, que por lo poco que sé, fue porque tú estabas en el centro del dilema.

-Entonces de hecho sabe muy poco. – repuso la joven - Vine a hablar con Kenshin, tenemos una conversación pendiente.

-Pues la conversación seguirá pendiente.

-¿De qué está hablando? – preguntó Kaoru frunciendo el ceño.

-Himura-san se fue, volvió a Kioto. – anunció Shura victoriosa - Ya no quiere saber más de este lugar.

Kaoru sintió que el mundo se le vino abajo.

-¿Se fue? – preguntó, sin dar crédito.

-Sin mirar hacia atrás. – enfatizó Shura - Ya que fue por culpa de cierta persona que él casi murió.

-¿Y la obra en la ferrovía?

-Tiene subalternos que pueden encargarse de eso. – rió la mujer, y luego la contempló con desprecio - No me diga que usted tenía una expectativa con respecto a Himura-san.

-¿Qué insinúa? – preguntó Kaoru entre dientes.

-Pregunto si usted tenía una expectativa amorosa con respecto a él. – repitió la otra como si nada.

-Eso no es asunto suyo.

-Por lo visto sí, no hace falta que responda. – luego, fingió estar escandalizada - ¿Será que sucedió algo en la montaña…?

-¡Por favor, Shura-san, un poco de respeto! – interrumpió Kaoru enojada. No quería alimentar rumores - ¡No sucedió nada!

Shura se acercó amenazante.

-Más respeto tú, que eres quien provocó todo este enredo. – le dijo con fingida dulzura - Pero tienes razón, ése no es asunto mío. Pero te voy a decir una cosa: cualquier expectativa que hayas mantenido con relación a Himura-san, me parece algo irreal. – prosiguió mordazmente - Himura-san es un hombre rico, un hombre de mundo, perteneciente a la nobleza; él no tiene cómo huir de eso. Es un hombre que va para adelante en la vida, pasando por todo tipo de ciudades sin importar qué va dejando atrás. Como corazones puros e ingenuos destrozados.

Las lágrimas empezaban a brotar de los ojos de Kaoru.

-Creo que ya hablamos lo suficiente. – concluyó la kendoka.

-Te repito: no alimentes esperanzas. – le advirtió Shura con odio - Himura-san se fue de aquí muy decepcionado y no creo que vuelva. Pero como soy una mujer generosa, te daré palabras de aliento: lo superarás y conocerás un buen muchacho de tu clase, con el que podrás pasar el resto de la vida criando hijos.

Llorando de rabia y sintiéndose inferior, Kaoru salió corriendo de allí. Kenshin se había ido sin siquiera decirle adiós, y decepcionado con ella. Las palabras de Shura martilleaban en su cabeza con fuerza.

Pero te voy a decir una cosa: cualquier expectativa que hayas mantenido con relación a Himura-san, me parece algo irreal. Himura-san es un hombre rico, un hombre de mundo, perteneciente a la nobleza; él no tiene cómo huir de eso. Es un hombre que va para adelante en la vida, pasando por todo tipo de ciudades sin importar qué va dejando atrás.

Tal vez tenía razón. Ella era pobre, y a él tarde o temprano se le exigiría tomar una esposa de su clase. La posibilidad de un futuro juntos era imposible. ¡Qué tonta por pensar que eso podría cambiar!

Respiró hondo y decidió irse a entrenar hasta que se le pasara el coraje.

Sonriendo, Shura entró a la mansión, satisfecha con su misión de separarlos.


Dos semanas después.

Luego de la partida de Ikumatsu y Akira Kiyosato a Kioto, Kogoro Katsura hizo lo mismo y se dirigió también a esa ciudad, hospedándose en la mansión de Aoshi Shinomori, ya que su mansión urbana se encontraba en Tokio, que era donde prácticamente vivía hasta que sucedió lo del problema de las propiedades de su padre. Trataría de cerrar sus asuntos con los Kiyosato y de allí se iría a Hiroshima (había pedido temporalmente un cambio de lugar, para estar cerca de su padre) a ejercer sus obligaciones con el gobierno, dejando todo en manos de Aoshi.

Cuando llegó, tanto él como Aoshi pidieron una audiencia con la señora Kiyosato, y ésta aceptó. Los cuatro, contando al joven Akira, se reunieron en una fina confitería de estilo francés en la zona más cara de la ciudad.

Como político, Kogoro Katsura tenía un buen pasar económico y se había hecho de una pequeña fortuna independiente a la de su padre. Pero sabía cuánto amaba el viejo sus tierras y haría lo que fuera por él. También por Megumi, que adoraba el castillo de la familia, y por la que quería que siguiera manteniendo su estilo de vida acomodado.

-La señora conoce el estado de salud de mi padre, por lo cual necesito un poco de generosidad de su parte. – dijo Kogoro sin rodeos.

-Lo que Katsura-san quiere decir es que si la señora nos da tiempo suficiente de plazo, podemos resolver nuestras finanzas para encontrar una solución más definitiva. – explicó Aoshi - O vender después de que el Barón… - le costaba decirlo.

-Después de que el Barón pase a mejor vida, eso es lo que quiero decir… - terminó Kogoro.

La bella Ikumatsu Kiyosato lo miró con frialdad.

-Usted está usando la vida de su señor padre para convencerme de desistir de mis negocios. – supuso.

-No es exactamente eso. – aseguró el político y ex samurái.

-Pero así lo parece. – replicó ella con desprecio - Y después dicen que soy yo la negociante fría.

-¿La señora me está llamando frío? – se ofendió Katsura.

-Okaa-sama, no me parece que sea así. – intervino Akira, siempre intentando calmar las aguas.

-Pues a mí me parece que sí. – le contestó su madre - Un pedido calculado para enternecer mi corazón. – luego se dirigió al hombre - Probablemente por ser mujer, usted cree que debe ser más sentimental al respecto de mi fama. Por eso diré que no.

-Si usted dice que Katsura-san es frío es porque no lo conoce. – lo defendió Aoshi. Luego, el abogado vio con terror que el gran Kogoro Katsura se levantó en dirección a la mujer para arrodillarse ante ella - ¡Katsura-san!

Él arrodillado y ella sentada, con sus rostros muy cerca el uno del otro, hizo que Ikumatsu Kiyosato se ruborizara como no lo había hecho en años. Jamás un hombre la había intimidado y deslumbrado de esa manera.

-¿Qué piensa que está haciendo? – preguntó sorprendida.

-Implorando. – respondió Kogoro con desesperación reprimida - Es todo lo que me resta. Por favor, tenga piedad de mi familia.

-¡Levántese, hombre! – siseó ella molesta - ¡Todo el mundo está mirando!

-Katsura-san, eso no es necesario. – murmuró Aoshi.

-No me avergüenza hacer lo que sea para salvar la dignidad de mi familia. – dijo Katsura en voz alta - Creo que puedo contar con la pena de alguien que ha pasado por mucho en la vida.

-¿Habla de mí? – preguntó ella, perpleja.

-Claro. – respondió él mirándola a los ojos - Una mujer que ha salido adelante sola, que entiende mucho más que yo sobre negocios y a la que admiro y envidio de igual manera.

-Katsura-san, ya fue suficiente. – le dijo Aoshi - Ve afuera y toma un poco de aire, yo te encuentro después. – cuando el hombre se retiró, el abogado se volvió hacia los Kiyosato - Discúlpelo, Kiyosato-san, los últimos días fueron difíciles para él. La desgracia de su familia le ha afectado mucho. Sumado al incidente en Hagi…

Akira lo miró cabizbajo. Hacía unos días, su amigo Kenshin había llegado luego de un largo viaje en barco, e inmediatamente fue internado en una de las mejores clínicas de la ciudad. Tanto él como su madre se quedarían al pendiente de él y se encargarían de informar a la familia Himura.

Pero también hacía unos días, Akira había enviado una importante misiva a Hagi.


Mientras, en el susodicho pueblo, en casa de la familia Kamiya, estaban Kaoru, Megumi y Tomoe sentadas en el patio y mirándose entre ellas, melancólicas. El resto de la familia se había ido al pueblo para empezar a preparar el ajuar de Misao.

-Kioto…quién diría…las tres estamos aquí, en Hagi, pero con la cabeza allá. – suspiraba Kaoru mirando a la nada.

-Me siento mal de estar aquí sentada en casa triste, en vez de ayudar a Misao-chan con los preparativos de su boda. – se lamentó Tomoe.

-Ustedes por lo menos saben quiénes les gustan y quiénes gustan de ustedes. – agregó Megumi - Y si fueran hombres de verdad harían lo que fuera por buscarlas. En cambio yo, ni tengo certeza de mis sentimientos y mi padre y mi abuelo no querrán que vaya a Kioto para ver a Aoshi-san.

-Pues después de lo que me dijo esa Shura, ya no sé si Kenshin me quiere. – observó Kaoru.

-Pues yo creo que ella está celosa de verlos juntos. – le dijo su hermana - A pesar de que él es algo…

-Extraño. – terminó Kaoru.

-No, no quise decir eso. – le corrigió Tomoe - Es inexpresivo, como que no quiere decir lo que siente. O lo duda.

-Bueno, Akira no es distinto. Tiene una visión del mundo diferente a la de Kenshin, pero también dudó de ti.

Las tres clavaron sus vistas al suelo, angustiadas, pero la llegada del cartero las despertó de sus ensoñaciones. Traía una carta para Tomoe de Kioto.

La joven la abrió con ansiedad y alegría, y leyó en voz alta:

Querida Tomoe:

Primero te pido disculpas por haberme ido de ese modo de Hagi, sin haberme despedido de ti. Espero que tu dulce corazón pueda perdonarme una vez más. Pero el objetivo de esta misiva es decirte que no dejaré que mi madre controle mi vida. Aun no sé cuándo daré el próximo paso, me siento un prisionero aquí en Kioto. Pero déjame decirte que tengo una certeza que me hace no desistir de que tengamos nuestro final feliz: la certeza de que te amo.

Por siempre tuyo, Akira Kiyosato

-Él…él…¡Él dice que me ama! – chilló la chica con lágrimas de felicidad cayendo por sus mejillas - ¡Y que encontrará una solución para nuestra situación!

Las tres se abrazaron y empezaron a festejar, hasta que Megumi dijo alto.

-¡Esperen! – exclamó emocionada - ¡Esto es una señal!

-¿Señal de qué, Megumi?

-¡Una señal! – insistió la joven, luego miró a Tomoe - Tomoe, claramente necesitas ir a Kioto. Tienes que conquistar a Ikumatsu-san sin la presencia de Sakura-san (perdón, sé que es tu madre). – luego se señaló a sí misma - Y yo necesito saber…bueno, ustedes saben. – miró a su amiga - Y Kaoru, no puedes quedarte aquí plantada esperando descubrir lo que Kenshin pretende. ¡Está decidido! – gritó con orejas y cola de zorro - ¡Las tres iremos a Kioto!

-Yo sólo voy si Kaoru va. – decidió Tomoe mirando a su hermana. Kaoru le sonrió.

-Tienes razón, Megumi. – concordó la kendoka - Pero sólo te faltó decir una cosa: mis sueños. Con o sin Kenshin, necesito perseguirlos, y Kioto es el lugar. – miró extasiada a una y otra - Megumi, Tomoe…¡vamos para Kioto!

-¿No iremos a hacer una locura? – exclamó Tomoe, mitad miedosa, mitad excitada.

-Ay, Tomoe, no digas eso. – le reprendió su hermana - Estoy cansada de ver la vida pasando en frente de mí y yo sin hacer nada. ¡Tenemos que ir detrás del mundo!

-¡Así se habla! – bramó Megumi.

-¿Y si mamá y papá no nos dejan? – insistió Tomoe.

-Si mamá se entera de que vas a Kioto a reconquistar a Akira, es capaz de colocar más cosas en tu baúl de viaje. – rió Kaoru.

-Es verdad. – empezó a planear Megumi - E iremos en mi carruaje hasta Hiroshima (con cuidado de no cruzarnos con mi padre) y de allí nos tomaremos un barco a Osaka o Kobe, el que salga primero.

-Entonces pongamos el plan en marcha, no hay tiempo que perder. – sugirió Kaoru.

Las tres chocaron las manos y se dispusieron a poner manos a la obra.


Después de sus compras y regresando a casa, la familia Kamiya fue alcanzada por Enishi Yukishiro, quien también iba rumbo a la residencia de la familia a hablar con ellos. Chizuru y Tokio se tensaron al verlo.

-Kamiya-san, Sakura-san, señoritas. - se inclinó cortésmente - Vengo a ofrecer mis disculpas.

-Es lo menos que puede hacer después de la confusión que armó. – le dijo Koshijiro enfadado - Bueno, ¿qué tiene para decir?

-Kamiya-san, este humilde servidor fue tocado por la gracia de dos de sus hijas. – explicó el joven - Y es verdad que empecé una amistad rápida y profunda con Chizuru-san…

-¿Amistad? – preguntó la chica contrariada.

-Y siento causar tal confusión en la linda joven, generando en ella cierta expectativa con respecto a mis sentimientos…equivocada. – continuó Enishi.

-¿Equivocada? – se ofendió Chizuru.

-Deja al hombre terminar. – le regañó su madre.

-Si bien siento mucho afecto y cariño por Chizuru-san, mi corazón late por Tokio-san. – declaró el poeta mirando enamorado a la joven. Tokio se sonrojó furiosamente - Es algo que no sé explicar. Y me gustaría pedirla en cortejo, mi amada Tokio. – se inclinó ante Koshijiro Kamiya - Me gustaría saber si el señor acepta mi osadía y me da su bendición.

-¡Pues yo acepto feliz! – chilló emocionada Sakura.

Tokio se volvió a su hermana.

-Chizuru-chan, no aceptaré si a ti te lastima tanto. – le dijo - Aunque le corresponda sus sentimientos.

Chizuru la miró con mal humor.

-Siéntete libre, pues yo vine al mundo para ser adorada. – repuso - Y si Enishi-kun no me quiere, yo tampoco lo quiero. – y empujó a su hermana para seguir camino a casa.

-¡Ay, Kami-sama! – rogó Sakura, siguiendo a su hija menor - ¡Ahora te pido por las otras tres!

Misao miró al joven con desconfianza y se fue junto a Tokio detrás de su madre y su hermana.

Quedaron Enishi y Koshijiro atrás, y el segundo aprovechó para hacerle una advertencia al primero.

-Yo no nací ayer, jovencito, pero le daré el beneficio de la duda. – le dijo amenazante - Pero sólo por la felicidad de mi hija, mientras lo vigilo.

Tragando saliva pesadamente, el joven asintió, se inclinó y volvió al pueblo, prometiendo una pronta visita.


-Mi madre te manda sus disculpas, tuvo que atender un negocio urgente. Vendrá más tarde a verte.

Akira había ido de visita a la clínica donde Kenshin estaba internado para sus estudios. El pelirrojo ya estaba cansado de pasar tantos días en ese lugar; quería volver a Hagi lo antes posible. Aunque le sorprendía que Kaoru no le hubiese mandado aún ni un telegrama preguntando por él; en el fondo sospechaba que había algo raro en todo eso.

Apenas se recompusiera se encargaría de averiguarlo y buscaría a Kaoru para terminar su conversación inconclusa.

-Entiendo. – le contestó Kenshin a su amigo - Ya es hora de que me dejen salir de aquí, ya estuve muchos días. Además, me siento bien. – se quejó - Quiero regresar lo antes posible a Hagi para supervisar los arreglos.

-No hables de esas cosas, hablemos de cosas más animadas.

-Creo que alguien quiere hablar de Tomoe-dono. – se burló el pelirrojo.

-Le mandé una carta hablando de mis sentimientos y de que nunca desistiré de nuestro amor. – le contó Akira emocionado - No sé cómo resolveré eso con mi madre, pero no renunciaré a mi felicidad.

-Me inspiras, amigo. – le reconoció Kenshin, sonrojado - Estoy completamente enamorado.

Akira casi cayó de su silla.

-¡Viva! ¡Bravo! – festejó - ¿Y quién es ella?

Kenshin lo miró con una felicidad que su amigo jamás le había visto.

-Ahora que estoy seguro te lo puedo decir: Kaoru Kamiya.

Akira se levantó de su asiento y se puso a zapatear el piso de pura alegría.

-¡Lo sabía! – rugió con ojos brillantes - Qué lindo cuadro, los dos amigos con las dos hermanas. ¡Tenemos que ir detrás de nuestros amores! – estaba totalmente desatado – ¡Nos casaremos con ellas y tendremos hijos que serán primos!

Fue ante eso que Kenshin puso cara de bobo y comenzó a soñar despierto. Tener un hijo con su Kaoru-dono…sería para él el regalo más grande que pudiera recibir en la vida. Pensaba que tal vez, si podía traer al mundo a una criatura tan pura e inocente, ya no sería más un monstruo.

Y si la vida le permitía elegir, quería que esa criatura heredara los ojos de Kaoru. Despertar todas las mañanas para encontrarse con dos pares de ojos azules mirándolo sería para él un premio sin precedentes.

Pero primero debía resolver sus asuntos con ella, así que volvió a la realidad, muy a su pesar.

-Pero antes necesito hablar con Kaoru-dono. – le dijo a su amigo - Le dije a Shura-dono que la mantenga al tanto de todo.

-Me anima mucho verte feliz y mejor de salud. – se alegró Akira tomando su chaqueta para marcharse - Todo gracias a tu amor por Kaoru. – agregó con tono teatral.

-Ya vete. – rió Kenshin tirándole una almohada.

-Nos vemos, mi futuro hermano de casamiento. – se despidió su amigo cerrando la puerta.

Más animado, Kenshin se dispuso a dormir un poco; con suerte, soñaría la vida perfecta que se había imaginado con Kaoru instantes atrás.


Mientras, las tres jóvenes decididas a aventurarse a Kioto trazaban un plan digno de los tiempos de la Revolución. Le dirían a los padres de las Kamiya que la carta contenía una invitación de Akira Kiyosato para que Tomoe pasara unas semanas en Kioto; Kaoru iría como su acompañante. Y casualmente, Megumi se les uniría, ya que iría a visitar a Aoshi Shinomori, con lo que las tres jovencitas se hospedarían en la mansión del abogado.

Megumi, por su parte, se escaparía de su castillo, ya que conocía a sus hombres y no la dejarían viajar por nada del mundo. Les dijo a las hermanas que tuvieran sus maletas listas, ya que probablemente al día siguiente podría aparecer con su carruaje. Cuando se despidió de Kaoru y Tomoe, fue hasta la casa de los Sagara para requerir los servicios de chofer de Outa. El chico las llevaría hasta Hiroshima y volvería a Hagi con el carruaje para dejarlo en el castillo. A esa altura poco importaba si ya se enteraban del escape maestro, porque ellas ya estarían embarcadas hacia su destino.

Fue con ese plan en la cabeza que Kaoru y Tomoe esperaron de pie como un par de soldados a su familia que regresaba de Hagi. Sus padres notaron la tensión de sus hijas al instante.

-¿Qué pasa con ustedes dos? – preguntó Sakura.

-Recibí una invitación de Akira Kiyosato, mamá. – anunció Tomoe, sonrojada recordando la declaración de amor, y avergonzada por mentir a sus padres.

-¿Después de salir corriendo de Hagi el chico resucitó? – preguntó molesto su padre.

-Él necesitó volver a Kioto debido a los negocios de la familia. – explicó su hija mayor - Y ahora me invitó a visitar la ciudad junto a Kaoru-chan.

-Y Megumi también va, así que nos quedaremos hospedadas en casa de Aoshi-san. – agregó Kaoru.

Koshijiro Kamiya se sentó sobre el tatami.

-Mis hijas solas en Kioto. – suspiró preocupado.

-¡Por favor, papá! – rogó Tomoe.

-Si eso significa tanto para ustedes, pueden ir. – permitió Kamiya-sensei.

Las dos chicas se abalanzaron sobre su padre para repartirle besos por toda la cara y abrazarlo; y cuando Tomoe fue con su madre y sus hermanas para terminar de preparar sus cosas, Kaoru decidió hacer una visita que ya no podía posponer.


Un rato después, la kendoka llegó a la casa de Sanosuke.

-¡Jo-chan! – la saludó su amigo llegando a ella con ayuda de una muleta.

-¡Sano! – se alegró Kaoru - Vine a ver cómo seguías y a darte una noticia. – ambos se sentaron - ¡Me voy a Kioto!

Sanosuke ya lo sabía por la conversación entre Megumi y Outa.

-Así que vas a ir a conocer la antigua capital. – dijo.

-Ya era hora. – contestó ella - Tengo que empezar a tomar las riendas de mi vida. – lo miró detenidamente y agregó - Pero no pareces muy feliz.

Él sonrió.

-¿Sabes, Jo-chan? Cuando hablabas de salir de Hagi y conocer el mundo, parte de mí deseaba que lo hiciéramos juntos. – le dijo.

-Sano, ya te expliqué…

- Soujiro me contó que Himura-san volvió a Kioto. ¿Vas a ir detrás de él?

-Voy a ir detrás de mi futuro. – le explicó Kaoru - Si Kenshin es parte de él o no, ya lo descubriré. Pero espero que sí. – se levantó y le dio un beso en la mejilla - Tengo que irme, así que sigue mejorando de esa pierna.

-Espero verte feliz, Jo-chan. – le deseó el joven - Con o sin ese hombre. – y añadió riendo - Mejor sin.


A la mañana siguiente, Kaede había vuelto del mercado de Hagi con un chisme (cortesía de Sakura Kamiya) que hacía que la vieja sirvienta se relamiera ante la cara que pondría Shura.

Durante el desayuno, le preguntó como si nada:

-¿Cuáles son sus próximos pasos, Madame?

-Bueno, después de lo sucedido en la obra y con todo el tema de la salud de Ken-san, se me pasaron los días de plazo que le di al Barón. – respondió Shura con indiferencia - Así que mediante una carta se lo extendí por el resto del mes, que termina en unos días. Así que pronto iré a hacerle una visita. Y si no cede le contaré todo a Megumi, su adorada nieta boba, que no sabe que están a punto de quedarse sin sus tierras.

Kaede sintió que era hora de soltar la bomba. Y lo haría a cuentagotas, como siempre.

-Madame, me enteré de algo muy interesante. – dijo con voz melosa - Un viaje de las hermanas Kamiya.

Shura empezó a reír a carcajadas.

-¿Las hermanas Kamiya van a viajar? – se burló - ¿Caben todas en la carreta miserable que tienen?

-No todas, sólo Tomoe y Kaoru. – aclaró Kaede - Dicen que fueron invitadas para ir a Kioto por Akira Kiyosato.

A Shura se le cayó la taza.

-¿Kaoru va para Kioto? – preguntó incrédula.

-En realidad el convite fue para Tomoe, pero Kaoru va como acompañante.

Y Shura Myoujin tuvo una rabieta que hizo que Kaede quisiera abofetearla.

-¡Kaede, haz nuestras maletas inmediatamente! – ordenó histérica - ¡Tenemos que salir para Kioto!

-Pero Ikumatsu-san le mandó quedarse…

-¡Yo me entiendo con Ikumatsu! – chilló la otra - ¡Tenemos que impedir el ataque de esa Kaoru sobre mi Ken-san!

Ambas mujeres se movieron lo más rápido que pudieron para dejar todo en orden e irse.


En ese momento, en Kioto, Ikumatsu Kiyosato pensaba en un suceso en particular durante el desayuno.

Flashback

-¡Levántese, hombre! ¡Todo el mundo está mirando!

-No me avergüenza hacer lo que sea para salvar la dignidad de mi familia. Creo que puedo contar con la pena de alguien que ha pasado por mucho en la vida.

-¿Habla de mí?

Fin flashback

-¿Sucede algo? – preguntó Akira, quien había bajado a desayunar y vio a su madre con aire distraído.

Ikumatsu dio un respingo.

-Nada importante. – respondió - Me quedé pensando en esa escena montada por el hijo del Barón arrodillado pidiendo por su familia. A veces las personas hacen eso al ver que perderán todo, pero Kogoro-san parecía realmente preocupado por su familia. – observó - Pero debe ser impresión mía. ¿Y tú? Se te ve animado.

Akira se sonrojó y pensó en él y en Kenshin. Y que pronto ambos unirían fuerzas en pos de sus amores.

-No me sucede nada. – respondió con una sonrisa.


Koshijiro Kamiya llamó y entró a la habitación de sus hijas mayores, donde encontró a Kaoru repasando los últimos detalles de su viaje con Tomoe y Megumi.

Cuando lo vio, le sonrió a más no poder.

-Ya estamos listas, ahora a esperar por Megumi. – le dijo.

-Y mientras esperamos a Megumi, ¿podrías contarme el verdadero motivo de ese viaje? – le preguntó su padre.

-Akira Kiyosato. – respondió Kaoru como quien no quiere la cosa.

-Pero no vi la carta de ese joven invitándolas. – repuso él - Kaoru-chan, creí que no habría mentiras entre nosotros.

Kaoru suspiró y miró a su padre. Imposible mentirle aunque quisiera. Le sonrió y se dispuso a contarle la verdad.

-Akira realmente mandó una carta revelando su amor por Tomoe-chan, pero la idea de ir a Kioto fue nuestra. – confesó - Pero no te lo dijimos por miedo a que no nos dejaras ir.

Koshijiro la miró con cariño y apoyó una mano en su hombro.

-Creo que ese viaje será un paso importante para Tomoe-chan. – admitió.

-¡Tendrías que haber visto la alegría en su rostro al ver la carta!

-¿Y tú?

-¿Qué cosa?

-¿Vas detrás de Himura-san?

-Un parte de mí sí, la otra parte…

-Lo suponía, por eso te daré esta carta para que la lleves tú a esta dirección. – la interrumpió extendiéndole un sobre - Así que incluye tu bokken en tu equipaje.

A continuación, le contó a su hija que ésa era una carta de recomendación para que la aceptaran en el dojo de Toshinaga-sensei, 20° maestro del Yagyu Shinkage-ryu, uno de los estilos más antiguos del Japón y por excelencia, representante del Katsujinken (la espada que protege la vida). Así, Kaoru podría validar su título de maestra del estilo Kamiya Kasshin, que seguía la misma filosofía de protección y formación del guerrero. El dojo se encontraba en Osaka, por lo que tendría que hacer viajes en tren desde Kioto de 2 horas cada uno aproximadamente para poder asistir a sus clases. Casualmente, esos ferrocarriles fueron obra de Kenshin Himura y su empresa. (N.A.: En realidad, Toshinaga fue a vivir a Tokio en esos tiempos para entrenar a la Guardia Imperial, y sus dojos estaban en Nagoya y Osaka a cargo de sus instructores).

Con lágrimas en los ojos, Kaoru se arrojó a los brazos de su padre. Por fin haría realidad su sueño de ser maestra de kendo y así poder empezar a trabajar duro para recuperar el dojo de la familia e impedir que el estilo Kamiya Kasshin muriese con su padre. Y no le importaban las horas de viaje que tendría que hacer hasta Osaka.

-¡Gracias, papá! – lloraba de felicidad.

Koshijiro tampoco pudo evitar las lágrimas al saber que su hija estaba más cerca de cumplir su más grande anhelo.

-Sólo cuida de tu hermana, que no es tan sagaz como tú. – le dijo - Y manden cartas de vez en cuando, para contarme de sus andanzas.

Después de una cálida despedida de su madre, quien no paraba de meterles cosas en sus baúles y de advertirles de los peligros de andar la una sin la otra en semejante ciudad, Kaoru y Tomoe se despidieron del resto de sus hermanas, mientras sus padres iban a hacerse un té para calmarse.

-Todavía no puedo creer que ustedes dos vayan a Kioto y yo no. – protestó Chizuru.

-Ya llegará tu momento de ir, Chizuru-chan. – le dijo Tokio.

-¡No me dirijas la palabra!

-Chicas, no quiero que peleen más. – les pidió Tomoe.

Misao sólo las miraba en silencio y con tristeza, pues no podrían ayudarla con sus preparativos; aunque había una fecha de boda tentativa, ella y Soujiro tenían opción de moverla de ser necesario, pero el viaje de sus hermanas era por tiempo indefinido.

Kaoru contempló a cada una de sus hermanas, y las Kamiya se cerraron en un círculo abrazándose.

-Sé que mamá a veces dice tonterías. – dijo Kaoru - Y que papá a veces es muy permisivo con nosotras. Pero llegará el día en que ellos ya no estén, y sólo nos tendremos las unas a las otras. Y tenemos que prometernos que cada hermana Kamiya tendrá el hombro de la otra.

Las cinco hermanas estrecharon aún más el abrazo y lloraron juntas, hasta que la llegada de Megumi y Outa las terminó de separar, por lo menos temporalmente.

Momentos después, los cuatro jóvenes se dirigían alegremente hacia Hiroshima, seguidos muy de cerca por otro carruaje que llevaba a Shura y a Kaede.