Nuevo capítulo!

Pjean: Bueno, ya era hora de ver a un Kenshin más seguro en comparación al "original", su personalidad rurouni estresa mucho XD. Aunque con el tema del matrimonio cabe recordar que hay cierto secretito del pelirrojo que Kaoru aún no sabe; no es por querer ser ave de mal agüero, pero con eso y un par de cosas más que irán surgiendo, el amor será puesto a prueba. Veremos qué sucederá. En cuanto a Akira, pareciera que la inseguridad de siempre de Kenshin se pasó a él XD.

belona: Me alegra que te guste la historia, y espero que la sigas disfrutando. Y quedate tranquila, que este fic de seguro lo termino, no pienso abandonarlo.

Gracias por todo y saludos!


Después de que Shura le dijera que tenía una misión para él, Yahiko no pudo más que mirarla con incredulidad y un odio cada vez más creciente. Qué mujer tan inescrupulosa.

-¿Tú me necesitas? - se burló el chico - ¡¿Tú?!

Su madrastra rodó los ojos. Sabía que le costaría llegar a un acuerdo con él, pero pensaba que después de tanto tiempo separado del mundo exterior hasta se alegraría de verla.

-¡Ay, Yahiko-kun! – le dijo con falsa dulzura - Pensé que habías crecido, pero sigues siendo un bebito.

Esa fue invitación suficiente para que la discusión se pusiera violenta entre los dos.

-¡Me dejaste tirado en esta perrera por años!

-¡Y tu padre arruinó mi vida dejándome a un mocoso como tú!

-¡Lávate la boca antes de hablar de mi padre! – gritó Yahiko fulminándola con la mirada.

Pero Shura pensaba que se estaba desviando de su objetivo y prefirió calmar los ánimos. Después de todo, todavía no contaba con el apoyo del muchacho para su plan.

-Yahiko-kun, querido, no vine a pelear. – empezó en un suspiro - Además, deberías de estar agradecido con esta institución y conmigo, ya que se te ha dado una educación exquisita que…

-¡¿Qué es lo que quieres?!

Shura volvió a suspirar.

-Bueno, vamos a lo que interesa. – decidió, y dio inicio a su propuesta - Si me ayudas en algo que anhelo mucho, yo te ayudaré a ti a recuperar el dojo de tu fallecido padre que vendí hace años y con eso te haré entrega de la espada que mi bien amado marido supo llevar en sus años de servicio como samurái de Tokio.

La expresión furibunda de Yahiko cambió a una atónita. No sabía que la katana de su padre no había sido vendida; había asumido que esa maldita la había despachado junto con el dojo.

-Creí que habías vendido también la katana. – masculló, más tranquilo y dispuesto a escuchar.

-Decidí conservarla para ti, si me ayudas, claro. – le dijo Shura distraídamente.

El joven parecía pensarlo con profundidad. Quería esa espada y recuperar el dojo familiar más que nada en la vida, era lo único que le quedaba de su padre, además del orgullo y la dignidad de espadachín que Yahiko aspiraba a ser algún día. Aunque en los tiempos que corrían ser samurái ya era considerado prácticamente obsoleto.

Y así estuvo cavilando por un rato largo ante la mirada fija de Shura, hasta que por fin habló:

-¿Qué quieres que haga?


A la mañana siguiente, día del baile, una triunfante Shura bajó a desayunar encontrando a los Kiyosato en la mesa familiar. Akira se encontraba muy concentrado escribiendo varias tarjetas.

-Buenos días. – saludó - ¿Ya está todo listo para la fiesta?

-Akira se levantó muy animado y decidió hacer las invitaciones él mismo. – respondió Ikumatsu mientras tomaba su té y leía la correspondencia.

-Creo que es más romántico escribir a mi posible futura novia la invitación de mi puño y letra. – explicó Akira de buen humor.

Eso despertó la curiosidad de Shura.

-¿Y puedo ver? – quiso saber, extendiendo la mano para tomar una de esas tarjetas.

Pero el joven no se lo permitió y apartó el brazo de la mujer casi de un manotazo, sorprendiéndola.

-No puedes. – le dijo él con los ojos brillantes y una sonrisa inexplicable - Es algo que tengo que hacer yo.

-Qué animado, Akira-kun.

En ese momento se presentó el hombre de los sueños de Shura.

-Buenos días a todos. – saludó Kenshin con la frialdad de siempre sentándose junto a ella, lo que la emocionó.

-Himura-san, me disculpé con Kaoru-san, tal y como se lo prometí. – le susurró mientras acercaba su silla a la de él - Me siento más aliviada.

-Qué bueno. – le dijo el pelirrojo con indiferencia.

Shura notó su fuerte perfume masculino. Le extrañó, ya que él no era muy dado a esas frivolidades, como las consideraba.

-¿Usted va a salir? – quiso saber, levantando una ceja.

-Sí. – le respondió el ingeniero - Iré a la casa de Aoshi Shinomori para invitar a Kaoru-dono al baile de esta noche.

Shura casi se atragantó con su desayuno e Ikumatsu miró al joven por encima de sus cartas.

-Qué bueno que me lo recuerdas, Himura-san. – le dijo - Que quede claro que la invitación es sólo para Kaoru-san y Megumi-san, para no complicar las cosas.

-Claro, jamás expondría a Akira a tal complicación. – concordó Kenshin con buen humor - Bueno, me tengo que ir.

-La verdad yo también tengo que irme. – saltó Shura, tenía que reunirse con el mocoso lo antes posible para trazar su plan - Ya saben, para preparar mi vestido.

Kenshin la acompañó hasta el carruaje, mientras ella juraba y perjuraba interiormente que él sería suyo a como diera lugar.


Misao tenía sentimientos encontrados. Por un lado, estaba algo triste debido a que Makoto Shishio no había tomado muy bien la noticia de su compromiso con Soujiro. En realidad, el hombre no había hecho un escándalo ni nada por el estilo, pero asintió con indiferencia ante la noticia y se retiró a seguir con sus asuntos; así que lo que debió haber sido un día de júbilo y celebración en familia en la Mansión Shishio, terminó siendo una velada algo solitaria para la pareja. Misao sentía pena por su novio, lo había visto muy entusiasmado por dar la noticia a su padre, por lo que quedó bastante decepcionado de su reacción.

Pero por el otro, se sentía feliz. Entre promesas de amor y planes a futuro, Soujiro había dejado deslizar como quien no quiere la cosa y de manera casual, que la pareja, una vez casada, se mudaría a otra casa en Hagi. Si bien lo dijo muy de paso, fue lo suficientemente claro como para que Misao no se olvidara de esas palabras y se convenciera de que no vivirían en ese palacio. Desde su compromiso con el joven médico, apenas dormía pensando que se tendría que mudar a ese tétrico lugar.

Y ahora, más que aliviada, se prometió hacer feliz a Soujiro todo lo que le quedara de vida.

Pensaba en todo eso, mientras acompañaba a su madre en Hagi luego del desayuno para hacer algunas compras para la casa. Mientras la esperaba fuera de un local, permanecía tan concentrada en su propio mundo interior, que no se dio cuenta de que la joven ama de llaves de la Mansión Shishio se personó frente a ella.

-¡Uki-chan! – se pasmó.

-¿Cómo está, Misao-sama? – saludó la aludida fríamente y con voz monótona - Quería felicitarla por su próxima boda con Soujiro-sama; no tuve oportunidad de decirlo antes entre las idas y venidas en estos días.

Realmente no se sentía ni un poco feliz por la futura boda entre Misao y Soujiro, pero se veía obligada a participar de tal dicha.

Misao se inclinó agradecida.

-Muchas gracias, aunque sucedió todo muy rápido…

-Parece que usted no escuchó mis consejos sobre el palacio y las cosas que pasan allí. – le interrumpió Uki con la mirada llena de desprecio.

-Claro que escuché tus consejos, Uki-chan, y te agradezco mucho por la preocupación, pero para mí eso no es problema. – contestó Misao alegremente.

Uki levanto una ceja, perpleja.

-¿No? – preguntó.

-Soujiro y yo decidimos que nos mudaremos a nuestra propia casa después del casamiento.

Fue entonces que la expresión aletargada de Uki Sagara se transformó en otra de sorpresa y horror.

-¿Soujiro-sama se va a mudar del Palacio Juppongatana? – balbuceó.

-¡Sí! – reía Misao, que no se daba cuenta de nada - ¿No es genial?

-¡Claro! – exclamó Uki, que había terminado de contar hasta diez para calmarse - ¡Es una vida nueva para la pareja!

En ese momento Sakura salió de la tienda y llamó a su hija.

-¡Tengo que irme, Uki-chan! – se despidió Misao con una inclinación - ¡Adiós!

Uki observaba a las dos mujeres que se alejaban.

-Ningún miembro de la familia Shishio dejará el Palacio Juppongatana. – masculló con odio - Eso lo puedo jurar.

Y teniendo en cuenta el desinterés que había demostrado su patrón hacia el futuro matrimonio, supuso que el detalle de la posible mudanza no le había sido mencionado, por lo que se jugó esa ficha para retener a Soujiro en el palacio: la oposición del padre.

Apenas llegó a la residencia, se presentó frente a Makoto Shishio, quien fumaba tranquilamente mientras contemplaba su majestuoso jardín.

-¿Te quedarás allí parada o hablarás lo que tengas que hablar? – le espetó, viendo que la chica no se movía ni articulaba palabra.

-Quería preguntarle si el cuarto de Soujiro-sama se convertirá en uno de huéspedes o se mantendrá todo en su lugar. – dijo la joven enfatizando cada una de las palabras.

Makoto Shishio desvió la vista de su jardín para fijarla en su ama de llaves.

-¿De qué estás hablando? – le preguntó con desdén.

Uki sonrió mentalmente. Aunque la mirada de su patrón parecía impasible como siempre, sabía que por dentro empezaba a gestarse el desconcierto.

-Creí que usted ya lo sabía. – dijo la chica, fingiendo confusión - Soujiro-sama y Misao-sama se mudarán de aquí cuando se casen.

-¿De dónde sacaste eso?

-Misao-sama me lo comentó. – prosiguió y luego se inclinó - Disculpe, pensé que usted lo sabría. No quise ser indiscreta.

Pero el ex hitokiri ya no la escuchaba. No quería ni pensar en la posibilidad de que Soujiro se fuera de su hogar. Había pensado que la pareja se quedaría a vivir en el Palacio Juppongatana, prácticamente era un lugar muy grande y más que suficiente para ellos, incluso una vez que la familia se incrementase. No, no permitiría que su hijo se fuera de su lado. Ya se le había ido uno, no dejaría que se fuera el otro.

Volvió de su ensoñación y vio que Uki seguía allí.

-¡¿Qué haces todavía aquí?! –ladró - ¡Vete!

La joven se retiró y él se preparó para salir de cacería. A ver si de ese modo se tranquilizaba y lograba despejar su mente.


Kaoru se había puesto esa mañana un bonito kimono azul que combinaba con sus ojos. Pensaba hacerle una visita a Kenshin en la mansión Kiyosato; primero, porque quería verlo y segundo, porque quería aclarar lo dicho por Shura sobre el rompimiento entre Akira y Tomoe.

Estaba saliendo cuando al abrir la puerta casi choca con el pelirrojo.

-Oro, Kaoru-dono.

-¡Kenshin! – se sorprendió ella - ¿Qué haces aquí?

Él esbozó una sonrisa bobalicona.

-Quería verte. – le dijo.

-Justo estaba pensando en hacer lo mismo. – dijo la chica guiándolo hacia la sala - Pero necesito hacerte una pregunta, ¿por qué Akira le dijo a Shura que terminó con Tomoe?

Esa pregunta directa tomó por sorpresa a Kenshin. Maldijo en su mente a Shura por darle como regalo esa última intriga a la joven, pero no había marcha atrás. Mejor así, le plantearía la situación y trazarían un plan para ayudar a los jóvenes enamorados.

Cuando terminó su relato de los hechos entre madre e hijo, Kaoru cayó sentada sobre el mullido sofá con los ojos y la boca abiertos.

-¡¿Qué?!

-Resumiendo: si Akira no le hubiese dicho a su madre que todo terminó entre él y Tomoe-dono, a esta hora, él estaría dentro de un barco rumbo a Europa. – terminó Kenshin, pero también quiso defender a la madre - Puede parecer que Ikumatsu-dono es una mujer dura, pero debemos comprender que todo lo que hace, lo hace pensando en el bien de su hijo.

Pero su novia lo miró con el ceño fruncido.

-¿Y eso qué significa, Kenshin? ¿Qué Akira no tiene fuerzas para enfrentar a su madre? – lo enfrentó - Además, no quiero que mi hermana pase por más sufrimiento. Kenshin, él le mandó una carta a Tomoe prometiéndole que no permitiría más que su madre se entrometiera entre ambos, y no lo está consiguiendo.

-Kaoru-dono, debes entender que Akira perdió a su padre a muy temprana edad y fue criado por su madre desde entonces. – insistía el joven - Es muy difícil cortar esos lazos, pero te aseguro que él ama a Tomoe-dono. Pero tenemos que ayudarlo.

-¿Y qué hay de Tomoe?

-Al ayudar a Akira también ayudamos a Tomoe-dono. Ellos son muy parecidos, hacen y dicen las cosas tal como los demás lo esperan de ellos. Por eso necesitan de nosotros: Akira tiene que hablar con ella en el baile de esta noche. Un baile que su madre está organizando para presentarle nuevas pretendientes.

Eso fue demasiado para la kendoka.

-¡¿Qué?! – chilló incrédula - ¡¿Él estuvo de acuerdo con ese baile?!

-Akira no tiene elección, Kaoru-dono. Pero elaboramos un plan y será un baile de máscaras; así Tomoe-dono podrá asistir y conversar con Akira sin que Ikumatsu-dono se entere.

Kaoru se tomó un tiempo para digerir lo dicho por su novio. Había recibido mucha información en muy poco tiempo: el ultimátum de Ikumatsu, la mentira de Akira, el plan de Kenshin…

Simplemente era demasiado. Y de locos.

-Es una locura. – dijo al fin.

Kenshin sonrió y la miró con amor.

-Pienso lo mismo. – coincidió él - Pero sinceramente desde que te conocí, empecé a ver las cosas desde otro ángulo; cosas en las que no creía se tornaron de repente posibles. Y te confieso que me gustaría hacer algunas locuras para verte feliz.

Kaoru empezó a reír y se lanzó a sus brazos.

-Bueno, aunque es una idea loca, me parece perfecta. – dijo antes de besar al pelirrojo, que no le puso nada difícil el encuentro de sus labios.

Pero el globo de felicidad en el que estaban se pincharía de repente con la aparición de una sombra.

-Disculpen por interrumpir, pero su plan está lejos de ser perfecto. – dijo Megumi tímidamente, saliendo del rincón oculto de la sala en donde se encontraba.

Kenshin y Kaoru se separaron, rojos como un par de tomates.

-¡Megumi!

-No se preocupen, no vi nada…sólo lo necesario. – les aseguró la joven, también sonrojada - Qué bueno verte, Kenshin.

-Lo mismo digo, Megumi-dono, ¿pero cuál es el problema con nuestro plan?

Megumi tomó aire y empezó a explicar teorías y razones cual catedrático en alguna ciencia. En el caso de la joven, en la ciencia del amor y las relaciones.

-Si ese baile es para que Akira escoja una pretendiente entre varias, con certeza Ikumatsu-san esperará que eso suceda. – procedió a argumentar - De esa fiesta sale una prometida para Akira sí o sí; ella está ansiosa por librarse de Tomoe-chan y no tendrá paz hasta que eso suceda.

Kenshin se quedó impresionado ante las razones de Megumi.

-Megumi tiene razón, ella entiende de esas cosas. – le explicó Kaoru tristemente, la cosa se complicaba - Ikumatsu-san no querrá que ese baile termine hasta que Akira no encuentre a una joven a la que cortejar.

De repente, una voz hizo que los tres dieran un respingo.

-¡Qué horror que a esa tal Ikumatsu no le guste Tomoe-chan! – Tae hacía su aparición en la sala - ¡Si yo fuera hombre no dudaría en casarme con ella!

-¡Tae! – se asustó Kaoru - ¿Tú también estabas oculta?

-Acabo de llegar pero escuché lo suficiente. – miró a Kenshin y se presentó - Tae Sekihara.

-Kenshin Himura, a sus órdenes. – respondió Kenshin, y agregó - Por lo que veo, usted es amiga de Kaoru-dono.

-Se olvidan de que tenemos un problema que resolver. – intervino Megumi, algo nerviosa de ver a Tae, quien ni siquiera la miraba.

-Pues es problema resuelto, porque tengo la solución. – dijo Tae como si nada.

-¡¿En serio?!

-Por supuesto. – dijo con una sonrisa y anunció - Les presento a la "futura prometida" de Akira Kiyosato. – se señaló a sí misma y los demás casi cayeron para atrás del asombro.

Megumi hiperventilaba.

-¿No te estarás arriesgando demasiado? – resopló - Recuerda que tienes novio.

-Él está de viaje y conociéndolo, no le importaría.

Pero no había tiempo que perder y Kenshin lo sabía.

-El plan es suyo, Tae-dono, y por mi está bien. – dijo - Pero Tomoe-dono no puede saber nada de esto hasta hablar con Akira.

Y así, los cuatro se pasaron por lo menos media hora más discutiendo el plan, hasta que Kenshin decidió regresar a la mansión Kiyosato. Las jóvenes, por su parte, decidieron despertar a Tomoe para comunicarle del baile (con las omisiones necesarias) y posteriormente ir de compras para la ocasión.


-¿Y entonces, busu? ¿Me contarás lo detalles de tu plan contra esa chica?

Shura había vuelto al internado para discutir del plan con Yahiko, así como para llevarle alguna ropa de gala. Debido a que no tenía casa propia en Kioto, no podía sacarlo de allí y simplemente llevarlo a la mansión de sus amigos, menos aún con Kenshin allí. Por primera vez maldecía que el pelirrojo se hospedara allí, si tenía un palacete en uno de los barrios más exclusivos no muy lejos de allí; pero por la preocupación por las secuelas de su accidente, Ikumatsu había insistido en que se quedara con ellos un tiempo. Bueno, tampoco era como si de no estar el ingeniero pudiera llevar al chico allí, se suponía que nadie sabía de su existencia.

Lo cierto era que ahora tenía que ir y venir del internado, habiéndole pedido al director del mismo absoluta libertad al joven para que pudiera salir cuando ella lo buscara. El hecho de que ella era su "madre" y que Yahiko estuviera entre los mejores estudiantes, facilitó el permiso.

-Mi querido Yahiko-kun. – respondió ella fastidiada. Odiaba que le dijera busu pero sabía que tendría que aguantarse por el momento. Ya le haría pagar - Todo comienza con Kaede atropellando a Kaoru.

Yahiko abrió los ojos y la miró asqueado.

-¿Qué cosa? ¿La vas a asesinar? No pienso matar a nadie, víbora.

El plan de Shura era que al llegar a la mansión Kiyosato, una disfrazada Kaede azuzara un carruaje para intentar atropellar a Kaoru, y que por arte del destino, el joven Myoujin la salve de tan fatal fin. Pasado el susto, él la acompañaría al interior de la casa y empezaría a coquetear con ella para generar celos en Kenshin.

Hasta ella aceptaba que era un plan básico y sin chiste, pero era una carrera a contrarreloj, y ese era el mejor plan que tenía por el momento. Si eran precisos y cuidadosos, tendrían éxito, teniendo en cuenta los celos y la desconfianza fáciles del pelirrojo.

-¿Acaso crees que soy burra como para matar a alguien? – terminó de decir luego de explicarle el plan.

El chico simplemente la miró con mala cara.

-Y también una busu capaz de hacerlo. – le dijo al fin.


Por la tarde, Makoto Shishio vio a su hijo alistándose para salir.

-¿Se puede saber adónde vas? – inquirió autoritario.

-A dar un paseo con Misao, Otou-sama. – respondió su hijo animado - Luego cenaremos en el restaurante local.

-Puedes traerla a cenar aquí. – propuso Shishio.

Soujiro miró a su padre con desconfianza. Sabía que en el fondo no le gustaba Misao, pues era sabido que pretendía que él se casara con alguien como Megumi Katsura, por ejemplo. Pero ya había decidido a quién entregarle su corazón y su vida, y no dejaría que ni siquiera su propio progenitor le hiciera pasar un mal rato a Misao.

-Otou-sama, no estará pensando en hacer alguna locura, ¿no? – quiso saber.

-No haré nada en contra de tu noviazgo, si eso te preocupa. – respondió el ex asesino - Como estoy obligado a aceptar a esa joven como nuera, haré el esfuerzo por conocerla mejor.

Soujiro suspiró aliviado.

-Entonces hablaré con ella. – dijo, y se fue a encontrarse con su novia.

Makoto Shishio observó a su hijo irse y mandó a llamar a Uki.

-¡Uki! – la joven apareció en cuestión de segundos - Tenemos una invitada esta noche: Misao Kamiya. No quiero contratiempos.

-¿Por qué dice eso? – preguntó la chica extrañada.

-Necesito preservar a mi familia en esta casa. – gruñó - Ya perdí un hijo y no se me irá otro. – la miró con fastidio - ¿Qué estás esperando?

La joven ama de llaves se dispuso a organizar todo y dar las órdenes correspondientes en las cocinas para la cena en honor a Misao Kamiya. Mientras lo hacía, su rostro estaba fuertemente sonrojado ante la mención indirecta que hizo su patrón sobre su otro hijo.


Para Misao, la invitación no había sido una sorpresa grata, una vez que Soujiro fue a su casa a buscarla.

-¿Pero así de repente? – dijo asustada y se excusó - Es que no estoy vestida apropiadamente.

-¡Con tu belleza y juventud es suficiente! – intervino Sakura.

-Estás linda, Misao. – aseveró un embobado Soujiro - Además, es una ocasión informal.

Viendo que no tenía ninguna excusa válida para rechazar la invitación, Misao no tuvo de otra que aceptar y dirigirse a su habitación, ya que había insistido con ponerse un kimono un poco más acorde a la ocasión. Encontró a Tokio acicalándose y se le ocurrió una idea.

-¡Tokio-chan, ven conmigo! ¡Por favor! – le rogó después de explicarle la situación - Se nota que no le caigo bien a Shishio-san y esa casa…

-Misao-chan, creía que habías dejado de lado esas cosas. – la cortó Tokio algo irritada.

-Ese señor bien pudo haber matado a su esposa. – Misao estaba al borde de un colapso - ¿Y si me quiere envenenar?

-¡Misao-chan!

-¡Por favor!

-No puedo, tengo una cita con Enishi-kun y estoy atrasada. – suspiró su hermana con una sonrisa y dándole un beso en la frente - No tengas miedo, Soujiro estará contigo.


Empezaba a anochecer cuando los primeros invitados llegaron a la fiesta de la mansión Kiyosato. Ikumatsu bajaba las escaleras con su hijo charlando animadamente.

-¡El baile de hoy promete! – decía Akira con vigor - Pero falta un detalle para estar listo por completo. – a continuación sacó una máscara de uno de sus bolsillos y se la colocó.

Su madre lo miraba desconcertada.

-¿Qué broma es esta? – preguntó.

-Una sorpresa para ti: será un baile de máscaras y aquí está la tuya. – le respondió su hijo mientras le hacía entrega de una delicada máscara.

-Akira…

-Mis invitados están llegando, tengo que ir a recibirlos. – se apresuró en ir hacia la entrada, dejando a su madre con la palabra en la boca.

Mientras observaba a Akira departir con sus invitados, dio un respingo al escuchar una voz conocida a sus espaldas.

-Adivine quién soy. – dijo la voz.

Ikumatsu se volvió para ver a un Kenshin divertido y enmascarado.

-Himura-san. – resopló, recuperándose del susto - ¿Sabías de todo esto y no me dijiste nada?

-Una sorpresa, Ikumatsu-dono. – le respondió él con una sonrisa - Diviértase un poco.


El carruaje que les había cedido Aoshi había llegado finalmente al lugar de la fiesta. Con bellos vestidos y capas, Megumi, Kaoru y Tomoe bajaron frente a la entrada, y cuando se disponían a entrar, algo llamó la atención de la kendoka.

-¡Señorita, ayúdeme! – gritaba un niño al otro lado de la calle.

-Esperen, iré a ver qué necesita ese niño. – les dijo Kaoru a las otras dos jóvenes. Al ser quien estaba más cerca de la calle, decidió ir a ayudar.

Pero casi a mitad de camino y saliendo de un recoveco, un carruaje con caballos a medio galope dirigidos por un conductor encapuchado hizo su aparición. Tal vez había una emergencia, debido a la velocidad. Y justamente por esa velocidad, nadie tuvo tiempo de nada: ni Megumi y Tomoe de gritar, ni Kaoru de darse cuenta. Sólo una persona pudo reaccionar y hacer algo a tiempo.

Y esa persona era un joven moreno que había salido al rescate y la había tirado a un lado para evitar ser estrellada a muerte por el carruaje velocista. Con su cuerpo evitó que Kaoru se lastimara al aterrizar y luego la ayudó a incorporarse, mientras el vehículo desaparecía en la lejanía.

Kaoru no tenía ni idea de lo que había sucedido. Había pasado todo tan rápido.

-¿Se encuentra bien, señorita? – preguntó el chico preocupado.

-Muchas gracias, joven. – farfulló Kaoru todavía conmocionada - De no ser por usted quién sabe lo que hubiese pasado. – se giró para ver si el niño seguía al otro lado. Ya no estaba, había desaparecido. Qué raro.

-No diga eso, qué bueno que estaba cerca.

-¡Kaoru-chan! – gritó Tomoe abrazándola.

-¿Estás lastimada? – quiso saber Megumi - ¡¿Quién puede manejar así un carruaje?!

Tomoe dirigió su vista hacia el desconocido.

-Usted apareció como un ángel para salvar a mi hermana. – dijo entre lágrimas.

-Imagínese, es ella quien parece un ángel. – replicó él muy galante - Un placer, Yahiko Tanishi, de la familia samurái de Tokio. – hizo una mueca interior al presentarse. Tuvo que inventarse otro apellido, ya que su "querida madrastra" ostentaba el suyo, y obviamente usarlo levantaría suspicacias.

-Kaoru Kamiya. – se presentó la joven.

-Veo que van al mismo baile que yo, así que las acompañaré, si no les molesta. – le ofreció su brazo, que Kaoru tomó encantada.

-¡Todo lo contrario! ¡Vamos! – exclamó agradecida, luego le murmuró a Megumi - Aségurate de que Tomoe no sea reconocida.

Mientras los otros dos se adelantaban, Megumi se volvió hacia Tomoe deteniéndola, ya que la chica pensaba seguir el ejemplo de los demás y entrar de inmediato a la mansión.

-¡Ponte tu máscara, Tomoe-chan! – la animó la noble mientras se ponía la suya propia - Lo importante es mantener el misterio; a los hombres les gusta eso y Akira no es la excepción. – y agregó - Ponte la capucha.

-Pero Akira no me reconocerá. – protestó Tomoe.

-Ése es el propósito. – insistió Megumi - Si Akira te reconoce sólo por tus ojos magnéticos, significa que el amor entre ambos es indisoluble. – la preparó y controló que todo estuviera en orden antes de ingresar a la residencia.


En el salón, Shura y Kenshin contemplaban a las parejas bailar.

-Me hubieran avisado que se trataba de un baile de máscaras. – comentó contrariada - Me siento fatal estando desentonada.

-Akira sólo quiso hacer una sorpresa para Ikumatsu-dono.

De repente, Shura vio a Kaoru llegar del brazo de Yahiko. La primera parte del plan había sido un éxito; se relamió y dio comienzo a su tarea de espolear al pelirrojo.

-Mire, esa joven enmascarada parece ser la que usted busca. ¿Será Kaoru-san? – preguntó inocentemente - Y viene muy bien acompañada por un jovencito muy apuesto.

Kenshin fijó la vista en la recién llegada pareja.

-Parece que es ella. – frunció el ceño y fue a su encuentro - Kaoru-dono, estaba preocupado por tu tardanza.

Kaoru se lanzó a sus brazos apenas lo vio, para desagrado de Shura.

-¡Kenshin! Casi fui atropellada por un carruaje. – dijo desde su pecho - Si no hubiera sido por este joven, tal vez hubiera muerto.

El ingeniero le dedicó su atención al muchacho a quien su novia señalaba.

-Muchas gracias. – dijo extendiéndole la mano - Kenshin Himura.

-Yahiko Tanishi, un placer.

Mientras, Shura aprovechaba para volver a su misión de caldear los ánimos.

-Por lo visto el joven fue más que gentil. ¡Un salvador! – exclamaba aliviada de ver a su rival sana y salva - Imagino que habrá arriesgado su vida para salvar a Kaoru-san de las ruedas de ese carruaje furioso.

-Fue muy ágil y temerario. – comentó Kaoru mirando al chico con cierta admiración. Kenshin gruñó por dentro.

-¿Y cómo puedo recompensarlo por haber salvado a mi novia? – intervino el pelirrojo, queriendo dar fin a la conversación.

Yahiko esbozó una sonrisa exagerada.

-Un baile con Kaoru-san ya me alegraría la noche, para celebrar la vida que por suerte no fue perdida. – ofreció su mano a la chica - ¿Vamos?

-Eh, claro… - respondió ella y se alejaron hacia el centro del salón para bailar un vals. El ingeniero se sentía decepcionado y celoso, él quería bailar con Kaoru toda la noche.

-Ni yo misma me resistiría a una invitación tan gentil como esa. – suspiró Shura a su lado, consciente de que Kenshin había soltado a su Otelo interior.


Aoshi Shinomori leía tranquilamente un libro en la sala de su casa, después de haber pasado la tarde en compañía de Sayo, cuando escuchó unos golpes violentos procedentes de su puerta. Mayúscula fue su sorpresa al ver desde la ventana de quién se trataba.

-¡Kogoro-san! – exclamó estupefacto mientras abría la puerta para recibir al mismísimo Kogoro Katsura. Éste no se veía nada contento.

-¡Aoshi-san! – rugió el hombre preocupado - ¡¿Dónde está mi hija?!

-Kogoro-san…

-¿Me lo dirás o tendré que cometer la poca delicadeza de registrar tu casa?

-Megumi fue a una fiesta. – respondió Aoshi, aún abrumado.

El político le dirigió una mirada de decepción.

-¿Entonces admites que tenías a mi hija escondida aquí? – le reprochó - Una joven sola e indefensa. Busca abrigo y protección en tu casa, ¿y tú dejas que ella vaya a una fiesta?

-Bueno, fue a una fiesta en casa de los Kiyosato. – explicó el abogado - Está segura, fue acompañada por sus amigas.

-¡En la casa de Ikumatsu Kiyosato! – se desesperó Kogoro, pasando una mano por la cabeza - ¡La mujer que quiere destruir a mi familia!

-Tranquilízate, si hay un lugar en donde Megumi sabe cuidarse sola es en una fiesta.

-Eso no impedirá que haga mi papel de padre y la busque. – ya se estaba yendo.

-Te acompañaré. – se apresuró a decir Aoshi antes de seguirlo.

El día después de que las tres jóvenes tomaran el barco de Hiroshima, Outa había llegado al castillo Katsura para dejar el carruaje de Megumi, y tal como se lo había advertido su amiga, el Barón terminó interrogándolo incansablemente. A pesar de que le dijera que no era cosa para preocuparse, al viejo hizo un berrinche y ordenó a que mandaran un telegrama a la misma ciudad de Hiroshima donde estaba su hijo, para comunicarle sobre el asunto y pidiéndole que le regresara a su adorada nieta. Kogoro estalló de furia al saber las noticias, y sin perder tiempo, se embarcó inmediatamente hacia donde se encontraba su desobediente hija, quien contaba con esos pocos días de ventaja.


Regresando a la fiesta.

Kaoru y Yahiko seguían bailando felizmente, a pesar de que el joven sentía constantemente una mirada pesada proveniente de algún rincón del salón. Le ardía la nuca.

-¿Su novio siempre es así de controlador? – le preguntó de repente a Kaoru - ¿Celoso?

-Kenshin es un hombre muy reservado, pero para mí es adorable. – contestó ella muy roja.

Ver que su novia se sonrojaba ante un hombre que no era él, hacía que los ojos de Kenshin ardieran en llamas. ¡¿Por qué no terminaba esa maldita pieza?! ¡Su plan era tenerla para él toda la noche!

Akira apareció a su lado, escudriñando por doquier.

-¿Nuestras damas ya llegaron? – quiso saber.

-La mía está allá, bailando con un mocoso que quiere aprovecharse de ella. – respondió el pelirrojo entre dientes, sin quitar la mirada de los bailarines.

Akira, que no se daba cuenta de nada y estaba impaciente por ver a Tomoe, agitó su mano rechazando lo dicho por su amigo.

-Debe ser impresión tuya. – le dijo - ¿Viste a Tomoe?

-Me pareció verla con Megumi-dono en el jardín. – contestó Kenshin de mal humor, y agregó en un murmullo – Máscara dorada y capucha azul.

Akira se fue corriendo hacia el jardín de su casa, buscando aquí y allá a la dama de su afecto, cuando por fin vio a una figura femenina vestida tal y como Kenshin le había descrito.

Se plantó frente a ella, y sin detenerse a pensar, empezó a declarar su amor eterno e incondicional, tomándola de las manos. Ella sólo lo observaba tiesa.

-No sabes cuánto esperé por este momento. – proclamaba Akira, totalmente enamorado - Eres la mujer más importante de mi vida.

-No. – gimió la otra.

-Te amo. – y ya estaba dispuesto a bajarle la capucha y quitarle la máscara para besarla cuando escuchó una voz conocida a sus espaldas.

-¿Qué significa esto? – era Tomoe. Con los ojos llorosos y rostro compungido.

Akira palideció y miró a la otra mujer. ¡Llevaban la misma ropa!

-Tomoe-chan, tranquila. – dijo la desconocida, descubriéndose - No es lo que piensas.

La joven Kamiya se sorprendió al verla pero mantuvo su expresión de dolor.

-Es que no lo estoy pensando, lo estoy viendo. – sollozaba - Estás con Akira y con la misma ropa que la mía, Tae-chan.

Tae rodó los ojos. Tomoe seguía siendo boba.

-Estoy vestida igual a ti para despistar a Ikumatsu-san. – explicó la castaña - Es todo parte de un plan.

Y el despistado de Akira finalmente recordó lo que le había dicho Kenshin esa mañana sobre ese tal plan. Tomoe, en cambio, adoptó una expresión de perplejidad.

-Disculpa, estaba tan ansioso por verte que me confundí. – se disculpó Kiyosato, esperando ser perdonado.

Pero su amada aún gimoteaba tristemente.

-¿Me hicieron parte de un plan sin que lo supiera? – balbuceó - ¿Puedo saber cuál es mi papel en este teatro?

Tae supo que salía sobrando, así que dejó la explicación en manos de Akira mientras ella buscaba a Kaoru para degustar algunos bocadillos.

-Amor mío, este baile de máscaras es una manera de engañar a mi madre. – empezó a hablar Akira, algo inseguro.

-¿Y por qué la quieres engañar?

-Porque…tuve que decirle que terminé mi relación contigo. – confesó su novio con culpa y rascándose la nuca.

Tomoe no salía de su asombro.

-¿Cómo que terminaste conmigo? Si en ese restaurante tú… - y empezó a llorar.

-Entiéndeme, Tomoe. Al llegar a casa, mi madre ya tenía listas mis maletas y con un pasaje de ida a Europa. – se justificaba el joven, desesperado - Decir que terminamos fue la única manera que encontré para quedarnos juntos.

-¿Pero tendremos que vivir así? ¿Escondidos y mintiendo?

-Por ahora sí, mi amor. – acunó el rostro de la bella Tomoe entre sus manos - Pero te prometo que lo resolveré todo. Sólo necesito tiempo.

-Pero tú me prometiste…

-¿No crees que nuestro amor merece nuevas oportunidades? – le preguntó él, guiñándole un ojo.

Tomoe le creyó. Pero el corazón de la chica no se mantenía tranquilo. ¿Cuántas veces más tendrían que soportar adversidades para poder vivir su gran amor sin reservas? Abrazó a Akira y hundió su rostro en el pecho del joven. Lo amaba tanto que era capaz de aguantar todo por él, de eso estaba segura.

A lo lejos, Ikumatsu Kiyosato veía que su hijo conversaba y galanteaba con una joven de capa y vestido azul. Se dio por satisfecha: al fin su hijo tendría un nuevo amor y se olvidaría de esa chica Kamiya.


Volviendo al salón.

Apenas terminó el bendito vals, Kenshin salió disparado hacia la pareja que conformaban Kaoru y Yahiko. A medida que el pelirrojo avanzaba, la gente se hacía a un lado temerosa. Parecía un demonio con ojos brillantes y melena roja. Un demonio dispuesto a no perder la atención de su amor con un supuesto salvador de la patria. Se estaba desquiciando por eso.

Además quería bailar con Kaoru.

Los otros dos charlaban amistosamente y amagaron volver a bailar cuando la figura del ingeniero se interpuso entre ellos.

-Su recompensa era sólo una pieza. – le dijo Kenshin con voz sepulcral a Yahiko.

El muchacho pasó saliva con dificultad.

-Sí, claro. – dijo con voz entrecortada antes de retirarse - Aquí tiene a su dama.

Viendo al chico alejarse, Kaoru suspiró derrotada, consciente del ataque de celos del cual su novio era víctima. Pero ella era Kaoru Kamiya: no tenía por qué apaciguarlo como haría cualquier mujer. No señor, lo regañaría.

-¡Mou! ¡Fuiste muy grosero, Kenshin! – murmuró molesta - ¡No soy ninguna recompensa!

-¿Acaso ya lo conocías? – inquirió el otro con mirada mortal. Las parejas a su lado se alejaban asustadas.

-No, lo conocí hoy cuando salvó mi vida. – respondió ella sin inmutarse.

-Por la intimidad con la que se hablaban hasta parecían ser viejos amigos. – se quejaba el pelirrojo, celoso.

Pero Kaoru ya tenía una vena latiéndole en la frente.

-Kenshin, parece que no aprendiste tu lección. – le espetó, dejándolo solo en medio de la pista de baile para ir a hablar con algunas damas reunidas.

Al ver que los hombres la contemplaban con admiración mientras ella cruzaba el lugar ajena a todo, Kenshin sintió un escalofrío, producto del miedo y los celos.

Yahiko, por su parte, pensaba que después de semejante ejercicio merecía comer y beber cómodamente. Le arrebató una bandeja a un mozo que pasaba por ahí y se dispuso a devorar el contenido en algún rincón sin que nadie lo molestara.

Pero no contaba con la astucia y el ojo avizor de Shura.

-¿Qué piensas que haces? – le increpó mientras le quitaba la bandeja - Nadie te dio permiso para divertirte.

-Mi trabajo ya termino, busu. – le contestó el chico con la boca llena.

Su madrastra dejó salir una risita sarcástica.

-¿Realmente crees eso? ¿Qué con un rescate mágico y un bailecito está todo resuelto? – le reprochó - Kaoru está allá, sola. Aprovecha ahora que Himura-san está no sé dónde.

Lanzándole una mirada asesina, Yahiko se encaminó hacia donde se encontraba Kaoru charlando, pero fue interceptado por Kenshin Himura.

-Me gustaría hablar con usted. – pidió con seriedad - ¿Podemos?

-Cómo no, Himura-san. – aceptó el joven. Se dirigieron entonces a un lugar apartado del jardín - Su novia es encantadora. – le comentó.

Los ojos del pelirrojo parecían dos cuchillas afiladas.

-Kaoru Kamiya es la mujer de mi vida. – dijo simplemente.

Ya que no se le había permitido comer y beber, Yahiko se desquitaría provocando al enano ese.

-Pues en mi opinión, está perdiendo un tiempo precioso. - repuso con diversión - En este momento la está dejando a los lobos.

-Confío en ella.

-¿Y confía también en los lobos?

Kenshin dio un paso adelante y se acercó al joven atrevido, dejando surgir un poco a Battousai.

-Quiero saber quién eres y quién te invitó a esta fiesta. – masculló en un tono ronco y amenazante.

Pero él era Yahiko Myoujin, de la familia samurái de Tokio. No se dejaría intimidar fácilmente por un riquillo caprichoso de su mujer.

-Por algún motivo, no le estoy cayendo simpático. – respondió con malicia y sin un ápice de miedo - Su rudeza no combina con su nombre, Himura-san.

-¿De dónde me conoces?

-Miembro de la más alta sociedad y nobleza japonesa. – obviamente Shura se había encargado de informarlo de todo - Su fama le antecede.

-Repito mi pregunta: ¿quién eres? – enfatizó el ingeniero, cansado de su osadía.

-Como es un baile de máscaras, no me revelaré a usted. – respondió con burla antes de volver adentro - Averígüelo por su cuenta.

Kenshin cerraba los puños mientras lo observaba irse. Primero Enishi y ahora este tipo; ¿es que nunca tendría paz en lo que respectaba a su felicidad?


En el salón, Tomoe (encapuchada y enmascarada, obvio) tomaba un refrigerio en un rincón, cuando sin darse cuenta, sintió la presencia de Ikumatsu Kiyosato a su lado.

Un espasmo le recorrió de pies a cabeza. ¿De todas las personas que había tenía que acercarse a ella?

-Buenas noches, querida. – saludó la mujer amablemente - Soy Ikumatsu Kiyosato, anfitriona del baile. ¿Puedo conocer a la nueva pretendiente de mi hijo Akira?

Sabiendo que si se mostraba o abría la boca su destino quedaría marcado negativamente, Tomoe sólo atinó en respuesta a toser violentamente, fingiendo haberse atorado con algo. Exageraba el incidente de tal manera que la dueña de casa y los demás alrededor la miraban preocupados y sin saber qué hacer.

Akira se percató del problema y corrió al rescate.

-¿Algún problema? – quiso saber, con cautela.

-Sólo vine a presentarme a tu amiga y se empezó a sentir mal. – respondió Ikumatsu afligida y le preguntó a la chica una vez que parecía haberse recuperado - ¿Cuál es tu nombre?

-¡No comas ansias, Okaa-sama! – exclamó su hijo entre nervioso y divertido - Lo sabrás a su debido tiempo.

-Igualmente la encuentro conocida. – insistía su madre.

Kaoru pasaba por ahí, y al escuchar lo que sucedía, decidió hacerle de refuerzo a Akira simulando tropezar y tirando su bebida sobre la falda del vestido de la anfitriona.

-¡Disculpe, Ikumatsu-san! – gimió.

Aunque se sorprendió por el pequeño accidente, a Ikumatsu pareció no importarle, aunque se volvió a Kaoru para saludarla. Akira aprovechó la oportunidad y se escabulló con Tomoe a algún otro lado lejos de su madre.

-Es bueno verte, Kaoru-san, por increíble que parezca. – le dijo con indiferencia.

-Sí, es una lástima que mi hermana no haya sido invitada.

-Es porque lo de ellos no resultó. – le recordó con una sonrisa - Pero eso ya está muerto y enterrado.

Kaede, quien ya había vuelto de su misión de ser el chofer verdugo de Kaoru, vio irse a la pareja, y notó como luego de un tropezón, la máscara se había caído del rostro de la desconocida. La reconoció al instante.

Se acercó a Shura disimuladamente.

-Madame, esa joven es la sonsa de Tomoe. – susurró, haciendo que la mujer ahogara un grito de rabia al notar la astucia de esas campesinas.


En la Mansión Shishio, las cosas no iban muy bien para Misao, desde su propia perspectiva.

-Me imagino que mi invitación fue una grata sorpresa para ti, jovencita. – le decía su futuro suegro una vez que se sentaron a comer frente a sus hakozen - Al fin y al cabo, seremos familia y quiero que te sientas en casa.

-Agradezco su amabilidad. – respondió la chica gentilmente, con un hilo de voz.

-Hoy ofreceremos una cena por todo lo alto para ti, Misao. – le dijo Soujiro con una sonrisa, mientras Uki y las demás sirvientas disponían todo para ellos.

-Comenzando con ese puerco asado. – señaló Makoto Shishio. Misao vio al pobre animal asado siendo troceado por él mismo para colocarle un trozo en uno de sus platillos - Lo maté yo mismo esta mañana.

-¿En serio? – preguntó ella nerviosa - ¿De cacería con arco y flecha?

-No. Forcejeé con él un rato y lo maté con mi wakizashi. – respondió el ex asesino - Siempre mato a mis presas con esa espada.

Misao se imaginó a Yumi-san siendo degollada como un simple animal por la espada de Makoto Shishio. Se le pararon los pelos de la nuca y lo miró con terror.

-Mi padre siempre presenta esas piezas de cacería cuando tenemos algún invitado ilustre. – explicó Soujiro, quien no se daba cuenta de nada - Es su manera de dar la bienvenida.

-¿Entonces usted me está dando la bienvenida? – preguntó la joven al dueño de casa, sin poder creerlo.

-¿Para qué otra cosa te invitaría a cenar, muchacha? – le respondió él con otra pregunta, con sus impávidos ojos rojos fijos en ella.


Ikumatsu cruzaba el enorme y solitario hall, dirigiéndose hacia su habitación para cambiarse al otro lado de la mansión, cuando se topó de frente con Kogoro Katsura.

-¿Qué está haciendo en mi casa? – inquirió disgustada.

-No vine a su fiesta. – respondió el hombre con frialdad - No tengo motivos para festejar algo con usted.

-Entonces me imagino que vino para darme una noticia, buena para mí y mala para usted. – adivinó con malicia - ¿Decidió al fin venderme sus tierras?

-Disculpe si la desilusiono, pero vine a buscar a mi hija.

-Qué decepción, aunque previsible viniendo de un hombre débil como usted. – se burló ella.

-Tiene una impresión equivocada de mí, producto de nuestro último encuentro. – se defendió Kogoro con irritación.

Ikumatsu no pudo evitar soltar una risita al recordar los ruegos del político.

-No fue fácil olvidarme de esa escena patética, con el señor arrodillado pidiendo clemencia. – dijo mordazmente.

-Lamento que la señora no tenga sensibilidad para reconocer el pedido honesto de un padre de familia e hijo dedicado. – replicó Katsura, impaciente y no viendo la hora de sacar a Megumi de ahí.

-Pues es mejor que sepa que soy una mujer paciente con todo el mundo, menos con las víctimas. – seguía burlándose la mujer, aunque ya estaba algo molesta. Al fin y al cabo era él el intruso en su casa - ¿Y al final de cuentas, qué decidió?

Eso desató la ira de Kogoro Katsura.

-¿Y qué es lo que espera que haga? – exclamó con furia - ¿Qué le entregue en bandeja de oro el patrimonio de mi familia? ¿Mi dignidad? ¿La frágil salud de mi padre? ¿La juventud de mi hija?

-Usted sí que tiene vocación para la tragedia.

-Estoy seguro de que, de tratar con su fallecido marido, éste hubiera sido más justo. – siseó él con rencor.

Supo que acababa de activar una vena asesina en la mujer al ver su rostro deformarse ante lo dicho.

-¿Usted está insinuando que todo lo que logré conquistar es por mi marido? – le cuestionó con odio.

-Para una mujer de su posición me imagino que la generosidad y complacencia de su marido y otros hombres la favorecieron. – ahora era su turno de burlarse de ella.

-¡No permito que me ofenda!

-No tengo intención de ofenderla. – prosiguió él - Sólo que estoy seguro que la señora se aprovecha de la admiración mía por usted, así como la de muchos… - apenas pudo terminar su frase cuando sintió su mejilla arder por la bofetada propinada por ella.

Al ver que se venía otro golpe de parte de la dueña de casa, éste la detuvo tomando firmemente su brazo. Estuvieron forcejeando por un rato cuando…

La cercanía y la furia de ambos era tanta, que al verse a los ojos tan cerca, un torbellino de sentimientos despertó en los dos, y sin darse cuenta, Kogoro Katsura rompió la poca distancia que había entre ellos con un beso apasionado y enérgico. La mujer gimió por la sorpresa y el bochorno, y aunque al principio se resistió, poco a poco se entregaba de igual manera al beso de quien se suponía era su enemigo.

Lo único seguro en ese momento era que Ikumatsu Kiyosato se sentía desfallecer en los brazos de Kogoro Katsura.

Pero un último resquicio de razón hizo mella en la dama, y de un empujón apartó al político de ella. Respiraba pesadamente, con los labios hinchados y los ojos llorosos de la vergüenza que sentía por sí misma y el odio que sentía por ese hombre en ese momento.

-¡¿Cómo se atreve?! – resopló con dificultad - ¿Qué fue eso?

Él simplemente la miró con ojos inexpresivos mientras recuperaba el aliento y se sobaba los labios, también hinchados.

-¡Usted me abofeteó! – se defendió.

-¡¿Entonces eso fue para pagarme con la misma moneda?! – gritó Ikumatsu montada en cólera y con el orgullo herido.

Sin responderle nada, Kogoro Katsura sólo se limitó a acomodarse la chaqueta y a querer salir de allí para seguir buscando a su hija. Antes de irse, se volvió hacia la conmocionada mujer y le dijo mirándola a los ojos:

-Señora, créame que mi motivación para besarla fue otra distinta a esa.

Ella lo observaba mientras se alejaba, aguantando las ganas de llorar. No permitiría que ninguna lágrima saliera de sus ojos; hacía años que eso no pasaba, y no dejaría que un hombre fuera el responsable de que eso sucediera. Permaneció paralizada por un largo rato, ya ni recordaba qué quería hacer antes de ese encuentro ni adónde iba. Ni siquiera atinaba a moverse.

Hasta que una voz la sacó de ese estado de embotamiento. Era Shura, quien corría hacia ella desesperadamente.

-¡Ikumatsu, te estaba buscando! – estaba exasperada y parecía querer contarle algo importante.

-¿Qué sucede? – preguntó ella con voz ronca.

-¡Tomoe Kamiya está aquí! – chilló su amiga, haciendo que Ikumatsu se olvidara por un momento de sus propios problemas - ¡Es la joven de hace un rato, esa a la que le dio un ataque de tos!


Megumi merodeaba por el salón cuando chocó con alguien.

-¡Aoshi-san! – se extrañó.

-¡Megumi!

-¿Y Sayo-san? – preguntó ella, buscándola con la mirada. Tal vez habían decidido asistir después de todo.

-Ella está en su casa. – respondió el abogado con seriedad - Vine por ti, Megumi.

Una llama de esperanza crepitó en el corazón de la joven.

-¿En serio? – estaba muy contenta. ¡Entonces Aoshi se había decidido por ella!

-Mi compromiso contigo es más importante en este momento.

-No pensé que fueras a aparecer así tan de repente. – musitó ella sonrojada y con una sonrisa.

Él la miró confundido.

-Yo tampoco. – le dijo - Traté de detener a tu padre, pero no pude y tuve que venir con él.

Megumi dejó de poner cara de enamorada y lo miró sin entender. Algo no cuadraba en todo esto.

Si venía a decirle que había roto su compromiso con Sayo por ella, ¿por qué hablaba de detener a su padre y venir con él?

-¿Qué tiene que ver mi padre con todo esto? – preguntó con el ceño fruncido.

-Tu padre está aquí en la fiesta. – le explicó Aoshi preocupado - Llegó hace un momento, nervioso, y no quise dejarlo venir solo. No podía dejar que pasaras incomodidades.

Los ojos de la joven empezaron a nublarse, producto de las lágrimas de decepción.

-¿Entonces sólo viniste por eso? – preguntó con voz quebrada, saliendo a toda prisa al jardín y dejando al pobre hombre más anonadado de lo que ya estaba.

Qué tonta se sentía al pensar que Aoshi Shinomori cometería alguna locura de amor por ella: dejar a su prometida y declarársele en el baile de máscaras. Era tan irreal y por lo mismo bello. Tendría que dejar de leer tantas cosas románticas con Tokio.

Lloró a sus anchas junto a una fuente, dejando salir todo su dolor y frustración. Total, que si le preguntaban por qué, diría que era debido a que sería obligada a regresar a Hagi.

Kaoru y Tae la vieron a lo lejos y corrieron alarmadas hacia ella.

-¿Qué pasa, Megumi? – le preguntó Kaoru intranquila.

-Aoshi-san está aquí…y mi padre también… - gimoteó la chica.

-¿Katsura-san?

-Vino a buscarme para llevarme de vuelta a Hagi.

-Lo siento mucho, Megumi. – le dijo Kaoru abrazándola.

En ese momento Tae fue empujada accidentalmente por un hombre que había dado un traspié. Ante la mirada angustiada de sus amigas, el desconocido la ayudó a levantarse y a devolverle su máscara, que se le había zafado en el impacto. Tae levantó la cabeza hacia el hombre y éste se tensó y dio una rápida disculpa, antes de marcharse como alma que lleva el diablo.

Pero Tae había reconocido la voz.

-Katsu… - susurró conmovida.


Volviendo a la Mansión Shishio, en la trágica cena en honor a Misao, como lo veía ella misma.

Terminaban de tomar sus respectivos tés, cuando escucharon pasos de caballos llegar a la residencia.

-¿Esperaba a alguien más, Otou-sama? – preguntó Soujiro.

-Para anda, mi invitada especial ya está aquí. – respondió su padre, posando su mano sobre la de una aterrorizada Misao.

-Soujiro-sama, el boticario lo busca. – anunció Uki con voz monocorde.

Sonriendo, el joven doctor se dio un golpecito en la cabeza debido a su mala memoria. El boticario con el que trabajaba no pudo ir esa mañana para llevarle algunos medicamentos básicos, y mediante una nota, le había dejado dicho que pasaría al anochecer. Soujiro se disculpó y se dispuso a atender al farmacéutico.

Para desgracia de Misao, se veía acorralada por el dueño de casa y su ama de llaves, quienes la miraban como si fuera una intrusa, o peor, una ladrona.

-Puedes retirarte, Uki. – ordenó Makoto Shishio, esta se fue después de hacer una reverencia. Shishio se puso de pie e invitó a Misao a hacer lo mismo - Aprovechando que estamos solos, me gustaría mostrarte algo. – tomó una vela encendida y le indicó que lo siguiera.

-¿No será mejor esperar por Soujiro? – preguntó Misao con voz aguda a medida que se internaban en las profundidades oscuras de ese horrible palacio. La madera crujía con cada paso que daban.

-No lo necesitamos para lo que tenemos que hacer. – contestó su futuro suegro mirándola a los ojos, con el rostro iluminado tenuemente por la llama de la vela. Era una visión escalofriante - Es entre tú y yo.

-Pero señor…

-¿Qué desconfianza es esa, muchacha? – le reprendió el otro - ¿O es que crees en todo el chusmerío del pueblo? – luego ordenó - Vamos.

-Sí, señor…

A medida que avanzaban entre shojis y recovecos, Misao rezaba internamente pensando en las torturas que recibiría a manos del ex hitokiri, y en los fantasmas del lugar, tanto milenarios como de las víctimas de ese hombre tan espeluznante. Le angustiaba más pensar que tal vez su cuerpo sin vida nunca más sería encontrado. ¿Con qué cuento le vendría Makoto Shishio a Soujiro y a sus padres? Era un estratega de guerra, alguna cosa inventaría con éxito.

Finalmente, llegaron a lo que parecía ser el estudio o algo así del dueño de casa. Era un lugar prácticamente vacío con la cantidad básica de muebles. Misao jadeó; seguramente aquí sacaría su wakizashi y le rebanaría el cuello.

Sorpresivamente vio que Shishio hacía a un lado un enorme tapiz de la pared para dejar al descubierto una habitación secreta.

Misao ya sudaba frío. Era su fin y jamás encontrarían su cuerpo. Estaría condenada a ser un fantasma más en el Palacio Juppongatana.

-Llegamos. – anunció el hombre haciendo que la chica diera un brinco - Lo había dejado todo preparado para cuando vinieras. – la invitó a pasar y ella, temblando, obedeció. Ni siquiera se atrevía a huir. Él entró detrás de ella y encendió unas velas, revelando el lugar.

Misao se quedó con la boca abierta, sin poder creer lo que veían sus ojos.


La fiesta en la mansión Kiyosato se encontraba en su apogeo: parejas bailando de aquí para allá; aunque Kenshin estaba que echaba humos al no poder arreglarse con Kaoru, Megumi angustiada con su padre y Aoshi buscándola, Tae sumida en sus propios pensamientos, y Tomoe tratando de pasar desapercibida por todos.

Yahiko se dedicaba a comer y beber mientras Shura regresaba al salón con una sonrisa de triunfo.

Detrás de Shura llegó una furibunda Ikumatsu Kiyosato. Nunca nadie la había visto así; tomó aire y se dirigió a los presentes.

-¡Paren la música! – rugió - ¡La fiesta acabó! ¡Ahora todos sáquense las máscaras!