Muchas gracias a Guest y a Pjean por sus comentarios. Espero que disfruten de este nuevo capítulo!


Misao no podía creer lo que veían sus ojos. Abriéndolos desmesuradamente, miró boquiabierta el enorme salón adonde la había llevado su futuro suegro. Y es que el supuesto lugar donde la iba a emparedar hasta la muerte era nada más y nada menos que una inmensa biblioteca. Estantes que iban del suelo al techo, de pared a pared contenían cientos y cientos de libros de todas las formas, colores, tamaños y edades que se pudieran ver. La luz de la luna que lograba colarse a través de una ventana de techo hacía que la vista fuera aún más espectacular.

Misao creía que iba a desmayarse de la felicidad. Miró a Makoto Shishio con una gran sonrisa y los ojos brillantes.

-¡Es una biblioteca! – exclamó con voz entrecortada, mitad maravillada ante lo que veía, mitad aliviada de no morir.

El ex hitokiri esbozó una pequeña sonrisa de satisfacción. Era el primer paso para tentarla a vivir en el palacio.

-Muchos libros y manuscritos datan de épocas pasadas, y venían incluidos con las propiedades del palacio. – explicó – Con el tiempo se fueron agregando más títulos gracias a mi esposa y mis hijos, además de que me gusta mucho coleccionar novedades, y los libros no son la excepción. Aunque no sea una persona muy dada a pasar horas leyendo, considero que toda esta fuente de cultura e información no debería faltar en ninguna casa de buena familia.

-¡Es todo muy hermoso, Shishio-san! – seguía festejando Misao, aún obnubilada con el recinto.

-De más está decir que tienes acceso a este lugar. – le dijo Shishio enfáticamente - Pero será mejor que volvamos, Soujiro se preguntará dónde estamos y no es educado dejarlo solo en el comedor. – y se retiró del salón junto a una sonrojada y emocionada Misao.


Mientras, en casa de los Kiyosato, las cosas no estaban saliendo según lo esperado.

Después de interrumpir su propio baile, Ikumatsu Kiyosato contemplaba a sus invitados con gesto altivo.

-¡Una vez más se los pido! – exclamó fuertemente, pensando en una excusa para poder desenmascarar a Tomoe Kamiya - ¡Por favor, sáquense las máscaras! ¡Se trata de un caso de seguridad y pedimos que nadie se retire!

Todos procedieron a sacarse sus máscaras ante el supuesto caso de seguridad.

Horrorizado, Akira se dio cuenta de que no tuvieron éxito y trató de retrasar el mal momento. Dio grandes zancadas hasta llegar donde su madre.

-Okaa-sama, me parece una falta de respeto hacia tus invitados. – le dijo entre dientes.

Su madre no le hizo caso y se dirigió hacia la única persona que aún no se había quitado la máscara.

-Vamos, querida. – animó con voz ponzoñosa - Sólo faltas tú. ¡Sácate esa máscara!

-No hagas algo de lo que te arrepientas, Okaa-sama. – rogó Akira sudando frío, pues la persona que faltaba era Tomoe.

Kenshin trató de ir en su apoyo.

-Akira tiene razón. – afirmó - Esto no es necesario, Ikumatsu-dono.

Ella se volvió y miró a ambos hombres con expresión ceñuda.

-Lo que no es necesario es la insistencia de ustedes dos. – los regañó en un siseo y luego se dirigió a su hijo - Porque sólo confío en mi intuición, esa de allí, escondida detrás de máscaras y capuchas sólo puede ser Tomoe, tu tonta enamorada.

Y sin darle tiempo a nadie de hacer nada, bajó la capucha de la joven presente y le arrebató la máscara ante la vista azorada de todos.

Para revelar a una mujer castaña y de mirada amable.

Ikumatsu, Shura y Kaede estaban atónitas, Akira y Kenshin respiraban aliviados y el resto de las personas no entendía nada.

-Tae Sekihara. – se presentó la joven con seriedad.

Ikumatsu se ruborizó ante la incómoda escena que había montado, pero recuperó la compostura.

-¿Por qué no se presentó al comenzar el baile? – indagó amablemente.

-¿Y acabar con el espíritu de sorpresa que Akira-san tanto quería para su fiesta? – exclamó Tae divertida - Fiesta que usted misma propuso. – agregó desafiante.

-Tienes la lengua muy filosa. – observó la Reina del Arroz.

-Entonces somos dos. – replicó Tae como si nada - Su lengua también es muy famosa. Creo que es algo que el dinero permite a los demás, ¿no?

-De todos modos, perdona mi insistencia. – se excusó Ikumatsu - Es que prefiero dejar las cosas claras.

-Bueno, tenemos eso en común. – dijo la joven - Y supongo que tendremos más oportunidades de intercambiar gentilezas. – hizo una inclinación rápida para marcharse - Con permiso. – y se perdió entre la multitud que empezaba a desconcentrarse.

-¿Satisfecha, Kiyosato-san? – le preguntó Akira con dureza y decepción en la voz, haciendo que el corazón de su madre se partiera en dos.


-¡No hay tiempo, Tomoe-chan! ¡Tenemos que salir de aquí!

Por suerte para todos, en el momento de la interrupción de Ikumatsu Kiyosato, Kaoru pudo reaccionar rápido y arrastró a Tomoe para huir del lugar protegidas por la multitud, quedando Tae a la vista de la señora de la casa, tal y como lo tenían planeado.

-¿Pero nos vamos así nomás? – se angustió Tomeo mientras corrían por el jardín.

-¡Si Ikumatsu te ve es capaz de mandar a Akira a Europa mañana a primera hora! – siseó su hermana - ¡Vamos!

En ese momento, habían saltado el cerco de la mansión que daba al exterior y se dispusieron a correr calle abajo.

-¡Ay, Kaoru-chan! – se lamentaba la mayor de las Kamiya - ¡Detesto tener que estar mintiendo!

-Cálmate. – la animaba Kaoru - Estoy segura de que Kenshin y Akira lo resolverán.

-En Hagi las cosas son más simples y directas.

-Pero ya no estamos allá. – repuso la kendoka - Ahora estamos en esta ciudad increíble y creo que encontraremos más aventuras más allá de la casa de Aoshi-san.

Y siguieron corriendo por las nocturnas calles de Kioto en busca de alguna aventura camino a casa.


-He tomado una decisión definitiva, amigo. – le dijo Sanosuke a Soujiro - Me voy para Kioto, mi cabeza ya no está más aquí.

Después de despedir al boticario, Soujiro vio que Sanosuke hacía su llegada, pues había tomado una decisión importante y el joven Shishio, como su gran amigo, debía ser el primero en saberlo. Después de tanto buscar trabajo sin encontrar nada, el joven Sagara lo pensó mejor y llegó a la conclusión de que en ni en Hagi ni en sus alrededores tendría un futuro decente. Y así como Kaoru había ido a Kioto a buscar nuevos horizontes, él también lo haría.

-Mejor dicho tu cabeza está donde está Kaoru Kamiya. – le corrigió Soujiro con su típica sonrisa.

-Jo-chan me inspira, pero sé que cuando vuelva aquí vendrá con ese Himura. – resopló Sano de mal humor - Así que ya nada me retiene en Hagi.

-Y yo que tenía esperanzas de que fuéramos concuñados. – suspiró su amigo - Qué pena.

-Quería saber si podía contar con tus buenas relaciones allá en Kioto, ya sabes, para conseguir algún trabajo provisorio o un lugar para dormir. – quiso saber Sano, ése era otro tema que lo llevaba a Soujiro - Por lo menos hasta establecerme.

Soujiro se llevó la mano a la nuca, apenado.

-Es que la única vez que fui a Kioto fue para hacer una tesis y mi padre casi no mantiene relaciones en esa ciudad, la detesta. – explicó, pero luego se apresuró - ¡Pero te prestaré dinero y no me lo niegues! Aunque sé que tu orgullo no aceptaría eso.

-Y mi orgullo seguirá sin aceptarlo. – respondió Sano, hasta él se sorprendía de rechazar dinero - Buscaré trabajo por aquí y juntaré algo para luego largarme. – y luego añadió, ya que Soujiro se lo había mencionado - Ahora vuelve y salva a tu novia de las garras de tu padre, ¿o ya se hicieron amigos?

-Es muy difícil para mí creer que se lleven bien. – suspiró éste resignado. Sano rió y le dio unas palmadas en la espalda.

-Soujiro, antes de irme quisiera hablar con Uki-chan. – le pidió, a lo que su amigo asintió y le indicó que estaba en las cocinas.


A pocos kilómetros de allí, Shogo Amakusa se encontraba tratando de hacer negocios con el dueño de la hacienda siniestrada. Lamentablemente, las tierras no habían sido consumidas por el fuego en su totalidad por culpa de ese Jinete Negro, de lo contrario le propondría un precio muy básico de compra. Tenía que hacer lo posible para regatear y ya luego vería que hacer con el resto de las propiedades ajenas.

-Sé que el valor que le ofrezco por su hacienda es suficiente para volver a empezar. – le decía al preocupado hombre - Qué lástima que ese Jinete del demonio esté decidido a romper la paz de los hacendados y habitantes de Hagi. – esto último lo dijo con ánimo de repartir veneno y generar antipatía hacia semejante personaje.

-Lo pensaré, así que por lo pronto no tengo respuesta. – respondió el hacendado con seguridad. Shogo gruñó por dentro.

-Entonces piense y no se demore mucho. – contestó con falsa amabilidad - Volveré mañana para que me la de. Ah, y que esto quede entre nosotros, es que mis competidores no pueden saber el valor de mis ofertas. – y salió para reunirse con sus secuaces y volver a casa.

-Ese Jinete Negro arruinó todo. – mascullaba con odio - Si no hubiera evitado que todas las plantaciones ardieran, ese hacendado idiota no hubiera dudado en vender. ¡Necesito comprar tierras antes de que esa Ikumatsu Kiyosato lo haga y domine toda Hagi!


Los invitados ya iban retirando de la fiesta concluida de manera extraña. Haciendo un grupito entre ellos, Tae, Akira y Kenshin compartían impresiones.

-Tal vez no fue el plan perfecto, pero por lo menos mi madre no descubrió a Tomoe. – comentó Akira aliviado.

-Pueden llamarme cuantas veces sea necesario. – dijo Tae ahogando una risita con la mano - Esto me es muy divertido.

Kenshin movía la cabeza de aquí para allá buscando a las protagonistas de la noche.

-¿Pero dónde están Tomoe-dono y Kaoru-dono? – preguntó extrañado.

-Deben de haberse ido aprovechando la confusión.

-Entonces vayamos a la casa de Aoshi Shinomori y esperémoslas allá. – decidió el pelirrojo.

-Pero antes, Akira-san debería ver a su madre. – lo detuvo la castaña, todavía divertida - Debe de estar muriéndose de la vergüenza.

-Mi madre es una mujer muy fuerte. – repuso el joven - Quédate tranquila.

-Vamos.

Mientras seguía buscándolas con la mirada, Kenshin captó a lo lejos a Shura y al tal Yahiko enfrascados en una conversación bastante acalorada. Le resultó sumamente extraño, si no sospechoso.

-Espérenme en el carruaje, en un momento estoy con ustedes. – les dijo a los otros dos, para luego acercarse sigilosamente hacia donde estaba la pareja.

-¡Yo ya hice mi parte! – exclamaba Yahiko con ira - ¡No me interesa que tu patrona haya arruinado todo y esa Kaoru se haya ido! ¡Yo me quiero divertir!

-La fiesta ya acabó, Yahiko-chan. – gimió entre dientes Shura, también enojada.

-¿Y quién dice que la fiesta está aquí? – le desafió el joven - ¡Voy a ir a algún otro lugar!

En ese momento Kenshin hizo su aparición.

-¿De dónde se conocen? – preguntó con autoridad.

Madrastra e hijastro se quedaron congelados con el horror en sus rostros. Pero haciendo gala de su gran poder de improvisación, Shura procedió a propinarle una cachetada a un Yahiko que no pudo hacer más que mirarla sorprendido y con ganas de matarla.

-¡Nunca más ose hacer esas insinuaciones! – chilló la mujer ofendida - ¡Ahora váyase!

Mirándola con odio y sobándose la mejilla, Yahiko dejó el lugar con pasos apresurados.

Kenshin no podía estar más pasmado.

-¿Oro? ¿Qué sucedió, Shura-dono?

-¡La osadía de ese muchacho! – gimió Shura fingiendo que perdía el aire y apoyándose en el ingeniero - ¡No lo conozco, Himura-san! ¡Aprovechó la confusión y me trajo hasta aquí para hacerme preguntas sobre Kaoru-san!

El pelirrojo frunció el ceño y su mirada destelló peligrosamente.

-¿Sobre Kaoru-dono? – preguntó - ¿Y qué quería saber?

Shura vio al oportunidad para meter más leña al fuego.

-Me preguntó cuán serio era la relación entre ustedes dos. – explicó con un tono lleno de intención - E insinuó que Kaoru-san estaba siendo demasiado abierta para ser una mujer comprometida.

Kenshin palideció.

-¿Dijo eso? – bramó enfurecido - ¡Canalla! – se dispuso a salir a buscar al atrevido pero la mujer lo detuvo abrazándose a él.

-¡Por eso lo abofeteé! – chilló prendida a su pecho y disfrutando de la cercanía - ¡No permitiré que nadie hable mal de mi nueva amiga y enamorada suya! Pero no se preocupe; ciertamente él interpretó mal esa manera de ser libre de las muchachas de campo. De seguro ella ni se debe de haber dado cuenta de que actuó de una manera más disponible de lo que debería. – en contra de su voluntad, se separó del joven ante su mirada de indiferencia - Ahora con permiso, necesito hablar con Ikumatsu. – se retiró para enfrentar a su amiga, quien seguramente estaría molesta con ella, pero satisfecha por hacer que la velada no fuera tan perfecta para esa parejita.


A Megumi no le iba mejor.

En medio de la dispersión de los invitados, había chocado de lleno con su padre y éste la apartó a un lugar más solitario llevándola de un brazo. Aoshi los siguió discretamente.

-No era necesario haber venido aquí, Otou-sama. – trató la joven de calmar los ánimos - Te hubieras quedado en la casa de Aoshi-san.

-¡Megumi-chan, no estás en posición de querer nada! – le espetó su padre airado - ¡Menos ahora que nos preocupaste tanto a mí y a tu abuelo! ¡Además, el baile acabó!

-Disculpa, Kogoro-san, pero deberíamos ir a casa a conversar más tranquilos. – intervino Aoshi - Este no es un buen lugar.

Kogoro Katsura asintió y sin soltar su fuerte agarre del brazo de su hija, se dirigieron al carruaje del abogado para salir de esa mansión donde el político había cometido la mejor locura de su vida.

En todo el viaje no le dirigió la palabra a Megumi. Por un lado por estar enojado con ella, y por el otro, por estar confundido con respecto a Ikumatsu Kiyosato.

-¿Otou-sama, haces todo esto para hacerme sentir mal? – le reclamó Megumi compungida - ¿Tan enojado estás conmigo?

-No…no es eso, hija mía. – respondió su padre más calmo y saliendo de su ensimismamiento - Pero eso no quiere decir que me sienta decepcionado, no sabes el estado en que tu abuelo quedó.

Prosiguieron su rumbo en silencio.


En la Mansión Shishio, a Uki casi le dio algo al escuchar la propuesta de su hermano.

-¡¿Cómo se atreve a hacerme ese tipo de propuesta indecente?! – exclamó indignada.

-Sólo te estoy invitando a que te vayas conmigo para Kioto. – la tranquilizaba Sano - Comenzar una nueva vida, conocer otras personas…

-¡Me quedaré aquí! – lo cortó la otra con rabia - ¡Ahora déjeme en paz y váyase!

-Esta casa es de mi amigo, y sólo él puede echarme. – la enfrentó el joven, ya harto de la situación.

-¡Yo vivo aquí, y usted no es bienvenido!

-¡Claro, pero no te olvides que vives aquí de favor! ¡Nada de aquí te pertenece y menos con ese amo tuyo que te vive destratando! – contraatacó Sano con la paciencia mandada al diablo - ¡En algún momento tienes que hacer tu vida! ¿O te quedarás aquí lavando trastes para siempre?

-¡Pues usted no me sacará de aquí! – rugió Uki con los ojos desorbitados y respirando con dificultad - ¡No iré ni a Kioto, ni al infierno, ni a ningún otro lugar! ¡AHORA VÁYASE, INFELIZ!

Sanosuke sólo se limitó a contemplarla con una sonrisa burlona.

-Por lo menos logré sacar algún sentimiento en ti, aunque sea rabia. – le dijo - Por un segundo hasta pareces gente, algo que hace mucho ya no parecías.

Y se fue, dejando a su hermana bastante alterada.


En el mismo palacio, pero más alejados, los Shishio y su invitada se volvieron a reunir en el comedor.

-¡No puedo creer la cantidad de libros que había en esa biblioteca! – exclamaba emocionada la joven a su novio - ¡Era casi infinita!

-Te la hubiese mostrado antes, pero creí que no te gustaba pasar tanto tiempo aquí dentro. – se disculpó él.

-¡El mundo entero está en aquella sala, dentro de aquellos libros! – seguía declamando Misao.

-Son todos tuyos. – le dijo Makoto Shishio secamente.

Misao detuvo su excitado clamor para dirigirse al hombre con estupor.

-¿Cómo así, Shishio-san? – preguntó - La casa es suya.

-No entendiste, muchacha. – respondió éste - La biblioteca, los libros, todo eso es tuyo. Esta casa es tuya ahora.

Misao cayó en la cuenta de adónde quería llegar el dueño de casa. Le pidió ayuda a Soujiro con la mirada.

-Soujiro…

-Tú y Misao vivirán aquí conmigo después del casamiento. – le dijo Shishio a su hijo antes de que éste pudiera llegar a decir algo - Y aquí ustedes tendrán y criarán a sus hijos, así como Yumi y yo los criamos a ti y tu hermano.

En ese momento llegaba Uki con más té y al escuchar que mencionaban al otro hijo de su amo soltó la bandeja en un ataque de inseguridad y debilidad. La fina porcelana se hizo añicos.

Demasiadas emociones esa noche para la joven Sagara.

Misao se apresuró en ir a ayudarla, también para que esa conversación quedara en el olvido.

-Déjala, Misao. – le ordenó Shishio - Se le paga para eso.

-Pero a mí no me importa, Shishio-s…

-A mí sí. – le interrumpió el otro - Hice una invitación y estoy esperando tu respuesta.

-Otou-sama…

-De ti no quiero saber respuesta porque ya vives aquí. Quiero saber la de tu novia.

Misao se incorporó luego de asistir a Uki (quien huyó despavorida a la cocina) y se dirigió con seguridad y gran fuerza de voluntad hacia quien pronto sería su suegro.

-Le agradezco mucho la invitación, Shishio-san, pero pensaba en tener mi propia casa para tener a mi familia. – respondió mirándolo a los ojos.

-¿Y por qué no aquí? – cuestionó el ex hitokiri - ¿Es un palacio muy pequeño para ti?

-No es ese el motivo… - empezó Soujiro.

-No te pregunté a ti.

Y ante la gran presencia de Makoto Shishio, la seguridad de Misao empezó a flaquear.

-Es que…este palacio tiene tanta historia y creemos apropiado escribir nuestra propia historia en otro lugar. – balbuceó tratando de no parecer menos.

-Sé que muchas historias comenzaron y terminaron aquí. – replicó el hombre tranquilamente - Por eso no veo razón para que vayan a iniciar la suya propia en otro lugar. Al menos promete pensarlo. – le propuso fijando sus ojos rojos en ella.

-Sí… - aceptó Misao, finalmente derrotada.


En el despacho de Ikumatsu Kiyosato, Shura escuchaba estoica la inevitable reprimenda de la furiosa mujer.

-Me hiciste pasar la mayor humillación de mi vida. – le reclamó - ¡Peor aún, me pusiste en evidencia con Akira! ¡Justo ahora que estaba recuperando mi relación con él!

-Disculpas inmensas, amiga mía. – musitó Shura humildemente, aunque por dentro odiaba tener que humillarse ante ella - Pero fue Kaede quien me pasó esa información equívoca sobre Tomoe Kamiya.

-Eso demuestra lo incompetente que eres.

-Me ofendes. – replicó ella - Sabes bien lo devota que soy a ti.

-Entonces deja de culpar a los demás por algo que bien pudiste haber corroborado. – le contestó Ikumatsu de manera mordaz.

-Sabes que cuido de Akira-kun como si fuera mi hermanito, y me pediste que te alertara a la primera señal. – se justificaba Shura - Si me precipité fue por cuenta de esa atención y confianza que depositaste en mí.

-Pues no justificas esa confianza. – se burló la Reina del Arroz con amargura - Ni siquiera puedes llevar a cabo las dos instrucciones que te di: avanzar en la compra de las tierras del Barón y ayudarme con Akira.

-Por favor, discúlpame. – se dispuso a rogar su socia - No te dejes llevar por mis faltas, sabes bien cuáles son mis capacidades.

-Por el momento tu sagacidad no puede arreglar esta trágica noche de vergüenza. – masculló Ikumatsu mirándola con desprecio - En cuanto a las tierras del Barón ya lo tengo decidido: ya no quiero tu interferencia en este asunto. Lo haré todo a mi manera. – luego gritó - ¡Ahora vete!

Shura salió maldiciendo mentalmente, dejando a Ikumatsu perdida en sus pensamientos. Fue una noche agitada, no sólo por el mal rato con la joven Sekihara, sino también por…

-Seré yo quien ponga fin a todo esto. – juró, pensando en Kogoro Katsura.


Entretanto, las hermanas Kamiya llevaban caminando un buen tiempo en la oscuridad de las calles de Kioto, sin saber muy bien dónde estaban.

-No reconozco estas calles. – dijo Kaoru algo preocupada - ¿Estaremos muy lejos?

-Prefiero esta ciudad a la luz del día. – gimió Tomoe angustiada.

A lo lejos vieron un solitario carruaje de alquiler y contentas, corrieron a darle alcance para dirigirse a casa de Aoshi. Cuando lo alcanzaron, un hombre veloz, salido de la nada, chocó contra ellas y le arrebató el bolso a Kaoru.

-¡Kami-sama! – exclamó Tomoe, levantándose del suelo y recuperando el aliento - ¡¿Qué fue eso?!

Kaoru hizo lo mismo y se percató de que ya no llevaba el bolso. Todo había sido tan rápido.

-Nos robaron… - susurró desconcertada.

Si bien de por sí Tomoe era pálida, en ese momento estaba del color de un papel.

-¡¿Y ahora, Kaoru-chan?! – sollozó.

-Ahora tendremos que caminar hasta la casa de Aoshi-san.

-Pero no sabemos si está cerca o lejos.

A pesar de no tener dinero, Kaoru apeló a la buena voluntad del cochero que habían parado.

-¡Señor! ¿Podría llevarnos a nuestro destino, por favor? Fuimos robadas. – le pidió.

El hombre las miró con una sonrisa socarrona, como esperando el momento.

-Claro que sí, señoritas, suban. – dijo con voz muy empalagosa.

-¡Estaremos agradecidas de por vida! – le aseguró Kaoru mientras subían al coche.

-Es lo menos que puedo hacer por dos damas distinguidas y solas en la calle. – replicó el otro poniendo en marcha el carruaje después de que Kaoru le diera la dirección a la que iban.

A medida que avanzaban, lejos de esas calles oscuras que transitaron, el cochero las llevo por la zona más concurrida, por lo que las jóvenes pudieron admirar una Kioto nocturna en todo su esplendor. Teatros, restaurantes y casas en general se vestían con luces de distintos colores para revelar una cara de la ciudad amena en ese horario, diferente a la del día.

-¡Mira, Tomoe-chan! – chillaba Kaoru emocionada - ¡Hay casas que brillan mucho!

-No puedo creer que nos hayan robado. – Tomoe seguía con sus lamentaciones.

-Bueno, es una ciudad grande y hay todo tipo de gente. – quiso tranquilizarla su hermana. Ella ya se había olvidado del robo. - ¡Mira, un teatro! – y seguían avanzando por diferentes calles y adentrándose a diversos barrios luminosos - ¡Y las casas ahora tienen luces rojas! ¡Por eso me encanta esta ciudad: tiene mucha vida y muchas cosas suceden!

-Por lo visto las señoritas no son de aquí. – habló al fin el cochero, al escucharlas - ¿Primera vez aquí?

-Primera pero la única necesaria para enamorarse. – respondió Kaoru con una sonrisa. Tomoe sólo se limitaba a mirarlo con desconfianza.

-¿Y sus amigos? – preguntó el hombre como si nada, queriendo saber más sobre esas jóvenes.

-Nos perdimos, pero por suerte de principiantes nos encontramos con usted.


-¡Basta! – exclamó Kenshin desesperado y con los pelos erizados - ¡Ya no puedo esperar más, pasó mucho tiempo!

Habían llegado todos a casa de Aoshi esperando encontrar a las hermanas en el lugar, pero para sorpresa de todos, la servidumbre aseguró que las señoritas aún no habían regresado, por lo que decidieron esperarlas por un rato. Total, tal vez debido a la convulsa noche de baile, se decidieron por ir a relajarse en algún local.

Pero ya había pasado tiempo. Demasiado tiempo.

-Estoy de acuerdo contigo. – concordó Megumi - Ellas no conocen esta ciudad horrorosa.

-No hay nada de horroroso aquí, Megumi-chan. – objetó Tae rodando los ojos.

-Tendremos que llamar a la policía. – decidió Akira, y así, él, Kenshin y Aoshi fueron a avisar a las autoridades y a colaborar en la búsqueda por su propia cuenta.


Después de un largo rato andando llegaron a una calle solitaria y con gente entrando y saliendo de un sólo lugar con luces rojas, todos hombres. El cochero se detuvo allí.

-Esta no parece ser la dirección de nuestro amigo. – le dijo Kaoru de repente.

-No será de su amigo, pero sí de una amiga mía. – le explicó el hombre con su falsa sonrisa - Tengo que entregarle unas mercaderías.

-Está bien, ¿pero vamos a demorar?

-Ya que sienten curiosidad por la ciudad grande, las presentaré a mi amiga. – propuso él - Apuesto a que sus vidas cambiarán. – les abrió la puerta para que lo acompañaran.

-Kaoru-chan, esto es muy raro. – murmuró Tomeo muerta de miedo.

-Yo también creo que es raro, pero vamos a ver. – dijo Kaoru decidida.

Ambas acompañaron al hombre para ver quién era la tal amiga esa de la que hablaba, y porque no querían quedarse solas en el carruaje. Entraron en el lugar y lo que vieron hizo que los colores se les subieran al rostro y se aterraran: mujeres de todas las edades y complexiones paseaban desnudas, semidesnudas o vestidas de forma provocativa por el local, sirviendo licores, bailando o besando hombres.

Estaban en un burdel.

Ante ellos apareció la dueña de la casa de placer, una mujer rolliza y entrada en años. Las examinó descaradamente de pies a cabeza con una sonrisa malévola.

-Encontré a estas dos pepitas de oro perdidas en la ciudad. – dijo el cochero que en realidad se encargaba de "reclutar" jovencitas para ese trabajo - Brutas, pero dispuestas a ofrecer sus servicios.

Kaoru y Tomoe sintieron que el alma se les caía a los pies.

-¡¿Qué?! ¡Usted está equivocado! – rugió la kendoka - ¡No queremos ese tipo de trabajo!

-Solamente quería ayudarlas: dos jóvenes del interior perdidas y sin dinero. – repuso el hombre.

-¡No necesitamos de su ayuda, somos jóvenes honestas!

-¡Exactamente! – aseveró Tomoe en un arranque de valentía.

-¿Honestas? Todas somos honestas aquí, queridas. – le contestó la mujer entre las risas de sus jóvenes empleadas - Y les pago muy bien. Ustedes son recién llegadas a la ciudad, están perdidas y creo que podríamos ser grandes amigas.

-Les agradezco de corazón la buena intención de los dos, pero tenemos que ir a casa. – masculló furiosa Kaoru, y tomando de la mano a Tomoe, se dio la vuelta con el fin de buscar la salida, pero fueron bloqueadas por el cochero y otro hombre al que Kaoru reconoció con la boca abierta.

Era el ladrón. ¡Todo esto había sido planeado para llevarlas allí!

-¿Y mi dinero? – increpó el cochero.

-¡Ya le dije que le pagaríamos al llegar!

-Pero no confío en ustedes.

-¡Ya sé! – exclamó la dueña feliz - Podríamos hacer una subasta con ustedes, y así pueden pagarle al caballero.

-¡No pueden hacer eso! – gritó una furibunda Kaoru mientras Tomoe parecía que iba a desmayarse en cualquier momento - ¡Llamaremos a la policía!

A continuación, absolutamente todos se rieron en su cara, clientes y trabajadoras por igual.

-La policía es muy amiga de nuestro establecimiento. – le explicó riendo la mujer, luego se dirigió a la clientela para dar comienzo a la subasta - Bueno, ¿quién da más?

Ante eso, Kaoru hizo uso velozmente de su habilidad como luchadora, y con una patada certera a uno de los hombres y un buen puñetazo al otro, corrió llevando a Tomoe hacia el carruaje para salir huyendo de ese barrio rojo de una vez por todas, adonde fuere.

-¡Sube al carruaje! – le ordenó a su hermana.

-¡Oigan! – el cochero llegaba a duras penas doblado de dolor por el golpe en el estómago - ¡¿Qué hacen?!

Para desgracia de ellas, pudo alcanzarlas y tomar a Tomoe de la cintura para sacarla del coche.

-¡SUÉLTALA! – vociferó Kaoru lanzándose sobre él. Pero él fue más rápido y pudo tirarla violentamente al suelo.

-¡Ahora me las pagarás! – estaba elevando su puño para golpear a la joven hasta que una figura masculina lo hizo a un lado sin que nadie pudiera adivinarlo.

Las hermanas tardaron varios segundos en entender lo ocurrido, pero reconocieron a su salvador.

-¡Katsu! – exclamó Kaoru emocionada.

-¡Vamos! – ordenó el joven llevándolas hacia el coche y poniéndolo en marcha a gran velocidad. Una vez alejados y a salvo, Tomoe empezó a llorar de miedo y alivio, liberando toda la tensión. Kaoru la abrazaba mientras observaba conmovida a su amigo de la infancia, notando el traje que llevaba y la máscara que colgaba de su cuello.

-¿Katsu, estabas en la fiesta de los Kiyosato? – quiso saber con un hilo de voz.

Katsuhiro Tsukioka se volvió hacia ella y le sonrió con esa amabilidad tan característica de él. No había cambiado nada en esos años: mismo pelo largo, expresión pensativa y complexión alta y delgada.

-Es que las vi salir de la fiesta de una manera poco convencional y fue ahí que las reconocí. – confesó él tímidamente.

Kaoru suspiró aliviada. No sólo estaban salvadas, sino que quien lo había propiciado era alguien muy conocido de ellas.

-Pensábamos que estabas en Tokio. – dijo.

-Es que vivo allí, vine a Kioto por asuntos de trabajo. – explicó él - Ya es tarde, iremos a la posada en donde estoy hospedado, ya mañana las llevaré a donde estén viviendo.


A la mañana siguiente, temprano, Megumi despertó con el cuerpo entumecido y el cuello contracturado. Había llorado hasta quedar dormida, sentada en uno de los sofás de Aoshi en una posición bastante incómoda, que en ese momento le estaba pasando factura.

Pensó en sus amigas y sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas de preocupación.

-¿Dónde estarán Kaoru y Tomoe? – gimió mientras se dirigía a la cocina a tomar algo de agua.

En el camino, se topó con que la puerta del estudio de Aoshi estaba entreabierta, y pensó que dentro estaba el abogado. Decidió entrar para ofrecerle algo de tomar pero se llevó un gran susto al ver que él no era quien estaba allí.

Era Tae, quien leía un libro que parecía bastante interesante, a juzgar por la concentración de la joven. Levantó la mirada para encontrarse con la de Megumi.

-Megumi-chan… - susurró sorprendida escondiendo el libro.

-¡Tae-chan! – le reprochó la noble – ¿Nuestras amigas están perdidas y tú aquí leyendo tan tranquila?

Tae la miró de manera burlona.

-No pude pegar un ojo en toda la noche, a diferencia tuya que dormiste tan bien. – le dijo - Por suerte para ti no oí que roncaras. Ay, Megumi-chan…antes no me animaba, pero ahora veo lo divertido que es molestarte.

Megumi no dijo nada, debatiéndose con algo que llevaba guardado desde que la volvió a ver.

-Sí…Tae-chan… - murmuró insegura, pero luego no pudo más y se lanzó a sus brazos en un llanto desesperado - ¡Perdóname! ¡Perdóname por todo! ¡Ahora entiendo por todo lo que pasaste, incluso sigue siendo peor en comparación a lo que yo siento! Hice lo que hice por tu bien, pero ahora entiendo que las cosas más crueles muchas veces se llevan a cabo a partir de buenas intenciones. – al fin sacaba todo lo que había acumulado en esos años - Te lastimé a ti y a Katsu, por mi culpa no tienen una vida juntos. ¡Por favor, perdóname!

Conmovida, Tae dejó atrás los enojos y rencores del pasado y respondió a su abrazo.

-¡Qué tonta eres, Megumi-chan! – le dijo - No te negaré que estuve molesta contigo durante estos años, pero no más de lo que estuve enojada conmigo misma. Fue por mi propia debilidad que dejé ir a Katsu, no por ti ni por mi padre. – ella también tenía mucho que sacar - Siempre deseé ser como tú o Kaoru-chan, pero a la hora de la verdad ni siquiera me di a mí misma la oportunidad de sacar carácter y enfrentar la situación. La responsable soy yo, por mí y por Katsu; sólo espero que él haya podido superarlo y formar una familia con una mujer que sepa estar a su lado. Así que te perdono, de corazón.

-¡Gracias! ¡Muchas gracias! – exclamó Megumi feliz, mientras se separaba de ella. Era un gran peso que se quitaba de encima y un momento de paz en medio del desasosiego - Te quiero mucho, Tae-chan; nunca dejé de pensar en ti desde que te fuiste, y Kaoru tampoco. – pero a pesar de la emoción de la reconciliación, habían cosas que no podía dejar pasar, y se lo hizo saber - Bueno, ahora cuéntame, ¿por qué escondiste ese libro que estabas leyendo?

Tae percibió eso y volvió a su actitud jocosa.

-Ay, Megumi-chan…estuve haciendo una cosa que no debía. – dijo inocentemente - Una cosa horrible. Pero sabes que soy curiosa y que no me aguanto.

-Tae-chan…¿qué libro es ese? – preguntó Megumi perpleja, pero en un segundo se dio cuenta de las cosas debido a la sonrisa pícara de Tae - No me digas que…

-El diario de Aoshi-san. – le anunció la otra mirándola fijamente.

-E-es un asunto muy gra-grave… - farfulló Megumi sonrojada - No debiste haber hecho eso, Tae-chan.

-Bueno, sabes que no soy una noble como tú. – se explicó su amiga - Sólo le eché un vistazo. – Mentira, se había dado cuenta de los sentimientos de ambos jóvenes, por lo que cuando apenas descubrió el diario por casualidad, fue directo a las últimas anotaciones del joven abogado. Se había enterado de cosas muy interesantes.

-Pero igualmente invadiste la intimidad de alguien. – insistió la joven.

-Tienes razón, por eso lo colocaré exactamente donde lo encontré. – afirmó Tae, y lentamente fue a poner el cuaderno junto con otros libros del estante en donde lo encontró, colocándolo de manera que quedara sobresaliendo un poco, listo para ser nuevamente sacado y leído. Era obvio que la estaba tentando - Estoy segura de que tú velarás por la seguridad de la privacidad de nuestro querido Aoshi-san. Principalmente después de que me vaya a dormir un rato, que será ahora mismo. Tu padre y Aoshi-san están durmiendo, así que es como estar sola, y por lo tanto, eres la única que sabe de ese diario y su ubicación. Iré un rato a la sala. Adiós.

Y dejó sola a Megumi Katsura, quien lo le había quitado la vista al mentado diario.


Kaoru despertó con los primeros rayos de sol dándole de lleno en el rostro a través de la pequeña ventana en el cuarto de Katsu. La noche anterior, habían llegado a un humilde pero bonito ryokan (posada japonesa) llamado Aoiya, en cuya habitación el joven les había cedido un par de futones, mientras él había decidido dormir sobre el tatami entre algunos almohadones.

Terminó de desperezarse y se levantó para examinar el cuarto de su amigo; había un montón de bocetos y pinturas esparcidos por ahí. La chica sonrió, a Katsu siempre le había gustado dibujar y le alegraba que no hubiese perdido el gusto por ello. Un dibujo llamó su atención: representaba a un hombre joven durmiendo con una sonrisa, tendido en una cama. Le pareció poderosamente parecido a Kenshin.

-¿Te gustan? – preguntó una voz haciendo que la kendoka diera un respingo.

-Son tan bonitos… - le dijo luego de calmarse - Siempre te gustó dibujar, Katsu. Decías que querías plasmar en el papel cosas fuera de lo común.

-Buena memoria, Kaoru-chan. – contestó el otro con una sonrisa.

Ahora había un tema respecto a él que Kaoru había estado pensando toda la noche.

-Katsu…¿hace cuánto que estás aquí en Kioto? – quiso saber.

-Un par de semanas.

-Sabes que Tae vive aquí… - empezó la joven, pero Katsu la cortó de manera seca.

-Kaoru-chan, el pasado hay que dejarlo atrás. – dijo - Lo único que importa es lo que hagamos ahora para construir un futuro brillante. ¿No era eso lo que siempre decías?

-Sí, pero…

-Muchas gracias, Katsu-kun, por tu hospitalidad. – intervino Tomoe, quien hacía rato había despertado y sido testigo de la conversación, y sabiendo que el joven no querría escarbar en el pasado como pretendía hacer Kaoru, decidió salir al rescate - Pero tenemos que irnos, en casa de Aoshi-san deben de estar preocupados.

Katsu asintió y les dio espacio para que se prepararan. Permaneció con la expresión más pensativa que lo usual, bajo la preocupada mirada de Kaoru.


Había pasado fácil media hora y Megumi seguía allí clavada en su puesto debatiéndose si leer o no el diario de Aoshi. ¡Quién sabe cuántas cosas se le aclararían si lo leía! Pero también era consciente de que sería una falta total de respeto hacia la privacidad del joven abogado. Seguía cavilando de tal manera que no se dio cuenta de que su padre estaba detrás de ella.

-Mañana nos vamos a primera hora. – le dijo él.

Megumi pegó un brinco.

-¡Otou-sama! – gimió sonrojada - ¡Qué susto me diste!

-Volverás a Hagi junto conmigo y tu abuelo. – decretó Kogoro con autoridad - Conversaremos sobre eso en un momento más adecuado.

En ese momento la puerta principal se abrió para dar entrada a Kenshin, Akira y Aoshi. Los tres cansados, asustados y sin respuesta.

-¿Entonces? – quiso saber Tae, que había despertado con la llegada de los hombres - ¿Nada?

-No…nada. – respondió Aoshi.

-La culpa es mía. – se lamentó Akira.

-¿Por qué dice eso, Akira-san? – se extrañó Katsura.

-Imagino que Akira-san quiere decir que la culpa es de su madre, quien fue la que armó todo ese escándalo, imaginando peligro en la fiesta. – trató de explicarle Tae.

-Exacto.

-¿Están seguros? – sollozó Megumi presa de la angustia - ¿Buscaron en todos los lugares posibles?

-Rodeamos toda el área en torno a la mansión Kiyosato, recorrimos todos los caminos posibles hasta aquí, fuimos a la delegación y están ayudando… - respondió Kenshin con voz queda - Creo que no podemos hacer otra cosa más que esperar.

Todos miraban al pelirrojo sabiendo que su preocupada tranquilidad y compostura era nada más que una fachada. Ese hombre estaba hecho una bomba de tiempo que en cualquier momento explotaba.


Mientras, en el castillo Katsura, en Hagi, el Barón Gensai tenía un inquietante sueño.

Soñaba que Megumi estaba sola, perdida y abandonada en esa ciudad espantosa. La chica estaba asustada, caminaba sin rumbo fijo y sin saber adónde dirigirse, y de repente, unas oscuras sombras se acercaban al acecho, ante el terror de la inocente joven…

Despertó sobresaltado y agitado, y en un arranque de locura empezó a hacer sonar su campanilla para llamar a la servidumbre.

Una de las más veteranas empleadas hizo su aparición en cuestión de segundos.

-¿Necesita de algo, Barón? – preguntó preocupada apenas puso pie en la habitación de su amo.

-¡Necesito a mi nieta! – gimoteó el anciano - ¿Ya volvió de Kioto?

-No, ni ella ni Kogoro-san.

-¡Me abandonaron! ¡Me dejaron aquí! – chillaba él con vehemencia - ¡Me siento un viejo Barón abandonado! – y de la angustia pasó a una actitud desafiante y enfadada - ¡¿Acaso creerán que no tengo más fuerzas?! ¡Les demostraré que sí las tengo! ¡Iré a recorrer los arrozales! ¡Como en mis tiempo allá por…

-¡¿Los arrozales?! – le interrumpió su empleada azorada.

-¡Sí, los arrozales! – gritó el viejo decidido - ¡Y me voy ahora!

Después de alistarse, la sirvienta acompañó al Barón a dar un paseo por sus arrozales. Si bien él todavía podía caminar, para este tipo de excursiones necesitaba andar en silla de ruedas, ya no estaba en edad de dar largas caminatas por ahí como otrora.

-¿Dónde están los trabajadores? – preguntó el anciano noble después de un rato.

-Hoy es día de descanso, Barón.

-En mis tiempos no había días de descanso. – se quejó él - Había trabajo arduo y gente con ideales. – luego se le ocurrió - A propósito, quiero que vayas a Hagi y mandes un telegrama a Aoshi, quiero noticias de mi nietecita.

-¡Pero no puedo dejarlo aquí solo! – se escandalizó la mujer.

-¡¿Acaso crees que soy un inútil?! – la regañó el viejo - ¡Ya vete!

Ella no tuvo más remedio que dejarlo para cumplir con su pedido, confiando en que no haría una locura como desviarse de los caminos o tratar de levantarse de la silla. Después de asegurarse de que estaba solo, el viejo Barón empezó a lamentarse por sus tierras a punto de ser perdidas.

-Son a ustedes, mis queridos arrozales, a quienes les debo tanto éxito y prestigio... – clamaba - Ahora están en riesgo de pertenecer a un nuevo dueño, y todo por culpa mía por no cuidarlos. ¡Toda mía, toda mía! – exclamaba mientras se estiraba para tocar las plantaciones que estaban a su alcance, hasta que cayó sobre ellas en el agua - ¡AHHH, SOCORRO!

El agua no era suficiente para ahogarlo ni mucho menos, pero el hecho de tener una salud frágil y ser casi centenario lo haría víctima fácil de una rotura de hueso o de algún resfrío que pudiera derivar en neumonía. Justo en ese momento apareció un joven alto de cabello castaño en punta para socorrer al Barón. Lo levantó con cuidado y lo acomodó en su silla. El anciano resoplaba frenético.

-¿Está bien? – preguntó el muchacho preocupado.

-¡Me siento humillado! ¡Es mi muerte llegando! ¡Junto a mis arrozales! – reanudó su perorata el viejo.

A Sanosuke Sagara se le cayó una gota gorda por la cabeza.

-Bueno, dejando de lado el tema de la muerte, ¿quiere que lo lleve a casa o me voy? - el Barón inmediatamente le dijo que quería ir al castillo, por lo que durante el trayecto de regreso, estuvieron hablando de trivialidades mezcladas con lamentos del noble.

-Muchas gracias, muchacho. – gratificó el Barón una vez dentro del castillo - Eres un poco insolente, pero me simpatizas. Me pregunto si será porque me salvaste la vida.

-Creo que sí, Barón. – dijo Sano con una sonrisa - Pero creo que más que simpatía, merezco una recompensa.

-¿Ahora me quieres cobrar? – se alteró el viejo.

-No cobraría por algo que haría por cualquier persona, noble o no. – le aseguró el joven - Lo que quiero son sus oídos.

El Barón se aterró.

-¿Y para qué quieres mis oídos? – preguntó cubriéndoselos.

-Para que me escuche. – le explicó Sano rodando los ojos - Necesito trabajo.

El anciano ex daimyo respiró aliviado.

-¿Y cuál es tu nombre, hijo? – quiso saber.

-Sanosuke Sagara, Barón.

-¿Eres el empleado insolente de Shogo Amakusa? – increpó el Barón Gensai, reconociendo el nombre.

-Amakusa-san no gusta de mí. – expresó Sano a regañadientes.

El noble rió.

-Y yo no gusto de él. – le dijo guiñándole un ojo - Joven Sanosuke, te voy a dar un trabajo.

Sano no daba más de la felicidad. El primer paso para salir de Hagi estaba dado.


Mientras, en Kioto, Shura fue en busca de Yahiko. Afortunadamente, luego de la improvisada conversación con Kenshin y el regaño de Ikumatsu, pudo asegurarse de que su hijastro no saliera por ahí a cometer alguna locura combinada con libertinaje y lo mandó derecho al internado.

Pero eso ya era asunto pasado. Ahora lo que importaba era la próxima fase del plan de separación de su Ken-san con esa desarrapada.

-¿Para qué me buscas, busu del demonio? – dijo a modo de saludo un Yahiko aburrido y molesto.

-Vengo para seguir hablando del plan. – le comunicó su madrastra.

-¿Qué plan? – se fastidió el otro.

-Gracias a que te di esa bofetada, haciéndote quedar como un atrevido, le metí cosas a Himura-san para que piense que esa salvaje es una rapidita de lo peor. – le comentó Shura bastante satisfecha.

-Creo que vas a fracasar, busu.

-La estúpida de Kaede me juró y perjuró que la tonta de Tomoe estaba en la fiesta. – prosiguió la mujer ignorando su dicho - Y le creo. Por eso mismo, tengo que tramar bien mis próximos pasos. Y ya sé lo que haré respecto a Tomoe y Akira. – y lo miró con malicia - Y lo que harás tú con Kaoru y Himura-san.


Durante un desayuno forzado, los habitantes y visitantes de la casa Shinomori se encontraban sentados en silencio en la mesa con la mirada perdida cada uno, preocupados y sin tocar la comida. La única ausente allí era Megumi, quien no se despegaba de la ventana que daba a la calle.

-Por lo visto no soy el único sin apetito aquí. – habló por fin Kenshin para romper un poco con ese silencio de muerte y sumido en la aflicción - No puedo dejar de pensar que les pudo haber pasado algo.

De pronto, todos dieron un respingo con el grito de Megumi.

-¡KAORU! ¡TOMOE! – aullaba ella saliendo de la casa. Todos la siguieron, estupefactos.

Allí, en la vereda, llegaban muy orondas Kaoru y Tomoe Kamiya, acompañadas de alguien más.

-¡KAORU-DONO! – rugió el pelirrojo abrazándola con fuerza y haciendo que ella se ahogara. Se estaba imaginando lo peor y no podría soportarlo.

Después del alboroto inicial, Kenshin reconoció al muchacho como Tsunan Tsukioka y luego de que éste le explicara la situación, se deshizo en agradecimientos.

El ingeniero no sabía que los demás también habían reconocido al joven, pero no como el afamado pintor del que hacía gala su seudónimo. Sobre todo Tae.

-Katsu… - murmuró ella, a punto de desvanecerse de la conmoción. Con una mirada rápida hacia ella y Megumi, Katsu aprovechó para despedirse de todos, alegando trabajo y otros menesteres, y se alejó del lugar dejando a cada uno de ellos perplejos a su manera.

Fue un reencuentro muy accidentado el de ellos, en medio de otra situación angustiante y con el agregado evidente de que Katsu deseaba evitarla. No lo culpaba.

Mitad triste y mitad contenta, la castaña se dispuso a seguir festejando el regreso de las jóvenes. Kaoru, Megumi y Tomoe se intercambiaron miradas. Más tarde tratarían el asunto.

-Disculpa por la situación, Megumi. – le repitió por enésima vez Kaoru a su amiga en el ahora ameno desayuno - Es que con la confusión de la fiesta de Ikumatsu sólo pensé en huir con Tomoe.

-Lo sé, y estoy tan aliviada por que estén bien. – le dijo ella - No saben lo preocupados que estábamos.

La joven noble se fue junto a los demás, en parte para animar un poco más a Tae, y Kaoru se encaminó hacia Kenshin, quien luego de pasado la alegría general del regreso de las dos, se mostró algo distante con ella.

-¿No estás feliz de verme? – le preguntó su novia con una sonrisa.

-¡Claro! – respondió Kenshin mirando a otro lado - Es que fue una noche muy difícil y estuve muy preocupado, sólo eso.

-¿Sólo eso? – insistió Kaoru levantando una ceja, no muy convencida con su respuesta seca. Entonces lo tomó del brazo y lo arrastró a la habitación que compartía con su hermana y su amiga y se encerró con él para dejar claras las cosas. - Pues siento decirte que no me engañas. – le dijo al cerrar la puerta.

Ese fue el puntapié inicial para que Kenshin Himura expulsara todo lo que llevaba dentro, celos incluidos.

-¿Pues sabes qué? – le espetó, con los ojos en llama viva y provocando que Kaoru se estremeciera - Todo lo que sucedió anoche, toda esa preocupación por la que pasamos, todo eso…¡todo eso fue culpa tuya, Kaoru-dono! – la acusó furioso, haciendo que ella lo mirara boquiabierta.