Nueno capítulo!

Pjean: Es evidente que la diferencia en sus personalidades no les ayuda en nada, pero te prometo que el amor triunfará! Tengo planeado que este fic sea largo y con muchas situaciones buenas y malas para ellos, así que paciencia, por favor XD!


Kaoru se esperaba cualquier cosa menos un reclamo en esos momentos.

-¿Culpa mía? – inquirió sin entender - ¿De qué estás hablando si ni sabes qué sucedió anoche?

-¡Estoy hablando de este caos del cual fuiste víctima y que en parte ocasionaste! – exclamó Kenshin, aún furioso.

-¿Yo lo ocasioné?

-¡Sí!

La kendoka sentía que los colores se le subían a la cara, pero del enojo que se estaba apoderando de ella. Aún seguía sin entender la razón de esa repentina reprimenda de parte de su novio.

-¿Acaso hablas del muro que tuve que escalar con Tomoe para huir de Ikumatsu? ¿O del tiempo en que quedé perdida en una ciudad que ni conozco? ¡Ah, no, debes de estar hablando del asalto! ¡Del chofer aprovechado que nos llevó a un burdel! ¡No! ¡Debes de estar hablando de la subasta en la que un montón de hombres participaron para vendernos a mí y a mi hermana! – replicó airada, enumerando los hechos vividos con ironía - No estoy haciéndome la víctima, creo que mucho menos debo ser considerada culpable.

El rostro de Kenshin era un poema. Quedó atónito ante lo que su novia le reveló.

-Discúlpame, yo…fui demasiado enfático…como acostumbramos ser…. – dijo rojo de la vergüenza - Lo que quiero decir es que te abres de más hacia el mundo, Kaoru-dono. ¡Y el mundo te devuelve todo con el mismo furor y este tipo de cosas suceden…! – aun así el reclamo no había terminado.

-Pues te expresaste muy bien: dices que la culpa es mía, porque la vida me devuelve con la misma moneda la intensidad que pongo en ella. – repuso ella con una sonrisa llena de decepción - Aplicando esa lógica tengo merecidas todas las desventuras que viví anoche…

-¡No, no, no! – gritó Kenshin entre angustiado y exasperado, pasándose la mano por el cabello y paseándose por la habitación - No hablamos de si lo mereces…

-Quiero que sepas, Kenshin, que yo veo la vida con ojos muy generosos. – le interrumpió ella mirándolo con tristeza - Siempre espero buenas noticias, buenos acontecimientos, buenos vientos… jamás esperaría algo con amargura porque no veo al mundo de esa forma. ¿Qué crees? ¿Qué por estar escondido detrás de las formas y el rigor estás protegido del mundo? ¡Si es así, creo que estás engañado!

-¡Basta, Kaoru-dono! – la cortó el pelirrojo - ¡Tu optimismo, tu espontaneidad, esas cosas tienen un precio!

De vuelta a la acalorada discusión.

-¿Un precio por querer vivir? ¿Por tener demasiadas emociones? ¡Lo acepto, no me importa!

-¡No estás sola en el mundo! – gritó él saliéndose de control - ¡Esos arrebatos, esa apertura tuya con la gente sin razones! ¡Por un lado alimenta tu ego, y por el otro confundes los sentimientos de los que están a tu alrededor!

Y fue allí que Kaoru entendió.

-Entendí… entonces toda esta conversación fue por mi comportamiento en el baile. – reflexionó.

Kenshin no contestó y se limitó a mirarla con sus mortales ojos dorados. Pero el silencio otorga, y para Kaoru eso fue más que suficiente.

-Vamos, contesta. – insistió - Aún después de pasar por tantos riesgos, es Yahiko quien te incomoda.

A Kenshin le latió una vena en la sien al escuchar cómo la chica llamaba al tipo ese por su nombre como si nada.

-¡Ésa es sólo una pequeña parte de todo sobre lo que estamos hablando, Kaoru-dono! – lanzó mordazmente.

-Y como un todo tienes varias partes, es justamente esa parte la que te está molestando.

-¡Pues ese tipo no entendió nuestra relación y avanzó un poco de más! – retomó su reclamo el pelirrojo, dejando salir sus celos en todo su esplendor - ¡Y tú le diste alas para que eso sucediera!

-¡Ahora yo soy responsable de lo que los demás piensan o entienden de mí!

-¡Claro que sí! – afirmó el joven con furor - Podemos no estar de acuerdo con lo que la gente piense de nosotros, pero somos responsables de ello.

Kaoru no pudo retrucar esa afirmación y se limitó a sentarse en la cama con la mirada triste. Kenshin se alarmó.

-Bueno, ahora terminaste de hacer tu numerito de novio herido, debo decir que tienes razón; tendré que reprimir mi ímpetu. – concluyó ella en voz baja.

Arrepentido por ser tan violento a la hora de expresarse, Kenshin se lanzó de rodillas junto a ella y le tomó de las manos.

-No… admiro tu ímpetu y tu energía, pero… - empezó. Kaoru se soltó de él y se levantó.

-Ya entendí, ya entendí. – dijo ella con brusquedad - Creo que a lo que quieres llegar es a un equilibrio, ¿no?

-Kaoru-dono…

-Si no fuese tan voluntariosa en mis deseos, tal vez no te hubiera confundido tanto; si no hubiese escalado un muro con Tomoe, si hubiera intentado resolver el problema con Ikumatsu allí mismo; o si ni siquiera hubiese venido a Kioto y estuviese ocupando sólo el lugar que la vida me permite. – consideró con lágrimas en los ojos.

Kenshin la miró lleno de confusión.

-No, no, no…espera. ¿De qué estás hablando? – preguntó - ¿Exactamente de quién estás hablando?

-Del tipo de novia que tú deseas. – respondió la kendoka resignada - Una suficientemente buena y que acate todo. Tal vez la vida así sea más tolerante conmigo.

En un abrir y cerrar de ojos, Kenshin la estaba tomando de los hombros, con la mirada desesperada y contrita.

-¡No! ¡No pierdas tu luz! – clamó, tratando de tranquilizarla con una sonrisa - No pierdas de vista quién eres y tu manera de ser. Todo eso que eres fue lo que hizo que me enamorara de ti.

Ella sólo le dedicó una sonrisa como respuesta, y eso fue invitación suficiente para que el pelirrojo la estrechara más a él y devorara sus labios lentamente y con delicadeza, mostrándole así su comprensión. Kaoru correspondió al beso, preguntándose si ésa sería la última vez que sus caracteres chocarían por cosas tan innecesarias.


Hajime Saito fumaba apaciblemente junto a la ventana antes de empezar las actividades del día, cuando uno de los oficiales le anunció la llegada de Tokio Kamiya al cuartel. Tiró su cigarrillo y se arregló el uniforme para recibirla.

Instantes después, entraba una incómoda Tokio al despacho del coronel.

-Siéntese, por favor. – empezó a decir el Lobo de Mibu cortésmente.

Pero Tokio no se anduvo ni con cortesías ni con rodeos.

-¡Coronel Saito! – exclamó enérgicamente - ¡El Jinete Negro está haciendo un bien para la gente de Hagi! ¡Es un héroe!

Había escuchado de las advertencias y acusaciones que Shogo Amakusa y su gente hacían por toda Hagi, y simplemente no podía quedarse de brazos cruzados. Consideraba al Jinete Negro más un héroe que un malhechor, y no permitiría que cometieran esas injusticias con él. Además no había pruebas fehacientes que lo vincularan con el incendio, por más que el empleado de Amakusa hubiera dado detalles. Todo ese tema le olía mal, y decidió acudir a la única persona a la que podría considerar su aliado dependiendo de su inclinación en ese tema: el Coronel Hajime Saito.

Así que, molesta con el pueblo y con el malintencionado de Amakusa, irrumpió una mañana en el cuartel para convencer al ex Shinsengumi de no cazar al valeroso jinete.

-Eso es lo que usted piensa, Tokio-san. – replicó Saito con calma - Pero por lo que yo sé, ese Jinete Negro ya se vio envuelto en dos incidentes peligrosos. – la estaba poniendo a prueba - Es por eso que le pido que se olvide de él, su curiosidad no vale por su vida. Amakusa en un hombre muy peligroso…

-¡¿Y quién es el peligroso entonces?! – interrumpió Tokio fastidiada - ¡¿Amakusa-san o el Jinete Negro?! ¡Decídase, Coronel! – y añadió - Y ya que se siente en la obligación de protegerme, déjeme decirle que ya tengo madre, padre y enamorado. Y que además, no necesito de ellos.

-Ese su enamorado es otro que no vale la pena.

La joven sabía por qué lo decía. Frunció el ceño y lo miró desafiante.

-¿Sabe qué es lo que creo, Coronel Saito? – dijo - ¡Que usted le tiene envidia a los justicieros de la ciudad! – dicho esto se dio la vuelta y de la misma manera que vino, se fue.

Saito suspiró y tomó asiento. Así que le tenía envidia al Jinete Negro, ¿no? Qué ironía.


Mientras, en el castillo Katsura, el Barón Gensai había invitado a Sanosuke a desayunar, en agradecimiento por salvarlo de la muerte embarrado y ahogado en sus arrozales. Comían siguiendo el principio del ichiju sansai (una sopa, tres platos), que consistía en sopa de miso, pescado, guarnición de verduras y arroz. El joven devoraba como poseído y el Barón lo miraba satisfecho.

-¿Y? – le preguntó el anciano - ¿Te gusta la comida?

-No está mal. – contestó el muchacho con la boca llena y limpiándose con el antebrazo - Pero no es mejor que la comida de mi madre.

-La comida de pobre siempre asienta mejor al estómago. – reflexionó el ex daimyo.

-El pobre sabe aprovechar todo, Barón. – replicó Sano sin ofenderse - Lo que no cae del cielo, la gente lo toma del suelo. Lo que viene con sudor tiene un sabor que ni se imagina.

-Y ni me quiero imaginar. – repuso el viejo agitando la mano - Nací rico y no tengo necesidades de ningún tipo.

-¿Y el señor cree justo que haya quienes tengan mucho y quienes tengan poco? – quiso saber Sano, interesado.

-Por lo visto tú no lo crees justo. – respondió el Barón mirándolo ceñudo - Eres igual que esos marxistas europeos.

-Mis opiniones políticas no interfieren en mi trabajo. – aclaró el joven y luego le extendió las manos mostrándole las palmas - La prueba de eso está aquí: en mis callos.

-Veo que sí tienes callos. – observó el anciano y a continuación adoptó un aire de nostalgia - Yo los tenía en mi juventud, ya que empuñaba con orgullo mis katanas. Recuerdo que…

-Le agradezco mucho que me haya invitado a desayunar, Barón. – se apresuró en decir Sanosuke, viendo que se venía un relato sin fin de parte del viejo Barón.

-No me lo agradezcas, te lo mereces. – le dijo el otro - Además, odio comer solo; principalmente ahora que mi hijo y mi nieta se escaparon a Kioto. – y empezó a quejarse - ¡Fui abandonado por mi ingrata familia!

Sano lo animó y consoló un rato, y una vez que el humor del noble mejoró, tan repentinamente como siempre, el chico aprovechó.

-¿Puedo ir al baño? – pidió. El Barón le indicó dónde quedaba y Sano fue corriendo.

Una vez que terminó de hacer sus necesidades, dio tantas vueltas que se perdió y pasó por un pasillo solitario, en donde un shoji entreabierto llamó su atención. Suponiendo que la servidumbre distraída no lo había cerrado bien, el joven no vio nada de malo en curiosear.

Y sólo le bastó una rápida mirada para darse cuenta de que eran las recámaras de una mujer. Bellas pinturas de paisajes y animales adornaban las paredes y los shojis, obra de algún artista prestigioso. La sola habitación con su futón y tocador era más grande que la casa de Sano, y el muchacho se sorprendió aún más al percibir que estaba conectada a las habitaciones contiguas que sin duda conformaban el baño y el vestidor. Prácticamente era todo un ala para una sola persona; supuso que se trataba de la nieta del viejo.

Recorrió los aposentos y vio que la ropa de cama era finísima, así como los kimonos que pudo contemplar, hechos de las telas más delicadas y costosas que había visto. Le parecía todo muy opulento para una mujer y frunció el ceño.

-¡Qué gastadero de dinero! – masculló, pensando que seguramente la chica era una consentida insoportable.

Al curiosear su escritorio, vio algo que le llamó poderosamente la atención. Era un papel, con un esquema dibujado con varios nombres. Sano a duras penas podía leer pero se esforzó, y lo que entendió no le gustó nada: eran los nombres de todas las amigas y conocidas de la nietísima conectados con los pretendientes que ella les tenía deparados. Entre ellos, distinguió los nombres de Kaoru y Kenshin.

Visiblemente molesto, dejó el papel a un lado y salió del lugar masticando el hueso del pescado que había comido con mal humor, hasta que reconoció el trayecto y pudo volver a reunirse con el Barón.


Después de la mini fiesta que armaron media mañana, y luego de que todos se hubieran ido a sus casas y a ocuparse de sus asuntos, Megumi aprovechó que Tomoe hablaba animadamente con Akira en la sala, y se llevó a Kaoru a rastras hasta la habitación que compartían.

Una vez allí, Kaoru la miró confundida y su amiga, nerviosa, le mostró una especie de cuaderno.

La kendoka captó todo de una vez.

-¿Es lo que estoy pensando? – preguntó sospechando - En ese caso, dudo que Aoshi te lo haya dado para que lo leas.

-¡Claro que él no me lo entregaría! – exclamó Megumi sonrojada - ¡Es su diario! ¡Son sus secretos!

-¿Megumi? – insistió Kaoru. Quería que le contara de una vez lo que tuviera que contar.

-¡Me rendí ante la tentación y la vanidad al ver el diario y leía las partes respecto a mí! – admitió la joven con vergüenza.

-¡Qué sin duda deben ser las más importantes en la vida de Aoshi! – dijo Kaoru riendo - ¡Pero cuéntame qué leíste! ¡Habla!

Megumi la miró con ojos brillantes y mejillas arreboladas.

-¡Él dice que me ama, Kaoru! – chilló con voz aguda y emocionada.

Kaoru empezó a saltar y a aplaudir.

-¡Megumi! – chilló también - ¡Ahora no te arrepientas de haberlo leído! – agregó, viendo el rostro arrepentido de su amiga.

-¡Ahora que tengo esa información pareciera que tengo una patata caliente entre las manos! – profirió la joven noble - ¡Me llena aún más de culpa!

La kendoka la miró con una ceja levantada.

-Ay, Megumi: tú te la pasas empujado el amor hacia las personas para generar encuentros entre ellas. – le dijo - Sinceramente, creo que es hora de que experimentes ese sentimiento.

-¡No!

-¿Ah, no?

-¡Claro que no! – empezó a farfullar Megumi, entre agitada y angustiada - Eso no es para mí, fui criada para cuidar de las personas, de mi padre, de mi abuelo y de los asuntos de la familia. Y además, cuidar de los amores de otros que aparecen en mi vida, no de mis amores. – y agregó con lágrimas en los ojos - ¿Recuerdas cuando finalmente quise darle una oportunidad al amor? ¡Me encontré a Aoshi de rodillas implorando por un sí a otra que no era yo! – y empezó a llorar.

-¿Entonces qué esperabas leer en ese diario? – indagó Kaoru de manera dura - ¿Qué vas a hacer? ¿Lo devolverás a su estante y harás como si nada? ¿Vas a llegar a la vejez arrepentida por lo que no hiciste?

-¿Y qué hay de Sayo? – sollozó Megumi.

-¡Megumi! ¡Prácticamente lo lanzaste a los brazos de ella en los bailes en Hagi, qué genia! – le recriminó la otra - ¡Él no sabe que es correspondido! ¡Te necesita!

-¿Me necesita? ¡Kaoru, él está comprometido a casamiento con otra persona!

Kaoru respiró hondo y contó hasta diez mentalmente. Tenía que hacerle entender a su amiga que el amor conllevaba riesgo. Además, no se podía quedar con la duda, con el tiempo se volvería una espina imposible de sacar.

-Megumi, conoces a Aoshi. – le dijo con cariño - Tiene miedo de arriesgarse, y prefiere la seguridad, aunque el precio a pagar sea su propia felicidad. Y Sayo-san…ella apareció en el momento indicado, para completar el acto que tú misma escribiste para él. – la miró a los ojos - Ahora creo que es hora de que lo enfrentes y lo aclares; no por Aoshi, sino por ti.

Megumi sólo pudo asentir.


En la mansión Kiyosato, Shura cavilaba en su habitación mientras Kaede leía folletines de moda.

-Aquella joven que Ikumatsu desenmascaró como supuesta pretendiente de Akira-kun. – se decía - ¡Me da mala espina!

-Sí, Madame.

De repente, el rostro de Shura se iluminó.

-¡Claro! ¡Eso mismo! – exclamó - ¡Después del baile cuando la vi irse con Ken-san y Akira-kun, se quedó charlando un rato con ese abogado Shinomori y con Katsura! ¡Si los conoce a ellos, seguro es aliada de esas campesinas! ¡Yo voy a desbaratar cualquier plan que hayan hecho!

-No puedo esperar para oír su plan maléfico, Madame. – canturreó Kaede tirada en un sofá.

-¡Y lo oirás! Presta atención, voy a hacer lo siguiente: si esas tres tontas se juntaron para atrapar a Akira-kun y a Ken-san, voy a tener que empezar derrumbando la primera pieza. – le contó - ¡Voy a desenmascarar a la supuesta pretendiente impostora enfrente de Ikumatsu!

-¡Bravo, Madame!


Abajo, en la sala, se desplegaba otra cosa.

-¡No debiste haber hecho ese papelón anoche en el baile! – le reprochaba Akira a su madre al llegar - ¡Principalmente después de haber conocido a una mujer a mi altura! ¿No confías en mí?

Ikumatsu se veía afligida y avergonzada.

-Discúlpame, Akira, pero una madre siempre tiene sus razones. – dijo - Además, también quería asegurarme sobre la joven con la que estabas hablando. Si no confiara en ti, no hubiera permitido un baile de máscaras. – y agregó - De cualquier forma, hijo mío, aún necesitas de mis consejos y de mi supervisión, y sí, pude haberme equivocado. Por eso te estoy pidiendo sinceras disculpas.

-¡Pues yo creo que para ti, en esta casa mis sentimientos no cuentan nada! ¡Y tuve que ir a casa de Tae-san a pedirle mis sinceras disculpas! – mintió el joven para justificar su ausencia.

Y allí apareció Shura bajando las escaleras cual diva, feliz con lo que estaba tramando y satisfecha consigo misma por ser tan ingeniosa.

-Qué bueno que estás bien, Akira-kun. – le dijo dulcemente al aludido - No pude dejar de oír la última parte, que fuiste a buscar a Tae-san para pedirle perdón. ¡Eso me dio una gran idea! – entornó los ojos con malicia - Que estoy segura que Ikumatsu abrazará con la perspicacia acostumbrada: ¡una cena para disculparnos con la joven! En la que yo misma le rogaré perdón por la confusión, y así ella pueda conocer tu casa y tu familia sin máscaras. – sugirió.

-Es una buena idea. – concordó Ikumatsu, conforme - Una oportunidad perfecta para enmendar la mala impresión de nuestro primer encuentro.

Akira se quedó boquiabierto.

-Yo creo que es un poco precipitado. – dijo - Acabamos de hacer una fiesta, Tae-san puede ver eso como algo muy rápido.

-¡Akira-kun! ¡El amor no puede esperar! – protestó Shura con voz melosa - Además, las dos estamos locas por saber cómo comenzó ese romance tan rápido e inusitado.


Más tarde y todavía de buen humor, Shura fue a la biblioteca a ver a Kenshin. Kaede le había pasado el dato.

-Señor Kenshin Himura. – lo saludó coqueta; el otro la miró con indiferencia por encima del libro que leía - Lo veo así quieto leyendo, ¿no va a aprovechar para salir con su novia por la ciudad?

-Kaoru-dono y yo no nos vamos a encontrar. – respondió el pelirrojo con voz monótona retomando su lectura.

Shura vio la luz de esperanza al final del túnel. ¡Por fin habían terminado!

-¿Ah, no? – preguntó inocentemente.

-No.

-Espero que no haya habido algún malentendido causado por lo que aquel petulante me dijo en la fiesta. – manifestó la mujer con voz apenada pero con la sonrisa fija en el rostro. Es que era inevitable. - A mí tampoco me gustó nada ver a mi nueva amiga bajo un juicio equivocado, pero es que Kaoru-san con su gesto brillante a veces confunde a las personas.

-Ella y yo ya conversamos. – dijo Kenshin de repente.

Ella lo miró perpleja.

-¿Eh?

-Y nos entendimos. – prosiguió el ingeniero - Entre las impresiones de un desconocido y la espontaneidad de Kaoru-dono, me quedo con mi novia. Gracias por preguntar, Shura-dono.

Y el túnel de Shura se volvió oscuridad.

-Sí… - musitó.

-Si no le importa, Shura-dono. – solicitó Kenshin - Anoche y la mañana de hoy fueron bastante intensas, por eso me quedé aquí, para…

-Para descansar, para leer, y para quedarse en sus pensamientos. – entendió Shura; la estaba echando.

-Bingo. – el pelirrojo le dedicó una sonrisa.

-Claro, con permiso. – se excusó ella; al darse la vuelta para salir, su expresión se tornó amargada y rodó los ojos. Kenshin la observaba intensamente desde atrás.


Shura no perdió el tiempo y corrió hasta el internado para ver a Yahiko. Tenía que seguir actuando para separar a esos dos.

-Aquí tienes la dirección de la casa de Aoshi Shinomori. – dijo mientras le entregaba una tarjeta al chico - No es para que vayas a hacer una visita, sólo es para que puedas localizarla. Y allí, muy casualmente, te encontrarás con Kaoru.

-Y después de que me despiste y tropiece con Kaoru, ¿cuál es el plan? – preguntó Yahiko, aburrido.

-¡El mismo de ayer, Yahiko-chan! ¡Encantar a Kaoru! – enfatizó su madrastra contrariada - Sé que es muy difícil para ti conquistar mujeres, pero sucede que Kaoru es un blanco fácil porque es una tonta, y con eso tus chances aumentan mucho. – se dispuso a entrar en detalles.

Poco después se fue, dejando al jovencito haciendo pucheros y maldiciendo por lo bajo mientras se cambiaba.


Poco después del mediodía, Kaoru salía a hacer una caminata por los alrededores, cuando apenas una cuadra después, se cruzó con Yahiko.

-¡Qué coincidencia! – exclamó a modo de saludo.

-¿Coincidencia o destino? – replicó el muchachito - ¡Yo apuesto al destino! Estaba camino al teatro, solo…

-¡¿Teatro?! – interrumpió la kendoka emocionada. Era su sueño conocerlo.

Las cosas marchaban perfectamente, pensaba Yahiko. Esperaba que Shura pudiera hacer lo suyo.

-¿Quisiera hacerme el honor de su compañía? – la invitó.

Kaoru se sorprendió.

-¿Así de sopetón? – dijo con pena - Es que tengo que hablar antes con Kenshin, ya habíamos quedado que la primera vez que iría a un teatro sería con él.

-No quiero incomodarla, es apenas una invitación casual. – se apuró en decir Yahiko - Pero realmente sería un placer que fuera conmigo; además, la obra comenzará dentro de poco.

La kendoka se debatía, pero pudo más su ansiedad y ganas de conocer un lugar así. Con o sin Kenshin.

-Aceptaré porque muero de ganas de conocer un teatro. – respondió con alegría.

Complacido, el joven Myoujin le ofreció su brazo para encaminarse al local.

Entretanto, Shura hacía su parte sacando a Kenshin de la casa con la excusa de buscar unos papeles en la oficina del pelirrojo, cerca de la zona de teatros.

-¿Está segura de que no dejó esos papeles en la casa, Shura-dono? – preguntó Kenshin por enésima vez, sumamente molesto.

-Es que algunos de esos documentos deben ser registrados y no podía ir a su oficina sola. – le explicó Shura - Será rápido, luego estará libre.

-Ojalá, la calle está abarrotada.

Dieron vuelta una esquina y…

-¡Ay, Kami-sama! ¡No mire! – chilló Shura, y Kenshin miró en dirección adonde miraba la otra - ¡Tiene que haber una explicación para eso!

Lo que vio hizo que una amarga bilis se le subiera a la garganta. Su Kaoru con ese Yahiko en la fila para entrar a ver una obra kabuki. La que él quería ver con su amada.

-Kaoru-dono… - susurró con voz ronca.

Y con los celos nuevamente a flor de piel, cruzó la calle como un torbellino rojo hasta llegar a ellos. Kaoru se asustó de verlo tan furioso y Yahiko ni se inmutó, estaba planeado que sucedería eso.

-¿Así que vas por primera vez al teatro, acompañada por tu nuevo amigo? – interrogó con ira contenida.

-Por tu tono creo que entendiste todo mal. – supuso Kaoru. Era la segunda vez en el día.

-No quiero causar ninguna confusión, puedo explicarlo. – intervino Yahiko.

-Yahiko, muchas gracias por la gentileza, pero tengo que hablar a solas con Kenshin. – lo atajó ella sin dejar de mirar a su novio a los ojos. Yahiko hizo una inclinación ligera y se fue.

-Creo que yo también me retiro. – anunció Shura.

-No es necesario, Shura-dono; aún tenemos que ir a la oficina. – le ordenó Kenshin sin dejar de mirar a Kaoru.

-Yo… lo espero allí. – señaló la mujer, corriendo hacia un puesto de golosinas riendo.

Kaoru suspiró y se dispuso a dar una explicación que sentía que no tenía que dar.

-Fue una coincidencia. – declaró - Salí caminar un rato, me crucé con Yahiko y me invitó. No vi problema en aprovechar una oportunidad como ésa.

-Pues qué coincidencia, con un sujeto que acabaste de conocer. – siseó el pelirrojo mortalmente.

-¡Mou! ¡Kenshin, basta! – se hartó la kendoka - ¿Acaso dudas de mí? ¡No tengo que estar demostrando inocencia por un crimen que no existe! ¡Fui sorprendida por una oportunidad! ¡Y no estaríamos discutiendo si confiaras en mí!

Su novio no respondió, quedando algunos segundos en silencio. La gente los miraba al pasar.

-Tienes razón. – dijo Kenshin al fin, mirándola fríamente - Kaoru-dono, realmente no sé adónde ese estado permanente de aventura nos conducirá… tengo un compromiso, pero si quieres puedo acompañarte a casa después…

-¡Pues no! – se alteró Kaoru - ¡No voy a arruinar tu día, mucho menos tus negocios! Voy sola, ya hablaremos. – y sin darle tiempo a nada se marchó así sin más.

Kenshin se quedó quieto, con la palabra en la boca y con ganas de matar a alguien.


En Hagi, Koshijiro Kamiya tomaba el té apaciblemente hasta que vio a su esposa vestida con su mejor kimono y dispuesta a salir.

-¿Puedo saber adónde va, mi querida esposa? – quiso saber.

Sakura exhaló resignada y respondió:

-Iré a la Mansión Shishio para aceptar en nombre de Misao-chan la invitación que Shishio-san le hizo para vivir allá.

-Y lo dijiste bien: la invitación le fue hecha a Misao-chan. – destacó su marido - ¿O tú también irás a vivir allí? ¿A ayudar a Shishio-san a superar la viudez?

-Koshijiro, si no vas a ayudar, no estorbes. – rezongó Sakura mientras se dirigía a la puerta.

Apenas la abrió y se llevó la mayor de las sorpresas.

Makoto Shishio estaba frente a ella.

-Con permiso. – se excusó el hombre.

-¡Shishio-san! – jadeó la señora de la casa.

El matrimonio Kamiya lo recibió con gran amabilidad. Makoto Shishio evaluaba la casa con descaro.

-¡Así que ésta es la casa de los Kamiya! – observó con una gran sonrisa.

-¡Es la casa de las más lindas y adorables mujeres de la región! – cacareó Sakura con entusiasmo - ¿El señor quiere un té?

-No, muchas gracias, no quiero dar trabajo.

-¡No es trabajo! – berreó la mujer agitando las manos - ¡Trabajo es casar a cinco hijas! ¡Siéntese!

El ex hitokiri seguía mirando a su alrededor con suficiencia.

-Me es curioso. Son tantos y la casa es tan…

-Del tamaño que tiene que ser para nosotros, Shishio-san. – zanjó Koshijiro Kamiya, cansado del escrutinio - Ni más ni menos.

-¡Koshijiro! – le regañó su esposa.

-Disculpe, la casa es muy adecuada. – se corrigió Shishio con frialdad.

-¿Y a qué se debe la honra de su visita? – preguntó Sakura alegremente.

El hombre la miró como si estuviese loca.

-Quiero hablar sobre nuestros hijos, naturalmente. – dijo como si fuera lo más obvio del mundo - ¿Qué otra razón tendría?


Megumi estaba decidida. Su corazón se lo pedía a gritos a pesar del miedo. Sólo la puerta del despacho de Aoshi Shinomori la separaba de su destino.

No sólo confesaría que leyó el diario y aclararía los sentimientos de Aoshi.

También ella le confesaría su amor. Era hora de apostar a los sentimientos.

Antes de irrumpir, abrió el diario una vez más y hojeó hasta una página en particular.

Y sólo aquí, en la intimidad de estas páginas encubiertas, tengo la confianza de confesar mi amor más profundo por Megumi.

Sin duda, leer esa líneas de infundiría valor.

Dio un último suspiro y abrió la puerta. Oculto el diario detrás de ella mientras lo hacía.

Aoshi, que estaba terminando unos documentos, la miró asombrado.

-Megumi… - dijo vacilante, la mirada de la chica estaba llena de determinación.

-Quería pedirte perdón, Aoshi. – comenzó ella - Cometí un error irreparable, pero que tal vez sirva para evitar otros que están por venir. – y puso el diario sobre la mesa.

El inmutable rostro de Aoshi Shinomori se transfiguró a otro lleno de emociones de todo tipo.

-¿Leíste mi diario? – dijo con la voz quebrada y los ojos abiertos del susto - No pudiste haberlo hecho. Megumi, no sólo quebraste la confianza de nuestra amistad…

-Ya no hay vuelta atrás, ya está hecho. – interrumpió ella, temblando de pies a cabeza - Ya lo sé todo.

El joven se quedó de piedra.

-¿Todo? ¿Cómo, Megumi? ¿Todo qué?

Megumi levantó la barbilla.

-Ya sé que me amas, Aoshi. – le dijo fuerte y claro, mirándolo a los ojos con amor.

-Megumi, tú…

-¡Sé que lo que hice no tiene perdón! – se defendía la joven - ¡Mi cabeza ya lo entendió y mi corazón ya lo resolvió!

La ruleta rusa de emociones del joven Shinomori terminó dando en el enfado. Endureció su mirada y su voz se enronqueció.

-¡Pasaste todos los límites! – le recriminó.

Megumi empezaba a acobardarse.

-¡Lo sé! ¡Pero ahora que sé de tus sentimientos por mí, no puedo fingir desconocimiento! – insistía ella - ¡No sería leal ni contigo ni conmigo! ¡Necesitamos hablar sobre los dos, Aoshi! Y por eso quiero decirte una cosa: ahora que sé que me amas…

Aoshi suponía lo que diría y no quería escucharlo. No ahora que las cartas ya estaban echadas y sus destinos marcados. Eso sólo le echaría más sal a la herida.

-¡No, Megumi! – le interrumpió con rudeza - ¡No hay amor en esas palabras! ¡Necesito casarme con Sayo!

La joven Katsura se sintió desfallecer de la angustia y las lágrimas se empezaron a agolpar en sus ojos.

-¿Cómo? – se quebró - ¿Y todo lo que leí en ese diario? – y empezó a recitar de memoria - "Y sólo aquí, en la intimidad de estas páginas encubiertas, tengo la confianza de confesar mi amor más profundo por Megumi." Lo leí, ¡lo leí muchas veces, Aoshi! – gritó, con las lágrimas cayendo libremente por sus mejillas - ¡Para asegurarme que se trataba de mí!

-Siempre te amé, Megumi. – aseveró Aoshi - Siempre te amé, y tú no lo percibiste. Te amé tanto como un hombre puede ser capaz de amar. – le confesó al fin - Pero ahora desistí de ese amor, y no puedo volver atrás.

Megumi estaba llorando desconsoladamente.

-¿Cómo es posible? – sollozó.

-Con el tiempo, el corazón se adapta a las imposibilidades. – se justificaba él con una mirada llena de tristeza - Además, asumí un compromiso con Sayo. – y finalmente le soltó - ¡Y al leer mi diario, tú vas a un capítulo que para mí está… está superado!

Y lamentó haberle dicho eso, porque era una gran mentira. Pero ya estaba hecho, y sería lo mejor para los dos. Más ahora que había una tercera persona metida en la ecuación.

-¡¿Superado?! – rugió Megumi, alterada - ¡Al final, todas esas declaraciones, rasguños de amor, frases hechas, no son nada!

Corrió hacia su habitación, dejando al abogado con el corazón destrozado.

La joven noble caminaba apurada secándose las lágrimas, cuando vio a su padre llegar. Se lanzó a sus brazos.

-¡Papá! – exclamó con voz ahogada - ¡Quiero que volvamos a casa ahora mismo!

Kogoro Katsura miró preocupado y alerta a su hija.

-¿Qué pasa, Megumi-chan? Tenía pensado dar una caminata antes de que salgamos.

-Pues en nuestra hacienda tenemos muchas hectáreas por si quieres dar un paseo. – le dijo ella fingiendo que estaba todo bien - Iré a buscar mis cosas. Quiero ir con mi abuelo, que debe de estar muriéndose por vernos. – y ya que estaba, empezó a reñirle también a él - ¿No fue eso lo que viniste a hacer aquí? ¿Llevarme de vuelta? ¡Pues aquí estoy!


Misao y Soujiro regresaban a casa de la joven después de dar un paseo, pero nada más pisar la entrada escucharon unas voces conocidas desde el interior. Estaban festejando.

-¡Ellos serán muy felices!

-Parece la voz de tu padre. – advirtió Misao.

-¡Más felices que unas perdices!

-Y esa es la voz de tu madre. – dedujo Soujiro.

Armándose de valor, ambos entraron a la casa para ver a los padres de los novios servirse sake.

Quedaron de una pieza.

-¡Qué bueno que llegaron! – festejó Sakura.

-Felicitaciones, hijo. – le dijo su padre con ceremonia - El casamiento es un gran paso para la vida de un hombre.

Soujiro lo miró curioso.

-Pero si aún no elegimos fecha, Otou-sama. – dijo rascándose el cuello.

-¡Pues será el mes que viene! – anunció la señora Kamiya. Su marido sólo observaba la escena en silencio.

Misao se puso blanca como un papel.

-¡¿El mes que viene?! – vociferó - ¡Pero si aún no encontramos casa!

-Y justamente es ése el punto: ustedes vivirán conmigo. – le dijo su futuro suegro con ojos filosos.

Misao sentía que tenía que hacer algo urgente.

-Shishio-san, le dijimos que lo pensaríamos. – dijo suplicante. Luego se volvió a su novio, que había dejado de lado su expresión desconcertada y ahora sonreía como un idiota - ¿Sabías de esto? – indagó.

-Claro que no. – le respondió él feliz - Pero te confieso que la idea de que seas mi esposa el mes que viene hace que me muera de la felicidad.

-Su alegría es el Palacio Juppongatana. – finiquitó Makoto Shishio - Seremos un ejemplo de familia feliz.

-¡Ay, estoy que exploto de la felicidad! – graznaba Sakura Kamiya - ¡Al fin tendrás una familia! ¡Y una grande, porque en lo que somos buenas es en parir!

-¡Mamá!


Kaoru llegó furiosa de su discusión con Kenshin. Fue directo a su habitación y se pasmó al ver a Megumi empacar sus cosas con violencia.

-¡Megumi! – prorrumpió - ¿Por qué estás empacando de esa manera?

-¡Es lo que yo te pregunto! – le contestó la otra con rudeza - ¡Entrando de esa manera!

-¡Kenshin! – le respondió la kendoka recordando su infortunio - Creo que somos incompatibles, desde la primera vez que nos vimos nos la pasamos peleando.

Megumi dejó lo que estaba haciendo y se volvió hacia su amiga con un brillo extraño en los ojos.

-¡Eso es amor, Kaoru! – exclamó - ¡Tienes que soportar los baches de tu relación!

-¿Y tengo que soportar por amor o porque es un buen partido? – le discutió su amiga.

-Lo que prefieras. En su caso sería un enlace ideal. – desvió la mirada y comenzó a llorar - ¡Déjale todo muy claro! ¡Para que no haya margen de duda o malentendido!

Kaoru abrió la boca espantada al empezar a entender el estado de su amiga.

-Megumi, espera… - tartamudeó - ¿Hablaste con Aoshi?

-Hablé.

-¿Y entonces?

-¡Descubrí una cosa muy importante! – se lamentó Megumi riendo histérica - ¡El amor acaba sin avisar! Por eso te digo que dejes de lado tu orgullo y vivas todo lo que puedas tu amor con Kenshin.

-¡Pero no soy orgullosa! ¡Kenshin es el orgulloso! – repuso Kaoru ceñuda - Él debería bajarme del pedestal y aceptar mi modo de ser, mis deseos…

-¡Eres orgullosa porque no te quieres someter a las imposiciones del amor! – le gritó Megumi con la mirada desorbitada.

Kaoru se tranquilizó y se olvidó de su propia situación. Megumi le estaba preocupando y en serio.

-Megumi… ¿qué te dijo Aoshi para que estés así? – preguntó con cautela.

A Megumi le daban espasmos en todo el cuerpo a causa de su llanto descontrolado.

-¿Quieres saber lo que me dijo? Él dijo que no me ama. – explicó, tratando de serenarse en vano - Presta atención: las reglas del amor son universales, o existe o no existe. Kaoru, aprovecha el tuyo antes de que tu novio ya no te quiera y decida casarse con una Sayo cualquiera…

Sin decir nada, Kaoru corrió a abrazarla.

-Calma, Megumi, calma… estarás bien. – la arrulló.

En ese momento, Kogoro Katsura las interrumpió. Consideró las lágrimas de su hija como la emoción por la despedida.

-Tenemos que irnos, hija. – le anunció - Megumi, Kaoru, su amistad me conmueve.

-Ya voy, Otou-sama. – le dijo su hija, y le dio un último consejo a Kaoru - No hagas como yo y esperes a que sea muy tarde.

La despedida esa tarde fue fría, desganada y gris. Kaoru y Megumi se intercambiaban miradas llenas de aflicción; Tomoe, Tae y Kogoro no entendían por qué tanta conmoción en el ambiente; y Aoshi mantenía su expresión imperturbable de siempre.

Los Katsura desparecieron entre la multitud a bordo del carruaje que los llevaría a la estación de trenes para ir a Osaka a tomar un buque.

A medio camino Megumi detuvo todo.

-¡Otou-sama! – gritó excitada - ¡Iremos primero a casa de los Kiyosato!

Kogoro se descolocó.

-¿A casa de los Kiyosato? ¡No tenemos nada que hacer en ese lugar! – se negó de plano.

-¡Necesito hablar sobre una cosa muy importante con Kenshin Himura, por favor!

Por suerte estaban de paso, y minutos después, Megumi ya estaba en la sala de la mansión Kiyosato hablando con Kenshin. Su padre la esperaba afuera en el carruaje.

-Kenshin, disculpa por aparecerme así, pero no podía volver a Hagi sin antes conversar contigo sobre mi amiga. – le explicó la joven con ojos hinchados.

Al verla y escucharla, las alertas de Kenshin explotaron.

-¿Sucedió algo con Kaoru-dono? – preguntó angustiado.

-¡Sí! ¡Necesitas correr, anticiparte y ser firme! – gritó Megumi.

El pelirrojo la miró ofuscado.

-¿Oro? ¿Firme con qué, Megumi-dono?

-¡En que necesitas pedir a Kaoru en casamiento o muchas cosas pueden llegar a suceder!

-Megumi-dono… por favor, sé más clara. – pidió Kenshin confundido - Estoy empezando a preocuparme. ¡No sé si quedarme aquí contigo o salir volando a buscar a Kaoru-dono!

-¡Sí, haz eso! – lo animó la chica - ¡Sal volando hacia ella!

-¿Está corriendo algún tipo de peligro? – se inquietó el otro.

-Kaoru está ciega de entusiasmo por la vida. – fue la explicación llana y concisa de Megumi.

Cosa con la que Kenshin estuvo muy de acuerdo.

-Sí. Yo también me preocupo por ese ímpetu de Kaoru-dono, pero no creo que sea un caso de vida o muerte.

-Kenshin, yo acabo de sufrir una pérdida irreparable por no contar mis sentimientos. – manifestó Megumi conteniendo las lágrimas - ¿Sabes lo que pasa cuando se pierde una oportunidad? Otra persona se aprovechará de ella.

El ingeniero pensó automáticamente en ese Yahiko.

-¿Y dónde yo entro en eso? – quiso saber.

-Lo que quiero decir es que… - no sabía cómo ser más clara - Kaoru está tan deslumbrada por la gran ciudad, por el colorido de la mujer moderna, que si no pides su mano en casamiento, tal vez los dos se pierdan en el camino… ¡El mundo va a engullir a Kaoru! – y se despidió - Era eso lo que quería decir… con permiso…

Kenshin se quedó pensativo y con mucho miedo por su kendoka.


Mientras, en una cafetería cercana al internado del actual rival de Kenshin, estaban reunidos Shura, Yahiko y Kaede.

-¡El plan fue un éxito! – festejaba Shura - Porque Ken-san es un hombre cartesiano, lo único que importa para él son los hechos, es matemática pura. En la fiesta, Kaoru no se separó de ti, y después en el teatro fue contigo, lo que concluye que…

-¿Soy irresistible? – sugirió el joven tragando media torta.

-Sí, claro. – gruñó su madrastra y pasó a otro tema - Pero suspenderemos por el momento el caso de Kaoru-Kenshin. Con Kaede nos enfocaremos en Akira y Tae.

-Diga, Madame. – se afirmó la criada.

-Hoy, en la cena que Ikumatsu está organizando, yo voy a acabar con los planes de las Kamiya. – maquinó Shura - Cuando ella esté encantada con la nueva pretendiente de Akira-kun, apareceré y diré que ella fue víctima de un fraude. ¡Que el propio hijo la traicionó y que la otra es una embustera!

Ella reía, mientras una la miraba con orgullo y el otro con pesadez.


Y como si fuera poco, minutos después de la partida de los Katsura, Akira Kiyosato hizo acto de presencia presa del desasosiego.

-¡Tomoe, amor mío! – exclamó una vez que lo recibieron - ¡Kaoru-san, Tae-san, qué bueno que están aquí! Así les explico las cosas una vez: mi madre decidió hacer esta noche una cena de última hora para Tae-san.

Las tres quedaron heladas.

-¿Una cena para ella? – preguntó Tomoe, sin entender.

-Tomoe-chan, no debes preocuparte. – atajó Tae - Si no quieres, no voy.

-Puede que no vayas, Tae-san, pero algo es seguro: mañana a primera hora mi madre me presentará una nueva pretendiente. – le explicó Akira - Y si ustedes confían en mi plan y le dan continuidad, tengo la seguridad de que mi madre controlará sus propias expectativas.

Tomoe no pudo evitar entrecerrar los ojos con pesadumbre.

-¿No creen que ese plan está yendo demasiado lejos? – planteó.

-Entiendo tu impaciencia y tienes toda la razón. – concordó Kiyosato, aún agitado - Por favor, entiende que te amo demasiado, pero esa cena servirá para aquietar las sospechas de mi madre. Quisiera que Kaoru-san esté también, para ser tus ojos y ver que todo salga bien.

Kaoru dio un respingo al ser nombrada.

-No cuentes conmigo porque no sé cómo reaccionará Kenshin. –dijo con resquemor - Tuvimos una pequeña discusión.

Akira la miró boquiabierto al ver que su plan se estaba haciendo añicos.

Tomoe habló con voz estrangulada, tratando de dominarse tanto como pudiera.

-Tae-chan, no sé ni cómo agradecerte… - le dijo a su amiga, luego se dirigió a su hermana - Kaoru-chan, ¿me acompañas a la habitación, por favor?

-¿Amor, está todo bien? – se preocupó su novio.

Tomoe le sonrió, una sonrisa falsa hecha con mucha fuerza de voluntad.

-Sí, cosas en las que sólo una hermana puede ayudar. – se excusó.

Cuando estuvieron solas en la habitación, Tomoe empezó a soltar lágrimas de desdicha.

-Necesitaba quedarme sola contigo, Kaoru-chan. – le dijo a su hermana - Entiendo tus motivos, pero sé que también eres lo suficientemente fuerte como para afrontarlo todo… ¿puedes ir a esa cena por mí, por favor?

Kaoru la miró vacilante.

-¿Por qué? – preguntó - ¿Ya no confías en Akira?

-¡Claro que confío en Akira!

-¿Entonces desconfías de Tae?

-¡No, mucho menos de Tae-chan!

-¿Entonces, qué te preocupa, hermana?

-Me preocupa el destino, Kaoru-chan. – sollozó Tomoe - Que Akira y Tae-chan perciban que son perfectos el uno para el otro. A pesar de todo, ella y su familia lograron salir adelante y terminaron frecuentando casi los mismos círculos sociales que los Kiyosato. Tienen dinero y su mentalidad es muy parecida…

Kaoru no podía creer que su hermana empezara a fantasear con esas cosas. Es más, si Ikumatsu Kiyosato investigara más sobre Tae, tampoco la querría como novia de su hijo, pues aunque ricos gracias al comercio, los Sekihara no eran de la nobleza o de familia de abolengo. Sin duda, por el momento, Ikumatsu la aceptó para que Akira se olvidara completamente de Tomoe, pero no tardaría en hacer sus averiguaciones. Aun así la tranquilizó.

-Tomoe-chan, tú estás por encima de todo eso. – le dijo con cariño.

-No. – disintió su hermana mayor rotundamente - Yo soy apenas una campesina que estudió y leyó libros por insistencia de su padre, pero que nunca había salido de su provincia antes. No tengo la sofisticación de una joven educada en sociedad. Soy la mayor de cinco hermanas, de una casa simple…

-Hermana, Akira no piensa en eso, te lo aseguro. – la interrumpió Kaoru - ¿Sabes por qué? Porque encontraste un corazón tan puro como el tuyo. Y si él no consigue salir de esta situación, es porque es un alma gentil con miedo de lastimar a las personas, en este caso, a su madre. – suspiró mientras la abrazaba - Está bien, iré a esa cena, pero sólo para poder contarte cómo Akira hace lo correcto para quedarse contigo.

La ayudó a limpiarse el rostro antes de volver a la sala a seguir urdiendo el eterno plan de Akira.


Mientras Kaoru y Tomoe hablaban en privado, Tae y Akira recibieron la sorpresiva llegada de Sayo Amakusa, quien venía de visita a Aoshi. Le indicaron que el dueño de casa se hallaba en su despacho y la joven hacia allí se dirigió. Llegó justo a tiempo para escuchar a su prometido decir algo mientras tiraba un cuaderno a la chimenea.

-Está claro que te amo.

Con el corazón apretado, Sayo entró y lo enfrentó.

-¿Es de mí de quién estás hablando? – inquirió.

Aoshi se alejó de la chimenea y la miró sin poder hablar.

-¡Sayo! – dijo al fin - No sabía que vendrías.

-Creí que siendo tu novia no necesitaría avisarte de mi llegada. – le contestó ella con cierta melancolía - ¿Qué estabas haciendo?

-Estaba quemando unos documentos sin importancia.

La angustia en su pecho creció. No estaba siendo sincero con ella y podía percibirlo.

-Aoshi, ya estoy bastante crecida como para lidiar con mis propias frustraciones. – le dijo con firmeza - Cuando llegué estabas diciendo que amabas a alguien… ¿ese alguien soy yo?

Aoshi sonrió ligeramente, como si la joven hubiera estado pensando en cosas sin sentido.

-Sayo, estamos juntos, organizando nuestro casamiento, haciendo planes…

Ella lo interrumpió con el rostro atribulado.

-No quiero ser un plan… no quiero ser una meta más que debe ser cumplida… y lo que hago no es un drama, es una constatación: si estás conmigo por pena…

-¡Por favor, Sayo! – explotó el abogado sorprendiéndola - ¡No pienses así! Es sólo que hoy tuve un día difícil.

Ella no se amilanó.

-No estoy hablando de hoy. – replicó - Estoy hablando de un proyecto de vida. No deberías sacrificar tu felicidad ni por mí ni por nadie.

Aoshi la contempló con culpa y tomó sus manos.

-¿Pero no podemos construir esa felicidad juntos? – preguntó suplicante.

-Lo suficiente puede que no sea bastante, Aoshi. – contestó Sayo - No espero una respuesta tuya ahora, ¿pero es conmigo con quién te quieres casar? Piensa en eso…

Lo dejó solo, mirando el diario que tanto problemas le causó y que estaba siendo consumido por las llamas.


Más tarde, por la noche, Kaoru terminó de prepararse para ir a la mentada cena de los Kiyosato.

-¿Cómo estoy? – desfiló frente a su hermana con un kimono azul - ¿Lista para ser el alma de la fiesta?

Tomoe le sonrió, sabía que hacía esas cosas para animarla.

-Siempre estás lista para todo, hermana. – le respondió.

-No es lo que Kenshin y otras personas creen. – consideró su hermana haciendo una mueca - Pero hablemos de ti, estuve pensando mucho en las cosas, y déjame darte un consejo: si amas a Akira, tendrás que hacer algo difícil para ti, creo que deberías tomar cierta actitud. Pero no una actitud como la mía, que me llevo todo por delante y me enfrento a las personas sin querer, sino una actitud como la persona buena y pura que eres, con la belleza con la que ves el mundo. – la alentó - Tienes que hacerle saber a Akira que no aceptas esta situación, que lo amas mucho pero que eres así: con esa formación, con esa historia, con esa familia, y que él tiene que resolver su situación con su madre de la manera más honesta posible. Y él hará eso, porque te ama. – dijo para volver a abrazarla antes de irse.

Tomoe se quedó reflexionando largo y tendido esas palabras.


-Es para mí una alegría tenerte en mi casa, Tae-san. – cumplimentó Ikumatsu Kiyosato una vez que todos estaban cenando - De forma más íntima.

El ambiente era raro: Tae y Akira nerviosos, Ikumatsu de muy buen humor, Shura con sospechoso regocijo y Kaoru y Kenshin repartiéndose miradas desafiantes. Kaede daba gracias de no tener que compartir esa mesa con ellos.

-Claro, porque en ese baile las cosas no se dieron de la mejor manera. – le recodó Tae amablemente.

-No van a negar que mi idea del baile de máscaras fue buena y divertida. – aportó Akira - Toda esa cosa teatral y…

-Está claro que algunas personas son especialistas en juegos de escenas. – intervino Shura con voz alta y haciendo énfasis - En falsear hasta sin máscara.

Nadie sabía qué decir.

-¿Te está gustando la ciudad, Kaoru-san? – preguntó Ikumatsu a la kendoka. A pesar de todo, gustaba de ella.

-¡Sí, y mucho! – respondió ella emocionada - Fue como amor a primera vista: nunca nos vimos pero siempre nos amamos. Me llama más que Hagi.

-Pues fue la belleza de Hagi lo que Kaoru-dono dejó de admirar. – gruñó Kenshin desde su puesto con los ojos fijos en ella.

De vuelta el silencio incómodo.

-¡Ahora, por favor, cuéntenme! – graznó Shura haciendo que todos dieran un brinco - ¿Cómo se conocieron? ¡Adoro las historias de amor!

-¡Fue en el baile! – trató de improvisar Tae con naturalidad - Vi a este hombre fantaseando y tuve la seguridad de que detrás de esa máscara había alguien muy especial.

-Tae-san tiene muchos encantos, Okaa-sama. – agregó Akira. Todo se sentía muy forzado, lo bueno era que su madre no se daba cuenta.

-Me gustaría proponer un brindis por Tae-san, futura nueva integrante de esta familia, enamorada de mi hijo. – sugirió la animada dueña de casa - ¡Bienvenida a nuestra casa, Tae querida!

-¡Eso mismo! – espoleó Shura con picardía - ¡Muy bienvenida Tae-san! ¡Y ahora para sacramentar este momento me gustaría proponer un beso!

Los presentes sintieron un escalofrío correr por sus espaldas.

-No seas impertinente, Shura. – le advirtió su socia.

-Amiga mía, es sólo un beso. – aclaró Shura relajada - ¿Acaso no quieren?

De repente y sin previo aviso, una joven de largos cabellos negros y belleza sin igual irrumpió en el comedor, haciendo que todos la miraran desconcertados.

-¡Ikumatsu-san! – dijo con voz sólida - Todo esto es una farsa, la verdadera enamorada de Akira aún soy yo: Tomoe Kamiya.

Kaoru no pudo hacer más que mirarla con orgullo.

Sí que había sido un día agitado para el recuerdo.