El disgusto de Ikumatsu Kiyosato al ver a Tomoe Kamiya interrumpir la presentación de su futura nuera fue tal que todos temblaron.

-¡¿Qué absurdo es este?! – exclamó ofendida - ¡¿Cómo te atreves a invadir mi casa y a irrespetar a mis invitados de esa manera?!

El valor de Tomoe parecía flaquear al tener frente a frente a una colérica dueña de casa.

-Yo… lo lamento de verdad… - empezó a balbucear - Pero si la señora entendiera el esfuerzo que hice para adoptar esta actitud, sabría que sería la última cosa que hubiera hecho en la vida…

-¡Y lo estás haciendo! – gritó Ikumatsu - ¡Akira, haz algo!

Tomoe se dirigió a su amado.

-Disculpa por haberlo arruinado todo, pero ya no consigo vivir más con esta mentira… - le dijo con un hilo de voz.

-¡Eres tan valiente, Tomoe-chan! – no pudo evitar exclamar Tae.

-¡Yo estoy de tu lado! – la animó Kaoru.

Aunque sorprendida, Ikumatsu ignoró a los dos jóvenes y desplegó su odio hacia la pálida muchacha ante ella.

-¡Sal de mi casa! – exigió - ¡No quiero oír nada de ti!

Ante las palabras de aliento de Kaoru y Tae, Tomoe cobró nuevamente valor para enfrentar a la madre de Akira.

-Discúlpeme, pero me va a tener que escuchar aunque sea por única vez. – replicó con firmeza - Y la verdad no la entiendo señora, con el esfuerzo que habrá sido criar a un hijo sola, y con la responsabilidad de llevar adelante los negocios importantes de su familia. Me imagino lo importante que es todo lo que usted conquistó: tener un hijo como Akira, hacerlo apto para llevar esos negocios en el futuro y querer que se comprometa con una mujer de posición parecida, con educación y privilegios por igual. – sus ojos empezaban a humedecerse - Todo lo que no soy ni seré, porque no lo pretendo; porque sólo soy una joven con algún conocimiento, letrada, con algunos talentos y dispuesta a hacer el bien a cualquiera que esté a mi alrededor. Sólo eso. Y si eso no es suficiente para su hijo, me retiro ahora y en silencio para que nunca más me vuelva a ver… - miró al joven - La decisión es tuya, Akira.

Akira se sentía en una encrucijada sin fin. Sentía que a la larga tendría que tomarse seriamente el elegir o a su madre a su amor, pero nunca pensó que sería demasiada presión. Amaba a su madre, quien lo había criado sola y lo había formado, pero también amaba a Tomoe, con quien quería compartir una vida. Si tan sólo pudiera compatibilizar a las dos, sería perfecto, pero no se podía. Además, el plan estaba marchando tan bien…

-Tomoe, yo… te amo mucho… pero… el plan estaba resultando… - farfulló el chico apenado.

Su madre miró triunfante a Tomoe.

-Ahí está tu respuesta, querida. – le dijo con voz melosa - Un hombre que se emociona de esa manera por amor, es un hombre que promete platónicamente, pero que no cumple en la práctica. Veo que lo eduqué mal como para entusiasmarse así, pero sé que lo eduqué bien para que sepa lo que es correcto para él.

Sumida en lágrimas incontrolables y con el corazón hecho pedazos, Tomoe se dio la vuelta y salió de allí, decepcionada con Akira pero al mismo tiempo ligeramente aliviada por haber sacado todo lo que llevaba dentro. Kaoru dejó su puesto en la mesa y corrió inmediatamente tras ella.

Y mientras los demás la miraban irse, Tae volvió a sorprender, esta vez aplaudiendo las palabras de Ikumatsu de manera irónica. Las únicas asombradas por tal acción eran Shura y la misma Ikumatsu.

-Bueno, creía que yo merecía el premio a mejor actriz por mi actuación como la falsa novia de Akira, ya que al final la convencí. – confesó la joven de manera picante - Pero nada se compara a la señora Ikumatsu Kiyosato, la gran villana del año. – dicho esto, se levantó y siguió a sus dos amigas.

Los cuatro restantes en la mesa se miraban entre azorados, confundidos, tristes e indignados.

-Ikumatsu-dono… - empezó Kenshin después de un silencio bastante incómodo.

Shura levantó la mano delicadamente para que guardara silencio.

-Por favor, no diga nada. – dijo con tono dulce - Yo conozco a mi amiga.

-Estoy profundamente decepcionada de ti, Akira. – dijo Ikumatsu con voz severa y mirando fijamente a su hijo, que parecía estar en cualquier plano existencial menos en la realidad - Porque veo que elegiste el escarnio público para tomar la decisión correcta. Pero espero que ahora tu postura, frágil como veo que es, sea definitiva.

-Basta. – musitó el joven, ido.

-¿Qué es esa vocación por lo que no es mejor para ti, hijo mío?

-¡Basta!

-¿Qué es…

-¡BASTA! – bramó Akira, volviendo a la realidad y fuera de sí - ¡Provocas en mí los peores sentimientos del mundo! Basta… - y corrió hacia su habitación seguido de Kenshin.

Las dos mujeres se quedaron solas y conmocionadas ante la fallida mesa familiar.


Cuando llegaron a la casa de Aoshi, Tomoe empezó a llorar descontroladamente, como si le diera un ataque.

-¡Calma, Tomoe! – la tranquilizaba Kaoru mientras la abrazaba y Tae iba en busca de un vaso con agua - ¡Fuiste muy fuerte y muy valiente!

-¡No sé si hice lo correcto! – gemía la chica.

-¡Claro que sí… - no pudo continuar con sus palabras de aliento porque Tomoe se había desmayado en sus brazos - ¡Tomoe!

-¡Aoshi! – Tae llegaba con el vaso de agua y con el abogado, quien, preocupado, cargó a la mayor de las Kamiya hasta su habitación.

Un rato después, Tomoe había vuelto en sí y comenzó a llorar nuevamente, por lo que le dieron un calmante que rápidamente la hizo dormir. Los tres jóvenes la miraban conmovidos mientras dormía.

-Creo que fue el esfuerzo emocional de ir a casa de Akira a decirlo todo sin pudor, ya que Tomoe-chan es muy tímida con sus sentimientos. – susurró Kaoru - Para ella todo debió haber sido muy fuerte.

-Si quieren, puedo llamar a un médico. – ofreció Aoshi.

-Si hay algún médico que pudiera curar las desilusiones amorosas, con certeza sería millonario. – observó Tae con tristeza.

-No es necesario llamar un médico, Aoshi-san. – dijo Kaoru - Creo que sólo necesita descansar… ya pasará.

La dejaron en la habitación para que descansara, en lo que ellos tomaban un té para calmarse.


Más tarde, después de que todos se fueron a dormir, Ikumatsu Kiyosato se sentó frente a la chimenea a tomar algo de sake para mitigar su furia. Tenía los ojos rojos, producto de la tristeza y el enojo de sentirse traicionada por su propio hijo. Tan sumida estaba en sus sentimientos, que no se dio cuenta de que Kenshin entró a la sala.

-Me preguntó qué sentimientos ocupan su mente, Ikumatsu-dono. – le dijo el ingeniero, gentil.

-Ningún sentimiento, Himura-san. – respondió la mujer con voz ronca y sin mirarlo.

-Después de esta noche…

-¿Tiene alguna otra manera de resolver el disparate que ocurrió? – siseó Ikumatsu dándose la vuelta y enfrentando al joven.

-Akira es un adulto, Ikumatsu-dono. – señaló Kenshin con voz firme - No es correcto que lo descalifique frente a los demás. Eso es pésimo, inclusive para los negocios.

-No creo haber sido más dura con Akira de lo que él fue traicionero conmigo. – replicó ella con amargura.

-Pero usted pretende controlar su vida, inclusive a quién ama o deja de amar. – retrucaba tranquilamente el pelirrojo - Por eso se comportó así de esa manera tonta, se vio obligado a eso.

-Como lo hacía cuando tenía ocho años de edad.

-Pues es exactamente así como está tratando a su hijo.

-¿Me estás queriendo aconsejar de cómo relacionarme con mi hijo? – Ikumatsu también empezaba a enojarse con él.

-No, pero soy amigo de Akira y no veo razón para no hablar de él. – respondió Kenshin con serenidad.

-Te pido que no me desautorices como madre. – le dijo Ikumatsu con resentimiento en la voz - Y además, como buen amigo que dices ser, debiste haber orientado y defendido a mi hijo de ese teje y maneje. Porque por lo que parece, sabías de todo esto.

-No puedo defender a Akira si no identifico riesgo y peligro en lo que hace.

-Entonces cumple tu papel de buen amigo y déjame a mí el papel de madre. – insistió ella - Por lo que vimos hoy, Akira parece haber entendido la diferencia de peso e importancia entre las dos cosas. Además, apuesto a que si Himura-sama estuviera aquí, hubiese sido tan firme como yo.

Kenshin se removió con incomodidad ante la mención a su padre.

-Mi padre no es autoritario… - empezó.

Pero una carcajada de Ikumatsu lo interrumpió.

-¡Querido, eso depende mucho de lo que está en juego! – exclamó con falsa diversión - ¡Vamos a ver qué pensará él cuando conozca a Kaoru Kamiya! ¡Y ni hablar de su familia de locos!

Y se marchó, dejando a Kenshin algo preocupado con eso.


A la mañana siguiente, Shura convocó una reunión entre ella, Kaede y Yahiko.

-Bueno, estamos en una reunión de negocios. – comenzó a decir Shura para luego relatarle a su hijastro los acontecimientos de la noche anterior.

Pero Yahiko la interrumpió.

-¡Sí que las hermanas Kamiya te dan problemas, busu! – se burlaba de ella - ¡A una le gusta el mismo hombre que a ti y la otra arruinó tus planes de desenmascarar a la falsa novia!

-Cállate, Yahiko-chan, o te haré encerrar en ese internado para nunca más salir. – lo amenazó su madrastra lanzándole una mirada peligrosa - Además, las mejores estratagemas son las psicológicas: la humillación que Ikumatsu pasó, de ser traicionada por el propio hijo y engañada por aquella banda de provincianas, no tiene precio. – y agregó - Además, ellas también bebieron del mismo veneno de la mano de Akira.

-¿Y tú qué sacas con esto, busu?

-Ahora es cuando Ikumatsu necesitará más que nunca de mí, de un hombro amigo, de mi apoyo para ayudarla… sin contar que no necesité gastar energías. – tarareó Shura muy contenta - ¡Fue maravilloso ver derrocadas a las hermanas Kamiya!

-Concuerdo, Madame. – cumplimentó Kaede.

-Ya nos libramos de una campesina, ahora sólo necesitamos librarnos de la otra. – clamaba una feliz Shura. Y siguieron planeando su golpe maestro, esta vez dirigido solamente a Kaoru.


Kenshin, por su parte, decidió pasar por casa de Aoshi después del desayuno para saber de Tomoe. Lo recibió Kaoru.

-Kenshin. ¿Cómo estás? – le preguntó ella mientras lo hacía pasar a la sala.

-Bien. – dijo él con una sonrisa - Quería saber de Tomoe-dono.

-Aún sigue durmiendo. – respondió Kaoru con tristeza - No pasó muy bien la noche, como te podrás imaginar. ¿Y Akira? ¿Cómo está él?

-Devastado.

Kaoru suspiró frustrada.

-A pesar de los afectos, como casi siempre sucede, el orgullo y el prejuicio vencieron. – dijo.

Kenshin la miró con amor.

-¿Crees que estamos cometiendo el mismo error? – quiso saber.

Eso generó que la kendoka se pusiera a la defensiva. De repente se acordó de la discusión el día anterior en el teatro.

-¿Y eso es lo que vienes a decirme? – protestó - Ya me pusiste un rótulo de aventurera loca, y no importa lo que haga, nunca me crees.

-Es más fácil ocupar mis impresiones sobre ti que avalar tu comportamiento. – replicó su novio serio.

-Ay, Kenshin, basta. – le cortó Kaoru - Si vamos a comenzar una de nuestras discusiones, mejor no. Ahora no.

-Tienes razón. – concordó el pelirrojo con un suspiro - Basta.

-Porque ya sabemos cómo terminamos: siempre nos perdonamos, pero nunca olvidamos. – reflexionó Kaoru con pesar - Ya sea el episodio del teatro o cualquier otra cosa, no confías en mis modos, y nuestra relación se basa en eso, en la confianza. Parece que no tenemos solución.

Los ojos de Kenshin se abrieron de par en par y la tomó suave pero firmemente de los hombros.

-Claro que hay solución. – le dijo resuelto - Si lo que sentimos es sincero, por mi parte, en vez de controlar las situaciones debería contener mis reacciones hacia lo que haces, por ejemplo.

-¿Cómo es posible que lo que yo haga te provoque tantos desatinos?

-Por lo menos no es falta de amor. – trataba de hacerle entender él acariciándole el rostro - Tal vez sea el exceso de amor lo que me provoca desatinos. Entendí que tenemos que lidiar con nuestras diferencias. Y eso si es que creemos que nuestro amor vale la pena. Y yo creo que lo vale. ¿Tú qué piensas?

Kaoru pareció pensarlo largo y tendido a propósito.

-Mmmm… yo también lo creo. – dijo con una sonrisa y envolviendo su cuello con sus brazos.

Kenshin estaba feliz.

-Prometo dedicarme a entenderte, Kaoru-dono. – le dijo con amor - Es una promesa.

-Está bien. – aceptó ella antes de recibir gustosa un beso de parte de su amado. Por Kami que deseaba que su destino con él no corriera la misma suerte que el de Tomoe y Akira. Profundizaron su beso.

A regañadientes, Kenshin tuvo que ponerle fin a tan encantador momento.

-Ahora necesito irme para despedir a Akira. – le explicó a Kaoru - Se irá a Europa.

-¡¿Qué?! – exclamó una conmocionada voz detrás de ellos.

Era Tomoe.

Se había levantado y bajado para desayunar, y no pudo evitar contemplar a la pareja de tortolitos en la sala cuando iba de paso. ¡Cómo quería que las cosas fueran así con su Akira! Y mientras pensaba con nostalgia en todo eso y en lo que harían ella y Akira de ahora en más, Kenshin soltó la bomba.

-¡Tomoe-dono! – se sorprendió Kenshin, ruborizado de pensar que los había visto besándose - Disculpa, no sabías que estabas aquí.

-No tienes que disculparte, Kenshin. – dijo Tomoe, componiéndose y conteniendo las lágrimas tanto como podía - Ahora estoy bien, y feliz de saber que Akira sigue su vida con tanta rapidez. Espero que él sea muy feliz, yo también buscaré mi felicidad aquí. – se dio la vuelta para correr a su habitación - Con permiso.

-¡Tomoe-dono! – la llamó el pelirrojo, luego se dirigió a la kendoka - Ella no está bien.

-No, volvió a ser lo que es realmente: resignada y sufriendo en silencio. – dijo Kaoru resignada.

-Akira está haciendo las maletas, resignado y también sufriendo. – se quejó Kenshin - Y los más impotentes aquí somos nosotros.

-Creo que hicimos todo lo que estuvo en nuestras manos para tirar los dados a su favor. – concluyó Kaoru mientras el ingeniero la abrazaba - Ahora todo depende de ellos.


Al volver a la mansión Kiyosato, Kenshin fue de inmediato a la habitación de Akira.

Lo encontró empacando con el rostro pálido y sin expresión.

-Fui a ver a Tomoe-dono. – le comunicó.

-¡Por favor, no me hables de eso! – gimoteó su amigo, luego preguntó - ¿Cómo está?

-Por dentro, triste y por fuera, resignada.

-Tomoe no merece sufrir así, Kenshin.

-No era exactamente eso lo que ella esperaba de ti, Akira: aceptar ser mandado a Europa. – empezaba a acusarlo el pelirrojo.

-Mi vida acabó, amigo mío. – sentenció Akira con voz monótona.

Kenshin no podía soportarlo más.

-¿Y qué vas a hacer? ¿Dejar a Tomoe-dono sola? – le recriminó molesto - ¿Libre para otro hombre cualquiera? ¡Todo lo que tienes que hacer, Akira, es tomar las riendas de tu vida!

Akira no se iba a quedar atrás.

-Disculpa que te lo diga, eres óptimo en los asuntos de negocios, pero eres un fiasco en los asuntos del corazón. – replicó - No puedes resolver las cosas con Kaoru y mucho menos puedes resolver tu destino.

Kenshin quedó estático al recordar algo.

Si no pides su mano en casamiento, tal vez los dos se pierdan en el camino… ¡El mundo va a engullir a Kaoru!

Akira era la segunda persona en decirle que actuara en cuanto a Kaoru y su futuro. Pero en vez de enojarse, le dio la razón.

-Tienes razón. – admitió - Tengo los asuntos de mi corazón más enredados de lo que me gustaría. Tú siempre fuiste más libre en ello que yo, tal vez por eso no puedo ayudarte con esto.

Akira resopló arrepentido.

-Hiciste lo que pudiste. – le dijo - Soy yo quien debería haber tomado una actitud más… por lo visto, no soy capaz de eso. – y cerró la maleta bruscamente.

Minutos después, ambos bajaron las escaleras para que el joven se pudiera despedir de su madre, de Shura y de los sirvientes. Kenshin lo llevaría hasta Osaka con su carruaje.

Akira, para sorpresa de Kenshin, tenía el rostro impasible y la mirada dura. Lo miraba en silencio.

-Es por tu bien, hijo mío. – le dijo su madre con voz grave, que denotaba que aún seguía herida por sus acciones - Créeme que todo lo que hago es por amor incondicional a ti. Shura, por favor, entrégale el pasaje del navío a Akira.

Humildemente, Shura se acercó a Akira y le extendió el pasaje del barco.

-Sentiremos mucho tu falta, Akira-kun. – dijo ella con fingida angustia.

Akira tomó el pasaje y mantuvo su rostro sin expresión y en silencio.

-Te llevaré hasta el puerto, amigo. – lo instó Kenshin levantando una maleta.

-Espero que el horario sea de tu gusto. – señaló su madre - Era el único disponible para hoy.

Y para estupefacción de todos los presentes, el estoico rostro de Akira se deformó en una mueca de odio y rompió el pasaje en mil pedazos delante de todos.

-¿Qué haces, Akira? – farfulló Ikumatsu con espanto.

-Me quedaré. – le dijo con un tono de voz que nadie, ni siquiera Kenshin, le había oído en toda la vida - Me quedaré con Tomoe, la mujer de mi vida. Si es que ella me perdona, claro. Y si no te gusta, mis maletas están listas y yo también, para salir por esa puerta.

Su madre sentía que estaba a punto de desfallecer por falta de aliento, debido a que contenía la respiración a causa del exabrupto.

-Akira, no sabes lo que estás diciendo. – tartamudeó - ¡No sabes cómo es la vida de implacable!

-Pero si de primera mano me lo has enseñado muy bien.

-¡No hagas esto, hijo mío! ¡No desprecies a tu madre! – exclamaba ella empezando a desesperarse - ¡Has vivido como un príncipe desde que naciste!

-Si hubiera podido elegir, no hubiera sido engendrado en tu vientre. – espetó su hijo con voz venenosa.

Ikumatsu se desplomó sobre el sofá con lágrimas en los ojos. Estaba siendo despreciada por su propio hijo.

-¡No, hijo mío! ¡Por favor! – gritaba afligida.

-Total ya me estabas expulsando. – prosiguió Akira con voz ronca - Y creo que con o sin pasaje, te dará igual.

-¡Akira, por favor! ¡No me hagas esto! – rugió su madre hecha un mar de lágrimas - ¡Te arrepentirás de la crueldad que estás haciendo conmigo!

Él simplemente se limitó a lanzarle una última mirada de odio , tomó sus maletas y salió de la casa.

-¡AKIRA, NO!

-Ikumatsu-dono, por favor… - Un sorprendidísimo Kenshin corrió para asistirla.

-No. No necesito la ayuda de nadie. – lo atajó la mujer - Tampoco de esas miradas de recriminación. – miraba a todo el mundo como una histérica - ¡Si alguno quiere irse de aquí, que se vaya con Akira! ¡Pero quien se quede, que sepa que él no es más bienvenido en esta casa! – y se dirigió como un torbellino hacia sus aposentos.

Kenshin salió detrás de Akira, anonadado por la actitud de su amigo. Él lo estaba esperando frente al carruaje, con una expresión de alivio en el rostro.

-Sí que lo hiciste, amigo mío. – murmuró el pelirrojo levantando las cejas.

Akira le dedicó una sonrisa sincera.

-Nunca me sentí tan libre como ahora. – dijo - No fue fácil lo que acabé de hacer y tal vez me traiga problemas mañana, pero quiero aprovechar esta sensación de independencia. El plan ahora es no hacer planes. Quiero que me dejes en alguna esquina lejos de esta casa.

Kenshin le devolvió tal sonrisa.

-Ahora que tomaste las riendas de tu vida, vas a verte obligado a tomar muchas decisiones. – le advirtió - Es importante que sepas algo, presta atención: siempre que no sepas qué hacer ve al primer bar disponible. – ambos rieron - Y allá iremos.

Unos minutos después, ambos estaban en la barra de un lujoso restaurant, brindando con copas de vino.

-¡Un brindis por los nuevos días! – clamó Akira contento. Los dos ya estaban algo entonados.

-¡Un brindis por el amigo más valiente! – lo celebró Kenshin.

Y de la alegría, Akira pasó a la tristeza y la incertidumbre.

-Aunque la cuestión es si Tomoe me perdonará. – se lamentó.

-Ya hiciste y pasaste por lo más difícil. – repuso su amigo siendo comprensivo - Lo único que te puedo decir es que la omisión tiene consecuencias más graves que el accionar. – y agregó con decisión - Por eso también he tomado una decisión sobre mi vida.


Con las valijas en las manos y el corazón en la boca, Akira Kiyosato respiró hondo varias veces antes de tocar a la puerta de la mansión de Aoshi Shinomori.

Un sirviente lo recibió y luego de hacerlo esperar en la sala, fue a buscar a su amada.

Instantes después, aparecía Tomoe con cara de pocos amigos.

-Si querías saber si estaba vivía antes de tu partida para Europa, pues ya ves que lo estoy. – le dijo con fingida seguridad - Puedes irte tranquilo. Sólo quiero tu bien y el de tu madre.

-No voy a viajar a Europa. Rompí con mi madre y abandoné todo. – le informó Akira sin anestesia - Hasta me preparé para llegar aquí y que me recibieras con un rechazo y un portazo y sin querer ver más mi cobarde rostro. Pero aquí vine, derrotado, creyendo en tu generosidad y en que puedas perdonarme, amor mío.

Tomoe no podía creer lo que estaba escuchando. Estaba realmente conmovida: Akira la había elegido a ella. Pero no, no podía ceder tan fácilmente… tal vez era otra de sus excusas.

-No. – le dijo - No es la primera vez que pasamos por esto, y no confundas mi modo de ser con pasividad. También sé lo que quiero y necesito creer en las cosas para vivirlas.

-No fue la primera vez, pero será la última. – replicó el joven - ¿Sabes por qué? Porque nuestro amor no es sólo palabras. Si no quieres saber nada de mí, mírame a los ojos y dímelo de frente, a riesgo de romper mi corazón para siempre. – se acercó a ella y tomó sus manos con las suyas. La joven se sonrojó - Te amo, Tomoe. Te amo tanto como puede ser capaz un hombre de amar a una mujer. Como un penitente te pido perdón. ¿Me perdonas?

Eso fue suficiente para que las barreras que había levantado la joven Kamiya se rompieran por completo. Empezó a llorar de regocijo y lo abrazó.

-Yo también te amo, Akira. – le dijo con lágrimas de felicidad en los ojos - Tanto como puede ser capaz una mujer de amar a un hombre. Te lo digo así, sin trabas ni recelos: te amo. Te amo mucho. – y ambos jóvenes se besaron tierna y mesuradamente en medio de la sala.

En eso Kaoru pasó por allí. Se detuvo, incrédula ante lo que veía.

-¡Kami-sama! ¿Estoy delirando? – exclamó estupefacta - ¿Akira, acaso no estabas rumbo a Europa? ¿Qué parte me perdí?

Los enamorados se separaron y la miraron sonrientes.

-La parte en que el villano arrepentido lo deja todo y viene a pedirle perdón a su princesa. – explicó el joven - Y cuando lleguemos a Hagi será más fácil formalizar mis intenciones con sus padres.

Tomoe lo miró extrañada y con expectación.

-Akira… ¿es lo que estoy pensando? – balbuceó.

-Exactamente. – dijo su novio resuelto - De ahora en más, los Kamiya y los Kiyosato serán familia. Nuestro casamiento también servirá para zanjar todo y resolver lo que parece errado, Tomoe. Te lo prometo.

Tomoe sentía que se desmayaría de la emoción. Lo abrazó y lo colmó de besos para luego festejar junto con Kaoru.

-¡Felicitaciones a los dos! – saltaba la kendoka, loca de felicidad.


Pasaron los días pero en la mansión Kiyosato las cosas se vivían como si aún el fatídico abandono de Akira hubiese sucedido ese mismo día. La única diferencia radicaba en que también Kenshin, después de los debidos agradecimientos a la anfitriona, se fue de la mansión para instalarse en la suya propia de una vez por todas. Total, que ya había pasado mucho tiempo y ya no sentía las descompensaciones que derivaron de su accidente como para tener que ser monitoreado constantemente.

Obviamente, Akira se estaba hospedando en su mansión.

En la sala de la mansión Kiyosato, Shura daba vueltas ansiosa mientras Kaede la observaba sentada en uno de los sofás. La dueña de casa se había encerrado en su despacho, como hacía todos los días desde la partida del hijo.

-Va a desgastar el tapete, Milady. – le avisó Kaede, mareada de verla caminando en círculos.

-¡No me enerves más, Kaede, por favor! – le espetó Shura - ¡¿Cómo puede Ikumatsu ser una dama en la claridad y una loca en la oscuridad?! ¡Después de romper con el hijo se convirtió en una criatura intratable!

-Yo también estoy asombrada con la ópera que presenciamos ese día, ¿pero acaso no era lo que usted quería?

Sí, era lo que quería, pero no como lo había planeado. Ella quería ser más cuidadosa y calculadora para provocar esa pelea, conociendo el carácter de Ikumatsu. Pero lo hecho, hecho estaba, y había que sacar provecho de la situación como fuera.

-Sé que ése es el lado positivo de las cosas, ya que sin el amor del hijo y abandonada en la vida, Ikumatsu se inclinará más hacia mí y podré monopolizar todo de ella. – se dijo satisfecha - Y con suerte, tomará posesión de las tierras del Barón sin piedad. Y yo estaré a su lado, para ayudarla; y más temprano que tarde, seré recompensada.

-¡Qué belleza de discurso, Madame! – la aplaudió Kaede. De repente se acordó de un joven que llegó con una carta esa misma tarde - ¡Ah, casi me olvidaba! Acaba de llegar una nota para usted.

Shura se la arrebató a la velocidad de un rayo y procedió a leerla. No había sabido del pelirrojo por días. Su sonrisa crecía a medida que leía la esquela.

-Ken-san quiere verme mañana a primera hora. – anunció feliz - Seguro para decirme que ya terminó con la Kaoru esa. – y empezó a canturrear - Qué romántico, ¿qué querrá?

Y subió hasta su habitación prácticamente bailando. Por fin todo le salía bien.


Más tarde, cuando empezaba a anochecer, los Katsura llegaron por fin a su castillo en Hagi.

-A esta hora tu abuelo ya debe de estar durmiendo. – dijo Kogoro Katsura mientras entraban al recinto.

-Mejor, así lo que tengamos que hablar se hablará mañana. – respondió Megumi con las ojeras pronunciadas, producto del viaje y de sus preocupaciones - Estoy exhausta, Otou-sama, necesito dormir.

-Espera, Megumi-chan. – la atajó su padre. Durante todos esos días de viaje la joven había estado evitando hablar sobre lo sucedido en Kioto. Pensó que era momento - No quise hablarlo antes, pero la manera en que prácticamente nos hiciste huir de Kioto… ¿tuviste una pelea con Kaoru?

Su hija le dedicó una sonrisa muy bien ensayada.

-¡Claro que no! Imagina, Otou-sama… - rió - Yo soy una persona positiva, no hay lugar en mí para peleas y mucho menos para pensamientos ruines. – hizo una inclinación - Buenas noches.

-Buenas noches, hija mía. – dijo su padre, no muy convencido con su respuesta.

Después de esos días en los que se había aguantado el llanto para no alertar a su padre, Megumi se quebró apenas cerró el shoji de su habitación. Trató de calmarse y rápidamente se cambió en silencio.

-Contrólate, Megumi… contrólate… - sollozaba mientras se ponía su yukata.

Debido a la nula iluminación y al apuro, no se percató del bulto que yacía a un lado de su futón.

La joven Katsura se dispuso a acostarse al fin, pero apenas se acomodó entre sus edredones, sintió que alguien ya estaba allí acostado. Se levantó como un rayo y a los gritos.

-¡AAAAHHHH! ¡SOCORRO! – lástima que sus aposentos estaban lejos de los oídos de su padre o su abuelo, inclusive la servidumbre, que ya era poca.

El bulto se levantó velozmente del futón, mientras Megumi prendía una vela a tropezones. La luz reveló a un joven alto, bien formado, y lo peor de todo: ¡sin camisa!

-Por favor, no grite. – susurró el muchacho, tan sorprendido como ella - No es lo que está pensando, por favor.

Era nada más y nada menos que Sanosuke Sagara.

Megumi pasó del miedo a la más pura indignación. Lo reconoció como el maleducado al que habían rescatado junto con Kenshin en la montaña.

-¡¿Y qué quiere que piense?! – siseó furiosa - ¡Encuentro a un hombre acostado en mi cama y sin camisa!

-Fue un error. – dijo el joven con vergüenza y mirando para otro lado.

-¡Usted es un abusador! – seguía la otra con su perorata - ¡No le permito ese tipo de intimidad! ¡Ya mismo llamaré a mi padre!

-¡No, no, no, no, por favor! – rogó el joven - Me desmayé.

-¿Se desmayó? ¿En mi cama? – se burló ella, cada vez más airada - ¿Y se puede saber cómo llegó hasta aquí?

En realidad, Sano, al ser contratado como asistente del Barón (el puesto abarcaba tareas como de guardaespaldas, secretario y a veces lo mandaba a los arrozales), el anciano decidió que sería más cómodo para todos que el joven se mudara a al castillo a alguna de las habitaciones de servicio. Y esa noche justo se le ocurrió al joven explorar el lugar más a fondo, sin las miradas ponzoñosas del resto de los sirvientes. Al volver a encontrarse con la habitación de Megumi, no pudo evitar volver a entrar, y después no se resistió al ver ese futón con sábanas de seda fina y acolchados mullidos y calentitos. Decidió dormir allí un rato.

Y justamente esa noche se le ocurrió aparecer a la dueña.

-Usted no sabe que las personas mueren de hambre, de frío, de cansancio, de desnutrición, y yo trabajé muy duro. – empezó Sano a dar excusas - Y quedé debilitado. Pero la señorita puede quedarse tranquila, porque me voy a ir, voy a lavar mi ropa y volveré para matar en su habitación todos los gérmenes de mi clase social.

A Megumi ya le estaba dando una rabieta.

-¡Usted es un atrevido! ¡Salga de aquí! – exigió - ¡Fuera! ¡Y llévese sus cosas!


A la mañana siguiente, Shura ya estaba lista desde temprano para la cita con Kenshin. Perfumada, maquillada y con un escote sugerente en el vestido.

Pero antes de ir a su encuentro, haría de cuenta que se preocupaba profundamente por su amiga y fue a verla a su despacho después del desayuno.

Ikumatsu ni se inmutó al sentirla entrar. Estaba demasiado ensimismada con sus pensamientos. Y su bandeja con el desayuno estaba intacta.

-Disculpa por entrar sin permiso. – dijo Shura con voz melosa - Vine a ver si podía hacer algo por ti, amiga.

-No necesito nada.

-Está bien. – suspiró la otra aliviada - Tengo que salir porque Himura-san me mandó llamar, pero si necesitas de mi compañía me quedo a tu lado.

-No necesito nada, Shura. – repitió la dueña de casa con voz queda - Y deja de adularme por el hecho de perder a mi hijo. Es sólo una adversidad más que tengo que enfrentar.

Shura aprovechó para empezar a marcar terreno en la vida de su amiga.

-No estás sola, Ikumatsu. Sabes que estoy contigo. – le dijo con intención - Y todas las personas que trabajan en esta casa, que te admiran tanto. Además, las dos sabemos que tarde o temprano Akira estará de vuelta.

Silencio.

-Vete, Shura. – le pidió Ikumatsu al fin.

Fastidiada con su socia pero feliz de ver a Kenshin, Shura salió de la mansión rumbo al punto de encuentro.


Poco después, llegó a la dirección dada y se encontró con una imagen soñada para ella: Kenshin esperando frente a una joyería. No había oído de la tal Kaoru por días, así que dio por hecho que habían terminado. ¡Ah, qué ilusión!

-¡Querido Himura-san! ¡Vine lo más rápido que pude! – exclamó cansada y feliz - ¡Y nuestro punto de encuentro es nada más y nada menos que en una joyería!

Kenshin la observó con el ceño fruncido, ¿por qué tenía que aparecer tan arreglada e insinuante? Pero recordó el objeto del encuentro y volvió a su buen humor.

-Tengo entendido que aquí hacen los anillos más bellos. – dijo amablemente, señalando el local.

Shura hiperventilaba.

-Me está dejando sin palabras. – dijo ilusionada y sonrojada - ¿No es un poco precipitado? No me gustaría que por mi culpa fuera impulsivo.

Pero Kenshin no la miraba. Tenía la vista fija en la vidriera, por lo que no se percató del sonrojo de la mujer.

-Shura-dono, estoy decidido. – dijo el pelirrojo con un dejo de emoción en la voz - Pediré la mano de Kaoru-dono en casamiento.

Y a Shura se le cayó el mundo encima.

-¿Casamiento? – farfulló sin entender - ¿Con Kaoru Kamiya?

-¡Sí!

-¡¿Y usted no cree que eso sea precipitado?!

-Tal vez, pero prefiero pecar por precipitado. – respondió el joven ingeniero con una sonrisa - Llegamos a un punto de nuestra relación en el que necesito dar el paso definitivo, y voy a arriesgarme.

-¡Pero si estaban peleados!

Kenshin agitó la mano como rechazando lo dicho por su amiga, sin darle importancia.

-Y lo resolvimos, pero ahora lo que tengo es la certeza de que quiero pasar en resto de mis días al lado de Kaoru-dono. – seguía declamando él con ojos brillantes - Sí, no niego que temo por los impulsos de ella y por los altos y bajos de nuestra convivencia.

-Entiendo. – masculló Shura con decepción - El miedo a ser rechazado es la peor cosa del mundo. – y quiso hacer el intento de destilar veneno, al menos a modo de desquite - Usted debe de estar pensando cómo sería que Kaoru-san no aceptara su pedido de casamiento. Y es comprensible, usted es un hombre de orgullo.

-Shura-dono, por favor, no es para tanto. – respuso Kenshin - Por alguna razón confío en usted y en su discreción.

-Claro que sí, no hay problema. – se apresuró a decir Shura - Pero no entiendo, un pedido de casamiento debe ser un acontecimiento feliz y esperado, y no de esta forma… mi intuición me dice que jamás debió haberse involucrado con esa Kaoru. – y añadió - Ustedes dos tienen genios antagónicos.

Y Battousai la miró con un destello en sus ojos dorados.

-¡¿Shura-dono, usted me va a ayudar o no?! – le reclamó - Porque realmente necesito de una opinión femenina para todo esto.

Shura no pudo hacer más que asentir y agachar la cabeza. Por el momento.

-Claro, lo ayudaré. – dijo.

Entraron al local. Kenshin estaba feliz mientras que Shura estaba totalmente desganada. Empezaron a mirar anillos y el empleado a cargo los sacaba para mostrárselos más detenidamente.

-¿Este, tal vez? – preguntó Kenshin por un anillo de oro.

-No. Mucho oro para una joven de campo. – dijo Shura cortante y de mal humor. Vio un anillo simple de color plata - ¿Qué le parece este?

Kenshin miró la joya y arrugó la nariz.

-No, le falta algo. – dijo - Le falta la personalidad de Kaoru-dono.

-Aquí tiene más opciones. – le señaló el empleado.

-Éste me parece bonito. – dijo Kenshin tomando uno en particular - Deme su mano, Shura-dono. – le colocó el anillo y Shura fantaseó de repente con que se lo estaba entregando a ella - ¿Qué le parece?

Por un momento, la mujer olvidó que estaba ayudando para hacer un regalo a su rival y contempló embobada el anillo coronado con un pequeño pero bonito zafiro que lucía en su mano. Era hermoso, lucía brillante y divino y además, su Ken-san se lo había puesto en el dedo.

-¡Es lindo, Himura-san! – dijo emocionada, como en trance - ¡Es el tipo de anillo que toda mujer sueña con llevar! ¡Me encanta!

Y de un escobazo, Kenshin la bajó al mundo real.

-A mí también. – dijo contento - Me llevo éste: tiene el tamaño, el brillo y lo que siento por Kaoru-dono. – le sonrió - Muchas gracias.


Megumi sabía que no se salvaba de la reprimenda que le propinaría su abuelo. Y ella aceptaría sus reclamos imperturbable, aunque estaba de muy mal humor, ya que no había pegado un ojo en toda la noche y sentía que su vida iba cuesta abajo, primero por culpa de Aoshi, y ahora empeorado todo por ese tipo que entró a su habitación anoche. Todavía podía oler el tufo que dejó sobre su futón.

-¡Por el amor de Kami! – la regañaba el Barón Gensai - ¡Casi hiciste que me muriera antes de tiempo, Megumi-chan!

-¡Ojii-sama, discúlpame, pero necesitaba ir! – gimió la chica corriendo a sus brazos.

-¿Y por qué lo necesitabas? – protestaba el viejo - ¿Qué tenías que ir a hacer en Kioto y sin avisarnos?

-Necesitaba tratar de… negocios.

-¿Negocios? ¿Pero qué negocios?

-Tenía que tratar negocios del corazón.

El Barón se llevó una mano al pecho.

-No sé si preocuparme más o menos. ¿Acaso estás enamorada, querida?

-¿Enamorada, Ojii-sama? Imagina nada más. – reía para no llorar - Yo nací para cuidar de ustedes dos. Fui a ayudar a una amiga.

-¿Y se puede saber qué amiga? – quiso saber el noble anciano.

-Es secreto… ¡secreto imperial! – se apresuró a decir Megumi.

-Debe ser alguna de las Kamiya. – supuso él - ¡No me hagas más eso! ¡Mi corazón no aguantará!

-Prometo nunca más alejarme de mi querido Ojii-sama. – decía su nieta abrazándolo - Pero también debes prometerme que no hablarás más de esas cosas de partir, vivirás mucho tiempo. Esos médicos no saben lo que dicen.

Mientras Kogoro Katsura los miraba interactuar con una gran gota en la cabeza, Sanosuke hizo su aparición.

-Con permiso, Barón. – saludó el joven.

El viejo Barón se puso contento de verlo, ante la mirada curiosa de su hijo y la expresión ceñuda de su nieta.

-Él es el joven que me salvó la vida: Sanosuke Sagara. – lo presentó - Decidí contratarlo para que trabaje aquí.

Kogoro Katsura miró a su padre sin poder creerlo. Estaban en muy mala situación financiera, ¿y a él se le ocurría contratar más gente?

-¿Cómo que lo contrataste? – inquirió.

-Pues yo lo conozco muy bien. – intervino Megumi con saña - Y quiero que sea despedido inmediatamente.

Los tres hombres la miraron perplejos.

-No me pueden despedir, señorita Megumi. – empezó Sano.

-¿Acaso este muchacho hizo algo en tu contra? – se alarmó el Barón.

-Él…

-Quiero decir que a veces, las cosas pueden ser interpretadas de manera equivocada. – interrumpió el muchacho lo que veía venir como la acusación de la joven - Por eso uno debe estar seguro antes de tomar decisiones de las cuales podemos arrepentirnos.

-No estoy entendiendo nada. – dijo Kogoro.

-El Barón… porque cree que soy marxista. – se apuró Sano en dar una excusa - Tal vez anarquista.

-Yo quiero escuchar lo que mi nieta tiene que decir. – insistió el viejo - ¿Qué te hizo este muchacho, mi bien?

Megumi Katsura parecía pensar muy bien lo que iba a decir, después de todo. Y después de lo que a Sanosuke le pareció una eternidad, la joven habló.

-Nada, discúlpenme. – dijo al fin - Confundí a este joven con otro que tropezó conmigo hace un tiempo. – se dirigió a Sano - Disculpe.

Sano lanzó un suspiro de alivio.

-Gracias, señorita. – le dijo - Por reconsiderar su primera impresión.

Poco después, Megumi se había encerrado en su cuarto para llorar, alegando que todavía se sentía agotada por el viaje. Pasado el asunto del muchacho y las explicaciones a su padre y a su abuelo, el dolor por el rechazo de Aoshi volvió con más fuerza y con una sensación lacerante en el pecho.

Se sentó en el futón a llorar a sus anchas.

-¿Por qué está llorando? – preguntó una voz molesta y conocida - ¿Por culpa?

Megumi se volvió para encontrarse con Sanosuke Sagara entrando por su ventana.

-¡Usted es realmente muy desvergonzado! – exclamó ella furiosa, mientras se limpiaba las lágrimas del rostro - ¿Por qué debería de sentirme culpable?

-Por haber mandado a despedirme sin razón alguna.

-Para eso tuve muchas razones. – se justificó ella - Como su atrevimiento y su boca sin freno, por ejemplo. Sólo me retracté porque usted salvó la vida de mi abuelo y porque efectivamente pude haber tenido una primera impresión equivocada. Como usted dijo, es mejor estar seguro de las cosas antes de tomar decisiones de las cuales nos podemos arrepentir. Al final, soy muy justa en mis juicios. Así que por favor, explíquese.

-No sabía que usted estaba por llegar. – dijo Sano mascando su esqueleto de pescado - Su abuelo me dijo que estaba en Kioto.

Megumi se espantó.

-Entonces eso quiere decir que estaba usando mi cuarto durante todo el tiempo que estuve en Kioto. ¡Usted es un grosero!

-¡Por favor, sin drama, Kitsune-hime! ¡Sin drama! – replicó el joven, tapando sus oídos ante los chillidos de la chica - Además, no aguantaría estar dentro de este cuarto tan lleno de perfumes y colores. Fue sólo anoche, tomé de más y me confundí de habitación. – mintió.

-Eso no me sorprende en lo absoluto. – seguía protestando ella - Además de respondón y aprovechado, también es un libertino. ¡Acostado en mi cama sin camisa!

Para su asombro e indignación, Sano le dirigió una mirada pícara.

-¿Quiere que le diga algo? – dijo coqueto y guiñándole un ojo - Creo que a usted le gustó tener cerca a un hombre sin que éste haya caído en sus planes de casamiento.

-¡Salga de aquí ahora mismo antes de que le pida a mi abuelo que lo despida en serio!

-¡Pero su abuelo me ama, Kitsune-hime! – se burlaba él muy alegre - Y usted va a tener que vivir con el hecho de que un pobre como yo conquistó su corazón.

-¡Atrevido Tori-atama! – gritaba Megumi mientras lo corría, sombrilla en mano.

Sano sólo rió y desapareció por donde vino.

Más tarde, mientras Megumi deleitaba a su abuelo tocando el koto (especie de arpa japonesa), Sanosuke volvió a personarse en la sala del castillo, a pedido del Barón. Temía que la malcriada esa lo haya delatado y hecho que lo echaran.

-¿Me mandó llamar, Barón? – preguntó como si nada, aunque estaba algo preocupado.

-Sanosuke, qué bueno que pudiste venir. – le dijo el anciano - Aprovechando que está mi nieta aquí presente, a partir de ahora no harás más trabajos de cultivo o asistiéndome, sino que serás su guardaespaldas.

A Megumi se le cayó la quijada al suelo.

-¡Pero Ojii-sama! – protestó roja de ira - ¡No necesito de guardaespaldas!

-¡Claro que lo necesitas! – replicó su abuelo de igual manera - ¡Soy tu Ojii-sama y mando en esta casa! ¿Crees que me vas a hacer lo mismo, huir para Kioto y dejarme con el corazón en la mano?

Megumi no pudo rebatirle y bajó la cabeza, mientras que Sano relajaba los músculos, visiblemente aliviado. El problema ahora era esa chiquilla malhumorada con la que no se llevaba nada bien.

Ambos se miraron desafiantes.


Shura llegó hecha una furia a la mansión Kiyosato. Fue a la velocidad de la luz hasta su cuarto para hacer algo y después bajó con un papel en la mano buscando a Kaede por todos lados. En cuanto la encontró se cernió sobre ella como un demonio.

-¡Kaede! ¡Manda ya este telegrama! – y le expendió el papel.

Kaede la miraba asustada. Tan feliz que había salido esa mañana…

-¿Para quién? – quiso saber la criada.

-Para alguien de quien nuestras vidas dependen a partir de ahora. – masculló Shura con odio - ¡Ve, rápido, antes de que sea tarde!

Sin duda ése era su as bajo la manga. Y era hora de usarlo.


En las afueras de la ciudad de Kahoku, actual Prefectura de Ishikawa, y a orillas del río Nose, se alzaba sobre altas fundaciones de piedra, una de las obras más relucientes de la arquitectura tradicional japonesa, el ejemplo ideal del castillo japonés. Emplazado sobre una gran colina, una gran mole blanca parecía controlar y someter todo a su alrededor. Databa de la Era Nanbokucho y consistía en una fortificación que se extendía por casi 300 hectáreas cuyas estructuras serpenteaban laberínticamente hasta llegar a la torre principal, donde vivía la familia residente, haciendo de este castillo un sitio inexpugnable. La belleza en sí del blanco y colosal castillo, más su naturaleza circundante que lo resaltaba en épocas como el florecimiento de cerezos, hacían que la descripción del Edén le cupiera como anillo al dedo.

Era el gran y admirado Castillo Seijuro, propiedad del Marqués Hiko Himura, antiguo daimyo del Dominio de Kaga. (N/A: La referencia para este castillo es el igualmente bello Castillo Himeji).

Y hasta allí iba dirigido el telegrama de Shura Myoujin.