Nuevo capítulo!
Pjean: Ya era hora con Akira, se demoró unos cuantos capítulos en hacerlo pero creo que la espera valió la pena. En cuanto a Kenshin todavía consultando con Shura creo que es más porque él no cuenta mucho hasta dónde es capaz una mujer para intrigar, quiero decir, tan acostumbrado estuvo siempre a la guerra y conflictos que se dan con todo el honor y respeto posibles en los samuráis, que desconoce que en en cuestiones de competencia femenina, hay algunas mujeres que juegan sucio y apuñalan por la espalda, como Shura. Vamos, que en esos asuntos es un ingenuo. Y aunque desconfía de ella, creerá que lo ayudará con Kaoru, y ni se imagina que está enamorada de él. Y Hiko... eso te lo dejo en los próximos capítulos, aunque en este te vas a dar una idea de cómo es él. Saludos y espero que lo disfrutes!
Ane himura: Me da mucho gusto verte por esta historia! Uff, armate de paciencia con Shura porque nos va a tener con un nudo en la garganta por mucho tiempo XD. Y en cuanto a tu conmoción por las parejas me imagino que te dejaron confundida MisaoxSoujiro, MegumixAoshi y AoshixSayo jajaja! Perdoname por el Misaojiro, pero es mi shipp favorito y les voy a ir hasta el final, aunque en el manga su interacción es nula se me hace un par adorable e interesante, los veo como segundas versiones de Kenshin y Kaoru. Y bueno, con todo esto tiene que haber un sacrificado y le tocó a Aoshi, que siéndote sincera, aunque me guste, ya su par con Misao me tiene sin esperanzas, a juzgar por el nuevo manga (perdón si te estoy espoileando!), así que lo tengo paseando de pareja en pareja. Por Megumi no te preocupes, que habrás visto que ya empieza a relacionarse con el que tiene que ser, y en cuanto a Sayo, su par con Aoshi tampoco me convence tanto pero le estoy dando oportunidad acá, a ver en qué termina todo esto. Gracias por confiar en la historia y espero que este capítulo sea de tu agrado!
Por favor, no nos odien a Kaoru y a mí después de este capítulo XD.
En una de las incontables salas del imponente Castillo Seijuro, Hiko Himura, Marqués de Kahoku, antiguo daimyo de Kaga y 13er Maestro del Hiten Mitsurugi Ryu, estaba tranquilamente sentado, entre meditando y tomando su sake de todos los días.
A sus 43 años, era un hombre enorme, característica poco usual en los habitantes masculinos de Japón, con una altura que rozaba los dos metros. Pero sabiendo llevarla, ya que no era para nada desgarbado, luciendo como nadie de manera elegante y acorde a una persona de su posición. Su oscuro cabello largo le llegaba a la cintura y lo llevaba atado, y algo infaltable en él era la antigua y colosal capa blanca perteneciente a todos los maestros de su estilo y daimyo de su linaje. Kenshin chirriaba los dientes de pensar que algún día tendría que usar semejante prenda que no le quedaba.
A pesar de su respetabilidad y buena fama entre la nobleza, Hiko Himura era conocido por ser un hombre duro, siendo un guerrero sanguinario en sus años mozos, además de ser un padre muy autoritario y controlador. Cuando sólo contaba con 15 años, y habiendo tenido su ceremonia de Genpuku, se casó con la bella noble Okon del clan Fujiwara, importantísima familia de la Kuge (antigua nobleza japonesa), de su misma edad. Aunque fue un matrimonio concertado por los padres de ambos, Hiko quedó prendado de amor por su esposa desde el primer momento en que la vio, aunque a ella le costaría más enamorarse de él, habiendo sido educada más para servir a un esposo que para sentir o dejarse llevar. Fue así que vivieron años muy felices, no perdiendo el tiempo, ya que Kenshin fue concebido en la misma noche de bodas, lo que llenó de alegría a ambas familias. El futuro estaba asegurado.
Cuando Kenshin nació, eran más los Himura quienes estaban emocionados, ya que había heredado el cabello pelirrojo de su abuelo, Shinta Himura, señor de Kaga en ese entonces. Ésa era una característica única en esa familia que se saltaba algunas generaciones, llegándose a pensar que los miembros pelirrojos eran amuletos de la buena suerte y símbolo de buen augurio. En el momento en el que el pequeño vio el mundo por primera vez, su abuelo supo que su Casa estaría en buenas manos en el futuro, por lo que en poco tiempo murió satisfecho.
Pero justo por ser el hijo varón y el más deseado y esperado por sus familiares, la infancia de Kenshin no fue normal como la de otros niños. Obligado a estudiar incansablemente Historia, Protocolo, Geografía y Literatura, entre otras cosas, también tuvo que empezar a formarse como guerrero desde muy tierna edad. El día que cumplió 7 años, su padre le ordenó que desde ese momento ya no lo llamara padre, sino Shishou, y su duro entrenamiento del Hiten Mitsurugi dio comienzo. Ahora, aunque Kenshin amaba a su padre, todavía sentía cierto resquemor por esos años que fueron de todo menos bondadosos con él.
Pasarían doce años para que Okon pudiera dar a luz nuevamente, trayendo al mundo esta vez a una hermosa niña muy parecida a ella, para felicidad de Hiko. La llamó Tsubame, como las golondrinas que a su adorada esposa tanto le gustaba bordar y admirar en épocas de vuelos.
Pero tanta felicidad no podía durar tanto, y un año después del nacimiento de Tsubame, Okon Himura murió víctima del cólera, durante un viaje que había hecho por las tierras de su marido ayudando a los enfermos, sumiendo a Hiko en la tristeza y desesperación más absolutas, negándose de plano a volver a casarse a pesar de que muchas personas de su entorno se lo aconsejaron inmediatamente después de despedir a su amada mujer. Quien también quedó en un estado de aflicción fue su hijo Kenshin, de 13 años en ese entonces; simplemente no podía concebir una vida sin su querida madre, quien había sido el eje de la familia desde siempre. Así empezaron sus ataques de rebeldía para con la autoridad de su padre, que llegaron a un punto álgido al ser el jovencito inflamado con las ideas revolucionarias de los Ishin Shishi que había escuchado de casualidad en conversaciones que Hiko tenía con sus aliados.
Está de más aclarar que aunque Hiko desde un primer momento estuvo del lado del Emperador junto con otros daimyo, no quería que su hijo se viese envuelto en esas rencillas peligrosas siendo el heredero del Dominio. Él tenía que prepararse para las batallas pero su hijo debía quedarse en el castillo, bien custodiado y haciendo los honores como señor interino. Pero Kenshin tenía otras ideas en mente. Estaba entusiasmado con un grupo llamado Kihetai, encabezado por Takasugi Shinsaku; pero Hiko no quería ni oír hablar de ello. Una cosa era pelear por una causa, pero otra muy distinta era hacerlo desde una posición que él consideraba marginal; si Kenshin quería pelear por los imperialistas, tendría que esperar a su mayoría de edad y estar al frente de un ejército como su posición lo requería.
Y lo demás, ya lo sabemos: una violenta disputa entre los dos que terminaría con Kenshin dejando su hogar y a su hermanita, uniéndose al mentado Kihetai y luego sirviendo como hitokiri a Kogoro Katsura. Por medio de espías leales a él, Hiko siguió al tanto de los movimientos de su hijo durante esos años, casi muriendo de la vergüenza al saber a lo que se dedicaba. Con el término de la guerra y después de interminables reproches, padre e hijo se reconciliaron, pero Hiko estaba seguro de una cosa: jamás perdonaría a Kogoro Katsura por haber hecho de Kenshin un asesino de las sombras.
Hiko pensaba en todo ese repaso de su vida cuando vio que el shoji se abría para revelar a una bella joven de 16 años, de cabellos oscuros y cortos, y ataviada finamente con un bonito vestido occidental. Traía un papel en la mano.
-Chichi-ue, llegó un telegrama de Kioto. – le anunció con voz dulce, luego leyó el remitente - De parte de Shura Myoujin.
Hiko frunció el ceño. Conocía de vista a la tal Shura Myoujin ya que era asistente o algo así de Ikumatsu Kiyosato, su socia. Se preguntó qué llevaba a esa mujer a atreverse a comunicarse con él.
-Léelo para mí, querida, por favor. – le pidió a su hija.
Tsubame Himura desplegó el telegrama delicadamente.
-Excelentísimo Himura-sama, Marqués de Kahoku: Le comunico el inminente enlace de su hijo Kenshin con una joven proveniente de Hagi. – leyó la joven abriendo los ojos de par en par al enterarse de tal cosa.
Hiko se mantuvo callado durante un rato largo. Su semblante parecía tranquilo, pero por dentro estaba inquieto. Ya tenía planes para su hijo en ese campo y el muy baka-deshi no iba a arruinárselos.
-Prepara tus cosas, Tsubame-chan. – dijo al fin con voz sepulcral - Nos vamos a Kioto.
Tsubame estaba sorprendida por las noticias, pero tampoco podía ocultar su diversión.
-Esto me impresiona, se cumplió lo improbable: Kenshin enamorado y a punto de casarse. – dijo riendo.
-Ahí no se habla de amor. – replicó su padre.
-¿Pero entonces por qué él se casaría con alguien sin dinero si no fuera por amor?
-Porque tu hermano no se da a esas cosas ridículas. – respondió él de mala gana - Además hay otros atractivos que una mujer interesada puede llegar a ofrecer a un hombre. Pero no quiero hablar de esos asuntos con mi adorada hijita.
-No soy una niña, Chichi-ue. – repuso Tsubame - Sé bien qué atractivos son esos.
-Tal vez aprendiste demasiado de ciertas cosas. Tenemos que ir a Kioto para ver qué pasa con tu hermano. Y por favor, no comentes nada de ese telegrama: a Kenshin no le gustará saber que estuvo siendo vigilado. – vio que su hija sonreía mirando el telegrama - Espero que tu sonrisa no sea por razones equivocadas.
Y la sonrisa se borró del rostro de Tsubame para adoptar una expresión ofendida.
-¿Por qué me dice esas cosas, Chichi-ue? Usted sabe cómo extraño a mi Ani-ue. – dijo con las mejillas sonrosadas - Y finalmente voy a verlo, es sólo eso. Ya no soy la misma niña ingenua de hace un par de años. Sabe que esas insinuaciones me ofenden. – se inclinó ante su padre y se retiró para ordenar preparar los equipajes, dejando a su padre pensativo.
El día había transcurrido normalmente, salvo por el telegrama que Sakura le había enviado a sus dos hijas mayores comunicándoles el enlace de Misao y Soujiro que se daría en pocas semanas. Las jóvenes saltaron de alegría y se lo comunicaron a su vez a sus novios y amigos, y fue así que se pasaron toda la jornada planificando el viaje que harían a la mañana siguiente en compañía de Kenshin, Akira y de los distantes Tae y Katsu.
Apesadumbrada, Kaoru deseaba de todo corazón que las cosas entre ellos se arreglaran pronto, aunque costaría un poco debido a la reticencia de Katsu.
Por la noche, Tomoe estaba tan emocionada que le costaba dormir.
-Apuesto que soñaré con mi noviazgo. – decía contenta - Ahora volveremos a Hagi con buenas noticias. Mamá se desmayará cuando sepa que Akira y Kenshin pueden llegar a a ser parte de la familia.
La pena que sentía Kaoru por sus amigos se intensificó aún más al pensar en ella y Kenshin.
-¿Será? – dijo distraídamente - Cuando se trata del futuro, veo todo confuso en relación a Kenshin.
-¿Por qué? ¿Crees que no lo amas lo suficiente?
-Claro que lo amo. Amo a Kenshin lo suficiente para una vida entera. – respondió su hermana - Pero no sé, siento que aquí en Kioto o en Hagi, siempre habrá alguna encrucijada en nuestro camino. Ni yo quiero cambiar mi modo de ser, ni él quiere entenderlo. Creo que él no acepta quién soy, y yo no puedo huir de mí misma.
-Mi hermanita soñadora. – la arrulló Tomoe abrazándola - Verás que todo estará bien. – y después de darle un beso en la frente, ella y Kaoru se durmieron.
En ese mismo momento, Kenshin llegó a la mansión Kiyosato para buscar lo que quedaba de las cosas de Akira cuando vio que algo extraño pasaba en el patio. Al llegar allí, abrió los ojos de manera descomunal al ver a Ikumatsu Kiyosato tirando las pertenencias del hijo en una enorme fogata que había mandado prender. Había pasado muchos días en estado catatónico ante la pérdida, pero esa tarde algo se había activado en ella haciendo emerger un sentimiento de venganza hacia quien la había renegado como madre. Y empezaría por lo que tenía cerca que fuera de él: sus propias ropas y pertenencias.
Kenshin se acercó con cautela a ella.
-¿Qué es esto, Ikumatsu-dono? – preguntó sorprendido.
Ella lo miró con indiferencia.
-Llegaste a tiempo al crematorio. – dijo con voz seca.
-Pero no puede hacer eso con las pertenencias de su hijo. – quiso razonar el ingeniero.
-¿No es esto lo que hacemos con los muertos? – se justificó la mujer con ironía - Nos libramos de lo que quedó de ellos.
-¡Pero volví para buscar sus cosas!
-Entonces ahora puedes avisarle a tu amigo que sus restos se volvieron polvo.
-¡Es un desperdicio de tiempo y de dinero! – seguía cuestionándole Kenshin - ¡Al menos hubiese donado todo eso a los pobres!
Ella lo volvió a mirar, pero esta vez con fastidio.
-Haré un donativo mucho mejor para caridad, generoso y mucho más importante que estas futilidades. – le dijo - Así saldamos las cuentas con los muertos y quedamos en paz con nuestras pobres conciencias. ¿No es así, Himura-san?
Aun así, le invitó a tomar el té, y Shura no perdió el tiempo para estar a su lado, ya bastante difícil era no tener que verlo con la misma frecuencia que antes.
-Bueno, me gustaría aprovechar el momento para nuevamente agradecerle por el tiempo que me permitió ser huésped en esta casa y por los cuidados y acompañamiento en mi recuperación, Ikumatsu-dono. – dijo el pelirrojo, tratando de tomar su té lo más rápido posible para largarse de allí - Y también para decir que me iré de la ciudad y volveré a Hagi.
-¿Así de repente? – preguntó Shura con el ceño fruncido.
-Tengo que retomar las obras de la ferrovía, Shura-dono.
-Volviste a concentrarte en lo que importa, Himura-san. – agregó Ikumatsu con una sonrisa - Tu padre estaría orgulloso. ¿Te llevarás a tu pupilo?
-Pensé que Akira estaba muerto para usted. Y sí, él se va conmigo.
-Con usted y con su novia campestre, me imagino.
-Akira no estaba jugando cuando hizo su elección. – le explicó el joven - Tomoe-dono y Kaoru-dono volverán a casa y nosotros iremos con ellas. Bueno, con su permiso, tengo que volver a mi propia mansión para dejar todo en orden antes de irme.
Cuando Kenshin se marchó, Ikumatsu cambió su impasible expresión a una de odio y se volvió a Shura.
-Cancela todos nuestros compromisos. – le ordenó - Nosotras también volvemos para Hagi.
-Hasta ayer querías destruir ese lugar. – le dijo Shura, que agradecía tener que volver allí para ver qué hacer con Kenshin y Kaoru.
-Continúo queriendo. – confirmó Ikumatsu - Estando allá será más fácil.
Alegando un pequeño asunto de emergencia personal de cara al viaje, Shura se llevó a Kaede al internado donde estaba Yahiko para comunicarle la noticia y seguir trazando su plan.
-A estas alturas, Himura-sama ya habrá recibido mi telegrama, pero es obvio que no tenemos mucho tiempo, el viejo tardará en llegar. – reflexionaba ella.
-¿Y por qué no nos quedamos aquí, Madame, en la civilización? – preguntó Kaede, fastidiada - Para recibir y reverenciar a la nobleza como corresponde en vez de poner los pies en ese mugroso pueblo.
-Porque tus superioras lo quieren así, vasalla. – le espetó Shura - Y porque Hagi está en el camino de todo lo que deseo en esta vida. Ikumatsu no tendrá piedad a la hora de poseer esas tierras, y tendrá tanta riqueza que no tendrá a quién dejársela luego. Lo que tanto deseo está en camino. – y luego agregó - Y porque como mínimo, tengo que estar cerca de Ken-san. Yahiko-chan, ahí es que tú entras en acción: también tendrás que ir hasta ese fin del mundo.
-¡Busu estúpida!
-Vas a tener que buscar una manera de acabar con ese noviazgo. – le ordenó ella dejando pasar el insulto - ¡Haz cualquier cosa! Besa a Kaoru, y mejor si es frente a toda la familia.
-Esa Kaoru no es tan estúpida como crees, busu. – repuso el jovencito con aire indiferente - No como tú.
-¡Problema tuyo!
A la mañana siguiente y luego de preparar su equipaje y tomar un rápido desayuno, Kaoru fue al despacho de Aoshi Shinomori para agradecerle por su hospitalidad y toda la ayuda brindada. Aunque también quería hablar de otra cosa.
-Aoshi, quería agradecerte. – le dijo inclinándose varias veces - Desde el primer día nos brindaste tu mano. Vine a Kioto ciega, y volveré a casa llena de certezas.
-No me lo agradezcas, Kaoru. – le dijo el abogado - Ustedes llenaron la casa de vida y de lo inesperado.
-¿Y estabas preparado para lo inesperado? – quiso saber la kendoka con tono pícaro. Era su oportunidad.
-Generalmente uno reacciona ante eso.
-¿Y si llega en forma de amor?
Y Aoshi lo captó de inmediato.
-Estábamos hablando de una despedida, y ahora no sé adónde quieres llegar. – le dijo.
Kaoru suspiró.
-Aoshi, te preguntaré por última vez: ¿realmente amas a Sayo-san? – preguntó con énfasis - Si me dices que sí, volveré a Hagi armada con esa información, y te prometo que convenceré a Megumi de olvidar todo lo que descubrió aquí, en nunca más pensar en ti y en ser muy feliz. Estoy haciendo esta pregunta como forma de esclarecimiento y porque realmente siento que ustedes dos tienen que resolver esto.
Aoshi también dejó salir un suspiro.
-Te responderé de forma muy sincera, Kaoru: sí, tengo un fuerte sentimiento por Sayo, y si quieres saber si es por compromiso, te digo que no, es más que eso. – le respondió - Y es por eso que me casaré con ella.
Por un lado, se sentía afligida ante el efecto que ello causaría en Megumi; pero por otro lado, si la decisión de Aoshi era irrevocable y realmente lo hacía por amor, estaba feliz por él. Por eso no se resistió y fue a darle un abrazo al joven, cosa que lo descolocó.
-Muchas gracias por la respuesta. – se despidió ella con cariño - Entonces sé feliz, amigo.
Momentos después, el grupo partió para el viaje.
Varios días después, en Hagi…
Sakura Kamiya se había autoinvitado ella sola y a su marido a la Masión Shishio para hacerle una visita de cortesía a su futuro consuegro. Arrastró también allí a Misao, quien no podía con la vergüenza.
Encontraron al dueño de casa solo, ya que Soujiro había salido a atender una emergencia en Hagi.
-¿Qué es esto? – preguntó conmocionado Makoto Shishio al ver a los tres Kamiya entrando a su palacio, encabezados por Sakura, quien se acercaba a él dando saltitos.
-¡Mira que casa tan grande, Koshijiro! – cacareaba - ¡Aquí vivirá una de tus hijas! – corrió hacia el anfitrión que la miraba como si fuera un bicho raro - ¡Ay, Shishio-san, Misao-chan es el primer huevo que sale de mi gallinero!
-Pero no puede irrumpir en mi palacio así como… - empezó el ex hitokiri.
-¡La casa será suya, pero la novia es mía! – le interrumpió Sakura con el ceño fruncido, pero luego suavizó su expresión mientras paseaba por los rincones - Tal vez pueda hacer una decoración digna por aquí.
-¡Disculpe, Shishio-san! – exclamó Misao inclinándose y con el rostro colorado - Usted sabe cómo es mi madre, no se lo pude impedir.
Un tranquilo Koshijiro se aproximó al todavía conmocionado hombre.
-Disculpe Shishio-san. Le traje esto para compensar la molestia y para aligerar el ambiente. – le extendió una botella de buen sake - Cuando se trata de mi mujer, créame que es lo único que resta hacer.
Suspirando resignados, los dos hombres se dispusieron a servirse el sake para tomarlo, cuando la señora Kamiya cruzó el salón hacia el grabado de Yumi Shishio, seguida de una desesperada Misao.
-¡Kami-sama! – chilló - ¡Esa mujer da un miedo!
Makoto Shishio se levantó de un brinco y fue hacia ella.
-Pues esta mujer fue quien dio a luz a su yerno, señora. – le dijo con voz educada pero sacando fuego por los ojos.
-¡Pero el pasado es pasado! – repuso Sakura - ¡Hay que tirar ese cuadro!
-Me niego.
-¡Yo también me niego a que se niegue!
-Bueno, nos negamos los dos.
-¡Pero yo porque me niego a que ese cuadro esté allí!
-Lo que nos faltaba…
Y así estuvieron discutiendo por un rato con Misao haciendo de árbitro, cuando Soujiro hizo su aparición con expresión divertida.
-Aprovechando que los dos están distraídos, me gustaría hablar contigo, Soujiro. – le dijo Koshijiro mientras se acercaba a él.
Caminaron unos metros y se sentaron en el engawa, contemplando los bellos jardines del palacio. Después de un rato en silencio y disfrutando de la vista y la brisa fresca, Soujiro habló.
-Kamiya-san, quiero decirle que mis intenciones con Misao son las mejores…
-Las mejores intenciones pueden ser poco, Soujiro. – le interrumpió él endureciendo la voz - Sé que eres o eras un conquistador, por eso quiero pedirte que no lastimes a mi hija: la ira de los Kamiya siempre está guardada bajo siete llaves, pero es usada cuando se cree necesario.
-Si ésa es su preocupación, puede quedarse tranquilo. – le dijo Soujiro con una sonrisa genuina - Hice una elección de vida y no hay momento en que Misao no esté en mis pensamientos. Kamiya-san, amo a su hija más de lo que se puede amar a alguien.
Koshijiro Kamiya soltó una risita.
-Me impresionaste, muchacho. – le dijo sinceramente - Me gustan las palabras bonitas, aunque no me dejo engañar por ellas. Pero lo más importante es que vi sentimientos en las tuyas. Voy a confiar. – y escuchando que la discusión por el cuadro subía de tono, ambos entraron con una gran gota en la cabeza para ayudar a Misao.
Durante la cena en casa de los Kamiya, Sakura seguía rumiando por la pelea con Makoto Shishio.
-¡Qué hombre egoísta! – exclamaba ofendida - ¿Qué tiene de malo que la madre de la novia quiera poner un poco de orden en su casa?
-La casa es de él, no tuya, y además, la hija es tuya, no de él. – trató de razonar su marido.
-Uno se casa también con la familia, entonces se puede todo.
-Mamá, si Shishio-san viviera aquí, ¿te gustaría que empezara a fisgonear tus cosas? – intervino Misao, algo molesta.
-¡Es diferente! – graznó su madre - ¡Aquí no hay nada!
De repente, una voz risueña se escuchó afuera.
-¡Llegamos!
Koshijiro, Sakura, Misao, Tokio y Chizuru se levantaron de sus puestos y salieron como balas a la entrada de la casa, reconociendo la voz. La voz de Tomoe.
-¡NIÑAS! – clamó su madre con lágrimas de felicidad en los ojos.
-¡Sean todos bienvenidos! – exclamó Koshijiro muy feliz, viendo cómo sus hijas se abalanzaban sobre sus hermanas mayores.
-Es un placer, Kamiya-san. – dijo Akira haciendo una profunda inclinación.
-Kiyosato-san, Himura-san… - chillaba Sakura entusiasmada - ¡TAE-CHAN! ¡KATSU-KUN! ¡Entremos todos!
Viendo la emoción general, Kenshin supo que ésa era su oportunidad.
-Sakura-dono, Kamiya-dono. – llamó y todos se detuvieron a verlo atentamente - Discúlpenme, pero me gustaría aprovechar que están todos aquí reunidos para hacer una propuesta muy especial. – se dirigió a su novia, quien lo miraba confundida - Kaoru-dono, puede parecer impulsivo de mi parte, pero lo aprendí de ti, y me gustaría aprender muchas otras cosas por el resto de mi vida. – luego, para terror de Kaoru y alegría de Sakura, puso una rodilla en el suelo y sacó un hermoso anillo - Kaoru Kamiya, ¿aceptarías casarte conmigo?
Silencio.
No había palabras para describir el congelamiento sufrido por los presentes. Akira, Tomoe, Tae, Katsu y Koshijiro, que si bien sabían de la relación entre esos dos, no esperaban a que Kenshin se manejara de esa manera tan espontánea; y ni qué decir de Sakura, Misao, Tokio y Chizuru, que de plano no sabían nada y estaban pasmadas.
Y Kaoru ni hablar… Amaba a Kenshin y estaba muy segura de ello, pero sus propias inseguridades respecto a su relación y su futuro la afectaban, además de que era inevitable sentir cierta incomodidad en ese momento y frente a toda la familia. Lo que para la mayoría de las jóvenes era el pedido de matrimonio perfecto, para ella era una fuente de vergüenza y hasta de enojo, ya que era algo que sólo él había decidido.
Y lo sacó a relucir.
-No, Kenshin…no… - farfulló entre apenada y decepcionada - No entiendo por qué decidiste hacerme una propuesta así delante de todo el mundo sin haberme consultado antes… - se dio la vuelta y entró a su casa.
Sakura se desmayó de la impresión y de la furia, mientras que Kenshin entraba a la casa detrás de ella con los ojos dorados echando fuego.
Los que quedaron afuera seguían con cara de palo. Y Akira, como siempre, sintió que tenía que salir a salvar las papas.
-¡Calma, calma! ¡Porque la noche aún no acabó! – exclamó queriendo animar a los demás - A fin de cuentas Tomoe y yo vinimos de Kioto con un propósito. No sé si ésta es la mejor ocasión para hacerlo, pero es un deber calmar el corazón de mi suegra. – Sakura volvía en sí al escuchar la voz conciliadora de Akira, sospechando inmediatamente lo que se venía - Y no hay nada mejor que estén aquí todos presentes. Con permiso, Kamiya-san, Sakura-san: Tomoe Kamiya, ¿aceptas casarte conmigo? – repitió el mismo procedimiento que su amigo pero dirigiéndose a su propio amor.
Roja como un tomate, Tomoe moría por gritar que sí, pero miró indecisa a sus padres, buscando algún signo de aprobación. Su padre lo captó.
-Tomoe-chan, si es tu voluntad, tienes nuestro consentimiento. – dijo Koshijiro con una sonrisa, aunque en el fondo estaba preocupado por Kaoru.
-¡Eso! – chilló Sakura, quien estaba en brazos de sus otras hijas y Tae, mientras su marido y Katsu la abanicaban.
Dichosa, Tomoe miró a los ojos a su amado Akira.
-Es lo que más quiero en la vida. – le dijo con lágrimas de felicidad corriendo por sus mejillas.
Y Sakura volvió a desmayarse.
Dentro de la casa, las cosas no marchaban bien para Kaoru y Kenshin.
-¿Cómo puedes tener el valor de hacer eso conmigo? – le reclamó el pelirrojo cuando llegaron a la sala - ¿De rechazarme así? – estaba totalmente furibundo y avergonzado.
Kaoru lo enfrentó.
-¡Lo único que me faltaba! – le reclamó - ¡No debiste hacerme esa propuesta sin haberme preguntado antes!
-¡Eres una persona que hace lo que quiere sin considerar a los demás! – exclamó Kenshin - ¿Por qué me niegas ese derecho? ¡Justo cuando intentaba ser sorprendente, romántico…! ¿Qué es lo que esperabas, si te amo?
Kaoru suavizó su mirada y trató de ser lo más comprensiva posible.
-Yo también te amo, Kenshin… pero todo esto va muy rápido. – trató de explicarle - Sabes… tengo planes de regresar a Kioto, para terminar mi instrucción como maestra de kendo…
-Así que nuestros planes no coinciden…
-Claro que coinciden…pero el paso del casamiento es uno muy grande. – prosiguió ella - Quiero conquistar otras cosas ahora mismo, pero nadie dice que no tengamos que estar juntos… sólo quiero ser independiente, Kenshin: no es una opción, es una necesidad…
Pero él pensaba en sus propias cuestiones y no la escuchaba.
-Pensé que podrías quedar aturdida por el pedido, pero no ofendida… - decía entre dientes, con amargura - ¡Y eso que no es natural que alguien de mi clase social se proponga a alguien de tu clase social! Eso involucra tantas cosas…
Kaoru frunció el ceño.
-No puedo creer que lo que dices sea un factor entre los dos. – dijo con voz quebrada.
-¡¿Qué esperabas?! ¡¿Qué querías?! – rugió él - ¿Qué me regocijara con la situación precaria de tu familia?
Eso fue demasiado para Kaoru. ¿Cómo se atrevía a sacarle eso en cara, como si le estuviera haciendo un gran favor? Se sintió indignada al pensar que él pudiera ver a su familia como un obstáculo para su felicidad.
-¡Pues no sabía que al pedirme casamiento frente a mi familia, que consideras baja e inferior, estabas sometiéndote a un sacrificio tan grande! – le espetó, furiosa.
Y Kenshin no cedía. Estaba cegado por la rabia y el desconcierto. Había estado tan seguro de su éxito.
-¡Es que hay ciertas cosas que no podemos desconsiderar! – replicó él - ¡El hecho de que seas una mujer difícil, por ejemplo, es una de ellas! ¡El hecho de que tengas opiniones que no son propiamente agradables! ¡Tener actitudes provocadoras e inexplicables para una joven de familia!
-O sea… una mujer intratable. – concluyó Kaoru tristemente - Una persona con la que no es fácil encantarse. ¿Es eso?
Y lo peor de todo es que Kenshin le daba la razón, como si fuera algo con lo que él se había visto obligado a aguantar, pero que ahora podía sacar y desahogar.
-Sí, eres una mujer difícil, sí. – le contestó - ¡Pero aun así, pasando por encima de mi propia razón, pasando por encima de mi propia personalidad más discreta que la tuya, me enamoré de ti! ¡Acabé de pedirte matrimonio y fui rechazado, Kaoru-dono!
Kaoru sentía que su corazón se rompía en pedazos ante esas palabras.
-Pues yo me alegro de haberme enamorado de tu personalidad tan maravillosa y discreta. – le dijo ella con lágrimas en los ojos - No te va a hacer difícil aceptar mi no, y no te será difícil dejar de gustar de mí, con todos los defectos que tengo.
Kenshin se dio cuenta de que había llegado demasiado lejos con su "sinceridad", y corrió hasta donde ella estaba parada para arrodillarse y abrazarle la cintura.
-Disculpa, fui grosero e insensible. – le rogó apenado - Pero descubrí que no te amo a pesar de eso, sino que te amo por causa de eso.
-Tus disculpas pueden ser sinceras en la razón, pero no es lo que sientes.
-¿Cómo puedes decir eso? – inquirió él volviendo a enojarse y tratando de que ella lo entendiera - Estoy aquí ante ti, de rodillas. A tus pies. Kaoru-dono, yo soy el resultado de mi mundo y tú eres el resultado del tuyo, no tenemos cómo huir de eso y lo lamento.
La kendoka se zafó de su agarre y le dio la espalda.
-Yo también lo lamento. – dijo - Pero también recuerdo cómo fue todo cuando te conocí: tu orgullo, tu prejuicio…
-Estoy seguro de que no fue sólo eso.
-La primera vez que te vi, tu manera de ser era tal que me sorprendí con tu arrogancia, tus desdén por los sentimientos de los demás… - empezó a decir mientras sollozaba - Pero me ilusioné, me engañé, lo tomé todo como sinceridad, pero si ése es tu concepto de sinceridad, sólo puedo decirte una cosa: eres el último hombre con el que me casaría.
Un silencio pesado cayó entre los dos, dejando a Kenshin de piedra y herido de muerte al escuchar eso, y a Kaoru destrozada ante la cruda realidad de su relación y el muro inquebrantable que sus posiciones imponían entre ellos.
El pelirrojo se aclaró la garganta antes de hablar, pues temía que su voz quebrada lo traicionara. Se levantó con la cabeza gacha y con el flequillo tapándole los ojos llenos de angustia.
-Creo que dijiste bastante y entiendo tus sentimientos, de la misma manera que me avergüenzo de los míos. – dijo con voz ronca - Discúlpame si te hice perder el tiempo, te deseo lo mejor para la vida que tanto deseas. – se inclinó y salió apresuradamente de allí.
Mientras seguían tratando de reanimar a Sakura, todos los que estaban afuera dieron un respingo al ver al pelirrojo salir de la casa hecho una furia hacia su carruaje y sin hablar con nadie. Akira trató de darle alcance en vano.
-¡Kenshin! – lo llamaba - ¡Kenshin, amigo, espera!
Luego, deshaciéndose en disculpas a la familia, se dispuso a darle alcance junto a Tae y Katsu en el otro carruaje que tenían.
Las hermanas Kamiya entraron como rayos en la casa para encontrar a Kaoru llorando sobre el tatami de la sala.
-¡Kaoru-chan! – gritaron mientras la abrazaban.
-¡Nuestras diferencias prevalecieron! – gemía ella - ¡Perdón, lo arruiné todo para ustedes!
-¡No digas eso! – le dijo Chizuru.
- ¡Estamos juntas en la alegría y la tristeza! – aseveró Tomoe.
-¡Moríamos de nostalgia por verte! – le aseguró Misao.
Mientras Koshijiro llevaba en brazos a sus esposa hasta la habitación y dejaba a sus hijas consolar a su hermana, Kaoru, algo más calmada, miró a su hermana Tokio.
-¿Qué hay de ti, Tokio-chan? – quiso saber con una sonrisa débil.
-Pues lo mío con Enishi-kun va cada vez más serio. – respondió la otra alegremente mientras Chizuru rodaba los ojos.
-Tokio-chan, ten cuidado. – le advirtió Kaoru preocupada - Porque a pesar de mi pelea con Kenshin confío mucho en su sentido de la justicia. Y creo que hay algo más en su historia con Yukishiro-san.
Pero eso no hizo más que enfadar a la joven.
-¿Entonces te quedas con lo que te interesa de Himura-san? – inquirió - Por lo visto elegiste la parte de él más tendenciosa sobre mi novio. – se levantó indignada y se retiró de la sala.
-¡No, Tokio-chan, disculpa! – exclamó Kaoru con tristeza. Qué manera de llegar de esa manera a casa, y qué manera de que algo que debiera ser motivo de alegría, lo terminara siendo de discordia para los involucrados.
Casi al mismo tiempo en que se daba la discusión entre Kaoru y Kenshin, Ikumatsu, Shura y Kaede llegaron a la mansión. Minutos después, Kenshin entró de un portazo claramente nervioso, pero se sorprendió al ver a Shura y a Kaede allí.
-No sabía que volverían tan pronto a Hagi. – dijo como si no le importara.
-Vinimos lo más rápido posible, Himu… ¿está todo bien? – se preocupó Shura dulcemente.
-No, no está nada bien. – espetó Kenshin con furia renovada - Con permiso. – y subió las escaleras como un torbellino.
Con una media sonrisa, Kaede se acercó disimuladamente a Shura.
-Si está mal para él, está maravilloso para Madame. – le murmuró.
-Es talento, Kaede. – replicó Shura feliz - Puedo perder algunas batallas pero la victoria será siempre mía.
En ese momento entró el resto de la comitiva, conformada por Akira, Tae y Katsu.
-¿Qué hacen aquí? – les preguntó Akira a las dos mujeres.
Pero antes de que Shura pudiera responderle, una voz autoritaria y llena de amargura se hizo escuchar.
-¿Qué haces tú aquí? – le reclamó Ikumatsu Kiyosato a su hijo, apareciendo de la nada - Cortaste tus lazos sanguíneos por esa joven, yo también cortaré los míos. Así que ya nada de lo que está aquí es tuyo.
Akira entendió que estaba siendo expulsado de su casa. Él y sus amigos.
-Qué triste Okaa-sama, pero si es lo que quieres, no tengo nada que hacer aquí. – dijo con una sonrisa forzada - Iré a la posada del pueblo. – y se dio la vuelta saliendo con sus amigos.
-¿Así que la posada del pueblo? – reflexionó Ikumatsu. Y mandó llamar a un muchacho para hacer un recado.
Cuando los jóvenes llegaron a la posada, el encargado les dijo muy apenado que absolutamente todas las habitaciones habían sido reservadas urgentemente por la Reina del Arroz, Ikumatsu Kiyosato. Akira percibió que su madre estaba dispuesta a hacerle la vida imposible y sospechaba que ése era el motivo de su aparición en Hagi. Estaba furioso y trataba de pensar tanto como su estado le permitía.
-Lo único que nos queda es acomodarnos en el carruaje. – dijo Tae una vez que el trío estaba afuera en la acera mirándose los rostros sin saber qué hacer – Ya no tengo casa aquí y no sé qué tan dispuestos estén los vecinos a recibirnos.
-Podríamos ir a casa de los Sagara. – Katsu recordó a su antigua familia – Sin duda será sorpresivo para ellos, pero no dudo en que nos hagan un pequeño espacio.
Pero Akira tenía otro plan en mente y los miró con una sonrisa macabra. Los otros dos se estremecieron.
-Si es guerra lo que Ikumatsu Kiyosato quiere, entonces vamos a recurrir a su peor enemigo. – dijo resuelto.
Y fue así que llegaron al último lugar que la misma Ikumatsu Kiyosato esperaba a que llegaran: el castillo Katsura.
Fueron recibidos por los tres dueños de casa.
-Buenas noches. – saludó Akira con una profunda reverencia - Disculpen la intromisión, especialmente a la hora de la cena.
-¿Qué haces aquí, jovencito? – preguntó el Barón Gensai de mala gana.
-¡Ojii-sama! – se escandalizó Megumi ante la falta de modales de su abuelo.
Akira sólo se limitó a sonreír.
-Le puedo explicar, Barón: estoy pasando problemas con mi madre, Ikumatsu Kiyosato, por lo cual ella me prohíbe la entrada a la casa. – explicó amablemente - Fuimos al hotel del pueblo, y ella boicoteó mi hospedaje y el de mis amigos. Y pensé si por favor, podrían hospedarnos en su hogar.
A pesar de que las peleas de familia eran muy malas noticias, Megumi no pudo evitar alegrarse de que hubieran pensado en ellos a la hora de recurrir a alguien.
-¡Las puertas de este castillo estarán siempre abiertas para recibir amigos! – exclamó feliz.
-¡Pero yo no quiero convivir con un Kiyosato bajo el mismo techo! – protestó el viejo.
Megumi lo volvió a mirar pasmada.
-¿Pero por qué esa actitud, Ojii-sama? – lo regañó - ¿Acaso tenemos algún problema con la familia de Akira?
-Ninguno, hija mía. – intervino Kogoro, luego se dirigió al joven - Por lo visto tu madre está de vuelta en Hagi.
-Vino tras mis pasos. – dijo Akira - Está decidida a poner trabas en mi camino.
-Cosa que hace con todo el mundo. – comentó el anciano como quien no quiere la cosa.
-Mi padre se preocupa mucho por esas cuestiones familiares, por eso cree que no debe meterse. – trató de explicar Kogoro Katsura para aplacar los ánimos del Barón y evitar que Megumi sospechara - ¡Pero claro que son todos bienvenidos en este castillo! – luego le susurró a su padre mientras su hija llevaba a los invitados al comedor para cenar - Debes contenerte, Otou-sama. Megumi-chan no sabe nada de nuestros problemas con Ikumatsu-san.
El viejo Barón sólo asintió molesto y resignado.
A la mañana siguiente, durante el desayuno, Akira seguía agradeciendo la hospitalidad de los Katsura.
-No tengo cómo agradecerles, Megumi-san, Katsura-san, Barón. – decía - Sólo con mi lealtad.
-¿Pero tu madre es de tener esos arranques, Akira? – Kogoro estaba muy interesado en esas cuestiones - Parece una mujer tan sobria.
-Siempre y cuando no sea contrariada. – replicó el muchacho - Ahora está herida de muerte por mí.
-Creo que siendo todavía joven y deseable, debería dejar de lado esas austeridades de Reina del Arroz. – opinó Tae coquetamente.
Megumi estuvo de acuerdo con ella.
-O sea, un romance. – dijo con tono soñador - Falta romance en la vida de la Reina del Arroz, con todo respeto, Akira.
-¿Quién querría amar a una mujer tan dura como ella? – se quejó el Barón Gensai, fastidiado.
-¡Ojii-sama! – lo reprendió su nieta, cansada de los desplantes inauditos de su abuelo - ¡Akira es su hijo!
-En estas circunstancias, he de concordar con el Barón. – dijo el aludido intentando calmar las aguas - Para algunas mujeres no todo es el amor, como vimos ayer en Kaoru.
Megumi frunció el ceño sin entender.
-¿Qué pasa con Kaoru? – quiso saber.
-Ayer presenciamos un triste espectáculo para Kenshin. – explicó Katsu - Delante de la familia y de todos, Kaoru rechazó su propuesta de matrimonio.
La joven noble casi se cayó para atrás con la noticia.
-¡¿Qué?! ¡¿Kaoru rechazó un pedido de Kenshin?! – se alteró y quiso levantarse para ir de inmediato a hacerle una visita - ¡Con permiso, necesito hablar con ella…! – no llegó a terminar lo que decía ya que Kaoru irrumpió con el rostro pálido y triste.
-No hace falta. Ya estoy aquí. – dijo - Perdonen que entre de esta manera… Megumi, necesito hablar contigo…
En la cocina de la mansión Kiyosato, Shura festejaba los últimos acontecimientos con Kaede.
-Muero por ver a Akira-kun mendigar por un lugar donde dormir. – decía mientras reía.
En ese momento entró Yahiko hecho un demonio.
-¡Busu! ¡Anoche en el hotel los cuartos estaban todos reservados! – le reclamó airado - ¡Tuve que dormir en la calle!
Su madrastra lo miró con indiferencia.
-No me interesa. Búscate algún lugar lejos de aquí. – le dijo de mala manera - Además, ya ni eres necesario, porque Ken-san y esa Kaoru ya rompieron. O sea, que hicieron el trabajo por ti. – y le enfatizó - Ni siquiera debo pagarte.
-¡A mí me devuelves el dojo y la espada, maldita busu! – gritaba el jovencito mientras era empujado por Kaede hacia la puerta trasera.
Kaoru y Megumi se encerraron en la habitación de esta última. La joven Katsura estaba anonadada.
-No sé por qué estás sufriendo tanto. – decía ella con fastidio - Kaoru, ¿por qué no lo piensas un poco sobre el pedido de casamiento de Kenshin?
-Ese no es el motivo de mi sufrimiento. – repuso la kendoka con ojos llorosos - Estoy triste y disconforme con lo que escuché de él: la distinción entre nuestros mundos y su falta de entendimiento sobre mí. Megumi, él no podía haberme pedido casamiento frente a mis padres sin antes haberlo consultado conmigo.
-Pero lo hizo según lo que él conoce del universo femenino. – trató de explicarle su amiga - La mayoría de las jóvenes sueñan con casarse, Kaoru.
-Sí, pero yo no. ¡Y Kenshin siempre duro con mi deseo de independencia! – exclamó Kaoru - ¡Y ni se le pasó por la cabeza que yo pudiera rechazarlo! ¡Porque para él, dada mi condición de inferior, debería agradecer el favor que hace al casarse conmigo! ¿Es eso amor, Megumi?
Un golpeteo en el shoji interrumpió la conversación. Era una de las sirvientas de la familia.
-Con permiso, Himura-san quiere hablar con usted, Megumi-sama. – anunció.
Kaoru se volvió incrédula hacia su amiga.
-¡¿Kenshin?! – se extrañó - ¡¿Qué es lo que él quiere contigo?!
-No sé… espera que iré a ver y vuelvo pronto… - murmuró ella y se fue a recibir a la visita.
Lo vio esperándola en la sala, con ojeras pronunciadas y una expresión de ultratumba.
-¡Kenshin! – saludó Megumi sorprendida - ¿A qué debo la visita?
-No la voy a demorar, Megumi-dono. – dijo el pelirrojo - Vine por un nuevo consejo que repare el primero que me dio.
-¿Cómo?
-Todo salió mal, Megumi-dono. – prosiguió él, visiblemente decepcionado - Kaoru-dono no sólo rechazó mi pedido de casamiento, sino que terminó herida y atacada. Usted se equivocó al aconsejarme que le pidiera matrimonio.
En ese instante se escuchó un ligero ruido, y tanto Kenshin como Megumi se dieron la vuelta para ver a una Kaoru que los miraba atónita, sin poder creer lo que oía.
-¡¿Qué cosa?! – exclamó enojada - ¡¿Megumi, acaso hiciste eso?!
Megumi tragó saliva y sintió que estaba más que metida en problemas.
