¡Nuevo capítulo!
Pjean: Sin duda Tsubame hará lo que esté en sus manos por la felicidad de Kenshin. ¡Gracias por tu comentario!
Ane himura: Tsubame es un ser de luz, y Kaoru y Kenshin tendrán que ver muy por dentro de ellos mismos y analizarse si quieren volver a tenerse. Saludos!
Después de hacer pasar a Tsubame Himura y hacer té para las dos, Kaoru se arrodilló junto a ella en la sala para saber de los motivos de su visita. Aún estaba sorprendida por ser buscada precisamente por la hermana de Kenshin y hasta se preguntaba si éste la había mandado. Rápidamente lo descartó, el pelirrojo no era ese tipo de persona y la joven delante suyo se notaba que tampoco. Apenas recibió Tsubame su taza de té, habló:
-Me honra mucho su visita, Tsubame-san, pero no entiendo el motivo de la misma.
La jovencita la miró con dulzura.
-Quería conocerte, Kaoru-san. – le respondió – He llegado anoche con mi padre y mi primer deseo era saber cómo era la novia de mi hermano Kenshin.
Kaoru se sonrojó.
-Entre Kenshin y yo ya no hay más nada. – dijo incómoda - Somos la suma de nuestras divergencias.
-Sé que las cosas no han ido muy bien para los dos, aunque no estoy al tanto de los detalles. – le dijo la joven Himura con una sonrisa comprensiva – Tampoco quiero que creas que mi hermano me envió aquí, él no sabe nada de mi visita.
-Oh… - se limitó a decir Kaoru algo sorprendida.
-Sólo vengo a decirte una cosa que espero disipe cualquier duda que tengas, Kaoru-san: mi hermano jamás en su vida sintió amor por alguien fuera de su familia, nunca hubo mujer alguna que lo enamorara y lo hiciera sufrir por amor. Tú eres la primera, y tal vez la única, en despertar sentimientos de amor en él. – le explicó Tsubame con ojos brillantes – Nunca se sintió un hombre digno de amar y ser amado…
-¿Por qué no? – interrumpió la kendoka, muy conmovida – Es un hombre excepcional, a pesar de nuestras diferencias.
Y Tsubame supo que era mejor no explicar esa cuestión, pues era obvio que Kenshin no le había contado a su novia que él había sido Hitokiri Battousai. Pensó que era más apropiado que se enterara por el mismo pelirrojo.
-Ya sabes. – le respondió en cambio – Como algunos hombres, cree que por haber llevado una vida disipada y de lujos no merece que una mujer lo valore de verdad a él en vez de a su fortuna. No se veía con esperanzas de encontrar un amor verdadero y puro. – y continuó – Hasta que te conoció, Kaoru-san. Ten en cuenta, por favor, que si él te ha ocultado cosas y exigido otras es simplemente porque no está acostumbrado a la experiencia de amar y compartir; tiene miedo de que por sus defectos la gente no lo aprecie, y su torpeza en cuestiones afectivas no ayuda en nada. Pero no es un hombre malo y egoísta… Kaoru-san, tú eres la única mujer que él amó de verdad, y te lo digo yo que lo conozco desde que nací. – terminó de decir con delicadeza y casi suplicante.
Con las lágrimas amenazando con salir de sus ojos, Kaoru no supo qué decir.
-Sólo vine a decirte eso, no estás obligada a decidir ni responderme nada, Kaoru-san. – se despedía Tsubame mientras se ponía de pie – Ahora tengo que marcharme antes de que noten mi ausencia prolongada. Por favor, Kaoru-san, piénsalo…
Con una profunda reverencia, la joven se marchó, dejando a Kaoru con el corazón en la mano.
Después del baño de mar que Sano le obligó a dar, Megumi se acomodó como pudo sobre la arena mientras trataba de estrujar su pesado kimono, producto del agua. Sanosuke se tendió divertido a su lado.
-Creo que con esto respondí a su pregunta acerca de mi mundo. – le dijo burlón mientras ella torcía una de las mangas de su kimono con fastidio.
-El mundo que sólo usted y Kaoru pueden ver. – respondió ella con ironía - He visto su interés por ella.
-Somos amigos desde que éramos niños… - empezó Sano.
-Creo que debería olvidarse de esas expectativas. – interrumpió Megumi - Ella está peleada con Kenshin, pero esa pelea tiene arreglo; además, él fue el primer hombre del que se enamoró. ¿Entiende la magia de todo eso?
-Lo cierto es que Jo-chan se decepcionó, Kitsune-hime. Y tal vez sea mi oportunidad.
-No lo creo. Tengo buena intuición para esas cosas.
-Ella es un espíritu libre. – repuso el joven Sagara - No será forzada a nada, menos a un matrimonio. No sigue reglas sociales como usted, Kitsune-hime. Y tal vez el dinero y la influencia de ese hombre haya sido un punto en contra para Jo-chan, porque a ella le gusta la gente de verdad.
Y Megumi empezó a reír a carcajadas.
-¡HOHOHOHOHO!
-¿De qué se ríe? – preguntó Sanosuke entre sorprendido y molesto.
La joven noble detuvo su risa a duras penas para mirarlo con el rostro rojo y lleno de diversión.
-¿Acaso se considera un igual a Kenshin Himura? – farfulló para luego recaer en las carcajadas - ¡HOHOHOHO!
Sano se ofendió.
-¿Y cuál es el problema? Si de verdad importaran los títulos y las fortunas, él se hubiera enamorado de usted y no de Jo-chan. – replicó mordazmente - Akira-san también se hubiera enamorado de usted y no de Tomoe. Según su criterio, Kitsune-hime, usted tendría a todos los mejores partidos del Imperio. Y no estaría a la orilla del mar tomando el sol con un pobretón.
La expresión jovial de Megumi pasó a ser seria de un momento a otro. Indirectamente se le había dicho solterona y leyó entre líneas que a falta de buenos pretendientes, se terminaría conformando con un cualquiera. Además, por alguna razón, también pensó en Aoshi, comprometido a casarse con otra mujer.
-¡Cállese, Tori-atama! – exclamó rabiosa y con las lágrimas a punto de salir - ¡Tiene un segundo para llevarme de vuelta al castillo! – y se levantó pesadamente para hacer el camino de vuelta hacia el carruaje dejado varios metros atrás.
Sano la observó extrañado y con las cejas levantadas.
-Sí, Kitsune-hime. – acató sin más, para luego seguirla con aire distraído.
A la media mañana, después de tener su cita con Tomoe, Akira volvió al Castillo Katsura para ser invitado por el Barón Gensai, quien empezaba a confiar en él, para que jugara una partida de ajedrez. El Barón había aprendido a dominar ese juego occidental hacía poco y no perdía la oportunidad de retar a quien se le cruzara en el camino. Jugaban bajo la atenta mirada de Kogoro Katsura.
Al rato, llegó una criada para anunciar las visitas.
-La señora Ikumatsu Kiyosato y el Marqués Hiko Himura. – dijo en voz alta y clara, para dar paso al refinado dúo. Los tres anfitriones desviaron al atención del juego a los visitantes con gesto grave.
-Nos volvemos a ver, Kogoro Katsura. – ronroneó peligrosamente Hiko mientras sonreía de lado y le dirigía miradas filosas al hombre que según él, había corrompido a su hijo y heredero.
-Himura-sama. – dijo Kogoro saludando con una leve inclinación de cabeza. Sin duda la tensión podría cortarse hasta con un shinai.
-¿Tú aquí, Akira? – inquirió Ikumatsu contrariada. No podía creer que su hijo hubiera sido capaz de pedir asilo a su enemigo.
-Buenos días, Kiyosato-san. – saludó secamente el joven. Miró a Hiko e inclinó la cabeza. - Himura-sama, un placer verlo. – y miró al viejo noble - Barón, resista: si puedo ayudarlo a detener a mi madre, lo haré. – dicho esto, se apresuró en dejarlos solos. Sabía que la visita de su madre al Castillo Katsura no auguraba nada bueno para los hasta ahora dueños, y no quería que sus propias rencillas personales empeoraran la situación y los hicieran protagonizar una pelea familiar frente a todo el mundo.
-Hospedamos a Akira-kun, ya que como él mismo ha dicho, fue expulsado de casa por su propia madre. – explicó alegremente el Barón Gensai - Pero no se preocupe, Kiyosato-san, porque con Himura-sama por suerte vamos a poder hablar de igual a igual.
-No creo que mi presencia vaya a alterar algo. – intervino Hiko - Sólo vine aquí como acompañante de Kiyosato-san.
-Quiero agradecerles por el hospedaje al joven Akira, pero quiero que sepan que nada ni nadie detienen mis decisiones. – advirtió Ikumatsu amablemente después de tomar asiento en la sala - El plazo que Myoujin-san les dio ya se agotó, porque lo que tuvieron en mi ausencia no fue una tregua, sino un plazo de caridad.
-Yo la busqué… - comenzó a decir Kogoro.
-Nunca con la contrapartida para saldar sus deudas. – lo atajó ella - Por lo que hoy, señores, vine a acordar la salida de ustedes de estas propiedades.
El Barón Gensai la miró con desprecio y rápidamente se dirigió a Hiko Himura.
-Himura-sama, único noble aquí, así como yo. – dijo solemnemente - Ya que tenemos título, no como la señora, debe comprender que un Barón como yo no puede ser expulsado de sus tierras así como así. Lo que tenemos es gracias a nuestra hidalguía y tradición, heredadas por generaciones y destinadas a generaciones por herencia. Lo que tenemos es por derecho, no gracias a una competencia desleal.
Hiko simplemente lo miró con indiferencia.
-No sé cómo funciona con los Barones, yo soy un Marqués. – dijo como si nada - Muchos niveles más arriba, con más tierras, más conquistas y más sangre noble en las venas. Pero creo que si ustedes no lograron saldar sus deudas y fracasaron en sus negocios, no pueden pedir solidaridad aristocrática.
-¡Qué absurdo! – se ofendió el viejo - ¡Una afrenta en mi propia casa!
-Si no aceptan mis términos, se arrepentirán. – amenazó la dama, harta de ser ignorada por el anciano - Estoy dispuesta a concederles un solo día…
-¡Si usted quisiera hacer algo en mi contra ya lo hubiera hecho! – gritó el Barón alterado - ¡Usted se está deleitando con mi angustia! ¡Quiero ir a mi cuarto! – se levantó de sopetón y salió hecho un demonio de la sala - ¡No pienso tolerar esto!
Los tres restantes quedaron un rato en incómodo silencio, hasta que Hiko rió entre dientes y se puso de pie.
-Bueno, tengo ganas de estirar un poco las piernas y dar un paseo. – dijo con aburrimiento - Como seguro usted estará ocupada hablando con Katsura-san para convencer al Barón, yo me iré un rato a dar un paseo por sus futuras tierras, Kiyosato-san.
Cuando el Marqués los dejó, Kogoro Katsura miró fijamente a la mujer que tenía enfrente. Ella le contuvo la mirada, a pesar de que leve rubor hizo aparición en sus mejillas.
-¿Por qué tiene que ser siempre así? – le cuestionó el hombre.
-Porque es la única relación posible entre un deudor y una persona que espera cobrar. – masculló Ikumatsu con desdén - No hay que ser amables.
Kogoro se acercó a ella, haciendo que la joven viuda se estremeciera al recordar la última vez que estuvieron tan cerca el uno del otro.
-Ese no es nuestro único vínculo. – le susurró Kogoro al oído - No logro sacarla de mi cabeza.
Ella se alejó de él como el diablo de la cruz y lo miró a los ojos con ira.
-Pues me da pena. ¿Cree que me doblegaré a su cortejo inútil? – le espetó - ¿Una táctica barata para manipular mis ideas para decidir sobre el futuro de su familia?
-Quiere decir que confundo sus pensamientos y que nublo su raciocinio. – concluyó él con cierto placer.
-¡Atrevido! ¡Soy dueña absoluta de mis emociones! ¡¿De verdad cree que pensar en usted me hace…?! – se tapó la boca con una mano, regañándose mentalmente por admitir que pensaba en él.
-Es bueno saber que ambos compartimos el mismo pensamiento. – Kogoro volvió a acortar la distancia entre los dos - Que también piensa en mí. – después de decir aquello, volvió a tomarla en brazos para volver a besarla con la misma pasión de cuando le asaltó al boca en Kioto. A pesar de su resistencia, pronto ella se dejó, disfrutando también con culpa de ese beso que en sus sueños deseaba volver a tener con ese hombre tan ardiente y gallardo. Siempre había querido que un hombre así la tomara y adorara sin palabras, pero durante su vida de casada no fue así, y ahora lo estaba experimentando en circunstancias poco ideales. De un empujón se soltó de él, y con la mirada llena de confusión y enojo, huyó del castillo como alma que lleva el diablo.
Creyéndose solo en la sala, el político se tocaba los labios con una sonrisa hasta que una voz conocida hizo que se le contrajeran las entrañas.
-Fui apuñalado mortalmente.
Con los ojos abiertos de par en par debido a la alarma, Kogoro Katsura se dio la vuelta lentamente para encontrarse con la mirada decepcionada y herida de su padre, el Barón Gensai. El anciano noble había decidido volver a la sala para seguir diciéndole unas cuantas verdades a su enemiga, pero al entrar quedó mudo y paralizado del terror: su propio hijo, carne de su carne, sangre de su sangre y futuro Barón de Hagi estaba en una posición comprometedora con esa tal Ikumatsu Kiyosato. No había duda: estaban confabulados para quitarle todo y mandarlo a emparedar vivo.
-¿Qué pasa, Otou-sama? – preguntó Kogoro cautelosamente mientras se acercaba a su padre.
-¡No te me acerques! – le gritó colérico el viejo - ¡Estás enredado con Ikumatsu Kiyosato! ¡Son amantes! ¡Crápulas!
-No, Otou-sama… sólo sucedió…
-¡Te uniste a esa serpiente y corrompiste a tu familia! – prosiguió el Barón - ¡Pobre de mi dulce nieta que no sabe de nuestra tragedia financiera ni del padre que tiene! ¡Mantente lejos de nosotros! – y se fue a toda prisa, como le permitían sus viejas y cansadas piernas, a encerrarse en sus aposentos.
-¡Otou-sama! – lo llamaba su hijo, queriendo hacerle entender las circunstancias de lo sucedido.
De alguna manera, gracias a su labia y dotes de mentiroso, Yahiko se las apañó para quedarse como huésped en otra posada local, menos elegante y más dirigida a la gente de paso, alegando ser contacto de la señora Ikumatsu Kiyosato y presentando como prueba un pequeño broche con el escudo de armas de los Kiyosato que tuvo cuidado de robarle a Shura antes del viaje. En ese momento, su instinto le había dicho que se adelantara a cada paso de su madrastra. Maldita busu, rumiaba Yahiko mientras comía un suculento plato de yakisoba, se encargaría de meterla en problemas en cuanto llegara la cuenta de los gastos a la mansión de su benefactora. Reía pensando en cómo la chantajearía y en el estado de desesperación en que la mujer caería al ver su teatro fracasar.
Se divertía pensando en eso cuando Kaoru Kamiya hizo su aparición en el local para dejarle un mensaje a un comerciante de parte de su padre. Lo vio y no lo pudo creer.
-¿Yahiko? – preguntó con los ojos abiertos.
Yahiko casi se atragantó con su comida.
-¡Kaoru, qué sorpresa verte! – fingió sorpresa de la buena una vez que se compuso.
La kendoka notó que algo no andaba bien con él. Como si la situación se viese forzada.
-Vivo aquí en Hagi… ¿y tú qué estás haciendo aquí?
-Soy… soy… ¡soy el asistente de Ikumatsu Kiyosato! – clamó contento. Con esto tendría a Shura aún más acorralada. Qué mejor que la peor enemiga de la busu sabiendo de su estadía en Hagi - Nos conocimos en el baile de máscaras y quedó impresionada con mis dotes de comerciante. – mintió.
-¡Qué bien! – se alegró Kaoru, aún extrañada - Espero que tengas una buena estadía en la ciudad.
Yahiko sintió que era momento de escapar antes de dar algún paso en falso que la hiciera sospechar.
-Gracias. – respondió - Mis compromisos me llaman, así que hasta luego.
Kaoru quedó aún más confundida.
Los días pasaron hasta llegar a la tan esperada previa del día de la boda. Se tenían que ultimar todos los detalles para la ceremonia en el Jinja (santuario sintoísta) y para el Hirou no gui (recepción) que se llevaría a cabo en la Mansión Shishio. La familia Kamiya a pleno expresaba la alegría que a duras penas Makoto Shishio demostraba, ansiosos por la felicidad de Misao y festejando (sobre todo Sakura) por ser la primera en casarse y formar su propia familia con el hombre que amaba.
Y los novios ni qué decir. Misao temblaba de anticipación y nervios mientras que Soujiro no veía la hora de que su amada fuera su mujer con todas las de la ley. En esos últimos días habían dejado de verse, prometiéndose ambos que la próxima vez sería estando ellos en plena ceremonia convirtiéndose en marido y mujer. Los dos contaban las horas.
Volviendo al día previo del enlace, en ese momento llegaba en el castillo de Megumi y a pedido de Tae, el Shiromuko (kimono blanco de boda) junto con el Tsuno Kakushi (gorro blanco) que la castaña quiso regalar como presente de boda a su ilusionada amiga Misao. Una emocionada Megumi ya se había autoproclamado guardiana del vestido hasta el día siguiente en que lo llevarían a casa de los Kamiya para que la novia se preparase. Canturreaba feliz junto a Tae mirando el paquete que esta había encargado desde Hiroshima especialmente para la cuarta de las hermanas Kamiya, cuando fueron sorprendidas por la repentina visita de Uki Sagara, hermana de Sanosuke y ama de llaves de la Mansión Shishio.
-¡Uki-chan! ¿Cómo estás? – saludó Tae emocionada.
-Buenos días, señoras. – respondió Uki solemnemente con una reverencia. – Vine a comunicarles que en la Mansión Shishio ya se tiene conocimiento de la llegada del Shiromuko de Misao-sama, y como parte de la tradición familiar, el ama de llaves es la encargada de custodiarlo hasta llevárselo a su futura ama el día de la boda y así ayudarla a vestirse. – explicó con seriedad.
-Entiendo, Uki-chan. – dijo Megumi, quien intercambiaba miradas extrañadas con Tae mientras la castaña iba en busca de la gran caja que contenía el kimono de novia de Misao.
Le entregaron la prenda a Uki algo decepcionadas, pues hubieran querido ser ellas las guardianas de la virtud de Misao representada en ese kimono, pero las reglas familiares de los Shishio se los había impedido.
Poco sospechaban que todo lo que les había dicho Uki era mentira y que tenía un plan en mente.
A medio camino de la Mansión Shishio, Uki miró a su alrededor comprobando que no hubiera riesgo de cruzarse con nadie y tomó un desvío saliendo de su ruta con la caja a cuestas. Se detuvo a unos pocos metros, en un pequeño claro que los árboles y tupidos arbustos tapaban de la vista, y dejando el paquete del kimono a un lado, se arremangó a para llevar a cabo su plan.
Tomó una pala que ya había colocado por ahí antes de ir al Castillo Katsura y procedió a cavar un profundo pozo para después enterrar la caja con el Shiromuko de Misao. Al terminar su trabajo, sonrió de lado y comenzó a despeinarse y ensuciarse para luego ir corriendo a materializar la segunda parte de su intriga.
Y así lo hizo. Corrió sin descanso hacia la residencia de los Kamiya.
Por suerte para ella, Misao se encontraba sentada leyendo sola frente a la puerta de su casa. Cuando vio a la agitada Uki correr hacia ella con el rostro angustiado, la alarma se prendió en cada fibra de su ser. Temía que a Soujiro le hubiese pasado algo.
-¡¿Uki-chan?! – preguntó asustada mientras la otra se desplomaba a sus pies - ¡¿Qué pasa?!
-¡Perdón, Misao-sama! – gimoteaba Uki presa del miedo - ¡Perdón!
Como pudo, Misao la acomodó y trató de tranquilizarla.
-Siéntate, Uki-chan. – le dijo conciliadora - Respira y explícame qué sucedió.
-Su Shiromuko, Misao-sama… cuando llegó creí que sería bueno custodiarlo… porque mañana es el gran día… pero… - farfullaba la joven Sagara con lágrimas en los ojos.
-¿Pero qué? – preguntó la azabache abriendo los ojos significativamente.
-¡El Jinete Negro me atacó! – chilló Uki temblando de horror - ¡Él robó la caja de mis manos!
-¡Kami-sama! – se alteró Misao - ¡¿Cómo me voy a casar sin kimono?!
-¡Por favor, no le cuente a nadie! – le rogó Uki volviendo a caer a sus pies y agarrando con fuerza la falda de su kimono - ¡Seré despedida!
Misao sentía un nudo en la garganta y en la boca del estómago. Con la tragedia que acababa de suceder, su casamiento quedaría arruinado. No había tiempo para encargar otro kimono de boda y quién sabe si habría alguien con alguno en Hagi que pudiera prestárselo. Tenía ganas de llorar, pues esperaba quedar bien frente a su futuro suegro y ahora lo único que veía para ella eran reproches y burlas de parte de él y de todos. No quería que Soujiro también fuera víctima de las mofas.
Tener todo en tiempo y forma para una boda eran muy importante para los novios y sus familias. Sino serían recordados como parte de una anécdota graciosa. Y Misao no quería eso.
-Pero tengo que contarlo, Uki-chan. – repuso ella conteniendo las lágrimas - La boda es mañana, y necesito un kimono para la ceremonia.
De repente, Uki la miró fijamente. Ése era el momento por el que había esperado y hecho tanto.
-Creo… que tengo la solución… acompáñeme al Palacio Juppongatana… - farfulló con más calma, y tomando fuertemente de la mano a Misao, ambas tomaron la carreta de Koshijiro para dirigirse al lugar.
Cuando llegaron al Palacio Juppongatana, Misao miró boquiabierta el pelotón de sirvientes preparando y poniendo todo a punto para el Hirou no gui que se ofrecería luego de la ceremonia, en el salón principal y con vistas al majestuoso jardín de Makoto Shishio. Sin duda sería una celebración trascendental. Con más razón Misao siguió a Uki quien la arrastraba a toda prisa en un intento de que su patrón no las viese.
Cuando llegaron a una de las habitaciones principales, la joven sacó una gran y antigua caja de uno de los muchos armarios en el recinto. Ese cuarto contrastaba con la austeridad del resto de la mansión. Estaba llena de artículos de lujo, colores y brillos. Con incomodidad, Misao llegó a la conclusión de que eran los antiguos aposentos de Yumi, la fallecida señora del palacio.
-Mire, este es el Shiromuko de la señora Yumi. – se escuchó la voz de Uki - Es hermoso, ¿no?
Misao se volvió para mirar a Uki y esta desplegó un hermoso y oneroso kimono blanco. La chica se quedó encantada e intimidada al mismo tiempo. La tela parecía brillar con toques tornasolados y en algunas partes contaba con volados y bordados también de color blanco. Era precioso, pero algo extravagante para ser un Shiromuko, que solían ser más simples.
Le fascinaba, pero algo le decía que se estaba metiendo en camisa de once varas.
-¿Shishio-san sabe de esto? – preguntó preocupada.
-¡Será una sorpresa y quedará emocionado! – repuso la joven ama de llaves fingiendo entusiasmo.
-No sé, Uki-chan… - dudaba Misao; no quería meterse en problemas con su suegro, pero era la única opción viable para no agarrar una sábana blanca y confeccionar algo a las corridas - Creo que mejor no…
-Entonces no le gustó el kimono… - interrumpió Uki cabizbaja - ¡Sabía que debí hacer algo para evitar el robo! – se lamentó volviendo a llorar - ¡Debí luchar con el Jinete Negro por usted!
Misao se aterró al ver su expresión de congoja.
-¡No es eso! ¡Me encantó el kimono! – se apresuró a decir, y viendo que no tenía muchas opciones, suspiró derrotada - Uki-chan, lo voy a usar. – dijo decidida mientras abrazaba a Uki para calmarla.
-¡Muchas gracias, Misao-sama! – exclamó la chica correspondiendo fuertemente al abrazo - ¡Mañana se lo llevo a primera hora!
La joven Sagara sonrió maliciosamente entre los brazos de Misao.
En los jardines de la mansión Kiyosato, Kenshin y Hiko conversaban animadamente sobre Tsubame y su entusiasmo por Hagi y su gente.
-Es bueno que Tsubame-chan haga buenas amistades. – concluyó el Marqués con mucho ánimo.
Pero su pelirrojo hijo no podía más. Desde la llegada de su padre y su hermana no había encontrado la ocasión para conversar y alertar sobre ese tema. Pero viendo que Tsubame era muy asidua a ir al pueblo junto con Akira y Tomoe, uniéndose Megumi en algunas ocasiones, estaba convencido de que el reencuentro era inevitable, tarde o temprano se daría.
-Enishi Yukishiro está en Hagi, Shishou. – le anunció con voz ronca.
Hiko Himura quedó helado y pálido de odio y muerte al escuchar ese nombre. Quedó paralizado en su sitio hasta que por fin reaccionó con toda la furia de los elementos.
-¡¿Ese canalla?! – empezó a vociferar indignado - ¡¿Qué hace aquí?! ¡¿Y tú por qué me lo cuentas tantos días después de nuestra llegada, baka-deshi?!
-Según mis informes, está aquí "vacacionando". – le informó Kenshin tratando de apaciguarlo - No se preocupe, he estado atento desde que lo volví a ver. Si no se lo conté antes es porque no se daba la oportunidad, con Ikumatsu-dono y Shura-dono siempre presentes.
-Lo que me tranquiliza es que Tsubame-chan ya lo superó. – masculló triunfal su padre, aún con el corazón desbocado producto de la cólera que le provocaba ese tipo.
-Un amor así no se olvida así nomás, Shishou. – respuso el ingeniero - Especialmente si dejó marcas profundas.
Hiko reemplazó su expresión furibunda por otra divertida.
-¡Kami-sama, qué elocuencia tienes en cuanto al amor! – se burló - ¿Experiencia propia?
-Oro... lo digo por Tsubame-chan, Shishou. – replicó Kenshin algo incómodo - Ella aún nos necesita.
Su padre sólo asintió con seriedad y siguieron con su paseo, esta vez un poco más preocupados.
Durante esos días, también había florecido la amistad entre Tsubame y Kaoru. La joven Himura estaba más que convencida de que la kendoka era la muejr ideal apra su hermano, pero no quería forzar las cosas entre ellos; pero las facilitaría en caso de ser necesario. Ambas daban un paseo cerca del río mientras reían y comentaban sobre sus asuntos y lo que se avecinaba al día siguiente.
-Nunca vi a Akira-kun tan feliz. - decía Tsubame - Tu hermana Tomoe es muy tierna.
-Sí, es muy bonito cuando una historia de amor puede llevarse a cabo. - concordó Kaoru.
-¿Estás hablando de ellos o de lo tuyo con Kenshin?
-Estoy hablando de las relaciones en general, las relaciones amorosas de verdad son muy preciosas. - respondió la joven Kamiya algo triste, luego recordó algo - Tsubame, ¿puedo preguntarte algo?
-¡Claro!
-Es sobre otra hermana mía, Tokio. - empezó a explicar Kaoru - Ella está relacionada con un joven… Enishi Yukishiro.
El rostro de Tsubame palideció hasta tal punto que Kaoru pensó que caería redonda en sus brazos.
-¡¿Enishi Yukishiro?! - exclamó alterada - ¡¿Por qué me preguntas por él?! - se calmó un poco para proseguir - No sé qué tanto estés enterada de mi vida, pero me lo puedo imaginar…
-¡Disculpa! - se apresuró a excusarse Kaoru - ¡No quería incomodarte con esto!
-¡Está bien! - dijo Tsubame con los ojos llenos de dolor - Tal vez yo sea la persona adecuada para hablarte de él porque yo… amé mucho a Enishi y… - pero no pudo más con su sufrimiento - ¡Lo siento, tengo que irme! - y corrió hacia su carruaje con las lágrimas colmando su rostro de humedad.
-¡Tsubame! - trató de llamarla Kaoru, angustiada y sobre todo alarmada por lo que acababa de presenciar.
Esos gestos heridos de Tsubame la habían convencido del todo. La joven no necesitó decir nada para mostrar la angustia que le provocaba el nombre de ese joven que ahora era novio de su hermana. La había lastimado de alguna forma y no permitiría que el patrón se repitiera con Tokio.
La noche cayó, y la ansiosa familia Kamiya se reunió en su pequeña sala familiar para pasar su última noche todos juntos. Koshijiro, Sakura y sus hermanas abrazaban a Misao con lágrimas de alegría en los ojos; si bien a partir del día siguiente sería parte de otra familia, estaban felices de que su elección haya sido por amor.
-Aunque estoy un poco triste porque nuestra Misao-chan se nos va de la casa, – dijo Koshijiro – nada me hace más feliz que verla yéndose del brazo del hombre que ama. Hoy en día es difícil que alguien se case por amor y siendo correspondido, pero Misao-chan lo hará, y estoy muy orgulloso de ella. – Misao se lanzó a los brazos de su padre para darle un beso en la mejilla, también con lágrimas en los ojos.
Su madre no se quedaba atrás en el discurso familiar. – Ay, por Kami, te agradezco por haberme permitido la gracia de ver a una hija casada. Misao-chan, te deseo toda la felicidad del mundo junto a Soujiro-kun, ese muchacho está loco por ti, no hay duda de ello. Además tiene dinero, y eso es un plus que una debe agradecer siempre…
-¡Sakura!
-¡Gracias por tus palabras, mamá! – exclamó Misao mientras reía y la abrazaba - ¡Verás que seremos muy felices!
-Después de tu boda descansaré unos días y luego me encargaré de tus hermanas. – insistió su madre con una mirada soñadora.
Todos rieron y charlaron un rato más hasta que los padres se retiraron a dormir para dejarles un momento más íntimo a las cinco hermanas Kamiya.
Kaoru aprovechó que ellos se habían ido para abordar a Tokio con sus otras hermanas de testigos.
-Tokio-chan. – empezó con cautela - Quisiera aprovechar este momento para pedirte por favor que tengas cuidado.
Tokio la miró perpleja.
-¿Cuidado con qué? – quiso saber.
-Es que me he enterado de unas cosas sobre Yukishiro-san y…
-¿Enishi? – la interrumpió su hermana para luego atar cabos y ponerse a la defensiva - ¡Ay, no! ¡No me digas que estás ayudando a Chizuru-chan para que nos separemos y ella se lo quede!
-¡Yo no tengo nada que ver con lo que Kaoru-chan está diciendo! – se defendió su hermana menor.
-¡No, no tiene nada que ver con Chizuru-chan!
-¿Entonces de qué se trata?
-Es que… Tokio-chan… - Kaoru no sabía cómo expresarse viendo la reacción de Tokio y que tendría que cuidarse de no nombrar a Tsubame - Enishi Yukishiro es alguien en quien no deberíamos confiar a la ligera, no sabemos mucho sobre él y quién sabe… se dedica a conquistar a jovencitas inocentes y…
Pero una iracunda Tokio no la dejó continuar.
-¡Basta, Kaoru! – la atajó - ¡Lo conozco lo suficiente como para estar segura de él! Además, ¿quién te estuvo diciendo esas cosas?
-Lo siento, no puedo decirlo…
-¿Sabes qué? Yo creo que tú no quieres verme feliz: tú no lo eres, así que no soportas que los demás lo sean. – en el fondo siempre había querido decirle sus verdades a Kaoru en la cara, y ahora que se había atrevido a meterse con su amado Enishi, no desaprovecharía la oportunidad de decirle lo que pensaba de ella - Contra las relaciones de Tomoe y Misao no pudiste hacer nada, pero con la mía, aprovechando la inquina que Himura-san le tiene a mi novio, te crees con el derecho de meterte. Yo no tengo la culpa de que tu noviazgo no haya prosperado. Eres una envidiosa y amargada. – y para rematar dijo, ante la mirada atónita de Kaoru y el resto de sus hermanas - Admite que sólo porque tomaste esa decisión absurda con Himura-san, ahora quieres hacer lo mismo con Enishi.
-¡Tokio-chan, no sabes lo que dices! – exclamó Kaoru con lágrimas en los ojos.
-¡Claro que no sé nada, como siempre! ¿No? ¡Siempre eres tú la que sabe de todo! – seguía despotricando Tokio con furia - ¿Por qué en vez de admitir tu exceso de ego quieres que me equivoque? ¿Acaso es para asegurar tu puesto de hermana moderna y sabelotodo?
-Tokio-chan, sólo quiero protegerte. – las lágrimas ya corrían libremente por las mejillas de una dolida Kaoru.
-Pues no necesito de tu envidia disfrazada de cuidados. – le espetó su hermana - Yo amo a Enishi, y no porque tú no hayas podido cuidar de tu amor tienes derecho a destruir el mío. Enishi es mucho más hombre que Himura-san.
-¡Por favor, dejen de pelear! – pidió Misao con voz chillona y quebrada.
Tokio se acercó para abrazarla.
-Disculpa, Misao-chan pero díselo a Kaoru. – le dijo - Ella fue la que empezó con la discordia y los misterios.
Dicho esto, se retiró a su habitación, dejando a sus hermanas, sobre todo a Kaoru, abatidas y con un muy mal sabor en la boca.
Hagi amanecía a un nuevo día. Pero había algo más en el ambiente que hacía que los bosques alrededor y las hierbas estuvieran más verdes que nunca y los ríos y el mar más caudalosos y cristalinos. Los pájaros cantaban sus exquisitas melodías con un toque de júbilo y las mariposas danzaban llenas de energía y delicadeza, pues era un día especial y había que celebrarlo.
Era el día del amor.
-¡Kami-sama! – graznó una emocionada Misao saltando de su futón - ¡Es hoy! – apenas había dormido y decidió levantarse con el primer rayo de sol. Tokio, con quien compartía la habitación, la imitó saltando por todos lados.
-¡Es hoy y no estás soñando! – gritó extasiada mientras la abrazaba.
A continuación, toda la familia en tropel entró al cuarto para festejar con la futura señora Shishio.
-¡Hoy se casa una hija mía! – gemía Sakura entre lágrimas de dicha.
Después de desayunar y de dar vueltas por toda la casa esperando por el kimono de novia de Misao, vieron que Uki se aproximaba a la casa cargando con la caja y con su habitual rostro grave y taciturno.
-¡Llegó Uki-chan! – anunció Chizuru soltando un grito que dejó sordos a todos.
Uki entró a la casa haciendo una pronunciada reverencia y después de saludar a todos de manera fría pero respetuosa, se dispuso a encerrarse con Misao para alistarla.
Mientras, en la Mansión Shishio, un nervioso Soujiro vestía su Montsuki (kimono negro formal) con ayuda de su padre, quien anudaba el haori-himo (las dos pequeñas cuerdas que sujetan el haori), ya que al pobre muchacho le sudaban las manos.
-A pesar de que los familiares de tu novia se me hacen algo polémicos, es tu responsabilidad formar ahora una buena familia. – le dijo gravemente - Misao es una joven adecuada, con la formación y el estatus suficiente para ser tu esposa.
-Otou-sama…
-Estoy muy feliz por ti, hijo. – terminó de decir Makoto Shishio en un poco frecuente gesto paternal. Luego, pareció acordarse de algo - Ah, me olvidaba: tu hermano mandó este telegrama. – le extendió un papel que Soujiro agarró lleno de expectativa y con ojos y sonrisa brillantes - Mandó sus felicitaciones por el casamiento, pero infelizmente no podrá estar aquí.
Y Soujiro se abatió.
-Hoy es cuando mi hermano me hace más falta que nunca. – murmuró con gesto triste y nostálgico - También me hubiera gustado que mi madre estuviera aquí.
-Recuerdo el día de nuestra boda. – rememoró su padre - Ella vestía un kimono elegantísimo, era la más bella de todas las novias.
Ambos se dieron un caluroso abrazo como pocas veces lo habían hecho y se dispusieron a ultimar detalles antes de partir rumbo al santuario.
Debido a que no quería quedarse atrás y en ridículo yendo sola al Hiru no gui que tendría lugar después de la ceremonia, tanto los dos hombres Katsura como la misma joven le solicitaron a Sanosuke acompañarla a la fiesta. Por su edad, el Barón mismo ya no podía hacer sociales, mientras que su hijo alegó que tenía otras cosas urgentes que hacer ese día. Además, era el deber de Sanosuke como guardaespaldas estar siempre al pendiente de ella en donde fuera.
Megumi también notó, con cierta desconfianza, que su padre y su abuelo no se hablaban desde hacía días. Lo hizo de lado rápidamente, tal vez veía cosas producto de la emoción de ver a Misao casada.
Cuando la joven llegó a la sala principal del castillo con su hermoso kimono con motivos florales, hizo que por un instante Sano se ruborizara. Él la esperaba con un elegante traje tradicional que el Barón mandó comprar para él. Megumi arqueó las cejas y lo miró de pies a cabeza.
-Está muy linda, Kitsune-hime. – le dijo mientras paseaban en el jardín hasta que fuera la hora de ir a la Mansión Shishio.
-Muchas gracias, usted también está muy elegante. – respondió ella con fingida indiferencia.
-Si usted lo dice, Kitsune-hime, debe ser verdad. – suspiró Sano - ¿Va a ir con esa cara? – le preguntó viendo su gesto serio.
Ella lo miró ceñuda.
-Lo acabo de elogiar y usted se burla de mí. – le reprochó.
-Sólo digo que no le queda la tristeza. – replicó el joven con tranquilidad - Pero la elección es suya.
Siguieron caminando por los jardines en silencio.
-Extraño mucho a Kaoru. – dijo Megumi de repente - Tiene razón Sanosuke, estoy sola.
-Kitsune-hime, si necesitas un amigo, aquí estoy. – declaró el joven Sagara.
Megumi lo miró enternecida. Pocas eran las veces y las personas que le ofrecían consuelo y amistad de manera desinteresada; y además, Sanosuke había empezado a tutearla, haciendo que la barrera entre ellos fuera más estrecha. Ella haría lo mismo.
-Al menos me haces reír. – le dijo con una sonrisa mientras tomaba el brazo que su nuevo amigo le ofrecía.
-Y levanta la mirada. – agregó Sano - Mirando hacia abajo no vemos las estrellas.
Ella volvió a sonreírle y él le correspondió.
Aoshi Shinomori y Sayo Amakusa habían llegado a Hagi el día antes de la boda. A pesar de contar el abogado con su propia residencia, Saito insistió en hospedar a su amigo durante esos días para que no permaneciera solo y apartado. Sayo, en cambio, se instaló en la hacienda de su hermano Shogo, quien insistía con que él debiera ser su acompañante en la fiesta de los Shishio y no su novio.
Ese día, tuvieron una discusión a causa de eso.
-Yo soy tu hermano, Sayo. – recalcó Shogo – Ya bastante tengo que soportar el hecho de que te cases con el amigo de Saito, no voy a permitir que llegues sin mí a la recepción de los Shishio.
-Pero Aoshi es mi prometido, Shogo. – replicó dulcemente su hermana, pero luego propuso – ¿Por qué mejor no vamos a buscarlo y vamos los tres juntos?
-De ninguna manera, no quiero tener que verle la cara a ese Lobo para amargarme más. – le espetó su hermano, luego suspiró mirándola con cariño – Si lo que quieres es presentarte a esa fiesta con él, haz lo que quieras. – no podía negarle nada al final – Pero te vas con una doncella. No está bien visto que una joven soltera ande del brazo de un hombre sin alguien que la custodie, por más que ese hombre sea su prometido.
-Te agradezco mucho, hermano. – Sayo le dio un beso en la mejilla que él recibió de buena gana.
-Nos vemos allá. – le dijo a modo de despedida. Al verla irse junto con una criada, se preguntó si no le estaría ocultando algo, ya que percibía que no era la misma de siempre.
Y es que el joven Amakusa no estaba al tanto de que el estado de salud de su hermana se había agravado. Sayo lo mantenía oculto para no mortificarle.
Al llegar a su destino, Sayo le pidió a la doncella que los esperara en el portón; había notado que la puerta estaba abierta y quería darles una amistosa sorpresa a los dos hombres. Su amor a Aoshi le había despertado un sentido del humor que no creyó tener.
Al entrar, la conversación entre los dos amigos en la sala hizo que se detuviera y se agazapara para no ser descubierta mientras escuchaba.
-Tienes muy buen aspecto, Aoshi. – le cumplimentó Saito de buen humor.
-Tú también te ves elegante, mi amigo Coronel. – replicó amablemente Aoshi - ¿Y cómo va la vida de campo? – no habían podido hablar mucho el día anterior luego de su llegada.
-Lo de siempre, ladronzuelos aquí y allá. – resopló el Lobo de Mibu - Felicidades por tu próximo casamiento.
-Muchas gracias.
-Aunque pensé que todavía guardabas esperanzas con Megumi Katsura. – soltó Saito mirándolo perspicaz.
-Las tenía. – dijo Aoshi con un suspiro – Pero es algo que no tenía futuro.
Sayo quedó paralizada en su sitio, con el corazón retorcido por el dolor y la garganta anudada por la desilusión. Así que sí era verdad que él amaba a otra mujer, y que esa mujer era nada más y nada menos que Megumi Katsura, nieta del Barón Gensai. Sintió el peso del desamor cayendo sobre ella y rezó para no tener una crisis de tos en ese momento que la delatara.
-Eso es prueba suficiente. – se dijo a sí misma en un susurro. Ella era el mal tercio en la vida de esos dos.
Decidió volver silenciosamente hacia la puerta para salir y tocar como era debido.
En la mansión Kiyosato, Tsubame bajaba las escaleras con un bello kimono multicolor. Kenshin, quien estaba sentado leyendo algo en la sala, la contempló obnubilado.
-¡No puedo creer que esta niña esté cada vez más linda! – la elogió con una gran sonrisa.
-Gracias, Ani-ue. – respondió al joven - ¿Y tú no estás listo?
-No iré al casamiento, Tsubame-chan. – se excusó el pelirrojo - Akira te acompañará.
El animado rostro de Tsubame se entristeció.
-¿Pero por qué, Kenshin? – preguntó - Quería que me acompañaras.
Kenshin suspiró decaído.
-Entiende que para mí es muy difícil estar en el mismo lugar que…
- …Kaoru. – terminó su hermana menor, luego se despidió - Entiendo, les daré las disculpas de tu parte.
-Diviértete. – le deseó Kenshin.
Momentos después de que Tsubame se marchara, la mente de Kenshin comenzó a carburar de una manera que a él no le gustó nada. La posibilidad de que su hermana se topara con Enishi Yukishiro en la fiesta cruzó por su cabeza como un navajazo, haciendo que el ingeniero abriera los ojos de la desesperación y se recriminara por no haber contemplado dicha eventualidad. Era un encuentro casi seguro, teniendo en cuenta que el desgraciado era novio de una de las hermanas de la novia, y la situación incómoda que se viviría allí sólo terminaría por lastimar más a Tsubame. No lo pensó más y subió rápidamente hacia su habitación para cambiarse. Todavía tenía tiempo para llegar la fiesta de los Shishio.
Nota: Quería explicar brevemente una cosa. Como habrán leído, los invitados a la boda están más entusiasmados por la fiesta que por la ceremonia en sí. Y eso tiene una razón: por lo que he averiguado, en las bodas Shinto, al momento de la ceremonia en el santuario, sólo pueden asistir los familiares de los novios (además de ellos, claro). La parte social y en la que comparten con sus amigos e invitados viene después en la fiesta. Los votos duran como mucho media hora, por lo que supongo que mientras los implicados están celebrando su unión, sus invitados ya los esperan en la fiesta.
