¡Nuevo capítulo!

taskani: Me alegra mucho que te guste y te agradezco el comentario! Es que sí, Kaoru tiene mucho de esa estampa de las heroínas clásicas: Jo, Lizzie, Anne y tantas más... Es genial ver que es un personaje al que se le puede sacar mucho jugo hasta fuera de su personaje! Saludos!

gabyhyatt: Sí, jajaja! Como te comenté, este fic está basado en esa telenovela, con algunos cambios, como seguramente habrás notado. Me pone muy contenta que te guste y espero este capítulo sea de tu agrado. Saludos!


Una vez vestida la novia, sus hermanas y la propia Uki quedaron impresionadas por lo bella que se veía.

-¡Te ves hermosa, Misao-chan! – exclamó Tomoe conmovida.

-Cuando tú te cases, Tomoe-chan, me ganarás. – replicó Misao con una sonrisa.

-Con ese Shiromuko (kimono de novia) tan bonito que tienes, lo dudo.

-Nunca vi una novia más bonita que usted, Misao-sama. – cumplimentó Uki.

-Confieso que viniendo de Tae esperaba un modelo un poco menos adornado. – observó Kaoru, maravillada con la prenda - Pero este es muy lindo y romántico, además de personalizado. Perfecto para ti, Misao-chan.

-Sí… - fue lo único que pudo decir su hermana, pues no quería dejar en evidencia a Uki por el incidente con el Jinete Negro.

-¿Creen que mamá resistirá al ver a la primera de sus hijas que se casa vestida de novia? – bromeó Tokio. Y como leyéndole la mente, justo en ese instante Sakura Kamiya entró a la habitación para quedarse paralizada de la emoción al ver a Misao vestida como ella había querido desde que la trajo al mundo.

-¡Ayyyy! ¡Por Kami-sama y Buda juntos! – empezó a hiperventilar mientras sollozaba - ¡Hija, estás espléndida! ¡Purísima!

-Estoy preparada, mamá… - gimió Misao mientras la abrazaba.

-Desde que naciste, Misao-chan… - decretó su madre apenas conteniendo la dicha - Traje a mis hijas al mundo para que alcanzaran la gracia y la gloria del matrimonio…

Terminaron de acomodarle el Tsuno Kakushi (capucha) y salieron a la sala de la casa, en donde ya listo, Koshijiro Kamiya las esperaba a todas. Quedó de una pieza y con la boca abierta al ver a su querida hija vestida de novia.

-Misao-chan… pareces una princesa. – balbuceó. Luego la abrazó con sumo cuidado y alegría - Es mucha emoción para un padre confiarle su hija a otro hombre y a otra nueva familia… pero sé que hicimos un buen trabajo contigo.

-Papá… - lloró Misao en sus brazos. Pero pronto las risas y las bromas habituales de la familia Kamiya suplieron el momento emotivo, y salieron rumbo al Jinja (santuario) donde los Shishio los esperaban.


Cuando llegaron, vieron que tanto Soujiro como su padre, Makoto Shishio, ya estaban en sus puestos, así como el sacerdote y las sacerdotisas Miko, quienes lo asistirían en la ceremonia. También había músicos contratados para encargarse de la música tradicional durante el ritual. La familia Kamiya ocupó su lugar correspondiente a un lado de los novios.

Sonrojada, Misao no pudo dejar de notar lo guapo que se veía Soujiro con su Montsuki (traje de novio). Él también, por su parte, no podía dejar de admirar la belleza de su futura esposa con ese Shiromuko tan hermoso y distintivo.

Pero quien no traía cara de felicidad, sobre todo después de ver a Misao, era Makoto Shishio.

Pues había reconocido el kimono de novia de su nuera. ¡Era el Shiromuko de Yumi! Se puso pálido del coraje y moría por acusarla de ladrona y usurpadora del lugar de su adorada esposa como señora del Palacio Juppongatana, pero se contuvo. Era el día especial de su hijo, y ante la ausencia del hermano de este, tenía que compensar con creces y asegurarse de que Soujiro no saliera mal parado y disfrutase de su boda. Ya más tarde pediría explicaciones y arreglaría cuentas con esa muchacha.

Aquello fue algo que Misao notó, y aunque no dejaba de sentir culpa por lo sucedido, también entendía que era algo que se había escapado de sus manos, al ser la pobre Uki víctima de un robo peligroso. La protegería de todo esto.

Pero ahora, disfrutaría de su día y su momento con Soujiro.

Comenzada la ceremonia, los novios intercambiaron sus anillos y leyeron sus votos matrimoniales con gran entusiasmo y expectación. Luego, llegó el momento más importante: el ritual llamado San san kudo, en el que bebieron sake en tres cuencos llamados sakazuki. Lo bebieron durante tres veces y en tres sorbos por cada vez, ya que tradicionalmente, los números impares eran considerados de la buena fortuna, y el número tres simbolizaba el cielo, la tierra y el ser humano. De esta manera, Misao y Soujiro sellaron su unión junto a los dioses.

Luego, el sacerdote utilizó una vara sagrada llamada Onusa para bendecir a los novios y también les entregó una rama de Sakaki, una planta sagrada muy utilizada en el Shintoísmo, la cual, al igual que la Onusa, tenía algunos papeles Shide atados en las ramas, otro detalle característico de la religión.

A continuación, también todos los familiares presentes tomaron sake como forma de enviar buenos augurios al flamante matrimonio, y el sacerdote cerró la ceremonia con unas palabras.

Ahora Misao y Soujiro eran marido y mujer. Misao tenía las mejillas arreboladas y el corazón a punto de explotar ante la comprensión de la situación, mientras que Soujiro no podía dejar de mirar a su esposa, de quien se había enamorado apenas la vio. No podía creer que ahora fuese su mujer.

Todos salieron contentos del santuario para dirigirse a la Mansión Shishio y prepararse para el Hirou no gui (fiesta), en donde todos sus amigos y conocidos los esperaban.


Megumi entraba tranquilamente al antiguo palacio de los Shishio a la espera de los festejados, cuando vio con sorpresa que Sayo Amakusa se acercaba a ella apenas puso un pie dentro de la estancia.

-Por favor, Megumi, necesito hablar contigo. – le pidió con preocupación.

La noble se excusó con Sanosuke y se retiró junto a la joven castaña para hablar con más privacidad.

-Confieso que me sorprendiste. – admitió Megumi algo desanimada - Venir de tan lejos y a las apuradas, y en medio de los preparativos de tu casamiento. ¿Viniste sola o acompañada?

-Vine con mi prometido, y mi hermano también está aquí. – respondió Sayo ansiosa - Y es justamente de Aoshi de quien quiero hablarte.

Megumi palideció.

-¿Aoshi-san? – balbuceó. No quería hablar de él. Le dolía.

-Descubrí algo después de que dejaste Kioto. – gemía Sayo mientras retorcía sus manos nerviosamente - Descubrí que… Aoshi te ama, Megumi.

Su interlocutora abrió los ojos como platos.

-¡¿Cómo dices?! – farfulló. Ojalá esto no la metiera en problemas.

-O por lo menos te amó. – continuó Sayo - Pero debo saber antes de casarme si lo amas también. – y agregó con angustia - Si de casualidad interrumpo la felicidad de ustedes dos, dime Megumi…

-Amo a Aoshi, pero como un amigo. – interrumpió Megumi con un graznido trémulo, sin dar lugar a dudas.

Sayo suspiró, más tranquila.

-Disculpa, Megumi. – dijo con una sonrisa que apenas pudo contener - Es que necesitaba esa confirmación. Y ahora estoy tranquila, pues no estoy estorbando en la felicidad de nadie.

-Puedo garantizarte que Aoshi te ama, Sayo. – añadió la joven Katsura con dolor bien disimulado - Y que si alguna vez sintió algo por mí, fue sólo amistad.


Mientras tanto y en otro punto del palacio, su hermano Shogo volvía a abordar al dueño de las tierras siniestradas por el incendio que él mismo provocó, también invitado de la fiesta.

-Espero que logremos cerrar el asunto con un buen acuerdo. – le dijo con tono amenazante.

-Creo que no me queda alternativa… - respondió el hombre con resignación - ¿Cuánto dijo que ofrece por mis tierras?

-Teniendo en cuenta que ya debe haber sólo mala cosecha de esas tierras, creo que será menos de lo que vale. – repuso Shogo como si nada.

-Entonces jugará con mi agonía…

En ese momento, Ikumatsu Kiyosato se interpuso entre ellos y su acuerdo coloquial. Había estado evitando cruzarse con su propio hijo en la fiesta, y en medio de su mal humor vio a los dos hombres hablando, apartados del resto. Los reconoció como Shogo Amakusa y el dueño de la hacienda afectada por el fuego del supuesto Jinete Negro. Vio su oportunidad como empresaria.

-Buenos días, señores. – saludó con altivez - Es bueno llegar a tiempo a esta improvisada subasta matrimonial. – miró al hacendado - Le pago el doble de la oferta de ese hombre.

Shogo Amakusa no podía creer en la osadía de esa mujer. No se dejaría amedrentar.

-Por lo visto su marido no le enseñó la etiqueta en los negocios y en las reuniones sociales. – le espetó enojado.

-Aprendí sola a separar a los competidores respetables de los despreciables. – le rebatió ella - En todo caso, es usted quien no tiene educación al abordar al señor en una fiesta.

-¿Cómo osa entrometerse en mi negociación? – Amakusa estaba a punto de estallar de rabia.

-Le advertí que un día nos toparíamos con intereses comunes. – le recordó la mujer con frialdad e indiferencia - Pero no se aflija tanto, Amakusa-san, es parte de las reglas del mercado que el dueño de las tierras acepte la propuesta o no.

-Yo acepto, Kiyosato-san. – se apresuró el pobre hombre, necesitado de dinero y de librarse de una hacienda que ya no le rendiría a corto plazo.

-En este punto es bueno hacerlo todo como se debe. – le informó amablemente Shura, quien estaba junto a Ikumatsu - Lo citaremos para cerrar la negociación como corresponde. – el hacendado aceptó agradecido y se retiró contento para disfrutar de la fiesta.

Shogo miró a las dos mujeres con rencor.

-Ustedes dos se arrepentirán de esto. – les amenazó - No están en la civilización, el campo aún es muy peligroso. Si hubiera aceptado mi propuesta tendría en mí a un protector y aliado.

-¿Debo entender eso como una amenaza? – increpó Ikumatsu, ofendida.

-Lamento su pésima decisión. – fue lo único que respondió él con odio para después largarse de allí.


Kenshin llegó a la Mansión Shishio, y a la primera persona que se encontró fue a Kaoru, quien también acababa de llegar junto a su familia. Se miraron por unos instantes.

-Kaoru-dono…

-Kenshin…

-No vine a molestarte, sólo vengo a buscar a Tsubame. – dijo él recuperando la compostura - Temo que se encuentre con Enishi.

-Él no vino. – dijo la chica, pues había escuchado de Tokio que se sentía enfermo.

-Menos mal. – suspiró el pelirrojo - No sólo por mi hermana, sino por la incomodidad que pudiera provocarle a otras muchachas.

-Kenshin, si fueras más claro sobre tus reservas con Enishi, yo podría ser un poco más contundente con mi hermana. – le regañó Kaoru.

-Si confiaras en mí, mis impresiones bastarían. – la contradijo él, también molesto - Lo que puedo decirte es que no le deseo a Tokio-dono lo que le sucedió a Tsubame. Enishi es peligroso.

-Veo que ustedes no se cansan de atacar y juzgar a Enishi, aun estando separados. – dijo una voz airada detrás de ellos.

Era Tokio, quien los miraba con el ceño fruncido. Estaba harta de todas esas acusaciones sin sentido contra su novio.

-Tokio-dono, no tengo intención de meterme en su intimidad, sólo le aviso. – se apresuró a decir Kenshin.

-¿Qué le molesta, Himura-san? – inquirió la joven - ¿El hecho de que Enishi no es víctima de las convenciones, como usted? ¿Y que por eso no es admirado por las mujeres y los hombres? Mi novio es un hombre hecho y derecho, y sincero.

-Estás ciega de amor, Tokio. – intervino Kaoru, poniéndose del lado de Kenshin - Y así es imposible conversar.

-Pues prefiero mil veces mi ceguera que la tuya, Kaoru, que eres fría e insensible. – le lanzó su hermana con resentimiento.

-¡Tokio! – se escandalizó ella.

-Tokio-dono, mi asunto con Yukishiro es personal, pero espero de verdad que él se haya vuelto todo eso que usted dice. – le deseó el ingeniero con sinceridad.

-A mí no me interesa la opinión de ustedes. – espetó la joven para luego dar la media vuelta y alejarse de ellos. Sentía que por algún extraño motivo, ambos complotaban para alejarla de Enishi.


Entretanto, en una de las habitaciones del palacio, Misao no la pasaba bien. Estaba siendo enfrentada por su suegro a causa del Shiromuko de Yumi.

-¡¿Pero qué fue eso?! – exigió Makoto Shishio hecho una furia - ¡Ese era el kimono de Yumi!

-¡Lamento mucho no haber dicho nada! – se lamentó Misao, ya vestida con su kimono de fiesta. Soujiro estaba a su lado.

-¡¿De dónde lo tomaste?! – insistía el otro con su acusación - ¡Estaba en los aposentos de Yumi!

-Confieso que también me gustaría saber cómo fue que el kimono de mi madre fue a parar a tus manos, Misao. – admitió Soujiro, mucho más conciliador que su padre.

Pero ella estaba dispuesta a proteger a Uki del embrollo en el que estaban metidas. La joven Sagara había sido víctima del robo a manos del Jinete Negro, y confesar eso sólo haría que la culpa fuera dirigida a ella, dejándola en la calle por supuesta negligencia. No permitiría eso.

-Mi curiosidad hizo que entrara al cuarto de Yumi-san. – mintió - Y cuando vi el Shiromuko, pensé que no habría problema si le hacía un homenaje a la madre de mi esposo, a quien no tuve el placer de conocer.

-Esa ala del palacio está prohibida. – despotricó Shishio - ¡Nunca más vayas allá!

-¡Le prometo que nunca más volverá a suceder! – chilló Misao, tratando de dar el caso como cerrado.

-Misao, tú no sabías. – intervino Soujiro con una sonrisa - Entendemos tus buenas intenciones. – y agregó, más animado - Ahora volvamos todos a la fiesta.


Aoshi detectó a Megumi dando vueltas sola en la fiesta, por lo que decidió acercarse y hablarle.

-¡Megumi! – la llamó - ¿Cómo estás?

Si antes con lo de Sayo estaba desanimada, ahora con Aoshi se sentía hundida.

-¡Así que estás de regreso! – exclamó fingiendo alegría - ¡Y trajiste a Sayo contigo!

-Sí… Y tú, ¿estás acompañada?

-¡Sí! ¡Lo estoy! – y señaló hacia donde estaba Sanosuke hablando con algunos conocidos - ¡Allá está él!

Aoshi alzó las cejas.

-¿Sanosuke Sagara? Qué sorpresa… - admitió - Estoy feliz porque tus afectos incluyen a otras clases sociales. – en ese momento, apareció su prometida, lo cual redobló el sufrimiento de la joven noble - Sayo, Megumi tiene un novio, y corre peligro de perder el título de casamentera. – le informó Aoshi.

Sayo quedó con la boca abierta.

-¿Y por qué no dijiste eso antes? – le reprochó con complicidad.

-¡Porque todavía nos estamos conociendo! – mintió Megumi. Lo único que quería era que se fueran. Y como si Kami-sama la escuchara, vieron que los flamantes esposos llegaban para abrir la pista de baile con un vals europeo.

-¡Aoshi! Es nuestra melodía preferida, vamos a bailar. – se emocionó Sayo. Aoshi asintió y excusándose con la chica, se alejaron para danzar.

Megumi soltó todo el aire que contenía de la tensión, y mientras se desinflaba, Sanosuke apareció cerca de ella en la mesa de bocadillos. Aprovechó y se aproximó a él.

-¿Quieres bailar? – le propuso entre dientes mientras hacía de cuenta que elegía algún aperitivo.

Sano tuvo que escarbarse el oído con el meñique, pues creía haber escuchado mal.

-¿Cómo dijiste, Kitsune-hime? – preguntó sorprendido.

-Que si quieres bailar conmigo… por favor. – volvió a pedírselo ella, harta.

-Corre por tu cuenta y riesgo. – le advirtió él guiñándole un ojo y metiéndose a la boca un par de gyozas - Después no querrás despegarte de mi lado. – le ofreció el brazo y ella lo tomó para dirigirse al centro del salón.


La fiesta duró casi todo el día, y ya para el anochecer todos volvieron a sus casas cansados y felices por los recién casados y por la comilona dada. Salvo los hermanos Himura que se habían retirado un poco antes y llegaban a la mansión Kiyosato cuando el último rayo de sol desapareció en el horizonte.

-Quería quedarme un poco más en la fiesta. – comentó Tsubame algo molesta mientras se sentaban en el jardín para contemplar las luciérnagas. Se había dado cuenta de las razones de su hermano por cambiar de opinión y presentarse en el festejo. Además de que no le había quitado la vista de encima en todo el día, como si la vigilara.

-No sería un problema que te quedaras, pero pensé que ya era suficiente. – contestó el pelirrojo como si nada.

-Tenías miedo de que me encontrara con Enishi. – lo enfrentó ella - Sé que fuiste a la fiesta para evitarlo.

-¿Pero de dónde sacas eso, Tsubame-chan? – trató de desentenderse Kenshin.

-Kaoru me contó que ahora vive en Hagi y que incluso corteja a una de sus hermanas. – comentó la joven secamente.

-Kaoru-dono no tenía ese derecho.

-Tú tampoco tenías el derecho de exponer mis intimidades con tu novia.

-No seas injusta. – replicó su hermano con el ceño fruncido - Siempre evité ese asunto con ella, justamente para no exponerte. Ella debió haberlo sospechado por mi rivalidad con él.

Fue allí que Tsubame lo miró a los ojos con expresión triste.

-¿Y ahora pretenderás acompañarme día y noche para que no me encuentre con él? – inquirió.

-Ya no hay mucho que hacer. – respondió él - De hecho, si fuera por mí, no tendríamos esta conversación. Hago de todo para evitarte recuerdos de ese disgusto y lo sabes.

-¡Está superado! – exclamó ella, harta de que la trataran como una niña o una criatura desprotegida y tonta.

-¡No, no lo está! – exclamó Kenshin a su vez, atajándole la mirada, lo cual hizo que ella desviara la suya - Tu boca dice lo que tu mente se condicionó a decir, pero tu cuerpo desmiente y revela tus verdaderas emociones.

Tsubame no dijo nada por un buen rato, hasta que, al final, se levantó del banco y con lágrimas en los ojos volvió a mirar a su hermano.

-¿Cómo podría querer a un hombre que nunca luchó por mí? – sollozó para acto seguido correr hacia el interior de la casa, a sus aposentos. Kenshin sólo se limitó a suspirar y tomarse la cabeza con las manos.


Sanosuke traía a una adolorida Megumi hasta su cuarto. La joven noble había bailado con él toda la fiesta y sus pies no daban más. Si bien era asidua a encuentros sociales, jamás había bailado más allá de danzas lentas y minués europeos. Pero el joven Sano, para disgusto de Makoto Shishio, le había pedido encarecidamente a la orquesta de músicos que tocaran canciones dignas de festivales, convirtiendo el patio del apacible y aristocrático lugar en la sede de una suerte de Bon Odori (festival de verano). Todos se divirtieron y bailaron hasta hartarse.

-No necesitabas traerme hasta aquí. – dijo la chica una vez que el muchacho la soltó - Muchas gracias, Sanosuke, disfruté mucho de este día.

-Soy bueno en esas cosas. – respondió él con una sonrisa.

Megumi se sentó con una mueca sobre su futón y comenzó a masajearse los pies. No contó con que el joven Sagara se pondría de rodillas frente a ella para ayudarla en la faena. La noble se sonrojó sobremanera, pues ningún hombre en su vida la había tocado de ese modo, sólo su padre y su abuelo para abrazarla, pero ciertamente nadie para masajearle los pies.

Sanosuke tocaba con delicadeza los pies de Megumi; eran suaves y lo tentaban a subir las manos más allá, pero se contuvo. Levantó la mirada y se encontró con la de la chica Katsura, quien tenía las mejillas arreboladas.

-Bueno… - musitó Megumi alejando sus pies.

-Bueno. – le seguía el juego él sin moverse de su sitio y mirándola a la cara.

-Buenas… - murmuró ella quieta.

-…noches. – terminó él acercándose cada vez más.

Y en una fracción de segundo, se arrojó sobre la boca de la hija de su patrón, algo que inconscientemente deseaba desde hacía mucho tiempo, desde que se conocieron. Al principio, Megumi se resistió, pero poco a poco fue cediendo a los movimientos dictados por la boca del muchacho. Estuvieron así, besándose un buen rato, ambos sentados y disfrutándose el uno al otro. Por un momento, Megumi se olvidó de sus problemas con Aoshi y Sano de su deslumbramiento por Kaoru. Eran ellos dos y nadie más.

Pero cuando notó que el cuerpo del chico la empezaba a llevarla de espaladas al futón, Megumi reaccionó y lo empujó lejos, poniéndose de pie a pesar del dolor y con el bochorno pintado en el rostro.

-¡Lo sabía! – chilló tapándose la boca hinchada y con el rostro colorado como un tomate. Había sido su primer beso y estaba indignada - ¡Sabía que eras un aprovechado desde la primera vez que apareciste por aquí!

-Pues me disculpas, Kitsune-hime, pero yo no besé solo. – le retrucó burlonamente Sano mientras se incorporaba.

-¡Pero tú lo comenzaste! – insistió la otra desesperada - ¿Por qué lo hiciste?

-Me dejé llevar por el momento, y tengo la impresión de que tú también. – respondió el joven, esta vez serio y con ganas de repetir el momento. Megumi lo notó y se echó para atrás.

-¿Yo? – balbuceó incrédula.

-¡Claro! – clamó Sano - Porque tenemos el corazón herido, y pensé que podríamos ayudarnos.

Eso sólo incrementó el estado de ofuscación y enojo en Megumi Katsura.

-¡Pues a mí no me hace falta ninguna ayuda! – siseó colérica - ¡Entendiste todo mal! ¡Te dije que disfruté de la boda contigo sólo porque le dije a Aoshi que estaba acompañada!

Ahora era el turno de Sanosuke para enojarse.

-¡¿Qué?! – se ofendió - ¿Me usaste para darle celos a un hombre?

-¿Vas a decir que tú no presumiste conmigo para que todo Hagi nos viera? – le lanzó Megumi - ¡Y quizás hasta para provocar a Kaoru!

-Debí suponer que alguien como la Kitsune-hime jamás se fijaría en un andrajoso como yo, a no ser que lo necesitara para sus jueguitos. – le devolvió él con veneno.

-¡No soy esa persona abominable de la que estás hablando! – se defendió la chica - ¡De verdad me divertí contigo!

-¡No necesito de las migajas que me das! – exclamó Sano airado. Había pensado por un instante que podría ver más allá de su presente, sólo para ser burlado en cuestión de segundos y durante toda una fiesta, a su parecer - ¡Adiós! – salió hecho un diablo de la habitación de la noble, dejándola sola y cavilando sobre lo que acababa de suceder.

Sin duda, ninguno de los dos dormiría esa noche.


Tokio llegaba alegremente a la posada donde se hospedaba Enishi, con una caja de golosinas que había logrado conseguir en la fiesta.

-¡Enishi-kun! – chilló emocionada mientras él la recibía con una sonrisa - ¡Te traje unas golosinas de la fiesta!

Pero el peliblanco tenía una misión para consigo mismo esa noche, y unos planes placenteros que incluían a la joven frente a él.

-Pues para mí no hay cosa más dulce que un beso apasionado tuyo. – replicó estampándole un ardiente beso que ella recibió con gusto y amor. Qué equivocados estaban Kenshin y Kaoru, eran simplemente un par de amargados incapaces de conocer y valorar el amor de verdad, ese amor de los cuentos, novelas y canciones. Ese amor que ella encontraba en Enishi y nadie más.

Cuando se separaron, vio que el joven la miraba con un extraño brillo en los ojos. Como un depredador acechando a su presa.

-¿Enishi? – preguntó ella tragando saliva.

Él la tomó de la mano, guiándola disimuladamente hacia el futón.

-¿Sabes que tu amor me fortalece y me guía? – empezó a endulzarle el oídos con palabras melosas - A pesar de que no ha sido consumado porque no me tienes confianza…

Pero Tokio no era tonta, y sabía del rumbo que estaban tomando las palabras de su novio. Y lo quería. Lo deseaba tanto como él, y estaba dispuesta a hacer que sucediera. Esta era la prueba irrefutable de un amor como ningún otro, capaz de enfrentar convencionalismos y tradiciones en pos de los sentimientos nacidos del corazón y entregados con el alma.

-Mi corazón no cabe en mí de tanta pasión, Enishi. – le dijo ella dulcemente mientras le cubría el rostro de besos - Quiero ser enteramente tuya…

Enishi no cabía de la satisfacción. Había sido tremendamente fácil y no le había costado trabajo convencerla.

-Siento el mismo desbordamiento que tú. – declaró alborozado en lo que besaba su cuello - Eres la razón de mi existencia.

-Pues yo sólo me reconozco en ti.

-Ya no digas nada. – la calló él - Dos cuerpos y dos almas flameantes como las nuestras nacieron para estar juntas para siempre.

-Te amo, Enishi. – afirmó Tokio con lágrimas de felicidad en los ojos. La felicidad de entregarse al ser amado sin reservas ni restricciones.

Ambos se besaron hasta caer sobre el futón, para luego comenzar a desvestirse y a explorar sus cuerpos por primera vez.


Misao estaba aterrada.

Ya estaba aseada y sabía que Soujiro la esperaba en la habitación que a partir de ese momento sería de ellos, también ya bañado y realizando los rituales correspondientes a la noche de bodas.

Había sido bien informada en los días previos sobre el contenido de esta noche, lo cual fue un antes y un después para la joven. Amaba a Soujiro como a nadie, pero simplemente el panorama no pintaba bien para ella. Por lo menos lo consideraba así.

Corrió la puerta de shoji y entró en la habitación, dejándose embriagar por el perfume florar de las velas y las luces tenues de las lámparas dispuestas por su ahora esposo. Él la esperaba de rodillas frente a los futones en donde pasarían su primer anoche como marido y mujer. Si bien la ambientación la había tranquilizado un poco, de nuevo volvía a ponerse nerviosa.

Ella también se posicionó frente al joven doctor. Fue entonces que él habló, inclinándose ante ella.

-Misao, mi señora esposa. Gracias por haberme hecho merecedor de tu mano y de tu infinito amor, prometo que siempre encontrarás en mí al amigo y amante esposo que estoy destinado a ser. Jamás te dejaré sola y juro que te amaré hasta el día de mi muerte. Gracias a ti, he conocido un mundo de magia e imaginación en donde tú eres la diosa que todo lo crea y vela por mí. Sigue iluminando mi oscuro mundo, mi querida Misao.

La joven tuvo el impulso loco de lanzarse sobre él para besarlo, estaba muy conmovida por esas palabras, sabiendo que realmente venían desde el fondo de su corazón. Ahora era su turno, y se inclinó ante él.

-Soujiro, mi señor esposo. Es a ti a quien debo dar las gracias por aceptarme como tu esposa, prometo hacerte feliz y ser tu constante compañera en tus alegrías y tristezas, no dudes que siempre estaré allí para ti. Eres la persona más amable y servicial que he conocido, no sólo como hombre, sino también como médico. Tienes mi admiración infinita por dedicarte a los demás y ser el hombre más comprensivo de todos. Te amo, mi querido Soujiro.

A continuación, él procedió a peinar sus cabellos de manera delicada, pero aun así, ni esa acción, y ya ni los perfumes ni los sahumerios podían calmar los temblores de Misao, quien estaba a un paso de darse cachetadas a sí misma para ver si se tranquilizaba. Soujiro lo notó, y con paciencia la llevó hacia los futones, y una vez allí, acunó su rostro con las manos.

-Cada vez que te sientas así, en mi regazo te acogeré. – le dijo el joven con dulzura - Seré el guardián de tu paz para siempre, pero hoy no tienes por qué temer. Ahora sólo somos un corazón y un solo cuerpo.

Misao sólo lo miraba con ojos brillantes y con la devoción embargándolos. Y fue allí que Soujiro la besó de una manera tan tierna y lenta, que la chica creyó desvanecerse allí mismo. Pero se controló, menudo desastre sería si se desmayaba en plena noche importante. Le siguió el ritmo con premura y amor hasta que el beso se tornó más apasionado, sintiendo cómo él la despojaba poco a poco de su yukata. Y ella procedió a imitarlo.

Y fue así, con la luz de la luna y las lámparas como testigos, que Misao y Soujiro se convirtieron en marido y mujer en todos los sentidos.


En su habitación en la mansión Kiyosato, Kenshin daba vueltas como un insomne, pues en efecto así se sentía. Estaba tan inquieto que sabía que no podría pegar un ojo si no hacía algo. ¿Pero qué?

Había quedado bastante tocado con el asunto resucitado de Tsubame y Enishi, más su propia situación con Kaoru. Y a eso se le agregaba la no menos importante cuestión entre el desgraciado de Yukishiro y Tokio Kamiya.

En ese momento, decidió hacer lo que siempre había resistido: contarle la verdad a Kaoru sobre Enishi y la relación con su hermana. Sentía que le debía esa confesión a la kendoka, no sólo para sincerarse él (a falta de decirle la verdad sobre Battousai), sino también para que la joven, siendo juiciosa como era, estuviera alerta con su propia hermana. No quería que la historia se repitiera y estaba seguro de que Kaoru sabría comprenderlo y tomar cartas en el asunto respecto a su familia.

Así que tomó pluma, tintero y papel para comenzar su carta.

Kaoru-dono:

Me tomé la libertad de escribirte, pero no te alarmes, no voy a renovar mi petición de matrimonio que tanto te molestó. No tengo intención de causarte dolor, y sé que por el momento y por una cuestión de sentimientos, tu reacción será no leer esta carta. Te pido entonces que lo hagas por tu sentido de justicia, el mismo que tengo conmigo y que me hace escribir estas palabras.

Es preciso que hablemos de Enishi Yukishiro y de tu hermana Tokio. Temo por ella. Temo porque él quiera deshonrar y dejar en el olvido a tu ingenua hermana. Fue eso lo que hizo con la mía, mi querida Tsubame. Por eso, a pesar de tener que exponer a mi adorada hermana, me siento en la obligación de contarte todo. Espero que no sea demasiado tarde para Tokio. Esos son momentos que me gustaría olvidar, y ninguna obligación, salvo esta, me haría romper mi promesa de secreto.

Cuando mi madre falleció, mi padre se hundió en una gran depresión, haciendo que tuviéramos problemas. Enishi Yukishiro era amado por mi padre y querido por mí, pero luego su verdadera cara salió a la luz. Él se lanzó sobre Tsubame como se lanza ahora sobre Tokio. Todo fue calculado, no hay duda: toques, miradas y poemas de segunda como sólo él sabe hacerlo, excitando la imaginación ingenua de las muchachas que no tuvieron o a quienes no les dimos la oportunidad de conocer el mundo más allá de sus casas y sus familias que las protegen. Se volvieron así presas fáciles de canallas como Enishi Yukishiro. Yo intenté alejarlos, pues preví un desastre para mi hermana; la inscribí en un colegio de señoritas sabiendo de la avaricia del seductor. A él le ofrecí dinero para que se fuera y lo aceptó inmediatamente.

El ataque sucedió cuando Tsubame fue a la escuela: Enishi de algún modo se comunicó con ella, y con promesas de aventuras sedujo a mi hermana. Con dinero en el bolsillo y su objetivo de conquistador alcanzado, él se fue, echándonos la culpa a mí y a mi padre, diciendo que no aceptaríamos un enlace entre los dos. Una triple traición, cuyos detalles tristes nunca tuvimos el valor de contarle a Tsubame y que pesan en mi corazón sólo de escribir estas líneas. Kaoru-dono, Enishi es un canalla que va a destruir la vida de tu hermana…

Más tarde, frente a la residencia de los Kamiya y viendo con pesar que no podría ver a Kaoru personalmente dada la avanzada hora de la noche, decidió dejar la carta a su nombre a través de la pequeña rendija de la desvencijada ventana de su habitación. Estaba tan ansioso que no podía esperar hasta el día siguiente para entregársela, además, bajo riesgo de ser echado de la casa. Por suerte, si no lo encontraba ella lo haría Tomoe, y la chica no era tan indiscreta como para leer una carta dirigida a su hermana. Suspiró y se fue.


A la mañana siguiente, el sol alumbró de manera pálida a Hagi, como preparándolo para los acontecimientos que se vendrían.

Recostada en su cama y muy pensativa, Tsubame no dejaba de pensar en la discusión con su hermano el día anterior, ni en Enishi y su nueva conquista. Se sentía no sólo confundida, sino también presionada a no dar un paso en falso o salirse siquiera de la vista de su padre y de su hermano. Shura entró con una bandeja para ella, pues no había bajado a desayunar con el resto de los habitantes de la casa.

-Quería hablar contigo, Shura-san, desde que llegué. – le dijo a modo de saludo.

Shura se emocionó.

-¿De verdad? ¿Por qué no me buscaste? – graznó - ¡Podemos ser amigas! Por lo menos algo en común tenemos: un inmenso cariño por tu hermano.

-Claro. – concordó la joven con cautela - ¿Fue por eso que mandaste esos telegramas a mi padre, contándole sobre la relación de Kenshin con Kaoru? ¿Acaso eres espía de mi padre?

La mujer la miró descolocada. De un momento a otro había pasado a de ser invitada a una conversación a ser acusada. Maldita mocosa. No la dejaba en su lugar sólo porque era hermana de su Ken-san, y necesitaba hacerla su aliada.

-¿Espía, yo? – balbuceó con inocencia - No… por favor, no me culpes de hablar del hombre que amo.

Aquello sorprendió a Tsubame.

-¿Lo amas? – inquirió.

-Sí… amo a tu hermano. – respondió ella humildemente y con la cabeza gacha. A ver si así lograba conseguir su empatía.

-¿Y Kenshin sabe eso? – quiso saber la chica.

-¡No! Él no sabe ni puede saber… - se desesperó Shura - Es mi secreto, ¡lo guardo en mi pecho desde hace años! Por eso le escribí a tu padre, por celos y preocupación. No quisiera sabotear la felicidad de Kenshin, fue porque me di cuenta de que Kaoru no lo amaba como…

-¿Como tú lo amas?

-Como él la ama. – corrigió Shura con decisión - Kaoru Kamiya es una muchacha egoísta que sólo piensa en sus propios deseos.

-No es esa la impresión que tuve de ella. – observó Tsubame con sinceridad.

-Lo sé. A mí también me encantó Kaoru cuando la conocí. – concordó Shura con malicia - Pero con el tiempo, me di cuenta de que ella usa sus atributos para herir y para manipular… ¡Rechazó la petición de matrimonio de Kenshin! – Tsubame dio un brinco de la sorpresa. Eso sí que era una novedad - ¿Qué mujer haría eso con el hombre que ama?


En la posada de Hagi, Enishi Yukishiro arreglaba silenciosamente sus cosas mientras contemplaba la forma desnuda de Tokio durmiendo profundamente bajo las sábanas casi translúcidas. Había sido una buena noche y la chica no fue nada remilgosa a la hora de experimentar por primera vez la unión del amor… unilateral. Sonrió para sí mismo. Había logrado su objetivo como casanova y sinceramente ya no tenía nada más que hacer allí. Además, la presencia de Himura complicaba mucho su libre albedrío por el pueblo, así que entre antes se largara para no verle más las greñas pelirrojas a ese tipo, mejor.

En su apuro y despreocupación por los detalles, se colocó encima una vieja capa negra de viaje que tenía en el fondo de su baúl. Miró a la joven que dormía y colocó a su lado una carta mientras susurraba, más para sí mismo que para ella:

-Un ángel bello e incauto, piel de satín, labios de carmín, cuerpo de mujer y la inocencia de quien se entrega al amor. Misión cumplida por aquí. Es hora de nuevos parajes y quizás nuevas mujeres. – y con una nueva mueca de burla en lo que le tiraba un beso a Tokio, salió de la habitación. En la recepción, no sólo pagó por su estadía, sino que también un extra más para que no desalojaran a la joven de manera vergonzosa. Ya que se había entregado a él de buen grado, lo menos que podía hacer como caballero era dejarla dormir plácidamente un poco más.

En ese momento, Tokio despertaba con una felicidad que no le cabía en el pecho. Había pasado la mejor noche de su vida en compañía del hombre que amaba y que la amaba. Y no sólo eso: se había entregado a él sin condiciones, un acto digno del amor que un hombre y una mujer debían tenerse. No le importaba el probable regaño y castigo que recibiría al llegar a casa habiendo pasado la noche en otro lado; buscaría una excusa que aplacara a sus padres. Además, confiaba ciegamente que después de esta prueba de amor, Enishi al fin pediría su mano en casamiento. Lo que hicieron fue sólo un adelanto de lo que harían toda la vida.

Con pereza, se dio la vuelta en busca del cuerpo de su amante a su lado. Pero no estaba.

-¿Enishi? – lo llamó extrañada. Supuso entonces que estaría en el baño o pidiendo el desayuno, pero esos pensamientos quedaron barridos al ver que sus pertenencias no se hallaban por ningún lado. Algo nerviosa, vio una hoja a su lado. Qué bueno, seguro era una nota diciéndole que buscaba algo y regresaría de un momento a otro. Tenía que ser eso.

Pero a medida que leía la carta, su rostro se deformaba del dolor y las lágrimas comenzaban a salir a raudales de sus ojos, sin poder creer lo que decían esas líneas.

Mi amor:

Esta noche fue de ensueño, pasión y melancolía al tomarte en mis brazos y ser dueño de tu pureza, y me di cuenta de cuánto ese amor enreda mi corazón. Pero un poeta no se entrega a su propia voluntad, sino al ideal de recorrer los caminos con su poesía. Amar es casi un castigo y el poeta es del mundo. Debo partir con mi amor.

Tokio arrugó la misiva y comenzó a llorar desconsoladamente. En una fracción de segundo, había pasado de ser la mujer más feliz del mundo y futura novia, a ser un objeto seducido y abandonado. Había sido una idiota… Enishi la había abandonado.


El susodicho marchaba alegremente hacia el puesto de carruajes, en donde se pagaría un asiento hasta Masuda. Su plan era recorrer todas las ciudades costeras mientras pudiera, divertirse y vivir a su antojo hasta que el dinero le dijera basta y tuviera que volver a Kioto para asegurarse de una vez a su futura gallina de los huevos de oro.

Iba muy orondo por las calles aún desiertas de Hagi, y tal perspectiva de felicidad hizo que no notara a Shogo Amakusa y a sus hombres yendo hacia él. Y con cara de pocos amigos.

-Te atrapamos, Jinete Negro. – declaró el hacendado mientras él y sus hombres lo rodeaban.

Enishi no entendía nada.

-¿Yo, el Jinete Negro? – farfulló.

Amakusa no sabía si enfurecerse aún más con él o ponerse contento de por fin atrapar a ese personaje que tanto le complicaba la vida. Sus matones se la pasaban día y noche haciendo guardia por Hagi y los alrededores en su afán de atrapar al justiciero in fraganti. Y al fin se le había dado.

-¡Sí! – bramó - ¡¿Cómo explicas que temprano en la mañana estés huyendo de la ciudad?! ¡Y con tus ropajes negros! – la gente salía de sus casas y ya se aglutinaba alrededor de ellos.

-¡Aquí hay un gran malentendido! – trató de defenderse el peliblanco algo asustado, pues sabía que ese sujeto era de temer.

-Agárrenlo. – ordenó Amakusa.

A continuación, sus secuaces procedieron a reducirlo a golpes y a tirarlo al suelo para luego patearlo hasta que no le quedara nada de aliento.

-¡No hice nada! – gemía Enishi con la cara ensangrentada.

Shogo Amakusa se le acercó con una sonrisa diabólica.

-Pensaste que no te descubriría, y lo hago justo cuando estabas huyendo. – gruñó como un animal hambriento - ¡Arrodíllate! Y ahora confiesa los crímenes que llevaste a cabo detrás de la máscara del Jinete Negro.

-¡No soy el Jinete Negro!

Kaoru, quien pasaba por ahí para hacer las compras del desayuno y en compañía de Tae, rápidamente corrió a ponerse frente al joven masacrado, dejando a su amiga atrás.

-¡Aquí nadie va a cometer actos violentos! – vociferó la kendoka - ¡Jinete o no, él merece un juicio justo!

-Pues él tendrá su juicio, Kaoru-san. – replicó Amakusa con fingida amabilidad - Con nuestras propias manos.

-Pues debemos calmarnos y mantener la compostura, Amakusa-san. – insistió Kaoru.

-¡Entonces la decisión la tendrán los ciudadanos! – exclamó a su vez el empresario - ¿Prisión o justicia inmediata?

-¡Acaben con él! – clamaba todo Hagi con energía, pues casi todos los habitantes, y gracias a Shogo Amakusa, creían que el Jinete Negro era un delincuente mandado por el mal para acabar con la paz y la tranquilidad de las buenas gentes. En ese momento, Tae llegó junto a ellos, y al ver a Enishi, palideció.

-¡Enishi! – chilló conmocionada - ¿Qué está sucediendo? ¿Por qué estás aquí y por qué estos hombres te tienen agarrado de ese modo?

Kaoru, Shogo y medio Hagi se dieron la vuelta para mirarla, confundidos.

-Tae… ¿conoces a Yukishiro-san? – preguntó Kaoru con cautela.

-¡Claro! – exclamó ella - ¡Es mi novio! – Kaoru abrió los ojos como platos - ¿Pero por qué está de rodillas?

-Porque él es el Jinete Negro. – explicó Amakusa, ya recobrando la compostura - Un criminal.

-¿Enishi? – bufó la joven - ¡Imposible!

Una atribulada Tokio se abría paso entre la gente, habiendo escuchado todo. Lo cual desgarraba aún más su ya roto corazón. Kaoru frunció el ceño, alarmada: no sabía que su hermana no había pasado la noche en la casa. Aunque a decir verdad, anoche habían llegado todos cansados y algo tomados como para notar la desaparición de Tokio.

Y lo que más la alarmaba aún era la suposición de dónde había dormido la chica, suposición que, por cómo se estaban dando las cosas, era un hecho. El temor invadió su pecho.

-Tú me hiciste pensar que entre nosotros había… algo. – le murmuró la chica a Enishi - Que sentías algo especial por mí… pero era todo mentira… yo creí en tu poesía cínica… pero todo era por un capricho… y por eso me abandonaste… - y corrió calle abajo hecha un mar de lágrimas, ante las miradas confusas de la gente.

-¡Tokio! – la llamó Kaoru en vano. En ese momento, apareció Saito con su comitiva de oficiales.

-¿Sucedió algo con Tokio-san? – preguntó él con preocupación.

-Sucedieron cosas terribles, coronel. – respondió Kaoru con un nudo en la garganta - Nunca vi a mi hermana así, pero si ella quiere estar sola, será mejor que no la invadamos.

El Lobo de Mibu sólo asintió y pasó a observar el circo que se desplegaba frente a él.

-¡Las cosas aquí se harán de acuerdo a la Ley! – vociferó - ¡Arresten a este hombre para que la justicia se cumpla!

Pero Shogo Amakusa no dejaría que las cosas se dieran así como así.

-Coronel Saito, el pueblo ya lo decidió. – lo contradijo.

-¡Esto no es el pueblo, es una turba! – le soltó el aludido con decisión - ¡Y por eso estoy aquí, para que se cumpla la Ley!

Los oficiales procedieron a apartar a los hombres de Amakusa y a esposar a Enishi para llevarlo al cuartel.

-¡Tae, mi amor! – gimoteaba él mientras era arrastrado - ¡Te lo puedo explicar!

-Yo creo que no. – le lanzó ella, quien a juzgar por lo que había escuchado, había llegado a conclusiones poco felices para ella. Pero en el fondo respiraba tranquila.

Minutos más tarde, ella y Kaoru tomaban un aperitivo rápido en la confitería del lugar.

-Tae-chan, ¿cómo pudiste involucrarte con un sujeto así? – indagó Kaoru, aún sin poder creerlo.

-Enishi Yukishiro fue uno de los primeros amigos que tuve en Kioto, siempre fue un bon vivant, un bohemio viajero. – explicó su amiga como si nada - Nunca estuve totalmente enamorada de él, pero tampoco pensé que fuera tan farsante y traicionero.

-Pero te veo muy tranquila con tu propia decepción. – observó la kendoka.

-Terminé librándome de un peso, de un falso amigo. – dijo ella alegremente - ¡Esa fue la excusa perfecta para terminar con mi noviazgo!

-Pues admiro tu resignación, Tae-chan.

-Kaoru-chan, nunca amé a Enishi y él nunca me amó a mí. – prosiguió Tae - Nos comprometimos sólo para acallar los reclamos de mis padres, quienes ya me veían solterona. – y agregó con tristeza - Espero que Tokio-chan tenga la suficiente entereza para superarlo.

Kaoru ocultó su expresión apesadumbrada bajo su tupido flequillo.

-No sé… creo que a diferencia tuya, mi hermana estaba enamorada de verdad. – dijo - Ahora tengo que volver a casa, se viene un tornado con todo esto.


Un ruido seco despertó a Misao de su placentero sueño. Aunque la faena de la noche anterior la había dejado rendida, no por eso iba a relajarse tanto teniendo que pasar la primera de sus noches en ese palacio fantasmal. Y su liviano sueño fue interrumpido por ese ruido extraño, que aunque casi imperceptible, para ella tenía los mismos decibeles que el llamado matutino de su madre. Peor aún con todos sus sentidos alertas.

Frunció el ceño con extrañeza y miró a su lado. Soujiro se hallaba profundamente dormido; sí que la noche de bodas había hecho estragos en él también. Sonrió, pero rápidamente volvió a su semblante serio al recordar el motivo de su despertar. La casa estaba en total silencio, y no se escuchaban pasos de empleados que pudieran ser el origen de ese ruido tan raro. Y entonces decidió averiguarlo por sí misma, por lo que tragó grueso y se vistió para salir de la habitación sigilosamente.

Caminó con cautela por el pasillo crujiente de madera, imaginándose las sombras y las formas misteriosas que había leído en sus cuentos y que eran obligatorios en moradas de este tipo. Cuando llegó al final del corredor y antes de doblar la esquina, se percató de que la fuente del estruendo era el shoji flojo del último cuarto de esa ala del palacio. Era una puerta corrediza bastante vieja y descuidada, por lo que a la menor brisa se movía haciendo, cada tanto, ruidos secos que sobresaltarían a cualquiera. Aliviada, Misao se dispuso a darse la vuelta para volver a sus aposentos y seguir durmiendo hasta el mediodía, cuando…

Se encontró cara a cara y a pocos metros de una forma encapuchada y vestida de negro, de aspecto etéreo y con un candelabro antiguo en una pálida mano.

Misao empezó a respirar agitadamente, mientras se frotaba los ojos aterrada y rezando para que todo fuera un mal sueño. Pero no, allí seguía la figura, inmóvil y mirándola (o eso parecía). Con el corazón a punto de estallarle del horror y sudando frío, la joven junto todo el aire de sus pulmones para pegar el grito que la salvaría de lo que fuera que estaba frente a ella.

-¡SOCORRO!

Soujiro brincó del futón totalmente despierto ante la fuerza de ese alarido. Con el corazón en la boca, salió a las atropelladas y a medio vestir de la habitación para ir al rescate de su esposa.

La encontró encogida en un rincón del corredor, mirando horrorizada hacia la nada.

-¡Misao! – la abrazó angustiado - ¡¿Qué te ocurre?! – notó que ella temblaba descontroladamente - ¡Calma!

-¡Vi… vi algo…allí! – chilló con voz más aguda de lo normal - ¡Es verdad, Soujiro! Parecía un… fantasma…

-Misao, cálmate, cálmate. – la arrullaba él mientras la llevaba de vuelta al cuarto - Seguramente fue una de las criadas.

Misao ya no sabía ni qué pensar, pero en el fondo, no quería que su vida como casada comenzara dándole problemas y preocupaciones paranormales a su marido.

-Disculpa, es que me asusté tanto. – dijo al fin con un hilo de voz, acomodándose en el futón. En ese momento, Uki llegó preocupada, sin duda atraída por el escándalo.

-Tal vez tuviste un sueño vívido y al despertar se te hizo que era real. – explicó Soujiro sonriente y conciliador - Ahora vuelvo; Uki-san, no la dejes sola, por favor.

-Descuide, Soujiro-sama. – dijo la joven. Una vez que se aseguró que el médico se alejó de la habitación, se cernió sobre Misao con voz de ultratumba - ¿Ahora la señora entiende cuando una vez le dije sobre los misterios de esta casa?

Misao la miró espantada, volviendo a temblar.

-¿Tú…lo viste, Uki? – farfulló.

Uki se puso de cuclillas frente a ella adoptando una expresión fría y de miedo.

-Me temo que haya sido su fallecida suegra, Yumi-sama. – declaró seria y haciendo que Misao quedara paralizada de miedo.


Entretanto, en el castillo Katsura, Megumi comentaba con Tae (quien había llegado después de la trifulca con su ahora ex novio) sobre las novedades y los acontecimientos de la boda.

-Ay, Misao-chan estaba bellísima, aunque ese kimono de su difunta suegra se veía demasiado extravagante para lo que es ella. – observaba Tae. Se había decepcionado un poco al verla llegar a la fiesta con un Shiromuko que no era el que ella le había regalado, pero supo comprender, con desazón, cuando la joven novia le explicó sobre el robo a ella y a sus amigas - Qué lástima que hayan robado su kimono de bodas.

Megumi cepillaba su cabello mientras asentía ante las palabras de la joven Sekihara.

-Por lo que sé tu casamiento también está próximo. – observó.

-Estoy tan cerca del abismo como cualquier otra.

-¿No piensas honrar tu compromiso?

-Mi compromiso es conmigo misma. – replicó Tae - Si quiero me caso, si no quiero no me caso, con él, con otro. ¡Me caso conmigo misma si quisiera!

-Por tus palabras percibo que en tus planes no está la vida doméstica. – concluyó Megumi con perspicacia.

Tae decidió desviar la conversación hacia rumbos más divertidos para ella e incómodos para la noble.

-¿Y tú, querida Megumi-chan? – repuso - Tan distraída hablando de mí y de los casamientos, cuando es obvio que estás perdida en tus propios pensamientos. Dime, ¿estás pensando en el fortachón de Sanosuke, que bailó contigo en el casamiento?

Megumi se escandalizó sobremanera. Recordó de repente el beso de anoche y sus mejillas se tiñeron de escarlata.

-¡Tae-chan! – berreó avergonzada e indignada - ¿Cómo te atreves a decir improperios? Estoy preocupada pensando en mi padre, en mi abuelo y cosas de mi familia.

Tae reía, había dado en el blanco. Se levantó para irse.

-Como quieras, te dejaré con tus pensamientos, entonces. – se despidió - ¡Adiós!

Una vez sola, Megumi se permitió fantasear a sus anchas.

-Ay, Tae… - susurró, más para sí misma - Estoy pensando en mi primer beso… y quiero que Kaoru sea la primera en saber…


Saito llegó como loco a casa de Aoshi. Realmente necesitaba sacar todo lo que llevaba dentro y qué mejor que su amigo abogado para ser a quien por fin le dijera la verdad. Además, ahora mismo todo tenía un tinte más preocupante por Tokio, a quien no encontró por ningún lado en Hagi.

-¡Saito! ¿Qué sucede? – lo recibió Aoshi intranquilo al verlo ansioso - Sayo fue a dar un paseo, así que no tenemos reservas. ¡Cuéntame qué te pasa!

-Arrestaron a Enishi Yukishiro bajo la acusación de que es el Jinete Negro. – empezó a decir el coronel - Y Tokio… ella estaba tan dolida, tan destrozada… Aoshi, necesito confiarte algo, eres mi amigo, así que cuento con tu discreción.

Después de un rato, el rostro de piedra de Aoshi Shinomori expresaba sorpresa.

-Entonces tú eres…

-El Jinete Negro. – terminó Saito - Y Tokio necesita de mi ayuda.


Cerca del mediodía, Shura llegó a la obra ferroviaria en donde Kenshin trabajaba, a fin de llevarle el almuerzo y acercarse más a él. Con algo de decepción, vio que no estarían tan a solas, pues Tsubame estaba acompañando a su hermano. Mientras el pelirrojo organizaba unos planos, ella estaba sentada leyendo en silencio.

Kenshin levantó la vista para ver quién entraba a su carpa.

-¡Shura-dono! – la saludó.

-¡Himura-san! – clamó ella con voz delicada y ojos llenos de amor - Como sé que se queda todo el día aquí trabajando, quise traerle unos aperitivos para pasar el hambre.

Kenshin le sonrió.

-Oro… muchas gracias por preocuparse, a veces hasta yo me olvido de comer. – dijo llevándose una mano a la nuca - Siéntese, por favor.

-Es bueno tener amigos así de atentos, tan preocupados y cariñosos. – observó Tsubame sin quitar la vista de su libro. Su hermano no entendió y Shura se ruborizó.

-El humano siempre necesita de otro humano. – replicó la mujer con simpleza - Vengo con noticias, allá en el pueblo arrestaron al poeta y casi lo lincharon.

El ingeniero pasó de estar sonriente a poner cara de molestia.

-¿Enishi Yukishiro? – inquirió. Notó que Tsubame dejó su libro a un lado y escuchaba atentamente.

-Sí, ese que siempre estaba en las fiestas con Chizuru Kamiya. – narraba Shura como si nada - Pero ahora estaba con otra de las hermanas, y también la vi a Kaoru-san por allí. ¡Quién sabe y no andaba con las dos al mismo tiempo! ¡Tres, si contamos a Chizuru-san! Y además, tenía intenciones de huir, ¡tal vez con alguna!

En una fracción de segundo, y tomando a los dos adultos por sorpresa, Tsubame salió corriendo rumbo a Hagi.

-¡Tsubame-chan! – la llamó Kenshin en vano, yendo tras ella a las corridas.

Shura, quien se había quedado en la carpa sola, levantó una ceja anonadada.


Kaoru llegaba a su casa con el nerviosismo patentado en su rostro.

-¿Tokio ya está aquí? – fue lo primero que preguntó al llegar.

-No. – le respondió Chizuru, quien ayudaba a su madre a hacer té.

Sin darle tiempo a ninguna a preguntar por qué estaba tan agobiada y qué pasaba con Tokio, Kaoru caminó rápidamente hacia su habitación.

-¿Pasó algo con Tokio-chan? – se preguntó Sakura – Esta Kaoru-chan está tan descontrolada que ni tiempo me dio a avisarle que tiene visita esperándola en el cuarto.

En ese momento, Kaoru corrió la puerta del shoji para quedarse congelada en su sitio al ver al visitante.

-¿Megumi? – inquirió pasmada - ¿Qué haces aquí?