Era noche cerrada y el trayecto en coche fue silencioso. No tardaron demasiado en llegar a la pequeña iglesia que Ruby les había indicado. Pequeña y desierta, de paredes blancas e impolutas. Era bastante bonita, pensó Dean.

—¿Seguro que es aquí? —Preguntó Sam.

La estaban observando cuándo se oyó un profundo gruñido a sus espaldas. Conocía ese sonido. Jamás podría olvidarlo… sabuesos del infierno. Lo volvieron a oír. Dean no esperó a que nadie se lo dijera para empezar a forzar la cerradura. Joder. ¿Cuántos años habían pasado desde que uno de esos desgraciados lo había arrastrado al infierno? No, no, no. No quería volver a ésos recuerdos. Mucho menos en ése momento. Consiguió abrir la cerradura a tiempo para que entraran todos antes de que aquellas criaturas los alcanzaran.

—¿Lo tienes? —Le preguntó a su hermano, refiriéndose a la puerta que aguantaban contra las envestidas de los terroríficos canes invisibles.

—Sí, sí. Lo tengo. Ve.

Lo dejó, mirándole una última vez con preocupación. Sam estaba apoyando todo su peso en la puerta doble. Tenían que darse prisa. Se acercó a Cas y a Jack.

—¿Y bien? ¿Dónde lo escondió?

—Ruby dijo que la punta de la cruz señalaba el sitio.

Se acercaron al altar y miraron hacia el crucifijo que se exponía encima de éste. En la pared no parecía haber ninguna señal de, bueno, de nada. Dean miró a su alrededor. ¿Dónde coño estaba el maldito ocultum de los huevos?

Su mirada recorrió la pequeña iglesia hasta que se posó en el ángel que estaba ante él haciendo exactamente lo mismo. Espera un momento. La imagen era un poco… como si… como si se estuvieran casando. Ellos dos ante el altar. Joder. Jamás se le había ocurrido algo así. Se imaginó a Cas sin gabardina, solo con el traje, sonriéndole. Se imaginó la luz del sol entrando por los cristales teñidos de colores, pintándole la cara. Se imaginó a Sam a su lado como su padrino y a Jack al lado de Cas. Se imaginó a Bobby oficiando la boda; a su Bobby. Se imaginó las hileras de bancos llenas de sus amigos y familia; todos ellos, incluso los que habían perdido la vida en aquella interminable lucha. La feliz imagen lo dejó con un regusto amargo y triste… porqué era imposible.

Los ojos de Cas encontraron los suyos. Se dio cuenta de que lo estaba mirando.

"¿Qué estás haciendo, Winchester? ¡Despierta!" Apartó la mirada justo a tiempo para ver cómo Jack señalaba el suelo del pasillo. La luz de la luna había entrado por un agujero en forma de cruz, que había por encima de la cabeza de su hermano, e iluminaba el suelo con la misma forma.

—¡Ahí! —Dijo el chico.

Dean sacó el cuchillo y levantó la madera. El ocultum estaba guardado dentro de una pequeña bolsa de terciopelo azul. Una extraña bola de metal cayó en su mano.

—¿Es esto? —Preguntó, pasándole el objeto a Cas.

—Hay un pasaje en enoquinao. Dice: para poder estar en el ocultum, el ocultum debe estar en ti. —Tradujo el ángel.

—¡Chicos! ¡No podré aguantar para siempre! —Gritó Sam desde la puerta.

Jack se lo cogió para observarlo más de cerca bajo la tenue luz de la luna. Era en esos momentos que a Dean le costaba creer que el chico no tuviera alma. Cuando volvía a ver aquella misma curiosidad que era tan típica de Jack. Un poco de brillo en aquellos ojos. No un brillo dorado, no. Un brillo infantil, inocente.

Un fuerte golpe, que sonaba demasiado a madera astillándose, llamó su atención. Cuando volvieron a mirar, la pequeña bola metálica no estaba en la mano de Jack.

—¿Dónde está? —Preguntó Dean, cada vez más nervioso.

—Me lo he comido.

—¿Que has hecho qué?

Cas lo miró con aquella pregunta sin palabras que a veces le dirigía cuando no entendía algo o cuando estaba realmente preocupado.

—Me lo he comido. Cas ha dicho que el ocultum tenía que estar en mí.

—¡No! ¡Escúpelo!

—No pasa nada, estoy bien.

Dean había oído, y dicho, demasiadas veces aquellas dos palabras. Y, tal y como temía, al cabo de dos segundos el chico se dobló sobre sí mismo con un gruñido de dolor.

—¿Jack? ¡Jack!

Oyó como Cas también llamaba al chico y, entonces, empezó a brillar y desapareció. ¡Joder! Cómo odiaba toda aquella mierda celestial. Detestaba que pudieran desvanecerse ante sus ojos sin que pudiera hacer nada por evitarlo.

Se quedó ahí de pie, mirando el lugar exacto donde había estado el chico. Pero notaba la preocupación radiando del ángel como si fuera energía nuclear. Se giró hacia él sin saber qué decir. No podían volver a perder a Jack. No sobrevivirían a la pérdida de un hijo. Mucho menos Cas.

—¿Dean? ¿Dónde está Jack?

No, no, no. Aquella voz rota por el dolor le oprimía el corazón. Pero, ¿qué podía decirle? No tenía respuestas. Y su propia preocupación lo había dejado mudo.

Sin embargo, una pequeña bola de luz apareció flotando sobre sus cabezas, reclamando toda su atención.

"¿Y ahora qué?" Pensó Dean.

Sam salió volando y la puerta quedó destrozada bajo las embestidas de los sabuesos del infierno. La bola empezó a palpitar con olas de luz. Estaban pasando demasiadas cosas a la vez. Sam, la luz, los sabuesos… acabaron desapareciendo bajo lo que dedujo era un ataque de la bola. Los cegó durante un momento y, cuando consiguió abrir los ojos, Jack estaba tumbado en medio del pasillo.

Bendito niño y sus poderes.

Se acercaron a él, llamándole sin estar seguros de nada. El chico se incorporó por sí mismo y los miró como si los viera por primera vez.

—¿Jack? ¿Estás bien?

No contestó. Le preguntaron una y otra vez, pero se negaba a hablar. Al final, Cas los obligó a que le dieran espacio y propuso volver al búnker antes de que aparecieran más sabuesos del infierno.

Jack se sentó en el asiento de atrás con Cas. Se lo veía extrañamente emotivo… como si estuviera a punto de echarse a llorar. Pero eso no era posible, ¿no? Sin alma, no había razón alguna para llorar.

Seguía siendo noche cerrada, y el trayecto de vuelta fue aun más silencioso que el de ida.

Dean cruzó miradas con Cas a través del retrovisor. Los ojos del ángel mostraban tanta tristeza que le rompió el corazón. Jack era hijo de todos ellos. Pero, en cierta manera, lo era más de Cas. Dean lo vio en aquellos ojos profundamente azules. Vio el amor paternal que también había visto en los ojos de Bobby.

Necesitaban respuestas.

Volver al búnker era lo mejor. Sintiéndose en casa, quizá Jack se abría un poco y volvía a encontrar las palabras que necesitaba.

Recordó lo que les esperaba en casa. Dos copias perfectas de sí mismo y de su hermano, al menos físicamente. Genial. Estupendo. Maravilloso. Lo que le faltaba al día era tener que ver cómo Dean-2 se hacía el caballero intentando consolar a Cas.