Seguía a Dean hacia el garaje con el otro Dean a pocos pasos por detrás. La situación era extraña, sin duda.
El orgullo resplandeció en el rostro de Dean cuando encendió las luces y les mostró "su territorio". El Impala estaba en medio de la sala, perfectamente pulido y cuidado, el coche brillaba con la fuerza de una obsidiana en bruto.
—Dean considera a este coche parte de su familia. —Dijo cómo dato que consideraba increíblemente interesante.
—¡Cas! ¡No vayas diciendo eso por ahí!
Oh. Lo había hecho sonrojar. ¿Sentía vergüenza? Dean se sonrojaba pocas veces, pero cuando lo hacía las casi invisibles pecas resplandecían contra su piel como constelaciones de otra galaxia. Cas solía perderse en ellas. En el misterio que era ése universo que no conocía. Y por fin podía volver a hacerlo. Porqué se habían perdonado mutuamente y eso significaba que Dean volvía a mirarle directamente.
Bueno, menos en ésos momentos. Menos cuando se sonrojaba. Entonces apartaba la mirada, avergonzado.
El otro Dean se fijó en los otros vehículos e hizo unas cuantas preguntas técnicas. Parecía apreciar más los otros coches. Cas nunca había entendido ésa fijación por la mecánica. Solo sabía que el Impala era especial, porqué era especial para los Winchester. Porqué había sido su hogar durante toda su vida.
—Dean los está arreglando poco a poco.
Oh, oh. ¿Se había sonrojado otra vez? No recordaba que le gustara tanto cuando Dean reaccionaba a sus palabras. Llevaban tanto tiempo enfadados que había olvidado esa faceta de su Dean; el Dean de su misma dimensión. ¿Por qué seguía pensando en "su Dean"?
Acabado el tour, Cas salió el primero. En su cabeza, seguía dándole vueltas a la vergüenza del cazador, así que no se dio cuenta de que los otros dos hombres se quedaban atrás. Hasta que llegó a la sala del mapa y una cálida mano se apoyó en su hombro.
—¿Qué vas a enseñarme ahora?
Cas se giró para ver que solo había un Dean, el de la otra dimensión.
—¿Dean no nos acompaña?
—Parece ser que no. ¿Y bien? ¿Dónde vamos?
Cas empezó a andar sin decir nada más. No quería que su voz delatara la decepción que sentía. Había sido divertido ver a Dean en el garaje, mostrándose tranquilo y en su elemento. Había sido interesante ver cómo se hinchaba de orgullo ante la admiración de su doble por los coches. Y, sin duda, había sido tierno ver cómo se sonrojaba… Pero sabía que no podía ser codicioso. No podía permitirse perder a Dean. Se quedaría sus sentimientos para sí, y protegería la amistad que había recuperado hacía demasiado poco.
—Esta es la mazmorra. La trampa para demonios del centro nos ha sido muy útil. Incluso tuvimos a el rey del infierno aquí durante una temporada. —Decía en ése momento, dejando pasar primero al otro Dean.
—¡¿En serio?! ¡Impresionante!
—Crowley era un demonio… peculiar.
El otro Dean no hizo más preguntas y siguieron con el tour. Pasaron con rapidez por las habitaciones de almacenaje, aunque Cas le avisó que era más seguro no tocar nada. Recibió un asentimiento convincente que le dio a entender que el otro Dean había tenido suficiente experiencia con objetos malditos como para hacerle caso.
Le enseñó la enfermería y la sala de máquinas, el gimnasio y las duchas. No se atrevió a enseñarle la "Dean Cave". No entendía el protocolo, pero parecía que debías tener la aprobación de Dean para entrar ahí, así que se saltó esa puerta y agradeció que el otro hombre no le preguntara.
—Eso sería todo. —Dijo, tras pararse en medio del pasillo.
—¿Acaba aquí?
—Sí. Esta es mi habitación.
Señaló la puerta de su derecha. El otro Dean puso cara de sorpresa, aunque no entendió el por qué. Abrió y le hizo una seña para que entrara primero. Su habitación estaba prácticamente igual que cuando se la asignaron. En el armario solo había la ropa que había usado cuando era humano; no habían sido tiempos fáciles, pero le tenía un cariño especial. "Buenos presagios", el último libro de ocio que Sam le había prestado, descansaba en la mesilla de noche. Y el cassette que Dean le había grabado seguía en el escritorio al lado de una vieja cadena de música con unos auriculares enchufados.
—¿Te acabas de mudar aquí? Esto está vacío.
—No tengo muchas… cosas.
El otro Dean dio una vuelta sobre sí mismo, mirando a su alrededor con curiosidad. Hasta acabar mirándolo directamente a él. Sonrió y se acercó un paso. ¿Qué estaba haciendo? Tenía entendido que a las personas les gustaba mantener su espacio personal.
—Sinceramente, no me lo esperaba. Pero por mi no hay inconveniente.
Cas titiló su cabeza confundido. Y, de repente, lo entendió. El otro Dean estaba coqueteando. Había malentendido su invitación… Vio cómo el cazador levantaba una mano hasta apoyarla en su mejilla. Cada vez estaba más cerca. Los ojos esmeralda, los labios definidos… en definitiva, las facciones de Dean. Se acercaban a él con la clara intención de besarle.
Besar a Dean…
Sus ojos se abrieron un poco con anticipación sin que él se diera cuenta. El tiempo se había ralentizado.
Besar a Dean.
La calidez de la mano que seguía en su mejilla era intoxicante. El subir y bajar de la nuez de su cuello era magnético. Las motas doradas en el verde de sus ojos eran hipnóticas. Todo era… demasiado, y no lo suficiente a la vez. Dean seguía acercándose, sus párpados empezaban a cerrarse. Iba a besar a Dean…
No.
Iba a besar al Dean de la otra dimensión.
Y eso no estaba bien… ¿No? ¿No estaba bien? Quizá era la única oportunidad que tendría en toda su existencia de besar a Dean Winchester. Aunque no fuera el suyo… el de su misma dimensión…
Le apoyó una mano en el pecho para detener su avance. Bajó la cabeza. No quería ofenderle. No quería que ningún Dean volviera a mirarle con expresión de enfado o decepción. Pero no podía hacerlo… simplemente no podía. No era él.
—De verdad le quieres, ¿no?
Cas no levantó la cabeza. Tampoco apartó la mano.
—No sabe la suerte que tiene.
El ángel sonrió y, al fin, se atrevió a mirarle a la cara.
—No sé si eso es precisamente tener suerte… pero gracias.
—Si te sirve de algo, yo me consideraría muy suertudo si decidieras mirarme como le miras a él. Aunque tenga su misma cara. —Acabó diciendo con una sonrisa sincera.
Acto seguido se inclinó y le plantó un beso en la mejilla. Después le dio un par de palmadas en el hombro, que Cas sintió muy familiares, y dio un paso atrás.
—Quizá podrías traerme algo de su ropa. No me preguntes por qué, pero no creo que le guste que yo vaya a hurgar entre sus cosas.
Cas asintió y salió de la habitación. Había estado a punto de pasar algo que solo habría podido imaginar si soñara. Excepto que, en realidad, solo habría vuelto a meter la pata.
