Capítulo VIII: Progresos
La señora Toyama corrió hasta su hija y le dio un fuerte abrazo. Tan preocupada había estado. Repitió por lo menos cinco veces la misma pregunta: "¿Estás bien?". Ella asintió una y otra vez con la cabeza. Tenía una pequeña sonrisa en el rostro y sus ojos transmitían mucha paz. La notó un poco pálida y le ofreció cocinarle una rica cena. Estaba tan cansada que se negó, pero igualmente agradeció la consideración de su mamá. La mujer le dio un besito en la frente y le pidió que fuera a la cama, a descansar. Kazuha, quien tenía planeado hacer eso desde un principio, le hizo caso.
Subió lentamente hasta el segundo piso de su casa y entró a su cuarto. Se encontró con Ran y Conan dormidos en un futón cada uno, junto a su cama. Se adentró sigilosamente, intentando no hacer mucho ruido y se acostó. Ni siquiera pudo ponerse su pijama. No importaba, tenía sueño.
Recordó una vez más ese instante. Las manos de Heiji en su rostro. Sus labios y los de ella. Sus palabras, y su mirada. "Tan tierno fuiste. Tan dulce", pensó risueña. Hubiera dado muchas cosas por permanecer en ese instante un rato más, besándolo. Tanto había esperado. Respiró hondo. Sabía que mañana sería otro día y lo volvería a ver. Después recordó el temido examen de matemática. "Tonto Heiji, tenías que haberte cortado el pelo justo el día en que la profesora explicó los ejercicios", se quejó. Por suerte, sabía que al día siguiente no tendría que ir a la escuela y estudiaría duro para aprobar el examen.
Los ojos se le cerraban, no resistió más y se quedó dormida.
Se despertó pero no abrió los ojos. Deslizó su mano hasta su mesita de luz, junto a su cama. Comenzó a buscar el reloj despertador. Lo encontró y lo arrastró hasta su rostro. 12.45 espió que señalaba. Había dormido siete horas y media. Volvió a ponerlo en su lugar. Abrió los ojos. El sol iluminaba todo su cuarto. Impulsivamente los volvió a cerrar. Pestañeó un par de veces hasta que se acostumbró a los rayos de luz. Bostezó. Se sentó en la cama. Advirtió que los futones con los que ayer se había encontrado ya no estaban. Se puso de pie. Estaba descalza.
Decidió que lo primero que haría sería darse un baño. Hacía dos días que no se duchaba y se sentía sucia. No era su culpa, había estado secuestrada. Se arrastró aún somnolienta hasta su armario para elegir qué ropa vestiría aquel día. Escogió unos vaqueros azules, una remera blanca y un saco azul. "Como los ojos de Heiji", sonrió. No quería que nadie viera las vendas en su brazo y en su pierna. No quería preocuparlos.
Cuando tuvo lista la ropa que iba a usar, se fue al baño. Se chocó con un espejo. Todavía llevaba la campera de su mejor amigo. La admiró como si se tratara de una de las vestimentas más hermosas y únicas del mundo. Descubrió que tenía manchas rojas. Recordó que Heiji se había empapado las manos con su sangre. "Fue muy bueno conmigo, tengo que recompensarlo pronto", se dijo así misma.
La señora Toyama había salido a hacer las compras para la cena de esa noche. Les contó a Ran y a Conan que la familia Hattori vendría a cenar y quería que todo saliera perfecto. Ya habían almorzado y estaban lavando los platos.
- Conan, ¿me pasas ese vaso, por favor? - Pidió Ran con un tono amable, característico en ella.
- Tomá, Ran - le alcanzó Conan el objeto.
- Gracias. Te portaste muy bien estos días. Cuando regresemos a casa te voy a hacer una rica cena.
El niño se ruborizó un poco. Ran no dejaba de ser la chica que tanto amaba y le encantaba su comida. Era un gran cocinera.
- Por cierto, ¿cómo le habrá ido a papá en el evento de caridad que organizó Yoko Okino? - Cambió de tema.
"Seguro que se emborrachó e hizo el ridículo como siempre", se dijo para sí con una ceja arqueada.
En ese momento, apareció Kazuha en la cocina con la chaqueta de Heiji en sus manos.
- Buenos días - saludó a los chicos de Tokio. Éstos se voltearon al escuchar su voz. Parecía que estaba de muy buen humor.
Puso la chaqueta de Heiji en el lavarropas. Quería tenerla limpia y libre de manchas para regresársela pronto.
- Buenos días, Kazuha - la saludó Ran. Cerró el grifo y se secó las manos con un repasador -. Qué bueno que despertaste. Quería que me contaras lo que pasó anoche.
Ella se sonrojó. ¿Debía compartir lo ocurrido con Heiji? ¿Lo mejor sería esperar un tiempo?
- Ran, para serte honesta, no tengo ganas de hablar de eso en este momento. Es que… me asusta un poco recordarlo - se excusó.
Ran supo que Kazuha mentía, pero si no deseaba contar nada respetaría el deseo de su amiga.
- Entiendo, no te preocupes. Ey, ¿qué tal si te preparó el almuerzo? Seguro que debés estar hambrienta -. La chica de la colita sonrió. Ran siempre era muy atenta y considerada con los demás.
- Gracias Ran, dejame ayudarte.
Alrededor de las cuatro de la tarde sonó el timbre de la casa de los Toyama. La mamá de Kazuha ya estaba preparando la cena, por lo que le pidió a su hija que abriera la puerta. Se aproximó hasta ella, y antes de hacerlo, verificó de quién se trataba por el mirador. Era Heiji.
Llevaba el uniforme del colegio y también su maletín. Impaciente, volvió a presionar el timbre. Kazuha lo atendió.
- Bueno, pero por qué tanta impaciencia. ¿No podés esperar cinco minutos? - Se quejó molesta.
- ¡Qué desagradecida! – Exclamó -. Encima que vengo a traerte los apuntes de la escuela. Esto me pasa por ser considerado con vos...
Esa recriminación no le cayó para nada bien a la chica de Osaka.
- ¡Quién necesita tus tontos apuntes! De cualquier manera, siempre te distraés en clase. O lo que es peor, te dormís.
El moreno la fulminó con la mirada.
- Veo que no apreciás mi ayuda, así que me voy…
- Esperá, Heiji - lo detuvo Kazuha. - No te vayas.
El chico cedió. Nunca fue su intensión marcharse. Sólo quería terminar con la ridícula discusión.
- ¿Qué pasa, Kazuha? ¿Por qué tenés esa cara?
La chica estaba preocupada.
- Necesito pedirte un favor... - dijo.
- ¿De qué se trata? - preguntó con mucha curiosidad.
- ¿Podrías explicarme los ejercicios de matemática, por favor? - Le pidió tímidamente.
- Ah, era eso... - se relajó -. Claro que sí. Hoy la prueba estuvo facilísima.
- Gracias y… gracias por haberme ayudado ayer - se ruborizó un poco. - Siempre... me ayudás cuando te necesito y… me protegés.
Él se sonrojó.
- Tonta, vos harías lo mismo por mí - minimizó el moreno. "De hecho. Varias veces lo has hecho", reflexionó.
- Bueno, ¿querés pasar? - Lo invitó con una sonrisa y una mirada cómplice.
- Claro.
Heiji se adentró y, apenas lo hizo, la tomó del brazo suavemente. Kazuha volteó y lo miró confundida. No pudo terminar de preguntarse qué pretendía el joven, cuando este la atrajo muy cerca de él y le robó un beso.
Lo que nunca se imaginó Hattori fue que, en ese instante, Conan y Ran observaron todo lo sucedido. Cuando el beso acabó, se encontraron con sus amigos con la mirada fija en ellos. Estaban muy sorprendidos. "Mierda, me había olvidado de ellos", se lamentó el moreno.
- Es que... - pensaba Kazuha incómoda.
- …Somos novios - completó Heiji.
- ¿Lo somos? - cuestionó ella confundida.
- Lo somos – aseguró firmemente.
- ¡Discúlpennos, por favor! - Exclamaron Ran y Conan al unísono, muy avergonzados -. Es que tenemos que salir ya para la estación o vamos a perder el tren - explicó la chica después.
- Entonces, apurémosnos - sugirió Heiji.
Tomaron un taxi y en quince minutos llegaron a la estación. Ahí se despidieron de los chicos de Osaka y se subieron al tren que los llevaría de regreso.
- ¿Podés creerlo, Conan? Heiji y Kazuha ya son novios… - comentó con asombro Ran.
Conan, o mejor dicho, Shinichi también estaba completamente atónito. Jamás pensó que Heiji Hattori tuviera la madurez necesaria para confesarle sus sentimientos a Kazuha. "Me pregunto qué habrá sucedido ayer cuando los dejé a esos dos", se preguntó.
- Ey, Conan…
- Decime, Ran.
- ¿No hablaste con Shinichi? - Preguntó un poco sonrojada y algo intrigada.
- ¿Por qué? - Cuestionó Conan.
- A veces te llama a vos también, ¿no? - Le hizo notar.
- Ah, sí… De hecho, hablé con él ayer – mintió -. Me dijo que estaba bien y que quería hablar con vos. Igualmente, estaba muy enfocado en un caso. Dijo que era dificilísimo.
- Ya veo… - repuso con desilusión.
- Pero, ¡ey! ¡Este viernes se estrena una nueva película de Kamen Yaiba! Dicen que será emitida con efectos 3D. ¡Llevame a verla, Ran! ¡Por favor, por favor! – Rogó mientras sacudía insistentemente el brazo de la chica.
Conan era un niño tan tierno. Ran solo supo reírse.
- Bueno, voy a conseguirte entradas para vos y tus amigos, ¿sí? - Le propuso.
- ¿De verdad? Gracias, Ran - dibujó una enorme sonrisa.
No podía evitarlo. Ese niño con gafas le recordaba demasiado a su mejor amigo. Fue por eso que llegó a sospechar que Conan y Shinichi eran la misma persona. Pero después recapacitaba que eso no era posible. Ya los había visto varias veces en un mismo lugar y, a menos que existiera un clon de Shinichi Kudo con su apariencia a los siete años dando vueltas, no era posible que se tratara de la misma persona.
Shinichi Kudo. El Sherlock Holmes del siglo XXI. Hijo del famoso escritor Yusaku Kudo y de la hermosa y talentosa actriz Yukiko Fujimine. Colaboraba con la policía de Tokio y varias veces había aparecido en la televisión mostrando su sonrisa más orgullosa luego de haber resuelto algún caso. En la escuela era lo mismo. Se destacó en el equipo de fútbol y era buen estudiante. Inclusive era popular con las chicas que, ocasionalmente, le entregaban cartas de amor o se atrevían a confesarle sus sentimientos. Ese era Shinichi Kudo. O no…
Para Ran él era su mejor amigo. A quien conocía desde la infancia. Una persona que sentía un profundo fanatismo hacia las novelas de misterio y un gran amor hacia la justicia. Muy independiente y trabajador. Se la pasaba haciendo jueguitos con la pelota cuando reflexionaba sobre algo. Era pésimo en la cocina y no le interesaba la moda. Sabía tocar el violín y tenía oído absoluto, a pesar de ser un pésimo cantante. Era muy observador y entendía a la perfección la ciencia de la deducción. Lo más importante para ella era que su amigo, su mejor amigo, era una excelente persona. Siempre estaba para ella cuando lo necesitaba. Era muy educado y considerado. Caballeroso y valiente. Quizás por momentos, arrogante, orgulloso, y, debía admitirlo, un poco pervertido.
Tanto tiempo se la pasó pensando en él, que cuando el tren se detuvo y los altavoces anunciaron su llegada al destino, se quedó sorprendida. Tomó a Conan de la mano, y juntos se dispusieron a descender para tomarse un taxi.
Una hora más tarde, llegaron a la agencia. Entraron y se encontraron con que la casa estaba hecha un asco. Ran se lamentó, aunque ya esperaba encontrarse esa clase de desorden. Dejó su bolso en el suelo y se dirigió a la cocina. Tomó una cesta y le ordenó a Conan amablemente:
- Conan, por favor, dejá tu ropa sucia acá. Tengo que empezar a limpiar. Pero antes voy a hablar con papá - anunció algo enfadada dejando la cesta sobre la mesa del comedor.
El pequeño sonrió. Le gustaba cuando Ran regañaba a Kogoro. A veces era muy poco considerado. Aunque advertía un cambio en su actitud en los últimos días. Mismo en medio de ese desastre. Las latas de cerveza estaban acumuladas en un rincón. Los restos de la comida chatarra en otro. Las colillas de los cigarrillos reunidas alrededor de un cenicero. ¿Por qué? Le llamó la atención que también había ropa tirada en suelo, pero estaba dispersa por todos lados… ¿Y eso? Se acercó hasta allí y levantó la prenda en cuestión. ¡Un corpiño! ¿Sería de Ran? Conan, asustado, creyó que estaba haciendo algo muy incorrecto. Soltó la ropa interior y se arrimó hasta el cesto. Abrió su mochila y depositó la ropa sucia en él. Después la cerró y decidió dejarla en la habitación que compartía con Kogoro para no dejarle tantas cosas que levantar a Ran.
Abrió la puerta y se llevó una sorpresa. Kogoro estaba durmiendo plácidamente en compañía de una mujer que descansaba, igualmente de pacífica, sobre su pecho. Estaban ligeros de ropa. La mujer tenía el pelo suelto. Era largo y castaño. Observó más detenidamente su rostro. ¡Se trataba de Eri Kisaki! Entonces el sostén que había encontrado hace unos momentos era de… Cerró la puerta súbitamente y sin hacer mucho ruido. Odió haber sido el descubridor de semejante escena.
- Papá no estaba en la oficina - Ran volvió del primer piso -. Ya es bastante tarde, ¿se habrá ido a resolver un caso?
- Tal vez - se limitó a decir el pequeño. No quería entrometerse en asuntos que no le incumbían - Ran, ¿me dejás ir a ver al profesor Agasa? ¡Tiene un nuevo videojuego que quiero probar!
- ¿Ya dejaste tu ropa sucia en el cesto?
- Claro - asintió.
- Bueno, entonces andá. Pero por favor no llegues tarde. Siempre me dejás preocupada.
- Está bien, ¡chau, Ran!
El niño se fue trotando con mucho entusiasmo. La chica se percató de que dejó su mochila en suelo, al lado de la puerta de la habitación. La levantó y se metió en el cuarto para dejarla en su lugar.
