Capítulo IX: Nueva oportunidad
Un pequeño chirrido se generó cuando Ran abrió la puerta. Se encontró con la escena y se quedó pasmada. Su padre estaba con otra mujer. ¡Estaba engañando a su mamá!
- ¡Papá! ¡Qué significa esto! - Exclamó con indignación.
La pareja se despertó abruptamente. Kogoro estampó su rostro contra el suelo mientras que Eri se arrodilló muy asustada sobre la cama, cubriéndose lo máximo posible con las sábanas.
- ¿Mamá? - Alcanzó a decir Ran confundida.
- ¡Ran! ¡Salí y esperanos en la oficina de tu papá! - Ordenó Eri con decisión, aunque bastante avergonzada.
Su hija la obedeció.
En cuanto abandonó la habitación, Eri ayudó a su marido.
- ¿Estás bien, querido?
- Sí, es que Ran me espantó - admitió y rio. Ella lo imitó.
Se querían mucho. Lo sabían muy bien, aunque siempre hicieran un enorme esfuerzo por ocultarlo. Lo tenían escrito en la cara. Todo por su orgullo. ¡De cuántas cosas se habían vistos privados por su orgullo! ¿Por qué era tan difícil admitirlo? ¿Decírselo frente a frente? Ya habían dado un gran paso en el último tiempo, intentando entenderse, comprender mejor al otro. Se habían dado cuenta de que las peleas, las recriminaciones, el rencor… todo había sido tan inútil. No había servido para nada, porque cada noche, a la hora de acostarse a la cama y disponerse a dormir, se veían invadidos por toda clase de arrepentimientos y un fuerte vacío les oprimía un poco más el pecho y los dejaba completamente deprimidos y desdichados. No obstante, les costaba verlo. Asimilarlo. Ella trataba de concentrarse en su trabajo, mientras que él trataba de anular esos pensamientos con ayuda de los cigarrillos, las apuestas o el alcohol.
Supieron amarse con locura en el pasado. ¿Por qué dejaron que ese cariño se fuera diluyendo? No lo sabían, pero querían recuperar el tiempo perdido. Se darían una nueva oportunidad.
Eri, ya casi vestida, lo ayudó a Kogoro con su camisa. Se la acomodó prolijamente. Luego hizo lo mismo con el nudo de su corbata. Hecho esto, comenzó a buscar su camisa blanca. En medio de ese instante de pasión la habían arrojado en algún lugar de la habitación. "Acá la tenés", la encontró su marido. "Gracias", contestó. Se la puso y también su saco azul.
Entretanto ella se recogía el pelo, armando un voluminoso rodete, su marido se encargaba de tender la cama. Sabía que su esposa odiaba el desorden y quería complacerla. Igualmente, no era muy hábil para esa clase de labor.
- Querido… - lo llamó.
- ¿Qué pasa? - Seguía concentrado en la tarea. Le costaba un poco.
- ¿Qué le decimos a Ran? - Preguntó con algo de inseguridad.
- Que volvimos, ¿no? - Contestó despreocupado.
- Claro…
Algo parecía sospechoso en la pregunta anterior.
- Eri, ¿estás bien? - Dejó su tarea y se aproximó hasta ella.
- Sí, me alegra tener en claro qué es lo que pasa entre nosotros…
Kogoro sonrió animado. Colocó sus brazos sobre la cintura de la mujer.
- Te ves hermosa… - la miró enamorado.
Ella sonrió y lo besó.
- Estás despeinado… - lo ayudó con su cabello - así está mejor.
La muchacha los esperaba sentada en el sofá de la oficina. Estaba reflexionando. Se dio cuenta de que hubo muchas señales. En primer lugar, su padre había reducido la cantidad de alcohol que tomaba, al punto que, no se había emborrachado en un buen tiempo. Tampoco fumaba tanto, lo hacía esporádicamente. Se concentraba más en su trabajo y había resuelto varios casos sin necesidad de tomar la postura que le había valido su apodo "Kogoro, el durmiente". Tampoco veía las carreras. Algunas noches salía a jugar al mahjong con sus amigos, pero regresaba temprano, sobrio y de buen humor. Lo más sorprendente fue cuando se perdió el especial de Yoko Okino, que repasaba los momentos más importantes de su carrera, y ni se inmutó.
Por otro lado, a su mamá la veía más relajada. Había ganado varios casos en tiempo récord, dedicaba más tiempo a hacer las cosas que disfrutaba como leer o ir al cine con "amigas". Salía más seguido con ella, la había llevado varias veces de compras y se había gastado grandes sumas. Su entorno entero la veía más fuerte y de mejor ánimo. Su gatito Goro estaba encantado por los mimos que ligaba, producto de la felicidad de su ama. Todo estaba ahí, solo que no supo verlo.
Sus papás atravesaron la puerta y se sentaron junto a ella. Kogoro a su izquierda y Eri a su derecha. Le tomaron las manos.
- ¿Se reconciliaron? - Inquirió con ilusión.
- Sí… - contestó Kogoro -. Decidimos darnos una nueva oportunidad.
- O sea que, ¿mamá va a volver a casa?
Kogoro no pronunció una palabra, aunque le ilusionaba mucho escuchar la respuesta de Eri.
- No por ahora, es muy pronto… nos sentimos más cómodos así.
- Ya veo… - murmuró con decepción -. ¿Y hace cuánto tiempo que regresaron?
- Como dos meses… - respondió Kogoro, sin mucho interés.
- En realidad, hace nueve semanas - Detalló Eri, disconforme con la actitud de su esposo.
- Es igual… - replicó.
La abogada frunció el ceño.
- Por favor, no empiecen… - suplicó Ran.
Mientras tanto, en otro lugar de Tokio no muy lejos de la agencia, Conan Edogawa hacía sonar el timbre de la residencia del profesor Agasa.
- ¡Shinichi! - Lo recibió el anciano.
- ¿Qué tal, profesor? - Lo saludó y se adentró con confianza, en busca de una pequeña niña de cabellos castaños - ¿Haibara?
- Está trabajando en su laboratorio, pero estoy seguro de que enseguida termina. ¿Por qué no la esperás?
- De acuerdo… - murmuró molesto. No le gustaba esperar.
Caminó hasta el baño y se encerró en su interior. Quería volver a sentirse él mismo por un rato. Sacó su teléfono del bolsillo, lo abrió y en el menú buscó el número de su mejor amiga. Se recargó contra una pared y esperó hasta oír su voz.
- Hola… - la escuchaba contenta. Sabía el por qué.
- Hola, Ran. ¿Cómo estás?
- ¡Shinichi! - Exclamó - ¡Cuánto tiempo! ¿Cómo estás?
- Muy bien. Estaba descansando, este caso me tiene muy absorto… - respondió.
- ¡Adiviná, Shinichi! - Dijo con gran entusiasmo.
- ¿Qué cosa? - Fingió curiosidad.
- ¡Mis papás volvieron! ¡Están juntos de nuevo! - Exclamó dichosa.
- ¿En serio? - Simuló sorpresa.
- ¡Sí!
- Me alegro mucho por ellos y por vos, Ran - se sinceró.
- ¡Gracias, Shinichi! Ey, después hablamos. Mis papás van a llevarme a cenar con Conan y quiero que todo salga perfecto. Tengo que ir a buscarlo. ¡Hasta otra, chau!
- ¡Pará, Ran!
No hubo caso. Ya había cortado la comunicación. "No entiendo por qué insiste en que la llame si cuando lo hago, actúa como si no le importara", se quejó. Volvió a guardar su teléfono en el bolsillo y abandonó el baño.
Volvió hacia la sala y advirtió que Haibara, entretanto lo esperaba, hojeaba una revista de moda.
- Y bien… ¿qué querías decirme? - Preguntó Conan aparentando no tener mucho interés, con las manos dentro de sus bolsillos.
- Veamos… un hombre extraño vino a esta misma casa preguntando por Shiho Miyano. Dijo que estaba al tanto de mi situación y que quería comunicarse conmigo. Dejó una tarjeta con un número para que lo llame - detalló seria -. Por cierto, estaba vestido absolutamente de negro - añadió irónicamente, como si fuera un detalle irrelevante.
Conan dio un sobresalto y quitó las manos de los bolsillos. Se acercó un poco más hasta la niña. ¿Por qué estaba tan relajada? Ella solía alterarse cuando se trataba de estos tipos. ¿Algo había cambiado?
- ¿Por qué estás tan tranquila? - Cuestionó.
- Para ser sincera, al principio estaba muy asustada. Pero hubo algo en la presencia de ese hombre que me serenó - explicó -. Tuve la sensación de haberlo visto antes…
El niño sintió más curiosidad al respecto.
- ¿Se trataría de algún aliado tuyo?
- ¿Aliado? - Rio - No… en esa organización sólo tenía compañeros de trabajo. Ninguno de ellos arriesgaría su pellejo por una traidora. De eso podés estar seguro…
- Bueno, en ese caso, ¿por qué no lo llamás y descubrimos de una buena vez de quién se trata? - Sugirió ansioso.
Haibara dejó la revista que estaba hojeando sobre una mesa.
- ¿Qué tal si me equivoco? - Cuestionó cabizbaja.
Conan se sentó junto a ella.
- No te preocupes tanto. Estoy seguro de que debes estar en lo correcto. Y si no, afrontaremos juntos lo que sea…
Lo contempló por unos momentos. Esos ojos que tanta seguridad transmitían, la pequeña sonrisa y la determinación.
- Está bien. ¿Podrías prestarme el transformador de voz por un momento, por favor?
Lo hizo. La niña sacó su teléfono móvil y marcó el número que indicaba la tarjeta.
