Descargo de responsabilidad: Resident Evil y todos sus personajes pertenecen a Capcom © A pesar de lo que han hecho en el último tiempo con la franquicia, seguimos amándolo como el primer día, por eso escribimos con todo nuestro cariño sobre estos tan entrañables.
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Arlequín Parte II.
Por Stacy Adler y Ary Lee.
«En ese instante lo supe, Leon: supe que ese hombre iba a transformarse en mi perdición».
Bastó con que Claire finalizara aquella frase para que el joven policía alzara el rostro y pusiera especial atención a su semblante; la forma en que su dulce voz se había quebrado en la última palabra realmente le produjo un estremecimiento inquietante, pues no le agradaba en absoluto que su compañera —dueña de una actitud habitual sonriente y luminosa— luciera un rictus tan lúgubre y abatido. Era como si el simple hecho de recordar a ese tipo fue más que suficiente para acabar con su entereza, que pese a haber dado la impresión de ser inquebrantable, hoy yacía más endeble que nunca.
Sintiéndose contrariado, Kennedy volvió a descender la mirada. Una parte de sí quería disculparse por incitarla a hablar sobre algo tan íntimo, pero la otra parte insistía en hacer exactamente lo contrario; después de todo, estaba seguro de que pese a ser doloroso e incómodo, sacar todo ese ácido de su interior finalmente lograríala sentir reconfortada y quitarle al menos algo de agobio.
Mientras sus pupilas vagaban por lo bajo y se percataba de que sus manos aún continuaban unidas, Leon entrelazó sus dedos y con presteza reafirmó el agarre. Era un contacto que no les molestaba, muy por el contrario, les hacía falta y experimentarlo parecía brindarles fuerzas a ambos. Ella tampoco apartó la suya cuando se animó a servir más vino y se estiró un poco para alcanzar la botella, pues en el lugar de quebrantar ese bonito nexo, Claire prefirió valorar la calidez de aquel tacto y realizar todo lo anterior utilizando solamente una mano.
—Tú con Wesker y yo con Ada… Es evidente que las atracciones fatales no son nuestro fuerte, ¿verdad? —Aunque el comentario logró aminorar los ánimos y, por ende, también arrebatarles un par de carcajadas, ambos sabían que pese a sonar deplorable y bastante humillante, muy en el fondo aquella frase estaba cargada de razón—. ¿Sabes? —Agregó, recuperando la seriedad—, me siento culpable por haberte incentivado a platicar sobre esto, pero… al mismo tiempo, estoy convencido de que haberlo hecho sigue siendo lo correcto. Sé que en un principio duele como los mil demonios, pero créeme, Claire: en cuanto te lo quites de en medio, poco a poco acabarás sintiéndote mejor.
En tanto arqueaba una de sus cejas y fingía un gesto suspicaz, la joven le miró fijamente.
—¿Acaso lo dice por experiencia propia, señor Kennedy?
Él sonrió mientras asentía enérgicamente.
—Sí, y lo comprendí gracias a una alocada chica que resultó ser muy sabia. Ella me hizo entender que meter el dedo en la llaga no es tan malo como creía.
Sabiendo que el comentario aludía a su propia persona, Claire dejó que algunas risitas de toque menos amargo estiraran por completo sus labios húmedos de vino. Pues sí… definitivamente sería agradable sentirse un poco liberada, después de todo, solo ella sabía cuánto necesitaba —por muy ínfimo que fuese—, percibir un poco de su consciencia más liviana y distante de aquella carga. Supuso que así se sintió Leon cuando hablaron algunas noches atrás, aunque no dejaba de parecerle sorprendente que esa conversación, de inicio trivial, pudiese haber obtenido resultados tan reconfortantes y terapéuticos para él.
Cruzó los dedos mentalmente con una plegaria silenciosa de ser bendecida también con sensaciones como las que experimentó su amigo. En tanto bebía, el calor de sus dedos entrelazados la ayudaba a no sucumbir al frío interior que estaba agazapado, esperando a atacarla en cuanto se atreviera a continuar la historia. Ni siquiera se había asomado a la parte más difícil y ya tenía miedo de llegar…
—Claire, ve a tu propio ritmo —musitó Leon. Las palabras parecieron deslizarse suavemente entre ellos, tan dóciles, tan mansas, tan… reparadoras.
¿Podía leerle la mente, acaso? ¿Tendría ese poder? Tal vez, lo único que ocurría allí era un despliegue de la empatía más pura. Calzaba con la personalidad de Leon, había que reconocerlo.
Visiblemente indecisa, Claire fue tanteando frases antes de, finalmente, continuar con su relato.
—Vas a pensar que mi vida era una comedia de situaciones, pues Chris terminó por enterarse igual de mi detención. Con todo lo que traté de evitarlo, y ya ves.
—¿Cómo? —La pregunta parecía redundante, pero realmente no pudo evitarlo.
—Y lo peor fue Wesker no me delató, tampoco quien me llevó a la oficina de los S.T.A.R.S., sino el oficial que me hizo el control. El primero —sonrió con un poco de tristeza, como si aún le doliese recordar ese deplorable episodio de mala suerte—. Eventualmente discutí con mi hermano sobre eso por teléfono, fue horrible… —sin darse cuenta, terminó la unión con Leon para llevarse ambas manos al rostro y cubrirlo como si estuviera sufriendo una gran vergüenza—. Chris dijo: «¿Hasta cuándo vas a madurar? ¿De qué sirve una nota sobresaliente si sigues portándote como una cría irresponsable?». Sí, tenía razón, pero escucharlo así me hizo mucho daño. Por él, no por mí —aclaró—, porque me esforcé tanto en agradarle y metí la pata en algo así de absurdo… Ahora lo veo con más claridad, entiendo cada error que cometí, cada vez que herí a mi hermano, que me herí yo… —apartó las manos y permitió que Leon viese su rostro. Estaba al borde de las lágrimas, otra vez—. Me hubiera gustado llegar a estas mismas conclusiones en aquel momento; en cambio, lo que hice fue reaccionar como quien echa leña al fuego.
—No esperaba menos de una adolescente rebelde —dijo en broma, buscando distraer a Claire y que despejara un poco la bruma de su mente.
—Los Redfield somos un poquito obstinados —explicó. Su boca se curvó en una sonrisa algo torcida.
—Creí que eso estaba relacionado al color de tu cabello.
Bueno, si algo había que concederle a Leon Kennedy, aparte de un aspecto fantástico, era que no se pasaban penas a su lado. Claire sintió su espíritu renovado para continuar el relato.
—Entonces, como estaba tan resentida con Chris, decidí no quedarme los días que había estimado en un inicio. Dije, «¡a la mierda Raccoon City! Me iré ahora mismo a casa, así aprenderá a apreciarme». Qué tonta —matizó, sacudiendo la cabeza de un lado a otro—. Pero fui aún más tonta cuando decidí que, antes de volver a mi ciudad, debía despedirme de él.
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«Claire estuvo mucho tiempo frente al teléfono de su habitación en el hotel, deliberando si atreverse o no a hacer la llamada telefónica que venía pensando desde que cortó el teléfono, furiosa, tras gritarle a Chris que no era su padre, sino su hermano. En realidad, se arrepintió tan pronto aquella frase emergió de sus labios, pero considerando que estaba acezando por la frustración y que ya era bastante tarde para ofrecerle una disculpa, solo atinó a encajar bruscamente el auricular en su soporte.
—Al diablo, él también se pasó conmigo —masculló entre dientes, sosteniendo el número de la oficina de los S.T.A.R.S. entre sus dedos.
¿Por qué no hacerlo? ¿Por qué no llamarle? Finalmente, si Chris se enteró de su detención no fue cosa de aquel hombre, había cumplido su palabra… Seguro que el "soborno" era solo una excusa. Su hermano le dijo en alguna ocasión que el capitán parecía disfrutar meterse con él, cosa que a su criterio, debía ser un motivo más que suficiente para desear mantenerlo lejos, pero siendo franca, Claire sentía precisamente lo contrario y, pese a esforzarse por intentar actuar con sensatez, no podía dejar de pensar en lo bien que se había sentido el simple roce de su mano.
"Solo quiero despedirme y volver agradecer lo que hizo por mí, ¿qué tiene eso de malo", se preguntó, mientras ignoraba por completo que, por mucho que intentase planteárselo de un modo simplista, aquello no dejaba de ser jodidamente absurdo e inadecuado. Sin embargo… en su frágil mente abatida ya comenzaba a tejerse una idea sumamente arriesgada que tenía el efecto de seducirla como un buen vino. Pese a encender todas las alertas de su cerebro, Claire ni siquiera parecía dispuesta a tomar dichas advertencias en serio, mal que mal, ¿de quién se suponía que debía desconfiar? ¿Del capitán Wesker? Por favor... ¿Qué debía temer de él, si técnicamente durante esa noche nefasta había sido la única persona que, sin juicios de por medio, estuvo dispuesto a ayudarla? Aquello no le hacía sentido.
Totalmente embaucada e incapaz de sopesar las devastadoras consecuencias que podrían acarrear sus actos, Claire estiró una mano hacia el teléfono, tragó una extensa bocanada de aire y, sintiéndose tan nerviosa como absorta, sencillamente se aventuró a realizar la llamada.
Tal vez de lo que realmente debía desconfiar era lo irracional que estaba siendo, pero si era honesta, aquello había dejado de tener importancia mucho rato atrás.
En cuanto marcó el último número y arrimó el auricular del teléfono hacia su oído, el interior de su cabeza no tardó en percibir el eco de sus propios latidos cardíacos, pues de pronto se oían persistentes y agitados, como si quisieran advertirle algo… aunque no supiera bien el qué.
—Buenas noches —sacándola de sus cavilaciones, una voz masculina que no se asemejaba en nada a la del capitán Wesker, rápidamente se manifestó a través de la línea—, habla el agente Aiken, usted se ha comunicado directamente con la oficina de los S.T.A.R.S., ¿en qué puedo ayudarle?
Claire tragó saliva, no esperaba que un policía de la categoría de Wesker atendiese el telefono, pero tampoco había previsto que lo hiciera directamente un compañero de Chris, por lo general esas llamadas solían ser atendidas por una recepcionista que las derivaba hacia los respectivos escritorios de los agentes, pero como siempre, su maldita suerte decidía jugarle un inconveniente.
—Yo… —Si lo meditaba un poco, tampoco debía sentirse extrañada, era bastante tarde y no resultaba descabellado pensar que el turno de noche se hiciese cargo de sus propias llamadas—. Este... quisiera comunicarme con el capitán Wesker. —Carraspeó, nerviosa. ¿Qué iba a decir cuando el agente Aiken preguntase su nombre? ¿Que su apellido era Redfield y que, pese a ser hermana de Chris, no estaba llamándolo a él?
—¿Quién le llama?
"Perfecto, Claire, esto deja en evidencia que definitivamente eres la reina de la estupidez".
—Bueno, yo… —esforzándose por salir victoriosa de aquella interrogante, su mente no tardó en empezar a idear una respuesta que sonase convincente y, al mismo tiempo, comprensible para Albert—, solo dígale que soy quien estuvo platicando con él sobre aquel caso que está siendo investigado por soborno.
—De acuerdo, deme unos segundos.
Sonrió emocionada; después de todo, aquello no había sido tan complicado. Comenzó a contar los segundos de espera antes de darse cuenta, chasqueando la lengua contra su paladar empleando cierto ritmo. Calló en cuanto escuchó que la llamada había sido transferida por fin.
—Sabe que los casos de cohecho son penados con cárcel, ¿o no, señorita?
A Claire se le encogieron los dedos de los pies cuando el tono grave y nasal de Wesker alcanzó sus oídos. Le resultaba un sonido tan avasallador que, por mucho que intentase no deleitarse, tenía bastante en claro que esa voz, impetuosa y acérrima, iba a terminar destruyendo su sistema nervioso. Calentaba lugares de su organismo que no debía estar sintiendo en ese minuto, aunque en ese minuto no le prestase real atención a ese pequeño detalle.
—Por eso es tan importante no dejar cabos sueltos —replicó en tono juguetón.
—¿Usted es un cabo suelto? —Claire se mordió el labio inferior, ni siquiera lo estaba viendo y ya percibía como si su vientre bajo estuviese ardiendo en medio de grandes llamas—. Parece que quiere invertir los papeles. ¿Debería sobornarla?
—Puede ser… aunque estoy por volver a mi ciudad, será difícil que me encuentre allá.
¿Desde cuándo se había vuelto tan emocionante una simple conversación telefónica?
Oh sí, posiblemente desde que sus hormonas habían caído rendidas ante los encantos del jefe de su hermano.
—Si me lo propongo, puedo encontrarla en donde esté.
"De acuerdo, ahí va…"
—¿Qué tal dentro de media hora, en la cafetería a dos calles de la comisaría? —Consumida por la ansiedad, y antes de que su interlocutor pudiese entregar una respuesta, Claire volvió a tomar la palabra—. Verá, yo... yo solo quiero decirle algo antes de irme… —brutalmente inquieta, cerró los ojos y apretó los párpados con fuerza—. No sé si será relevante para usted, pero al menos yo sí… deseo que me escuche. Solo un par de minutos, lo prometo. Aunque entendería si no puede asistir, seguro que está muy ocupado…
Albert la interrumpió con una frase que le resultó inesperada:
—Me basta con que sea importante para usted. La veo en media hora. —Y cortó la comunicación.
Durante un tiempo que fue incapaz de contabilizar, Claire simplemente permaneció inerte. La llamada había finalizado hace un rato, pero ella se sentía demasiado abrumada como para reaccionar. No podía hacerlo, al menos, no después de haber oído la respuesta de Wesker.
"Me basta con que sea importante para usted".
Mientras su mente sopesaba miles de razones para no malinterpretar esa frase, su corazón insistía en latir desbocado.
¿Realmente le importaba? ¿Ella, o lo que tuviera que decir? Demasiado para analizar. Se le iba a fundir el cerebro junto con su entrepierna en cualquier minuto».
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—Así que la tonta de mí salió casi bailando del hotel —declaró encogiéndose de hombros—. Qué estupidez, de verdad. No debí ilusionarme por algo tan trivial, pero… —mordió su carnoso labio inferior, eligiendo las palabras más adecuadas para explicar la confusa maraña de pensamientos que acaparaban su mente.
Leon, cruzado de brazos frente a ella, movió la cabeza en señal afirmativa.
—Ah, las hormonas —murmuró en tono comprensivo—. Sé lo que es eso. Hay personas que nos hacen sentir en llamas con tan solo su voz, o su proximidad física. La química es muy difícil de resistir cuando la encontramos en alguien —parecía un profesor con un doctorado en oxitocina por la confianza que desprendían sus palabras—, y es muy probable que terminemos haciendo tonterías solo por sentir aunque sea un instante de placer.
—Cualquiera diría que eres un experto en la materia —se mofó Claire.
—Cuando era adolescente, me pasaba con casi todas las mujeres —respondió entre risas—, y la última vez pudo costarme la vida. Dios, necesito madurar… —agachó la cabeza y frotó su frente, ahora con gesto melancólico. La muchacha guardó silencio a la espera de que continuara, lo cual tardó un poco más de lo previsto, pues su interlocutor buscaba cómo cambiar de tema—. ¿Sabes, Claire? —dijo finalmente—, en el cuerpo de policía nos enseñan muchas cosas acerca del comportamiento humano, especialmente aquellas que pueden influir en las decisiones de los demás, tanto en la vida diaria como en situaciones de peligro. Aprendí que una estrategia muy común de los manipuladores es hacer sentir a la otra persona que es muy importante con frases o hechos simples. Y, por la forma en que te expresas sobre ese tal Wesker, diría que es ese tipo de persona.
La pelirroja adoptó una expresión compungida.
—Tienes razón. —Unió las puntas de sus dedos mirándolos con distancia, como si guardaran respuestas que por sí misma no podía encontrar—. Creo que siempre supe, aunque fuera muy en el fondo, que él no buscaba lo mismo que yo. Mucho más adelante comprendí mejor las cosas… en ese momento estaba cegada.
—Las hormonas —repitió Leon, sonriendo.
Claire terminó riendo por los comentarios de su amigo, aunque sus carcajadas llevaban un leve dejo cortante.
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«Wesker se encontraba de pie, esperándola de espaldas junto a la entrada de la cafetería. No daba la impresión de tener prisa, pero que no se hubiese tomado la molestia de ingresar al local, era un claro signo de que no contaba con tiempo suficiente como para charlar o beberse otro café... Sin embargo ahí estaba, haciéndola sentir honrada mientras le concedía un improvisado espacio en su apretada agenda.
Apenas estacionó la motocicleta y se despojó del casco que cubría su cabeza, Claire titubeó y padeció un efímero instante de sensatez. De pronto, no podía dejar de pensar que estaba cometiendo una terrible locura. ¿Qué demonios pretendía viéndose a escondidas con él? ¡Por Dios, tenía dieciocho años y era muy probable que el capitán de lo S.T.A.R.S. fácilmente la doblase en edad! Sin mencionar que estaba ignorando olímpicamente el detalle más relevante: Albert Wesker era el jefe de su hermano. ¡De su hermano! Que, a pesar de haberse comportado como un idiota, seguía siendo la única persona que realmente le importaba en el mundo. Por eso, no podía quitarse de la cabeza la idea de que lo estaba traicionando con su actitud irresponsable. Si bien Wesker y Chris mantenían una relación bastante cordial, Claire también era consciente de que su hermano solía ser blanco de su constante tiranía y mal humor. Él mismo se lo había dicho en incontables ocasiones y no dudaba que fuese cierto; a fin de cuentas, Chris era un ser humano como cualquiera y podía tener muchos defectos, pero mentir jamás fue uno de ellos. La mayor parte del tiempo acostumbraba a ser honesto —demasiado, de hecho— y eso le producía un mal presentimiento, porque en medio de su fuero interno… una voz siseante no dejaba de repetir que se alejase, pues era muy probable que Wesker no tuviera las mismas expectativas que ella cuando aceptó el encuentro.
¿Sería esta su versión de una broma para molestar a Chris?
Negó con la cabeza y de golpe detuvo esos pensamientos. No podía creer que su baja autoestima la estuviese haciendo dudar de semejante forma. Era patético, incluso para alguien tan novata como ella. Tanto si Wesker deseaba únicamente burlarse como si no, ella buscaría salir airosa de la situación. No era una cría como para escapar de un adulto con intenciones adultas.
Decidida a no dar marcha atrás, inspiró profundo y comenzó a descender de la Harley Davidson, debía relajarse y hacer caso omiso a todas esas deducciones infundadas. Ya estaba ahí, y a juzgar por la forma en que Wesker tensó ligeramente su postura, podía inferir que él también acababa de advertir su llegada.
Sin despegarle la vista de encima, Claire comenzó a reducir la distancia que los separaba, y él por su parte, lentamente empezó a tornarse en su dirección. No sabía cómo explicarlo, pero percibía con claridad su ritmo cardiaco incrementarse a cada paso que iba dando, como también el aire se hizo de pronto más denso y una serie de sensaciones alucinógenas entorpecieron lentamente sus pensamientos. Wesker estaba provocando que acabase de hundirse en el surrealismo más perturbador de su existencia, frente a él sentía el asfalto desvanecerse y transformarse en una especie de supernova; de repente flotaba y los sonidos a su alrededor se esfumaban, como si vagase en el espacio y no existiese nada más que su presencia y esa maldita fuerza de atracción que la absorbía hacia su cuerpo.
Estando a menos de un metro y sin comprender cómo había podido llegar sin sufrir un colapso nervioso, Claire se plantó en frente suyo.
—Si le estoy haciendo perder el tiempo, por favor discúlpeme —comentó a modo de saludo—, lo último que querría hacer era volver a molestarle.
—Tranquilícese, no me molesta para nada —respondió con simpleza—. Es cierto que no cuento con demasiado tiempo libre, pero no se preocupe, puedo permitirme estar ausente un par de minutos.
—¿Está seguro?
—Sí, señorita Redfield. —Ahora parecía ligeramente irritado. Claire se arrepintió por haber insistido y tomó nota mental de su reacción—. El escuadrón parece demasiado ocupado en planificar el cumpleaños de Brad Vickers, ni siquiera notarán que salí.
—¿Cuándo será? —Sin notarlo, estaba tomando cada vez más confianza para dirigirse a él.
—El próximo fin de semana —explicó, luego frunció el ceño—. No me diga que usted también está interesada en participar.
—¿Usted no?
Tras percatarse de que lucía incómodo, Claire sonrió con diversión. La interrogante incluso parecía haberle ofendido un poco.
—Por supuesto que no —obvió, mientras su mandíbula se tensaba y todo su ademán comenzaba a denotar rechazo—, aborrezco el ruido y los tumultos sociales. Pero supongo que no estamos aquí para hablar sobre algo tan trivial como eso —murmuró cruzándose de brazos.
—En absoluto—rectificó con premura—. Yo… en verdad le agradezco que haya venido —musitó cabizbaja, llevándose ambas manos hacia los bolsillos de su chaqueta—, no podía irme sin antes despedirme y agradecer todo lo que hizo por mí.
Albert ladeó la cabeza hacia un costado de su hombro, abandonando la postura defensiva que adoptó tan solo unos instantes atrás.
—Sabe tanto como yo que aquel "soborno" fue un agradecimiento aceptado de mutuo acuerdo. —Albert avanzó un paso y aquello inmediatamente la obligó a alzar el rostro—. ¿Me permite decirle algo? —Claire movió la cabeza en señal afirmativa—: Resulta bastante extraño que se vaya de la ciudad a tan poco tiempo de haber llegado... Me hace pensar que tuvo problemas con su hermano. ¿Adiviné?
Mierda, ¿cómo podía ser capaz de interpretar sus pensamientos con tanta exactitud? ¿Acaso le bastaba con mirar a través de sus ojos para introducirse en su mente y leerla como si de un libro abierto se tratase?
Tragó saliva, rogando que especialmente lo último no fuese cierto.
—Sí —admitió por medio de un suspiro—, pero no crea que le pedí esta reunión porque desconfío de su palabra…
—¿Siempre es así de ansiosa cuando se dirige a alguien más? —la frenó sonriendo y dando nuevamente la arrogante impresión de disfrutar su nerviosismo—. Descuide, sé que no está aquí por ese motivo.
Ella rápidamente volvió a asentir.
—Eso sería lo último que habría pasado por mi cabeza. —Bajo un gesto reflexivo, Claire mordió el interior de su mejilla, luego soltó un nuevo suspiro y, previo a seguir, se tomó un ligero instante de calma—. Seré honesta: hay muchas cosas que aún desconozco del mundo adulto y quizás, para un hombre como usted, esto resulte una tontería absoluta, pero en verdad necesitaba darle las gracias apropiadamente. —Sin poder ocultar el sonrojo de su cara, alargó una de sus manos y con timidez la extendió hacia él—. Gracias por ser la única persona que me ha tratado con amabilidad en los últimos dos meses de mi existencia. Eso es todo, capitán.
Mientras Wesker correspondía al gesto y su mirada parecía recaer sobre la reciente unión de sus manos, Claire maldijo más que nunca que llevase encima esas impertinentes gafas; necesitaba ver la expresión de sus ojos y comprobar si ese contacto lo estaba haciendo sentirse tan vulnerable y expuesto como a ella.
"Seguro que no", pensó con un poco de amargura. En ese instante, Wesker sonrió de costado y su expresión se tornó burlona.
—Sabe que los adultos no solemos agradecer de esta manera, ¿verdad?
—Pues… —Atraída por lo enigmático y excitante que sonaba, la joven se quedó mirándole, petrificada. Sin embargo, decidió restarle importancia a sus palabras, de seguro solo estaba volviendo a malinterpretarlo—, recién le confesé que aún desconocía muchos aspectos de la adultez. —¿Por qué demonios seguía hablándole cuando su voz sonaba como si acabase de perder la mitad de su potencia?—. Aunque... no tendría ningún problema si quisiera orientarme un poco...
Pero ¿qué estaba diciendo? La unión de sus manos solo sirvió para hacerla formular un montón de tonterías. El tacto de la piel de Wesker le quemaba la palma y no creía ser capaz de soportarlo por demasiado tiempo. De inmediato quiso apartarse, pero en cuanto manifestó intenciones de hacerlo, Wesker tiró de su mano y la acercó sorpresivamente hacia él, quedando sus rostros a solo unos centímetros de distancia. Claire no supo qué hacer, por lo que se mantuvo inmóvil y lo único que continuó en movimiento fueron sus pestañas, que subían y bajaban de manera casi convulsa.
—¿Está segura de que desea aprender a comportarse como un adulto? —Albert guió su extremidad libre en dirección a sus ojos, cogió la varilla izquierda de sus gafas y lentamente comenzó a desprenderlas de su cara—. ¿En verdad está dispuesta a mentir, a ser más directa y menos ingenua? Es un largo camino, especialmente para una jovencita como usted.
En cuanto el azul de sus iris quedó al descubierto, Claire perdió una guerra de la que ni siquiera tenía conocimiento. Wesker y la intensidad de esa mirada sencillamente la habían aniquilado por completo, pues debía admitir que su atracción hacia él acababa de sobrepasar cualquier límite que hubiese podido considerar como violento, lo que estaba experimentando al verse reflejada en su mirada, no hacía más que confirmarlo. Literalmente estaba pendiendo de su mano.
Acentuando su capacidad observativa, y sin siquiera molestarse en disimularlo, Wesker comenzó a analizar las reacciones de la muchacha. El ritmo de su respiración, los labios cada vez más rojos, la expansión en aumento de sus pupilas, todo le indicaba cuánto efecto tenían sus acciones sobre ella… cuán vulnerable era ante su presencia.
—Hmmm… —apretó sutilmente el contacto entre sus manos; ella respondió lamiéndose los labios por reflejo—. Deduzco que, antes de llegar a lo más denso, aún tiene muchas otras áreas en las que practicar…
Y ahora que no existían trabas para analizar su mirada, Claire podía asegurar que no estaba malinterpretando nada. Aquello era totalmente deliberado.
—¿Alguna... sugerencia para comenzar? —siseó, tratando de descifrar lo que escondía su habitual y enigmática expresión facial—. S-se supone que es usted quien me debe orien…
No supo si fueron sus palabras, o si de plano fue ella misma quien murió al ser abordada por los labios del capitán, pero de pronto, cada músculo de su cuerpo se quedó inerte y azorado con tan solo el leve roce de la boca con sabor a cafeína que se apoderó de su aliento.
En un inicio, Claire no logró acomodarse al ritmo que Albert estaba marcando, luego concluyó en un pequeño rincón de su cerebro que todavía funcionaba, aunque muy poco, que lo mejor era dejarle hacer y aprender de su forma invasiva, aguerrida, con que la besaba. Era como si marcara territorio con cada paso que daba su lengua en las paredes interiores de su boca, como si su hálito caliente reclamara posesión en ella hasta el último rincón por la manera en que se introducía a viva fuerza cada vez que respiraban. El contacto era húmedo y caliente, también metódico, con cada movimiento previamente calculado. Y resultaba sumamente erótico, más considerando que ambos estaban al aire libre y cualquiera podía verlos; el que aquello no fuese un problema para él volvió a noquearla. Su lengua, a ratos suave como el satín, a ratos más áspera e insistente, le arrancaba suspiros y la obligó a preguntarse cuánta experiencia debía tener para excitar a alguien con algo tan insignificante como un ósculo.
Wesker la besó por medio minuto. A Claire, no obstante, se le antojó como un siglo. Un delicioso e incomparable siglo. Luego, él la separó colocando ambas manos sobre sus hombros. Se veía igual que antes de iniciar el contacto, no se le había movido un solo cabello de su lugar, mientras que ella —no necesitaba un espejo para saberlo— tenía las mejillas ardiendo de rubor y su respiración era la de un atleta que recién había corrido la maratón. ¡Qué injusticia! Lo peor era que ni siquiera la había abrazado, pues sus manos se mantuvieron en sus hombros todo el tiempo, aunque eso lo notó mucho tiempo después.
—Primera lección: así es como besan los adultos, señorita. —Y rompió el contacto por completo, colocándose nuevamente los anteojos oscuros—. Nos vemos la próxima semana —finalizó dándole la espalda sin aguardar respuesta, pues su tono no admitía réplica.
Con esa simple frase quedó muy claro que esperaba una nueva reunión, y ella no supo reaccionar a su tono imperativo. Saboreándolo todavía en su paladar, Claire se limitó a asentir aunque él ya no la veía. No quiso pedirle que se volteara, ni agregar alguna despedida verbal, pues temía que su voz se quebrase revelando el intenso nerviosismo que atenazaba sus entrañas. Se suponía que estaba aprendiendo a ser una adulta, y los adultos no se ponen nerviosos con un simple beso, ¿verdad?».
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Leon no dejaba de asentir con la cabeza, los brazos cruzados sobre el pecho, el cabello cayendo suavemente sobre un lado de su frente. De forma vaga, Claire se preguntó si reaccionaba así porque no sabía qué decir acerca de la historia que le estaba contando, o porque la comprendía mejor de lo que esperaba. Como fuera, la conexión que se instauró entre ellos desde el primer momento de conocerse fue volviéndose cada vez más fuerte con el transcurso de los días, y esta conversación parecía una prueba fidedigna de que no estaba imaginando cosas: su unión era real. Ella tragó saliva mientras evaluaba cómo explicar lo que había sentido en compañía de Wesker.
—Supongo que, a veces, la excitación hace que los jóvenes nos sintamos como adultos con el mundo en nuestras manos, ¿no crees?
Leon arqueó una ceja. Pese a que lo anterior tenía cierto tinte filosófico, también resultaba bastante ilógico. Por eso, y porque Claire en todo ese rato no había dejado de rellenar su vaso con vino, no se molestó en replicar el comentario. La muchacha ya arrastraba las palabras desde que entró en detalles sobre ese primer beso con el capitán, sus mejillas estaban encendidas de calor por el relato y el licor, ¿qué razonamiento lógico podía surgir de sus labios en esas circunstancias? Además, él también estaba un poco mareado, no podía negarlo.
—Lo que dije sonó muy bonito, pero evidentemente es un error —continuó Claire, haciéndose eco de los pensamientos de Leon sin saberlo—; para afrontar la adultez, nuestras experiencias sexuales están muy lejos de ser un aporte significativo —sentenció, decidida.
—¡Oh, vamos! —Ahora sí que el policía la interrumpió, dejando su vaso toscamente sobre la mesa. Al instante, Claire dio un respingo y pestañeó repetidas veces ante la brusca exclamación. Como su amigo la escuchaba en un respetuoso silencio, que lo rompiera de esa forma tan vehemente fue una gran sorpresa para ella—. No porque ese tipo te haya hecho sufrir tienes que adoptar una idea negativa sobre el sexo. Estoy de acuerdo en que no es lo más importante en la vida de un adulto, pero tampoco se puede calificar de algo intrascendente… —Ahí se detuvo, pues notó que el vino le había afectado también, incluso más de lo que consideró inicialmente. El alcohol le había tomado como víctima, de otra forma no se explicaba por qué demonios le incomodaba tanto el rechazo que Claire parecía haber adoptado en cuanto al sexo. En forma repentina, descendió la vista y apretó la mandíbula. Eso ni siquiera debería importarle, ¿o si?—. Bueno... solo digo que, más temprano que tarde, todos acabamos siendo tentados.
—No es cierto —replicó la joven, adoptando un mohín obstinado—. ¿Qué hay de quienes deciden vivir en celibato?
—¡Celibato! —repitió, a punto de reír—. Esas son tonterías… igual acaban cediendo. Incluso Jesús lo hizo, ¿qué queda para el resto de los mortales? —masculló, mientras le restaba importancia al asunto haciendo un gesto de manos.
Claire imitó la forma en que Leon había dejado su vaso con fuerza sobre la mesa, por lo que esta vez fue él quien se sobresaltó.
—¡Ni siquiera puedes estar seguro de eso!
—¡Venga ya! Todos sabemos que fue con María Magdalena.
Y aunque para Claire en un inicio aquello pareció carecer de sentido, de repente chasqueó los dedos y comenzó a asentir con la cabeza.
—¡Sí! Como en La última tentación de Cristo.
—Exacto —concedió apuntándola con un dedo, sin caer en cuenta de que el vino les estaba haciendo sostener una charla sumamente ridícula y fuera de contexto—. Por eso digo que a la larga todo se reduce a las hormonas.
La joven rodó los ojos.
—Me estás hartando con eso de las hormonas.
—¿Por qué? —indagó, formando una sonrisa seductora en los labios—. ¿Te las estoy alborotando?
Con evidentes intenciones de seguirle el juego, Claire arrugó el entrecejo y de modo instantáneo se fingió ofendida; deseaba incomodarlo y acabar truncando la balanza a su favor, pero todo eso se vino abajo en cuanto lo vio guiñarle un ojo, pues sin poder evitarlo, acabó soltando una carcajada tan escandalosa que se vio obligada a cubrirse los labios con la palma de una mano.
—Eres un…
—Un hombre perfecto —aseveró, cortando su oración—, pero basta ya, señorita… creo que nos estamos desviando del tema principal.
Y tan rápido como había llegado, la sonrisa de su rostro se terminó borrando. Ese simple y mundano «señorita» acababa de removerle las entrañas por completo.
Leon, que no era ajeno al cambio que estaba reflejando su cara, de inmediato acomodó sus facciones a las de ella y se mostró preocupado.
—¿Estás bien?
—Sí, descuida… es solo que —deglutió pesadamente—. Él solía llamarme así todo el jodido tiempo —le explicó, incómoda. Alzó la vista y solo vio confusión en el gesto acongojado del policía, entonces supo que tendría que ser más precisa—: «señorita» —repitió, pronunciándolo entre dientes como si fuese un insulto—. Era tan impersonal, tan... genérico, que solo ahora soy capaz de notar cuánto lo detesto.
—Perdón —murmuró Leon. Llevaba la disculpa escrita en su rostro.
—Olvídalo, no tenías cómo saberlo.
Ambos se observaron en silencio por unos cuantos segundos, hasta que Claire rompió la pausa con un profundo suspiro.
—Las jodidas hormonas… —Su tono era distraído, como si lo hubiera dicho sin notar que estaba expresando un pensamiento íntimo en voz alta. Meneó la cabeza—. ¿Sabes por qué odio tanto ese tema?
Leon negó, la boca sellada a cal y canto. Ella volvió a suspirar.
—Porque tienes toda la razón.
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«Al cabo de una semana, Claire volvió a encontrarse con Wesker en Raccoon City, y las circunstancias —tiempo después— se le antojaron similares a lo que debía ser una colisión de asteroides; así de inevitable, así de devastador.
El día en que volvió a la ciudad llevaba dos equipajes: uno medianamente ligero en forma de mochila con diversas prendas y artículos de aseo, y el otro intangible, pues su conciencia le pesaba como un enorme saco de a lo menos quinientas libras. Nunca antes se había comportado de esa forma tan impulsiva; sí, le había dicho una que otra mentirijilla blanca a su hermano a lo largo de su vida, pero de ahí a cruzar una línea tan delimitada como ahora había un mundo y medio de diferencia.
Hecha un manojo de nervios, Claire dejó caer su mochila sobre las frías baldosas del pasillo. Tragó saliva unas cuantas veces, observando fijamente la puerta cerrada del departamento en el que vivía Chris.
No comprendía la razón por la cual Wesker insistió tanto en verla ahí. Se le antojaba como una especie de capricho, ¿qué sentido había en ello? Era un riesgo a todas luces innecesario, pues cualquier vecino podría verles y hacer comentarios de pasillo que fácilmente llegarían a oídos de Chris, delatando lo que supuestamente era un encuentro secreto. Para Claire era más razonable citarse en el hogar del capitán, a menos que este no viviera solo… Chasqueó la lengua cuando sus pensamientos la dirigieron hacia allí. Estaba segura de que había gato encerrado, solo que no se permitió analizar el asunto más a fondo, pues las pequeñas llamaradas razonables de su cerebro eran rápidamente apagadas por otras sensaciones mucho más poderosas. Y peligrosas.
Procurando calmarse, introdujo una mano dentro del bolsillo izquierdo de su chaqueta, a tientas buscó su llavero y con rapidez procedió a extraerlo de ahí.
"¿Y si Chris decidió quedarse en casa?", pensó abrumada, "¿qué le dirás para zafar?".
Al instante en que ese pensamiento cruzó su mente, lo disipó meneando la cabeza. Se había fijado en si divisaba su vehículo al llegar, y este no parecía estar aparcado en ningún rincón del estacionamiento. Además… el capitán le había repetido varias veces que su hermano y Barry iban a asistir a la fiesta del tal Vickers, no tenía por qué demonios preocuparse tanto.
Las preguntas no dejaron de atacar su mente, y fue peor cuando logró dar con la llave correcta. Chris podía no estar en casa en ese instante, pero al cabo de unas horas regresaría y entonces, ¿qué excusa podría inventar? Su hermano no era ningún idiota, no se conformaría con un "Hola, te estuve ignorando toda la semana pero ¡al diablo! Ya estoy aquí, abracémonos y finjamos que los últimos siete días nunca sucedieron". Era ridículo por donde se le mirara. La muchacha suspiró de forma trágica, rodando los ojos hacia el techo de pura angustia.
Lo cierto era que no había ignorado a su hermano porque continuara enfadada con él, para nada. No, el verdadero conflicto en su interior tenía nombre y apellido: Albert Wesker. Él era el único y gran culpable de su alejamiento, pues si no era capaz de comprender su propio interior y la razón por la cual estaba actuando dominada por sus hormonas, menos lograba imaginar una conversación cara a cara con la persona que mejor la conocía en este mundo.
¿Cómo hablarle sin sentir que el remordimiento le estaba estrujando lentamente la garganta y el cerebro?
Claire posó la vista sobre el suelo con la mandíbula rígida. El estómago se le llenó de un doloroso vértigo, ya que solo existía una explicación a esa pregunta y esta se hallaba en la fulminante atracción que sentía por Wesker. Lacerante, agresiva, fascinante; arrastraba fácilmente con su cordura y cualquier pensamiento culposo desaparecía en el acto.
Suspiró por enésima vez. Saber que Chris, al regresar, no haría preguntas y se limitaría a brindarle un abrazo reconfortante le sabía muy amargo, añadiendo un motivo más de agobio a sus ya miles de pesares… Sin embargo, Claire empleó toda su obstinación para deshacerse de cualquier nuevo remordimiento. Tenía que dar un paso a la vez o no conseguiría mantener la cordura, y puesto que lo primero era comprobar si Chris estaba o dentro de su departamento, se dedicó a tocar insistentemente el timbre para salir pronto de dudas.
Nadie abrió la puerta, nadie respondió a su llamado. Claire no supo qué tanto necesitaba ese alivio hasta que se encontró a sí misma con una mano sobre su pecho y una sonrisa bobalicona abarcando la extensión de sus mejillas.
El siguiente paso fue ingresar al departamento. Chris le había brindado copia de la llave un par de años atrás, pero sintió como si fuese un ladrón ingresando de puntillas para violentar propiedad privada, y continuó castigándose ocupando el sillón principal de la pequeña sala de estar abrazándose el cuerpo con ambos brazos. Era mucho más fácil proponerse olvidar todo lo que la aquejaba que cumplirlo, especialmente cuando se encontraba sola…
Unos diez minutos después, el agudo sonido del timbre la sacó bruscamente de sus pensamientos. Todas sus dudas y temores se disiparon como hace el polvo con la brisa cuando lo escuchó repicar por segunda vez. Claire saltó del sillón con el corazón martillando a mil por hora, cada palpitación reverberando en todos los rincones de su cuerpo, los tímpanos vibrando en conjunto con los pasos que la encaminaban a examinar por la mirilla si era Wesker quien llamaba o se llevaría un chasco en caso de que fuese alguien más. Con una mano trémula, descorrió hacia un costado la pequeña tapa metálica.
Lo primero que vio fueron esos anteojos oscuros que tanto detestaba. Los odiaba porque no la permitían ver más allá de los límites que él impuso de forma implícita con ella y el mundo. Sin darse cuenta su respiración se hizo más pesada, empañando la mirilla con su cálido vaho; dándose cuenta de que llevaba varios segundos observando a través del cristal, Claire pestañeó con fuerza y se dio ánimo articulando algunas palabras en silencio. Quitó por completo el seguro y abrió.
—Buenas noches, señorita. —Su voz sonaba más ronca, con ese habitual toque nasal que no era desagradable sino melodioso. Le brindaba elegancia incluso a las frases más trilladas.
—B-buenas noches, capitán. —Wesker sonrió de medio lado. Ella no comprendió la razón—. Adelante, por favor. Eh… —se quedó con una frase a medio pensar, pues el hombre ingresó al departamento portando una botella de vino, algo que Claire no se esperaba—. Un minuto, iré a buscar copas.
Trotó hacia la cocina intentando no perder los estribos. Era solo un maldito vino, lo había bebido hasta la inconsciencia en sus primeros meses como estudiante universitaria… Allí no había nada nuevo, ¿qué ganaba poniéndose nerviosa con eso?
¿Por qué Wesker tenía la espantosa habilidad de hacerla estremecerse únicamente con su presencia? Sus movimientos, su piel ligeramente tostada, su cabello fijado con gel, su aroma almizclado, jodidamente masculino; todo en él debía estar prohibido por ley. ¡Maldita sea, su libido no dejaba de crecer cuando lo tenía cerca!
El inconfundible ruido que hace el cristal al chocar con otro hizo que Wesker se girara en dirección a donde se había perdido la muchacha, quien rápidamente volvió portando dos delicadas copas.
—¿Por qué la prisa? —inquirió en tono burlón cuando Claire apareció nuevamente en el salón a paso ligero.
"Fantástico, Claire", se regañó mentalmente con dureza. "Dejarte en evidencia es una excelente forma de comenzar la velada".
—¿No tiene sed? —preguntó con la intención de devolver la broma con la mayor dignidad posible. Dios sabía que ella sí sentía la garganta seca.
Estaba a punto de tomar la botella para descorcharla cuando Wesker le ganó la mano cogiéndola rápidamente. Ya tenía un destapador en la mano, por lo que casi en el acto ambas copas se vieron rebosantes de oscuro elixir, lleno de promesas inquietantes, contenedor de placeres tan antiguos como la humanidad misma.
Claire se dio cuenta que no sabía cómo rellenar los silencios entre ellos mientras bebían. Supuso que aquello era esperable, puesto que los separaban muchos años de diferencia, ¿qué temas de conversación podrían tener en común? Ni siquiera provenían de generaciones contiguas.
Suspiró. Lo único que podría unirlos era el deseo; ella conocía muy bien el suyo, pero el del capitán todavía estaba escondido bajo la espesa neblina que era su rostro inexpresivo. Sabía a nivel básico lo que esperaba de ella, y el suspenso estaba por cobrarle factura en cualquier momento.
Dejó la copa a un lado. Había terminado su contenido sin darse cuenta, mientras que Wesker todavía estaba en la mitad de ella. Se estaba tomando las cosas con toda la calma del mundo.
"Pasos de bebé…", pensó Claire mientras hacía de tripas corazón para romper el incómodo silencio y resolver aquella duda que no dejaba de atormentar sus pensamientos:
—Capitán, me gustaría preguntarle algo. —Agradeció en su fuero interno tener las manos libres, pues así lograba ocultar con éxito el suave temblor que las movía en contra de su voluntad—. Dígame: ¿por qué... insistió en verme aquí?
Como a Wesker no se le movió un solo músculo de la cara tras escuchar la consulta, Claire de inmediato se mostró arrepentida; de pronto había un deje abstracto en su expresión taciturna, de toque esotérico y ambiguo; algo que, pese a emplearse por completo en la tarea de descubrirlo, consumía por completo su inteligencia y no llegaba a ningún puerto. Era inútil seguir intentándolo.
Justo cuando pensaba disculparse por haber dicho algo que, al parecer, había sido una imprudencia para él, Wesker la detuvo en tanto alzaba una mano y se apresuraba en vaciar el contenido de su copa. Ella asintió al instante y guardó silencio, camuflando su profundo desasosiego con una cara de póker para nada convincente.
—Claire.
Fue tal el impacto de escuchar su nombre de pila en los labios de aquel hombre que su boca se expandió hasta un punto imposible debido a la sorpresa, y esta fue aún mayor cuando descubrió que Albert había aprovechado ese mismo momento para sujetarle el rostro con una mano y besarla de una forma incluso más invasiva que aquel primer ósculo.
Claire supo varias cosas gracias a ese contacto húmedo. Supo que el vino sabía mucho mejor en esa boca fuerte, que se había contenido bastante cuando la besó por primera vez, y que podía excitarse fácilmente con el roce de su lengua. Supo que no necesitaba ser tocada en otros rincones de su cuerpo cuando el que llevaba la batuta era el capitán Wesker; que su respiración era tan cálida como su aliento, y que odiaba más que nunca esos jodidos anteojos oscuros...»
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Nota de las autoras: Ciao, lectores de Resident Evil, ¿cómo se encuentran?
Nosotras estamos muy felices por el maravilloso recibimiento que nos han dado a este proyecto que, a veces, parece un poco bizarro (para qué lo vamos a negar), pero los desafíos son muy importantes en la vida de un escritor, y armar una trama Weskerfield requiere mucho cuidado. Hemos aplicado toda nuestra experiencia, ¡nos encontramos muy felices con el resultado! Más aún al notar cuánto apoyo hemos obtenido de ustedes. ¡Gracias infinitas!
Habrá una tercera parte que será bastante cruda, intensa, sensual, y la angustia será el platillo principal. ¿Qué crees que ocurrirá allí? ¿Llegará Chris y descubrirá a Wesker con su hermana? ¿Qué hará Leon con toda esta información? ¡Estaremos felices de leer sus comentarios!
«Arlequín» tiene dos canciones insignia: Voices Carry de 'Til Tuesday, y Sad Girl de Lana del Rey. Si no las conocen, los invitamos a escucharlas, ¡podrían terminar sorprendidos!
Estamos abiertos a consultas, comentarios, críticas constructivas, y si te gustó el capítulo muéstranos tu entusiasmo a través de una reseña, alerta de follow o favoritos.
¡Gracias por leernos!
Con cariño,
Stacy Adler / Ary Lee
