Descargo de responsabilidad: Resident Evil y todos sus personajes pertenecen a Capcom. A pesar de lo que han hecho en el último tiempo con la franquicia, seguimos amándolo como el primer día, por eso escribimos con todo nuestro cariño sobre estos personajes tan entrañables.
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Arlequín Parte III.
Por Stacy Adler y Ary Lee
A juzgar por su voz átona, la expresión demacrada en su rostro y los constantes suspiros que acababa de emplear tras pronunciar la última oración, Leon infirió que el relato de Claire estaba llegando a la parte más compleja. Pensó en decirle que no necesita ahondar en demasiados detalles, pues no deseaba ejercer ningún tipo de presión para incentivarla a revelar los pormenores más morbosos de aquella relación; entendía mejor que nadie lo difícil que podía ser desahogarse en frente de alguien y ningún bajo contexto deseaba transformar esa conversación en algo que pudiese resultar degradante. Además, nadie requería ser un erudito para inferir con certeza lo que ella y Wesker hecho hecho en la morada de su hermano. A fin de cuentas, resultaba evidente.
—En cuanto él me besó, yo… —una nueva pausa fraccionó el ritmo de sus palabras, cuyas sílabas comenzaban a oírse cada vez más arrastradas—, simplemente dejé de comportarme como un ser pensante. Me transformé en una persona tan diferente que, incluso frente a un espejo, habría sido incapaz de reconocerme. —Entonces, como si de un paciente psiquiátrico se tratase, Claire pasó de usar una entonación dramática a otra totalmente opuesta, en la cual buscaba defenderse de acusaciones que no le habían hecho—. Verás, Leon, no deseaba follar en la cama de mi hermano. ¿Quién hace algo tan… horrible como eso? ¡En verdad no quería! —Muy alterada, la joven maldijo un par de veces antes de impactar la palma de su mano contra la cubierta del piso—. ¡Esa idea jamás pasó por mi cabeza, te lo puedo jurar por lo más sagrado!
—Lo sé y te creo... —De forma inconsciente, Kennedy dirigió un vistazo hacia la habitación en donde se encontraron Sherry. Pensó que Claire acababa de emplear un tono de voz demasiado alto y temía que la niña fuese a despertar por eso—. No necesitas alterarte, ni justificar tus acciones, recuerda que no estoy aquí para juzgarte.
—Perdóname, no pretendía sonar como una loca, pero hablar de Wesker me descompone por completo.
Leon la observó con un mohín comprensivo.
—Te entiendo —respondió, cabizbajo—. No llegué a conocerlo, pero teniendo en cuenta todo lo que has mencionado, yo también siento que oír su nombre me descompone un poco. Es frustrante escuchar la historia y no poder retroceder el tiempo. Realmente me habría encantado evitar que cayeras en las garras de ese jodido manipulador.
Tras oírle decir eso, Claire no tardó en esbozar una sonrisa genuina. Podía parecer un gesto satírico en alguien que estaba describiendo un relato como el suyo, pero lo cierto era que no podía evitar sentirse contenta por lo atento y preocupado que Leon se estaba mostrando con ella. Era muy dulce, la hacía sentir apoyada.
—Y a mí me habría encantado notar que estaba en frente de un manipulador como ese, pero… ¿sabes lo que hizo en cuanto notó que estaba dudando? —De pronto, se interrumpió a sí misma y comenzó a negar con la cabeza mientras reía de forma sarcástica—. Tomó mi rostro entre sus manos y usando sus artimañas más sucias, dijo que yo lo quería de ese modo. Que todo ocurría de acuerdo a lo que yo deseaba.
Quedaba en evidencia que Claire se absolutamente ebria. Su forma de hablar, de inclinar la cabeza cada cierto rato, y la caída triste de sus párpados, la delataban. Leon tenía en claro que en ese momento lo más sensato sería distraerla; ella no se encontraba del todo bien y no era nada recomendable que continuase sosteniendo recuerdos de ese tipo, pero la veía tan inmersa en esa tormentosa narrativa que, sencillamente, no se sintió capaz de interrumpirla.
—Por supuesto, yo no estaba segura de eso —prosiguió la muchacha, al tiempo en que fruncía las cejas y su semblante volvía a recobrar seriedad—, ¡es más! Ni siquiera sé por qué demonios le creí—. Siendo vigilada por los alarmados ojos de Leon, Claire focalizó su atención sobre la botella de vino—. Lo deseaba, sí, pero no quería acostarme con él en esa cama. Mi hermano no merecía semejante mierda.
Alargó una mano hacia la mesa de forma brusca, tanto como lo era su atropellada explicación. Dio a tientas con el frío recipiente que buscaba y sus dedos se engarfiaron alrededor de él.
—¿Puedes imaginar la falta de respeto que eso implicó? —Dominada por la ansiedad, la joven se apresuró en usar la botella para abastecer su vaso con más vino, aunque para su mala suerte la acción no consiguió dilatarse por demasiados segundos: el recipiente se encontraba vacío—. ¡Joder, lo que faltaba!
Claire volvió a dejar la botella en su respectivo sitio mientras mascullaba una serie de insultos relacionados a su mala suerte.
—Bueno, como sea —prosiguió, emitiendo un exagerado suspiro—. De algún modo me las arreglaba para encontrarle sentido a sus palabras, al menos, cuando estaba con él… que tampoco era gran parte del tiempo. Prácticamente nos juntábamos solo para… Tú me entiendes. ¿Será que por eso le permití tantas cosas y dejé que ejerciera su poder sobre mí?
El abrupto sollozo de Claire fue inevitablemente eclipsado por el dramático sonido que hizo su vaso al chocar contra el piso; aquel estruendo resultó tan inesperado para el policía, que apenas pudo notar el momento exacto en que fue capaz de levantarse del suelo, pues se encontraba tan angustiado que ni siquiera reparó en lo peligroso que eran todos esos restos de cristal esparcidos alrededor; él simplemente se desplazó por encima de aquel desastre y en silencio absoluto se arrodilló a su lado. Pues considerando la forma en que Claire estaba llorando, Leon no tardó en rodearla apretadamente con sus brazos.
Sabía que sus muestras de afecto solían ser rígidas y que no era bueno brindando consuelo a las personas, pero en su defensa, podía decir abiertamente que ese abrazo era el gesto más honesto que había manifestado en años. Y no, no le importaba parecer un tonto mientras la mecía o comenzaba a susurrarle palabras cálidas. Pues ahora tampoco parecía interesado en pensar que sus sollozos podrían acabar despertando a Sherry —y también al resto de inquilinos que pasaban la noche en aquel hotel miserable—, porque siendo franco, todo ese alboroto que su ebria amiga estaba provocando le parecía plenamente justificado.
—L-lo siento —balbuceó ella, haciendo alusión al vaso que, como su corazón, se encontraba por entero reducido a pedazos—, per-perdón no quise...
—Olvida eso —murmuró, mientras percibía cómo el delgado cuerpo de Claire era sacudido por los espasmos de su propio llanto. Deseaba por todos los medios regresarle la calma que había perdido por culpa del vino y los recuerdos—. Por favor no llores… ¿Qué puedo hacer? —Preguntó, un poco desesperado.
Ella simplemente hundió la cara en el hueco entre su cuello y su hombro para sollozar allí todos sus tormentos. El pecho de Leon era seguro, firme, y le daba mucho consuelo aun cuando este fuese tan elemental como el ser arrullada igual que un bebé, percibiendo el suave siseo de sus labios masculinos contra su oreja emulando el sonido que hacen las olas al formarse en el mar. Le pasó ambos brazos por encima de los hombros para aferrarse a él, agradecida de que estuviera a su lado cuando se encontraba en un estado emocional tan lamentable. Sin darse cuenta, terminó también arrodillada. Y en esa posición incómoda para sus piernas, continuó farfullando el desgarrador relato entre sollozos difíciles de comprender, pues no se atrevió a despegarse del cuerpo de León y de su respiración serena mientras avanzaba hacia los recuerdos más espinosos.
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«Wesker dirigió la acción hacia la cama de Chris, que no estaba exactamente muy ordenada pues el cobertor y las sábanas se veían revueltas. Se notaba que su dueño tenía un dormir bastante agitado, con la misma despreocupación que patentaba su negativa a ordenar los elementos que utilizaba en su escritorio de trabajo.
Apenas Claire notó que estaba siendo conducida al lecho de su hermano, clavó los talones en la moqueta e intentó resistirse.
—Esto…, no, espere… —Estaba muy excitada, pero no tanto como para ignorar el agravio que supondría para su relación con Chris el utilizar su cama para copular con su propio capitán.
Albert le sujetó la mandíbula con una mano. Sonreía a media asta, un gesto que era muy atractivo en él, tanto por la expresión burlona en su semblante como por los blancos dientes que poseía.
—¿Te estás arrepintiendo? —susurró en tono árido.
—No dije eso, pero la cama…
—Esto es lo que tú quieres —hizo hincapié en el "tú", enfocándose en el pronombre como si fuera de la prueba irrefutable de su argumentación—, de lo contrario, no habrías aceptado el vernos aquí. Todo lo que ocurre es por tu propia voluntad.
La mente de Claire se transformó en el epicentro de un torbellino. Pues claro… si estaba ahí era porque quería, ¿verdad? Albert tenía razón, negarlo resultaba inútil. Aun así, no le parecía correcto utilizar la cama de su hermano.
—¿Por qué sigues dudando? —Albert deslizó sus labios por la extensión de su cuello, provocándola gracias al rastro húmedo que calentaba con su aliento—. Te deseo, y es evidente que tú también me desees. —Claire emitió un quejido bajo—. Calla y disfruta. Los adultos no hablan mientras hacen esto.
Por eso, y porque continuaba torturándola al resbalar sutilmente el borde de su labio inferior contra la sensible piel de su garganta, la joven mantuvo la boca cerrada a cal y canto. Su cuerpo temblaba de forma involuntaria, a completa merced de la atención que Wesker estaba proporcionándole. Con él se sintió débil, un efecto con el que no estaba familiarizada… Durante esos instantes de jadeo y estremecimientos, pensó que desde el momento en que comenzó a relacionarse con el jefe de su hermano, sus reacciones eran cada vez más inesperadas.
Mientras Wesker dominaba todo el acto, ella simplemente intentaba seguirle el ritmo lo mejor que podía. Sin darse cuenta, ambos llegaron al lugar que ella intentó evitar desde un inicio; allí cayó de espaldas, y rebotar contra la suavidad del colchón no la distrajo lo suficiente como para protestar de nuevo por el lecho. Wesker pronto se tendió encima, prolongando el delicioso tormento con las caricias de su boca, en tanto cogía uno de los pechos de Claire para apretarlos con fuerza moderada. La estimulación era indescriptible.
Gimoteó en consonancia con los breves pinchazos en sus pezones, que eran estrujados por los dedos de Wesker con la cantidad de energía justa como para provocar un dolor muy cercano al placer que casi no puede soportarse. En ese momento, Albert aseguró su mandíbula para que abriera la boca y poder besarla recorriendo hasta los límites de su garganta.
Claire le rodeó el cuello con ambos brazos y lo atrajo aún más hacia sí. Sentía que ni siquiera en ese beso, tan profundo, lograba conectar emocionalmente con él. El deseo no alcanzaba a ocultar de niebla esos pensamientos tristes que se agolpaban en su cerebro. Entonces, Wesker deslizó la mano desde su pecho hacia la unión de sus piernas y ella dio un respingo involuntario. La tela de sus pantalones era muy delgada, en consecuencia, las caricias que lograron disfrutarlas como si estuviese solo en ropa interior.
Tal vez fue cosa de encontrarse tan excitada, o tal vez no, pero Claire reaccionó como la pólvora cerca de un mechero; estuvo a punto de correrse con muy poco esfuerzo, mareada de tanto jadear, su centro húmedo y cada vez más caliente.
—M-me… —balbuceó con voz ronca—, estoy…
—Silencio, Claire.
Wesker redobló el ritmo de su mano, aplicando más presión con los dedos en la parte central de la entrepierna femenina en tanto la palma de su mano masajeaba aquella parte que a Claire le enviaba descargas eléctricas cada vez más seguido. La combinación de besos y caricias hizo que no pudiera soportarlo más y terminó estallando en un largo orgasmo, toda su carne palpitando, la quemazón en su centro extendiéndose por todo su cuerpo, y Albert extrayendo todo de ella gracias a sus caricias prohibidas.
—Eres muy receptiva, señorita —apreció con ademán complacido.
Acto seguido, se bajó la ropa interior por medio de un movimiento rápido. No hubo un preámbulo, tampoco creó expectativas para el momento, simplemente se despojó de sus prendas con prontitud. Claire lo observó atenta. Estaba al borde de correrse otra vez solo mirando lo atractivas que eran sus líneas trabajadas y duras, cómo se le marcaba el abdomen al ritmo de su respiración pausada —totalmente contraria a la de ella—, y ese dominio férreo en la expresión ambigua de su rostro la empujaba a buscar cómo hacerle perder el control. Quería regocijarse en la dicha de gustarle tanto que no pudiera contenerse y sus emociones por fin atravesaran su perfecta cara de póker. En aquel momento, todavía gozando la dicha post-orgásmica, Claire pensaba que era posible.
Albert interrumpió sus musarañas instándola a desvestirse también. Como no reaccionó, el hombre cogió la cinturilla de sus vaqueros para tironear suavemente hacia abajo. Luego, teniéndola ya a su merced, procedió al poco glamoroso momento de colocarse un preservativo. Claire ni siquiera logró prestar atención a ese detalle, que pasó efímero por su vista, pues Wesker enganchó las manos en sus caderas y la penetró con el rugido de un animal satisfecho.
—Ah… —gimió, sin poder evitarlo. Se sentía por completo llena, y muy bien, para su sorpresa, a pesar de que le llegaba muy a fondo, casi hasta el punto de doler. No por nada era un hombre alto que debía medir un metro con noventa fácilmente.
Giró la cara hacia un lado, pues la intimidad del vínculo era demasiado reciente como para mostrar abiertamente cuánto le gustaba. No quería que él viese su apasionado sonrojo ni cómo se mordía la boca para evitar nuevos gimoteos de satisfacción, especialmente cuando a él apenas se le había movido un solo cabello. Incluso su forma de sudar era atractiva, pues el almizcle natural de su piel se acentuó al emanar ramalazos de aroma junto a cada nuevo embiste de su sexo abrasador, más y más insistente. Desesperada, buscó besarlo otra vez. En el acto de abrir los ojos comprendió que los había cerrado algunos segundos atrás.
Wesker pareció adivinar sus intenciones, pues inclinó el torso hacia ella e inmovilizando sus manos por encima de su cabeza, procedió a mordisquearle suavemente los carnosos labios de enardecida tonalidad carmesí. Su lengua lamió el extremo de su boca, yendo nuevamente hacia el centro, en donde ella lo esperaba para replicar sus movimientos con ahínco juvenil.
El acto de la copulación, caracterizado por movimientos limitados, debía complementarse con otras acciones para convertirlo en algo más que solo dar y recibir. Así fue como Claire aprendió que tener un buen amante podía elevar el sexo a una nueva categoría de placer. Y Wesker era un excelente amante, por descontado. Sabía dónde tocar, dónde apretar, y qué ritmo utilizar en los momentos más oportunos. Habría estado muy sorprendida, si hubiese tenido la posibilidad de analizarlo.
Que no la tuvo, porque Albert se encargó de mantenerla muy ocupada por más de dos horas.
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Chris Redfield volvió a su apartamento de madrugada, y tuvo que contenerse de no sacar su arma de servicio al notar que no se encontraba solo. El perfume característico de su hermana le dio la clave, más otro tenue aroma que se le hacía un poco conocido, sin llegar a relacionarlo con algo o alguien en concreto.
—¡Claire! ¿Dónde estás? —dijo en voz alta, quitándose la chaqueta mientras caminaba en dirección a su habitación.
La muchacha respondió con una serie de sonidos inconexos; parecía ocupada en alguna cosa, y así era, pues al llegar al cuarto la vio terminando de arreglar su cama con bastante prisa. ¿Ese era el juego de sábanas y frazadas que tenía guardado?
—¡Chris, no pensaba que…! —se interrumpió a medio camino, luego suspiró bruscamente al tiempo que se arreglaba el flequillo de la frente con ambas manos—. Perdona, se me… derramó el café sobre la cama, ¡pero ya puse toda la ropa a lavar!
El policía sonrió, ladeando un poco la cabeza hacia el costado. Distraído, se preguntó por qué las ventanas de la habitación estaban abiertas siendo tan tarde.
—No pensé verte tan pronto. Estabas muy enfadada.
Claire dejó la almohada a un lado luego de ponerle su respectivo cobertor. Se acercó hacia su hermano con ademán compungido.
—L-lo siento mucho… Actué como una cría, ¿me perdonas?
Por toda respuesta, Chris abrió los brazos y la acogió en ellos cuando se refugió con verdadero fervor.
—Solo si tú me perdonas también —murmuró acariciándole la pequeña espalda—. Sé que me pongo un poco impulsivo cuando se trata de ti, pero estaba preocupado… Tus calificaciones bajaron mucho y no quería que perdieras esa beca que habías obtenido con tanto esfuerzo.
A Claire se le llenaron los ojos de lágrimas, pues hace tan solo un rato atrás estuvo portándose de la peor forma posible. Ahora se sentía llena de remordimientos por lo ocurrido, preguntándose por qué no era capaz de usar la cabeza cuando Wesker invadía su metro cuadrado.
—Supongo que no te irás a dormir con el cabello así de húmedo, ¿verdad? —señaló Chris, en plan "hermano mayor" que solía hacerla reír.
Pero no en ese momento, no cuando tenía sus pensamientos llenos de Albert Wesker, de su cuerpo, sus embistes, su forma de morderle los labios y dejárselos anhelantes e hinchados… Tan anhelantes como sus deseos de entrar en su cuerpo y su alma de la misma forma que había hecho con ella».
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Sherry intentó dormirse con todas sus fuerzas desde el momento en que Claire abandonó la habitación, aunque gracias a los murmullos que percibía en el pequeño salón, le había resultado imposible. Se mantuvo inmóvil, imaginando escenas bellas para distraerse del nerviosismo que aún continuaba sintiendo al encontrarse sola en un cuarto sin luz, pero el sonido de algo quebrándose seguido de los sollozos de Claire, con brusquedad impidieron su propósito y en seguida la impulsaron a saltar de la cama como si fuese un resorte. Aun así, volvió a quedarse quieta por algunos minutos. Tenía miedo de interrumpir su conversación, que curiosamente continuaba a pesar de lo anterior, pero llegó el momento en que ya no pudo esperar más. Descalza y presa de curiosidad, Sherry alcanzó la puerta, con cierto titubeo rodeó el pomo con sus pequeños dedos y lentamente se aventuró a abrirla un par de centímetros; al principio no logró atisbar nada que le hiciera sentido, pero tras captar por qué su amiga se oía tan desesperada, en cuestión de segundos empezó a unir los hilos. Pues en medio de su llanto, alcanzó a identificar algunas frases del tipo «no sabía qué hacer», «me gustaba», y un nombre que llamó su atención: «Wesker». No estaba segura de haberlo escuchado realmente, pero se le asemejó mucho a uno que le oyó mencionar a su papá varias veces, especialmente cuando se encerraba en su laboratorio para discutir alguna cosa con mamá.
Contrariada por la herida abierta que era pensar en sus progenitores, emitió un jadeo bajo que Leon captó a la distancia. Fue en ese momento que Sherry fijó la vista en ellos; los encontró sentados sobre sus rodillas, abrazados y acompañados por una botella de vino que se encontraba totalmente vacía, sin embargo, lo que más llamó la atención de la niña, fueron los restos de un vaso roto, cuyos trozos se encontraban peligrosamente esparcidos alrededor de sus amigos.
Mientras sus pupilas recorrían la escena, Sherry arqueó una ceja. Eso explicaba el escándalo de los cristales rato atrás.
—¿Te despertamos? Lo siento mucho —susurró Leon; que tenía su ademán impregnado de disculpa.
Claire, que todo ese tiempo había mantenido su rostro pegado al pecho de su amigo, lo alzó de golpe separándose de su consuelo protector. Al hacerlo, sin querer apoyó una mano en el hombro herido del policía, pero no se dio cuenta de su respingo adolorido.
—Claire… ¿qué tienes? —Le sentaba mal interrumpirlos, quedaba en evidencia al notar sus manos unidas a la altura de su pecho, las que retorcía una contra la otra de manera continua.
La aludida frotó la humedad de sus mejillas con los dedos.
—Todo está bien, Sherry. Le estaba contando algunas cosas feas a Leon, pero no te preocupes. Ve a dormir tranquila.
Por la forma en que arrastraba las palabras, la niña tuvo certeza de que toda la culpa recaía en esa botella de vino vacía. Su mente infantil ligaba el alcohol al llanto, pues había visto a su mamá comportarse de forma muy parecida en circunstancias similares: cuando las cosas iban mal en el trabajo, se encerraba en su despacho y vaciaba unas cuantas de esas botellas, llorando en silencio, tras lo cual aparecía como nueva al día siguiente. Suponía que era una especie de ritual para los adultos, por ello, agachó la cabeza al tiempo que asentía.
Cuando Sherry desapareció nuevamente en su habitación, Claire intentó distender el ambiente entre ellos con una especie de broma:
—Mira cómo te dejé esa camiseta —señaló hacia el atuendo de Leon con una mueca—, llena de lágrimas, saliva… y mocos.
El joven policía ahogó unas cuantas risas por el comentario, muy propio de Claire, como había aprendido desde que la conoció. Cogió la porción de tela empapada haciendo pinzas con los dedos.
—Me recuerda un poco a cuando anduve por las alcantarillas. Nada mal —apreció, observando fijamente su hombro.
—¡Oye, tampoco exageres! —También terminó riendo sin poder evitarlo.
Leon se puso de pie, ayudándola a imitarlo mientras la sujetaba de los codos. Con cuidado la guió hacia el único sofá de la sala, y ambos terminaron sentados en él.
—Si te duele mucho hablar de esto, no es necesario que sigamos. —Su tono era apacible, igual que el toque tierno de la mano con que le ordenó el flequillo de su frente, acariciándolo como si fuese una niña pequeña.
—Duele como los mil demonios, es cierto —confirmó pestañeando rápido, porque los ojos volvían a llenársele de lágrimas con solo recordar lo que estaba a punto de explicarle—, pero quiero hacerlo. Contarte lo que pasó… creo que es justo lo que necesito. No podría hacerlo si no fueses tú.
Leon apretó los labios, luego asintió una vez con la cabeza, en silencio.
Y se preparó para continuar escuchando.
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Claire dejó el teléfono encima de la mesita de noche con ademán reflexivo. Se giró lentamente sobre la cama y apoyó la nuca en la almohada; sentía una especie de vértigo desde el centro de su cuerpo, muy similar al vacío de estar cayendo sin llegar al final del recorrido, como si estuviese perdida y lo suficientemente desconcertada para ser capaz de entender por qué estaba reaccionado de aquel modo.
Mientras sus pupilas se clavaban sobre el techo y trataba de identificar los motivos de su naciente escasez de entusiasmo, Claire se llevó una mano al pecho, suspiró en forma dramática y rápidamente concluyó que probablemente solo estaba exagerando. Su último reporte de calificaciones había salido mejor de lo esperado y, hasta donde sabía, su secreto aún permanecía a salvo. Por eso le resultaba extraño no poder despojarse del pesimismo acérrimo que se estaba adhiriendo a su cerebro, era por donde le mirase, algo que simplemente carecía de sentido.
Pocos segundos atrás, sostuvo una charla con Albert Wesker que no se salió de lo usual. Todo parecía marchar en orden; él le comentó que, esa misma noche, todos los miembros de S.T.A.R.S. acudirían a una misión de carácter investigativo, aunque para conveniencia de ambos, él había inventado una excusa lo suficientemente buena como para ausentarse del trabajo en terreno, lo que obviamente generaba una instancia perfecta para volver a estar solos.
Una parte de su fuero interno —cada vez más grande— estaba en éxtasis. Acababan de cumplir una semana sin verse y, siendo honesta, debía admitir que su lejanía física con Wesker le afectaba cada vez más. El dolor de la abstinencia iba en aumento pues solo ella, el frío de sus sábanas y los más primitivos de sus deseos padecían los frutos de esa ausencia. Sin embargo, no podía dejar de ignorar lo superficial que estaban siendo sus motivaciones; llevaban cerca de seis meses implicados en ese turbio secreto, y el ser consciente de ello no hacía más que perturbar la tranquilidad de sus pensamientos.
Y es que, además de saber que Wesker era un hombre serio, de carácter dominante y una especie de dios omnipotente en la cama, ¿qué conocía exactamente de él?
Jamás la había llevado a su casa, ni le había platicado de su familia o, incluso, de su trabajo a profundidad. No conocía conceptos tan mundanos como saber qué tipo de música escuchaba o los platillos que prefería degustar, porque al mantener como pretexto la premisa de no ser descubiertos, jamás habían acudido a un restaurante público, por citar un ejemplo. Según Wesker, de ese modo evitarían ser un blanco constante de preguntas y problemas innecesarios. Claire estaba de acuerdo especialmente en lo último, y lo comprendía, pero también estaba empezando a sentirse harta de caer una y otra vez en aquella rutina. Últimamente odiaba tener que acudir a hoteles de carretera, usar el apartamento de su hermano o simplemente tener que hacerlo en medio de un callejón, a oscuras, y soportando las consecuencias somáticas de copular dentro de un auto. Sin embargo, gracias a lo anterior podía discurrir sin lugar a equivocaciones, que su relación con Albert Wesker (si es que así se le podía llamar) solo estaba compuesta de atracción física, encuentros furtivos y una irrefutable escasez de conexión emocional.
—Hey, ¿estás bien? —Tras la pregunta de su compañera de piso, Claire de inmediato detuvo el flujo de sus pensamientos, la miró y se irguió por inercia. Estaba tan absorta en esa especie de monólogo interno que, ni siquiera le había escuchado entrar al cuarto—. Te preguntaba si hoy pensabas pasar la noche aquí. Es que invité a las chicas de la facultad y creí que sería muy divertido si decidieras unirte. Ya sabes… noche femenina, tratamientos de belleza y esas cosas.
Claire desvió la mirada, incapaz de sostener el mudo cuestionamiento en los ojos de la muchacha.
—No creo que pue…
—¡Vamos, di que sí! —la interrumpió con aire entusiasta—. No te he visto muy bien estos días y estoy segura de que una noche de chicas te será de gran ayuda.
Mientras contemplaba el moreno rostro de Brianna, que lucía sonriente e ilusionada, Claire se vió obligada a mantener la mirada gacha. De pronto, se sentía culpable y más agobiada que de costumbre. Brianna era su amiga, alguien de su entera confianza, pero no creía estar lista para confesar su secreto. No aún.
—Me encantaría, pero…
En ese momento, su interlocutora suspiró profundamente.
—Obviamente tienes planes —secundó, un tanto decepcionada—. Descuida, entiendo.
Claire esbozó una sonrisa triste.
—Prometo quedarme la próxima semana. Aunque no lo creas, también extraño las noches de chicas.
Ahora fue su compañera quien gesticuló una mueca melancólica.
—Y yo extraño que confíes en mí como lo hacías antes. —Aunque la respuesta de Brianna denotó una entonación ligeramente tosca, Claire guardó silencio y ni siquiera se atrevió a refutar, pues no dejaba de sentir que esa simple premisa estaba cargada de hiriente razón—. Escucha: no pretendo obligarte a que me cuentes lo que te ocurre, pero tampoco fingiré una indiferencia que no siento. Tu cambio anímico no ha pasado desapercibido para nadie. Ya no te ríes como antes, pasas la mayor parte del tiempo encerrada o viajando... y hasta me atrevería a decir que ni siquiera luces sana, estás más pálida de lo normal e incluso das la impresión de estar más... delgada. —Ante tantas verdades juntas, Claire solo fue capaz de activar su único mecanismo de defensa: ignorarla. Con total fastidio se levantó de la cama y comenzó a darle la espalda—. Es como si algo o alguien te estuviese arrebatando lentamente la energía…
—Creo que estás exagerando —musitó interrumpiéndola mientras cogía un bolso y se apresuraba a meter un par de prendas en su interior—. Estoy un poco estresada, eso es todo.
Tiempo después, Claire resintió que Brianna no intentase persuadirla para quedarse. Quizá un poco de su insistencia la habría hecho desistir de aquel viaje, y no tendría que haber lamentado lo que horas más tarde ocurrió en la oficina de los S.T.A.R.S.
Pero no fue así, por lamentable que pueda sonar. No fue así, y Claire debió aprender de cada pequeño error que cometió en esa época de su vida para volver a levantarse de sus cenizas con el valor de la experiencia adquirida a través del dolor. Y fue más fuerte, pero durante su relación con Wesker se sintió tan frágil como una hoja quebradiza de otoño luego de caer desde su hogar.
Mientras hacía el conocido camino en dirección a Raccoon City sobre su fiel Harley Davidson, las luces del camino iluminaban su rostro alternando turnos con la oscuridad de la noche. Tenía cierto sabor romántico el arrancarse a esas horas para ver a quien en estricto rigor era su amante, mas todo lo vivido junto a él mantenía su natural espíritu alegre en una especie de hibernación.
Brianna tenía mucha razón. Dolía admitirlo. Y dolía mucho más aceptarlo.
Claro que en esos preciosos instantes de dudosa libertad, para Claire sus circunstancias no eran tan extremas todavía. Tenía esperanzas de lograr entrar en él, si bien su voluntad ya empezaba a tambalear gracias a la muralla impenetrable que resultaba el interior de Albert Wesker. Pero era obstinada y no deseaba perder lo que ya tenía, por eso ante todo pronóstico decidió seguir intentando. Había luchado mucho como para rendirse ahora solo porque aquel hombre era demasiado hermético.
Claire arribó a la comisaría de la ciudad admirándola con cierta distancia. Se tomó el tiempo de observar su antigua belleza arquitectónica, llena de historia y secretos que de inmediato la hicieron pensar cuánto deseaba que Albert revelara alguno de los suyos. Negó con la cabeza sintiéndose algo tonta, así que dejó el casco en su lugar tras colocar adecuadamente el candado para asegurar la motocicleta y partió hacia el interior de la comisaría respirando de forma acompasada. La ansiedad de estar junto a él siempre le pasaba la cuenta, por eso Wesker solía burlarse de aquel permanente tono carmesí que adquirían sus mejillas cuando estaban juntos. O sin estarlo, pues la muchacha pasó rauda entre el personal del edificio con el rostro ardiendo de rubor. Llevaba la cabeza gacha, una postura que rayaba en la sumisión de la mascota que busca aprobación de su amo.
La oficina de la división STARS se encontraba a oscuras y vacía, por lo que Claire al principio se inquietó pensando que Wesker había tenido que salir de improviso y, por tanto, su hora de pasión juntos estaba comenzando a irse al garete. Después, suspiró profundo a modo de obligar su mente a obtener un poco de relajo. Si fue así, de alguna manera Albert la habría contactado para ahorrarle el viaje, pues si algo había aprendido durante aquellos meses a su lado era su completo rechazo a malgastar el tiempo, tanto suyo como del resto.
Bueno, considerando que no tenía demasiadas opciones para pasar el rato mientras Wesker regresaba, Claire avanzó un par de pasos hacia el fondo de la estancia y solo se detuvo en cuanto llegó al escritorio del capitán. De pronto, no podía dejar de sentir que era una instancia perfecta para observarlo un poco más de cerca. Desde que su hermano comenzó a trabajar para los STARS debía admitir que ese escritorio siempre le había causado mucha curiosidad; su contraste con los demás muebles de la estancia no solo variaba por el tamaño o la tonalidad oscura de su madera, más bien, aquel escritorio destacaba por albergar un espacio de trabajo tan limpio, imponente y estructurado como su dueño. Hasta cierto punto, era impactante presenciar cómo ese sobrio pupitre podía reflejar con tanta exactitud una personalidad que, la mayor parte del tiempo, era un completo y total misterio.
Permaneciendo absorta en la ejecución de aquel análisis observativo, la muchacha se mordió el labio inferior para reprimir una sonrisa. Su fuero interno no solo la estaba incitando a poner un poco de anarquía en ese escritorio, sino que también en la vida del afamado capitán.
Distraída, tomó asiento en el sillón de cuero y cruzó las manos sobre el protector, también de cuero, que cubría buena parte de la madera.
—Señor Redfield —dijo en voz alta, imitando la voz grave y algo nasal de Albert con una mueca similar al gesto despectivo que solía usar para referirse a su equipo, sobre todo a su hermano—, el café de esta taza se enfrió hace rato. Vaya y tráigame más. ¡No me ponga esa cara, soy su jefe! —La voz se le inundó de risas en esa última frase y terminó carcajeándose de lo lindo con su travesura.
Acezando con cierta dificultad, los ojos chispeantes de diversión, Claire dirigió la mirada hacia el computador que ocupaba el centro del escritorio moderno, el portalápices plateado donde cada bolígrafo yacía en su respectivo sitio, y finalmente fue bajando hasta encontrar unos cajones a su lado derecho. Allí detuvo su impulso de revisarlos, aquello era muy diferente a sentarse y parodiarlo bajo el amparo de la soledad. Aunque, pensándolo bien, solo era su espacio de trabajo. Allí no había nada personal… ¿O sí?
Claire volvió a dudar. No obstante, su necesidad de conocer más de Albert Wesker era demasiado grande como para permanecer haciendo caso omiso de ella.
¿Habría algo en esos cajones que le permitiera dilucidar algún otro detalle extra sobre su amante?
La mente se le paralizó en cuanto fue motivada por la inercia y acabó abriendo el primer cajón. El movimiento de su mano había sido tan automático que, mientras respiraba por la boca y empezaba a deglutir saliva, ni siquiera sopesó las consecuencias que dicha acción podría tener.
De cualquier manera, dedujo que no tenía motivos para preocuparse, en ese cajón solo existían papeles. Muchos papeles. Nada revelador.
Decepcionada, Claire lo cerró y ya habiendo perdido la curiosidad, casi como un movimiento reflejo, abrió el segundo. Fue ese inofensivo momento en donde sus pupilas lograron captar el brillo de cierto objeto que llamó su atención. Su mano lo cogió de inmediato, y debió enfocar la vista para comprender que estaba observando la fotografía de una chica joven… que no era ella.
Deglutió nuevamente, aunque el nudo de su garganta no se deshizo, sino que pareció apretarse más.
Esa chica debía tener su edad, quizás un poco menos, pues se veía muy joven: ojos risueños, sonrisa transparente y delicada, postura laxa ante la cámara. Tenía una figura delgada, el cabello corto y castaño, con una cinta para apartarlo de su frente. Estaba usando un uniforme de baloncesto color verde; quedaba en completo manifiesto que la instantánea había sido captada en un ambiente distendido. Sus rasgos no se parecían en nada a los de él, no debían estar emparentados.
¿Quién tomó la foto, Wesker? Imposible…
Claire sintió que la boca se le llenaba de saliva. Su estómago, antes adolorido por las risas, ahora se le retorcía con las garras lacerantes de los celos. De inmediato quiso apartar esa desagradable sensación de su interior, pero pese a esforzarse, fue incapaz de conseguirlo. Su corta edad y el limbo afectivo en que se encontraba gracias a relacionarse con un hombre que la doblaba en edad y no buscaba acercarse a ella con más intenciones que follar, solo acrecentaba ese tipo de reacciones poco lógicas. ¿Por qué seguía intentando comportarse como alguien que no era? ¿Por qué buscaba actuar con desinterés cuando estaba sufriendo?
No supo en qué momento debió apoyar una mano en la madera para no perder el equilibrio, pero de pronto se vio a sí misma respirando agitadamente por la boca, mientras que su otra mano seguía aferrando la instantánea con tanta fuerza que los nudillos se veían blancos. Así la encontró Wesker, que eligió ese preciso instante para volver a su oficina.
Ni siquiera tuvo que hablar para dejar patente su profundo disgusto al encontrarla sosteniendo aquella foto, bastó con la forma en que arqueó una ceja al tiempo que apretaba la mandíbula. Sí, realmente daba miedo, en especial cuando ni siquiera mostraba el fuego de sus ojos cubiertos por aquellos lentes oscuros.
—¿Qué significa esto? —preguntó Claire bajo su endeble autocontrol, sujetando la dulce imagen a la altura de su hombro—. Dice "recluta" en un borde, pero no parece la foto de alguien que esté postulando para unirse a tu equipo. Tiene que ser algo importante como para que la guardes en tu escritorio.
El capitán no respondió, sino que procedió a acortar la distancia física entre ellos por medio de pasos lentos. La distancia emocional, no obstante, era cada vez más grande.
—¿Por qué tienes esta foto, Albert? —le reclamó otra vez, en un tono agudo que rozaba la histeria.
—No es asunto tuyo. ¿Quién te dio permiso de revisar mis cosas? —Sin hacer ningún caso a la mirada herida de Claire, dio un rodeo y le quitó la instantánea para meterla rápidamente en el cajón y cerrarlo de golpe. Cuando volvió a encararla, su energía había cambiado hacia una que la advertía de no continuar tentando a su suerte—. Mocosa entrometida. Si vuelves a hacer esto, se acabó —la previno gruñendo entre dientes.
—Ya, qué fácil es eludir la pregunta —se burló de forma amarga—. ¿También te la follas a ella? ¿Así es como te gustan, recién salidas del instituto?
—Guarda silencio. —Cerró una mano, que dejó caer sobre la madera con un ruido sordo—. Cuida tus palabras cuando te dirijas a mí. No haces más que decir tonterías desde que llegué.
A Claire se le llenaron los ojos de lágrimas, muy a su pesar. Rápidamente controló su expresión para no quedar en evidencia, pero Wesker tenía la vista muy fina, y era alguien entrenado para detectar cualquier emoción en los demás, aunque jamás mostrase las suyas a menos que se tratara de expresiones sarcásticas… como en ese momento, que compuso un mohín de desagrado tan ácido, tan repelente, que a Claire se le quitaron las ganas de llorar en ese mismo instante.
—Contrario a lo que insinuaste hace un momento, la verdad es que no me gustan las crías —retrajo los labios mientras hablaba—, especialmente cuando lloran. Qué molesto.
Ella tragó en seco. Su garganta parecía hecha de astillas.
¿Qué le gustaba de Wesker en verdad? ¿Qué había en él que seguía buscándolo a pesar de no ser agradable ni dulce? Podría decir que la hacía reír a veces, aunque no estaba segura de que esa fuese su intención cuando ocurría. Más parecía un accidente que otra cosa. Resultaba irónico que, justo en ese momento, se acordara de una ocasión en la que Wesker estaba quejándose de su equipo y dijera "me dan ganas de asesinarlos". Ella lo tomó como una broma de toque oscuro, concordante a su carácter, cuando quizás solo era el comentario de un hombre estresado.
Tal vez lo que ocurría era que Claire proyectaba en Albert lo que realmente deseaba, dotándolo de características que, en verdad, no tenía. Dolía mucho asimilar una verdad tan cruda como aquella mientras era analizada por aquel hombre de mirada oculta tras esas odiosas gafas...
Como si pudiese leerle el pensamiento, Wesker se las quitó en ese momento, dejándolas a un lado sobre el escritorio. Claire volvió a tragar. La fluidez en sus movimientos le seguía atrayendo; era algo que desde el principio le sacudió el interior como un tsunami cargado de fresca libido. Lo deseaba, pero no quería solo su cuerpo, también anhelaba algo más que él no estaba dispuesto a entregarle: su interior. Había intentado llegar a él muchas veces, y solo se encontró con una pared de hierro cada vez que buscaba su tan ansiada conexión emocional. Día tras día, semana tras semana, mes tras mes, su necesidad de intimidad fue creciendo hasta ocupar su interior por completo. Quería gritar de pura frustración, reclamarle por su negativa a darle lo que necesitaba, pero también le sabía mal, porque Wesker jamás prometió vino y rosas. Solo se comprometió de manera implícita a follarla hasta hacerla perder el sentido. Y había cumplido… pero no era suficiente.
—No te entiendo —dijo Claire, cruzándose de brazos y la vista perdida en un punto lejano—. No logro saber qué piensas, o por qué actúas como lo haces. Realmente no puedo comprenderte.
El capitán la observó en silencio por unos segundos, luego se acercó un poco más a ella.
—No viniste aquí para analizar mis motivos. Viniste porque quieres lo mismo que yo.
—Ya no sé lo que quiero…
Albert aseguró su mandíbula cogiéndola fuertemente con el pulgar y el índice.
—Deseas algo sencillo, sin presiones, sin ataduras y sin cuestionamientos —le recordó, convirtiendo esas palabras en algo extrañamente sugerente—. Y por eso estás aquí, en esta oficina. Conmigo, y no con alguno de esos primates unineuronales que tienes por compañeros de clases.
Claire estuvo a punto de sentirse halagada, de no ser porque recordó que Wesker era un misántropo de aquellos que solo pueden verse en la pantalla de un televisor. Iba a responder cuando sus pensamientos se vieron bruscamente interrumpidos gracias al ímpetu del capitán, que le impidió exteriorizar cualquier nuevo vocablo acallándola con un beso de carácter dominante. Llevaba la batuta en ritmo, intensidad y duración, así fue desde el primer ósculo y se mantuvo con el transcurrir de los meses. Claire sabía que era algo inherente a su carácter, lo que aun no conseguía asimilar era cuánto anhelaba un poco de equidad también. El beso en sí era delicioso, pero impersonal. Esa falta de intimidad volvía a destruir sus deseos con cada movimiento de su mandíbula, cada roce de esa lengua en la suya, cada ligero mordisco que recibía en el borde de los labios… Destruía todo en ella una y otra vez.
Volvió a sentir que su juicio estaba al filo de la navaja, haciendo equilibrios como un malabarista arriba de la cuerda floja. Y era Wesker quien sostenía el extremo de esa cuerda. Así de peligroso, así de vital. Así de necesario.
Su boca cobró vida propia, anulando la de él con cierta desesperación trágica. Lo besó rompiendo todas las reglas implícitas que Albert había establecido en esos largos meses de encuentros furtivos, pues se esforzó por mostrarle cómo debería sentirse un ósculo plagado de sentimientos más que de técnica, ángulo o posición. Sus lenguas se enredaron sin control, calientes y húmedas. Wesker enganchó una mano a la cadera de Claire y con la otra jaló su larga coleta castaña por medio de un tirón brusco. Ella jadeó como respuesta.
—Esto es lo que quieres, señorita —murmuró el capitán sin despegarse de su boca—, ¿lo estabas olvidando?
—Hmmm… —No era capaz de formular siquiera una frase coherente. Albert siempre la anulaba con su cercanía.
Volvió a quejarse en cuanto notó la conocida presión que él ejercía sobre sus pezones al apretarlos con el punto justo de rudeza, casi dolorosa. Estaba tan absorta asimilando el placer que solo notó el cambio de escritorio a su espalda cuando una de sus palmas tanteó la textura rugosa de la madera, notoriamente de menor calidad que la del capitán. Abrió los ojos de golpe, luego echó la cabeza hacia atrás para cerciorarse de dónde se encontraba. Cuando sus orbes enfocaron el punto de referencia que necesitaba, ahogó una exclamación.
—¡Este escritorio es de mi hermano! —chilló tapándose la boca.
Wesker volvió a sonreír de forma irónica.
—¿Qué más da?
—¿Qué más…? —No pudo ni terminar la frase de lo consternada que estaba.
—Venir a preocuparte por eso ahora después de todo lo que hemos hecho…
—No sigas. —A duras penas logró apartarle empujando sus duros pectorales hacia un lado. Necesitaba espacio con urgencia, tanto físico como mental—. Podrías haber elegido otro, ¿por qué tiene que ser el de Chris? —Una idea que asaltaba su cabeza con cada vez mayor frecuencia tomó forma nuevamente, al tiempo que su ademán se llenaba de horror—. ¿Tanto lo… odias?
Wesker escupió bruscamente el aire entre los dientes, poniendo los brazos en jarra y desviando la vista hacia un costado.
—Ya estás diciendo estupideces otra vez.
—¡Explícamelo, entonces!
—Deja la histeria, ¡qué molesta eres! —exclamó sin apenas alzar la voz—. Siempre exigiendo tonterías…
Un segundo más tarde se colaba nuevamente en la boca de Claire, besándola con ímpetu prohibido y un claro mensaje de no permitirla continuar con sus quejas. Ella se revolvió. Albert encerró su pequeño torso de pechos ardientes con la cárcel de sus enormes brazos, musculosos, firmes, casi tortuosos.
—Aquí no —lo intentó Claire de nuevo, peleando por liberarse de su delicioso encierro.
Pero Wesker la amordazó otra vez por medio de su boca y sus manos, que vagaban libres por toda la extensión de aquel curvilíneo cuerpo femenino. Apretaba aquí y allá, acariciaba, atormentaba, azuzaba oleadas de intenso placer en los momentos menos esperados para pronto dejarla vacía y anhelante de más atención cuando cesaba el calor de sus palmas en la piel que alcanzaba a palpar.
Claire nunca supo en qué momento su camiseta cayó al suelo, simplemente se vio de improviso en sujetador frente a Wesker, jadeando, la boca árida, los labios resecos. Las mejillas ardiendo. Los ojos temerosos.
¿Y él? Envidiablemente bajo control, en especial cuando la acorraló por enésima vez con el rostro carente de emociones.
—No puedes detener el fuego usando más fuego, señorita. —¿Por qué siempre tenía que utilizar metáforas para hablar sobre su… peculiar alianza? No obstante, la queja interior le duró muy poco porque pronto estuvo despojada de sus calzas y su ropa interior. Él la tomó de las piernas y la sentó sobre el escritorio, dejando su anatomía desgarradoramente expuesta—. ¿Has intentado apagar una llama con aceite? ¿O soplando? Este es un gran ejemplo de lo que pasa cuando lo intentas…
—¿Qué es lo que pasa? —resopló en tono débil, quebradizo por la sequedad de su garganta.
Albert le dedicó una media sonrisa al tiempo que se abría la cremallera del pantalón para liberar su miembro pétreo y comenzaba a rozar el clítoris de Claire con la seda de su glande. Ella gimió.
—Se quema todo. El fuego no discrimina. —Metió dos dedos en la boca de Claire, luego presionó su lengua hacia abajo, y no emitió ningún sonido cuando la muchacha formó una "o" con los labios, mordiendo sus yemas casi hasta un punto doloroso—. Y tú insistes en preocuparte por necedades sin importancia… —Claire balbuceó algunas palabras de las cuales no fue posible comprender ninguna—. Silencio —ordenó el capitán, apartando su mano para volver a castigarle la boca, otra vez usando sus labios y su lengua.
Llevó los dedos húmedos por la saliva de Claire hacia el interior de su cavidad resbaladiza, la masajeó con rapidez buscando que se corriera para demostrarle así que tenía razón. Él conocía ya su cuerpo y cómo reaccionaba a la fricción de sus hábiles manos. También le gustaba sentir los ligeros apretones que recibía su pene, todavía encallado a la suave agitación en aquellos bordes satinados que, no podía negarlo, realmente le atraían. La anatomía femenina en general le atraía, por eso fue que se apartó lo justo para inclinar la cabeza hacia la vagina de Claire y comenzar a lamerle las paredes convirtiendo su lengua en un verdadero huracán que escarbó en cada rincón devastando todo a su paso, igual al fuego descontrolado en verano, y también una fuerte lanza que se clavó hacia el interior tocando los mismos puntos que antes acariciaron sus dedos.
Claire intentó aferrarse a la madera. Su intento fue tan absurdo que tan solo consiguió tirar al suelo el teclado de Chris y unos archivadores que el policía ni siquiera se había molestado en cerrar. Tenía los ojos cerrados con mucha fuerza porque el embate de la lengua de Albert sobre su sexo era demasiado preciso; la estimulación resultaba poderosa, y lograba acariciar las orillas de un orgasmo inminente que, sin mayor dilación, la abarcó de improviso, obligándola a gemir con fuerza mientras palpitaba bruscamente sobre la boca del capitán.
Albert se lamió los labios con su mirada azul clavada sobre ella, que notó cómo su miembro brillaba de excitación. Lo cogió con una mano relajada, la cual deslizó provocativamente de arriba a abajo, frotándole además los pesados testículos. Como lo vio todavía bajo control, terminó arrodillada lamiendo su glande para ingerir el líquido preseminal que relucía cual extraña joya llena de misterios. Wesker se limitó a dirigir sus movimientos cogiéndole la coleta con fuerza.
—Déjalo —ordenó él tras un rato—, voy a entrar en ti ahora.
Claire le dio un pequeño mordisco en la base, con lo que se ganó un fuerte jalón de pelo para apartarla solo lo justo, pues aprovechando el mismo impulso volvió a dejarla pegada al escritorio y allí se las arregló para cumplir su intención de penetrarla. El rugido que brotó de su garganta hizo que Claire se revolviera inquieta. Dejó caer la cabeza sobre su duro hombro fibroso y aguantó cada embiste gimiendo con voz rota; el placer retornaba atacando deliciosamente su punto más sensible.
Otro orgasmo se avecinaba. Su cuerpo vibró expectante, preparándose para recibir el torbellino de puro gozo carnal que acallaba las voces de su conciencia por un rato.
Y llegó. Llegó la liberación, la palpitación de su entrepierna, la intensa liberación de endorfinas, oxitocina, dopamina… la sensación de que las cosas estaban bien. De que ella estaba bien.
Abrió los ojos. Albert estaba quitándose el condón, un ritual necesario pero que tenía un efecto negativo sobre su ánimo, porque le recordaba lo impersonal que era tener sexo con un hombre como él. No había palabras cariñosas, ni besos juguetones. Simplemente eran dos animales copulando por puro placer, y le parecía correcto para quien quisiera hacerlo, pero Claire supo más que nunca que eso no era para ella.
Anhelaba hacer el amor. Tan sencillo como eso. Y, al mismo tiempo, tan complicado…
Tenía que dejar de engañarse a sí misma, y ahora era el mejor momento.
Comenzó a vestirse de prisa. Sus emociones refulgían al borde del abismo, como ella, que mientras se colocaba la camiseta y se subía las calzas no dejaba de pensar que todo estaba fatal. Que, por mucho que se hubiera mentido por tantos meses, siempre iba a terminar vistiéndose con una sensación de amargo abandono luego del sexo. ¿No se suponía que estar con una persona nos motivaba a ser mejores? ¿Y qué hacer cuando era todo lo contrario? Claire odiaba esa sensación, esa falta de control sobre sus actos. Bastaba con que Wesker empezara a besarla o utilizara su florido vocabulario para terminar haciendo cosas que después odiaba, como follar sobre el escritorio de su propio hermano.
Profundamente asqueada, Claire se apartó el flequillo de la frente con un manotazo.
—No podemos seguir así —musitó.
Albert ni siquiera la miró, estaba demasiado ocupado arreglándose el cinturón.
—¿Qué te pasa ahora? —inquirió, distraído.
—¡La puta cama de Chris! —estalló en un arrebato emocional de pura histeria—. ¡El puto apartamento de Chris! ¡El puto escritorio de Chris! —finalizó golpeando la madera con la palma abierta.
Ahora sí, Wesker detuvo el movimiento de sus manos.
—Controla esa jodida boca —masculló indignado. La curva de su mandíbula parecía una navaja afilada.
—No me vengas con mierdas. —Nunca le había hablado de esa forma, pero habiendo comenzado, las palabras arrancaron una tras otra, desbocadas, y no consiguió frenarse—. ¿Alguna vez te ha importado lo que siento? ¿Te has preguntado el daño que me haces al obligarme a…?
—Nunca te he obligado a nada —la interrumpió, mordaz—. Eres una adulta, Claire.
—¡Joder, no me hables en ese maldito tono de mierda! No sé por qué odias tanto a mi hermano, pero estás loco...
Wesker volteó medio cuerpo para clavarle la mirada, que en ese momento parecía acuchillar su interior.
—… Y yo estoy harta. No puedes darme nada de lo que necesito, ¡deja de fingir que me conoces! ¡Deja de tratarme como si fueras el dueño de un puto circo! No haces más que chasquear los dedos —hizo el gesto frente a su rostro lívido— y esperas a que todos corran por ti. ¡Pues yo no, maldita sea! ¡Ya no!
Claire acezaba de puro estrés cuando logró echar fuera todo lo que sintió. El reciente placer físico incrementaba el poder de sus emociones.
—Me cansé… de ser un puto payaso —aseveró finalmente. Sus ojos brillaban de lágrimas, pero la resolución en ellos era implacable—. Me cansé de ser tu puto arlequín.
No esperaba que el capitán reaccionara de forma dramática luego de su reclamo; no esperaba que, como en un libro romántico, alargara una mano para detener sus palabras, detener el inicio de su huída, detener la distancia emocional que buscaba con urgencia tras la crudeza en su protesta… No, no esperaba nada de eso, como tampoco esperaba que una desagradable expresión sardónica se apoderara de su rostro anguloso.
La respuesta a su grito de ayuda era un hombre de ademán relajado. Alguien que bien podría haber estado bebiendo un mojito en la playa, no enfrentándose a algo similar a una ruptura.
Abrumada por todo lo que había ocurrido, Claire se dio la vuelta y huyó.
No volvieron a verso después de aquello.
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Por primera vez en lo que iba de relato, Leon se sintió agazapado bajo la sombra de una nube peligrosa. Lo cierto era que no había llegado a sopesar la crudeza de la historia hasta que Claire ahondó en la última parte; fue ahí cuando, de modo inconsciente, pensó en Chris Redfield, pues no pudo evitar empatizar con él y preguntarse qué sentiría si estuviera en sus zapatos. ¿Conseguiría soportar que un bastardo como Wesker hubiera hecho toda clase de depravaciones con su hermana, si por casualidad llegaba a enterarse sobre lo ocurrido? Analizó la respuesta unos instantes y llegó a la conclusión de que Chris probablemente no sería capaz. ¿Quién en su sano juicio tomaría con tranquilidad un relato tan crudo, protagonizado por una joven ansiosa de crecer y un jodido tirano manipulador? Aun sabiendo que Claire accedió de forma voluntaria, eso no disminuía en absoluto la gravedad del asunto. Albert Wesker continuaba siendo un hombre de casi cuarenta años que, en forma perversa, se había involucrado con una chica cuya edad aún rozaba la adolescencia y eso bajo ningún contexto justificaba el actuar impúdico que utilizó para someterla.
Para Leon, el agravante principal se encontraba justamente en el último extracto de la historia, en donde su compañera de supervivencia relató, sin ser consciente de ello, la forma en que fue sodomizada por haberse atrevido a cuestionar la extraña fotografía que ese infeliz guardaba en su cajón.
Si algún día Chris Redfield llegaba a conocer la verdad y decidía ensuciarse las manos para cobrar venganza, ¿quién podría culparle? Leon no, por descontado. Después de todo, tenía motivos más que suficientes como para reventarle la cara a ese infame.
Con las manos empuñadas tan fuerte que la piel parecía a punto de romperse, y padeciendo de una impotencia imposible de poner en palabras, Leon concluyó que el abuso psicológico podía ser tanto o más letal que el de tipo físico. Ninguna mujer merecía ser pisoteada por un canalla manipulador como Albert Wesker; ninguna debía sufrir las consecuencias de presenciar cómo su voluntad era reducida hasta desaparecer, especialmente alguien joven e inexperto como lo era Claire.
Leon tenía el cuello un poco agarrotado por haber escuchado la historia en posición cabizbaja, pues temía erguirse y encontrar a Claire en un estado de depresión peor que cuando iniciaba la narración. Además, era responsable de haberla obligado a hablar. Ella dijo que le hacía bien purgar su interior con él, y deseaba con todas sus fuerzas que aquello fuese suficiente.
Pero el silencio era muy espeso, por eso se armó de valor y clavó su vista sobre ella. Ya no lloraba, algo que debería haberle aportado un poco de tranquilidad… si sus preciosos ojos enrojecidos no hubieran mostrado tal cantidad de dolor.
—Claire… —La aludida no dio muestras de escucharle. Quizás continuaba en plena catarsis—. Nena, ¿te encuentras bien? —susurró.
Como no obtenía respuesta, ni indicios de una, Leon estiró una mano con la intención de apoyarla en su hombro para hacerla reaccionar. Sin embargo, en cuanto alzó su extremidad Claire se inclinó sobre su eje como si le hubieran dado un golpe en el estómago.
—¡Claire! —exclamó, echándose un poco hacia atrás para analizar la situación.
Entonces, la muchacha se llevó ambas manos a la boca y supuso que estaba reprimiendo una arcada. ¿Sería el vino, la historia? ¿O ambos? No sabía qué hacer, y se quedó estático cuando la vio ponerse de pie para salir corriendo hacia el cuarto de baño.
Claire apenas consiguió echar el pestillo de la puerta; cayó de rodillas frente al excusado y levantó las tapas justo en el instante que su cuerpo expulsaba escandalosamente todo lo que había ingerido hasta el minuto. Era un proceso muy desagradable, en especial con aquel inoportuno calambre que le recogió el estómago al mismo tiempo que devolvía vino mezclado con bilis.
«Qué puto asco», pensó adolorida y mareada, bajando la palanca dos veces antes de conseguir ponerse de pie lastimosamente. La cabeza —y el cuarto también— giraban a velocidad de vértigo. Tragó para no sufrir de nuevas náuseas… lo que era muy mala idea en ese momento.
Mientras apoyaba el cuerpo en el muro más cercano y oía cómo Leon golpeaba la puerta desde afuera, Claire recordó que, durante los últimos días, había venido manifestando malestares de ese tipo sin la intervención del vino.
Volvió a tragar. Le corrían lágrimas de ahogo por el rostro.
—¿Claire? —Ella era apenas consciente del enervante golpeteo que Leon estaba dándole a la puerta con sus nudillos—. ¡Claire, responde por favor!
Confusa, observó su imagen reflejada en el espejo frente al lavabo.
Su periodo probablemente llevaba un mes sin bajar.
—¿Estás bien? —Insistió el policía—. ¿Necesitas ayuda?
¿Estaba bien?
No. Después de Wesker, difícilmente volvería a estarlo.
Con el miedo corriendo desenfrenado a través de su torrente sanguíneo, Claire ahogó un sollozo mientras descendía la vista hacia su vientre.
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Nota de las autoras: Ciao , lectores de Resident Evil, ¿cómo se encuentran?
Ha pasado tiempo, ¿verdad? Bueno, nos gustaría estar presentes más seguido, pero las obligaciones de la vida nos quitan bastante tiempo. Sin embargo, ¡aquí estamos! Contra viento y marea, aunque nos demoremos a veces, amamos tanto escribir que no podemos ausentarnos por mucho tiempo.
En verdad esperamos que este capítulo les haya gustado, nos tomamos bastante escribirlo, porque fuimos detallistas y nos esforzamos por lograr un buen resultado, nosotras estamos muy conformes y de corazón esperamos que ustedes también lo estén.
«Arlequín» tiene dos canciones insignia: Voices Carry de 'Til Tuesday, y Sad Girl de Lana del Rey. Si no las conocen, los invitamos a escucharlas, ¡podrían terminar sorprendidos!
Por cierto, este detalle es muy importante: hemos decidido que Cuarentena, aunque siga siendo una serie de one-shots o historias cortas, todos los capítulos que publiquemos pertenecerán al mismo universo. En consecuencia, lo ocurrido con Claire, Leon y Wesker narrado entre Ilusión y Arlequín pertenecerá a nuestro mismo «canon» con las siguientes historias, aunque los protagonistas irán variando para abarcar a todos nuestros personajes favoritos.
Estamos abiertos a consultas, comentarios, críticas constructivas, y si te gustó el capítulo muéstranos tu entusiasmo a través de (En Wattpad una estrellita o un comentario) y (en FF a través de un review, alerta de follow o favoritos).
¡Gracias por leernos!
Con cariño,
Stacy Adler / Ary Lee
