Capítulo XVI: Viaje a Shizuoka II: Peligrosa obsesión

Ayumi salió cabizbaja y ya cambiada de la habitación y le entregó sus prendas a Mizuki, quien se encargó de dejarlas dentro de la lavadora y hacerla funcionar. Juntas bajaron por la escalera, de regreso al restaurante. Entretanto lo hacían, Mizuki no pudo evitar notar el cambio en el modo de actuar de la niña desde el momento en el que se produjo su descuido hasta que la sorprendió con su cuaderno.

- Oiga, señorita, ¿le ocurre algo malo? – Le preguntó.

- ¿Eh? – Miró el rostro de la moza, verdaderamente leía preocupación en su mirada, pero no podía decirle la verdad –. Es que… - Vaciló, no sabía bien qué mentira decir.

Mizuki entendió que se trataba de algo que no le incumbía en absoluto y fue por eso que dijo:

- No se preocupe. Todo, todo en este mundo tiene solución, con excepción de la muerte. Así que no se angustie. Todo va a estar bien.

Una vez más volvió a sonreírle a la pequeña. Ayumi devolvió el gesto y emprendió su camino de regreso a la mesa, donde la esperaban sus amigos y el profesor. Tsubasa le entregó a Mizuki una charola con las hamburguesas y ella se encargó de llevarlas hasta la mesa donde su ubicaban el profesor y los niños.

Una vez que la pequeña hubo recibido su hamburguesa y pensó en comerla, se detuvo al observar el rostro del chico que estaba en frente suyo: Conan. Volvió la avalancha de pensamientos. ¿Qué otra cosa tenían en común Conan y Kudo? Si se suponía que Conan era el detective Kudo. ¿Qué ganaría Conan con eso? ¿O qué ganarían? Un momento, ¿y cómo una niña como Haibara desarrolló un veneno que encoge personas? Esperen… ¿Haibara era una niña? ¿O era también adolescente como Kudo? Si Kudo cambió su nombre, ¿Haibara también? ¿No se llamaba Haibara? ¿Qué estaba pasando?...

El niño con gafas notó que Ayumi lo miraba tan fijamente que no pudo evitar incomodarse y cuestionar con inocencia:

- ¿Pasa algo?

- No, nada – se limitó a responder y desvió la mirada.

En otro lugar del Morimoto's fast food, Mizuki se arrimó hasta un nuevo cliente que había ingresado, mientras que ella ayudaba a Ayumi en la planta superior. Estaba sentado junto a una ventana y con el codo izquierdo apoyado sobre la mesa, para así apoyar su mentón en su mano mientras que con la derecha repiqueteaba sus dedos contra la mesa. Tenía el ceño fruncido, llevaba un sobretodo y sus cabellos eran castaños claro. "Qué hombre más atractivo", pensó. "Además sus manos son normales", sonrió. Observó también que sus ojos eran marrones y era delgado.

- Disculpe la tardanza, señor. ¿Qué va a pedir?

El aludido abandonó un momento su postura y fijó su mirada en la adolescente.

- Perdón. Estoy esperando por alguien, no voy a pedir hasta que llegue – respondió amablemente.

- Ah, está bien…

Permaneció mirándolo un momento y luego se dirigió hasta la cocina para comenzar a limpiar los platos. Fue entonces que un nuevo hombre ingresó al restaurante. Era de estatura media y obeso. Llevaba un pantalón marrón, un cinturón negro, una camisa blanca y un saco azul oscuro. Sus eran cabellos negros y sus irises verdes. Se acomodó en una mesa junto a la pared, y en cuanto apreció las hamburguesas que estaban cenando Conan y sus amigos, comenzó a hacérsele agua la boca. La moza volvió sobre sus pasos para tomarle el pedido.

Mitsuhiko había prestado atención a esta escena. "Debe ser duro trabajar de moza. Los clientes la interrumpen todo el tiempo. Para colmo es más torpe", rio para sí mismo. Le dio otro mordisco a su cena y miró a Haibara. ¿Por qué la sensei Kobayashi le había dado un trabajo tan duro? ¿Habrá sido por quedarse dormida en clase? Suspiró. "Haibara es tan linda e inteligente. Aunque...", desvió su mirada hasta Ayumi. Se dio cuenta de que ella había estado muy callada, cuando normalmente siempre se ponía a charlar en el momento del almuerzo o la cena.

- Ayumi, ¿estás bien? – Le preguntó – Estás muy callada.

- Sí – coincidió Genta – te ves un poco desanimada.

- Bueno… es que hace unos momentos encontré algo en la habitación de la moza…

Conan y Haibara, enfrentados a los niños, conversaban sobre sus propios asuntos.

- ¿Qué tanto avanzaste con la fórmula? – Le preguntó Conan, intentado iniciar una conversación.

- Mejor de lo que esperaba. No tengo dudas, antes del fin de semana voy a tener listo el antídoto para el Apotoxin 4869 y solo habrá que hacer una prueba para ver que todo funcione correctamente, pero estoy segura que esta vez va a funcionar.

Conan sonrió tímidamente.

- Son buenas noticias, supongo que lo vas a probar en mí, pero… ¿y vos?

Haibara ignoró el comentario y advirtió:

- ¿Te diste cuenta de que los chicos están murmurando y mirando hacia acá?

Conan miró con disimulo.

- Es verdad. Me pregunto qué traman.

- Creo que a Yoshida le afectó mucho la noticia de tu partida, ¿no te parece?

El niño con gafas no supo hacer otra cosa que sentirse mal. ¿Qué nada podía salir bien? Si volvía a ser Shinichi Kudo no podría volver a estar con quienes fueron sus amigos durante su transformación y si permanecía como Conan Edogawa tenía que mentirle a Ran y verla cada día preocupada por él.

Harto de pensar en esas cosas, y como ya había terminado su comida, decidió dirigirse al baño para hacer una llamada.

- ¿Conan es en realidad Shinichi Kudo encogido? – Cuestionó incrédulo Mitsuhiko.

- Seguramente – opinó Genta. – Por eso Conan es tan inteligente, porque tomó drogas para ser inteligente.

- ¡No entendiste! – Exclamó Ayumi ofuscada. – Conan es Shinichi Kudo, pero con la apariencia de un niño.

- ¡Eso es imposible! Shinichi Kudo mide como un metro…

- ¡Es porque bebió el veneno de Haibara! – Vociferó impaciente Mitsuhiko.

- Ah… No sabía que eso fuera posible.

- Se supone que no lo es… - razonó Mitsuhiko, más calmado.

- Esperen… - Ayumi registró los alrededores. - ¿Dónde está Conan? – Le preguntó al profesor Agasa.

- Creo que fue al baño – contestó con la boca llena y el bigote manchado con ketchup.

"¿Al baño? ¿De nuevo?", pensó Ayumi. ¿Y qué se suponía que hacía cuando tenía esas inesperadas salidas al cuarto de baño?

- ¡Chicos! ¡Al baño! – Exclamó y todos los pequeños emprendieron una carrera para perseguir a Conan e investigarlo más de cerca.

Entretanto, en el resto del restaurante, Mizuki le entregó su pedido al hombre obeso: tres hamburguesas completas.

Conan se encontraba encerrado en un cubículo. Sacó su teléfono celular de su bolsillo, buscó en la agenda y eligió el nombre de su mejor amiga. Tomó su corbata de moño y la posicionó cerca de sus labios.

- Hola, soy Ran…

- Hola, Ran – la saludó contento, aunque...

-… en estos momentos no puedo atenderte, por favor dejá tu mensaje después de la señal.

Conan, desilusionado, dio un suspiro. "¿Dónde estás, Ran?", se preguntó algo triste. Su voz hubiera mejorado un poco el panorama. Dejó su corbata, guardó su teléfono y al salir se encontró con la Liga Juvenil de Detectives. Arqueó una ceja, los miró con desconfianza y preguntó:

- ¿Y ustedes que hacen acá?

- ¡Nada, nada! – Gritaron los tres al mismo tiempo – Es que nos preguntábamos adónde habías ido – agregó Genta.

- ¿Por qué me siguen? – inquirió, mirándolos ofuscado.

Los niños se miraron entre sí y resolvieron no responder nada y salir huyendo.

Ante su partida, el pequeño detective murmuró: "Voy a descubrir lo que se traen".

Se dirigió con calma de regreso a la mesa cuando, al salir por la puerta del baño, se chocó con el hombre que esperaba impacientemente por la llegada de alguna persona. "Tené cuidado", pidió amablemente. "Discúlpeme", le contestó Conan y continuó viaje. A punto de llegar a su mesa, casi a un metro y medio, se vio interceptado por Mizuki.

- Perdón, niño – dijo - sos Conan Edogawa, ¿verdad?

Mizuki tenía dibujada en su rostro una sonrisa. Conan notó que era de esas personas alegres por su modo de actuar. Había observado cómo atendía animada a la clientela. Pero en ese momento leía en sus ojos una mirada amenazante, rebosante de seguridad y de decisión. De ir a por su objetivo al ciento por ciento, sin dudar.

- Sí, lo soy – respondió con su mejor tono infantil, atemorizado por lo que podría querer o pedirle la adolescente.

- ¿Conocés a Shinichi Kudo? – Cuestionó.

- Sí… somos familiares lejanos – repuso con temor.

- Quizás sea por eso que tienen un gran parecido físico – ese comentario hizo que a Conan se le pusieran los pelos de punta -. Por cierto, ¿sabés dónde está él ahora?

- Resolviendo un caso – continuó con su imagen angelical.

- ¿Un caso? ¿Dónde? ¿Hace cuánto tiempo está allá? ¿Por qué se demora tanto? ¿Por qué no ha vuelto a…?

"Recórcholis", pensó Shinichi, "esta chica debe estar obsesionada conmigo o…", miró hacia su mesa y contempló a los chicos. Miraban atentos su conversación con la adolescente, como si estuvieran buscando alguna evidencia… ¿Mizuki creía que él era él? ¿Comentó algunos de sus pensamientos y/o deducciones con los chicos? ¿De ahí su peculiar actitud?

- Ey, Mizuki, pero qué lindo delantal. ¿Dónde lo compraste? – Preguntó Conan ignorando todos los interrogantes de la joven.

- ¡Ey! No respondiste mis preguntas – reclamó enfadada.

- ¡Oh, Dios! ¡Creo que comí demasiado! – El hombre obeso gruñó del malestar que sentía y huyó al baño, cortando la conversación entre el pequeño y la moza. En ese mismo instante, además, el hombre que había estado esperando por una persona salió del baño y se marchó del lugar, sin ordenar.

- Vaya, aquel tipo se cansó de esperar y se fue – comentó Mizuki sorprendida.

Conan aprovechó que la jovencita se distrajo y quiso escapar sigilosamente de sus garras.

- Ey - lo tomó del brazo – un momento. No respondiste. ¿Dónde está Shinichi Kudo? – Insistió.

"Justo en frente tuyo", se dijo así mismo.

- No lo sé, ¿sabés? Generalmente cuando hablamos sólo menciona lo complicados que son los casos en los que está trabajando, pero nunca dice dónde está.

- Eso es extraño… - repuso con curiosidad.

- Lo es… - asintió.

- ¿Y qué clase de vínculo me dijiste que tenían? – Inquirió nuevamente.

El niño con gafas rio incómodo.

- Es que ya ni yo lo sé. Muchos familiares lejanos en común. Debería preguntarle a mi mamá.

- Pero… ¿no vivís con el detective Mouri? – Prosiguió con su interrogatorio.

- Sí, pero también tengo una mamá – respondió con cansancio.

- ¿Y dónde está ella?

- En Brasil, con mi papá - precisó.

- ¿¡Brasil!? Pero…

- Disculpe, señorita – la interrumpió una joven mujer de unos treinta años y ojos verdes. Vestía un vestido blanco, un pequeño saco azul, y sandalias blancas. Sus cabellos castaños estabas recogidos y su atuendo se complementaba con varios accesorios y poco maquillaje.

- Perdón. ¿Quiere hacer su pedido? – Preguntó.

- Bueno… estaba buscando a mi novio. Se suponía que debería haber llegado, pero llegué un poco tarde. Su nombre es Akira Tabuchi. Es alto, de cabello castaño y ojos azules.

- No. Ninguna persona con esa descripción aseguró esperar por alguien – repuso mirándola con desconfianza.

- ¡Mizuki! ¡Te olvidaste del hombre que comía esa enorme hamburguesa! – Le hizo notar Conan.

- Aquella persona no esperaba por nadie y además…

Un grito proveniente del sanitario interrumpió (de nuevo) la conversación. Mizuki, Conan y la nueva cliente corrieron hacia el baño de caballeros y se encontraron con el hombre obeso sentado en el piso señalando con su dedo índice uno de los cubículos con una cara de espanto:

- Aquel hombre – fue todo lo que pudo articular.

Efectivamente, en uno de los cubículos había un hombre sentado sobre la taza del inodoro. Llevaba una chaqueta negra, camisa blanca, pantalones de jeans azules y zapatos marrones. Tenía los brazos a los costados del cuerpo y podía apreciarse una expresión muy calma en su rostro. Al mismo tiempo, se observaban unas extrañas marcas en su cuello.

- ¡DIOS MÍO! ¡Akira! – Gritó la mujer que acababa de llegar. Se arrimó hasta el hombre ya fallecido y lo envolvió en un abrazo entre una mezcla de tristeza, impresión, e incredibilidad.

Mizuki miró la escena con algo de desconfianza. Se aproximó hasta el hombre, que parecía estar dormido, movió el brazo de la mujer y colocó sus dedos sobre su yugular.

- Está… muerto – dijo sorprendida. - ¿Cómo pudo suceder?

- ¿No notaste las marcas en su cuello? ¡Alguien lo mató! – Aseguró Conan - ¡Llamá a la policía! – Le ordenó después – hubo un asesinato.