Capítulo XVIII: Viaje a Shizuoka IV: Revelaciones

Conan se bajó de la mesada donde había decidido sentarse y cayó de cuclillas al suelo. Ese simple movimiento afectó los nervios de los testigos-sospechosos que le dedicaron una mirada con un deje de enfado. Cuando logró erguirse, las mejillas del niño se sonrojaron, se llevó una mano a la nuca y se disculpó. La mujer dio un suspiro y se cruzó de brazos. La notaba muy tensa y consternada. Su mirada se desvió hacia el hombre obeso que, tranquilamente, aprovechaba la ubicación de la cocina para comer, comer, y comer.

- ¿Ya se siente mejor, señor Endo? – Le preguntó el niño.

- Eh, sí. ¡Gracias, Conan!

El niño estaba indignado. Ese sujeto acababa de perder a una vieja amistad y comía lo más campante. Pensó que si algún día moría, su amigo Hattori lo único que haría sería investigar el caso. A menos que muriera por causas naturales o a menos que el mismo Hattori muriera primero. Sin darle importancia ya a esas especulaciones, se aproximó hasta donde se hallaba Tsubasa.

El anciano estaba sentado, con la manga derecha de su delantal blanco manchada por un poco de sangre. Estaba algo tenso, y Conan no lograba entender el por qué. Podía observar en el rostro del viejo una actitud sumamente pasiva, como si estuviera perdido en sus pensamientos.

- Señor Morimoto, ¿le duele la mano? – Le preguntó con la inocencia de un verdadero niño de siete años.

El viejo abandonó por un momento sus pensamientos y le dedicó una mirada al niño. Le sonrió.

- Vos de nuevo. Solo me molesta un poco, pero voy a estar bien – sonrió. - ¿Qué necesitás ahora, pequeño? No será otro interrogatorio, ¿no? Creo que ya sabés demasiado.

Conan dio unas carcajadas, incómodo, y negó con la cabeza.

- Jugo. ¿Podría darme un poco de jugo? Estoy sediento.

Tsubasa se levantó de su asiento, caminó con lentitud hasta una heladera y, cuando llegó, la abrió y contempló unos momentos su interior en busca del pedido del niño con gafas, que le había parecido muy curioso.

- Acá lo tenés, pequeño – extendió su brazo para proporcionarle un jugo de naranja en un envase de cartón.

Conan le agradeció a Tsubasa, volvió correteando hasta la mesada, la escaló y se sentó. Acomodó el auricular en su oído y le dio un sorbo a su bebida.

- Inspector, de acuerdo con los resultados de las primeras investigaciones – relataba una grave voz - la víctima ha sido envenenada. Lamentablemente el asesino ha utilizado uno de aquellos venenos que son indetectables incluso en los análisis más especializados. Las marcas en su cuello fueron hechas una vez que falleció, posiblemente con un cinturón. No hay señales de que la víctima haya recibido ningún tipo de golpe.

- ¿Asumimos entonces que el asesinato pudo no haberse producido en el baño? – Consultó Yokomizo.

- En absoluto, inspector. Verá, hemos encontrado la marca de una aguja en su clavícula izquierda. Creemos que el veneno le fue aplicado a través de una jeringa y que le causó de inmediato la muerte.

- Y si fue así, ¿por qué la víctima no gritó? – Lo interrumpió de nuevo Yokomizo.

- No sabría decirle – admitió algo avergonzado el forense -. No hay signos que indiquen que ha sido amordazado, por lo que es un misterio.

- Está bien.

Sango Yokomizo tomó nota de los datos que le proporcionó el forense y junto con otro agente comenzaron a repasar las declaraciones.

- Inspector, la novia de la pareja se llama Chiharu Fujimoto. Tiene veinticinco años. Es secretaria de un empresario. Había peleado con su novio e iban a reunirse en el restaurante para reconciliarse. El motivo de la pelea fue que Chiharu trabajaba demasiado. Aseguró que se retrasó porque se quedó viendo el final de su novela preferida. En segundo lugar, Yui Endo. Tiene veintinueve años y es casado. Vino a este lugar porque fue citado por la víctima. Nunca pudo terminar la universidad ya que, según dice, la víctima le robó la idea de su tesis. Igualmente, insistió en decir que no le guardaba rencor ya que gracias a eso conoció a su actual esposa. Vino acá porque iba a reunirse con él y creyó que era para disculparse. Finalmente, está el padre de la joven, Tsubasa Moritmoto.

- ¡Un momento! – Los interrumpió Mizuki, quien hacía rato había llegado y estaba escuchando todos los informes que se les presentaban al inspector. – Mi papá no es ningún asesino – se enfrentó con el oficial.

- Lo sé, Mizuki - Yokomizo puso su mano sobre el hombro de la joven apartándola con delicadeza del oficial - pero debemos incluirlo como sospechoso porque así lo indica nuestro trabajo, así que no te enfades, ¿de acuerdo?

- Está bien, continúe, oficial – ordenó la adolescente.

- ¡Mizuki! – La aludida lo miró expectante – No te olvides que yo soy el inspector – después de regañarla, señaló a su subalterno y le ordenó - continúe, oficial.

- De acuerdo, Tsubasa Morimoto. Setenta y dos años. Es el encargado del lugar. Momentos antes del asesinato estaba en la planta superior curando su mano que se hirió al prepararle tres hamburguesas completas a Yui Endo. Tampoco conocía a la víctima y fue alertado del asesinato por su hija. Eso es todo.

- Muy bien – dijo Yokomizo, pero antes de que pudiera pronunciar otra palabra Mizuki lo interrumpió:

- ¡Mi turno! ¡Mi turno! – Exclamó excitada.

- Pero vos ya nos diste tu testimonio – señaló Yokomizo.

- Eso no… Traje conmigo a tres testigos más. Al único que no pude encontrar es al rubio que estaba en la barra, pero quién sabe, a lo mejor es inocente. Inspector, les di una breve explicación a estas personas de lo que sucedió.

- Muy bien, los interrogaremos entonces. Mizuki, correte un poco – le ordenó. – Señor, podría decirme su nombre, edad y ocupación.

- Claro, soy Iwao Fujiwara, tengo veintinueve años, trabajo como empleado en un banco.

- ¿Conocía a la víctima? – Preguntó.

- En lo más mínimo, simplemente estuvimos en el lugar y en el momento equivocados – afirmó Iwao con la palmas en alto y negando con la cabeza.

- Ya veo, usted señorita – señaló con su birome a la pareja de Iwao - su nombre, edad y profesión.

- Soy Kasumi Fujiwara, esposa de Iwao, no tengo trabajo y ni crea que le voy a decir mi edad – añadió descortésmente - ¿Usted se piensa que cometería un asesinato en frente de mi esposo?

Yokomizo la observó intimidado y respondió:

- Veo que su esposo tiene razón y que simplemente estaban en el lugar equivocado – se rascó la mejilla derecha. - Por favor, háganle una declaración más detallada al oficial Ozawa, luego fírmenla y podrán irse, ¿de acuerdo?

- ¡Bah! Con razón esa mujer es tan maleducada, el esposo la malcría – murmuró la moza.

- Bueno, usted, señor. Por favor – le pidió Yokomizo al último sospechoso.

- Bien, yo soy Kan Makuda, tengo veintinueve años y trabajo en una agencia de publicidad. Creo que decir lo siguiente me va a comprometer bastante, pero créanme que soy inocente. Yo conocía a la víctima y él me citó hoy en este lugar.

- Dígame, ¿por qué iba a verse con Akira? – Lo interrumpió el inspector.

- Él y yo habíamos peleado porque me robó dinero cuando éramos más jóvenes. Ese dinero lo tenía ahorrado para comprarme una casa, bueno como él me lo robó aún no he podido comprarla. Eran los ahorros de toda mi vida – admitió con tristeza –. La verdad es que después de eso nunca más volvimos a hablarnos y jamás pude perdonarlo. Pero… no ha sido tan malo… en mi trabajo me pagan bien y hace poco me ascendieron.

- Ajá, dígame, ¿quién organizó esta reunión?

- Pues, Akira. Él me envió un mensaje y me pidió que viniera… aunque nunca se presentó y por eso me largué. Bueno, ahora en realidad sé que lo mataron – dijo con desasosiego y se frotó el cuello.

- Bueno, oficial, también tómele una declaración, aunque más cuidadosa, al señor Makuda.

- Sí, inspector – contestó el oficial Ozawa.

- Para qué se molesta, inspector – rio Kasumi. – Si él escapó del lugar de los hechos quiere decir que es el asesino.

- No tenemos pruebas de eso – calmó los ánimos el inspector.

Conan, quien tomó nota de toda la información que acababa de escuchar en su libreta, dejó su bebida a un lado, y comenzó a releer sus anotaciones con la esperanza de esclarecer un poco más las tinieblas que se cernían sobre este misterio. Había un detalle que no encajaba en su deducción, y ese detalle lo hacía enloquecer… como si faltara una pieza del rompecabezas.

Yokomizo, cansado de verla a Mizuki entrometerse, la echó de la escena del crimen con amabilidad y la envió de regreso a la cocina, acompañada por Kan Makuda, un despiadado asesino según Kasumi Fujiwara. Ella atravesó el umbral de la puerta y le indicó a Makuda que si se sentía hambriento, se tomara la libertad de tomar lo que le plazca de la cocina. Sin titubear caminó directamente hasta la señorita Fujimoto.

- Disculpe, señorita. Lamento haberme comportado de esa manera con usted hace un momento – juntó las palmas de sus manos en señal de perdón -. ¿Está bien? ¿No la lastimé?

- Tranquila - sonrió Chiharu, muy serena. - Estaba un poco nerviosa por lo que acaba de ocurrir. No se preocupe, no me hirió.

- Por cierto, ¿qué telenovela mira usted regularmente? – Inquirió.

- ¿Perdón? – Repuso extrañada.

- Usted estaba viendo una, ¿no es cierto? – Consultó muy interesada.

- Ah, eso… Sí, el nombre es "De príncipes azules y otras mentiras baratas".

- ¡Ey! Esa es mi serie favorita – exclamó con entusiasmo -. Siempre me la dejo grabando mientras trabajo, pero… ¡Espere! – Se tomó el rostro. - Hoy se me olvidó hacerlo, ¿de qué iba el capítulo? – Preguntó, aunque sonó más como un ruego.

- Eh… Jake y Rose rompieron. Bridget se mete en dificultades y Leah conoce a un nuevo chico en la escuela.

- Ya veo... Gracias.

La moza sacó del bolsillo de su delantal su teléfono celular. Su papá, preocupado, se acercó hasta ella.

- Lamento mucho todo lo que paso. Siempre terminás agotada los fines de semana y hoy no vas a poder descansar tranquila sabiendo que… - Tsubasa advirtió que su hija no le estaba prestando atención -. ¡Mizuki! Dejá ese maldito teléfono.

- Ah, papá. Perdón, ¿qué decías?

- No vas a tranquilizarte hasta que lo resuelvas, ¿cierto? – Indagó con una mirada cómplice.

- Papá… Falta tan sólo una pieza del rompecabezas… Estoy ansiosa de encontrarme con eso, porque me dará la prueba definitiva que tanto estoy buscando para mi deducción.

"¿Prueba definitiva? ¿Acaso sabe quién es el asesino?", se sorprendió Conan. "¿Y dónde mierda se metió el profesor?", se preguntó después. "Tiene que volver pronto para que juntos podamos anunciar al culpable".

Agasa estaba, en compañía de Haibara, buscando a Ayumi, Genta y Mitsuhiko. Pero lo cierto era que no había señales de ellos. "Yoshida empezó a actuar extraño después de haberse ido con la moza a la planta superior", razonó la científica. "Quizás…"

La pequeña de cabellos castaños ingresó a la cocina. Se mezcló con el resto y, con dos detectives perdidos en sus deducciones y otros tres testigos temerosos de que los descubran o que sean señalados como el culpable sin serlo, nadie reparó en su presencia. Con cautela avanzó sobre los escalones hasta llegar a la primera planta. Allí se encontró con una gran puerta verde. Dirigió su mano hasta el picaporte y pudo abrirla sin problemas. Dio unos pasos y cerró la puertas tras de sí, se encontró con la sala comedor de los Morimoto que estaba conectada con otras cuatro habitaciones. La niña observó cada una de las puertas de manera inquisitiva, cerró sus ojos y dio un suspiro. "Empiezo una nueva búsqueda", se dijo así misma con sarcasmo. Volvió a mirar las puertas y se inclinó por ingresar en la segunda que había a su derecha.

Había ingresado en el cuarto de Mizuki. Lo supo con sólo observar todos los objetos que delataban a cualquier fan de las novelas de misterio. "Como si con Kudo no tuviera suficiente", refunfuñó y cerró la puerta. Ella comenzó a observar todo con cuidado, le daba un poco de miedo estar en el cuarto de la moza, pero no había otra opción. Sabía que por allí estaban los chicos. De inmediato se percató de que había en el medio de la habitación un cuaderno tirado. Caminó hasta él y lo recogió.

- ¿Investigaciones privadas? – Vio que rezaba la tapa - ¿Qué es esto? – Arqueó una ceja y observó el contenido de la página que estaba abierta. "Averiguaciones sobre la desaparición de Shinichi Kudo". Las pupilas de la niña se dilataron y sus ojos se abrieron de par en par. Por la sorpresa, dejó caer el cuaderno y salió de inmediato de la habitación, como si leer las palabras de la camarera fueran una sentencia de muerte. Temía mucho que alguien que no tenía nada que ver con ellos los hubiera descubierto. ¿Cuántas personas sabrían entonces su secreto? Sus piernas empezaron a temblar, no quería leer una palabra… pero tenía que hacerlo… Tenía que saber qué era lo que ahora los chicos sabían gracias a la deducción de esa adolescente.

- ¡Ai! – La llamó Ayumi antes de que pudiera regresar al cuarto de la moza. Ella se volteó asustada - ¿Qué te pasa?

- ¿Lo leyeron? – cuestionó nerviosa.

- ¿Qué cosa?

- ¡La investigación de Morimoto sobre Kudo! – Exclamó.

- Ah, sí… - aseguró Ayumi.

- Así que ahora lo saben – bajó la cabeza y sonrió con resignación.