—¿ Qué te parece este?
Cuanto antes pudiese hacer que se gastara el dinero de Kristoff en ese vestido, o en cualquier otro, antes podría volver al hotel y, por fin, deshacerse de ella.
Miró de nuevo a la modelo, el vestido que llevaba era de color blanco, el encaje parecía acariciar sus pechos altos y firmes, ajustarse perfectamente en sus caderas, para finalmente llegar hasta el suelo.
De nuevo, Hans experimentó una extraña sensación al mirar tal belleza. Intentó controlarse, pero fracasó.
—No sé, el color es muy simple para mi, no este no — dijo la castaña despidiendo a la modelo con un gesto.
—Por favor date la vuelta — le indicó él sin embargo.
El vestido era una obra maestra, como lo era el pálido tono de piel que ella poseía.
Pero cuando se dio la vuelta, en el rostro de la modelo se vio un gesto de disgusto muy evidente.
Westergaard frunció el ceño, no estaba acostumbrado a esa reacción.
En su experiencia, las mujeres eran quienes querían obtener su atención, no apartarlo como aquella joven de platinada melena intentaba.
Y sin ser vanidoso, sabía que su dinero lo era lo único que las atraía. Pues la vida le había dotado con algo que el dinero no puede comprar; metro noventa y ocho, un color de cabello único que casi siempre estaba peinado elegantemente haciéndolo ver guapo, pero cuando este parece ligeramente despeinado; sin duda hacía verlo como si no fuera de este mundo.
Poseía un aspecto que atraía sin duda alguna a las mujeres.
Hans Westergaard era guapo, muy guapo.
Pero no en aquella hermosa modelo, que lo miraba de manera indiferente. Aunque durante un momento pensó que aquello en solitario era una máscara de su profesionalismo. Algo que no era tan malo realmente.
—Hans, cariño, no me gusta.
Maren le hizo un gesto a la modelo para seguiría desfilando, y esta se dio la vuelta rápidamente.
Una pena que fuese modelo, pensó entonces. Aunque su belleza hubiera sido capaz de disminuir su mal humor por tener como compañía a la esposa de Bjorgman, aquella guapísima mujer no era alguien con quien podría tener una aventura.
"No pertenece a tu mundo, olvídala"
Pero esas palabritas daban vueltas en su cabeza, una pena.
Elsa se dirigió al otro lado del salón, sintiendo como el corazón le latía al mil y no sabía el por qué.
Estaba experimentando dos emociones abrumadoras. La primera, instintiva había aparecido cuando vio al hombre de cabellos rojizos que la llamaba. No lo había visto en el desfile, Elsa jamás miraba al público.
Pues si lo hubiera visto lo recordaría.
Ningún hombre la hubiera impresionado de manera instantánea. Era alto y de tez pálida, un tanto parecida a la suya. Tenía un sedoso cabello pelirrojo, con facciones muy masculinas, nariz recta, mentón fuerte. Y unos ojos que podrían derretir al mismo hielo.
O qué podrían clavarse en ella y enviar una descarga eléctrica por todo su cuerpo.
Pero una emoción totalmente opuesta interrumpió aquella descarga. Había chasqueado los dedos para llamarla e inspeccionarla de cerca. Bueno, en realidad no había chasqueado los dedos, pero ese gesto de superioridad había sido muy desagradable.
Tan desagradable como la descarada inspección que recorrió todo su cuerpo.
Y no estaba interesado en aquel vestido.
¿Porqué le interesaba aquel hombre?
La morena con la que iba la había tratado de la misma forma, y no le importaba.
¿Pero porqué le molestaba que él lo hiciera?
¿Y qué importaba que fuera tan atractivo?
Tanto aquella mujer como aquel encantador hombre pertenecían a un mundo del cual a ella no quería pertenecer.
Dejando a un lado aquellos pensamiento siguió desfilando con las otras modelos. Luciendo un vestido que ella nunca compraría.
El precio era absurdo para un simple vestido, pero eso no era lo que pensaban las mujeres que ahí se encontraban.
Elsa estaba ahí para ganar dinero, lo demás le daba igual.
Y si podría quedarse del otro lado del salón, lejos que aquel cautivador hombre que había provocado extrañas emociones en su interior, sería mucho mejor.
—Hans, cielo. Esta es el ideal ¿no te parece?
Por fin, Honeymaren había encontrado algo que le gustaba y, acariciaba el sedoso material dorado sin mirar siquiera a la modelo que le sonreía a él, sin embargo, la ignoraba. No estaba interesado.
No se parecía en nada a la otra modelo.
Westergaard interrumpió tan inapropiado pensamiento e intentó concentrarse en lo que realmente le importaba ahora: quitarse de encima a la esposa de su amigo.
—Perfecto—suspiró aliviado ¿Podrían irse al fin?
Pero el alivio le duró poco, pues aquella insoportable mujercita lo tomó posesivamente del brazo.
—Ya he visto todo lo que tenía que ver. Pediré hora para probarme el vestido mañana. Ahora se un caballero y llévame a cenar.
Apretó los dientes. Era insoportable ver a su mejor amigo en las garras de una aprovechada.
¿Que había visto kristoff en ella?
La mujer era hermosa, eso no podía negarlo. Pero no podía decir lo mismo de su actitud.
¿Pero no había estado él tan cegado alguna vez?
Si, podía decirse a sí mismo que entonces era joven, ingenuo y demasiado confiado.
Ella era perfecta, muy hermosa. Él se enamoró de sus bellísimos ojos turquesa , su cabello rubio rojizo que era casi siempre atado en dos coletas. Su personalidad era tan encantadora; pero todo cambió en ella cuando se convirtió en una mujer ambiciosa. Ambos se amaban, pero ella era una infame.
Solo se burló de su juvenil adoración, de lo tanto que él se había enamorado de ella.
Cuando entró en aquel lujoso restaurante y la vio allí con otro hombre, mayor que él.
Que entonces Hans tenía veintidós años, solo era el heredero de la fortuna de sus padres, y aquel hombre con el que Anna estaba debía tener poco más de cuarenta años, más grande que él y mucho, mucho más rico.
Hans sintió como algo moría dentro de él al ver a la mujer que amaba con otro, y en lugar de disculparse o inventar una excusa, ella solo había levantado su copa de champán, moviendo la mano para que viese el enorme anillo de diamantes que llevaba en el dedo.
Poco después se había convertido en la tercera esposa del hombre con el que había cenado, y Hans había aprendido una lección que nunca olvidaría.
Jamás se dejaría llevar tantos de sus sentimientos, aprendió a usar más el cerebro que el propio corazón.
Pero, la llegada de aquella mujer podría un riesgo.
~3
