Capítulo XXI: Advertencia

Encendió el motor y puso en marcha su Porsche 911. Dio un suspiro. Le pesaban los párpados, prácticamente se colgada del volante. Su mente no se ocupaba de pensar en nada, sino que se deleitaba con el paisaje: la ciudad de Tokio por la noche padeciendo una fuerte lluvia. Todo iba a tranquilo hasta que un semáforo en rojo detuvo su marcha.

Fue en ese instante que Daichi Aizawa no pudo evitar que la imagen de una persona comenzara a rondar por su cabeza. Él sonrió con sarcasmo, como aceptando lo inevitable. Cerró los ojos por un instante buscando visualizar a esa mujer. Sus ojos azules, su hermosa cabellera... Los volvió a abrir, notó que el semáforo estaba en verde, y continuó con su camino.

No se demoró más de quince minutos en llegar hasta su casa. Se bajó del auto y, mientras la lluvia mojaba su cuerpo, contempló las viviendas de sus vecinos. De repente, descubrió a una pequeña niña, quien lo vigilaba con una sonrisa desde una ventana. No tendría más de doce años. Se trataba de su vecina Shiro. Ella soñaba con convertirse en un gran pediatra cuando fuera mayor y tenía un enamoramiento platónico por él.

Todos sus vecinos creían que era un reconocido doctor y que trabajaba en uno de los mejores hospitales de la ciudad. El señor Aizawa era muy simpático y bueno, siempre daba alguna mano a quien acudiera por algún favor. Era muy atento con todo el mundo y el único comentario que podrían tener contra él es que llevaba una vida muy solitaria.

Por las mañanas, solía irse muy temprano y podía regresar por la madrugada, si su trabajo lo requería. En su tiempo libre, se la pasaba encerrado en su casa y a veces dejaba abandonada la misma unos cuantos días. Sin mencionar aquellas veces en que regresaba rengueando, tosiendo o con alguna otra sospechosa actitud que parecía indicar que venía de ser asaltado o algo por el estilo. Lo que resultaba extraño, teniendo en cuenta que aseguraba ser campeón de karate.

Completamente mojado por la fuerte lluvia, le devolvió la sonrisa a la pequeña Shiro, tratando de demostrarle que todo estaba bien y que sólo venía de otro largo día en el trabajo. La pequeña lo saludó sacudiendo la mano y mirándolo con profundo deseo. Ella pensaba que Daichi Aizawa era un verdadero príncipe azul, que estaba buscando a una princesa y que, ¿por qué no?, ella podría ser esa princesa.

Daichi le indicó con un gesto que era tarde y que debía ir a la cama. Ella sonrió y lo obedeció, abandonando la ventana y apagando el velador, que iluminaba las cortinas rosas de su habitación. Caminó hasta la puerta de su casa, retiró las llaves de su bolsillo y las introdujo en la cerradura para así refugiarse del mal tiempo.

En cuanto ingresó, comenzó a quitarse la ropa mojada. Bueno, en realidad, se quitó casi toda la ropa y la dejó en el suelo. Avanzó por la sala, descalzo, hasta llegar a la escalera que lo conduciría a su habitación, en el segundo piso. Cada escalón que subía le hacía sentir un enorme desgaste, como si estuviese llevando un gran peso consigo, pero la verdad era que estaba casi desnudo. Cuando hubo subido todos los peldaños, caminó fatigado hasta su cuarto y retiró de unos de los cajones de una cajonera unos nuevos calzoncillos. Fue hasta el baño, se quitó la única prenda que vestía y la arrojó en el cesto de la ropa sucia. Se colocó los nuevos y limpios, que eran blancos y, después de mirarse en el espejo con orgullo, se dispuso a volver a su pieza para acostarse y ponerse a dormir.

Retiró las sábanas azules y se introdujo en su cama. Se puso de costado y con su mano izquierda las atrajo nuevamente para taparse. Cerró los ojos, creyendo que con ese gesto bastaría para quedar inmediatamente desmayado, pero algo lo interrumpió. Mejor dicho, alguien. Sintió una mano que estaba recorriendo con suavidad y de manera dulce su espalda. Suspiró.

- Tuve un día largo, ¿sabés? Podrías haberme dejado dormir esta noche en paz y haber venido mañana. Porque, además, debe ser peligroso que andes a esas velocidades con tu moto, ¿o no Vermouth? – Inquirió volteándose y colocando un brazo alrededor de la rubia.

- Sólo vine para preguntarte si habías puesto o no en marcha tu plan – contestó, mientras acariciaba el brazo del joven.

- ¿Por qué? – Preguntó él, queriendo mostrar una imagen segura, aunque esa pregunta lo había intranquilizado un poco.

- Sé precavido, por favor – le acarició la mejilla. – Él es muy hábil. Ha estado jugando con los agentes del FBI para averiguar más datos. A eso se atrevió. Si llega a descubrirlo no tengas dudas de que te matará.

- ¿Vos y él no son unidos? Deberías engañarlo y decirle que soy un enviado tuyo. De esa forma, jamás va a sospechar de mí – sugirió más tranquilo.

- No puedo hacerlo, Merlot – chocaron miradas-. Acordamos que no me inmiscuiría en sus planes. Perdón, pero estás solo.

- ¿Creés que él lo sepa? – Inquirió mirando a la mujer con desasosiego.

- No… - contestó secamente.

Suspiró.

- Voy a tener cuidado, pero tratá de protegerme, ¿está bien? Después de todo… creo que me lo debés – reclamó, retirando su mano de la bella mujer.

- Yo no te debo nada – replicó ella. Se separó de su lado y se sentó en la cama, un poco molesta por haber sido rechazada.

- Está bien, Vermouth – afirmó un poco confundido.

- Por cierto - añadió ella – hay fuertes rumores de que el jefe está planeando hacerte regresar al laboratorio. Tenés que comenzar a asesinar a tus objetivos, ¿me entendiste? – Lo advirtió.

Él suspiró y se colocó bocarriba. La mujer se agachó y tomó un piloto que había dejado debajo de la cama de Merlot y comenzó a vestirse con él.

- Supongo que ya colmé su paciencia, ¿no?

- Sí… - admitió – hacés grandes trabajos infiltrándote en los entornos e investigando, pero, en el momento de la verdad, claudicás demasiado – criticó.

- Es que… hice una promesa – se justificó.

Vermouth se volteó y arqueó una de sus finas cejas, mirándolo con sorpresa mientras acomodaba las solapas del piloto color vino. Después volvió a su postura original y afirmó más que preguntando:

- ¿A ella?

- Precisamente.

Esas palabras hicieron que la rubia apretara los puños. Se puso de pie y caminó hasta la ventana:

- Bueno, tengo que irme. Si querés que tu plan funcione, no olvides mis palabras.

Daichi, todavía acostado en su cama, contempló la hermosa figura de Vermouth y le contestó:

- Vos también cuidate. Espero que al final de todo esto, ambos podamos cumplir nuestros objetivos – sonrió.

Ella se volteó para mirar una vez más el atractivo rostro del joven, su perfecta sonrisa, como si hubiera sido creada para conquistar hasta a la persona más malvada. Fiel a su estilo, se mostró indiferente ante sus encantadoras muecas, se marchó entre las sombras por la gran ventana de la habitación y desapareció veloz, pero sigilosamente, en su Ferrari FF rojo.

Merlot aspiró el dulce perfume que Vermouth dejó en su cama, volvió a su posición original y, finalmente, se durmió.


- Así que finalmente te lo presentó… - dijo contento.

- Sí, es un miembro de la Organización – lamentó la científica.

- Ah… - se sorprendió. – ¿Quién es? – Inquirió después.

- Rye… su nombre clave es Rye, aunque… su verdadero nombre es Dai Moroboshi.

- No es un científico – estableció Merlot -. ¿Un francotirador quizás? – cuestionó.

- Creo que es un agente como Vermouth – puntualizó Sherry.

- Ya veo… ¿Y por qué no te agrada?

- No es que no me agrade, sino que… mi hermana estuvo llorando y dedujimos que había sido por un hombre, ¿qué tal si se porta mal con mi hermana?

Merlot chasqueó los dedos de su mano izquierda y anunció:

- Lo tengo, voy a amenazar a Rye. Le voy a decir que si lastima a tu hermana voy a matarlo yo mismo con uno de mis letales venenos.

Sherry rio. Consideraba que Merlot era incapaz de matar a alguien, no porque no pudiera, sino porque…

- No podés matar a nadie – le recordó.

- ¿Por qué? – arqueó una ceja, confundido.

- Hicimos una promesa – remarcó ella –. Acordamos que no asesinaríamos a nadie para no convertirnos como estas personas… - asentó con la cabeza.

- Si te lo ponés a pensar, somos cómplices de cientos de muertes, Shiho – señaló su amigo -. Ellos usan nuestros venenos o mis explosivos u otras de mis invenciones y siempre acaban torturando o matando personas… gracias a nosotros.

- Vos mismo me dijiste que no era nuestra culpa. Que no tenemos opción – resaltó, molesta. Porque ella no quería asesinar a nadie. Simplemente cumplía con su trabajo para conservar su vida.

- Está bien, está bien – levantó Merlot las palmas en señal de querer calmar los ánimos –. No lo voy a amenazar, pero sí lo voy a vigilar – aseguró –. Y si le hace daño a Akemi, me va a conocer.

Sherry sonrió.

- Por cierto, es mejor que me vaya – anunció. Se puso de pie y se marchó.

Toda esta charla la habían tenido mientras almorzaban. Ella había comido unos onigiris mientras que él un plato de katsudon. Como ella ya había terminado su comida, decidió regresar a su lugar de trabajo. Merlot siguió con la mirada su salida, como queriendo asegurarse que nadie la siguiera. Se quedó intranquilo al ver que Gin, quien había ido ese día a recoger los informes sobre las investigaciones para entregárselos a esa persona, la siguió.

Cuando terminó con su propio almuerzo, se dirigió hasta el laboratorio y se encontró con que Sherry ya no estaba ahí. Se preguntó dónde estaría, pero no le dio demasiada importancia a eso, sino que, por el contrario, tomó el tubo de uno de los teléfonos para realizar una importante llamada. "¿Vermouth? Sí, soy Merlot. ¿Quién es Rye? ¿Hay alguna chance de que pueda conocerlo? ¿Ah, sí? ¿Todo el tiempo? Entonces voy a pasar por ahí pronto. Gracias, Vermouth. Sí, esta noche voy a verte".

Se sentía un poco extraño, pero tenía que averiguar sí o sí quién era ese tal Rye y si se podía confiar en él. Vermouth le contó que actualmente practicaba mucho con Korn y Chianti porque tenía una misión que involucraba un importante asesinato.

Llegó hasta la sala donde habitualmente se realizaban las prácticas de tiro y se encontró con sus tres… se encontró con tres personas que trabajan en el mismo lugar que él, pero con las que no tenía ningún vínculo en absoluto. Observó que estaban todos muy concentrados realizando polígonos de tiro. Sonrió. Era el momento perfecto para jugarles una broma. Estaban todos tan inmersos en darles a las diferentes siluetas que iban apareciendo, unas detrás de otras, que ni se percataron de su presencia.

Caminó sigilosamente, como Vermouth le había enseñado, hasta el lugar donde se hallaba Chianti, quien tenía una gran sonrisa ya que estaba haciendo la segunda cosa que más le gustaba en el mundo (la primera era matar, claro). Y lo estaba haciendo realmente bien. Merlot deslizó sus manos con cuidado y, repentinamente, las colocó en el trasero de la francotiradora. Esta dio un sobresalto que hizo que el último disparo que había conseguido hacer volara a cualquier dirección. Merlot le quitó las manos de encima instantáneamente y empezó a reírse, contento de haber cumplido su objetivo.

La mujer, muy molesta, lo insultó y le asestó un golpe que Merlot supo esquivar, incrementando aún más la ira de la mujer. Korn y Rye, al notar que Chianti, quien nunca se equivocaba, había errado tan feo no pudieron evitar detener su práctica para enterarse la causa de semejante error.

- ¡Sos un idiota, Merlot! – Exclamó Chianti muy molesta y le dio un empujón. Después, guardó su rifle y se marchó de ahí.

Merlot dio grandes carcajadas ante el enfado de Chianti. Él opinaba que ella era muy fácil de molestar. Chianti, por su parte, opinaba que Merlot tenía mucha suerte de que todavía no le hubiera disparado un tiro la cabeza.

- Estás jugando con fuego – le advirtió Korn.

- No te preocupes, Korn. Chianti me tiene mucha estima, aunque siempre me trate mal – dibujó una enorme e infantil sonrisa.

Korn lo miró de manera un poco despectiva, si es que se podía obtener alguna expresión del duro rostro de ese hombre, y siguió los pasos de Chianti. Después de todo, había otra sala para practicar donde no había ningún pervertido dando vueltas.

- A vos no te conozco – se dirigió a Rye -. ¿Quién sos?

Rye esbozó una leve sonrisa cómplice.

- Mi nombre es Rye, mucho gusto – extendió su mano para estrecharla con la de Merlot. Este respondió el saludo. – Dedujo que tu nombre es Merlot.

- Sí… - afirmó contento.

-¿Y… por casualidad te gusta Chianti? – inquirió.

Él rio.

- En absoluto, sólo la molestaba. Vine hoy acá porque quiero mejorar mis habilidades – comentó – y quería pedirle a Chianti o a Korn que me instruyeran, pero después de lo que hice sólo se molestaron conmigo – rio con un deje de vergüenza y timidez.

Rye no dijo nada, sino que volvió a empuñar su pistola y siguió practicando.

Merlot caminó hasta él y colocó una de sus manos sobre la pistola, queriéndole ordenar que se detuviera. Rye lo hizo.

- Sé que no nos conocemos, pero… ¿podrías enseñarme a mejorar mis habilidades?

- Escuché sobre vos – comentó Rye mientras comenzaba nuevamente a disparar a las diferentes siluetas. – No se supone que tengas que saber cómo usar un arma – observó.

- Sí, eso ya lo sé – contestó secamente – pero, ¿lo harías?

- Depende – respondió.

- ¿De qué? – Inquirió confundido.

- De para qué quieras aprender… - dejó de disparar, se volteó hacia él y lo miró con desconfianza.

- Para proteger a alguien – confesó.

Rye caminó hasta él y le entregó su pistola.

- Entonces, comencemos.