Capítulo XXX: Heiji Hattori contra Kaito Kuroba

Todavía con algo de indecisión, Heiji Hattori se reunió con Jirokichi Suzuki en el Museo de Beika. Fue Kudo quien lo llamó y le anticipó que el gran detective del Oeste colaboraría con la captura de Kaito Kid. Jirokichi no era muy fanático de los detectives. De hecho, nadie era confiable cuando se trataba de ese despreciable ladrón. No obstante, como la policía de Osaka gozaba de un buen prestigio, Jirokichi se permitió hacer una excepción. Era el primer encuentro de Hattori con Kaito Kid. Estaba la posibilidad de que lo sorprendiera.

—Confío en sus habilidades, joven Hattori —aseguró cuando fueron presentados—, es por eso que le indiqué a mis empleados que usted será el encargado del operativo de seguridad.

—¡¿Acaso pretende ignorar mi existencia?! —Reclamó ofendido Ginzo Nakamori— Que no se le olvide que yo soy el responsable de capturar a Kaito Kid.

—¿No es usted el policía mediocre que fracasa siempre? —Repuso Hattori con insolencia.

Nakamori lo observó con frialdad. Normalmente, lo hubiera golpeado, pero no quería quedar como un viejo impulsivo e irracional frente a ese mocoso.

—Sos el tercer detective adolescente que con arrogancia se inmiscuye en mi labor y trata de menospreciarme —respondió con altura—. Sin embargo, cada uno de esos mocosos terminó humillado por el mismísimo Kid. Señor Suzuki, creo que está cometiendo un grave error al darle la autoridad de su operativo privado a este pichón. Es por eso que yo, Ginzo Nakamori, voy a asegurarme de atrapar a Kid en su lugar.

Hattori frunció el ceño. «¿Este inepto me dijo pichón?», pensó ofendido.

—Por supuesto que voy a aceptar su intervención, Nakamori. Pero no debe olvidar que este muchacho es nada más ni nada menos que el hijo de Heizo Hattori. Es por eso que tengo muchas expectativas en él.

Nakamori rodó los ojos. «Tanto nepotismo me enerva. Esos mocosos también eran hijosde… uno del superintendente y el otro del escritor Yusaku Kudo. Es mejor dejar que las cosas caigan por su propio peso».

—Entendido, Suzuki. Entonces voy a subordinarme a lo que el hijo del gran Heizo Hattori indique.

Heiji sonrió complacido. En ese instante, su teléfono celular interrumpió la conversación. Nakamori revoleó sus ojos de nuevo. Suzuki se encogió de hombros.

—Disculpen un minuto, por favor —pidió Heiji avergonzado. Normalmente hubiera ignorado la llamada, pero era su novia—. ¿Qué pasa, Kazuha?—Inquirió preocupado y hablando en voz baja—. ¿Ya te bajó la fiebre? ¡Qué alivio! ¿Cómo que volviste al hospital? ¿Está todo bien? ¿Pruebas de qué? ¡Cómo pretendés que me enfoque en el caso si van a estar haciéndote todos esos chequeos! Llamame apenas tengas los resultados… Kazuha… descansá, por favor. Cuando vuelva a Osaka quiero que seas la misma rompepelotas de siempre… ¿Por qué estás insultando a tu novio? Dejá de gritar, ¿estás enferma, no? No te olvides de avisarme los resultados apenas los tengas. Tonta, por supuesto que estoy preocupado. Te dejo, después hablamos.

—Si al talentoso detective de Osaka no le importa, el señor Suzuki iba a explicarnos su estrategia para atrapar a Kaito Kid e impedir que se haga del Gran Zafiro Luis XIV.

Hattori rio.

—Estoy listo.

Jirokichi los escoltó hasta la sala en donde se exhibiría la valiosa joya. La misma había sido remodelada para adoptar la forma de una habitación angosta. Hattori calculó no entrarían más de diez personas sin que se tornara incómodo.

—Tengo la impresión de que cuanto más espaciosa sea la habitación, más conveniente es para ese ladronzuelo —explicó Jirokichi—. Por eso, decidí exponer la joya en esta pequeña sala.

—Pero… la joya está simplemente expuesta en ese busto exhibidor. Kid va a robarla sin problemas.

—Así parece, ¿no? —repuso Jirokichi— Apartémonos un poco —indicó y se alejó unos cinco pasos— Activen el dispositivo —indicó después.

Una jaula emergió desde el suelo rodeando del busto exhibidor. Se trataba de un confinamiento con un tamaño tal que sólo una persona cupiera en él. Pero eso no era todo. Jirokichi arrojó una moneda hacia el interior, en donde estaba la joya, y una corriente eléctrica impidió que atravesara las celdas. De esa manera, una vez que el ladrón de guante blanco estuviera a punto de arrebatar el tesoro, el dispositivo de seguridad lo atraparía sin fallos.

—Y si tiene eso para qué me llamaron a mí —bromeó Hattori—. Señor Suzuki, esa jaula se ve infalible.

—¡Ja! —Se burló Nakamori—. Nada es infalible cuando se trata de Kaito Kid. Llevo dieciocho años tratando de atraparlo. En mi opinión, lo más confiable son los policías. Miren, en mis primeros encuentros con Kaito Kid también estaba convencido de que los dispositivos como ese eran lo más práctico, sin embargo…

Heiji torció la boca y desvió la mirada. Le preocupaba lo que había hablado con Kazuha. Si la fiebre había bajado, por qué estaba en el hospital. ¿Para qué lo había llamado? Definitivamente no se sentía más tranquilo después de esa comunicación. Además, ¿qué clase de pruebas iban a hacerle? En ese momento se sintió feliz de ser virgen, porque si no, probablemente hubiera colapsado.

Mientras Heiji buscaba respuestas, notó que un grupo de adolescentes se había integrado a la reunión privada y estaban conversando con Nakamori y Suzuki. Frunció el ceño. ¿Qué hacía ese detective imbécil ahí?

—¡Eh, Kudo! ¿Qué mierda estás haciendo acá? —Reprochó ofendido— ¿No ibas a ocuparte de esos tipos? Pensé que ibas a dejarme a Kid.

Kaito Kuroba le devolvió una mirada llena de confusión. Creía que era la primera vez que veía a ese chico, aunque no la primera vez que lo confundían con ese estúpido detective.

—¿¡Por qué le estás hablando así a Kaito!? —Repuso Aoko, que para Heiji se veía exactamente igual a Ran Mouri.

—¿Kaito? ¿De qué estás hablando, Mouri? —replicó confundido.

Saguru Hakuba rio, muy divertido.

—No te enojes, Aoko. Es que esta excusa de detective parece que los confundió con otras personas. Kaito Kid va a divertirse mucho con vos —sentenció.

Hattori al ver a ese detective arrogante se impacientó aún más.

—¿¡Qué hacés acá!? —se quejó molesto— Kudo y yo tenemos que atrapar a Kaito Kid —aseguró abrazando a Kaito Kuroba—. No necesitamos de la presencia de tipos arrogantes como vos que ya han demostrado no ser más que una molestia.

—Me parece que estás confundido… —se excusó Kaito.

—¿Por qué sos tan estúpido? —Interrumpió Aoko y apartó a Kaito del detective—. Lo que Hakuba gentilmente estaba tratando de explicarte es que él no es Kudo y yo no soy Mouri. Somos Aoko Nakamori y Kaito Kuroba, ¡así que dejanos en paz! — advirtió con una mirada intimidante.

Heiji retrocedió un par de pasos y rio avergonzado. Esa chica lo había humillado ¡y encima delante de su rival!

—Si seguís dejándote llevar por tus emociones, nunca vas a convertirte en un gran detective —juzgó Saguru—. Estás irritado porque tipos como yo invaden tu lugar de investigación, pero ni siquiera sos capaz de ver que el enemigo está cerca. Creo que voy a tomarte más en serio cuando dejes de ser tan inmaduro, Hattori.

—¿Notó como confundió al mejor amigo de mi hija con otra persona? —murmuró Nakamori a Jirokichi—. Le aseguro que ese mocoso no es de confianza y solo va a significar otro fracaso. Ni siquiera les llega a los talones a sus antecesores.

La sangre de Hattori hirvió de la rabia.

—¡¿Y qué mierda están haciendo ustedes tres acá si no tienen nada que ver con la captura de Kid?! —reprochó con impaciencia.

—¡Qué maleducado! —contestó Aoko— Vine a traerle a mi papá el almuerzo.

—No hay necesidad de que vengas acompañada de dos tipos para hacer eso —criticó Hattori—. Señor Suzuki, con su permiso, quisiera que escoltaran a estas tres personas afuera.

—No será necesario —intervino Nakamori—. Gracias por la comida, hija. Ahora andate y no vuelvas a traer a tus amigos a mi lugar de trabajo.

Kaito sonrió.

—Qué lástima, Hakuba. Parece que el que va a acompañar a Aoko al concierto voy a ser yo. Ni siquiera pudiste acercártele a Kid.

Saguru sonrió.

—Es verdad que yo no voy a poder intervenir esta vez. Pero, siendo honesto, no quisiera enfrentarme ante un Heiji Hattori con el orgullo herido. Creo que es posible que esta vez ese ladronzuelo sea atrapado —aseguró y le guiñó un ojo—. ¿Te acompaño a tu casa, Nakamori? —ofreció después con caballerosidad.

Aoko, sonrojada, miró a Kaito.

—Que te acompañe, Aoko. Aunque yo pienso que a una chica tan fea como vos nada puede pasarle por volver sola a su casa.

La adolescente volvió a perder la paciencia y le asestó un golpe a su mejor amigo.

—Por qué hoy me estoy encontrando con tantos chicos descorteces —se quejó enojada—. Vamos, Hakuba —indicó después y se marchó en compañía del detective.

«Más tarde voy a ocuparme de ese tipo. No me gusta que esté a solas con Aoko» pensó Kaito, aunque olvidó a ambos cuando notó que el detective de Osaka lo observaba fijamente. Sonrió y se sintió nervioso. «Creo que Hakuba tiene razón. Tengo que cuidarme de este tipo. Aunque me da gusto que sea atolondrado, va a ser fácil de engañar».