Capítulo 1: The Interview
Hacía calor. Un calor tan insoportable. Una capa cristalina de sudor comenzaba a cubrir su pálida piel. Su respiración, cada vez más errática y pesada, era el único sonido llenando aquella habitación. Parecía ser una broma o una burla de parte de algún ser superior: que sus últimos latidos fuesen desbocados e irregulares. Como si acabase de correr un maratón. Como si recién cruzase la meta: solo para darse cuenta de que se encontraba entre los últimos en lograr llegar.
Su cuerpo se sacudió en el suelo. La luz se colaba por las altas ventanas que se hallaban en el fondo del salón. La vista era hermosa, pero melancólica: como sacada de una trágica película recién filmada o un libro de horror que le había atrapado entre sus escenas. Afuera el sol se veía tan hermoso: tan radiante y cálido. Le recordaba las tardes tendida sobre la delicada yerba verde en el extenso jardín de la finca de sus padres.
Tristemente, al igual que la luz parecía filtrarse en la habitación a causa de la ausencia de cortinas, su vida parecía escaparse de su pecho. Como si estuviese sosteniendo un trozo de hielo y desease, inútilmente, impedir que se derritiese. La vida se reía de ella porque no podría detener su destino.
La temperatura de su cuerpo parecía subir a una velocidad extremadamente rápida. Quizás era debido a la luz que entraba al desconocido salón desde los altos e imponentes ventanales. Quiso moverse, quejarse o pedir ayuda, pero solo un gemido de dolor atravesó su garganta cuando movió una de sus manos. Un dolor, que había ignorado anteriormente, comenzó a extenderse desde su pecho: bajó la mirada y observó la húmeda mancha roja en su traje blanco.
-¿Qué has hecho?- escuchó una voz a lo lejos, una voz grave que le hizo estremecer.
No reconocía el lugar en el cual se encontraba. Se asemejaba al salón principal de su casa. Con la poca consciencia que tenía, sus ojos se deslizaron por sus alrededores. Había algo oscuro, casi siniestro, aferrándose a las paredes oscuras y al enorme candelabro de oro que colgaba en lo alto del techo.
-Estaba a punto de morir padre, lo siento mucho...sé que no debí...- escuchó otra voz, era un hombre...o quizás un adolescente...su voz era más aguda y llorosa: como si implorase por misericordia.
-No quiero más disculpas...ve a tu habitación de inmediato. Ya sabes que hacer.- habló nuevamente la primera voz.
Se escucharon pasos. Pasos rápidos que se alejaban sin ritmo alguno. La joven en el suelo podía imaginar el sonido acelerado de aquel corazón que se alejaba...solo que...no habían más latidos. Solo había silencio. Por un instante...incluso su corazón parecía haberse detenido...y ella estaba casi convencida de que había muerto. Solo había una pieza perdida en esa teoría.
Ella seguía mirando hacia aquel ventanal. El sol seguía estando allí en compañía de los árboles. El calor se disipó en un instante junto al dolor. Solo quedó un sentimiento de vacío. Un vacío profundo y aterrador. Se percató entonces que ese sentimiento provenía de su propio interior. Intentó comprender que estaba ocurriendo, pero la enorme puerta de madera se abrió dando paso a un hombre seguido de una mujer.
-Bienvenida a tu nuevo hogar, querida.- saludo el hombre arrodillándose a su lado.
El vestía con las ropas mas elegantes que ella jamás hubiese imaginado. Tenía unos ojos verdes, tan oscuros que algunos destellos de negro parecían querer burlarse de sus sentidos. El bastón en su mano tenia una serpiente en la punta: le inspiraba desconfianza por alguna razón reconocida. Él no parecía esperar una respuesta inmediata: solo le miraba a los ojos.
-¿Qué...- comenzó a preguntar ella, su voz se escuchaba más profunda y rasposa de lo normal: sentía su garganta demasiado seca.
Se detuvo cuando las ruedas de su cabeza comprendieron que algo estaba mal. Su mano derecha, pálida y delicada, se movió con rapidez hasta su pecho. Palpo allí: donde hace un momento había una herida. La tela seguía estando igual de húmeda; evidencia innegable de que hace algún rato una herida de muerte marcaba su cuerpo. No fue la falta de dolor o molestia lo que le hizo sentir aterrada. Fue otra ausencia la que lleno de terror su cuerpo. El silencio. La falta de latido. Levantó la mirada hasta encontrarse con unos ojos rojos que pertenecían a la mujer que, de pie tras el hombre, tenia una siniestra sonrisa adornando sus fieras facciones.
-Bienvenida a la familia...
(...)
-¡Por Merlín, Kara Danvers apresúrate!- escucho la voz de su hermana.
La rubia de ojos azules salió del baño intentando colocarse el abrigo color gris sobre su camisa de botones blanca. Era 7 de diciembre y, como de costumbre, Kara no había logrado levantarse a tiempo para la importante entrevista en la cual debía estar veinte minutos antes. Todavía tenía algo de tiempo para dejar a Alex en su cita médica y emprender su camino hacia Luthor Corp. Conseguir la entrevista para obtener el puesto de asistente de la gran Cat Grant, jefa de telecomunicaciones en la empresa de la familia más poderosa de Metrópolis, le había costado mucho. La ojiazul estaba convencida de que había sido tan complicado como obtener, si lo hubiese intentado, un nuevo riñón luego de haber donado el suyo hace cinco años. ¿Quién no deseaba trabajar en la gran empresa de los Luthor?
En su prisa por llegar a su cama, la rubia se tropezó con la caja llena de instrumentos de pintura. Había estado intentando colocarse el abrigo y caminar hacia la cama a la vez. Kara Danvers no era muy buena en eso de hacer múltiples tareas. Incluso había desistido de caminar y mascar chicle. Acabó murmurando entre dientes cuando cayó sobre el colchón. Aunque al final había logrado su misión: llegar a la cama. Se estiró en busca de su celular, debía estar en alguna parte entre las sabanas. La noche anterior se habia dormido observando un video de unos gatitos.
-¡Oh vamos! ¿Dónde estas? – preguntó a nadie en particular moviendo las almohadas fuera de su camino. Lanzó una al suelo y palpó bajo la colcha completamente desesperada por encontrar el aparato del demonio que parecía jugar a las escondidas en el momento menos indicado.
Se escucharon pasos y ella no pudo evitar rodar los ojos. Apenas habían pasado tres segundos antes de que la puerta se abriese. Alex Danvers se apresuró a entrar a la habitación con el ceño fruncido y una mueca de desaprobación. La habitación de su hermana era un desastre en esos momentos. Desde la ropa esparcida en algunos rincones hasta la gata negra de ojos azules sobre la cómoda.
-¡Aquí esta!- gritó Kara saltando fuera de la cama con su celular en mano solo para encontrarse con los ojos de Alex. En esos momentos la rubia estuvo segura de que si el mundo fuese una de sus películas de ficción favoritas la otra le estaría lanzando una maldición imperdonable.
-¡Debemos llegar temprano, Kara! ¡Te lo advertí anoche! ¿Por qué no puedes intentar ser responsable una vez en tu vida?- interrogó la pelirroja agarrando la mochila negra que la mas joven solía llevar colgada en su espalda la mayor parte del tiempo.
-Me he quedado dormida.- se excusó la rubia apresurándose a tomar unos papeles de la cómoda. La ojiazul murmuró un saludo para Kripto, el gato que le regresaba la mirada con sus profundos ojos azules. Ella no esperó una respuesta, aunque lo había hecho durante los primeros dos años de convivencia con su felino amigo. En su fuero interno todavía creía posible que en algún momento de su vida Kripto revelase que podía mantener una conversación con ella fuera de profundas miradas.
Vivir en National City era toda una aventura para la ojiazul. Se habían mudado hace solo unos tres meses cuando su hermana habia decidido relizarse una inseminación artificial. La mejor clínica se encontraba en la ciudad por lo cual la rubia tomo la decisión de viajar con ella. Por supuesto, no tenia nada que ver con que el trabajo de sus sueños siempre hubiese sido trabajar en Luthor Corp. Eso era un tema completamente aparte.
- Entonces, en una hora estaré contigo en la clínica.- habló Kara besando la mejilla de su hermana antes de que se separasen. Alex habia pedido un taxi para le llevase a ambas, pero luego se habían percatado de que la ojiazul llegaría tarde a la cita si acompañaba a la pelirroja a la clínica.
-Llama cuando acabe la entrevista.- pidió la pelirroja.
Kara Danvers era un rayo de luz en un mundo vacío de empatía, inocencia, bondad y amor. Todos los que le conocían solían llegar a la misma conclusión: ella era demasiado buena para pertenecer a este mundo. La rubia solía sonreír cuando le alagaban: porque ella sabía que solo daba lo que le había provisto a ella la familia Danvers. Ella habia estado en el lado oscuro de la vida, en la zona de lamento, hundida entre escombros de dolor...hasta que una luz habia brillado en su vida.
El bus estaba repleto. Ella se acurrucó al fondo, sujetando fuertemente un tubo para no irse al suelo cada vez que el conductor frenaba. Estaban en la hora de mayor tránsito y el chofer parecía no estar de buen humor. La ojiazul le sonrió al señor a su derecha y él respondió el gesto antes de seguir leyendo el periódico. Causualmente una imagen de Cat Grant salía en la portada y el cuerpo de Kara comenzó a sentir los nervios intensificándose.
-Buen día.- dijo la rubia cuando bajo del auto bus evitando un enorme charco. El chofer solo cerró la puerta en su rostro sin siquiera responder a su brillante sonrisa. La rubia se sorprendió por el gesto, pero únicamente bajó la vista a su reloj de pulsera mientras se detenía en la acera.
Tenía exactamente quince minutos para llegar a la empresa. Levantó la vista, el edificio estaba justo a unos metros. Era tan alto como se decía. La joven suspiró, una sonrisa iluminando su rostro. Casi podía imaginarse escribiendo artículos para la revista Catco que financiaba la empresa. Estaba perdida en su sueño, lo suficiente para ignorar el movimiento de los autos. Escuchó la bocina, pero no se movió lo suficientemente rápido: sintió el agua mojar su ropa.
-¡Oh por Rao!- gimió mirando su vestimenta y lamentando no haber colocado un conjunto extra de ropa en la mochila que descansaba sobre sus hombros.
Ella esta lamentando su existencia e imaginando que el cielo habia conspirado en su contra cuando escuchó el sonido de una puerta. Levantó el rostro, encontrándose con un auto negro estacionado a su derecha. Su mirada viajó a la persona que bajaba, se encontró con un rostro cargado de culpa y preocupación.
-Disculpe mucho, señorita. No he visto el agua hasta que estaba sobre ella. – se excuso rápidamente la mujer de cabello negro levantando sus gafas de sol hasta colocarlas sobre su cabeza.
-Oh, tranquila...solo...perderé mi entrevista y...
-No, por favor déjeme hacer algo por ayudarle.- pidió la desconocida, Kara tardó tres segundos en responder porque la mujer habia fijado su intensa mirada verde en ella.
-Esta bien, no hace falta, de todas formas no podré llegar a tiempo. Tengo que cambiarme y...
-Tengo ropa en mi oficina, estaremos ahí en tres minutos.- le e la mujer abriendo la puerta de su vehículo en un silencioso ofrecimiento por llevarle.
Kara lanzó una mirada a la empresa. Usualmente entrar al auto de un desconocido es una de esas cosas que no debes hacer nunca. En esos momentos la rubia estaba desesperada. Si se cambiaba en cinco minutos podría llegar a la entrevista aunque fuese con solo 2 minutos de retraso.
-Bueno...podría llegar la entrevista si es así.- habló Kara acercándose a la desconocida. Una sonrisa iluminó el rostro de la mujer: destilaba confianza y amabilidad por todos sus poros.
La pelinegra conducia a una velocidad moderada. Danvers tanteaba nerviosa sus rodillas cuando el auto comenzó a dirigirse hacia Luthor Corp. Ella se sorprendió y pensó en comentar que precisamente allí era su entrevista. La desconocida estaba demasiado concentrada en su propio mundo: Kara pensó que no le interesaría saber. Se deslizaron hasta un estacionamiento y cuando el auto se detuvo la rubia pensó que todavía había esperanza para obtener el trabajo.
-Vamos.- ordenó la mujer caminando hacia un elevador en el, ligeramente oscuro, estacionamiento interno de la empresa.
Kara no deseaba estar nerviosa, pero estaba por entrar a la empresa mas importante National City. Su corazón estaba latiendo muy rápido y ella luchaba por ocultar la emoción que se escapaba por sus poros. El elevador era tan elegante como el resto del lugar y la rubia cuestionó sus propios pensamientos: quizás habia idealizado demasiado aquella empresa. Un sonido a su lado la sacó de sus pensamientos; ella podría haber jurado que escucho algo semejante a un gruñido.
Era imposible ¿cierto? A su lado, mientras las puertas del elevador se cerraban, solo se encontraba la mujer de cabello negro y ojos verdes. La desconocida vestía un elegante traje de diseñador negro que resaltaba una figura bien cuidada que cualquiera podría envidiar. Kara se sintió afortunada que no le hubiese mojado otra persona: seguro estaría arrastrando su decepcionado cuerpo hacia su casa si fuese asi.
Las puertas del elevador se abrieron y la ojiazul se sorprendio cuando les recibió un pasillo que conectaba con una zona redonda. Una escritorio con una mujer rubia sentada tras él era lo único que adornaba el espacio aparte de algunas plantas y una puerta. Todo estaba en silencio, un silencio casi frustrante. Sus pisadas resonaban por el espacio y el chap chap de sus tenis la hizo sentirse un poco avergonzada.
-Buenos días, señora. – saludó la secretaria mirando primero a la pelinegra y luego advirtiendo la presencia de la ojiazul con una ceja levantada.
-Buenos días, Eve. No me pases llamadas.- ordenó la ojiverde
La desconocida solo se dirigió hacia la puerta de un color blanco lechoso que impedía la vista dentro de la oficina. La secretara siguió a la ojiazul con la mirada y Kara nunca se había sentido tan nerviosa. La oficina que le recibió era enorme. ¿Qué tan importante era aquella pelinegra en Luthor Corp? Danvers estaba convencida de que ni siquiera Cat tendría un piso exclusivamente para ella.
Girando sobre sus talones su mirada se desplazó por cada rincón. El escritorio era blanco y sobre el descansaba una laptop color negro. En el extremo derecho habia una pequeña sala compuesta de un sillón blanco con varias revistas extendidas sobre la limpia superficie y una mesa de cristal. Habían varias estanterías repletas de libros, Kara no recordaba haber observado tantos tomos en un mismo espacio.
-Espero que esto te sirva.- habló la mujer sacándola de su mundo. La ojiazul se giro de inmediato hacia la voz, sorprendida de volver a observar la sonrisa de la pelinegra.
-Oh, gracias. Te debo la vida.- comentó Kara tomando el traje negro que le extendia la mujer.
Solo con tenerlo en sus manos, la ojiazul supo que aque vestido costaba mas que todo su guardaropa. Y aún así, esa desconocia se lo estaba ofreciendo como si fuese nada. Las manos de Danvers se desplazaron sobre la tela con cuidado. Muy pocas veces utilizaba trajes, pero estaba segura de que ninguno de estos serian tan elegantes como el que ahora sujeta.
-Bueno...soy responsable de toda esa humedad.- respondió la mujer
Danvers levantó el rostro tan rápido que podría jurar que su cuello emitió un sonido en señal de protesta. El tono utilizado por la desconocida había sido apenas un susurro, pero a la rubia le pareció escuchar el indicio de un coqueteo. Cuando estuvieron cara a cara, por un solo segundo, a Danvers creyó que la pelinegra le dedicó una sonrisa casi depredadora.
-Eh si...cierto...yo...voy a cambiarme.- balbuceó la ojiazul mirando el vestido con un suave sonrojo haciendo acto de aparición. Para cuando la rubia levantó nuevamente su rostro la ojiverde tenía una de sus cejas elevadas mientras su mirada seguía sobre Danvers.
-Oh...claro...- habló la pelinegra dándose la vuelta y Kara le imitó. En esos momentos, la mujer de ojos azules solo deseaba imaginar que estaba sola en su habitación. Era complicado. Ella estaba muy consciente de la presencia a poca distancia de su cuerpo.
-Entonces... ¿Tienes una entrevista de trabajo?- preguntó la pelinegra mientras la rubia comenzaba a sacar su ropa.
-Si...en exactamente cinco minutos.- susurro la ojiazul lanzando una rápida mirada a su reloj de pulsera.
Cinco minutos. Kara no había sido consciente de cuan rápido el tiempo había transcurrido. Sus manos, ligeramente temblorosas, comenzaron a apresurar sus movimientos. Ya no estaba prestando atención al nerviosismo de saber que tenia a una desconocida a sus espaldas. La pelinegra comentó algo, pero la rubia apenas le estaba prestando atención y murmuro un simple "mjm."
-Bueno...muchas gracias.- habló Kara girándose a mirar a la mujer. La pelinegra estaba hablando cuando la rubia le interrumpió, pero Danvers no tenia tiempo para escuchar a la bonita desconocida de ojos de ensueño.
Decir que Kara Danvers voló fuera de la oficina sería una descripción muy acertada y precisa. Ni siquiera se percató de que la pelinegra le había preguntado su nombre. Sus pasos se dirigían lo más rápido que sus pies le permitieron en dirección al elevador. Ella debía estar en el piso número siete en exactamente dos minutos y medio...dos minutos y quince segundos.
(...)
-¡Soy secretaria de la señorita Cat!- anunció emocionada Kara mientras caminaba fuera de la empresa con el celular pegado al oído. El baile que hizo mientras contaba aquella noticia a su hermana llamó la atención de una señora de cabello canoso que sonrió al observarle.
La rubia estaba segura de que ese día marcaba el inicio de una nueva etapa tanto para ella como para su hermana. Alex acababa de ser inseminada y ella tenía el empleo de sus sueños. Solo quedaba una cosa que debía hacer: celebrar. Celebrar el día perfecto.
-¡Voy a comprar unas cervezas para esta noche! ¡Tenemos que celebrar esto! Bueno...agua o jugo para ti.- se corrigió la ojiazul mientras se detenía en la parada del autobús.
Las hermanas Danvers vivian en un apartamento bastante económico en un edificio a 30 minutos de distancia de Luthor Corp. El lugar desprendía un aire hogareño que ambas se habían encargado de construir en los meses que llevaban en aquel lugar. Ninguna lo habia puesto en palabras, pero se habían exforzado por crear un ambiente similar a la casa de sus padres.
-Umm...voy a ir a por una orden de potstickers.- anunció la ojiazul saliendo de la habitación con un abrigo negro sobre sus hombros. Los ojos de Alex se deslizaron hacia la ventana, al cielo oscuro que cubría la ciudad en esos momentos.
-¿Y si pedimos delivery? Es tarde para que vayas caminando.- ofreció la pelirroja sentada en el sofa, la película en el televisor seguir reproduciéndose en el fondo.
-Está a diez minutos, Alex. Es mas rápido si camino. Voy, vengo y cambiamos la película...sabes que odio el misterio.- habló la rubia dirigiéndose a la salida con su mochila colgando de su mano izquierda.
La ciudad era muy ruidosa a esa hora de la noche. Las calles iluminadas por los altos postes, los autos deslizándose aceleradamente de un lado a otro. Kara caminaba con las manos en los bolsillos, evitando tropezar con otro caminante mientras aceleraba el paso. Eran solo las ocho de la noche, pero ella debía estar dormida a mas tardar las once si deseaba llegar a tiempo a su primer dia de trabajo la mañana siguiente. Había llovido un poco aquella noche, sus zapatos lo lamentaban cada vez que ella pisaba un pequeño charco de agua.
El restaurante de comida japonesa se levantó delante de sus ojos. La rubia podría haber salivado ante la simple vista del letrero. En su cabeza podía imaginar el delicioso sabor de los potstickers. Con una sonrisa iluminando su rostro apresuró sus pasos hasta adentrarse en la tienda. La señorita que atendía a los afanados clientes sonrió al ver llegar a la risueña mujer de ojos azules. Kara compraba la misma orden mínimo una vez en semana: en el poco tiempo que llevaba en la ciudad ya había logrado crear una rutina.
-¿Lo de siempre?- le preguntó Nia acomodando su cabello tras su oreja.
Kara solo sonrió, asintió y le preguntó sobre su día mientras rebuscaba por dinero en su bulto. Nia le sonreía con autentica felicidad, después de todo era difícil no sentir el impulso por ser amable con la menor de las hermanas Danvers. La orden tomaría algo de tiempo en salir por lo cual la rubia esperó tranquilamente en una mesa cercana al mostrador. Sus ojos azules fijos en su celular mientras ella observaba un video en su cuenta de Facebook.
Aproximadamente unos siete minutos más tarde estaba agarrando el pequeño bolso reciclable en su mano. Se despidió prometiendo regresar a comprar muy pronto y Nia no dudó en dedicarle una sonrisa amable. Mirando su reloj, Kara comprobó que el tiempo estaba a su favor y emprendió su caminata. Las calles estaban mucho mas vacías para ese momento y la rubia estaba mirando despistadamente su celular mientras recorría el trayecto que incluso con los ojos cerrados podía caminar. Estaba a unos cinco minutos de su casa cuando sintió un cuerpo chocando con el suyo.
Su primer instinto fue intentar empujar a la persona. Alex era policía y le había enseñado algunos trucos de defensa personal. La comida se le escapó de la mano cuando la persona le empujó con una fuerza casi bruta haciéndola retroceder hasta estar perdida en la oscuridad de un callejon sin salida. Ella había cerrado los ojos ante el sobresalto, y al abrirlos fue consciente de que en la oscuridad el callejón era casi imposible reconocer el rostro de su atacante.
La persona vestía de negro y tenía una capucha sobre su cabeza que escondía su rostro casi por completo. Kara le empujó, e intento que soltase sus manos, pero su atacante tenía un agarre de hierro. La persona le empujó casi hasta el fondo del callejon, la rubia grito intentando llamar la atención, pero pronto una mano estaba sobre su boca. Su atacante le habia sujetado ambas manos sobre su cabeza y le tenía apoyada contra la pared de concreto.
Miedo. La mujer de ojos azules nunca habia sentido tanto miedo a lo largo de su existencia. No tenia idea de que buscaba esta persona, y su cabeza optó por imaginar el peor de los escenarios. ¿Quería violarle? ¿asesinarle? Ella no recordaba haberle hecho algo lo suficientemente malo a alguna persona en la ciudad para que desease lastimarle.
Balbuceó contra la palma de la mano de la persona. Su intento de hablar fue una perdida de energía, pero logró que se percatase de algo. La mano sobre su rostro estaba muy fría. Nunca antes habia sentido una mano tan helada como aquella. Los dedos eran largos, delgados y se sentían suaves, pero estaban tan frío que incluso la hicieron extremecer. Su atacante acercó el rostro a su cuello y Kara luchó por empujarle lejos.
-Shhh...no voy a hacerte daño...- susurró la persona con voz baja. Desprendía peligro y todo el cuerpo de la rubia estaba en alerta. Se quedo muy quieta. Su respiración agitada comenzó a volverse profunda. El miedo la paralizó por completo.
-Hueles...tu olor me esta enloqueciendo...- habló nuevamente su atacante.
Kara casi podia imaginar el rostro de algún psicopata. A la cabeza le vinieron todas las películas de mujeres siendo acosadas, las noticias de asesinatos, de violaciones. Volvió a pelear con el cuerpo que parecía un muro de cemento. En su esfuerzo logró colar una de sus piernas entre las de su atacante: era mujer. Aquello logró enojar a la rubia: ¿Por qué mierda no podía mover esta loca?
Algo duro y filoso rozo su cuello volviendo a inmovilizar su cuerpo. El callejón quedó en total silencio. Algo suave y húmedo acarició sobre su yugular. Kara quiso volver a su intento por defenderse, pero habia algo extraño en lo que acariciaba su cuello. Ella tardó unos treinta segundos, y tres lamidas, en descubrir que su atacante estaba lamiendo su cuello.
Su instinto de auto preservación le ayudo a intentar alejar a la desconocida una última vez. Lamentablemente, su cuerpo habia descubierto que se sentía bien la lengua desconocida sobre su cuello. Era completamente ilógico, y en su cabeza la rubia estaba batallando con sus sentidos. No podia: no habia forma de que sintiese excitación en una circunstancia tan vergonzosa y horrorosa como esa.
Nuevamente algo duro se presionó en su cuello. Sintió dolor. Un dolor que se expandió por su cuerpo como si mil alfileres se estuviesen enterrando en ella. El dolor la hizo quejarse, pero la palma que cubría su boca silencio el ruido. Luego de las punzadas vino un sentimiento mucho peor que el primero. Un sentimiento que la hizo sentir culpable y sucia. Sintio placer. Y la sensación se expandía por su cuerpo con rapidez. Su atacante estaba chupando en su cuello y Kara creyó sentir que estaba bebiendo de su sangre, pero aquello le pareció imposible.
Su cuerpo tembló contra el frio que desprendía la desconocida. Un gemido, esta vez no de dolor, fue ahogado por la mano sobre sus labios. Ella se curvó hacia la mujer que le sujetaba. Su ser se estremeció, sus piernas estaban temblando y su cerebro se sentía nublado. Kara Danvers estaba segura de que mínimo sus amantes habían tenido que pasar unos diez minutos estimulándole para lograr que comenzase a estremecerse.
Todo su mundo se apagó por un instante. Abrió sus ojos, sin saber cuando los habia cerrado. Se sintió débil: la desconocida seguía adherida a su cuello. La rubia no estaba segura, pero una voz llena de culpa le decía que acababa de correrse. Su cuerpo estaba paralizado. Escuchó una patrulla a lo lejos, el sonido era tan distante que ella dudo de que no fuese creado por su nublada consciencia.
Su atacante alejó su rostro de golpe. Kara estaba apoyada de la pared, con la vista nublada y el cuerpo entumecido. La mujer se alejo un paso y a la ojiazul le pareció observar hilos de sangre deslizándose por su mandíbula. Llevó una mano a su cuello, estaba seco a excepción de una línea que se extendía hacia su camisa. El cuerpo de la rubia no logró sostenerse por mucho tiempo. Lo último que vio fue aquella boca roja y una lengua rosada que lamía los rastros del líquido ambarino.
Continuara...
