Capítulo 3
Destellos
Hay una primera vez para todo en la vida. Ella nunca había experimentado la lujuria en su estado más primitivo. El deseo si. Había deseado a tres mujeres diferentes a lo largo de sus 24 años. El deseo la hacía imaginar variados y muy creativos escenarios. La mayoría de ellos acababan en su enorme cama de cuatro postes y sábanas de seda tan negras como el cielo en las noches vacías de estrellas. Era joven, y su imaginación muy elocuente. Aun así, solo una vez logró actuar según sus deseos internos más profundos.
Era una noche de luna menguante. Las estrellas llenaban el cielo pintado entre negro y azul oscuro. Desde el alféizar de su pequeño balcón la ojiverde había pasado minutos contemplando hacia el bosque. Los variados tonos de verde lograban capturar sus sentidos.
Ella tenía 23 años cuando ocurrió. Su cabello, en esos entonces, negro y rozando unos centímetros por por debajo de su cintura, siempre había sido difícil de manejar. La señora encargada de ayudarle a vestir y peinarse estaba enferma ese día. La señora Elvira había estado encargada del cuidado personal de la mujer de ojos verdes desde que esta era una niña. Ante la situación, Elvira, había enviado a una joven de cabello color almendra y ojos verde esmeralda para que cumpliese con sus labores. La pelinegra luego se enterraría que la castaña ella sobrina de su cuidadora. Fue solo verla y quedar totalmente anonadada por la belleza de aquella mujer que podría tener uno o dos años menos que ella. El humilde traje rosa pálido se aferraba a sus caderas estrechas y abrazaba casi con delicadeza su pequeño busto.
La pelinegra había salido desnuda de la tina cuando se encontró con los ojos de la sirvienta. Gotas de agua deslizándose por su pálida piel y yendo a parar al suelo. La joven le dijo que se llamaba Alejandra y explicó que estaría ayudándole durante esa noche. Los ojos de ella se desplazaron por la mujer de cabello más claro y solo sonrió antes de extender sus brazos para que comenzase a secarla.
Era una actividad muy común: le habían ayudado a prepararse para la cama desde que tenía memoria. Pero en esos momentos se sentía diferente. Las manos de Alejandra eran suaves, y se movían con un poco de torpeza. Ella se fijó en los ojos color esmeralda que inútilmente intentaban no deambular por su cuerpo de manera que fuese considerada indecente. La pelinegra sabía, por comentarios de algunos mozos y amigas, que muchos envidiaban su físico. No era extremadamente delgada, no como muchas de sus amistades. Pero las curvas de su cuerpo eran agradables a la vista y en las de una ocasión había percibido las miradas que le seguían.
Fueron aquellas miradas que la mujer más joven le dedicaba las que encendieron un aviso en su cabeza. No fue muy difícil captar el deseo oculto en los ojos de la mujer castaña. Ese deseo que la pelinegra logró ver la impulsó a deslizar sus dedos por el antebrazo de la otra. Sintió la piel erizándose al paso de sus caricias. Alejandra estaba delante de ella, intentando acabar de cerrar los botones de la bata de dormir. La mujer de cabello color almendra se detuvo por completo al sentir los dedos de la pelinegra.
Se miraron a los ojos. El verde mezclado con azul de la pelinegra perdido en el esmeralda de la castaña. Como si conociesen una él deseo oculto de la otra. Ella sonrió, una mezcla de inocencia y coquetería. En su memoria no estaba claro quién se acercó primero, pero si recordaba el toque de aquellos labios suaves y cálidos sobre los suyos. Fueron besos cortos, en un inicio, solo el roce de sus labios. La lengua de ella pronto acarició el labio inferior de Alejandra, quien sonrió con algo de malicia. Cuando la lengua de la pelinegra volvió a salir en busca de algo desconocido, la otra le estaba esperando para chupar el húmedo miembro y sonreír ante su logro.
Los besos hacían arder su cuerpo. Sentía calor recorriendo todas sus extremidades y una incomodidad expandiéndose entre sus piernas. Sentía un palpitar en su zona más íntima, y no tenía idea de cómo lidiar con las sensaciones. Cada beso era mejor que el anterior. Sus bocas pronto parecían conocer el baile ideal para llevarles a la locura. La pelinegra se aferró a ellos como si su oxígeno proviniese de aquella boca ligeramente enrojecida por los besos. Cuando se despidieron, tenían ellas las pupilas dilatadas. Un deseo inconcluso palpitando entre ambas.
Las sensaciones que en esos instantes recorrían el pálido y famélico cuerpo de la mujer de cabello negro era diferente. Estaba desnuda en un cuarto: llevaba algun tiempo en aquel lugar. Abrazaba sus rodillas cerca de su pecho; acurrucada contra la pared de piedra. Habia intentado lastimar su propio cuerpo. Lo había empujado contra la pared en múltiples ocasiones, pero no había logrado más que provocar cortes que sanaban con rapidez. Su garganta ardía y unos filosos colmillos habían aparecido hace algunos días.
Podía oler la sangre incluso antes de que la puerta se abriese con aquel chillido molesto y aterrador. Algo de luz entró a la pequeña habitación. Vio fugazmente como empujaban un cuerpo dentro. Era un hombre, uno joven si sus desarrollados sentidos no le fallaban. Ella gruñó y enterró sus uñas en sus propios antebrazos intentando contenerse. No había bebido sangre desde su conversión y no planeaba hacerlo. Prefería morir, convulsionar hasta quedar totalmente paralizada.
Thump thump thump...
El corazón del hombre latía de forma desbocada. La sangre corría por su torrente sanguíneo vertiginosamente. La pelinegra podía verlo si cerraba sus ojos. Imaginaba el líquido ambarino fluyendo desde aquel cuerpo hasta su boca. Imaginó el sabor a hierro, magnesio, silicio. Sintió que salivaba y los colmillos en su boca casi dolían. El corazón de él seguía latiendo muy rápido, y el aroma que desprendía aquel contenedor andante del líquido tan preciado nublaba sus sentidos.
Lujuria. Su ser estaba extasiado a tal magnitud que rayaba en el exceso. Apretó las uñas más fuerte contra sus antebrazos. Solo necesitaba probar. Las instintos eran más fuertes que su propia voluntad. Un hilo la atraía hacia el sujeto. La invitaba a acercarse, a clavar sus colmillos, a beber hasta saciarse. Lo necesitaba. Su mente estaba nublada luego de tanto tiempo sin probar comida alguna. No podría soportarlo por más tiempo, no podía resistir.
-Hola... ¿hay alguien?- preguntó el hombre.
Tenía la voz un poco aguda, la pelinegra supo que no tendría más años que ella misma. Sintió pena durante sólo algunos segundos. El sonido del corazón bombeando la deliciosa sangre se escuchaba por encima de las palabras que él pudiese estar diciendo. El aroma de la sangre era tan atrayente que su voluntad fue doblegada de inmediato. Fueron milesimas de segundos lo que ella tardó en acorralarlo contra la pared de piedra. Sus cuerpos chocaron de forma agresiva, dolorosa, e incluso se escuchó el ruido de un hueso al ser quebrado. Era evidente que el roto hueso no pertenecía a la hambrienta vampiresa.
Cuando sus colmillos atravesaron la delicada piel de aquella yugular perdió el control. El líquido rojo, espeso y delicioso comenzó a llenar su boca. Era puro extasis. Estaba bebiendo tan rápido que toda su mandíbula acabó manchada. Para cuando se separó, sus ojos estaban negros, vacíos de vida y llenos de lujuria. El cuerpo del hombre cayó al suelo y ella golpeó la puerta.
-¡Lilian!- gritó.
Estaba lista para aceptar su destino. Solo necesitaba un poco más de sangre. Solo necesitaba saciar esa necesidad que quemaba su garganta y hacía doler su estómago. Ese día se hizo menos humana. Había aceptado su nueva naturaleza.
En su cabeza, ella era un monstruo.
(...)
Nuevamente había olvidado colocar la alarma a la hora adecuada. Alex estaba preparando el desayuno cuando ella atravesó la sala corriendo. La pelirroja lanzó una mirada hacia la puerta de salida viendo cómo se abría y se cerraba. Dos segundos luego Kara estaba volviendo a entrar y besando a su hermana.
-Te amo.- le dijo la rubia y un minuto después había desaparecido.
El taxi la estaba esperando cuando Kara bajó las escaleras desde su apartamento en el piso número cuatro. Saludó con una sonrisa al hombre de cabello castaño que le esperaba. Él tenía los ojos color caramelo y una sonrisa amable bailaba en la comisura de su boca. Danvers no tardó en indicarle la dirección de la cafetería donde debía comprar el café de Cat. Mientras se ponían en marcha, lamentó no haber agarrado un plato lleno de los panqueques que había estado cocinando su hermana. Su estómago gruñía y Kara miraba impaciente hacia fuera de la ventana. ¡Necesitaba con urgencia una dosis muy alta de azúcar!
La cafetería tenía solo unos cinco clientes en espera cuando la rubia bajó a comprar. Era un local no muy grande, mesas de madera muy elegantes y algunas decoraciones del mismo material. El lugar desprendía un aura relajado que parecía abrazar a los ajetreados comensales. Kara se ubicó tras el último hombre en la fila sin prestarle mucha atención a sus alrededores. Sacó su celular y comenzó a mirar con desinterés los mensajes. Sonrió al leer que James le había escrito deseándole un buen día. Kara no estaría en contra de intentar una relación con el moreno: era guapo y agradable después de todo.
Kara: Buenos días, Olsen.
Él replicó dos minutos después.
James: Cat no amaneció muy contenta. No olvides su café.
Kara: Estoy a punto de comprarlo.
James: Asegúrate de que esté caliente cuando llegues.
Kara: Anotado.
-Las donas de aquí son deliciosas.- habló alguien a su espalda.
La rubia se llevó el celular al pecho y dio un pequeño salto. Nuevamente esa voz ligeramente grave y ronca. La misma voz que había soñado una y otra vez en los pasados seis días. Giró el rostro y se sorprendió al encontrarse con Lena Luthor tras ella. La pelinegra tenía una sonrisa en sus labios. Su cabello negro estaba sujeto en una coleta alta, tenía un maquillaje ligero y los labios pintados de un rojo oscuro. Kara iba a responder cuando se fijó en la cardigan negra que descansaba sobre los hombros de Luthor. Inmediatamente fue transporta al sueño que había tenido la noche anterior.
(...)
Estaba corriendo como en la mayoría de sus sueños en los últimos días. El sonido de sus latidos y su respiración agitada resonaba en sus oídos. Sus músculos dolían, sus piernas se sentían agotadas y el pecho le ardía. Corría huyendo de algo o de alguien; pero en su inconsciente desconocía de qué. Estaba en un pasillo desierto, un pasillo largo y de paredes blancas. Sus pisadas resonaban, haciendo eco por el largo pasillo e intensificando la sensación de peligro que ya experimentaba.
Abrió una puerta cuando sintió que no podía seguir corriendo. La recibió una habitación grande y casi vacía en su totalidad. La luz estaba apagada, y solo una luz débil se colaba por la ventana en el fondo. En el medio del cuarto había una enorme cama con sábanas rojas. Una cardigan negra descansaba sobre el final derecho de la cama. Kara se detuvo por completo, intentando recuperarse. Respiraba por sus labios entre abiertos. Lo sentía en el ambiente, esa presencia oscura que la llenaba de incertidumbre y miedo. Dio dos pasos hacia la cama, pero antes de que pudiese moverse más, un cuerpo la sujetó desde atrás.
-Te tengo.- susurró aquella voz un poco rasposa.
Sintió los brazos helados alrededor de su cuerpo. Era la primera vez que en sus sueños podía sentir la piel desconocida. La piel fría como un trozo de hielo. No tenía que darse la vuelta para saber que era la misma vampira de sus anteriores sueños. La mujer le apartó el cabello del cuello. Era el movimiento más delicado que había tenido hacia la ojiazul aquella creación de su subconsciente. Kara quiso apartarle, pero a la vez quería pegarse más al cuerpo frío y firme.
-Por favor...- susurró la rubia. Ya no sabía si pedía que se alejara o si suplicaba para ser mordida.
-Tu aroma me está enloqueciendo.- susurró ella.
Kara sintió la lengua en su cuello, los colmillos acariciando la piel. Estaba deseándolo, todo su cuerpo anhelaba experimentar esas sensaciones que aquella mordida provocaba.
(...)
-¿Kara? ¿Estás escuchándome?- preguntó Lena.
La pelinegra había colocado una mano sobre el antebrazo de la rubia haciéndola dar un pequeño salto. La ojiazul bajó la mirada a la mano cubierta por guantes negros. Internamente se preguntó si sus manos estarían frías. Intentó ignorar esos pensamientos. Ella ni siquiera lograba entender que le hacía comparar a la vampira de sus sueños con la pelinegra. Quizás era el misterio que representaba la señorita Luthor en su cabeza.
-Emm... ¿qué tipo de dona me recomiendas?- preguntó cuando logró recuperar su voz.
-Las de chocolate por supuesto o las rellenas de mermelada de fresa.- respondió la ojiverde lanzando una mirada en dirección a la columna de dulces en la vitrina.
-Sí la gran Lena Luthor dice que son deliciosas debo probarlas.- comentó la rubia sonriendo.
-Te invito a desayunar.- ofreció la pelinegra tomándola por sorpresa.
-Yo...me encantaría, pero la señorita Cat...
-Oh, por Cat no te preocupes. Le envío un mensaje y seguro no le importa que llegues treinta minutos tarde.- insistió Lena y la rubia mordió su labio inferior mirando las donas.
-Bueno...pero sólo esta vez. No quiero que...
-No quieres que piensen que te estás aprovechando. Lo sé. Aunque no me molestaría que usted sacara provecho de mi, señorita Danvers.- admitió la ojiverde.
El comentario había tomado desprevenida a la joven rubia. Sus ojos azules de abrieron enormemente. Lena no había esperado respuesta alguna, solo se movió a ordenar el desayuno. La rubia le miró hablar con la señora de cabello pelirrojo que con una sonrisa de bienvenida había comenzado a apuntar el pedido. La ojiazul tardó algunos segundos en recuperar el habla. Optó por ignorar el coqueteo de Luthor y acercarse de prisa a la pelinegra para poder ordenar junto a ella.
-Te pedí donas y unos waffles. ¿Quieres un café o en prefieres algún jugo?- le preguntó Luthor elevando una de sus cejas.
-Jugo de china por favor. ¿Cuánto sería lo mío?- preguntó la ojiazul.
-Nada. Te estoy invitando.- explicó Lena. Danvers no se atrevió a contradecirle. Aunque, hizo una nota mental para invitar a la pelinegra y así poder estar mano a mano.
-Ven, sentémonos.- pidió la ojiverde.
Lena le sujetó de la mano derecha sin esperar respuesta. Kara se sorprendió de lo natural que se había sentido aquel gesto. La pelinegra le dedicó una sonrisa y Danvers no pudo evitar sonreír de vuelta. La ojiazul lentamente se percataría de que Lena Luthor siendo amable y risueña sería su debilidad. No habría nada que pudiese negarle a la mujer de ojos verdes si ella le dedicaba aquella sonrisa.
Se sentaron al fondo de la cafetería, junto a una mesa con un jarrón con flores blancas. Lena había sacado su celular de inmediato y la rubia se encontró intentando curiosear en la pantalla. No tuvo que esforzarse mucho, porque la ojiverde había tecleado, a una velocidad impresionante, y luego había girado el iPhone en dirección a Kara. La ojiazul miró la brillante pantalla leyendo el mensaje que Luthor había escrito.
Lena: Buenos días Cat, te voy a robar a la señorita Danvers por algunos minutos. No la regañes cuando llegue a trabajar.
-Ventajas de desayunar con Lena Luthor.- le dijo la pelinegra guiñándole.
Luego de aquellas palabras la plática había fluido de forma amena. Había una complicidad entre ellas que era innegable. Kara casi podía palparla con la yema de sus dedos. Era como si fueses dos piezas encajando. Como si estuviese escrito por alguna fuerza superior, en algún extraño libro, que sus historias debían entrelazarse. Kara no recordaba haber conocido a nadie y sentir esa chispa. Era química. Ellas eran dos elementos nacidos para reaccionar cuando estuviesen cercas. Y entre tantas personas en el mundo, sus caminos se habían cruzado.
Fue una sorpresa para la rubia descubrir que se sentía cómoda hablando con Luthor. No solo cómoda, sentía que podía hacer solo eso durante horas. Solo hablar o escuchar. Mientras desayunaban, Lena había comenzado a compartir con ella detalles del nuevo proyecto de alcance comunitario de la empresa. La rubia se sorprendió al descubrir que la pelinegra era en realidad científica más allá de ser empresaria. Hizo una nota mental para investigar más sobre Luthor en internet.
-Asi que un nuevo tratamiento para niños con Síndrome Down. No sabía que la empresa invirtiese en este tipo de actividades.- admitió la rubia. Los medios de comunicación tendían a enfocar sus noticias en las galas benéficas que la empresa lanzaba o sus sorprendentes ventas. Una de sus mayores fortalezas era la distribución de productos químicos utilizados en todas partes del mundo.
-Mi padre se negaba en un inicio. Tuve que insistir un poco. Mis proyectos de investigación han estado centrados en mutaciones y anomalías genéticas. Es fascinante como la presencia o ausencia de una cromosoma o la falta de información genética en las células puede resultar en síntomas tan perjudiciales. Siempre me ha fascinado la idea de poder llegar a reparar esos errores. - contaba la pelinegra con bastante entusiasmo.
Kara no había entendido parte de las palabras de la empresaria. Ella había sido muy mala en eso de comprender como funcionaba la química, la genética o la ciencia en general. Aún así, la emoción con la que la otra hablaba era suficiente para que estuviese poniendo en ella toda su atención. Lena hablaba de ciencia y sus ojos brillaban. Brillaban como los ojos de un niño la noche antes de navidad. Danvers no recordaba conocer a alguien que hablase tan apasionadamente del tema. A Luthor no solo le gustaba la ciencia, ella la amaba, era su pasión. Y se veía en sus ojos mientras hablaba.
"Es agradable hablar con ella" pensó Kara y una sonrisa reposó en sus labios mientras apoyaba su barbilla en una mano.
(...)
Fiel a las ordenanzas de la jefa mayor, Cat ni siquiera comentó sobre el retraso de la rubia cuando le vio llegar. La mujer le había recibido con una sonrisa amable. "Cuando llegue mi cita, déjale entrar, Kira" le había dicho mientras pasaba junto a la ojiazul. Danvers solo extendió el café hacia ella, Grant lo agarró mientras pasaba y se perdió tras la puerta de cristal en su oficina.
La famosa cita de las 10:15 am resultaba ser un empresario muy conocido en la ciudad y en metrópolis. Clark Kent, dueño de empresas Supersonic. Kara se sorprendió al verlo salir del elevador y casi había perdido el habla. Agradeció la distancia entre ella y el ascensor, porque tuvo algunos segundos para recomponerse. El alto hombre de cabello negro vestía su mejor traje y sonreía a los empleados mientras se acercaba. Kent tenía ese mismo aire misterioso que la rubia había percibido en Luthor. La única diferencia era ese aura de peligro que rodeaba a Lena y que, inconscientemente, atraía a la rubia como la miel a la abeja.
Cuando Danvers cerró la puerta de la oficina de su jefa se dejó caer sobre su silla con un suspiro. El solo hablar con Kent la había puesto nerviosa. Era exactamente igual que conocer a una celebridad en medio de la calle. Aunque ella no estaba en la calle sino en una de las empresas más importantes en National City. Acomodó su cabello tras sus orejas y sujetó sus espejuelos de lectura. Estaba repasando las tareas del día en su agenda cuando escuchó un extraño ruido en la oficina de Grant.
Le pareció un jadeo débil. El tipo de sonido que dejas escapar de tu garganta cuando alguien tiene una mano sobre tu boca en un intento de silenciarte. En un principio se quedó muy quieta, casi pasmada por el pensamiento que atravesó su mente. Inmediatamente, después de la primera idea, negó con la cabeza y dejó escapar una risa por lo creativa que podía llegar a ser. Había pensado que aquello era un ruido con connotación sexual, pero era probable que fuesen imaginaciones suyas. El sueño de la noche anterior regresó a su cabeza.
"Si, definitivamente mi mente me juega malas bromas. Necesito acostarme con alguien." Pensó volviendo a enfocarse en su agenda.
Pasada una hora de la entrada de Kent, Danvers estaba con la mirada enfocada en la computadora. Cat le había pedido que hubiese acabado de leer un artículo para que le diese su opinión cuando su reunión finalizase. El sonido de la puerta abriéndose tomó a la rubia por sorpresa. Clark salió con una sonrisa de comercial en compañía de Grant. El hombre le dedicó un gesto de mano a Kara a modo de despedida.
-Vamos a ir a almorzar, Kayla. Cuando regrese hablamos del artículo.- le dijo Cat con una sonrisa.
La rubia los observó dirigirse al ascensor. Iban bastante pegados, pero aquello tampoco le pareció algo anormal. En una ocasión, hace tres días, había observado a Grant hablar con Lena de aquella manera. Le pareció que había incluso complicidad en la manera que Cat le había acariciado el hombro a Luthor. Imaginó que serían muy amigas. Parecía ser que su jefa, también, era muy amiga de Clark Kent.
-Hey, Kara. ¿Almorzamos?- la voz de James la sacó de sus pensamientos. Ella giró en dirección a la voz con una enorme sonrisa.
Habían estado almorzando juntos constantemente. Una semana y media trabajando en la empresa y ya casi conocía la vida del moreno. Olsen era alegre y disfrutaba de las mismas actividades que ella. Podían conversar sobre los últimos partidos de fútbol o sobre los últimos artículos que hubiesen leído. Ambos estaban interesados en las estadísticas sobre las extrañas muertes en la ciudad. James había leído cada historia sobre esas muertes, al igual que la ojiazul. Lo único que faltaba para que el moreno fuese el hombre perfecto era que surgiese la llama. Si surgía, Kara estaría complacida.
-Claro, deja y apago todo esto.- pidió la rubia desplazando sus manos por la computadora.
(...)
-Potstickers en camino.- le dijo el moreno con una sonrisa mientras ella se sentaba en la mesa del restaurante.
Lo vio alejarse hacia el mostrador. Aquello parecía una rutina para ellos. Sonrió, porque James había recordado cual era su comida favorita. Puntos a su favor ¿Cierto? La rubia estaba acomodando su cartera en la silla a su derecha cuando capturó, por el rabillo de su ojo derecho, un rostro conocido. Disimuló, fingiendo masajear su cuello, antes de mirar hacia el fondo del restaurante.
Oh mierda. Pensó cuando sus ojos se encontraron de lleno con los ojos verdes. Lena Luthor no estaba haciendo ningún esfuerzo por fingir que sus miradas habían tropezado por causalidad. Kara quiso seguir deslizando sus ojos, fingiendo que no había reparado en la pelinegra. Pero estaba atrapada en aquellos ojos;como ciervo cautivado por las luces de un auto. Entregado a la muerte, pero embelesado.
La señorita Luthor estaba sentada con un vaso negro. Kara se preguntó que contendría, no había visto a nadie con ese tipo de bebida en lo que llevaba viniendo al restaurante. El pensamiento fue olvidado cuando la comisura de la boca de Luthor se curvó. Una sonrisa que tomó a la ojiazul desprevenida. Danvers no podía negar que aquella mujer tenía la sonrisa más perfecta que ella hubiese tenido el privilegio de observar.
La pelinegra levantó su bebida en direcion a la ojiazul. Danvers se sonrojo, había pensado que ambas fingirían no estar mirándose. La rubia levantó una mano e hizo un gesto en señal de saludo. Aquello pareció satisfacer a la pelinegra porque seguía sonriendo. Kara optó por apartar la mirada, porque la otra no parecía tener intenciones de hacerlo.
-Aqui estamos.- habló James ubicándose delante de ella. Kara levantó la mirada de su celular: se había refugiado en el aparato para obligarse a no mirar hacia Luthor.
-Todo se ve delicioso.- comentó mirando los distintos platos que el moreno colocaba sobre la mesa.
-No sabía que postre preferirías así que compré varias cosas.- explicó Olsen. Kara pensaba decirle que amaba las donas.
-Le gustan las donas. Preferiblemente de chocolate o rellenas de crema.- No, no fue Kara quien explicó aquellos datos que sólo su madre y hermana conocían a la perfección.
-Señorita Luthor. ¿Se conocen ustedes?- preguntó James levantándose de su silla apresuradamente.
-Hemos coincidido algunas veces.- explicó Lena.
Kara quería aportar a aquella conversación. Deseaba comentar que habían tropezado en el ascensor varías veces. Explicar que desayunaron juntas, pero había sido solo en un plan de amigas. Mientras aquel pensamiento se deslizaba por su cabeza, sus ojos bebieron la imagen que tenía adelante. Lena Luthor en un ceñido vestido rojo, con una gabardina negra, que casi tocaba el suelo, sobre sus hombros y tacones rojos era un espectáculo. La rubia se percató de incluso James no pudo evitar pasear sus ojos por Luthor: grabando su imagen al igual que ella misma había hecho.
-Para solo verse algunas veces conoces datos que yo desconocía.- bromeó Olsen.
Lena sonrió y Kara logró salir de su conversación mental. James seguía de pie intentando mantener aquella plática casual. La rubia se fijó en cómo el moreno miraba a la pelinegra con reverencia. No era de sorprender, todos en la empresa admiraban a la mujer de ojos verdes. La respetaban o le temían. Danvers aún no podía decidir entre esas alternativas.
-Bueno...tengo buena memoria y Kara comentó ese dato esta mañana.- respondió la jefa.
La ojiazul ni siquiera recordaba el 75% de la plática que había tenido con la ojiverde. La mayor parte del tiempo Danvers solo hablaba para rellenar el incómodo silencio. Hablar nunca había sido un problema. En ocasiones podía pasar de un tema al otro sin siquiera detener a meditar en lo que escapaba de su boca. Sus oyente, comúnmente, ignoraban la mayoría de sus palabras. Como el hecho de que si tuviese que elegir entre todas las donas del mundo, sus favoritas serían las de chocolate o las rellenas de crema.
Lena Luthor realmente había estado prestándole atención.
-Bueno, yo solo quería saludar. Que tengan un bonito almuerzo.- rapidamente se despidió la pelinegra.
James estaba acomodándose en el asiento cuando Lena giró su torso. Kara se repitió mentalmente que sus ojos no habían seguido el trasero de la misteriosa mujer. No. Ella no había estado hechizada por cómo se movía de un lado a otro. Porque Lena no era el tipo de mujer en el cual ella se interesaba. Esa pelinegra era todo lo opuesto a la pareja ideal que ella había construido en su cabeza. Ella buscaba otra cosa: alguien con sus mismos gustos e ideales. Y Luthor, aunque era un excelente ser humano, no tenía mucho en común con Danvers.
-Por cierto, James...saluda a tu esposa. ¿Cómo se llamaba? ¿Mercy? Dile que...me alegra su decisión de tener un hijo.- con esa despedida...Lena Luthor hizo su salida. Una sonrisa cargada de satisfacción bailando en la comisura de su boca.
La mesa quedó sumergida en un silencio sepulcral luego de aquellas palabras. Olsen había levantado su mano, rodeado su gaseosa, pero no se animaba a levantar la bebida a su boca. Danvers prefirió fingir que no le había chocado aquel comentario de Lena. La rubia estaba repasando mentalmente todas sus interacciones con Olsen. ¿Había confundido las cosas? Dudó por un momento, pero luego recordó el coqueteo y las sonrisas. Ella no había confundido nada.
-Kara...eso que dijo la señorita Luthor...
-¿Qué tienes esposa? ¿Pensabas comentarlo?- interrogó pinchando un potsticker con su tenedor.
El moreno miró el coraje con el cual ella había apuñalado la comida. Danvers no estaba molesta por haber perdido la oportunidad con Olsen. Le enojaba saber que él había intentado jugar con ella mientras estaba en el proceso de buscar tener un bebé. ¿Por qué la gente hacía estas cosas? Recordó a Alex, el día anterior, diciéndole que estaba nerviosa por el posible resultado de su inseminación. Si ella fuese la esposa de James, se sentiría devastada al enterarse de que este estaba coqueteando con otra.
-Mi hermana quiere tener un hijo ¿recuerdas? Y si ella estuviese casada... y su pareja hiciese algo así. Pensé que eras mejor que esto.- admitió la rubia dejando el tenedor en el plato. Internamente lamentó no poder comerse los perfectos potstickers.
-Kara...sé que esto me hace ver como un idiota. Y quizás lo soy. Es solo que, te vi y...no sé...surgió esa conexión. Nunca había conocido a nadie con quien compartiese tantas cosas.- explicó Olsen sujetando la mano de Danvers.
-¿No pensaste que podíamos ser simplemente amigos? ¿Tenias que coquetearme y luego ir a dormir con tu esposa?- preguntó ella, estaba ligeramente cabreada. Llevaba coqueteando sutilmente con él desde hacía casi dos semanas. Había pensado en la posibilidad de salir en más de una ocasión. Pensó que podrían conocerse mejor y...
-Lo siento. Mi intención no...
-Tu intención probablemente incluía llegar hasta donde yo te permitiera y luego disculparte para dejarme saber que estás casado.
-Yo...Mercy y yo tampoco es que estemos en el mejor momento. Creo que, entre los problemas en casa y esa tensión entre ambos...
- ¿Qué tensión? - la pregunta había escapado de sus labios antes de tiempo. Olsen levantó ambas cejas.
-Coqueteabas conmigo, pensé que buscabas una relación abierta y...
-Espera, si hubiese estado buscando un rollo no hubiese salido a almorzar contigo todos estos días.
-Entonces creo que malinterpreté...
-Sí, eso hiciste. Y sabes que, no tengo hambre. Te veo luego en el edificio.
Ella había salido del restaurante luego de los siete minutos más incómodos de su vida. Suspiró observando la empresa que se alzaba a lo lejos. En realidad la ubicación de el edificio era perfecta. Colindaba con el parque y los restaurantes. Después de todo, Luthor Corp tenía una extensión de sus oficinas en un edificio más apartado de la ciudad. Era donde se llevaban a cabo las reacciones químicas más peligrosas. Kara lo había leído hace dos horas. Mientras leía sobre Lena Luthor y su familia. Por simple curiosidad claro.
Lena Luthor. "Quizás debería decirle gracias" pensó mientras comenzaba a andar.
Continuará...
