CAPÍTULO 2: El encuentro


Notas de la autora:

Quiero dejar constancia de algunos matices de Soujiro en esta historia, sobre todo porque no ibais a percibir al personaje como suena en mi cabeza. Como es una persona que durante mucho tiempo tuvo bloqueadas sus emociones, no sabe muy bien cómo afrontarlas. Además, digamos que «no trata mucho con la gente», así que... bueno, ya veréis las «salidas» que tiene de vez en cuando porque no capta las ironías ni dobles sentidos de lo que le dicen. Es bastante literal con lo que escucha y lo que dice. Es una pena que no le oigais en mi cabeza, porque a mí me resulta gracioso aunque no lo sea XD. Pero hay que reconocer que a mí casi todo me hace gracia, así que tampoco es que el pobre haga mucho esfuerzo XD.


Comentarios a los reviews:

Kaoruca: De momento, cumplo religiosamente como prometí. Así que aquí está el siguente capítulo :-D

Lady-Cin: Aquí vas a tener Sou/Mis para rato, porque precisamente corta no es la historia XD. Reconozco que a mí antes me gustaba más la pareja Aoshi/Misao, pero era algo más inducido por los fics leídos antaño que por sus personajes. Hace varios años, cuando escribí los otros fics que tengo, tuve que repasar mucho el manga y eso cada vez me fue tirando atrás esa pareja. En la actualidad, no los veo juntos y me motiva más Soujiro para Misao. De ahí este fic :-D

Summer314: Me alegra ver que hay otra descarriada más a la que no le importe esta pareja para Misao XD. En cuanto al prólogo... ¿para qué preocuparse de Aoshi si el que importa aquí es Soujiro? ^o^ Que me está saliendo más majo él... *o*

Estefi: Gracias por tu comentario. Me alegra que te guste cómo escribo :-D

Gracias por vuestros reviews :-D. Espero que os guste el capítulo ;-D


CAPÍTULO 2: El encuentro

Era evidente que siete años vagando empezaban a ser suficientes, en opinión de Soujiro. Y eso que ni siquiera lo hacía de continuo. Sólo hacía un mes desde que había retomado la marcha y, sin embargo, había encontrado una cabaña deshabitada y sólo encontraba excusas para quedarse. Llevaba ya nueve días allí y la tormenta había pasado hacía ocho.

Tenía que seguir su ruta o aceptar que empezaba a querer quedarse quieto en un lugar. Quizás eso no era tan malo, al fin y al cabo. Ya había experimentado durante largos años lo que era recorrer Japón y ahora prefería establecerse como hacía todo el mundo. Sólo podía dar gracias de que a él no le hubiera costado mucho encontrar su propia respuesta, como le había pasado a Himura cuando le aconsejó buscar la suya.

Sólo había transcurrido año y medio desde que recuperara sus emociones cuando se había dado cuenta de que ya no le importaba quién tuviera razón: si el fuerte sobre los débiles o el fuerte que los protegía. Le daba igual. Porque de la noche a la mañana, el mundo en el que había vivido durante una década ya no era el mismo. Él no tenía grandes ambiciones; sólo quería vivir tranquilo y disfrutar de la vida que nunca tuvo, ni siquiera siendo niño.

Fin de la historia.

Soujiro sacó la cazuela del fuego y la dejó encima de una piedra hasta que se enfriara un poco. Cogió un plato y unos palillos y los puso en una bandeja.

Podía ser que lo único que le incitaba a volver a salir era Yokohama. La llamaban la ciudad de los extranjeros por ser una vía de entrada desde occidente y por eso los cambios se sucedían muy rápido allí. Sin embargo, él prefería algo más pausado… más tranquilo. Podía limitarse a que no le gustaba esa ciudad. Podía ser así de sencillo.

Abrió un armario y cogió un cuenco para verter el contenido de la cazuela. Se sentó con la bandeja y esperó a que se enfriara un poco la comida mientras seguía reflexionando en un lugar. Había recorrido todo Japón varias veces; seguro que había algún sitio que le gustara por encima de otros. Pero por más que pensara no daba con ninguno.

—¡Sabemos que estás ahí! —gritaron del exterior interrumpiendo sus pensamientos.

—Tampoco era mi intención ocultar que estoy —murmuró por lo bajo Soujiro un poco sorprendido por los gritos.

Se levantó y se acercó a la puerta para ver qué ocurría. Varios hombres rodeaban la entrada a una distancia prudencial e iban armados. En un principio había pensado que se trataba del dueño que se había encontrado con el inoportuno huésped ocupando su casa. Pero en cuanto los vio, supo que esa conclusión era del todo errónea.

—¿Me están buscando a mí? —preguntó cordial.

—No te hagas el listillo —espetó uno de los hombres—. La hemos visto venir hacia aquí y está herida. Créeme cuando te digo que tú no quieres meterte en esto.

—Llevo más de una semana aquí y son las primeras personas a las que veo —informó con una sonrisa.

—No nos hagas entrar a por ella —le amenazó el que identificó como el cabecilla del grupo. Era el único que hablaba mientras los demás esperaban a ver en qué concluía todo.

Soujiro dio un paso a un lado y les hizo un gesto con la mano invitándolos a entrar.

—Pueden mirar dentro, si quieren. Aquí sólo estoy yo.

El jefe le hizo una señal a uno de los hombres, que se adelantó en el acto para entrar en la cabaña. La casa, que sólo disponía de un único habitáculo donde se encontraba una pequeña cocina, una mesa comedor y un futón, era un lugar difícil para esconder a alguien. Según entró, el hombre volvió a salir.

—Ahí no hay nadie, señor —confirmó el hombre.

—Por aquí no ha venido nadie —repitió Soujiro esperando que asentaran la idea.

Al parecer, buscaban a una mujer a la que habían herido. Eran cinco hombres, corpulentos y armados. Una clara desventaja para esa pobre chica.

Esperó con paciencia a que el hombre actuara. No parecía nada satisfecho con la noticia.

—¿No dijiste que estaba por aquí? —recriminó al hombre que tenía al lado.

—La vi venir por esta zona; imaginé que se habría escondido aquí —se excusó.

—Y quizás ella también te vio a ti y supo que no podía utilizar esta cabaña como refugio. —Le dio cabreado un empujón con el que el hombre acabó en el suelo—. ¡Seguid buscándola! No puede andar lejos.

Se marcharon con diligencia por caminos distintos para seguir con su rastreo de la zona. Dejando patente su mala educación, ninguno se despidió ni se disculpó por la intromisión.

Soujiro entró en la casa, cogió el cuenco de comida y lo vertió de nuevo en la cazuela, la cual dejó sobre la cocina que aún mantenía calor residual. Aseguró las cuerdas de sus sandalias y, cerrando la puerta de la cabaña, salió a buscar a la chica.

Después de llevar varios días allí sin otra cosa que hacer que merodear por la zona, se conocía el terreno bastante bien. Consiguió adelantar a uno de los hombres sin que lo viera y, poco después, localizó a la mujer. Estaba tratando de escalar un árbol, pero lo hacía con mucha dificultad. Miró hacia arriba y supo que la mujer quería esconderse en una abertura que había a unos tres metros de altura. Era un buen escondite si conseguía meterse y la chica era lo suficientemente menuda para conseguirlo. Pero la pierna le sangraba y no parecía tener la fuerza necesaria en los brazos como para escalar.

La mujer era joven, con un largo pelo negro y vestida con extrañas ropas. No era un kimono ni una yukata* veraniega. Tampoco eran ropas de entrenamiento. Parecía un uniforme de trabajo, pero tenía una forma poco decorosa para una mujer. Se resbaló al suelo y la vio echarse a llorar en silencio. Sabía que la seguían y no podía meter ruido si quería evitar que la encontraran.

Inspeccionó su alrededor, buscando alternativas. Miró unos arbustos frondosos cercanos y se levantó con cuidado del suelo. Supo, sin género de dudas, que les había estado evadiendo ocultándose entre la maleza. No se movía con agilidad y era evidente que le costaba andar con la pierna herida.

Un hombre, distinto a los que estaban en la cabaña, salió por el lateral y gritó:

—¡La tengo!

¿En serio? ¿Seis hombres la estaban dando caza? ¿Qué demonios habría hecho la mujer para que los tuviera buscándola sin descanso?

La mujer trastabilló al girarse horrorizada y cayó al suelo. Con sorpresa, Soujiro vio que se le quitaban las lágrimas y se encaraba con él. Teniendo en cuenta que estaba en el suelo sin poder levantarse, desarmada y con varios hombres acercándose hacia ella para hacer sólo Dios sabía qué, Soujiro le concedió un gran mérito por la valentía.

Quería cerciorarse de si era una mujer a la que habían acechado o una que se hubiera buscado la situación en la que se encontraba. Pero incluso si fuese una ladrona o una timadora, Soujiro decidió que intervendría sólo por esa muestra de carácter. Él mejor que nadie sabía lo que era sentirse acorralado, sin ninguna vía de escape que estuviera en sus manos. Hasta que el señor Shishio no le dio su cuchillo y mató a su familia aquella tormentosa noche, había tenido que sufrir el desamparo en el que había caído por ser un niño sin recursos.

Soujiro saltó a la rama del árbol más cercano y se aproximó a ellos por las alturas. Varios hombres se acercaron con claras expresiones victoriosas.

—¡Al fin! —exclamó en cuanto llegó el que había identificado como líder en la cabaña—. Se acabó esta maldita carrera sin sentido… Y todo porque te negabas a aceptar tu muerte.

Soujiro contuvo la risa ante semejante despropósito. El instinto de supervivencia era una gran fuerza de la naturaleza. Era iluso si pretendía que alguien aceptara que lo mataran por las buenas.

El hombre se acercó y le pisó la herida de la pierna a la mujer, la cual gritó y le dio un puñetazo en la espinilla. Éste retiró dolorido la pierna con un quejido y volvió a pisarle.

—Voy a disfrutar matándote muy lentamente por tenernos seis días persiguiéndote sin descanso —la amenazó furioso, sin saber que había conseguido que el humor de Soujiro mejorara con esas palabras.

Iba a hacer la buena acción de esa semana y salvaría a una mujer que había puesto en jaque durante casi una semana a un grupo de seis… no, siete —corrigió cuando entró un séptimo hombre en escena— guerreros que intentaban matarla. Era su día de suerte… y el de esa chica, por supuesto.

—¡Qué te jodan! —espetó la mujer ahora también malhablada.

—Pues quizás sea algo que haga contigo. —Y volvió a pisarla con más fuerza que antes.

—Siete hombres contra una mujer… ¿no es algo desproporcionado? —preguntó con tranquilidad Soujiro desde su rama del árbol.

La mujer cayó inconsciente por el dolor de la pierna. O al menos, era lo que Soujiro esperaba. Los hombres se giraron y le miraron con desconcierto.

—¿De dónde has salido? —preguntó uno de ellos.

—Es el hombre de la cabaña —informó otro—. ¡Lárgate si sabes lo que te conviene!

—Lo siento, pero durante muchos años fui un total desconsiderado con la gente que necesitaba ayuda, así que hace unos años me hice la promesa de probar durante un tiempo justo lo contrario —comentó con inocencia—. Y esa mujer parece ajustarse a las condiciones.

Le lanzaron un shuriken* que esquivó ladeando la cabeza. Lo miró con verdadero interés clavado en el tronco, pero rechazó la idea.

—Esta arma no me vale —les comunicó. Una estrella no le servía de mucho para enfrentarse a ellos—. Pero acepto cualquier otra que quieran darme.

—¿Nos estás vacilando? —cuestionó el líder tras unos segundos de perplejidad por la respuesta de Soujiro—. ¡Acabad con él! —ordenó a sus hombres.

Le tiraron varias estrellas más, pero Soujiro las esquivó bajando del árbol y corriendo entre los hombres.

—¡Pero ¿qué…?! —exclamó uno de ellos cuando le quitó la espada de las manos antes de que pudiera darse cuenta. Por supuesto, también murió por el filo de ella.

—¡¿Dónde está?! —gritó alterado el líder mirando a todos lados.

Eran demasiado lentos para él. Giraban sobre ellos mismos como una peonza en un intento inútil por localizarle. Soujiro no estaba teniendo cuidado con la vegetación a propósito por lo que les creaba la sensación de que estaba en todas partes al moverse.

Y es que estaba por todas partes.

El nerviosismo comenzó a palparse en el aire cuando vieron que uno a uno caía sin poder defenderse.

—¡¿Quién demonios es este tío?! —se quejó otro de los que quedaban.

Mientras iba haciéndose cargo del grupo, uno de sus miembros se largó del lugar dejando cobardemente al resto allí. Dejó para el final al líder al cual lo estacó contra el árbol en el que había intentado refugiarse la mujer. Y no lo mató al momento, sino que lo dejó ahí para que se muriera de una forma lenta y dolorosa igual que como había pretendido hacer con la chica.

Miró el lugar por el que había huido el cobarde y retornó la vista a la mujer. Su buena obra de la semana implicaba salvar a la chica, por lo que también iba a ser el día de suerte del hombre.

Se acercó a ella, la cual mostraba mala cara… y mal aspecto. Estaba muy sucia, claro que si la habían perseguido por casi una semana y se había estado arrastrando por cualquier arbusto que encontrara, podía entenderlo. Le puso la mano debajo de la nariz y comprobó que aún respirara.

Lo hacía.

Soujiro sonrió al hombre que poco a poco se iba muriendo ensartado contra el tronco.

—Gracias —le dijo—. Iba a terminar la semana sin mi buena acción. —Se giró hacia la chica y murmuró—: Aunque ésta es de las que deberían valer por dos.

El hombre intentó quitar la espada de su estómago y Soujiro se acercó.

—Está bien. En agradecimiento, le voy a ayudar a quitarla de ahí. —Lo estudió de arriba abajo y vuelta mientras el hombre seguía intentando deshacerse de la espada. Soujiro la arrancó sin miramientos haciendo que soltara un quejido y, un momento después, se la clavó en el cuello antes de que resbalara al suelo—. Creo que ahí está mejor —comentó pensativo.

Soujiro dio por supuesto que el hombre preferiría un lugar que le llevara a morir más rápido. Definitivamente, el cuello lo era; pero aun así sufriría un poco, que era la idea por torturar a la joven.

Se acercó de nuevo a la mujer y la inspeccionó. Aparte de mal aspecto, olía bastante mal. Si sus cálculos eran acertados, esa mujer habría comido poco, dormido menos y, por supuesto, no habría visto el agua más que para beberla en los últimos días. No le extrañaba que estuviera en esas condiciones.

Le miró la herida que seguía sangrando. Debía cortar el flujo para evitar que perdiera más sangre. Se veía de lejos que la mujer no podía permitirse complicar más su estado. Miró alrededor y, al no ver algo que le valiera para atender la herida, pensó que, siendo mujer, llevaría el pecho vendado. Le abrió la parte de arriba y encontró su torso enrollado por una larga venda, con una fijación extra al hombro. Buscó el lugar donde terminaba y deshizo la sujeción. Revisó su alrededor buscando una de las espadas que habían empuñado los hombres y, cogiendo una de ellas, cortó un trozo de tela que amarró a la herida.

Volvió a sujetar el final de la venda al torso de la mujer y le cerró la ropa. Ni siquiera se había movido ni emitido un ruido. Le tocó el rostro y sintió que le recorría un sudor frío por la frente. Posiblemente tendría veneno en su cuerpo. Por suerte, el veneno que se utilizaba en los shurikens no era mortal. Buscaban ralentizar a la presa que perseguían o al que los perseguía. La chica se iba a sentir mal un rato, pero se le pasaría.

La cogió con cuidado sin tocar la herida de la pierna. Ni siquiera gimió. Estaba sumida en la inconsciencia total. La llevó a la cabaña con diligencia para poder tratarle mejor la herida. No sabía cuándo se la habrían hecho, pero tenía varios regueros de sangre recorriéndole la pierna y, si no se trataba pronto, se le acabaría infectando.

La dejó sobre la mesa y puso a calentar agua, pues era lo único de lo que disponía para desinfectarle la herida. No intentó despertarla; con suerte, no lo haría en un rato. Antes de que el agua comenzara a burbujear, sacó el cazo del fuego y, dándole una última ojeada a su cara dormida, vertió parte de su contenido sobre la herida. Toda la piel se puso roja al momento y subió el vapor hacia arriba casi impidiéndole ver. La mujer no se movió, lo cual facilitó la tarea. Era evidente que su inconsciencia venía no sólo dada por el dolor de la pierna, sino también por el veneno que tuviera dentro.

Una vez limpiada la zona, pudo ver que la herida no era grande, pero sí algo profunda; de ahí que sangrara tanto. Decidió que lo más prudente sería coserle parte de la herida. Buscó en su morral su caja de curas. Disponía de lo más básico y elemental, pues para cualquier cosa mayor que una herida en el camino, dejaría que un médico se lo mirase. Cogió una aguja y un hilo que pasó por el agua que quedaba en el cazo y le cosió la herida con cuidado. Finalmente, se la tapó con una venda limpia.

Se sentó unos momentos en un taburete y se quedó contemplándola. Iba a necesitar lavarse cuando se despertara, por lo que podía ir adelantando trabajo trayendo agua del riachuelo. También necesitaría comer algo y, por supuesto, descansar, ya no sólo por la herida, sino porque —con gran probabilidad—, no lo habría hecho en días.

Cogió una ajada manta, la sacudió fuera para quitarle el polvo y la cubrió para preservar su intimidad cuando se dispuso a quitarle la ropa. Desnuda salvo por las vendas, la metió en el futón con manta incluida. Cuando despertara, iba a tener que bañarse y frotarse a conciencia, pensó Soujiro de nuevo por el estado de la chica.

De modo que, dejándola descansar, salió de la cabaña con dos cubos para llenarlos de agua.


Notas del fic:

*Yukata: Son prendas similares a los kimonos, pero de algodón. Son más livianos que los kimonos y se utilizan en épocas cálidas.

*Shuriken: Es un tipo de arma blanca arrojadiza, predominantemente en forma de estrella.


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Fin del Capítulo 2

22 Octubre 2017


Notas finales:

Ya veis que no han tardado mucho en encontrarse XD. Espero que os haya gustado el capítulo :-D

¡Saludos!