CAPÍTULO 3: Recelos


Comentarios a los reviews:

Estefi: Gracias, me alegra que te esté gustando la historia. Hay pocos fics de esta pareja y, normalmente, suele estar metido Aoshi de por medio (en plan triángulo o sembrando discordia). Además, tampoco suelen ser fics largos (la mayoría no pasa ni de las 10 000 palabras), lo que hace que la historia "quede forzada" pues se está hablando de una relación que inicia de 0 (no como los otros personajes del manga). Así que bueno, veremos si os acaba convenciendo... ^_^º

Kaoruca: Jajajaja... Es que os malacostumbré con capítulos largos ^o^. Estos son más cortos ^_^º

Pjean: O_O. Sé que para las lectoras mi mejor fic es «Recuerdos olvidados», pero creo que eres la primera que añade al repertorio de grandes obras «La carta». Me alegra que te gustaran... Y espero que «Radiante» también, y de paso, que le cojas más cariño al personaje de Misao ^_^º.

Os dejo ya con el capítulo 3. Espero que os guste ;-D


CAPÍTULO 3: Recelos

Cuando Misao abrió los ojos, lo primero que pensó fue que no reconocía el lugar; lo segundo, que se suponía que no iba a volver a abrirlos. Se incorporó, pero al momento notó dos dolores distantes en su cuerpo… Y recordó.

Tenía la herida del hombro que se había hecho en el acantilado y una nueva que se sumaba a ésta en la pierna. Le habían alcanzado con un shuriken* y, como bien sospechó, estaba envenenado. La acción había sido rápida y, en menos de dos minutos, había empezado a sufrir calambres y debilitamiento. Además, la herida del hombro no parecía ir a mejor con toda la actividad que había tenido en los últimos días.

Inspeccionó a su alrededor. Estaba en una pequeña cabaña muy descuidada. Había muy pocas cosas limpias en aquel lugar y se reducían a utensilios cotidianos. Se incorporó un poco y notó una tela que se frotaba sobre su piel. Cuando levantó la manta, tuvo que contener un chillido al ver que estaba desnuda salvo por las vendas de su cuerpo.

Le habían realizado una cura en la pierna, por lo que pudo comprobar. No podía ni empezar a entender qué demonios había pasado para acabar en esa situación. Había estado en el suelo indefensa ante los hombres de Yoshida, con el líder del grupo torturándola con la herida de la pierna, y en lo único que había pensado era que, en cuanto cerrara los ojos, eso sería lo último que vería.

Y, sin embargo, volvía a abrirlos y los hombres no estaban por ningún lado. Y por si no fuese poco, parecía que la estaban cuidando.

Lo dicho: no podía ni empezar a imaginar cómo demonios se habían dado los hechos para acabar en aquel punto.

En la mesita que estaba detrás del futón encontró su ropa doblada. Estaba limpia y seca, por lo que debía asumir que llevaba muchas horas durmiendo. Alargó la mano para cogerla, pero alguien entró por la puerta.

—No debería ponérsela antes de bañarse o volverá a ensuciarla.

Misao se quedó estupefacta cuando reconoció la figura que enmarcaba la puerta. Llevaba una cesta en las manos y la dejó sobre la encimera de la cocina. Apenas parecían haber pasado los años por él, claro que también era muy joven cuando le vio la primera y única vez. Y seguía llevando esa sonrisa inexpresiva en la cara.

—Soujiro… —susurró para sí casi sin poder creérselo.

Si le hubieran preguntado, de pronto, a qué conocido se iba a encontrar dentro de varios años, nunca —ni en un millón de años—, se le habría ocurrido que fuese él. En realidad, ni él ni nadie de la banda de Shishio. Hasta Cho acabó desapareciendo al cabo de un tiempo. Casi todos los que sobrevivieron estaban en la cárcel o trabajaban en distintas tareas que el gobierno les había encomendado por el país, y la mayoría como espías.

Pero Soujiro lo oyó y la miró frunciendo levemente el ceño.

—Nos conocemos. —En realidad, fue una afirmación, no una pregunta. Pero Misao sabía que el reconocimiento sólo venía por su parte. Él no sabía quién era ella, lo cual tampoco era sorprendente dada la situación en la que le vio aquella vez—. Y por su expresión, diría que fue durante una mala época. No voy a hacerle nada —le aseguró en un intento por tranquilizarla.

El problema era que lo hacía con la misma sonrisa paciente con la que le vio pelear contra Himura.

—Ayer dejé el barreño de fuera lleno de agua a la espera de que se levantase y pudiera bañarse. Sólo hay que calentar el agua —dijo cambiando de tema a uno más seguro. Soujiro pretendía así que la chica asimilara que no tenía intención de hacerle daño—. Y como ha tardado tanto en despertar, ha dado tiempo a que se le secase la ropa. —Sacó una pequeña toalla y la juntó a una pastilla de jabón, las cuales dejó sobre la mesa. Cuando vio que la chica ni se movía ni dejaba de mirarle fijamente, siguió—: Lo siento, pero no recuerdo cuándo nos hemos visto. ¿Cómo se llama?

—Misao… —dijo con la voz enronquecida por las largas horas inactivas. Carraspeó—. Misao Makimachi.

Soujiro continuó con su eterna sonrisa, pero acabó negando con la cabeza.

—Lo siento, sigo sin recordarla.

Y Misao no estaba segura de si quería contarle más. Claro que no tenía pinta de pertenecer a ninguna otra banda con planes de realizar otro Golpe de Estado ni nada por el estilo. Y según le habían dicho, desapareció con la intención de seguir el consejo de Himura de buscar sus propias respuestas.

—Pertenezco a los Oniwaban-shu de Kioto —contestó al fin. Se guardó con intención la información de que era la líder de la organización.

—Ah… —soltó como si aquello tampoco supusiese más aclaración a lo que ya sabía. Pero entonces abrió más los ojos—. Aaahhh… —repitió con voz de reconocimiento—. Del Aoiya, imagino; hace siete años —especuló. Misao asintió—. Pero yo no estuve en el ataque al Aoiya —comentó como si hablara del tiempo, en vez de algo que supuso una pelea impresionante donde el restaurante acabó destruido.

—No te conocí ahí. Fue en la aldea de Shingetsu, cuando te batiste con Himura y se partió su espada.

—Lo siento, no recuerdo haberla visto allí —volvió a negar con expresión inocente.

—Supongo… —estuvo de acuerdo ella—. Himura debió concentrar toda tu atención.

—En cierta medida sí —afirmó riendo a la vez que se llevaba una mano a la cabeza—. Aparte del señor Saito, no sabía que hubiera nadie más.

—Llegué justo cuando terminó la pelea con el hombre gigantesco.

Soujiro chocó sus manos como si hubiera recordado algo.

—Creo recordar que unos chiquillos irrumpieron en el salón. ¿Era uno de ellos? —preguntó con curiosidad.

—¡No era una chiquilla! ¡Tenía dieciséis años! —se enfureció de pronto Misao por confundirla con una niña. Bien sabía que se pasó su adolescencia con el cuerpo de un niño. Pero gracias al cielo que eso cambió un año después.

—Vaya… —se sorprendió—. Pensaba que eran unos críos perdidos, pero sólo tiene dos años menos que yo. Es más mayor de lo que esperaba —comentó divertido. Pasó varios segundos antes de agregar—: Parece tener dieciocho y no veintitrés.

—¡Mira quién fue a hablar! —refunfuñó Misao. No daba la impresión de tener veinticinco años ni por asomo. Y cuando le vio por primera vez, había pensado que tendría su misma edad. En aquel entonces, tenía un aspecto demasiado juvenil y no había cambiado mucho a excepción de que parecía haberse anchado un poco de cuerpo.

—Tiene razón —sonrió de nuevo—. ¿Se encuentra más tranquila? —preguntó de pronto.

Misao se tensó al no esperarse esa pregunta.

—Eh… Pues sí, la verdad es que sí. —La charla informal que habían tenido había hecho que dejara de lado que estaba en significativa desventaja frente a uno de los enemigos más fuertes que se había encontrado en su vida.

—Voy a calentar el agua del barreño. Necesita bañarse —le dijo sin nada de tacto—. Y mientras se lava, haré algo de comida para usted. Ayer apenas conseguí darle un poco de sopa sin hacer que se ahogara —informó contrariado—. Necesita comer para reponer fuerzas. Supongo que estos días no habrá podido comer mucho y, en cambio, habrá perdido muchas energías. Debe descansar.

—No me puedo permitir descansar; debo volver a Kioto —repuso ella—. Te agradezco mucho que me ayudaras. En cuanto coma un poco te dejaré tranquilo. —Soujiro sonrió negando con la cabeza—. ¿Qué te parece tan gracioso?

—Una cosa —contestó sin más.

—¿Qué cosa? —inquirió extrañada ante su falta de respuesta.

—La cantidad de días que va a tardar en llegar a Kioto con esa pierna. No se lo recomendaría; la encontrarían por el camino, sin duda. Saben que está por aquí y viva.

Misao se tensó con sus palabras.

—¿Están todavía ahí fuera? ¿Cómo es que no me han encontrado?

—Fuera… están; sus condiciones son otra historia —comentó impasible—. No pueden hacerle nada. Pero uno de ellos huyó, de modo que imagino que dentro de unos días volverá a tener gente persiguiéndola. Entiendo que es algún tipo de rivalidad entre bandas por lo que la perseguían.

—No es tan sencillo. —Misao no dijo nada más y, cuando se hizo patente que no iba a aclarar las cosas, Soujiro salió para encender unos leños bajo el barril.

No sabía muy bien qué iba a hacer. Soujiro tenía parte de razón. La volverían a rastrear porque el objetivo no había sido cumplido. No había podido informar a los Oniwaban-shu ocupada como había estado por escapar. Tenía que esconderse de los caminos habituales cogiendo otros alternativos para que no la encontraran. Y tampoco podía usar un medio de transporte que la llevara a casa porque sería lo primero que tendrían vigilado. Además, habría tenido que ir de polizón pues no tenía ni una mísera moneda.

Y para rematar, ahora estaba doblemente herida, y una de ellas era la pierna, algo que la ralentizaría sí o sí tanto al trasladarse como al intentar huir si la encontraban.

Pero no podía quedarse en un sitio sin moverse. Darían con ella sin género de dudas. Eran ninjas y buenos espías, sin descontar que mandarían los refuerzos necesarios como para acabar con ella antes de que pudiera informar a su gente.

Se enrolló la manta y se levantó como buenamente pudo, pero al erguirse, la pierna le flaqueó y a punto estuvo de caerse al suelo de nuevo. Intentó dar un paso con la pierna, pero en cuanto dejó un poco de peso sobre ella, se encontró con que no podía. Empezaba a entender las palabras de Soujiro, a fin de cuentas, le había curado la herida así que en esos momentos sabía mejor que ella cómo era.

Soujiro entró y se detuvo en cuanto la vio de pie.

—No debería levantarse sola —la reprendió al tiempo que se acercaba a ella y la ayudaba a estabilizarse. Le hizo pasar un brazo por su hombro y la cogió de la cintura. Por suerte había cogido el brazo bueno, así que utilizó el del hombro herido para pegarlo a su cuerpo y mantener la manta en su sitio—. No tiene la pierna como para hacer muchos esfuerzos y puede conseguir que se le abran los puntos.

La ayudó a salir fuera. Hacía buena temperatura en la calle a pesar de ser finales de marzo, pero le daba mucha vergüenza pensar que se tendría que bañar desnuda a la intemperie. Además, saber que había un hombre alrededor no ayudaba en nada.

—Enseguida estará el agua. No se preocupe por el barril; la ayudaré a subirse a él. La persona que vivía aquí se ve que era bastante pobre, porque no pudo hacerse con un barril más adecuado para bañarse. He visto que hay unos peldaños de madera. Creo que los utilizaba para poder entrar y salir.

—¿Tú no los has usado? —preguntó Misao.

—No, puedo saltar y no tengo ninguna pierna herida —contestó divertido. Tocó el agua y siguió esperando—. Está templada, ya casi está. Debería haberse quedado en el futón hasta que estuviera el agua lista.

—¿Y cómo vas a ayudarme a meterme dentro sin que me veas? —cuestionó suspicaz Misao.

Soujiro la miró sin entender y terminó sonriendo.

—No se me había ocurrido. Supongo que tendré que cerrar los ojos.

—¿Y cómo vas a conseguir que me meta en el barril si no puedes ver?

Soujiro simplemente mantuvo la sonrisa en su cara y no contestó. La dejó aferrada al barril mientras colocaba la escalerilla frente a ella. Tocó el agua y le hizo probarla a Misao para que comprobara que la temperatura fuese adecuada para ella.

Entonces, la cogió en brazos y subió los peldaños. La volvió a dejar de pie, subidos los dos en el último escalón.

—Se quita la manta y las vendas y luego la subo. ¿Le parece bien?

—¿Prometes que no vas a mirar? —preguntó con recelo.

—Sí, tampoco es que haya mucho que quiera ver estando en las condiciones que está. —Misao le miró con la boca abierta atónita por semejante desconsideración. Soujiro sonrió y continuó—: No tengo tanta curiosidad, la verdad.

—¡Pero ¿cómo te atreves?! —exclamó indignada dándole un empujón. Soujiro perdió el equilibrio y cayó al suelo, y Misao tuvo que agarrarse al barril para no caer encima.

—Pensaba que no quería que la viera —comentó extrañado.

—¡Y no quiero! Pero es una falta total de desconsideración decirle a una mujer que no te interesaría nada verla desnuda. Ni que tuviera algo mal. ¡Entérate! Soy una mujer muy bella y ya les gustaría a muchos hombres poder verme desnuda. ¡Cretino! —le gritó ultrajada con su habitual autoestima sana.

Soujiro no entendía nada, claro que de por sí entendía poco al género humano en general, y a las mujeres en particular. Sólo había tenido un referente femenino en su vida y había sido la señorita Komagata, la cual siempre estaba alrededor del señor Shishio y era muy predecible en su relación con él. De modo que la forma en que se manejaban el resto de mujeres era todo un misterio para él. No se comportaban como ella y, por ende, eran criaturas extrañas.

Se puso en pie y volvió a subir a la escalerilla.

—Está bien. Haré todo el esfuerzo que pueda por contener mis ganas de abrir los ojos y verla desnuda. ¿Así mejor? —preguntó al final con inocencia.

—¡No te burles de mí! —se quejó Misao sabiendo que le estaba siguiendo la corriente.

Era una mujer atractiva. Había tenido multitud de pretendientes… Claro que muchos venían por el aliciente del Oniwaban-shu. Pero los había tenido —que era lo que contaba—, y por eso se había tenido que deshacer de ellos de una forma poco ortodoxa que la había protegido a la vez que la había encerrado en una jaula construida por sólidos barrotes de hierro. Pero por eso mismo, después de haber tenido que soportar todo aquello, lo último que quería escuchar era el desplante de un hombre.

—Necesita bañarse —volvió a la carga Soujiro—. Y cuanto antes lo haga, antes podré prepararle algo para comer.

Aquello hizo que Misao perdiera toda la animosidad que estaba acumulando. Tenía mucha hambre. De hecho, si fuese por ella, primero comería y luego se bañaría. Llevaba una semana casi sin poder probar bocado. Incluso su ropa le quedaba grande y eso que de por sí tenía una constitución delgada.

Soujiro cerró los ojos y Misao confió en que no los abriera mientras se desnudaba delante de él. Cumplió con su palabra y no los abrió, por lo que tuvo que guiarle para que la metiera en el barril sin tocar ninguna de sus partes comprometedoras.

Cuando la dejó dentro, entró en la casa y le trajo la pastilla de jabón y la toalla.

—Intente no estar mucho tiempo dentro del agua. Si la piel de la herida se reblandece mucho, los puntos le rasgarán la piel y la herida se abrirá. Y cerrarla entonces será más complicado.

Diciendo eso, Soujiro entró en la casa llevándose las vendas que había dejado en el suelo. Misao sabía que no podía estar mucho tiempo dentro con las dos heridas como las tenía, aunque le habría encantado después de todos esos días y con la cantidad de mugre que llevaba encima. Se frotó con la pastilla de jabón casi gimiendo de gusto al ver de nuevo el color de su piel. Llevaba cinco días que ella misma no podía parar alrededor suyo. Entre las carreras y el haber tenido que arrastrarse por todos los sitios que había podido para dar esquinazo a sus perseguidores cuando se acercaban demasiado, su olor era un atentado para cualquier nariz. Y estaba llena de barro y suciedad. Casi no sabía ni cómo Soujiro la había llevado hasta esa casa; debería haberla dejado en el lugar como el bulto andrajoso que le debió parecer al encontrarla.

Tras llamarle, Soujiro salió con sus ropas. La ayudó a salir y la dejó vestirse.

—He puesto a remojo sus vendas —comentó de espaldas a ella—. Se las dejé puestas porque no podía quitárselas a menos que las rompiera. E imaginé que las seguiría queriendo usar.

—Gracias.

—Tiene preparado un plato en la mesa.

—Gracias. —Y eso sí que se lo agradecía con cada partícula de su ser. Estaba famélica.

Soujiro la volvió a coger de la cintura pasando su brazo por sus hombros y la ayudó a bajar. Misao le miró cuando notó sus ojos fijos en ella mientras caminaban. Entonces le vio sonreír más.

—¿Sabe? Tenía razón —dijo de pronto observándola con gran curiosidad—. Había una mujer bella bajo toda esa suciedad.

Misao trastabilló y se aferró más fuerte a él para evitar caerse. Él la sujetó al instante, presionándola más contra su cuerpo para afianzarla.

—Tenga cuidado o se lesionará el otro pie —agregó divertido.

Pero Misao se quedó sin poder replicarle porque se había quedado atónita mientras le miraba cogida a él. Y por supuesto, estaba muy, muy sonrojada.


Notas del fic:

*Shuriken: Es un tipo de arma blanca arrojadiza, predominantemente en forma de estrella.


— * —


Fin del Capítulo 3

29 Octubre 2017


Notas finales:

Os juro de verdad de la buena que Soujiro NO estaba burlándose de Misao (ni de ella, ni de los tipos con los que peleó). Sé que da esa impresión por su forma de hablar, pero tranquilas que Misao le irá cogiendo el truco al chico ^o^. Es lo que tiene la primera toma de contacto con este hombre XD.

¡Saludos!