CAPÍTULO 4: Lejos de Kioto


Comentarios a los reviews:

Kaoruca: No sé quién le dará clases a quién, pero que los dos son curiosos con su trato, también te lo digo. Soujiro será más ignorante en temas emocionales, pero no se corta un pelo al hablar precisamente porque no tiene mucha consideración del efecto de lo que dice. Por su parte, Misao es más «normal», pero también por ello tiene sus «debilidades». Son muy curiosos los dos, aunque todavía os faltan algunos capítulos para ver la interactuación real entre ellos. Estos capítulos tratan de dos desconocidos y unas condiciones muy desfavorables. Es una relación espinosa... de momento ^o^.

Estefi: ¡Dios! ¿Y no te desgasta la historia leerla tantas veces? O_o... XD. Y a mí también me encanta el anime, y te puedo decir que yo ya llevo los treinta pisados desde hace tiempo. Da igual la edad, ¡lo importante es el espíritu! XD

Gracias por los comentarios :-D. Os dejo con el capítulo nuevo. Espero que os guste ;-D


CAPÍTULO 4: Lejos de Kioto

Soujiro observaba atentamente a Misao mientras devoraba —o engullía— el guisado que había preparado la noche anterior. Como había previsto esa situación hizo bastante cantidad, pues sabía que la chica se levantaría con hambre.

—¿Quiere más? —preguntó cuando vio que el plato se terminaba. Misao asintió y Soujiro le puso más cantidad.

Volvió a sentarse en el taburete mientras Misao seguía comiendo. Se fijó en su atuendo y supo que había pasado seis días horribles. Las ropas le quedaban grandes. No era exagerado, pero se notaba. Con toda probabilidad, se habría mantenido en pie por fuerza de voluntad. Desde que la había encontrado el día anterior estaba muy tentado de preguntarle qué le sucedía, pero esperó con paciencia mientras se iba recomponiendo.

Porque lo iba haciendo.

La mujer que había salido del barril parecía otra. Seguía sin reconocer sus rasgos de antes, pero tampoco esperaba hacerlo teniendo en cuenta cuándo le dijo que se habían conocido.

Por suerte, no había tardado en perder el miedo inicial. Podía entender que lo tuviera. Siete años atrás, el señor Shishio había intentado dar un Golpe de Estado y la chica se había visto involucrada. Volvió a repasarla de arriba abajo. Cualquiera habría pensado que era imposible que una mujer de esa constitución pudiera haber salido indemne de la batalla contra cinco de los «Diez Espadas». Y lo que era más: una mujer de esa constitución siete años antes. Pero se había enfrentado a ellos y había salido con vida. Y ahora, era perseguida por un grupo de ninjas a los que había esquivado durante seis días.

Sin duda, era mucho más de lo que aparentaba.

—Entonces, ¿ahora vives aquí? —preguntó Misao sacándole de sus pensamientos.

—No. Me encontré esta cabaña durante la última tormenta. Llevo desde entonces aquí.

—Está bastante descuidada.

—Sí. —No era ningún secreto—. Por eso supuse que no vivía nadie. Su anterior dueño la debió dejar hace mucho tiempo.

Ella le miró con atención durante unos momentos mientras seguía comiendo.

—Lo último que me dijeron de ti fue que desapareciste para darle un sentido a tu vida… o algo así. ¿Es cierto?

—No lo diría de esa forma, pero sí —afirmó. Vio que Misao iba a preguntarle algo más, pero se contuvo.

—¿Y usted? ¿Por qué la perseguían?

—Por decir que no —masculló por lo bajo. Eso hizo sonreír a Soujiro.

—¿A qué le dijo que no?

—A una alianza.

—Vaya… —dijo tras unos segundos de silencio—. Así que han pasado de ser casi aliados a intentar matarla. Es un cambio bastante brusco, ¿no cree?

—Yo nunca quise una alianza. Y menos con esa calaña.

—¿Dirige a los Oniwaban-shu? —preguntó con cierta sorpresa.

Por cómo se tensó, supo que había dado en el blanco. Esa información se la había guardado en un inicio. Pero estaba hablando de tomar ella una decisión sobre la organización.

Definitivamente, la chica era una caja de sorpresas.

—Es curioso. Cuando investigué en su día a su organización, se limitaba a Aoshi Shinomori y sus cuatro compañeros que fallecieron. Pero luego apareció de la nada un pequeño reducto en el Aoiya. —Misao ni se inmutó por lo que estaba diciendo—. Ahora habla de alianzas con otros grupos… —siguió con su argumentación antes de preguntar—: ¿Cómo de grande es su organización ahora?

—En realidad, no creo que sea de tu incumbencia.

Soujiro no se rindió, porque en realidad sabía la respuesta a su pregunta. Un grupo pequeño no se preocupaba por cuestiones como alianzas entre bandas de distintas ciudades porque, en general, solían pasar desapercibidos.

—¿Cogió las riendas tiempo después o lo ha hecho usted?

La información que le llegó tras su aparición era que el pequeño grupo del Aoiya no superaba la media docena de integrantes, a pesar de que sí contaban con una eficiente red de comunicación por Kioto gracias a ciudadanos afines. Si ella estaba allí y era un grupo tan reducido, había posibilidades de que lo liderara desde entonces. Sobre todo, porque habría sido muy difícil para una mujer tan joven sustituir a un líder cuando la organización estaba en crecimiento. Habría habido muchas suspicacias y desconfianzas sobre su liderazgo. Pero eso cambiaba si había sido ella la que había hecho posible ese crecimiento. Entonces, su gente sería consciente de sus capacidades y se habrían evitado las sublevaciones.

—¿Qué cree que podría hacer yo con esa información para que no me la diga? ¿Es secreta?

—Simplemente, no te interesa —contestó con brusquedad.

Soujiro se encogió de hombros con una sonrisa.

—¿Le gusta la comida?

Misao le miró con mucho recelo.

—Si estás intentando decirme que debería hablarte de los Oniwaban-shu a cambio de la comida, olvídalo.

Soujiro sonrió más.

—Sólo le estaba preguntando si le gustaba puesto que era evidente que no quería hablar de usted.

Misao le miró con más recelo aún.

—Sí, está buena —gruñó desconfiada.

—Me alegro. Voy a vaciar el barril —dijo mientras se levantaba de la mesa y la dejaba sola.

Fuera, Soujiro inclinó el barreño para vaciarlo de agua. Misao no le había dicho mucho, pero tenía una idea a grandes rasgos de lo que había pasado. Había iniciado con otro grupo ninja unas negociaciones sobre una alianza que se habían torcido. La conclusión era que intentaban matarla. Estaba sola y dudaba mucho que no hubiera ido acompañada. O se habían tenido que separar, o estaban muertos y era la única que seguía con vida.

Matar al líder de una organización siempre conllevaba un desequilibrio en ella. Entendía que un grupo que se hubiera convertido de pronto en enemigo quisiera acabar con él. Se tendría que dar una sustitución en lo alto de la jerarquía y eso traía muchos enfrentamientos en los propios subgrupos que se daban en cualquier organización. Eso originaba el clima perfecto para un ataque a su estructura.

Y si esa enemistad había surgido durante la reunión, era probable que el núcleo de Kioto no lo supiera.

Desde luego, era una buena estrategia: matar a sus invitados —incluyendo al líder de la banda rival— y que la organización no supiera ni por qué ni por quiénes.

Cuando volvió a entrar en la cabaña, se encontró a Misao haciendo equilibrios para echarse en el futón. Esa mujer no estaba en su sano juicio.

—¡Espere! —la detuvo yendo hacia ella para sujetarla y que no se cayera al suelo—. ¿Le duele también el brazo? —preguntó con curiosidad. Había visto que intentaba llegar al suelo por medio de una pierna y un brazo.

—Debió ser cuando me caí —contestó ella—. No es nada.

—Deje que la ayude para estas cosas. Piense que, si se abre la herida de nuevo, tardará más tiempo en curarse. —Soujiro la cogió en brazos y la depositó con cuidado sobre el futón—. ¿Ve cómo es más fácil así?

Misao le miró con atención, como si acabara de descubrir algo en él.

—Gracias —le dijo en un susurro.

—No hace falta que me las dé. Además, no pesa nada —añadió divertido.

—Te debo la vida —comentó solemne, y Soujiro supo que las gracias no venían por cuidarla—. Ha sido muy desconsiderado por mi parte no decírtelo hasta ahora.

—No se preocupe. Han sido muchas impresiones en muy poco tiempo.

—Estoy en deuda contigo. Quiero que lo sepas —siguió en su tono ceremonioso.

—Y, aun así, no me cuenta nada —replicó él en un intento por relajar sus palabras.

Misao se quedó en silencio unos momentos mirándole a los ojos. No entendía que desechara de esa forma sus palabras cuando para ella eran vitales. Suspiró con una sonrisa y negó con la cabeza.

—Estoy cansada; quizás en otro momento que esté de mejor humor.

—¿Y por qué tengo la sensación de que eso no será pronto?

Misao se recostó y se echó por encima la manta. Cuando Soujiro se levantó para seguir con sus tareas, volvió a sonreír.

Porque en realidad, ya estaba de mucho mejor humor.

— * —

Cuando Misao despertó era de noche. No le costó hacerse a la poca luz que entraba por la ventana. Revisando la cabaña, vio que Soujiro estaba sentado contra la pared durmiendo. Tenía la cabeza colgando hacia abajo, en una postura que Misao sabía que le haría adolecer del cuello por la mañana. Le dio cargo de conciencia haberle quitado su futón, pero se reconfortó pensando que lo dejaría allí tranquilo en la mayor brevedad posible.

Si podía ser en ese momento incluso mejor.

Movió la pierna y pudo comprobar que se iba curando rápidamente. No podía quedarse mucho tiempo allí; tenía que llegar cuanto antes a Kioto e informar de lo que había pasado. Tendría que ponerse en marcha y esperar a que los Yoshida dieran por hecho que iba más adelante.

Pero no sabía cuánto tardarían en andar por la zona. Soujiro le había dicho que uno de ellos había escapado. Si había cogido un medio de locomoción para regresar a Tokio, sólo habría tardado unas horas en llegar. Eso les daba día y medio para haber desplegado a más hombres para buscarla.

La persistencia que habían mostrado por seguirla le decía que los tendría detrás hasta que llegara a casa. Habían convertido en un objetivo primordial acabar con su vida. Y ella disponía de unos recursos muy limitados para volver.

No tenía dinero y no podía arriesgarse a subirse al tren o a un barco. Si ella estuviera en la situación de atrapar a alguien, tendría a su gente vigilando estaciones y puertos. Era lo más lógico y, por tanto, una vía muerta para llegar a Kioto. Tendría que hacerlo por sus medios y eso significaba que tenía que curarse la maldita pierna.

Fulminó en la oscuridad el vendaje, como si éste tuviera la culpa de todo. La herida del hombro era peor y, sin embargo, no la imposibilitaba tanto.

Intentó levantarse sin apoyar la pierna, algo que consiguió al cabo de varios intentos. Fue apoyando cada vez más peso en ella y sintió una punzada de dolor cuando lo hizo por completo. Pero era soportable.

Dio un paso y luego otro. Podía andar, descubrió emocionada.

Miró alrededor y se acercó a la pequeña cocina con intención de encontrar algo para llevarse. No tenía ninguna bolsa, pero podría meterse algo entre las ropas. Eso le recordó que no tenía sus vendas. Estaban colgadas fuera. Tenía que recogerlas antes de irse.

Cogió varias frutas y se las metió bajo la ropa. El frío de las piezas contra la piel la hizo encogerse, pero era el único sitio donde podría guardarlas. Si conseguía llevarse algunos víveres, eso la ayudaría con su viaje. Podría marcharse en ese mismo momento.

—Ni se le ocurra —dijo Soujiro como si le hubiera leído el pensamiento.

Misao se sobresaltó y sin querer se apoyó más de lo debido en la pierna herida. Ni siquiera pudo ver cómo se levantó. En un momento estaba en el suelo como si durmiera y, acto seguido, estaba a su lado agarrándola del brazo.

—Es una inconsciente —suspiró resignado—. No puede marcharse en ese estado.

—Ya puedo andar —replicó ella con su único objetivo en mente. Tenía que llegar a Kioto.

—Apenas puede mantenerse en pie. ¿Pretende llegar a Kioto así?

—No creo que me entorpezca tanto como para no poder terminar lo que me queda de camino.

Soujiro la estudió en la semioscuridad de la noche valorando por primera vez una posibilidad.

—¿Sabe siquiera dónde estamos?

Porque no estaban cerca de Kioto. Y, por supuesto, no como para llegar con esa pierna herida.

—No con exactitud, pero puedo hacerme una idea teniendo en cuenta el ritmo de los últimos días.

—Y entonces, ¿por qué tengo la sensación de que se va a llevar una sorpresa? —preguntó con un asomo de risa en su voz.

Misao no respondió, sólo se quedó mirándole fijamente. Y Soujiro supo, en ese momento, que estaba mucho más lejos de donde creía que se encontraba. Llevaba tantos días huyendo por su vida que no había podido controlar hacia dónde lo hacía.

—¿De dónde viene?

—De Tokio —contestó ella.

Soujiro sonrió ante esa información.

—Se ha ido un poco al norte, señorita Makimachi.

Y decir «un poco» era quedarse corto. Se había desviado bastante. Había salido de Tokio y se había dirigido en dirección noroeste cuando debería haber ido suroeste. Pero sospechaba que era la ruta que le habían dejado sus perseguidores. Se habían propuesto no dejarla llegar a Kioto y cortarle ese paso era una forma de hacerlo. La estaban obligando a dar un gran rodeo para llegar a su destino, aumentado el tiempo y posibilidades de dar con ella. Al menos podía estar contenta de no haber ido en dirección contraria alejándose de su destino.

—¿Dónde estamos? —preguntó al fin Misao.

—Cerca de Nakano, al norte de la prefectura de Nagano —Misao le miró consternada—. Estoy impresionado —siguió él con una amplia sonrisa—; ha hecho más de doscientos kilómetros en seis días y sin contar los que habrá recorrido dando vueltas intentando esquivar a sus perseguidores. No me extraña que pensase que estaría cerca de su casa.

Misao se tambaleó y Soujiro la ayudó a sentarse en un taburete. Después, encendió la vela de la mesa para iluminar la estancia. Misao estaba blanca.

—Pensaba que estaría cerca de Kioto —susurró como si estuviese ida. Soujiro se compadeció de ella.

Aunque una persona entrenada como Misao podría hacer unos cincuenta kilómetros al día andando, la cosa cambiaba cuando había que correr por el desgaste que suponía. Y si a eso se le añadía que la persona en cuestión no se encontraba en las condiciones físicas adecuadas, esa distancia disminuía mucho más. Misao estaba deshidratada y en esos días no había podido comer mucho. Los últimos días debió arrastrar un cansancio grave que no la habría dejado avanzar lo que en realidad hubiera querido. De ahí que le sorprendiera que hubiese conseguido recorrer tanta distancia en sus condiciones.

—Lo estaría si hubiese ido en la dirección correcta.

Habría recorrido más de la mitad del viaje si lo hubiera hecho. Y si a eso le sumaba los kilómetros que habría recorrido dando rodeos, debería haber estado a uno o dos días de Kioto como mucho. Estaba convencido de que ésos eran los cálculos que tenía Misao en mente. Pero la habían conducido hacia al norte y, como resultado, estaba casi a la misma distancia de Kioto que cuando salió.

—Al menos, tardarán un tiempo en volver, aunque cojan el tren —se consoló ella.

—Cierto.

Aunque no quedaba en exceso lejos, el hombre que había huido tendría que viajar hasta Takasaki para coger el ferrocarril que le llevara a Tokio, y eso eran dos días de camino a pie. O en su defecto, si avisaba a su gente mediante telegrama, los refuerzos tendrían que hacer ese recorrido a la inversa.

La expansión de las recientes líneas ferroviarias estaba siendo rápida, pero aún harían falta años para que se conectara el país por este medio. En los años posteriores a que se abriera la primera línea de tren, el gobierno había proyectado más trayectos centrándose en rutas comerciales entre grandes ciudades y pasos desde el mar. Soujiro sabía que había proyectada una ruta que en su conjunto conectaría Tokio con Naoetsu. Hasta ahora, se había abierto la línea Tokio-Nagano, pero sólo hasta Takasaki; y pronto iniciarían otra desde Naoetsu a Nagano —la cual, en esos momentos, le habría servido a Misao—. Sin embargo, al estar la línea incompleta, sus perseguidores también se veían limitados a la hora de traer refuerzos para acabar con ella.

Porque de una u otra manera, aún tardarían varios días sólo para llegar hasta allí y comenzar a rastrearla de nuevo.

—La vía más rápida para ir a Kioto es seguir al norte hasta el puerto de Naoetsu, coger un barco que la deje en Tsuruga y, de ahí, tomar la línea de ferrocarril hasta Ogaki. El resto del camino hasta Kioto lo podría hacer en medio día… —Soujiro miró la pierna herida de Misao y completó—: Aunque, ahora que lo pienso, no con la pierna en ese estado. Pero incluso aunque consiguiera llegar a Naoetsu no estoy seguro de que haya rutas hasta Tsuruga. Es posible que tuviera que hacer algún trasbordo. No suelo utilizar ese medio para moverme, así que desconozco las rutas marítimas que hay.

A diferencia de las líneas ferroviarias que sí le interesaban puesto que podrían agilizarle la movilidad en caso de necesidad, no ocurría lo mismo con las rutas marítimas. Por eso, en la mayoría de casos, lo único que sabía era de la existencia de un puerto por haberlo visto durante sus viajes.

—Da lo mismo que haya o no una ruta directa en barco porque saben que estoy en esta zona. Tendrán vigilado el puerto por si voy allí —dijo convencida—. Yo lo tendría —agregó.

Y era bastante probable que lo estuviera. Teniendo en cuenta que, más o menos, habían sabido en todo momento la zona por la que andaba, no era en extremo difícil vigilar las comunicaciones a su alrededor a nada que la banda que la buscaba fuese un poco grande.

—¿Cómo de grande es la organización que la busca? ¿Puede tener a tantos hombres desplegados?

Misao asintió.

Aquello se ponía interesante, en opinión de Soujiro. Si tenían hombres persiguiéndola y, a la vez, custodiando las vías de escape por diversos frentes, estaban hablando de un clan ninja muy grande. Posiblemente, uno de los mayores del este del país. Si Misao había estado negociando con ellos, era de suponer que los Oniwaban-shu tuvieran la misma entidad.

Lo que a sus ojos era poco más o menos que un milagro teniendo en cuenta que, siete años atrás, sólo eran media docena.

—Entonces, será mejor que no tiente a su suerte marchándose de aquí sin curarse.

—No puedo quedarme aquí. Para empezar, es posible que vengan a recoger a sus compañeros caídos. Y entonces, aunque creyesen que he seguido mi camino, podrían encontrarme si se acercaran a esta cabaña.

—No podrán hacerle nada mientras esté aquí conmigo —aseguró Soujiro.

Misao le observó durante unos momentos valorando su confianza en sí mismo. Si bien era una persona muy fuerte —y que, de hecho, había acabado con todos sus perseguidores a la vez—, no podía confiar en lo que una nueva remesa de hombres podrían hacer contra un lugar fijo. Con incendiar la casa ya les harían salir y tendrían que pelear contra ellos. Además, por lo que había podido ver, Soujiro no tenía armas consigo.

Y no le hacía ni pizca de gracia saber que dependía de que él decidiera si la defendía o no; de tener que dejar en las manos de otro su vida cuando apenas se conocían y cargaban con los antecedentes que tenían.

—Puedo leer en su cara la determinación de marcharse, pero ahora mismo, por las condiciones en las que está, aquí es donde se encuentra más segura —dijo Soujiro con convencimiento—. Hablamos de un techo bajo el que dormir, varias comidas al día, agua y un lugar tranquilo donde reposar su herida. Se repondrá más rápido aguardando unos días aquí, que poniéndose en marcha y forzando a su cuerpo.

A eso no tenía nada que objetar. Su recuperación sería más lenta —si es que se terminaba de recuperar— si seguía andando. Además, si dieran con ella, sus condiciones para huir o hacerles frente no serían las adecuadas, mientras que, si esperaba un par de días allí y se marchaba en mejor estado, podría salir airosa con mayor facilidad.

Y podía dar fe de que no podría soportar otra racha de seis días endemoniados tal y como se encontraba en esos momentos.

Misao suspiró con fuerza mientras se resignaba a la evidencia: estaría mejor allí que yendo de camino a Kioto.

—Me temo que tienes razón.

—No parezca tan abatida —sonrió Soujiro por su lastimero tono—. Le vendrá bien relajarse.


— * —


Fin del Capítulo 4

5 Noviembre 2017


Notas finales:

Quizás os suene y quizás no, pero en la prefectura de Nagano es donde nació Sanosuke. Que conste que no lo hice con esa intención. Tiré de Google Maps para hacer los trayectos de Misao y de Wikipedia para revisar qué línas ferroviarias había y hasta dónde se habían extendido para 1885. Mi intención, claro está, era hacer que Misao apareciese, después de la carrera de supervivencia, en otro punto lejano y bastante incomunicado para que diera tiempo a permanecer con Soujiro y así conocerse. Si hubiera ido en línea recta hasta Kioto, estaría ya a un paso de su casa y me cargaría el fic. Y ése no es el plan XD.

¡Saludos!