CAPÍTULO 5: Reposo


Comentarios a los reviews:

Kaoruca: Lo cierto es me está gustando mucho cómo me están quedando como pareja. Y por eso a mí me gustan mucho más en la segunda parte del fic (que aún os queda hasta que llegue). La segunda parte la he releído infinidad de veces y no sólo por retocar o retomar la historia. Es que me encantan *o* (de ahí que esté tan desesperada por acabar la dichosa historia). Así que espero que no tiréis la toalla hasta entonces porque os perderíais lo mejor... desde mi punto de vista, claro XD.

Os dejo con el siguiente capítulo. Espero que os guste :-D


CAPÍTULO 5: Reposo

Cuando Misao se despertó tras su intento de fuga fallido de esa noche, Soujiro no estaba en la cabaña. Tampoco estaba en los alrededores; sin embargo, sus pertenencias seguían en una esquina de la casa.

No estaba muy segura de qué podría hacer Soujiro allí. Era una casa totalmente apartada de la civilización, en medio de otro maldito bosque que no conocía y por el que se había perdido. No había nada que hacer allí, así que no sabía qué hacía Soujiro para matar el tiempo. Quizás se paseaba por la zona, o entrenaba, o salía a conseguir comida… Ella no estaba hecha para una vida tan solitaria. Se moriría del aburrimiento en un lugar como ése.

Sentada en un taburete, se revisó la herida de la pierna. La tenía en un costado, tirando hacia la parte trasera. Se la habían lanzado desde atrás mientras la perseguían y, aunque ella se la había arrancado nada más notarla para evitar el veneno, había llegado a su sistema muy rápido. Para rematar, al arrancarla de mala manera se había lesionado más. Tenía la zona resentida y le enviaba punzadas cada vez que movía la pierna, pero tenía buen color.

Se quitó también el vendaje del hombro, el cual iba de mal a peor. Se había hecho esa herida al chocar contra la pared del cañón. Podía dar gracias de no haberse dislocado el hombro porque entonces sí que no habría podido escalar la pared. Pero se había clavado un saliente que le había dejado una herida que no había podido curarse. Se había golpeado en la articulación del brazo y el omóplato y, aunque podía llegar con la otra mano para hacerse curas superficiales, apenas podía ver de refilón la herida. Sin embargo, lo que sí que llegaba a ver era que tenía un color amoratado que poco a poco se le iba extendiendo, lo cual equivalía a una infección.

Una infección que no podría tratarse hasta llegar a Kioto.

Y Kioto ahora quedaba muy lejos de su posición.

Sólo de pensar en la cura de ese brazo la indisponía. Había visto a Megumi hacer ese tipo de curas. Sabía lo que vendría: abrir una herida cerrada —que de por sí dolía como pocas cosas— para limpiarla entera —lo que dolía aún más.

Calculó su tiempo y supo que, por mucho que quisiera, no podía quedarse a reposar demasiado. Ya no podría tardar cinco días en llegar a casa si echaba a correr. Con la pierna en ese estado tardaría el triple y siendo optimista. El hombro no le iba a dejar tanto tiempo.

Se lo volvió a vendar con cuidado.

Estaba considerando muy seriamente robar. Hasta ahora, no había podido contemplarlo porque no había tenido tiempo para urdir un robo. Siempre corriendo, no había podido acercarse a poblados. Pero en esos momentos contaba con unos días de ventaja. Los Yoshida pensarían que iba más adelante, por lo que podía fijarse un objetivo cercano. Si conseguía unas monedas, podría enviar un telegrama en código, con lo que conseguiría ponerles sobre aviso, y viviría —o moriría— más tranquila sabiendo que estaban advertidos de lo ocurrido en Tokio. El mayor problema era que no podía informar de todo por telegrama, pues el oficinista daría la alarma a la policía. Y tampoco podía dejar ver demasiado quién era su remitente porque, si tenían ese canal interceptado —que lo tendrían—, sabrían que era ella y la buscarían en el lugar de origen del mensaje.

Pero era su mejor baza y, posiblemente, la única en vista de cómo evolucionaba su herida.

Se miró los puntos de la pierna. Soujiro había tenido mucho cuidado al dárselos y, teniendo en cuenta que era una persona que dudaba que se hubiera tenido que coser muchas veces, no podía quejarse.

—Vaya… Se ha levantado ya —la sobresaltó Soujiro al entrar por la puerta. Llevaba un paquete con cosas—. No es muy madrugadora.

—Estaba muy cansada, más bien —contestó ella al momento. Soujiro se acercó a la encimera de la cocina y dejó el paquete.

—¿No le gusta la costura que le hice? —preguntó mirándole la pierna—. No parecía muy contenta. Le aseguro que no le quedará apenas cicatriz.

—En realidad, me preguntaba cómo sabes coser heridas de esta forma. No pareces la típica persona que se tiene que curar muchas heridas.

—Entonces se sorprendería —comentó con su habitual sonrisa—. Aprendí de niño a curarme yo solo.

—¿Me estás diciendo que de niño eras patoso y acababas por los suelos a la mínima? —dijo con humor.

—No, era el chivo expiatorio de mi familia.

El tono divertido se acabó… Al menos, por parte de Misao. Se había quedado horrorizada por su respuesta y más viendo que Soujiro lo había dicho como si hablara del color de la hierba.

—Lo… ¿Lo dices en serio? —dudó. No tenía claro si estaba bromeando, aunque sería un humor muy macabro.

—No veo el sentido de mentir con algo así.

Soujiro sacó comida del paquete. Misao se extrañó al ver que era comida elaborada, no algo que hubiera encontrado en el camino.

—Lo siento —se condolió ella. Estaba un poco perpleja de verle reaccionar con semejante impasibilidad ante su mala infancia.

—No tiene por qué. Usted no estaba allí, ni tomó parte en aquello. Pasó hace mucho tiempo.

Sin embargo, ella veía que aquello debió repercutirle. No sabía cómo había acabado a las órdenes de un hombre como Shishio, pero imaginaba que ella también se habría ido de casa con el primer desconocido que pasara a cambio de no recibir palizas.

Aunque estaba tentada de seguir preguntando, se contuvo. A pesar de que Soujiro no parecía reacio a mencionar su pasado —lo que, en realidad, la sorprendía—, quizás sí se sintiera incómodo dando detalles de él. Ella lo estaría.

O podía ser que aún no supiera bien cómo gestionar sus emociones.

Esa teoría era de Aoshi. Lo cierto era que, tras la batalla en el monte Hiei, se habló poco de lo que sucedió. Aoshi se mostraba poco hablador con todo lo referente al periodo desde que se marchó de Kioto y volvió tras pelear con Himura. Sanosuke había comentado de Soujiro que era formidable peleando y que le había supuesto un gran reto a Kenshin puesto que no podía prever sus movimientos. Le había dicho que no tenía personalidad y que ocultaba todo tras esa sonrisa que le ponía de los nervios. Y también que se mantuvo todo el tiempo así hasta que mencionó algo relativo a su infancia y con eso se volvió «majara».

Había utilizado esa palabra, concretamente.

Aoshi, en cambio, había estado en desacuerdo en ese punto y Misao reconocía que se fiaba más de su criterio. Eso sin contar con que le conoció durante más tiempo que Sanosuke. Según él, Soujiro era más listo de lo que parecía; no por nada era la mano derecha de Shishio. Pero por alguna extraña razón, no parecía sentir emociones. Y no hablaba de que las ocultara, que podría ser el caso de Aoshi; directamente, no las tenía. Se lo achacaba a algo traumático en su pasado que le había bloqueado y, por desgracia, Misao acababa de unir los hilos.

Una familia maltratadora seguida de un lunático con ansias de conquistar Japón. La combinación perfecta para que un niño se convirtiera en un adulto perturbado.

Y fue por todo eso que prefirió cambiar de tema.

—¿Dónde has conseguido esa comida? —inquirió acerca de la extrañeza número dos del día.

—Hay una aldea a un par de kilómetros de aquí.

—¿La has robado? —preguntó con cierto entusiasmo en su voz. Porque eso allanaría mucho las cosas. Le podía pedir a Soujiro que robara dinero en alguna casa y así poder poner en marcha su plan.

Soujiro la miró como si estuviera resolviendo un enigma y al final compuso una nueva sonrisa que no le había visto antes. Porque Misao podría haber jurado que Soujiro se estaba divirtiendo… de verdad.

—No, la he intercambiado.

—¿Con qué? —Su sonrisa se amplió.

—Con algo que tenía y que a esa persona le interesaba.

Misao se quedó sin saber qué decir. Si no lo había robado, era evidente que habría tenido que darle algo que tenía a cambio, aunque fuese trabajar en alguna labor que necesitasen. Pero su extraña sonrisa le decía que se estaba riendo de ella…

O también podía estar imaginándoselo, lo que haría que la teoría de Aoshi se afianzase aún más: Soujiro no tenía ni idea de cómo socializar.

Soujiro extrajo un bote del paquete y se lo acercó.

—Le he traído esto. Es un ungüento para las heridas. Ayuda a cicatrizar y reduce la posibilidad de infecciones… o eso debería hacer.

Misao observó el bote con visible resignación. Eso lo habría necesitado con su hombro hacía varios días.

—Gracias —respondió sincera.

En realidad, no esperaba que se tomara tantas molestias con ella. Había esperado más bien que simplemente la dejara a su aire por la casa mientras se iba curando y, como mucho, la ayudara con cosas que no podía hacer como meterse en el barril para bañarse.

Pero se había molestado en ir a una aldea para hacer un trueque y conseguir una cataplasma para su herida.

Y le había hecho la comida.

Y le había lavado la ropa.

Y le había dejado su futón.

La estaba cuidando en todos los sentidos, algo que hacía mucho tiempo que no se permitía. Siempre era ella la que estaba cuidando a los demás. Como líder de una organización como la suya, no podía permitirse mostrarse débil. De modo que dejarse cuidar por otros y, encima, por alguien con los antecedentes de Soujiro, era una experiencia totalmente nueva.

Se habría reído si no estuviera tan asombrada.

—Ya que se ha quitado el vendaje, aprovechemos para ponérselo —comentó Soujiro cuando se acercó a ella, dejando el bote en la mesa—. Será mejor que se tumbe en el futón.

Aunque se podría haber ahorrado decírselo porque, sin más, la cogió de su asiento y la trasladó a él. Después se levantó, se lavó las manos en una palangana y cogió el bote que había dejado en la mesa.

—Gírese un poco —le ordenó.

—Mejor lo hago yo —contestó Misao, en cambio.

En respuesta, Soujiro la empujó de la cadera para girarla, haciendo caso omiso de su réplica.

—Es absurdo que se avergüence por algo así. Le recuerdo que ya le he hecho curas antes.

—Pero antes estaba inconsciente —repuso ella ante su argumento. No le hacía ninguna gracia que un hombre la anduviera toqueteando.

—Créame, lo recuerdo bien. Tuve que ponerle mi petate en la espalda para que no se girara y la cosiera donde no era. Será agradable que esta vez se mantenga quieta por sí misma y no sea un cuerpo muerto al que le tenga que poner un tope.

Misao le miró pasmada con la boca abierta. ¡Ese hombre no tenía filtro en la boca! A él sí que había que ponerle un tope… ¡En su cabeza!

Acto seguido, notó sus dedos cerca de la herida y presionó con suavidad cerca de los bordes.

—No parece inflamado ni infectado. —Cogió el bote que había traído junto con unas vendas y lo destapó.

A Misao le puso muy nerviosa notar las manos de Soujiro encima de ella, pero no pudo evitar reconocer que le hizo las curas de forma eficiente. Por mucho que dijera que había aprendido a curarse las heridas cuando era niño, no lo haría así sin que alguien le hubiera enseñado.

—¿Cuándo aprendiste a hacer curas así?

Soujiro volvió a colocar su mano en su cadera para afianzarla y levantó la cabeza para mirarla a los ojos, completamente despreocupado del hecho de que andaba tocando su cuerpo sin mucho miramiento, algo de lo que Misao sí era muy consciente.

—En realidad, fue por el señor Shishio —contestó Soujiro—. Sus quemaduras eran muy graves y necesitaban muchos cuidados —le explicó, y volvió a poner su atención en la herida de la pierna—. Como la medicina tradicional no le servía de mucho, contactó con un par de médicos de Europa que nos enseñaron a las personas más cercanas a él cómo tratarlas. Aprendí bastante con ellos y no sólo de quemaduras.

En realidad, era lógico, si lo pensaba. Shishio había sido quemado vivo años atrás durante la guerra de Restauración y dichas quemaduras habían hecho que tuviera que llevar el cuerpo vendado. Aunque cada vez que pensaba en él siempre lo imaginaba haciendo planes de conquista, era evidente que también se tenían que dar momentos normales del día a día.

Miró por encima de su hombro hacia Soujiro, con cierta curiosidad por sus palabras. Se le hacía difícil pensar en él atendiendo a los consejos de otro hombre mientras éste le hacía curas a Shishio. En realidad, se le hacía raro pensar en Shishio en un momento tan vulnerable como el curarse sus heridas. Pero era evidente que sucedían.

Tras ponerle la cataplasma, Soujiro volvió a vendarle la pierna y por fin la dejó libre.

—El boticario me comentó que deberíamos aplicar el ungüento dos veces al día y limpiar bien la zona antes de volver a ponerlo —le explicó Soujiro. Se levantó y dejó el bote cerrado en la encimera de la cocina—. ¿Qué tal puede andar? ¿Le duele?

—Está mejor que ayer, pero me sigue doliendo bastante si lo fuerzo.

—Imagino —dedujo él—. Es una herida bastante profunda para haberse hecho con un shuriken.

—Parte de la culpa es mía —reconoció Misao soltando un suspiro—. Quería evitar que entrara el veneno y la arranqué en cuanto la noté. Al final fue peor, porque el veneno entró de todas formas, pero agravé la herida.

Soujiro se sentó a su lado con aire relajado.

—Bueno, es fácil saber lo que debió haber hecho una vez que todo ha pasado. Lo importante es que se recuperará de esto. Sólo necesita reposar unos días.

—No puedo permitirme unos días. Tengo que llegar a Kioto cuanto antes.

—Lo que quiere hacer y lo que puede hacer son dos cosas que distan mucho de ser lo mismo.

Misao le miró con una ceja alzada. Le sorprendía que Soujiro sonara aleccionador. Ésa no era la idea que tenía de alguien que no parecía tener mucho contacto con la gente.

—De todas formas, pueda o no, es lo que tengo que hacer.

Soujiro la miró como cualquier persona normal haría ante alguien que dice absurdidades.

—¿Por qué no les escribe?

—Una carta es lo más fácil de interceptar —resopló ella, rechazando de plano esa opción—. No sólo no llegaría, sino que podrían utilizarla para falsificar otra. Y mandar un telegrama es ridículo, porque les daría la posición exacta de dónde estoy y, ahora mismo, no puedo defenderme mucho. Tengo que llegar a Kioto; es la única alternativa.

Soujiro la observó por largos segundos, pero al final, sólo sonrió y se marchó.

Estuvo haciendo algunas cosas por la casa, pero cuando terminó, se sentó y se puso a juguetear con el candil de la mesa con mirada distraída. Misao no era la mujer más lista del mundo, pero supo que no se había pasado allí días haciendo eso. Posiblemente, pasaría los días dando vueltas por la zona. Sin embargo, se había quedado allí e intuía que era por si le necesitaba.

Para Misao era algo incómodo verle sentado sin hacer nada, aburriéndose. No tenía de qué hablar con él, a fin de cuentas, era un desconocido. E imaginaba que a Soujiro le pasaría algo parecido porque tampoco sacaba conversación con ella. De modo que tenía cierta culpabilidad rondando sobre sí por semiobligarle a estar allí.

—No hace falta que te quedes aquí —le dijo de pronto Misao atrayendo su atención—. Puedo arreglármelas sola.

Soujiro la observó unos instantes y después sonrió dando vueltas de nuevo al candil.

—Claro, yo sólo estoy sentado aquí para verlo.


— * —


Fin del Capítulo 5

12 Noviembre 2017