CAPÍTULO 6: Hacia Kioto
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Kaoruca: En realidad, a Soujiro no le preocupa en especial la situación que vive Misao y su organización, pero sí se preocupará por que siga de una pieza ^_^º. En cuanto a saber más sobre la mente de Soujiro, aquí se verá poco aunque le conoceremos más por la percepción de Misao que irá conociendo de él. Pero no desesperes que el siguiente capítulo sí es desde la perspectiva de él, y es... dejémoslo en «curioso» ^o^.
Estefi: XD Me alegra que te esté gustando. Para mí, los primeros capítulos son como los más «relajados», por decirlo de alguna manera. Poco a poco la cosa se irá poniendo más interesante ^_^º.
Gracias por vuestros comentarios. Espero que os guste el capítulo :-D
CAPÍTULO 6: Hacia Kioto
A los dos días de permanecer allí, Misao se dio cuenta de que Soujiro era extrañamente sincero, como cuando le había dicho que se quedaría mirando si era capaz de arreglárselas. Había perdido la cuenta del tiempo que llevaba tumbada en el futón cuando por fin decidió levantarse. Esperó a que Soujiro hiciera algo, pero no se movió de su sitio, para su desconcierto. Sólo la observaba moverse por la cabaña, hasta que en un momento dado había perdido el equilibrio y había caído al suelo.
Soujiro ni se movió. Se limitó a quedarse mirándola sin hacer nada y, hasta que no le había pedido ayuda para levantarla, no se había puesto en movimiento. Ella sabía que se había quedado para ayudarla; no había otro motivo por el que se quedaría allí sin hacer nada viendo las horas correr. Pero se había pasado el rato observándola hasta que la propia Misao se diera cuenta de que necesitaba que la ayudasen.
Y no había sido la única cosa con la que lo había hecho. Aquello había conseguido que le viera de otra forma: Soujiro era una persona muy rara, había determinado.
Y entonces, llegó el tercer día: el día en que Misao insistió en marcharse. Si bien había pensado que podría quedarse varios días para descansar e intentar reponer fuerzas, el conocimiento de tener a su gente en la ignorancia la tenía de los nervios. Era consciente de que ellos estarían ya impacientes por no haber recibido ningún tipo de noticia.
Y por desgracia, eso no iba a cambiar en un futuro próximo.
No podía quedarse ociosa en esa casa mientras su gente permanecía sin saber nada de ellos. Ni siquiera sabía si habían mandado a alguien a Kioto a informarles —o mentirles— sobre lo que ellos consideraban que había sucedido.
Simplemente, no podía seguir allí.
Tenía que ponerlos al corriente de lo que había pasado: habían tenido un traidor en sus filas y, a consecuencia de ello, Yakumo había muerto. Sin embargo, después de que el anciano Yoshida les explicara cómo habían conseguido ser el grupo más fuerte y casi el único de Tokio, debería habérselo imaginado.
Su estrategia radicaba en «absorber» al resto de organizaciones. En un principio, Misao había pensado que se trataba de uniones negociadas; de acuerdos mutuos entre bandas. También debía reconocer, a tiempo pasado, que esa percepción se debía a Kazuki, que les había pasado la información sesgada. Pero había resultado que se dedicaban a infiltrarse en la banda objetivo y destruirla, de tal modo que acababan «aceptando» unirse a ellos por extorsión o amenaza.
Era una forma eficiente de obtener recursos económicos —los de la banda rival— y muchos, muchos guerreros ninjas para sus filas, aunque su lealtad tenía que ser cuestionable.
Era una estrategia tan inmoral, que se habían sorprendido cuando les había contado cómo habían conseguido su expansión de una forma tan serena. Como si aquello fuese normal. No se habían andado con medias tintas: les habían explicado que eran conscientes del esfuerzo que les suponía intentar esa estratagema con ellos y que les resultaba más rentable que los Oniwaban-shu se encargaran de hacer lo mismo en su región para luego aliarse y así terminar haciéndose con el control de este a oeste.
Por supuesto, se había negado, y con las mismas se habían tenido que poner en camino de vuelta. La respuesta había sido tan radical y contundente, que les cambió hasta el semblante y supo que podrían tener problemas si se quedaban allí. No tenía ni idea de qué demonios les podía haber dicho Kazuki sobre ellos, pues debería saber que ella nunca aceptaría algo así. O quizás sí lo había hecho y por eso los habían emboscado para matar al líder y organizar una revuelta en los Oniwaban-shu con el traidor o traidores, porque aún no sabía si había alguno más.
Pero el caso era que se habían tenido que marchar de allí en tiempo récord y dando gracias de haberse reunido en un lugar público o no habrían salido de allí con vida. Ni siquiera había podido visitar a sus amigos —que era algo que había pretendido hacer, pues aún no conocía a la nueva y recién incorporación de la familia Himura— de lo rápido que habían tenido que salir de Tokio. Pero o se marchaban en el acto, o posiblemente nunca lo habrían hecho.
Y no se había equivocado. Media hora después, tenían a un montón de guerreros buscándoles en su camino de regreso.
Y más de una semana después, seguía lejos de casa y sin poder llevar las noticias a su gente.
Tenía que largarse de allí, en especial, porque cada vez iba a peor. La herida del hombro se le estaba infectando y le estaba pasando factura. Había utilizado el ungüento que le trajo Soujiro para la pierna, pero ya era demasiado tarde para la infección que tenía. Cada día que pasaba allí se convertía en un día más que llegaba tarde tanto a casa como de la atención médica que precisaba.
Soujiro, en cambio, seguía diciéndole que no podría marcharse así. Si la localizaban, no podía depender de su pierna para huir. Aunque la tenía mejor, no podía correr con ella; al menos, no demasiado tiempo.
Le había hecho curas y había concluido que la herida, para ser causada por una estrella en un lugar blando, era desafortunada. Sin embargo, no entendía por qué su estado empeoraba a pesar de haberse mantenido tranquila y sin realizar esfuerzos de ningún tipo. No era la herida de la pierna, la cual se curaba a un ritmo adecuado. Era ella. La veía cada vez más demacrada, por lo que se negaba a dejarla marchar.
—Se me agota el tiempo; tengo que irme —dijo de pronto Misao en un intento por zanjar la discusión que llevaban teniendo desde hacía un rato. Cogió la pequeña bolsa de tela que había hecho para llevarse algunos víveres y se dispuso a salir de la casa.
Soujiro suspiró, cansado de intentar hacerla razonar.
—Se supone que es mayorcita para saber lo que le conviene, ¿no cree? —comentó impasible al verla dirigirse hacia la puerta. Misao se giró con el ceño fruncido.
—¡Sé perfectamente lo que me conviene! —repuso ella enfadada—. No soy estúpida. Pero también sé que hay cosas por encima de mí que son más importantes.
—Estoy convencido de que esas cosas pueden esperar unos días más.
En realidad, no, se dijo Misao. Porque, aunque había inducido a Soujiro a que pensara que sólo la instaba a volver el tema de la banda de Tokio, también lo hacía poder conseguir un médico que la curara teniendo a su gente alrededor para protegerla.
Y no se lo había contado porque, viendo cómo se había conducido con el tema de la pierna, si supiera que la herida del hombro era peor, seguro que no la dejaba marchar de ninguna de las maneras. Pero eso sería peor porque necesitaba un médico y allí ni lo tenían ni se lo podía costear.
Debía volver a Kioto sí o sí.
Soujiro suspiró cuando Misao se giró de nuevo hacia la puerta.
—Está bien, la acompañaré —dijo sin más como si respondiera a una pregunta. Y Misao le miró sin comprender porque no le había pedido que la acompañara—. No me mire así. Puede andar, quizás incluso correr un poco, pero no puede hacer una carrera. Si la acompaño, podrá ir hacia Kioto y yo la protegeré si alguien la encuentra.
Misao le miró con la boca abierta. En realidad, no se lo había ni planteado. Soujiro parecía estar muy cómodo en esa casa, por lo que no había considerado —ni remotamente—, que saliera de ella. Pero a la hora de la verdad, Misao no podía dejar de reconocer que el ir a Kioto era una alternativa peligrosa. Era la única que le quedaba, pero no dejaba de ser arriesgada.
Así que casi no supo cómo no parecer demasiado entusiasmada con la idea de que Soujiro la acompañara en su viaje. A fin de cuentas, hablaban de una persona que había hecho frente a Himura y había abatido sin hacerse un rasguño a varios hombres hacía varios días.
A cualquier otro le habría dicho que no de inmediato, pues podría entorpecerla en su camino. Pero si alguien con las cualidades de Soujiro se ofrecía a protegerla, no podía hacer más que aceptar y dar las gracias.
—Además, debería haber retomado mi camino hace días —continuó él antes de que pudiera responder—. Y en realidad nunca tengo un destino fijo, así que…
Dejó la frase sin terminar, dando a entender que le daba lo mismo hacia dónde fuese. Misao inspiró aire hasta llenar por completo sus pulmones y contestó de forma comedida.
—Un poco de compañía no me vendrá mal… —expuso serena. No quería parecer demasiado animada.
—Y yo lo contaré como mi buena acción de esta semana. —Misao le observó sin entender.
—¿Qué? —preguntó confundida.
—Mi buena acción de la semana —repitió con una sonrisa, como si lo que Misao no hubiera entendido fuesen las palabras y no su significado.
—¿Qué es eso de la buena acción de la semana?
Soujiro sonrió aún más.
—Hace unos años me propuse intentar realizar una acción desinteresada hacia otra persona que necesitase mi ayuda. E intentaría hacerlas todas las semanas —explicó para perplejidad de Misao, que pensaba en un inicio que le estaba tomando el pelo. Sin embargo, poco a poco se iba dando cuenta de que Soujiro no tendía a hacer ese tipo de bromas. A pesar de hacerlo con una sonrisa, era bastante literal con lo que decía o hacía—. Es la primera vez que repito con la misma persona, pero imagino que no importa si es algo que la ayuda, ¿no cree? —dudó.
—¿Que repites? —inquirió ella más desconcertada que antes.
—Claro. La semana pasada la salvé de una muerte segura —comentó alegre a pesar de ser algo tan trágico y relevante para Misao y que había sucedido, en realidad, hacía cuatro días—, y ahora la ayudo a llegar a Kioto. Es la misma persona, pero acciones y semanas distintas —terminó diciendo divertido.
Misao le miró por interminables segundos sin saber qué contestar. De hecho, casi estuvo por decirle que prefería que no la acompañara para evitar tener a un loco a su lado. Pero lo reconsideró a tiempo teniendo en cuenta que ese loco era un eficiente guardaespaldas. Y en esos momentos, lo que imperaba era llegar a Kioto, daba igual la forma o al lado de quién.
—Claro… —contestó siguiéndole la corriente—. Son acciones y semanas distintas.
Porque, ¿qué otra cosa podía decirle? Ella no era quién para quitarle su, al parecer, nuevo propósito en la vida. Y mucho menos, cuando ella era la gran beneficiada de ello.
Soujiro sonrió y chocó sus manos.
—Entonces, nos vamos los dos. Espere unos minutos mientras recojo mis cosas.
Se pusieron en marcha y en verdad no tuvo que pasar mucho tiempo para que Misao se diera cuenta de que había sido antes de lo que hubiera necesitado. Cuando iniciaron el recorrido había sentido molestias en la pierna al andar, sin embargo, no había querido disminuir el buen ritmo que llevaban. Pero con el tiempo, su pierna había decidido que había unos límites para fastidiarla andando y se había puesto a protestar de forma insistente. Se habían tenido que detener para descansar.
Y en general, ése fue el proceso con el que se desarrollaron los siguientes días. Andaban un rato y luego descansaban, para después volver a ponerse en pie y continuar otro rato. Sin embargo, no avanzaban mucho porque Soujiro la llevaba por unas zonas muy intransitadas para evitar ser encontrados y eso era algo que cada vez enervaba más a Misao. Necesitaba llegar; cada día se encontraba peor y Soujiro se paraba más veces y durante más tiempo. No podía permitirse el lujo de seguir así.
—Tenemos que avanzar más rápido —apremió Misao a Soujiro. Éste la miró, pero no contestó.
Y no era porque estuviera enfadado con ella o no la hablara. Sino porque cada vez que se mencionaba el tema de ir más rápido, Soujiro la ignoraba con toda intención.
Había descubierto que Soujiro era bastante hablador —o al menos, que no tenía problemas con ello—. Tenía una forma de hablar muy peculiar. Siempre lo hacía con un tono alegre, como si le divirtiera todo. Y durante los primeros días, creyó que se burlaba de ella con determinadas contestaciones al ir acompañadas, además, por ese tono ameno perpetuo.
Pero se había percatado de que sólo era su forma directa de hablar. Porque había llegado a la conclusión de que hablaba así porque no tenía muy en cuenta la reacción de la otra persona. Lo supo cuando se acercaron al primer pueblo a por víveres y, con una franqueza absoluta, le había contestado a una señora lo molesto que estaba siendo su hijo incordiando a los que les rodeaban. Era lo que ella —y seguramente varios más allí— estaba pensando, pero se lo guardaba por educación. Sin embargo, Soujiro se lo había soltado, con su habitual sonrisa y tono alegre, y la mujer se había quedado abochornada.
Había tenido que sacar a Soujiro del lugar, porque la escena se había convertido en algo muy violento, pero después él no había dado señales de entender por qué Misao lo había sacado arrastras de allí.
—¿He ofendido a esa mujer? —le había preguntado desconcertado tras recriminarle que le hubiera dicho eso a la señora.
Y era cuando por fin se había dado cuenta de que Soujiro tenía un problemón con las interacciones sociales. No era capaz de empatizar con la otra persona y ponerse en su piel, de tal forma que evitara decir ciertas cosas que pudieran molestar a otros.
Misao volvió al tiempo presente para insistir en su objetivo. Tenían que avanzar más rápido.
—Si fuésemos más rápido…
—Lo que tendríamos que hacer es buscar un lugar donde la puedan atender —la interrumpió él. Como ella negó por enésima vez, siguió—: Ha tenido que enfermar de algo. Está peor que cuando salimos.
—Eso no importa si llegamos.
—Pero de seguir así, no llegaremos. O al menos, usted no —le replicó contundente.
—No me conoces —repuso con dureza—. No sabes hasta dónde puedo llegar —se envalentonó a la vez que aumentaba el ritmo para adelantarle—. Esto es sólo algo pasajero. Lo importante es seguir.
Soujiro resopló y cerró los ojos en negación. No sabía si se autoengañaba o sólo pretendía engañarle a él. Pero sabía que no duraría mucho si seguía empeorando a esa velocidad. Llevaban cinco días en camino y no daba indicios de recuperarse ni un poco. Sabía que no era cosa de la pierna porque él se la había estado curando. Por eso temía que se hubiera contagiado de alguna enfermedad. Sin embargo, él se mantenía sano; lo que fuese que tuviera Misao no lo tenía él.
—Reconsidérelo.
Pero esta vez, la que ignoró al otro fue Misao. Siguió adelante sin dirigirle la palabra y Soujiro suspiró resignado. Sólo tenía que esperar, pensó. La cabezonería de Misao era algo digno de mención, pero sólo tenía que esperar.
Porque caería… lo sabía. Y entonces, por fin harían las cosas como deberían haberlas hecho de inicio.
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Fin del Capítulo 6
19 Noviembre 2017
