CAPÍTULO 7: La infección


Comentarios a los reviews:

Kaoruca: Hombre, ninguna empatía, lo que se dice ninguna... ya cambiará ^o^. Es algo que tiene que trabajar, pero el chaval lo intenta, que conste XD.

Estefi: Gracias. Espero que éste también te guste ;-D.

Os dejo con el capítulo de esta semana. Es... «interesante»... la forma que tiene Soujiro de manejarse con lo que le viene. A ver qué os parece ^o^. Espero que os guste :-D


CAPÍTULO 7: La infección

No se encontraba bien. Por mucho que le dijera que estaba mejorando, era una mentira descarada. Y Misao tenía que saber que no podía estarle pasando desapercibido su estado. Estaba enferma y no era cosa de la herida de la pierna, la cual, tras doce días desde que se la hicieran, apenas era ya una fina cicatriz. Debería estar en perfecto estado. En cambio, estaba muy enferma.

Soujiro ralentizó el paso una vez más. Misao ni siquiera se daba cuenta de ello. El primer día, hacía ya una semana, había intentado bajar el ritmo y ella se había quejado. Pero ahora mismo, ni siquiera se percataba de ello. Se la veía sudorosa y pálida. Tenía ojeras y parecía más un muerto andando que una persona viva. Ni siquiera sabía cómo se mantenía en pie.

En vista de su estado, se había encaminado hacia el pueblo más cercano con cierta entidad. Para ello, estaban volviendo hacia atrás: al pueblo que habían dejado esa misma mañana. Misao se negaba en rotundo a visitar a un médico. Alegaba que no podía permitirse parar en un sitio donde podrían localizarla, pero si no la trataba un médico cuanto antes, el siguiente sitio en el que se detuviesen sería aquél donde caería desfallecida.

Se acercó más a ella. Hacía media hora que se habían vuelto a poner en pie y llevaba ese mismo tiempo con el conocimiento claro de que se iba a caer. Y estaba a la expectativa de poder cogerla antes de que se abriera la cabeza por su completa terquedad.

No había conocido mujer más obstinada que ella. Le resultaba molesto. Estaba poniendo en juego su salud y su vida por algo que sólo ella comprendía. Pero no podía ayudar a una persona que no quería ser ayudada.

Acercó el brazo a Misao cuando dio un traspié, pero recuperó el equilibrio.

—Tenemos que parar. Necesita descansar.

—Hay que seguir —contestó Misao en un murmullo.

Era absurdo; quería seguir cuando ni siquiera se daba cuenta de que volvían.

Y estaba a punto de poner fin a aquello cuando Misao se cayó al suelo. Gracias a sus reflejos consiguió que no se golpeara, pero al agarrarla del brazo, Misao dio un grito y se quedó inconsciente.

—¿Misao? —la llamó alarmado. Le tocó la frente y pudo comprobar que ardía en fiebre. ¿Qué demonios tenía? Llevaban más de una semana viajando juntos. Si hubiera cogido una enfermedad contagiosa, él también debería estar padeciendo sus efectos—. ¿Misao? —volvió a llamarla con más ímpetu.

No respondió. Soujiro la cogió en brazos y retomó el camino hacia el pueblo. Era una población grande, por lo que discurría un río a través de él. Y con ese objetivo en mente, se llevó a Misao buscándolo. Tenía mucha fiebre. E igual que el señor Shishio tenía que enfriarse cuando su cuerpo se recalentaba, Misao también necesitaría bajar su temperatura.

Poco después dio con él. Estuvo muy tentado de sumergirla en el agua con ropa incluida, pero si estaba enferma, dejarla con la ropa mojada cogiendo frío después de rebajarle la temperatura no era una opción.

Le quitó la ropa dejándola sólo con los vendajes de su cuerpo… y se detuvo. Seguía con el refuerzo extra en el hombro. El mismo hombro del brazo del que había tirado y que ella se había quejado. El mismo hombro del que había mencionado que se había golpeado cuando la atacaron sus perseguidores. Pero entonces le vino un fogonazo del momento en el que la encontró. Ese hombro ya lo tenía cubierto entonces, por lo que no podía ser por cosa de ellos. De inicio, había pensado que ese refuerzo era sólo una sujeción para evitar que las vendas del pecho se escurrieran hacia abajo, pero había demasiadas vueltas de vendas para que ésa fuese su única función.

Un mal presentimiento se le instauró en el estómago. No había pretendido quitarle las vendas para preservar parte de su intimidad. Incluso había querido aflojárselas un poco para poder bajarlas y cubrirle la parte baja. Pero la sospecha hizo que dejara todo de lado. Cogió el cuchillo de su bolsa y cortó las tiras del hombro. El vendaje se aflojó al momento revelando pequeñas líneas ramificadas y amoratadas en la parte superior. La parte delantera mostraba una piel con un aspecto mortecino preocupante, pero cuando la incorporó un poco para darle la vuelta, Soujiro supuso que no le había contagiado ninguna enfermedad, pero le había traspasado el color cetrino a su propio rostro.

Tenía una infección enorme.

—Pero ¿qué has hecho? —susurró incrédulo mientras cortaba el resto del vendaje y dejaba de lado su habitual trato respetuoso.

Se lo había ocultado. Misao le había ocultado que tenía esa infección porque sabía que no la dejaría moverse. Y tenía toda la razón. La habría llevado al hospital más cercano y dejado en cama sin moverse un centímetro.

No podía ver el origen. La herida tenía muchos días —y si sus suposiciones eran ciertas y era anterior a que la encontrara, podría tener incluso más de dos semanas—. Tenía un color negruzco que se extendía por todo el hombro y no le dejaba identificar bien el punto de origen.

Revisó con más cuidado la herida. Estaba a un paso de convertirse en piel muerta —si es que no lo estaba ya—. Ése era uno de los mayores enemigos que había tenido el señor Shishio con su piel. Debían tener tantas precauciones por las quemaduras que se hacía con su propio calor, que todos sus allegados habían acabado sabiendo cómo tratar sus heridas.

Tendrían que abrir la herida, desinfectarla en profundidad y rezar para que se restaurara un riego sanguíneo adecuado. Y eso, lo más leve. La infección que tenía y su ubicación no era nada buena. Si se le envenenaba la sangre, esa infección le llegaría a los órganos vitales en menos de lo que había tardado en caer al suelo.

Y si esa infección se extendía, entonces Misao sería mujer muerta.

Empezó a surgirle una quemazón desde dentro. Una energía explosiva que se fue extendiendo y que acabó reconociendo como enfado.

Y no era pequeño: estaba muy enfurecido. Se le agitó hasta la respiración. Misao le acababa de cabrear como pocas veces lo había estado. Y mientras le terminaba de quitar el vendaje para dejar al descubierto y sin comprimir la herida, en lo único que podía pensar era en que podría no salir de ésa.

Y todo por ser estúpida.

Sólo a una mujer insensata se le habría ocurrido hacer lo que había hecho ella. Se preocupaba por llegar a Kioto para avisar de Dios sabía qué a sus compañeros, cuando ese esfuerzo podría dejarla muerta por el camino. Por mucho que fuese su gente, no merecían que sacrificara su vida de esa forma tan gratuita.

Se quitó su propia ropa en un tiempo fugaz, la cogió en brazos y, sumergiéndose en parte con ella para alcanzar cierta profundidad, la metió bajo el agua a excepción de su cabeza.

Misao se despertó en el acto con un grito y, sacando unas fuerzas que no creía que le quedaran, se le intentó agarrar para salir del agua.

—Tienes una fiebre demasiado alta, Misao —le informó Soujiro con voz dura manteniéndola sumergida.

—¡Está muy fría! —exclamó ella mientras luchaba por salir—. ¡Está muy fría!

Era lo único que decía y Soujiro tuvo que batallar contra la angustia de Misao para conseguir permanecer en el agua. Por supuesto, en la refriega acabó tan empapado como ella, pero no dejó que saliera ni siquiera cuando se puso a suplicarle mientras tiritaba que la sacara de allí.

Reconocía que el agua bajaba fría. Siendo primavera, no había tenido tiempo de ser calentada por los rayos calurosos del sol. Soujiro empezó a sentir que perdía el calor corporal a la vez que Misao dejaba de retorcerse, como si su cuerpo se estuviera anestesiando por el frío. De hecho, dejó incluso de responderle.

Le tocó la frente para revisar su temperatura, aunque, teniendo en cuenta que se le habían quedado las manos heladas, no estaba seguro de poder evaluarla como era debido. Aún seguía muy caliente, incluso teniendo el cuerpo sumergido.

Le pasó el dorso de la mano por el rostro sin obtener respuesta de ella. Era curioso que, a pesar del estado demacrado que tenía, le pareciera una mujer agradable de ver, incluso más que cuando se la encontró, que también estaba en circunstancias lamentables. Se debía estar familiarizando con ella; era la única explicación que le encontraba. Después de esos días a su lado a todas horas, la debía estar percibiendo con más detalle. Era el único rostro que veía a lo largo del día y eso tenía que estar marcando la diferencia.

La sujetó de una forma más cómoda aprovechando que ya no se movía y, puesto que Misao no parecía estar muy consciente, se permitió bajar la mirada por su cuerpo. La había desnudado para dejar libre la herida y poder meterla en el agua sin mojar sus ropas. Se había resistido a mirarla, más por consideración a que estaba despierta y podría darse cuenta que porque no quisiera hacerlo. Pero a la hora de la verdad, no estaba seguro de que Misao supiera que la había desnudado.

Por eso, su curiosidad finalmente se impuso. Arrastró su mano por su piel y la sumergió de nuevo en el agua. El río no llevaba mucha velocidad; era bastante ancho y por eso bajaba tranquilo y claro, algo que agradeció. Observó de nuevo el rostro de Misao por si hacía visos de despejarse, pero parecía dormida.

Sólo había visto a una mujer desnuda, aunque lo hubiera hecho varias veces. El señor Shishio había contratado a una oiran* por su decimoquinto cumpleaños para celebrar su inicio del mundo adulto. Pero ésa no fue la única vez que se la llevó. Las únicas experiencias sexuales que había tenido habían sido con ella, pero no habían sido satisfactorias. En aquella época ni siquiera era capaz de reconocer emociones de una forma racional, algo de lo que a veces se tenía que valer en la actualidad. Y sin contar que le costaba encontrar placer en los estímulos que le prodigaba la mujer.

Y como aquellos recuerdos no eran especialmente buenos, tampoco le habían inquietado una vez salió de aquella etapa. No había perdido el tiempo probando con otra. Así que se encontraba con que Misao era la siguiente mujer con la que podría comparar a la primera.

Y era por completo diferente a ella.

Teniendo en cuenta que la cortesana estaba hecha para seducir a los hombres, era llamativo que le pareciera más interesante Misao. La oiran le había parecido la mujer de los «demasiados»: demasiado maquillaje, demasiado vistosa, demasiado pecho, demasiado aroma dulzón, demasiada palabrería… En definitiva, era demasiado artificial. Imaginaba que ese «formato» atraía a otros hombres con más sangre que él, pero a Soujiro le había dejado igual de impasible.

Misao, en cambio, parecía más real. Y para una persona como él, cuya vida se había sustentado en algo tan antinatural como la falta de emociones, le gustaba algo más auténtico.

La recorrió con sus ojos varias veces. Cuando estuvo con la oiran no hubo ocasión para ir indagando con detalle las diferencias que tenían, algo que le habría resultado más interesante que lo que hicieron. Porque una cosa que le llamaba la atención de todo aquello era que fuesen tan parecidos y tan distintos a la vez. La forma corporal de las mujeres era distinta. Tenían curvas en sitios que los hombres no tenían y, supuestamente, esas diferencias eran las que les atraían. Pero él nunca pudo comprenderlo porque se había quedado igual que cuando la mujer entró vestida.

Soujiro miró sus pechos y luego hacia su rostro para comprobar que estuviera dormida. Tocó uno de ellos con cuidado. El tacto era extraño, aunque con facilidad podría ser por el agua, pues le había hecho curas y nunca la había sentido así. Pero sabía que Misao era distinta a la oiran. Esa mujer había tenido una suavidad desconcertante. La señorita Komagata le había dicho que ellas cuidaban mucho su aspecto y eso incluía todo el cuerpo. Misao era más suave que él, pero menos que esa mujer.

Eso le hacía volver al mismo punto de inicio: Misao le parecía más real que aquélla.

Extendió la mano y acogió en ella su pecho cerrando un poco sus dedos. El pecho de Misao estaba duro y redondo; se amoldaba al tamaño de su mano, no como el de la cortesana que le desbordaba. Aunque nunca había estado interesado en conversar sobre ello con otros hombres, había oído a otros comentar que les gustaban cuanto más grandes mejor. Pero Soujiro no entendía ese argumento. ¿Qué sentido tenía que fuesen más grandes si no se podían notar enteros a la vez? No era práctico no poder cogerlos.

Al apretar con más firmeza se percató del pezón en la palma de su mano. Otra de esas curiosidades diferentes que había entre hombres y mujeres: los dos tenían, pero eran distintos. Por supuesto, no era tan ignorante como para no saber que eso se debía a un carácter reproductivo, pero seguía siendo sorprendente.

Posó el pulgar sobre él y apretó. Los de las mujeres eran más grandes que los de los hombres. Jugó un poco con él y lo cogió entre dos dedos. Era bastante duro, pudo comprobar. Y mientras hacía eso, siguió con sus ojos hacia abajo: su fina cintura anchándose suavemente hacia sus caderas. Arrastró su mano por su vientre, pero sin llegar hasta su zona íntima, lugar donde se limitó a clavar sus ojos.

No le había gustado penetrar a la mujer. Era algo que había sabido después. En aquel entonces, el acto en sí le había parecido ridículo… Sin ningún tipo de interés. Pero ahora, cuanto más pensaba en aquel momento más aversión le generaba, hasta el punto en que hacía años que había dejado de pensar en esas cosas. La oiran estaba húmeda por dentro. Era desagradable pensar que lo hubiera ensuciado de esa manera. Habría preferido que se hubiera limitado al precalentamiento, cuando utilizaba sus manos. Era mejor que tener encima su saliva y sus fluidos. Todas las veces había tenido la imperiosa necesidad de bañarse después para quitarse eso de encima.

Le dio un escalofrío al pensarlo.

El señor Shishio le había dicho que aquello le relajaría. Y en cierta forma, lo hacía con su cuerpo; por eso lo había repetido alguna vez más esperando otro resultado distinto. Sin embargo, concluyó que también conseguía acabar con el cuerpo relajado tras una buena sesión de entrenamiento, así que esa opción le salía más beneficiosa y más barata. Y por eso, finalmente, había optado por esto último de ahí en adelante.

Siguió deslizando sus ojos hacia sus piernas. Misao estaba muy delgada; le notaba mucho el hueso de la cadera al tocarla con su mano. Por sus ropas, sabía que era porque había perdido peso en esos días y no conseguiría recuperarlo hasta que no pasara un tiempo en reposo alimentándose como era debido. Pero, aun así, su curiosidad podía más y le estaba costando apartar sus ojos de ella.

Estaba siendo muy instructivo ese momento.

Misao soltó un pequeño gemido y eso le hizo volver a tierra a Soujiro. Cuando observó su rostro con más detenimiento, se tensó al ver que sus labios estaban cogiendo una ligera tonalidad azulada. Le tocó la frente comprobando que su temperatura había bajado bastante en un tiempo muy reducido y con eso se cortó todo acto de exploración.

En su negligencia, no había vigilado su evolución térmica ni se había dado cuenta del tiempo que transcurría mientras estudiaba a Misao.

Resopló enfadado, recordando por qué estaban allí metidos, con el agua helada a su alrededor. Qué terca era esa mujer. ¿En qué estaba pensando para hacer algo así? Ella misma tenía que ser consciente de lo grave que estaba, pero no se preocupaba nada por curarse.

Iba a acabar matándose por su insensatez.

— * —

Misao despertó cansada y desorientada. Sentía una fuente de calor en un lateral y, cuando decidió abrir los ojos, se encontró con un cielo despejado entre las copas de los árboles que lo enmarcaban.

Un fuego crepitó cerca de ella y miró en su dirección. Soujiro estaba pegado a él con las manos cerca y, en cuanto Misao se movió, sus ojos se fijaron en ella.

—Me he excedido bajando tu temperatura corporal. Es el motivo de que estemos aquí y no de camino a un hospital —le recriminó. Soujiro le hablaba como si tuviera que saber en qué punto estaban de la conversación.

—No puedo ir a un médico.

—Vas a ir a un médico —ordenó en tono serio. Misao se sorprendió mucho por ello.

—No te pega estar tan serio.

—Bueno, no me importa que se muera la gente que quiero matar; pero cuando lo hace una persona que intento proteger, parece ser que sí que me molesta.

Misao le miró con la boca abierta. Estaba perpleja. Esa escena era surrealista… tanto por lo que decía como por la forma en que lo hacía. Soujiro siempre era sonrisas y tonos amables, y por supuesto, siempre la hablaba de usted. En verdad debía estar muy irritado si había llegado al punto de pasar de cualquier trato respetuoso que hubiera mostrado con anterioridad.

—¿Estoy inconsciente todavía?

—No —dijo señalando las vendas a su lado—. Pero no lo estás por poco.

Misao miró de forma automática a su cuerpo, viendo que estaba vestida, pero las vendas que debían estar por debajo estaban a un lado. Se puso muy roja al entender que Soujiro la había desnudado. Estaba a punto de gritarle cuando él retomó la palabra.

—He visto tu hombro. Tienes una infección muy peligrosa que te ha dado una fiebre muy alta. Algo que, por otra parte, ni dudo que volverá en un rato cuando tu cuerpo contrarreste el frío del agua.

—¡Me has visto desnuda! —se quejó ella sin hacerle caso. Pero él hizo lo mismo y también desechó sus palabras.

—Lo has intentando hacer a tu manera y ahora vamos a hacerlo a la mía. Estamos volviendo al pueblo de esta mañana. Buscaremos un hospital o, en su defecto, una clínica, y te quedarás allí hasta que te repongas.

—¡¿Estamos volviendo atrás?! —gritó indignada dejando de lado el tema de su desnudez.

—Estoy intentando salvarte la vida —contestó categórico—. Si esa infección te envenena la sangre, estás muerta.

Durante unos segundos reinó un absoluto silencio sólo roto por los sonidos de los árboles y del crepitar del fuego.

—Eso no importa; debo llegar a Kioto —concluyó contundente.

Soujiro retiró las manos de la cercanía del fuego y suspiró.

—Entonces tienes un problema, porque dependes de mí. Y yo te voy a llevar al médico.

—Puedo seguir sola —contestó tozuda.

—Y yo te recogeré dentro de media hora cuando caigas al suelo presa del delirio y no puedas oponerte —replicó él dejando a Misao boquiabierta—. Es un milagro que estés lúcida. Llevas todo el día sin saber qué pasa a tu alrededor. Ni siquiera te habías dado cuenta de que volvíamos para atrás.

Misao le fulminó con la mirada.

—De todas formas, no puedo pagar un médico. Así que es absurdo seguir hablando de ello.

—Yo lo pagaré —le rebatió Soujiro. Misao le miró con una escéptica ceja arqueada.

—¿Tú? —No quería sonar tan condescendiente, pero le hacía gracia que creyera que podría pagar una atención médica como la que necesitaba.

—Sí, yo, y enviaré un telegrama al Aoiya para avisar de que te retrasas.

—¿Tú? —repitió sin poder dar crédito—. ¿Y con qué dinero?

—Eso es cosa mía.

Era absurdo, en opinión de Misao. Iba a seguir adelante porque el plan de Soujiro no se sostenía. Ella iba a necesitar hospitalización, no necesitaba ser un genio para saberlo. Y eso era caro.

Soujiro soñaba…

—¿Tenéis algún tipo de código para saber si os interceptan mensajes?

—No te lo voy a decir —contestó con firmeza. Soujiro la miró por unos segundos y, al final, se encogió de hombros.

Se acercó a su mochila y sacó un paquete de él. Se levantó y se lo llevó a Misao.

—Come —exigió él. Misao estaba hambrienta, así que no lo dudó.

Soujiro se sentó enfrente de ella y la observó mientras comía. Había estado bastante tiempo durmiendo y había pasado poco a poco el día. Le había preocupado que hubiera perdido demasiado calor y por eso había hecho una hoguera y la había dejado cerca en vez de encaminarse al pueblo. Cuando empezó a recuperar un tono más rosado, la alejó y esperó a que, con suerte, despertara. Si durante un tiempo permanecía lúcida, parte del viaje lo podría hacer ella por su propio pie, lo que le facilitaría la tarea. No estaban ya muy lejos, pero le ayudaría que estuviera consciente.

Sin embargo, había transcurrido media tarde ya para cuando despertó. Y eso le dejaba poco margen. La fiebre subía con fuerza al anochecer. Y teniendo en cuenta el estado de Misao, iba a subirle mucho.

—¿Cómo te encuentras? —le preguntó.

—Bien, dentro de lo que cabe.

—Debemos marcharnos enseguida si queremos llegar al pueblo antes del anochecer.

—No voy al pueblo —siguió diciendo ella en sus trece.

—Perfecto. Entonces, yo me marcharé para llegar al pueblo antes del anochecer. Tú te puedes quedar aquí, y lo que te pasé, ya no será problema mío.

Misao bajó la comida que estaba a punto de meterse a la boca. Si bien no había contado con su compañía cuando quiso marchar de la cabaña, según se iba poniendo peor sí había contado con su ayuda. De hecho, sabía que estaba mal y sólo iría a peor. Era imposible que llegase a Kioto por sus propios medios. Y como no podía hacer frente a la idea de quedarse desamparada en un momento como ése, había creído que Soujiro se quedaría con ella y la protegería.

Pero él tenía razón. La acompañaba porque no tenía otra cosa que hacer, en realidad. Su situación era una complicación para Soujiro que no estaba obligado a padecer. No era más que una mujer que se había encontrado por el camino y a la que había socorrido por un azar del destino. Pero nada más.

—¿Me dejarías aquí sola? —preguntó en un susurro angustiado.

—Sí —contestó con su habitual sinceridad—. No tengo por qué cargar con una estúpida mujer que se empeña en morir.


Notas del fic:

*Oiran: Antiguas prostitutas de lujo (como dato del manga, Yumi llegó a convertirse en la oiran más deseada del barrio del placer de Tokio). No hay que confundirlas con las geishas, las cuales NO son prostitutas (qué daño ha hecho «Memorias de una geisha» ¬_¬).


— * —


Fin del Capítulo 7

26 Noviembre 2017


Notas de la autora:

Voy a comentar algunas matizaciones de cosas que han sucedido en el capítulo:

-La primera: Lo que viene a contar Soujiro sobre el «envenenamiento de la sangre» es lo que en la actualidad se conoce como sepsis, pero que en la medicina de aquella época los médicos europeos lo llamaban así. En la actualidad sabemos que es una respuesta brutal de nuestro sistema inmune ante una infección, lo que hace que haya una inflamación generalizada, se generen coágulos y la irrigación a los órganos disminuya, con todas las complicaciones que eso conlleva. Pero en aquel entonces pensaban que era una infección bacteriana que se extendía através de la sangre a todos sitios. Es una complicación que puede darse en una persona con quemaduras serias, de ahí que Soujiro lo sepa por las indicaciones de los médicos de cuando les enseñaron a cuidar a Shishio.

-La segunda: Ante una persona con fiebre muy alta... No hay que hacer lo que ha hecho Soujiro. Nunca hay que meter a la persona en agua fría porque le podríais generar un choque térmico. Hay que hacerlo en agua templada. Pero lo de meter a gente en hielo o agua fría es algo que se ha hecho durante muuuucho tiempo (y se sigue haciendo) y, bueno, es lo que pasa cuando hacemos una historia ambientada hace dos siglos »_«.

-La tercera: Que sepáis que me metí en un terreno farragoso cuando le di esta experiencia sexual pasada a Soujiro. Y como podría ser desconcertante sin estar en mi cabeza, os explico de qué va la historia (perdonad por haceros un minispoiler, pero es una pincelada »_«).

Una de las cosas que quería indagar con esta pareja es el contraste entre la «emocional Misao» y el «lógico Soujiro». Soujiro tiene sentimientos (mucho ojo con eso, no penséis que es insensible, aunque ya habréis visto que no lo es y tiene sus arranques de genio ^_^º), pero como que se va a ir dando cuenta de lo que le pasa con Misao a nivel racional. Ya iréis viendo a qué me refiero. El caso es que me vino un problema cuando pensé en los deseos sexuales, que lo normal es que muy lógicos no sean ^_^º. Quería hacer a Soujiro ajeno al interés sexual para llegar en el futuro a un momento de «¡Ahí va! ¡Pero si la deseo! O_o». Pero como el deseo sexual no es racional, pues me metí en el jardín de darle una mala experiencia que le creara rechazo y así ni siquiera se planteara el tema («— Algo que, por cierto, me tiene atascada... Un aplauso con mano abierta en la cara para MAEC u_uº).

A lo que iba... La experiencia de Soujiro, dependiendo la persona que lo lea, puede interpretarlo como una violación (y está hecho así a propósito). Podéis considerarlo así o no porque su circunstancia camina por una línea muy delgada. Desde mi punto de vista lo es porque, aunque dio consentimiento, se podría decir que no era consciente de a lo que le daba consentimiento. Por eso, años después y empezando a ser más consciente de sus emociones, le va creando rechazo pensar en aquella experiencia. Hablando en plata, si cuando Shishio le «ofreció» a la oiran Soujiro hubiera tenido sus emociones desbloqueadas, se habría negado. Por eso, desde mi perspectiva, fue violación.

Quería terminar de matizar todo esto porque para mí es una víctima ignorante. Desde fuera y en el S. XXI, mi percepción es que Soujiro fue una víctima, pero él no se considera víctima y no tiene ningún trauma por ello. Para él es algo que hizo cuando era adolescente y que, como no le gustó, pues no quiere saber nada de ello... de momento ^o^.

Espero que os haya gustado el capítulo y que todo haya quedado más claro XD

¡Saludos!