CAPÍTULO 10: Sigilos


Notas de la autora:

Seguro que os importa un güito, pero estoy feliz, feliz, feliz. La semana pasada estaba superfrustrada porque no hay manera de que el capítulo en el que estoy trabada me salga como quiero (y sigue siendo así T_T). Pero supongo que por algún mecanismo de defensa, mi cerebro creyó que sería mejor distraerme pensando en otras partes de la historia y la verdad, estoy muy contenta. Esas pequeñas escenas que empezaba a ver se definieron bastante, así que me puse con ellas y ha sido algo caótico, pero me he quedado con una sensación de «¡aahh, qué guay!» en el cuerpo. Y es que, como digo, ha sido caótico porque me he puesto a escribir 4 escenas/capítulos a la vez. Y cuando digo a la vez no es «cuatro seguidos del tirón». Nooooo. Porque me ponía a escribir una parte de un capítulo y de repente saltaba a otro, para luego, en mitad de un diálogo, irme a escribir un parráfo en otro distinto. Vamos... que ha sido como un cortocircuito bestial, pero me ha hecho mucha ilusión ver partes escritas de ese camino hacia el final que antes no veía. Conclusión: el primero está acabado, el segundo está por la mitad, el tercero tiene como 4 párrafos y el cuarto, casi terminado. Un cristo, vaya XD. Pero lo dicho, feliz, feliz, feliz... *o*


Comentarios a los reviews:

Estefi: Bueno, nunca dije que Aoshi estuviera muerto, muajajaja ^o^. Pero mi intención era que la duda os sobrevolara XD. En cuanto a la disposición de Misao... pues sí, habrá que esperar un poco para saber :-D

Kaoruca: La verdad es que Misao le anima mucho a que intente ser más sociable, y aunque el pobre lo intentará sobre todo por la confianza que coge con ella, Misao se llevará algún «batacazo» por ello. Es que el chico es un poco limitadillo XD. Y por cierto, si te parecieron tiernos en el capítulo anterior, a partir de ahora te lo parecerán más. Aquí empieza el punto de inflexión definitivo *o*

SlayArmisa: Misao tiene sus motivos para pensar así de su futuro. Habrá que esperar para verlo. En cuanto al encuentro entre Aoshi y Soujiro pues te puedo confirmar que es... «interesante», vamos a dejarlo ahí ^o^

Gracias por vuestros comentarios :-D. Espero que os guste el capítulo ;-D


CAPÍTULO 10: Sigilos

Había dos cosas buenas de estar en el segundo piso de un edificio con paredes rectas: no era fácil escalarlo si se subía desde el suelo y se podía escuchar si había alguien en el techo.

Y escuchar el crujido del tejado era lo que había despertado a Soujiro.

Se levantó del futón que habían colocado en la habitación para él. Cogió la espada, se acercó a la puerta con sigilo y la abrió sólo unos centímetros. No sentía que hubiera nadie al otro lado, de modo que sacó la cabeza con cuidado y echó una ojeada a ambos lados del pasillo.

No había nadie allí. Al parecer, no pretendían llamar la atención entrando por el hospital. Cerró la puerta y se acercó a la ventana. Ahora que tenía su atención centrada en ello, podía oír los ligeros pasos de alguien acercándose hasta la ventana por el techo. Supuso que, al estar Misao imposibilitada, no les iba a hacer falta emplear los recursos que habían necesitado durante su persecución.

Miró a Misao, la cual estaba despierta y levantó dos dedos. Soujiro se extrañó pues sólo escuchaba las pisadas de una persona y levantó un dedo. Misao negó con rapidez y volvió a señalarle dos con más énfasis. Cuando una sombra se cernió sobre la ventana, Misao cerró los ojos para hacerse la dormida. Soujiro se pegó a la pared, donde no pudiera alumbrarle la luz de fuera, y esperó a que el hombre hiciera su movimiento.

Después de analizar el interior de la estancia, consiguió rayar el vidrio en la zona donde se encontraba el pestillo para abrir la ventana. Metió dos dedos y manipuló el cierre, logrando así poder deslizar la ventana. El hombre entró de inmediato, sigiloso como un gato. Apenas había escuchado el golpe de sus pies contra el suelo, a pesar de haber saltado desde la ventana. Según se incorporó, Soujiro le golpeó con fuerza en la sien con la empuñadura de su espada y el hombre quedó inconsciente. Le cogió al vuelo para que no hiciera ruido cuando su cuerpo cayera a peso sobre el suelo y entonces vio una segunda sombra por la ventana.

Estaba muy sorprendido. Y no estaba seguro de si era porque él no los había escuchado o porque en cambio Misao sí lo hubiera hecho. Aunque si había dejado fuera de combate a ese hombre y había evitado que hiciera ruido era por la posibilidad de que ella tuviera razón.

Le dejó en la esquina y esperó a que el segundo hombre entrara. Lo hizo igual de silencioso que el primero, pero nada más poner el pie en el suelo, Soujiro se lo golpeó haciéndole desequilibrarse. Puso su espada delante del cuello y le tiró al suelo al tiempo que hacía fuerza sobre su espalda con su propio peso.

—Una visita fuera de horario y entrando por la ventana. Qué poco cortés —dijo en tono neutro Soujiro, lo que hizo que Misao frunciera el ceño—. La señorita necesita dormir.

—Como si eso me importara —resopló el hombre mientras intentaba girarse sin éxito.

—Pues debería, ya que tiene mi espada en su cuello. Si aún siguen vivos es sólo porque quiero que lleven un mensaje. —Como continuó moviéndose, Soujiro le hizo un corte y eso paralizó por fin al hombre—. No sé por qué piensa que no le haré daño cuando tengo a otro que podría llevar mi mensaje. ¿Acaso no han encontrado los cuerpos de sus compañeros en el bosque?

—Sí.

—Entonces le diré que lo hice yo.

—Por supuesto que lo sabemos —espetó con repulsión—. Esa zorra no podría haber hecho algo así.

—Pues si lo sabe, entonces será mejor que me escuche —expuso él. Le agarró del pelo y tiró hacia arriba—. Los dos sabemos que no pueden entrar en grupo sin llamar la atención del personal. Por eso lo han hecho así. Y si pude matar a seis de los suyos sin recibir ni un rasponazo, imagine lo que me supone que entren de uno en uno por una ventana. ¿Me entiende? —preguntó y volvió a tirar de su cabeza hasta conseguir ponerle en una postura incómoda.

—Sí.

—Bien —respondió Soujiro con una amplia sonrisa—. Dígale a su jefe que, si lo vuelven a hacer, recogerán el cadáver degollado de su compañero en el suelo de la calle. Y ninguno de los dos quiere dar el espectáculo de encontrar cadáveres en el suelo todos los días, ¿verdad?

—No conseguirá impedir que cumplamos nuestra misión.

—Yo no les impido que lo intenten. Sólo quiero que no lo hagan mientras estemos en este hospital. Ambos nos beneficiamos con esa tregua: ustedes dejan de morir inútilmente y yo evito tener que limpiar la sangre del suelo para evitar que el personal del hospital se entere. Es justo, ¿no le parece? —El hombre frunció el ceño desconcertado—. ¿Podrá llevar mi mensaje?

—Sí.

—Entonces, levanta. —Soujiro se incorporó sin dejar de amenazar con la espada al hombre y le guio hasta la ventana—. No suba al techo, salte al suelo.

—¿Por qué?

—Porque voy a lanzar a su amigo. Así que, si no quiere que se estrelle contra él, será mejor que lo recoja.

Cuando el hombre saltó, Soujiro cogió al otro ninja y lo lanzó por la ventana, cerrándola después sin más preocupación. Misao estaba atónita.

—Tu indiferencia por la vida de otros es abrumadora. —Soujiro se extrañó.

—Les he dejado vivir.

—Sí, porque si no tendrías que limpiar el suelo de sangre. —A Misao le empezó a dar la risa—. ¿En serio? ¿Qué motivo es ése?

—Es desagradable —explicó él, lo que hizo que Misao se riera más—. Si matas a alguien en la calle, tarde o temprano la lluvia acaba limpiándolo. Pero en un recinto cerrado, no. Es un engorro.

—¡Au! —se quejó de pronto ella, cortando la risa—. No puedo reírme mucho sin que me duela el hombro.

—Pues no lo hagas —replicó Soujiro y con un codazo partió la ventana.

Definitivamente, la risa para Misao se terminó en el momento que vio cómo se fragmentaba el cristal y varios pedazos cayeron a ambos lados del marco.

—¡¿Qué haces?! —exclamó alarmada.

El frío de la noche se metió de golpe y Misao se arropó más con las mantas.

—Yo nada… Una paloma se ha estrellado contra el cristal —comentó con voz átona mientras se frotaba el codo con la mano.

Misao se quedó observándole sin saber qué decir. Puesto que era consciente de que ambos sabían que le había visto romperla de un golpe, no entendía por qué le había dicho eso como si fuese lo que en realidad hubiera sucedido.

—Si es eso lo que entiendes por humor, estás un poco alejado… Que lo sepas.

—No era lo que pretendía.

Misao no supo cómo reaccionar. ¿Qué demonios se le había pasado por la cabeza para hacer algo así?

—¿Y por qué lo has hecho? —le recriminó ella contrariada—. ¿Qué vamos a decir cuando alguien del personal entre aquí? ¿Que una paloma se ha estrellado contra la ventana? ¿En serio? ¿A estas horas? —cuestionó suspicaz.

Soujiro se encogió de hombros, pero fue lo único que cambió de su postura relajada.

—¿Preferirías explicarles por qué tenían que cambiar una ventana con un uniforme agujero en el vidrio a la altura del cierre?

Misao hizo el amago de responder, pero tuvo el buen juicio de reconsiderarlo y callar, a pesar de tener la sensación de que Soujiro estaba siendo mordaz con ella, por extraño que le pareciese.

Aunque quizás sólo era la interpretación que había hecho a sus palabras, cuando la que sí que había tenido un comportamiento sarcástico había sido ella. Si lo pensaba bien, él no tendía a ser malicioso al expresarse; de hecho, era bastante impasible.

Y por supuesto, él tenía razón en su argumento: la abertura del cristal era un indicio de que habían pretendido entrar con intenciones delictivas. De modo que explicar eso sí sería un engorro y no el hecho de limpiar cadáveres.

Misao suspiró con resignación y volvió a acurrucarse entre las mantas.

—Vale —aceptó ella al fin—. Pero no se te ocurra decir que fue una paloma. Nadie se lo creería —alegó con razón—. Di que fue una lechuza o algo así.

Soujiro sonrió y se acercó hasta ella para colocarle mejor el almohadón.

—Cierto, eso sería más creíble.

Abrigada y acomodada, Misao no pudo evitar volver a su preocupación prioritaria en esos momentos.

—Soujiro —le llamó—, ¿crees de verdad que dejarán de venir? —preguntó con inquietud.

—Mi intención siempre ha sido esperar al primero que llegara para proponerle esa oferta. No quiero que te molesten mientras te recuperas. Y yo no quiero tener que andar encubriendo cadáveres. Podría acabar en la cárcel —explicó él preocupado.

—Siento haberte metido en esto —se lamentó al ver las repercusiones que podrían conllevarle.

Soujiro se sentó a su lado y suspiró. La observó fijamente en la penumbra de la noche y sonrió de nuevo.

—No te preocupes. Es problema de ellos que vengan aquí cuando les he advertido.

— * —

—Tenías que haberlo visto, ¡en serio! —rio Misao a carcajada limpia—. Y eso que habían pasado varios días desde que nació. Pero es que no sólo era él. Tú no llegaste a conocer a Yahiko; también es un espadachín muy fuerte. Y él ni siquiera se atrevía a cogerlo porque decía que se le caería la cabeza y lo mataría.

Misao se rio hasta casi las lágrimas de solo recordarlo, aunque se quejó un poco y se puso derecha cuando la cicatriz del hombro le tiró. Sin embargo, eso no fue suficiente para hacerla detenerse. En cambio, a Soujiro esa anécdota no le parecía muy graciosa. Era evidente que lo era para ella porque la había vivido y porque tenía una conexión con esas personas.

—Piensa que tienes que tener cuidado cuando son muy chiquitines porque no pueden sostener su cabeza, pero ¿hasta ese punto?

—¿No pueden sostener su cabeza? —Primera noticia para Soujiro.

—¡Claro que no! ¿Es que no sabes nada de niños? —le reprochó, y como Soujiro se quedó con cara de circunstancias, Misao resopló—. Ya veo que no. Pero en fin, ahí tenías a dos de los hombres más fuertes que conozco aterrorizados por una criatura de días de vida. Himura que sólo era capaz de mantenerlo en brazos sin hacer ningún movimiento más y Yahiko que ni siquiera se atrevía a cogerlo. Lo que nos reímos Kaoru y yo. Espero que con la segunda se le hayan pasado esos miedos.

Soujiro rio mientras Misao seguía contándole ese recuerdo. Aunque la anécdota en sí no le hacía especial gracia, le contagiaba su manera de reír, por extraño que le pareciese.

En la semana que había seguido al asalto de los Yoshida en el hospital, había conocido a una Misao totalmente nueva. Puesto que la amenaza de Soujiro había sido efectiva, todos esos días habían transcurrido con una tranquilidad absoluta, sin la interrupción de nadie. De modo que Misao había empezado a mostrarse despreocupada, alegre y optimista, una faceta contraria a la angustiada, terca y enfermiza que había estado manifestando hasta la fecha.

La operación había ido bien y sus heridas iban cicatrizando poco a poco, pero de forma adecuada. Aún estarían varias semanas allí. El hombro de Misao era un desastre y por eso necesitaba un entorno limpio, tranquilo y supervisado por profesionales para que la curación fuese lo más saludable posible. Iba a quedarle una gran cicatriz y dependía de cómo se curara el hecho de que pudiera recuperar la movilidad del hombro por completo. Por la noche debía dormir girada para conseguir que su hombro estuviera libre, pero durante el día le traían un soporte para que pudiera estar sentada sobre la cama. Además, ese día la enfermera les había comunicado que sería bueno que Misao se levantara de la cama para andar un poco y recuperar fuerzas. Si no empezaba a realizar pronto algunos ejercicios, también sus piernas acabarían debilitadas.

Por otro lado, sabiendo que había perdido peso por su enfermedad, le habían traído comidas bastante completas. Con ello, Misao había conseguido coger algo de peso. Aún le faltaban algunos kilos más para recuperar el que tuviera antes de todo aquello, pero se la veía más saludable y resplandeciente.

No se había esperado aquello cuando la conoció. Desde que apareció en el bosque moribunda, sólo había tenido momentos tensos con ella. Siempre estaba en guardia, a la espera del primer peligro que acechara a la vuelta de la esquina. Y sus conversaciones eran espinosas, con ella siempre pendiente de no hablar de lo indebido.

Esa Misao más relajada no había aparecido hasta esa semana, cuando el dolor por su herida había dejado de ser el centro de su atención. Tenía que tomar calmantes, pero poco a poco empezaba a sentirse bien. Sin estar enferma y comiendo y descansando de manera adecuada, había aparecido en escena una Misao más amigable. Era habladora… y risueña. Estaba muy sorprendido por ese giro de los acontecimientos.

—Qué pena no haber podido acercarme a visitarles cuando estuve en Tokio —se lamentó con un suspiro—. Son tan bonitos cuando son pequeñitos…

—Veo que te gustan los niños.

—Me encaaaantan —dijo ella ensimismada alargando la palabra. Después le miró y le preguntó—: ¿A ti no?

—No sabría decirte… —contestó él mientras meditaba sobre ello—. Nunca he tenido un niño cerca, mucho menos tan pequeño.

—Ya… Me imagino —dedujo ella sabiendo cómo había sido su vida—. Tienes una vida muy solitaria. Deberías dejar de vagar tanto y empezar a socializar más con la gente. ¿Por qué no buscas un lugar donde quedarte y vivir allí? —le sugirió—. Así conocerías a otras personas, harías amigos… Ese tipo de cosas. Eso además te ayudaría con tu pequeño problema —expuso ella haciendo una clara alusión a su deficiente manejo de las emociones.

—En realidad, prefiero quedarme como estoy.

Y lo decía muy en serio. Si a veces se encontraba teniendo problemas para entenderse a sí mismo, tener que pensar en lo que sentían los demás era un suplicio. Era algo que había descubierto al poco tiempo de recuperar sus emociones. La gente era muy extraña y tener que pensar en ellos era extenuante. Por eso estaba mejor solo y tranquilo.

Miró a Misao con atención. En realidad, si la gente fuese más como ella, no tendría que alejarse de la sociedad. Era sorprendentemente transparente. Sabía en todo momento cuándo estaba contenta o triste, cuándo estaba enfadada o alegre, cuándo estaba cansada o enérgica… Era como un libro abierto incluso para él.

—No, lo que pasa es que te resulta más cómodo quedarte como estás. Pero es un desperdicio… de verdad. Es muy triste pasarte la vida en solitario. Ya has visto que te he dado un ejemplo. Himura se pasó una década dando vueltas por Japón, pero acabó casándose.

—Si te soy sincero, se me hace extraño imaginarme al señor Himura como un hombre de familia —dijo con tono meditativo.

—¿En serio? —se extrañó Misao—. ¿Por qué? Quiero decir, Himura tiene ya una edad propia para estas cosas. Es normal que, si conoce a una mujer que quiere, se case con ella y tengan una familia, ¿no crees?

—Supongo… Pero se me hace difícil pensar que un hombre tan unido a la lucha como él decida dejarlo para casarse. No habría esperado que fuese de los que se casan. Y mucho menos, de los que tienen hijos.

Misao primero lo observó sorprendida pero no tardó en esbozar una sonrisa maligna que le envió a Soujiro un escalofrío. Encima, para completarlo, acabó riendo por lo bajo sin poder evitarlo con una risa para nada sana que aumentó la suspicacia de Soujiro.

—¿Qué? —preguntó a la defensiva.

—Nada. —Pero aquél fue un tono que incluso Soujiro supo que era falso.

—¿De qué te ríes?

—De nada, en serio. Es sólo que me resulta curioso que algo así te sorprenda… —Y continuó riéndose sin agregar nada.

—Misao…

—¿Por qué no me ayudas mejor a levantarme? —dijo ella con toda intención de cambiar de tema—. Al fin y al cabo, tengo que ejercitar las piernas.

Soujiro se levantó de su sitio, pero para nada satisfecho por cómo había acabado esa conversación. Sabía que Misao se estaba riendo por su ignorancia. Estaba jugando a ocultarle algo y, a pesar de que él era el primero que se lo hacía a ella, no le estaba haciendo gracia.

Se acercó hasta ella y la ayudó a sentarse en el borde de la cama. Mientras ella seguía riéndose por lo bajo, Soujiro esbozó una sonrisa cuando un pensamiento se cruzó por su cabeza.

—¿Te parece gracioso que apenas pueda levantarme o sólo pretendes imitarme? —preguntó Misao con la clara sospecha de que era lo segundo.

Soujiro sólo sonrió y Misao desechó el gesto como un intento de fastidiarla.

Pero no había nada más lejos de la verdad. Porque Soujiro había decidido guardársela para un futuro. Él tenía paciencia… y tiempo. Sabía que estarían allí por lo menos un par de semanas más. Encontraría algo con lo que ser el último en reírse.

Y con esa idea en mente, su estado de ánimo mejoró… mucho.

Porque se la devolvería… en cuanto tuviera la oportunidad.


— * —


Fin del Capítulo 10

17 Diciembre 2017


Notas finales:

Si alguna sólo ha visto el anime, a lo mejor se le hace raro cómo he planteado el hospital en el que está, pues siempre se veían casas de arquitectura japonesa a excepción de los malos de turno que tenían sus mansiones occidentales. Pero en realidad, en aquella época se pusieron de moda muchos edificios «híbridos» donde se combinaba el diseño occidental, pero utilizando el material por excelencia en Japón: la madera. En el manga aparece uno de estos ejemplos, pero es en el arco del Jinchu. Cuando Kenshin se recupera de su depresión es tratado junto a Yahiko en la clínica Oguni y se muestra con más detalle la instalación. Las habitaciones de los pacientes son muy occidentales (con su cama, sus mesitas, sus puertas de bisagras, sus ventanas, sus cortinas...), pero luego las paredes eran de madera y sus puertas interiores de los pasillos eran los paneles habituales de sus casas tradicionales. Imagino (porque no lo he mirado) que al introducirse la medicina occidental con fuerza, los diseños de hospitales cambiarían mucho (de ahí el que Watsuki lo reflejara). Por si alguna tiene curiosidad de cómo eran estos edificios, en la Wikipedia mencionan el colegio de primaria de Kaichi como ejemplo y la verdad es que mola mucho *o*. Yo he imaginado el hospital en el que está Misao parecido pero todo de madera XD.

¡Saludos!